Holaaaa

Me encanto saber sus reacciones sobre el anterior capitulo que estuvo bomba! todo lo que sucedia, cada escena estaba destinada a este punto jajaja. En algún momento debía llegar a saberse y pues bueno aquí la continuación! Veamos como lo toman Rin, Kohaku y Sesshomaru.

Aclaración: lo que esta en cursiva es pasado

A leer!


FRACTURA

-¡Kohaku!

Mi voz resuena en el salón pese a que todavía no termino de bajar las escaleras. Los tacones se me atoran en los barrotes de metal dificultándome todavía más la tarea de seguirlo.

Pero él no me escucha, no se vuelve tampoco, solo baja aceleradamente delante de mí, bramando maldiciones en voz baja.


-¿Vas a responderle, Rin?

Su voz se clava en mi pecho con una fuerza desmedida que me causa dolor físico, uno que, por cierto, supera el de su garra apretándome el brazo.

Todo el pánico explota en un instante al saberme descubierta por fin.

El cuerpo me tiembla entero, las palabras me han abandonado de pronto siendo sustituidas por pesadez dentro de mi garganta que me roba inclusive el aliento.

- Rin ve abajo—ordena Sesshomaru alzando el mentón, devolviéndole la mirada retadora a su sobrino.

La fuerza que imprime Kohaku en su agarre se hace más potente pero no me atrevo a quejarme porque es muy poco a lo que merezco. Estoy consciente y lo reconozco.

-Te hice una pregunta, Rin—Kohaku no me mira, sigue con los ojos clavados en su tío.

Gimo porque el dolor se vuelve insoportable.

Sesshomaru da un paso en nuestra dirección y automáticamente mi prometido tira de mí con violencia, pierdo el balance pero no llego a caer. El cuerpo de Kohaku se ha interpuesto entre su Sesshomaru y yo.

La forma con la que mira a su tío me hace creer que en cualquier instante soltará el primer puñetazo.

-Kohaku…-gimo con una patética súplica.


-¡Kohaku!—vuelvo a gritar.

Trastabillo en el último escalón, hubiese caído de no ser porque logré afianzarme del barandal de metal.

Él ha llegado hasta el pasillo y sigue de largo, pisando con firmeza. Alcanzo a ver que se mesa los cabellos, los sacude con fuerza antes de dejar colgado el brazo, rígido; su mano empuñada tiembla todavía.

Está furioso. Va bufando. Lo veo en su espalda tensa que se agita con fiereza con cada resoplido.

-¡KOHAKU!—jadeo sin detenerme.


-Déjala bajar, Kohaku—sentencia su tío con el tono que yo bien reconozco porque no admite réplica—Tú y yo hablaremos.

Mi prometido se tensa totalmente, sus ojos se entornan y la mandíbula le chasquea.

-No—sentencia aligerando al fin la fuerza con la que me sostiene—Quiero que Rin sepa que la protegeré y no permitiré que abuses de tu posición—entorna los ojos –Y yo también quiero estar seguro—se vuelve a mí de pronto. Tiemblo al sentir su penetrante mirada, el miedo que burbujea dentro de mí me obliga a bajar la cara, rehuyendo cualquier contacto cínico entre nuestras miradas, porque sencillamente no soy capaz de verlo a la cara.

Siento que me arde el rostro y el estómago se me encoge.

-Respóndele, Rin—me ordena apretando ligeramente mis dedos entre los suyos.

Separo los labios pero soy incapaz de obtener oxígeno suficiente para hablar, todas las palabras se han escapado de mi garganta, sustituyéndose por un pinchante nudo que me escoce el cuello hasta el pecho.

Tembelequeo cerrando los ojos con fuerza, las lágrimas escapan de mi control.

-Respóndele, Rin—exige nuevamente, esta vez en medio de un gruñido.

Ya no puedo más. Mi fuerza se ha acabado aquí y ahora, el poco coraje que pude haber juntado durante estos meses se ha disipado como si nunca hubiese estado conmigo. Mis últimas raciones de fortaleza se desmoronan rápidamente, escapan como agua entre mis dedos, sin posibilidad de aferrarme a nada. Nada que no pueda ser una vil mentira.

Pero no. Ya tampoco me atrevo a engañar más, el dolor que me oprime el pecho espabiló cualquier embuste ingenioso que se me ocurre.

Sumado a ello, dudo que Sesshomaru esté dispuesto a seguir jugando. Ya no.

Las frases se atoran en mi garganta cuando no hallo ninguna respuesta que amortigüe mi inminente caída a la verdad.

Tiemblo de pies a cabeza, sostengo su mano con la mía y abro la boca para hablar por fin. No más mentiras, Rin.

-Lo…siento.

La expresión firme de Kohaku se hiela, su rostro cetrino ahora es más bien del color del papel.

-¿Por qué?—la pregunta sale retenida por una furiosa sospecha. Pero ya no puedo decir más.

Mi silencio es suficiente para él, para que su rápida mente interprete mi lastimera súplica y la convierta en cinismo.

