Cuadragésimo quinto
"Solo iba a decir que el cielo no parecía ser mi casa, y me partía el corazón a fuerza de llorar por volver a la tierra, y los ángeles estaban tan enfadados que me tiraron en medio del brezal, en lo más alto de Cumbres Borrascosas, en donde me desperté llorando de alegría. Esto servirá para explicar mi secreto tan bien como lo otro. Tengo el mismo interés de casarme con Edgar Linton como de ir al cielo, y si mi hermano no hubiera humillado a Heathcliff de esa manera, no hubiera pensado en ello. Sería una humillación para mí casarme con Heathcliff; sin embargo, él nunca sabrá cuanto le amo, y no es porque sea guapo, Nelly, sino porque hay más de mí en él que en mí misma. De lo que sea que nuestras almas estén hechas, la suya y la mía son lo mismo, y la de Linton es tan distinta como la luz de la luna del rayo y la helada del fuego."
¿Cómo no enamorarse de algo así? ¿Cómo evitar que el corazón se encoja al leer esas palabras, esa declaración que sale del alma, esa confesión que duele en la garganta por la fuerza con la que quieres gritar?
Eran las 4 de la tarde del jueves 30 de enero. El día volvía a cubrirse de nubes negras que presagiaban nuevas lluvias después de dos semanas de radiante sol, pero no me importaba en absoluto. Después de acudir a mis clases de danza aquella mañana, tenía el resto del día para mí. Para comer tranquila en casa, adueñarme del sofá y empezar por quincuagésima vez mi lectura de Cumbres borrascosas.
Tal vez se había vuelto algo enfermizo. Tal vez tendría que empezar a leer otros libros y aparcar a Catherine y Heathcliff hasta un nuevo aviso, pero me era imposible evitar la tentación.
Era como si un imán me atrajese a él, como si desprendiese una fuerza magnética que lograba que mis ojos se posaran sobre él cada vez que entraba en mi habitación. Y no importaba lo escondido que estuviese, mi cuerpo directamente caminaba hacia él cuando no tenía otra opción de entretenimiento. Y es que, en aquel día, ni la televisión, ni la música, ni Internet lograban captar mi atención como lo podría hacer la buena de Emily Brontë. Siempre y cuando alguien no interrumpiese mi sosegada y tranquila tarde.
Adoraba los jueves, porque después de una semana repleta de actividades, ya solo me esperaba el ansiado fin de semana, y con ello la diversión, la tranquilidad, el sueño. Y más aún si era un fin de semana como el que estaba por llegar.
Supongo que no es necesario describir cómo me fue aquella semana, porque mi calma es fiel reflejo de ello. Y tampoco es necesario describir qué sucedió aquella mañana del domingo, cuando desnudé mi alma en una simple llamada de teléfono. Y no es necesario describirlo porque aquel jueves, en aquella tarde que se suponía que iba a ser solo y exclusivamente para mí, el destino, el karma o lo que quiera que sea que se empeña en unir el tiempo con las casualidades me tenía algo preparado. Algo de ciencia ficción.
Fue Santana quien logró interrumpirme, y lo hizo asustándome. Ni siquiera pude escuchar las llaves abriendo la cerradura por la prisa que parecía acusarla.
—¡Te necesito! —exclamó colocando una caja encima de la mesilla.
—¿Qué… qué sucede? ¿Tú no te marchabas a Lima?
—Sí, claro que me voy, de hecho, tengo un taxi esperándome, pero acaba de llegarme esto y no puedo irme sin entregarlo. O, mejor dicho, necesito que tú me hagas el favor de entregarlo.
—¿Qué? ¿Qué es eso? ¿Cómo que tienes que entregarlo?
—Son unos documentos que tengo que llevarle al administrador, cosas de la cafetería, ya sabes. Pero en media hora sale mi tren y no me va a dar tiempo. ¿Podrías llevarlos tú?
—¿Yo? —cuestioné observando la caja. No era demasiado grande, apenas debía medir unos cuarenta o cincuenta centímetros de largo y un par de palmos de alto—. ¿Quieres que los lleves yo?
