29

Misión imposible

No debía ser tan complicado. Si Tom Cruise era experto en superar misiones imposibles, yo no podía ser menos.

El plan era el siguiente; 10:30 de la mañana. Comprobar que Quinn desayunaba en la sala de profesores junto a Sam y Sue. Asegurarme que ninguno de ellos me veía, y cruzar el pasillo principal sin llamar la atención de los alumnos que cambiaban de clases. Llegar a su despacho, y colarme en él para dejar sobre su mesa la dichosa bolsa con la falda que me salvó el día anterior. Y ya está. Nada más. Simplemente tenía que ser rápida y pasar desapercibida.

Lo primero fue fácil. En el pasillo del ala este del instituto donde estaba su despacho, no había absolutamente nadie. Por lo que pude llegar hasta él sin levantar sospechas. Lo complicado era acceder al mismo y comprobar cómo Quinn, lógicamente, lo había cerrado con llave, regalándome el primero de los contratiempos. Obviamente no me rendí. Yo nunca me rindo, o al menos intentaba no hacerlo. Y por eso logré encontrar una buena solución para evitar cualquier contratiempo para mi plan maestro.

Sí, sé que lo más sensato habría sido esperar a que llegase, o acercarme a ella mientras desayunaba y entregarle la falda yo misma. O tal vez esperar a Sam y que él lo hiciera por mí. De hecho, ese era mi plan b. Pero mi intención era la de evitar cualquier tipo de encuentro con ella, más aún si supuestamente debía agradecerle que me ofreciera su falda cuando más la necesitaba.

Lo tenía prohibido. Terminantemente prohibido acercarme a ella y dejar que me hechizara de nuevo. Yo lo sabía. Sabía que tenía ese poder y que por mucho odio o rencor que quisiera guardarle, sería capaz de revertir la situación sin que apenas me diese cuenta. Y ya tuve mi primer aviso el día anterior, cuando descubrí como el llanto se apoderaba de ella mientras boxeaba. Hacía un año y varios meses que no sentía mi corazón palpitar como lo hizo en aquel instante. Un año que no escuchaba esa voz en mi cabeza invitándome a acercarme, a preocuparme por ella y a cuidarla, por supuesto. Un año en los que, a pesar de no olvidarla, pude controlar mis ganas de tomar un teléfono y llamarla directamente para interesarme por ella, en vez de preguntarle a Santana como estuve haciendo durante todos aquellos meses. Y a ella le bastaron un par de minutos para lograr que todo ese control estuviese a punto de esfumarse, sin siquiera ser consciente de ello. Por suerte, la aparición de Sam evitó que me lanzase hacia ella para consolarla. Pero el quebradero de cabeza no me abandonó en lo que quedaba de día, y mucho menos durante la noche. No puedo asegurar cuántas horas logré dormir, pero sí puedo decir que las pasé todas soñando con ella.

No contacto, no tentación. Esa era mí máxime desde que supe que iba a verla prácticamente todos los días. Y por eso mismo estaba allí, intentando llevar a cabo la primera de las opciones antes de entregarle a Sam la falda, y dejar que fuera él quien se la diera.

Mis años de estudiante me llevaron a saber que había alguien en el instituto que ostentaba las llaves de todas y cada una de las aulas del mismo. Por ende, también de los despachos personales. En mi época era el director Figgins quien podía acceder con aquel juego de llaves donde quisiera. En aquel instante era Sue. Y para mi fortuna ella también estaba desayunando en la sala de profesores, por lo que mi camino estaba completamente libre.

Apenas tuve que desviarme un par de metros para acceder a su despacho, que a diferencia del de Quinn si estaba abierto. No me sorprendió en absoluto. Sue era tan temida por los alumnos que ninguno de ellos osaría colarse en el mismo, como yo hice aquella mañana. El miedo que enfundaba en ellos era su mejor arma, su mayor protección. Obviamente conmigo no funcionaba. Allí, en el primero de los cajones de su escritorio, estaba el ansiado manojo de llaves que me salvaría aquella mañana de tener contacto directo con ella.

Si todo salía bien, en apenas dos horas estaría encerrada en el auditorio con los chicos del coro, y en tres estaría de vuelta a mi casa sin haber tenido que enfrentarme a ella. Todo estaba perfectamente planificado, así que no lo dudé. Me hice con las llaves, regresé al despacho de Quinn, y con total y absoluta tranquilidad para no levantar sospechas, me colé en él dispuesta a dejar la bolsa en su mesa y acabar con el plan.

Fui una idiota al pensar que una vez que estuviese allí dentro, me iba a marchar sin más. Sobre todo, porque no pude evitar descubrir algo que me llamó la atención, y que hizo que todo mi cuerpo se estremeciera al recordarlo. No solo mi cuerpo, también mi mundo.