Los hombros se le ponen rígidos, oigo su respiración irse acelerando conforme también va perdiendo los estribos. La garra que me sostiene tiembla cuando cada músculo de su brazo se tensa.

Interrumpe algo que comienza a decir Sesshomaru.

-¿Tienes algo que ver con él, Rin?—Kohaku prácticamente escupe mi nombre.

Me encojo al escuchar el tono contenido en su voz, incluso su mano se ha quedado estancada en la misma fuerza pese a que tiembla. Los nudillos se le han puesto blancos y estoy casi segura de haber escuchado el crujido de sus articulaciones dentro del yeso.

Escondo la mirada nuevamente porque soy incapaz de enfrentarlo, el rostro me arde debido a la vergüenza. Me estoy asfixiando también: gimoteo perdiendo el control de mi propio cuerpo.

Sesshomaru me mira a mí, expectante.

-¡Te hice una puta pregunta, Rin!—gruñe halándome de vuelta, me sostiene le brazo con su mano sana, golpeándome contra el duro yeso que se sostiene del cabestrillo enredado a su rígido cuerpo.

Nunca antes me había hablado de esa manera.


-¡KOHAKU!

Kohaku llega hasta el salón repleto de invitados.

Mi taconeo ansioso lo persigue torpemente, acompaña mi desesperado llamado y la súplica que envuelve el tono. Al instante todo queda en completo silencio.

Resiento las miradas fijas en nosotros, primero en él que va con los puños apretados, bufando furioso. Y luego en mí, patética y estúpida, llorando mientras imploro que me deje explicarle. Pero no me importan ninguna de las personas que concentran su atención en nosotros, deteniendo sus charlas o sosteniendo sus vasos contra los labios. Solo puedo ver la espalda de Kohaku alejarse, furioso e indignado, dolido.

El pecho me arde como si me cortaran con un arma de filo dentado con cada paso que doy torpemente hacia él; maldigo los tacones y me planeo sacármelos para poder alcanzarlo.

No puedo dejar que se vaya así.

No puedo permitir que vuelva a ocurrirme.

Me rehúso a perder a alguien tan importante en mi vida.


-¡¿Te acostaste con mi tío si o no?!

Su fuerza me sobrepasa así que no puedo oponer mucha resistencia cuando me estrella contra el barandal de piedra. Su rostro furibundo me exige una respuesta que no puedo proporcionarle: tengo miedo de abrir la boca porque he comenzado la confesión y ya no puedo seguir mintiendo. No hay marcha atrás.

No soporto la idea de volver a crear un mundo imaginario donde todo es perfecto, tampoco quiero idear un embuste porque son precisamente aquellos engaños los que me llevaron a esto.

Mentirle a Kohaku ya no es una opción, lo sé cuando veo el anhelo escondido en sus pupilas, apenas recubierto por la capa de ira que lo corrompe.

Volver a mentir es seguir cayendo, es comenzar un nuevo ciclo de dolor.

No podría con otro igual. Soy tan débil que no soportaría romperme nuevamente. Y, no obstante esa certeza, la parte racional de mi cabeza me indica que es demasiado tarde: la verdad me ha alcanzado al fin.

Y está dispuesta a hacerme pagar con creces.

-¡Rin!—Kohaku suelta un golpe certero con el brazo bueno. Sus nudillos se enrojecen contra el barandal de piedra.

-¡Basta!—gruñe Sesshomaru interponiendo el brazo entre nosotros y dejándome de lado. Ahora es el imponente cuerpo de Sesshomaru el que se interpone entre Kohaku y yo.

Kohaku, pese a que es más bajo que Sesshomaru, lo encara cuadrando los hombros y alzando el mentón endurecido.

El aliento se me escapa de nuevo porque no quiero un enfrentamiento entre ellos.

Acto seguido, los ojos de Sesshomaru se posan fugazmente en el yeso que atrapa uno de los brazos de Kohaku; luego alza el mentón relajando ligeramente la posición. Lo conozco lo suficiente para saber que está reteniendo sus actos.

-Hablaremos tú y yo, Kohaku—dice, su voz también suena contenida y con un extraño síntoma de vergüenza que hasta él puede tener—Rin, baja.

No me muevo.

-¡Rin!

-¡No!—gruñe Kohaku entornando los ojos y cerrando el puño sano otra vez. Los nudillos le han quedado sanguinolientos— Quiero oírlo, Rin: dime si te acuestas con él o no—apenas puede contenerse, su exigencia va acompañada de una mirada filosa.

La acusación en sus ojos negros me atraviesa como un par de dagas.

Me encojo llena de vergüenza, retrocedo y vuelvo a rehuír sus ojos.

-Perdóname—balbuceo al fin, tan bajito que no estoy segura de haber hablado. Pero él me escucha.

Me encojo contra el barandal cuando oigo el bufido colérico de Kohaku.

-Miroku tenía razón—masculla entre dientes, mesándose los cabellos con la mano sana.


-¡Kohaku!—estiro el brazo hacia su espalda.