—Rachel, no puedo fallarle a mi padre, mañana a las 8 tengo una reunión con sus asesores y si no salgo ya, voy a llegar en plena madrugada y no, no puedo. ¿Entiendes?
—Sí, si claro que entiendo, pero…
—Rachel, tengo que ir a la estación y esos documentos van en dirección opuesta. Por favor, llévalos.
—Ok, ok, yo los llevo. Dame la dirección y mañana por la mañana lo llevo en tu…
—No, no, mañana no —me interrumpió colocando un papel que acababa de sacar de su bolso sobre la caja—. Tiene que ser ya. De hecho, tiene que ser antes de las 5 —añadió al tiempo que se colaba en su habitación y regresaba portando su maleta—. No puede ser más tarde porque los necesitan ya, por favor. No me falles.
—Ok, ok, los llevaré, pero no me metas prisa. ¿Dónde es?
—En la nota tienes la dirección, pero tranquila, estoy segura de que sabes llegar. Está en Broadway, así que para ti será como andar por casa.
—Ok. ¿Y a quien se lo tengo que entregar? ¿Tengo que decir algo más o…?
—No. Solo coge esa caja y sal corriendo hacia allí. Yo voy a llamar y diré que estás a punto de llegar, estarán esperando. Solo di que eres Rachel, la amiga idiota de Santana y ellos sabrán que hacer —me guiñó el ojo.
—Eh, si vuelves a insultarme me quedo aquí en el sofá —le amenacé, pero en ese instante noté como se dejaba caer sobre mí y me regalaba un beso en la cabeza, como hacía meses que no hacía. Fue curioso, porque tuve que ser yo y mi improvisado beso en sus labios la semana anterior, quien abriese la veda a las muestras de cariño que siempre se había negado a regalarme.
Santana no me replicó en absoluto aquella salida de lugar que tuve, solo bromeó un par de veces acerca de mi cuestionada homosexualidad, y poco más. Sin embargo, desde aquel día no había momento o excusa perfecta que no la incitara a regalarme algún abrazo, u otro gesto de cariño como era aquel beso en mi cabeza. Y a pesar de resultarme terriblemente confuso, admito que me encantaba. Santana podría ser un demonio, pero su versión dulce y cariñosa, era algo sobrenatural. Y yo estaba teniendo la suerte de disfrutarla.
—Cuídate, y mañana, cuando veas a Quinn, dile de mi parte que no tengo problema en que duerma aquí, siempre y cuando deje la ducha limpia. No quiero tener que encontrarme pelos rubios en ella... ¡Ah! Y nada de utilizar mi champú. ¿Ok?
Ni siquiera le respondí. Aunque tampoco es que me hubiera dado tiempo hacerlo. Santana no tardó en marcharse tras lanzar aquellas indirectas hacia Quinn, siempre en tono jocoso, y me dejó a solas observando aquella estúpida caja de cartón que debía estar en Broadway en menos de una hora.
Y sí, en cuanto fui consciente de que me quedaban menos de 60 minutos para tal proeza, salté del sofá dispuesta a llevar a cabo aquella petición expresa, y no demorar más la entrega.
No tenía ni idea de lo que era, pero dado el nerviosismo y las prisas que mostraba Santana, debían de ser documentos bastante importantes. Documentos que, por cierto, apenas pesaban entre mis brazos cuando salí del apartamento y me metí en el taxi. De hecho, habría jurado que en el interior de aquella caja no habría más de tres o cuatro hojas. O tal vez yo empezaba a tener una fuerza sobrehumana, y ni siquiera lo notaba.
Daba igual. Lo importante de aquella tarde es que a las 16:45 pm, yo estaba a punto de llegar al 302 de West 45th Street, como me había pedido Santana, e iba a entregar aquella caja sin demora alguna. Siempre y cuando el destino no estuviese gastándome una broma.
Y sí, digo una broma porque nada más bajar del taxi, fui a descubrir que aquella dirección correspondía exactamente con el teatro Hersfield, donde el cartelón de Funny Girl seguía recordándome la mayor humillación de cuántas audiciones había hecho a lo largo de mi vida. Corrijo, aquella dirección no pertenecía al teatro, si no a la parte trasera del teatro, donde evidentemente no había ningún despacho de administradores, ni bufete de abogados ni nada por el estilo. Y temí que Santana se hubiese equivocado en la dirección. Así que, con algo de calma, pero sin pausa, saqué mi móvil del bolso y me dispuse a llamarla para confirmar que era aquel el lugar donde tenía que entregar los documentos. Y digo me dispuse porque aquel hecho no llegó a consumarse.