No había demasiado en el despacho. De hecho, estaba exactamente igual a como lo recordaba cuando Emma Pilsbury lo utilizaba. Pero sí había algo que destacaba sobre el escritorio, donde se amontonaban algunas carpetas con etiquetas en las que pude leer cosas como terapia de conducta de la infancia, programas en psicología aplicada o neurociencia cognitiva, y que supuse que hacían referencia a diferentes asignaturas de su carrera. Un lapicero lo acompañaba junto con una lamparita a la derecha y una tablilla con su nombre presidiendo la mesa. A la izquierda mi perdición. Una niña pequeña de unos diez u once años con una enorme sonrisa y un par de ojos azules, le daba vida a un marco azul repleto de ovejitas blancas. Un marco que estuvo en mi propia habitación hacía catorce meses. Que ella misma me regaló y que yo le devolví cuando supe lo que me había hecho. Un marco que se llevó después de mi amenaza de destruirlo, y que en ese preciso instante, le servía para tener siempre presente a quien fue, y, probablemente, seguiría siendo su mayor tesoro. Su más preciado regalo. Su hija Beth.

Lo admito, no pude resistir la tentación de tomarlo entre mis manos y acariciarlo. De observarlo para asegurarme que efectivamente era el mismo marco, y que aquella pequeña era quien yo creía que era. Fue un pequeño error que estuvo a punto de arruinar mi plan maestro. Al observar el marco y asegurarme que estaba en lo cierto, llegó el desasosiego, el malestar, la impotencia y la rabia por lo que pudo haber sido y no fue. Por lo que nunca fue ni iba a ser. El alud de recuerdos me llevó a un estado de ensimismamiento tan radical, que cuando alcé la vista al frente, ya era tarde para huir de ella. El movimiento a través de la ventana, aun con las persianas a media altura, me hizo verla caminando hacia mí. Por suerte, el teléfono entre sus manos la tenía lo suficientemente entretenida como para que no me descubriese, pero a esa altura del pasillo ya me resultaba imposible salir de allí sin que me descubriese. Solté el marco sobre el escritorio, y tras comprobar como justo detrás del mismo había una puerta, me lancé hacia ella sin saber si estaba tomando la mejor decisión, o simplemente acababa de meterme en la boca del lobo. Ni siquiera tuve que encender la luz para responder a mis dudas. Nada más ver las cajas amontonadas, y una estantería repleta de archivadores, supe dónde estaba. Y lo peor de todo, la monumental estupidez que acababa de cometer. Si difícil sería explicarle qué diablos hacia dentro de su despacho, más complicado iba a ser excusarme por estar dentro del archivador de su despacho. Pero los nervios ya no me dejaron actuar de otra manera. Bueno, los nervios y escuchar cómo abría la puerta en el exterior.

Primer fallo. La había dejado abierta, y eso debió llamarle la atención, al menos eso intuí tras escuchar como la cerraba y la abría varias veces, supongo que comprobando si estaba rota la cerradura. Segundo fallo, el crujir de la bolsa de papel con su falda que había dejado encima de la mesa. Quinn no dudó en investigar en su interior, al menos eso intuía desde allí dentro, y que supuse que la había llevado a confundir mucho más de lo que imaginé. Tras varios minutos percibiendo sus pasos por la estancia, escuché el chirriar de la silla, lo que me indicaba que había tomado asiento. Definitivamente la peor de las opciones para mí. ¿Cómo diablos iba a salir de allí con ella sentada en su mesa? Lo peor es que apenas tenía una hora por delante, antes de tener que acudir al auditorio para dar mi primera clase con el coro. Y supuse que ella no tenía intención alguna de abandonar su puesto de trabajo. Estaba completamente perdida. De hecho, empecé a desesperarme tras ver como pasaban los primeros cinco minutos y solo escuchaba el sonido de las hojas pasar, hasta que algo la interrumpió. A ella y a mí. Me llevé un susto descomunal al escuchar su teléfono sonar, justo cuando tenía mi cabeza pegada a la puerta para poder seguir intuyendo lo que hacía. Apenas tardó un par de segundos en responder, y fue entonces cuando todo cambió.