Él se vuelve de golpe.

-¡¿Qué?!—su brusquedad me pasma donde estoy, avanza los tres pasos que nos separan y parece engullirme en la furia que emana.

Tiemblo.

No obstante me forzó a hablar porque todo esto ha sido culpa mía. Él no se merece algo así.

-Déjame…déjame explicarte—suplico. Las manos me tiemblan cuando trato de tocarlo.

Su garra me sujeta una muñeca con violencia. Inconscientemente me quejo.

Estallan murmullos.

-¡Kohaku!—Shippo reclama acercándose a nosotros. No estoy segura pero creo que Hojo y Miroku también lo han hecho.

Naraku habla…

Todos nos miran.

Siento que me asfixio, la vergüenza me hunde en un oscuro abismo.

Los ojos me miran tan cerca me atraviesan con tanto doloroso repudio que el corazón se me anuda.

Kohaku abre la boca para decir algo pero nada llega a oírse. Está furioso...y dolido.

Y es mi culpa.

-Por favor…-suplico.


-¡Hijo de puta!

Sus orbes negros de pronto se han opacado por completo, ensombrecidos por la evidencia fehaciente de mi peor terror: lo he herido.

Frunce los labios y eleva el puño.

-¡No!—la negativa sale por sí sola. Mi cuerpo parece vencer el shock sin que me diera cuenta porque me muevo hacia ellos y alzo los brazos automáticamente tratando de evitar el golpe.

Sesshomaru me rodea la cintura con el brazo para apartarme pero no es necesario: Kohaku ha detenido su intención.

Mi prometido me mira atentamente, puedo percibir la decepción ir abriéndose paso, nublando su mente con una capa más espesa que la furia.

Sus pupilas tintinean ligeramente dejándome entrever un dejo de las emociones que Kohaku no suele demostrar.

Aprieta la mandíbula, el puño le vibra y sus hombros comienzan a subir y bajar pesadamente. Y hasta ese momento me doy cuenta: intenté, estúpidamente, proteger a Sesshomaru.

El corazón me da un vuelco más doloroso que los anteriores, forzo a mi cuerpo a moverse para apartar la mano que intenta, seguramente en vano, detener a Kohaku. Él me sujeta la muñeca antes de que mi palma logre alejarse de su pecho, de inmediato siento la rigidez en el cuerpo de Sesshomaru y estoy segura que está dispuesto a enfrentarse a su sobrino.

No, me digo.

-Rin…-Sesshomaru me mueve al lado seguro ganándose una mirada cargada de odio por parte de Kohaku.

De inmediato mi prometido retrocede dirigiendo a mí su expresión. Tardo un instante más en vencer la asfixia que me dificulta hablar otra vez, robándose casa palabra que pudiera intentar decirle…aunque de todas formas no cuento con el cinismo requerido para una hazaña como esa.

-¡Kohaku!—grito yendo tras él una vez que lo veo cruzar el cancel y azotarlo con tanta fuerza que pudo romperlo.

Sesshomaru me sujeta del brazo pero logro zafarme dado que su agarre tampoco ha sido fuerte.

Lo miro un par de segundos, boqueo sin darle nombre a su expresión y salgo detrás de Kohaku.

Tengo que explicarle que todo se acabó, que sin importar lo que haya pasado mi lugar es con él.

Logro alcanzarlo en el primer escalón, lo tomo de la manga de la camisa pero él se suelta con facilidad, su brusquedad me hace perder el equilibrio y casi caigo.

Kohaku se vuelve sobre el hombro, parece vacilar pero al final, se deja llevar por la cólera y sigue su camino.

-Kohaku.

En cuanto siento las manos de Sesshomaru posarse suavemente sobre mis hombros me doy cuenta que tengo que alejarme e ir tras Kohaku. No puedo permitir que nuestro vínculo se destroce de esta forma, no luego de tantos años.


El feroz repudio con el que Kohaku me mira merma mi poco valor, sumergiéndome en la vergüenza de nuevo.

-Kohaku—regaña Shippo-¡Suéltala! ¿Qué pasa contigo?

-¡No te metas, imbécil!

-¿Qué ocurre contigo? ¡Suelta a Rin!—ordena tirando de su hombro una sola vez.

-¡Kohaku!—grita su padre-¿Qué significa esto?

Él hace caso omiso a la pregunta, se limita a soltarme con brusquedad y hace ademán de volverse a echar a andar.

-¡Kohaku!—suplico entre lágrimas, aferrándome a su camisa.

La atención de todos se enfoca detrás de mí de pronto, incluido a Kohaku por lo que también me giro: Sesshomaru me mira fijamente con una resolución extraña, una emoción que nunca antes había visto cruzar en sus facciones altivas y egocéntricas. No es la mueca autosuficiente y tampoco el gesto alicaído con el que me reafirmé que es humano.

Es algo mucho más fuerte que hace que me tiemble el corazón y me duela con cada latido.

Los labios me tiemblan sin poder soportar la forma con la que mi mira: como si estuviera preocupado por mí, como si realmente le importara. Como si también me amara.