Ni siquiera me dio tiempo a buscar su nombre en la agenda, cuando sentí como un león se abalanzaba hacia a mí. Y no, no estaba exagerando de nuevo. Los terroríficos ladridos del perro león, me hicieron huirle despavorida hasta que la pared de obligaba a detenerme. Y lo peor de todo es que no tenía motivo alguno para temerle, porque era él. Era mi amigo, mi chico.
—¿Bleu? —cuestioné tratando de reaccionar a aquel momento —¡Chico! ¿Qué haces…? Oh, mierda, mierda… ¿Chico? ¿Bleu?
Era espuma, no babas. Bleu me miraba con los ojos inyectados de sangre y el hocico rebosante de espuma mientras me ladraba, o mejor dicho se preparaba para destrozarme a mordiscos.
—¡Hey, chico, soy yo! —supliqué tratando de evitar que se acercara a mí. Sin embargo, no era necesario. Estaba fuera de sí, es cierto, pero Bleu se mantuvo paralizado, simplemente bloqueándome el paso hacia la calle. Un paso que me di cuenta que existía cuando descubrí que volvía a estar enclaustrada en el callejón trasero del teatro, el mismo en el que me bloqueó la primera vez que lo vi. Y de repente todo comenzó a volverse realmente extraño. Tan extraño que perdí el habla, sobre todo, cuando la vi aparecer sin más.
¿Qué iba a decir? Quinn llegó en calma junto a Bleu, se agachó hacia él para colocarle la correa y a continuación, me miró conteniendo la sonrisa. Y solo un ¿Estás bien? salió de su voz.
—¿Quinn? —balbuceé aún sin creer que estuviese sucediendo de verdad.
Ella debía estar en Baltimore, arreglando algunos asuntos familiares de su abuela después de haber pasado 4 días en Yale con el proyecto de su amigo, y dos en Princeton para estudiar otra opción de trabajo. Sin embargo, no, no estaba en ninguno de aquellos sitios y sí allí, en mitad de Broadway, plantada frente a mí y mirándome con una extraña mirada que no acertaba a describir.
—Lo siento, yo me llamo Luce —me dijo.
—¿Qué? Quinn, ¿qué…qué haces aquí? —reaccioné tratando de acercarme, pero en ese instante Bleu volvió a ladrarme.
—¿Te conozco? —me preguntó aprisionando sus labios, evitando que la sonrisa se apoderase de ella.
—¿Qué? ¿Qué dices? ¿Por qué dices eso?
—¿Qué es eso? —me ignoró señalando hacia la caja de documentos.
—¿Esto? Eh, pero, Quinn. ¿No, no me vas a decir qué haces aquí o no…? Oh dios, ¿esto es realmente confuso?
—Eso no parecen ser documentos —me ignoró de nuevo y ya no supe que decirle, que no fuera obligarle a que dejase de burlarse de mí. Porque era eso lo que estaba haciendo, seguro—. Parece más otra cosa. ¿No crees?
—¿Qué? Eh, no, son documentos. Me los ha dado Santana para que se los entregue a su abogado o a su administrador, no sé, creo que, que… —Estúpida, idiota, patética. ¿Qué más podría decirme a mí misma tras ser consciente de lo que pretendía Quinn? ¿Cómo no pude darme cuenta antes, y no tener que esperar a que sus cejas se alzasen de manera voluntaria y me incitase con un simple gesto de su cabeza, a que abriese la dichosa caja y me olvidase de los documentos? Bueno, era lógico no caer en ello cuando la tenía frente a mí, después de casi dos semanas sin verla y con la necesidad imperiosa de lanzarme a sus brazos. Era ella, era Quinn, mi chica, mi princesa de encantadora sonrisa y ojos hipnotizadores. Estaba allí después de mi confesión, después de su aceptación y decenas de llamadas posteriores. De mensajes de buenas noches y buenos días, de besos virtuales que llegaban a mi teléfono con un divertido emoticono, y varios corazones revoloteando a su alrededor. ¿Cómo pretendía hacerme entrar en razón después de todo aquello? Sin embargo, lo hice. Y lo hice solo por ella.