Shippo, quien también mira hacia donde ha aparecido Sesshomaru, vuelve sus consternados ojos verdes a mí. Puedo percibir su decepción y esta me aguijonea el alma.

-Rin…-musita sin detenerse a pensar las palabras—Dijiste que se había acabado—murmura decepcionado.

-¡¿Lo sabías, imbécil?!—explota Kohaku de nuevo. Empuja al rubio por el pecho con fuerza al deshacerse de mi débil agarre de un solo movimiento brusco. Shippo se deja hacer.

El escándalo espabila a varios invitados varones que se acercan previendo una trifulca.

-Kohaku…yo…- Shippo se tensa de inmediato mirando a su alrededor.

Kohaku da la vuelta rumbo a la salida.

-¡Juromaru, tu auto!

El interpelado pega un respingo, me mira ansiosamente a mí y luego la espalda de su amigo irse alejando por el lobby.

-¡Kohaku!—grita Naraku.

Los murmullos comienzan a convertirse en exclamaciones en forma. Todo comienza a dar vueltas, me pesan las miradas de todos ahí, la acusación que flota sobre mis hombros…y el dolor intenso que punza en mi pecho.

Es mi culpa por dejarlo ir todo tan lejos.

Kohaku no merecía mi ineptitud.

Me vuelvo hacia el camino que recorrí tras él, movida por el impulso para verificar que Sesshomaru se quedará donde está sin arruinar más mi vida.

Él da un paso hacia mí, al instante le obstaculiza Miroku deteniéndolo al poner la mano sobre su pecho.

Miroku es casi tan alto como su tío y la mirada filosa que le dedica logra que me hormigueen las manos.

Sesshomaru me mira intensamente a mí y luego a su sobrino.

-Si crees que te corresponde a ti hacerlo, Miroku: adelante—le dice.

No me quedo a escuchar la respuesta o a presenciar más, me vuelvo de nuevo detrás de Kohaku. Antes de echarme a correr mis ojos se cruzan con la mirada de Aome, su expresión es una combinación lastimera de decepción y preocupación.

Bajo la cabeza enfocándome en lo que debo hacer: no permitir que Kohaku se vaya. No así.

Mis tacones repiten el ruido molesto mientras voy corriendo. El personal del restaurante se apartan de mi camino mirándome pasar, estoy segura que están confundidos y asombrados por el espectáculo que acaban de presenciar, así que me dejan ir detrás de Kohaku sin obstaculizarme el camino.

Empujo la puerta de entrada con ambas manos, el aire golpea mi rostro aunque no es refrescante, sino sofocante. Gimoteo en busca de oxígeno.

Kohaku está parado en la acera, se pasa la mano por los cabellos y puedo ver que su furia sigue bullendo como lava.

-Kohaku…-susurro pegando una mano al pecho y estirando apenas la otra para intentar alcanzarlo.

Él se gira a mí de inmediato dirigiéndome una mirada cargada de aprehensión que me detiene en mi lugar.

Los labios me tiemblan incluso cuando hablo.

-Déjame explicarte—suplico atreviéndome a dar unos pasos hacia él.

-¿Explicarme?—su burla se ahoga en furiosa ironía.

Me encojo al sentir la estocada en el pecho.

-No es…—intento de nuevo pese a saber que él tiene la razón, no hay palabras ni forma para explicarle que he estado mintiéndole desde que me pidió que me casara con él. No. Desde hace mucho tiempo atrás.

Oigo varios pasos que se detienen detrás de mí aunque todo se queda en silencio.

-Kohaku…—oigo a Shippo hablar.

-¡Cierra la boca, Shippo!—escupe Kohaku. Nunca antes había mirado así a Shippo.

Se siente traicionado.

Mi mejor amigo traicionó al suyo debido a mí.

¿Qué he hecho?

-¡Al menos escúchala!

-¡¿Qué va a decirme?!—Reprocha mirándome-¡¿Cuántas veces se revolcó con mi tío?!—suelta una risotada irónica y amarga, carente de cualquier tipo de alegría.

-Escucha, Taisho …-esa es la voz de Hojo.

Kohaku lo ignora tal como al rubio. Al instante tanteo a mi costado para detener a mi primo antes de que se salga de control.

Una vocecita cruel en mi cabeza me replica si no me parece que todo ha estallado ya.

El auto de Juromaru da vuelta sobre la calle y frena sonoramente frente a nosotros, desde la cabina él nos mira ansiosamente.

Kohaku, abre la portezuela para subirse.

-¡Kohaku, no te vayas!—imploro soltándome del agarre de alguien, no estoy segura quien.

Pero el auto ya se ha perdido calle arriba.


El último sonido que escuché fue la voz de Aome desde el salón.

-Traje lo más que pude—dice, luego suspira—Casi somos de la misma talla.

Oigo el gruñido de mi primo en respuesta.

-Kohaku no abrió la puerta—explica ella.

Me encojo contra las sábanas al oír su nombre, aprieto los dientes contra mi labio pero ni así logro ahogar los sollozos que siguen escapando de mi garganta cada tanto.

-¿Cómo está?—su voz baja de volumen. La respuesta de Hojo es inaudible para mí tal como las siguientes palabras que comparten desde el salón de mi departamento.

Soy consciente que usan decibeles mínimos para que no logre escucharlos, por algún motivo inclusive lo agradezco porque mi imaginación ya ha hecho un trabajo excepcional con las imágenes mentales de cómo estará pasándola Kohaku.

Habría ido corriendo detrás del auto de Juromaru si acaso mi primo no me hubiera aferrado por la cintura, sometiéndome con facilidad cuando quise debatirme. La lucha no duró mucho, de hecho, apenas sentí el apoyo de alguien mi cuerpo se vino abajo solo, débil y exhausto.

Apenas fui consciente del padre de Kohaku que me dirigía una mirada agria o de la de mis amigas que parecían sumamente preocupadas.

No las culpo por no haber hecho ni dicho nada: no supieron como reaccionar ante el tremendo espectáculo que monté al ir tras Kohaku.

Pero no me arrepiento, lo volvería a hacer. Quizás si lo repetía, esta vez lograra detenerlo antes de que se hundiera en todo ese rencor.

Escondo la cara contra mis rodillas estrechándolas contra mi pecho y buscando consuelo en la fría pared de la habitación. Acordarme que en esa misma cama me enredé con Sesshomaru me provoca estocadas de dolor porque es el mismo lugar donde ahora lloro mi estupidez.

Hojo había enviado a Amari por su auto para no dejarme sola y me había traído directo aquí, desobedenciendo a la abuela Kaede. Luego, echó a mis primos del departamento y no ha vuelto a entrar a la habitación desde hace un buen rato. Ni siquiera me he cambiado el vestido blanco y no sé que hora es.

Sollozo.

Todavía no puedo sacarme de la cabeza la mirada lastimera de Shippo al alejarse de mí y marcharse. También a él lo decepcioné.

No importa lo que haga a partir de ahora: he dejado una herida demasiado grande en todos los que me rodean como para merecer una oportunidad de explicarlo.

No obstante, es lo único que deseo: que Kohaku me otorgue el beneficio de la duda…Quizás por nuestra amistad.

Gimo hondamente porque sé que se ha terminado, de nuestro vínculo ya no queda nada, se rompió debajo del filo de mis mentiras, de todos los actos con los que construí la fosa que ahora me asfixia.

Mi familia, tanto como mis amigas, deben estar decepcionadas a un punto inimaginable y mi mejor amigo seguro no volverá a hablarme.

Rompí el lazo de fraternidad y lealtad que unía a Kohaku y Shippo. Dejé que mi amigo pusiera las manos al fuego por mí pero al final hice que se quemara.

Había desilusionado a todos. Todavía peor: había lastimado a Kohaku.

Aprieto las rodillas contra el pecho, mi cuerpo tiembla porque pese a todo estoy furiosa: totalmente colérica.

Quiero gritar con tanta fuerza hasta quedarme afónica. La culpa me aplasta como una tonelada entera.

Sesshomaru.

Él salió en el instante en el cual Hakkaku me ayudaba a subir al auto de Hojo. No parecía reparar en las miradas que se posaron en él con la misma acusación expectante con la que me miraban a mí.

Confundidas y asombradas también.

Solamente Aome frunció el ceño con tanta pena que por un minuto creí que estaba triste por mí.

Sin embargo, Sesshomaru solamente me miraba a mí con el mismo sentimiento que me desarmaba totalmente.

Luego, me perdí en el incómodo silencio de mis familiares que no se atrevieron a hacer ninguna pregunta. Tampoco quise enterarme de cómo lo habría tomado la familia Taisho o si se habría desatado una trifulca peor tras mi humillante huida.

No quería preocuparme por Sesshomaru, su reputación o su trabajo. Ya no.

En algún punto llegué a esta odiosa casa, a la cama donde me permití aceptar que estaba enamorada de Sesshomaru y ahora me servía como refugio y escape a las consecuencias de mis mentiras.

De nosotros.

Porque siempre fuimos solo eso: Sesshomaru y yo somos una gran mentira construída sobre otras más y sostenidos por la decepción y la mirada lacerante (pero dolida) de Kohaku cuando me miró.

¡Yo que nunca quise hacerle daño a él! ¡A nadie en realidad!

Me abrazo con fuerza contra el frío muro, respirando el ambiente sofocante de la habitación y temblando. Tengo miedo.

Estoy triste y ya ni siquiera apretarme el cuerpo me reconforta porque, de alguna manera, siento que los pedazos de mi alma se han desperdigados tan lejos que ya no puedo juntarlos; ahora incluso al tocarlos me cortan con sus afiladas puntas.

El pecho me arde como si me atravesaran con un arma sin filo.

La puerta se abre de pronto, lo sé porque la escucho pero no alzo el rostro.

-Aome se fue.

Es Hojo.