Tomé aire sin poder evitar dibujar una sonrisa, y me dispuse a abrir la caja que antes no me había provocado nada de curiosidad. Y si mi sonrisa era amplia tras ser consciente de la jugarreta que me estaban haciendo, más grande se hizo al contemplar lo que había en su interior.
—¿Qué…qué debo hacer con esto?
—No lo sé. Ni siquiera te conozco —me respondió ella—. Acabo de llegar de Hogwarts, deberías leer lo que pone ahí. Tal vez así sepas que está sucediendo.
—Ok, así que debo leer —murmuré recibiendo una nueva oleada de sonrisas por su parte, y sacando del interior de la caja una carta que aparecía perfectamente doblada junto a una rosa roja. Dejé la caja en el suelo y me dispuse a leerla sin más espera.
Querida Rachel.
Hola. Es probable que te asustes al saber quién soy, créeme yo también lo haría, pero tengo la esperanza de que me des el beneficio de la duda y al menos leas lo que tengo que decirte al completo.
Verás, soy la consciencia. No, no tú consciencia, sino la consciencia de esa chica rubia que tienes frente a ti con cara de boba y su perro al lado, asustándote a más no poder. Tranquila, está pensado para que así sea, pero Bleu nunca te hará daño.
Sí, soy su consciencia, pero no se lo digas. Después de un largo viaje en el Expreso de Hogwarts, he decidido tomar las riendas de su vida y me he lanzado a pedirte algo que solo tú puedes hacer. No, no te asustes por favor, sigue leyendo.
Atenta. Esa chica que tienes frente a ti se llama Luce Quinn Fabray, nació un 14 de febrero de hace ya más de 26 años, en un pequeño barrio de Brighton llamado Preston. Allí vivió hasta que decidió dejarlo todo por cuidar a su abuela, en Nueva York. Luce es más bien arisca, fue una chica bastante solitaria e incomprendida, y tiene un humor bastante especial que no todos entienden, pero en el fondo es buena chica. Solo necesita que le den algo de cariño para demostrar que puede entregarse en cuerpo y alma, y cuando lo hace, créeme, compensa. Ok, no me malinterpretes. Mi intención no es la de vendértela literalmente. Solo pretendo que sepas lo que te vas a encontrar si decides hacerme caso y seguir mi consejo.
Verás, Luce tiene un gran problema. Durante años ha creído que iba a estar sola durante toda su vida, que no iba a encontrar a alguien que realmente la entendiese y le provocase esas mariposas en el estómago que se siente cuando te enamoras. Estaba tan convencida de que eso no sucedería, que su actitud con el mundo se volvió desconfiada y algo intolerante, a pesar de ser dulce y comprensible. Sin embargo, yo que soy su consciencia y sé más cosas de ella de las que ella misma cree, sé que eso no es cierto. Esas mariposas las va a sentir contigo. Sí, sí, contigo Rachel. No te asustes, te lo pido de nuevo.
Quinn ahora no lo sabe, pero está a punto de conocerte y de enamorarse de ti sin control alguno, sin remedio que pueda evitarlo. Ya la has mirado, le has sonreído y has abierto esa puerta en su corazón. Ahora todo se volverá más interesante para ella. Ese miedo a conocer a alguien desaparecerá para dar paso al insomnio mientras se pregunta quién serás, o dónde estarás. A partir de ahora estará más preocupada por encontrarte de nuevo, que, en odiar al mundo, y eso es todo por lo que yo llevo luchando desde que nací en ella. Quiero que sea feliz, que se valore por cómo es y pueda disfrutar de la vida a pleno. Y sin amor, eso es imposible. Tú lo sabes. ¿Verdad que sí?
Ahí donde la tienes, se muere de ganas por preguntarte tu nombre, por pedirte tu número de teléfono o invitarte a tomar algo. Sin embargo, no lo hará, porque es idiota, y porque yo, que soy su consciencia y he viajado a través del tiempo, ya sé que no lo hará. Ella siempre espera a que los demás le den permiso para entrar en sus vidas.