Aprieto el rostro contra las rodillas al descubrir que mi mejor amiga está tan molesta como todos.

Mi primo chasquea la lengua.

-Las mujeres hacen cosas estúpidas—dice.

No puedo estar más de acuerdo con él.

Tiemblo nuevamente, apretándome más con los brazos.

¡Me siento tan sola! ¡Tan rota por dentro!

Oigo mis gimoteos ahogados aunque ni siquiera sé cuanto tiempo llevo llorando.

Hojo aprieta los labios un segundo antes de dar unos pasos hacia la cama, se sienta en el borde, inhala hondo y luego sube también las piernas. De inmediato, por instinto o desconsuelo, me deslizo sobre la cama hasta él, pego el rostro a su pecho y lo siento ponerse rígido un instante antes de elevar el brazo para rodearme.

Su fuerza me atrae suavemente con un abrazo que logra que me haga un ovillo contra él.

Y lloro.

Sigo llorando porque soy tan débil y tonta para hacer algo más.

Me aferro de su camisa arrugada como una vez lo hice con la de Sesshomaru, sollozo sin tregua contra el pecho de mi primo mientras él sostiene mi cuerpo contra su torso.

-Lo siento—gimoteo entre copiosas lagrimas que nunca tendrán fin.

Siento su suspiro profundo pero no dice nada, por primera vez no dice nada.

Aquella tácita aceptación me da la fuerza necesaria para seguir desahogándome.

-Lo siento tanto.

Y es verdad, la única que he dicho en mucho tiempo.

¡Qué ironía que la única verdad en esta miserable vida sea precisamente la que más dolor me causa!

Tiene, además, otro significado: Sesshomaru Taisho.


Me aliso la playera de Aome con ambas manos. Debe ser un pijama porque su diseño holgado no es algo que mi amiga usaría normalmente.

Sonrío a medias, sin alegría, preguntándome si todavía puedo llamarla de esa forma, el que me haya prestado algo de ropa para cambiarme el vestido me hace creer que sí.

No obstante, no he hablado con ella. Aome no volvió luego de que me trajera la ropa y aunque sonase ridículo de mi parte: estoy mejor así.

Todavía no puedo enfrentarme a ella, ni a nadie en realidad.

Pese a que el llanto se terminó hace un par de horas, más porque estoy seca por dentro que por haber reunido fuerzas, me siento desmoralizada todavía. La sensación de culpa me aguijonea todo el tiempo, hace una bina miserable con mi propio dolor y el que sé que provoqué a terceras personas.

A Kohaku principalmente.

Aprieto los labios, no quiero soltarme a llorar de nuevo pese a que todavía tengo mucha pena que desahogar. Esa reticencia a deshacerme de todo lo que me lastima por dentro es el freno para el alivio que debería conllevar el haberme liberado de las mentiras. Aunque, ahora que lo medito detenidamente, era hilarante que hubiese creído aquello, estaba claro que mis mentiras explotarían en cualquier momento: ¿de qué otra manera iba a salir si no?

No existe desahogo ni alivio alguno en el remordimiento.

Alzo los ojos a mi reflejo, la Rin que me devuelve la mirada apenas resiste contemplarme sin querer gritarme lo idiota que he sido.

Tengo los ojos hinchados, me escocen las pupilas como si tuvieran arena dentro y la irritación ha dejado un par de círculos rojizos alrededor de mis párpados.

El agua helada del grifo no fue suficiente para refrescarme del bochorno que se respira dentro de la habitación, y por consiguiente en el cuarto de baño, las gotitas resbalan por mi rostro lavándome las lágrimas que de pronto se han hecho invisibles. Porque sigo sufriendo.

No va a detenerse hasta que logre arreglarlo.

La Rin del reflejo suelta una carcajada que se transforma inmediatamente en un gimoteo desesperado: no hay manera de resolverlo.

Todos se enteraron de la situación en el momento menos idóneo y de la forma más humillante para Kohaku y para mí. A lo mejor también para Sesshomaru.

Pero él no debería importarme. Al final, tiene gran parte de culpa por haber decidido encapricharse conmigo de pronto.

Sorbo por la nariz pasándome las manos húmedas por el cabello. La cabeza me punza debido a las largas horas de llanto, pero esa migraña es apenas notable en comparación con la herida que me palpita en el pecho como a carne viva. Arde y duele.

Me sostengo del lavabo con ambas manos, perdiéndome en la delgada capa de húmedad sobre la cerámica. No quería recapitular los acontecimientos porque no hacía falta, todo el tiempo estaba pensando en ellos. Desde la mirada de reproche de Kohaku, pasando por el desconcierto y decepción de mis amigas y familiares, hasta la mirada de desilusión de Shippo.

Y sobre todo, la resolución en los profundos ojos dorados de Sesshomaru sigue golpeándome con su imposibilidad.

Aprieto el lavabo, sintiendo el rostro arderme con la misma vergüenza con la que he lidiado estas horas. Tal vez el amanecer esté próximo, empero, la promesa de un nuevo día no hace más que aterrarme porque significa que ya no tendré más excusas para deprimirme en la cama el resto de mi vida.

Tengo que ser fuerte por primera vez.

Un par de golpes contra la puerta me sobresaltan.

No me interesa recomponer ninguna careta, así que me limito a abrir la puerta. Hojo enfoca sus ojos negros en mí, escrutándome atentamente como si no esperase que siguiera viva.

Bajo los ojos de inmediato y él resopla.

-Deja de humillarte a ti misma—dice—De todas formas a mí no me debes una disculpa. En todo caso, no me molesta lo que ocurrió.

Ahora sí alzo los ojos. ¿Está de broma acaso? Sé que mi primo cuenta con un humor poco común pero esto se hace pasar por crueldad.

-Al menos Kohaku Taisho comprendió que hace mucho que ya no te interesa—se encoge de hombros con tanta naturalidad que me revuelve las entrañas.

Me muerdo el labio echándome a andar de vuelta a la cama. Hojo había dejado la puerta abierta por lo que el aroma del té voló hasta la habitación, acompañado por el delicado movimiento de los trastos en la cocina.

En cualquier momento aparecería la abuela Kaede cargando una taza de té caliente y un montón de consejos motivacionales que se volverían exigencias por explicaciones y al final, un regaño seguro. No quería nada de eso.

Ni siquiera tenía antojo de nada, apetito mucho menos.

Sé que todos a mi alrededor merecen una aclaración de lo que ocurrió (y sigue pasando), empero nada de lo que salga de mi boca va a satisfacerlos porque no lo hace conmigo. El acusador silencio en el que se han sumergido las personas que quiero me reafirma el desconcierto, decepción u odio que ahora deben sentir por mí.

A decir verdad, ni siquiera tengo fuerzas para defenderme, esto lo he hecho yo junto con mi debilidad y mi natural habilidad para el llanto y las malas decisiones.

Vuelvo a tirarme en la cama esperando que simplemente todo se termine de la misma forma con la que he jodido mi vida.

-Tomé esto del clóset—habla Hojo otra vez. Me vuelvo a él mientras sostengo un almohadón entre los brazos.

Tardo un segundo en comprender que se refiere a la playera negra que lleva puesta, estoy casi segura que no iba así vestido hace unas horas en mi fatídica despedida de soltera. Pero no estoy segura, lo único que recuerdo con viveza (a todo color y tortura) son las palabras de Kohaku, su rostro y su mirada.

Otra vez las lágrimas cristalizan mis ojos.

¡Qué ironía! La noche en que debía celebrar mi despedida de la soltería fue más bien la fiesta donde despedí mi compromiso.

Aprieto la almohada entre los brazos resintiendo la repugnante sensación de indefensión asolarme de nuevo.

-Espero que no sea de él—gruñe Hojo. Niego en silencio, esa playera no le pertenece ni a Sesshomaru ni a Kohaku, llegó a mí por una oferta en el centro comercial, cuando Kim y yo decidimos hacer una locura: comprar ropa de hombre para usarla como pijama.

Ojalá pudiera volver a esos días donde todo era más sencillo, antes de conocer a Sesshomaru, cuando me conformaba con mirar a Kohaku ser feliz.

Antes de que mi vida quedara devastada y yo misma destruyera mucho de otras más.

-Aquí ya no hay nada de él—murmuro contra la almohada. Mi voz se oye ronca y hueca.

-Alguna vez lo hubo—no es una pregunta. Asiento con la cabeza.-¿Ya sabes que harás?

El gesto se me descompone de nuevo. ¿Cómo saberlo? No lo he sabido a ciencia cierta desde hace meses como para que me llegase una epifanía repentina que me revelease lo que realmente ocurre. Lo que debo y no debo hacer a partir de ahora.

Así que, decido ser honesta.

-Hablaré con Kohaku—eso sí él me da una oportunidad—Tal vez quiera escucharme al menos.

-¿Y cuando venga el otro tipo? Tu profesor.

Tiemblo de nuevo apretando la almohada contra el pecho.

-No vendrá—musito.

Oigo el chasquido de lengua de Hojo.

-Vendrá.

Escondo la cara en el almohadón porque mi primo tiene razón: Sesshomaru no participó en todo ese espectáculo por nada. Lo que sigo sin entender es el motivo.

Y a estas alturas aventurarme otra vez a averiguarlo me da miedo. Mucho miedo.

-Podrías decirle que se vaya—gimo.

Resopla.

-Aunque lo haga no me hará caso, Rin. No después de tragarse su orgullo—el tono que usa me hace pensar que sabe más de lo que yo sé.

Alzo la cara justo a tiempo para ver al castaño dirigirse hacia la salida de nuevo.

-¡Hojo!—llamo -¿A qué te refieres?

Él se vuelve a mí sujetando el picaporte, empuja la puerta para cerrarla y se recarga en ella cruzando los brazos.

-Que tontería—inhala hondo—Eres tú quien se ha estado acostando con él y no te das cuenta.