Así que Luce esperará a que te marches, y dejará pasar la oportunidad de su vida por conocer el amor y disfrutarlo, solo por miedo a ofenderte. Y es por eso por lo que yo me he tomado la libertad de contártelo, con la ayuda de tú querida y hermosa, perfecta y bellísima amiga Santana, por supuesto. (Cortesía de mi compañera la consciencia de Santana López).
Rachel, mírala, mira a esa chica y fíjate en sus ojos. ¿Dime que no son impresionantes? ¿Y qué opinas de su sonrisa? Yo sé que tú eres un ser extraordinario y entiendes que la verdadera belleza de las personas está en su corazón, pero no puedes negarme que Luce es realmente hermosa. Sí, ok, es cierto que no es una miss Universo, pero si te fijas bien, verás que realmente es muy guapa. Y ¿qué me dices de sus manos? Sé que tienes una extraña obsesión por las manos, y las de ella son muy bonitas. Aunque están un poco dañadas, porque ahí donde la tienes se olvidó de su verdadera pasión, y pasó de acariciar antiquísimas hojas de libros de historia, por sembrar vida en macetas y jardines. Quinn es un pequeño tesoro, te lo aseguro. Además, ahora no solo es capaz de llevar una floristería en pleno centro de Manhattan, sino que ha decidido volver a luchar por sus sueños, y se va a preparar para superar unas oposiciones para trabajar en el Museo Medieval de Nueva York. ¿Sabes lo que eso significa? Trabajará en lo que le gusta, y además podrá contarte miles de historias, de leyendas y epopeyas que harán las delicias de vuestras tardes al calor de la chimenea. Bueno, si eso no te gusta, también podréis tener largos coloquios acerca de novelas como Cumbres Borrascosas, la cual considera como una de las mejores novelas de la historia. Lo juro, no estoy tratando de influirte de ninguna manera, tienes mi palabra.
Y también estará encantada de conocer todo lo que rodea al mundo de los musicales. De hecho, está bastante interesada en ver una y mil veces el Mago de Oz. No sé, tal vez tú puedas hablarle un poco de ello, y acompañarla a alguna función. Apuesto a que eso te gusta mucho más. ¿Verdad? Seguro que sí. Además de eso, también están las cenas, los paseos, el cine, las compras, los fotomatones, el té, qué se yo, miles de actividades que apuesto querrás hacer de su mano, sintiendo su compañía y recibiendo su cariño.
Lo que yo te diga, Rachel. Luce es puro corazón, un amor de chica que puede hacerte muy, pero que muy feliz. Te lo aseguro, soy su consciencia y la consciencia nunca miente. Te lo prometo.
A partir de aquí, a partir de este instante todo queda en tus manos. Porque mis palabras no pueden decir más de lo que ya digo. El resto de lo que guarda Luce, es algo que solo puedes descubrir en persona, dándole esa segunda oportunidad que tanto os merecéis ambas. Y si es esa la decisión que vas a tomar, te voy a dar los pasos que debes seguir para romper ese hechizo que tan mal salió la primera vez, y volver a empezar desde cero sin perder la magia, como estoy segura que tú deseas.
Supongo que si sigues leyendo es porque vas a aceptar mi consejo, así que aquí están los pasos a seguir.
Vuelve a buscar en la caja, allí dentro encontrarás una rosa roja. Cógela y acércate a Luce con ella entre las manos. Sonríele y pregúntale ¿Sabes que mensaje transmite una rosa roja? Nada más. Si responde lo que ha de responder, sabrás que es ella. Regálale la rosa, porque ella es para ti.
Firmado: La consciencia de Luce Quinn Fabray.
Si había algo que pudiese decir en aquel instante que describiese mi estado, no existía en mi vocabulario, por lo tanto, me era imposible expresarlo de otra manera que no fuera con mi cara, con mis sentimientos.