La rudeza de sus palabras me recuerda el carácter difícil de mi primo, me hiere la certeza que implican aunque sigo sin comprender.

-Su ego se fracturó.

El corazón se me detiene un segundo, luego inicia un palpitar acelerado contra mi pecho. Hinco los dedos en la almohada sintiendo que los dedos me tembelequean.

¡Ésa sí que es una tontería! Ni siquiera alcanza un nivel aceptable de ridiculez.

¿El ego de Sesshomaru? ¿Quebrado? ¿Por mí?

-Que tontería—alcanzo a decir, sin aliento.

Hojo enarca una ceja.

-Es con él con quien te escapabas y me usabas como coartada—replica con firmeza—Con quien te seguiste escapando inclusive estando comprometida. Si es tan cercano a Kohaku Taisho y hasta ahora viene a hacer algo es porque dejó de fingir como tú.

Parpadeo varias veces porque aunque la teoría de Hojo suena descabellada, quiero seguir escuchándola.

-¿Fingir?—tartamudeo.

-Tú fingías querer casarte con Kohaku—resopla, fastidiado por mi poca genialidad—Seguramente también estaba jugando como tú —Se encoge de hombros con frialdad—Hasta que su ego se rompió.

No encuentro palabras con las cuales responderle a ello, porque mi corazón trata inultilmente de aferrarse a ellas, no obstante, el remordimiento me asalta con tanta fuerza que me provoca náuseas. ¡No puedo ser tan mezquina!

Estoy llorando nuevamente.

¿Tendría Hojo razón? ¿Y él como lo sabría? ¿Acaso sus miradas atentas siempre estuvieron destinadas a analizarme detenidamente?

-No hay que ser un genio para darse cuenta—resopla hastiado—Todos en esa jodida familia son igual de arrogantes—enarca una ceja evidenciando su innata aversión a los Taisho.

Más importante, de ser aquello cierto, ¿significa que Sesshomaru me quiere?

-Hojo—llamo en voz baja, vacilando en seguir o no hacerlo-¿Crees que…Kohaku romperá el compromiso?

Sus ojos me analizan detenidamente evidenciando la respuesta.

Me encojo más.

-¿Realmente pensabas casarte con él?—inquiere con voz calmada.

Asiento como lo había venido haciendo desde la primera (y única) vez que me hizo aquella pregunta.

-Aunque no quieras hacerlo.

Mi primer impulso es negarlo todo, sin embargo, al enfrentar la mirada de mi primo me doy cuenta que ya de nada sirve seguir fingiendo cascabeles de felicidad con la idea.

-Sí quiero—digo débilmente—Quiero decir que…-me muerdo el labio sin poder continuar.

Hojo me lanza la misma mirada seria con la que acostumbra dirigirse a mí desde varias semanas.

-Haz lo que quieras pero que no sea una estupidez.

Escondo la cara en el almohadón preguntándome qué estarán haciendo Sesshomaru y Kohaku en este momento.

No importan las teorías de Hojo al respecto, sí, quizás tiene razón y de hecho no se necesita ser un genio para darse cuenta de algo así; empero, no cambia nada, ni tampoco mi corazón mezquino que sigue empeñado en lacerarse.

Cometí demasiados errores que no pueden ser remendados, lastimé personas y permití que mis mentiras me engulleran hasta arrastrar a Kohaku en ellas.

No importa nada en realidad, ni yo ni tampoco Sesshomaru. Tampoco su orgullo al que por fín cedió.

Solo Kohaku.

Ya es tarde.

-Rin, querida. Alguien te busca—dice la abuela Kaede del otro lado de la puerta.

Hojo no ha parpadeado ni una sola vez mientras me mira.

Aprieto los labios resecos, echo un último vistazo a mi habitación y, juntando lo último que me queda de voluntad, decido hablar.

-Hojo. ¿Podrías decirle que se vaya?

-¿Qué si es Kohaku?—él está consciente que, luego de cómo se dieron las cosas, tengo que plantarle cara y suplicarle perdón.

No importa el miedo que tenga.

Pero, pese a ello, conozco a Kohaku…

-No es él—musito.

Hojo asiente una sola vez sujetando el picaporte para salir y dejarme sola de nuevo, llorando y lamentando mi miserable existencia, abrazándome a mí misma para no romperme en pedazos antes de enfrentarme a Kohaku, su familia, la mía, mis padres, mis amigas, Shippo…y también a Sesshomaru.

Había sido débil por demasiado tiempo.


Bien, este capitulo se enfoca mas en Rin porque es la protagonista, las reacciones de los demás como la familia Taisho o las amigas de Rin vendrán más adelante. Realmente sufro con Rin, me duele verla así pero pienso que el ir alargando todo a base de mentiras no iba a llevar a nadie a ningún lado. Todo trae consecuencias así que...

¿Qué consecuencias creen que habrá para Rin para Sesshomaru...para todos los implicados?

Dejenme sus comentarios si les ha gustado el capitulo y nos leemos en el siguiente

Besos y abrazos!