Jamás, ni siquiera los grandes directores de cine o teatro, ni las mentes más prodigiosas de la escritura, ni los poetas más románticos, habían ideado una declaración de amor como aquella. Y sí, tal vez estoy siendo algo narcisista, pero lo que yo sentí al leer aquella carta entre mis manos, no lo sintió nadie más en la historia de la humanidad. Y si hubo alguien que lo sintió, estaría en la misma posición que yo. Con el alma aumentando dentro de mí, con el corazón palpitando con tanta fuerza que ni siquiera oía el ruido a mi alrededor. Con los ojos bañados en lágrimas, que por fin salían de emoción y no de pena o impotencia. Sentía que quería lanzarme hacia sus brazos y pedirle que no volviese a dejarme nunca más. Sin embargo, decidí hacer lo que ella misma me pedía en aquella impresionante carta, y me metí en el papel como pude.
Tomé aire, de nuevo, para controlar la emoción, busqué la flor en el interior de la caja y caminé hacia ella, descubriendo como Bleu ya ni siquiera se molestaba en mirarme. Y justo cuando estuve frente a ella, la miré y descubrí la curiosidad y algo de temor reflejándose en su rostro. En su hermoso y espectacular rostro.
—Me llamo Rachel Barbra Berry —musité ofreciéndole la mano y ella la tomó educadamente.
—Encantada de conocerte, Rachel. Yo me llamo Luce Quinn Fabray, algunos como mi madre o mi consciencia me llaman Luce, pero tú puedes llamarme Quinn. Me gusta más —añadió regalándome de nuevo su sonrisa.
—Un placer Quinn —respondí—. ¿Qué…qué hacías por aquí? ¿Es tu perro? —señalé hacia el animal perfectamente metida en el papel.
—Sí. Se llama Bleu y a pesar de su mal genio, te adora, casi tanto como…
—Bonitas manos —le interrumpí evitando que destruyese lo que ya empezaba a visualizar, y ella aceptó seguir con su rol.
—Gracias, un poco dañadas, es lo que tiene trabajar de florista.
—¿Así que florista?
—Así es…
—Entonces —me acerqué más mostrándole la rosa —¿Podrás decirme si las rosas transmiten algún tipo de mensaje? Siempre sentí curiosidad por ese tema, y sé que…
—Te amo —me interrumpió cortándome la respiración—. Las rosas dicen te amo, así que esa rosa roja está diciendo te amo.
Tres. Fueron tres te amo en menos de dos o tres segundos, con sus ojos clavados en los míos y toda la intención del mundo en sus labios. Tres veces lo repitió, y tres veces lo pude soportar antes de romper el guion y lanzarme hacia ella, hacia sus labios.
No podía no hacerlo. Besarla era lo que más había deseado desde que supe que mi amor era correspondido, cuando aquel túnel de New Rochelle no destruyó nuestra conversación y ella me hizo ver que era feliz al escuchar mi declaración. Besarla era lo único que necesitaba hacer para demostrarle que sí, que, por supuesto había una segunda oportunidad para nosotras, y empezaba allí, en aquel mismo instante. En el mismo lugar en el que nos conocimos y todo comenzó. Besarla era lo único que podía hacer, y fue lo único que hice durante algunos largos e intensos minutos. Besarla hasta que noté como sus labios se separaban de los míos mientras mis brazos rodeaban su cuello, y permitía que el aire se interpusiese entre las dos. Pero nada, apenas unos milímetros dejó que existiese. Lo justo y necesario para poder hablar antes de que volviese a adueñarme de ella.
—Gracias por esperarme.
—No me des las gracias a mí, es tu consciencia —susurré bromeando.
—Mmm. ¿Qué ponía en esa carta para que decidas besar a una desconocida aquí, en mitad de la calle? —me cuestionó sin perder el humor, y yo encontré las palabras perfectas para responderle.
—Que la vida apesta sin ti.
—Mmm estoy de acuerdo en eso, la vida sin ti apesta —sonrió—. ¿Decía algo más?
—Sí, que me has llevado por el camino equivocado, pero ahora estás aquí para tomar el correcto.
—Mmm, interesante. ¿Algo más?
—A parte de que tienes una sonrisa encantadora y unos ojos impresionantes, sí, ponía algo más que vas a tener que cumplir sí o sí.
—¿El qué?
—Que eres para mí.