—Hola. ¿Cómo estás, cielo? Eh…Sí, lo sé, pero pensé que hoy estarías libre. Ayer te llamé, pero como no respondías supuse que estabas trabajando, y por eso te envié el mensaje. ¿Todo bien? —silencio. Absoluto silencio por parte de Quinn durante varios minutos interminables— Me alegro muchísimo. Te, te echo de menos. Quiero verte cuanto antes… Eh sí, bueno ya sabes. Sí, no, no tenía ni idea…Ni siquiera estaba preparada para ello. No, no. No tiene nada que ver. De hecho, le pregunté y me dijo que sí, pero no me habló de nada más —añadió segundos antes de alargar de nuevo un silencio que me desesperaba. Y no solo el silencio, sino el no saber con quién hablaba y de qué—. No, no fue un buen día, y sabía que no iba a dormir en toda la noche. No, ni una… Ajam. Ya, pero no puedo vivir así. Hice lo que tenía que hacer y lo sabes, pero cada día que pasa es peor. Yo no me encuentro bien, y temo porque…No, claro que no. Por supuesto que no…Estoy luchando, estoy tratando de ser fuerte y hacer lo que tengo que hacer, pero me es imposible. No soy de piedra y temo que no ser lo suficientemente sensata. Sí, sí lo sé. Y créeme, no paro de pensar en ello y buscar la mejor manera de hacerlo, pero no puedo. No puedo porque al más mínimo intento siento que vuelvo a ser la mala. Y no puedo decirle, oye…

Maldición, estuve a punto de gritar si no fuera porque logré controlarme. Quinn cortaba la frase justo en el momento clave por culpa de un par de golpes que sonaron en la puerta, interrumpiéndola, y me dejaba con la incertidumbre de no saber quién estaba detrás de aquella llamada, y por supuesto de quien hablaba. Confieso que deseé escuchar mi nombre, pero lo que más me llamó la atención de aquella conversación fue su manera de hablar, el tono dulce que utilizó y el cariñoso saludo que le regaló a quien estuviera detrás del teléfono. Lo siguiente que escuché fue su excusa para despedirse de quien fuera que estuviese al otro lado del teléfono, y como soltaba un ¡adelante! que supuse iba dirigido hacia quien había golpeado la puerta.

Estaba tan ensimismada en imaginar lo que estaba sucediendo, que ni siquiera me percaté que aquel nuevo imprevisto hacia aún más complicada mi huida sin que ella supiera que estaba allí. Simplemente guardé silencio para tratar de seguir escuchando.

—¿Puedo pasar, señorita Fabray? —escuché en la voz de un chico que no supe reconocer. Al fin y al cabo, al único que podría reconocer en aquel instituto era a Sam.

—Claro, pasa...

—Gracias. ¿Está ocupada?

—No, claro que no. ¿Qué ocurre?

—Verá, me…Me gustaría poder hablar con usted.

—Tutéame por favor —replicó con lo que supuse era una sonrisa en sus labios.

—De acuerdo. Me, me gustaría hablar contigo. Es, es un de un tema bastante delicado que se me está yendo de las manos. Y como dijiste que si necesitábamos algún consejo viniésemos para hablar contigo…

—Me parece perfecto. Siéntate Gareth. ¿Qué te sucede?

¿Gareth? Me pregunté a mí misma tratando de recordar la voz del único Gareth que yo conocía, y que formaba parte de la panda de insoportables que manejaban el Glee Club. El que parecía ser el otro líder después de Dylan.

—Verá señorita…Bueno, Quinn —rectificó—. Es…Es un poco complicado, porque no es solo algo personal, sino que también incumbe a otra persona. Me, me tiene que prometer que no le dirá nada a nadie. Necesito confiar en ti.

—Por supuesto. Para eso estoy aquí, Gareth. Dime que te sucede y trataré de ayudarte por todos los medios. Confía en mí —respondió ella y yo me retorcí de rabia. Me resultaba tan familiar escucharla decir aquello, y ver como luego jamás lo cumplió que me lamenté por el pobre chico.

—Es por Dylan.

—¿Dylan Harnet?

—Sí, ella es mi novia.

—Algo había oído.

—De mentira.

—¿Qué? —cuestionó Quinn leyendo mi mente— ¿Cómo que de mentira?

—No, no somos pareja real. Ella y yo solo fingimos ser novios para poder seguir siendo populares.

—Oh…Entiendo —musitó y a punto estuve de soltar un rugido. Sí, lógicamente, nadie mejor que ella sabía de novios falsos para lograr mantener la popularidad en el instituto, y obviamente también tenía una ligera idea de los promance, por supuesto—. ¿Te preocupa estar mintiendo?

—Más o menos. Me siento mal, pero lo que realmente me preocupa es el comportamiento de Dylan.

—Explícame…

—Verá, los dos llegamos a un acuerdo para ser novios delante del resto del instituto porque podíamos beneficiarnos. Soy el capitán del equipo, los chicos me respetan y bueno, Dylan es Dylan…Tiene capacidad para manejar a todo el mundo, inclusive a mí. Desde hace unas semanas estoy viendo que su actitud es diferente. Ya no solo quiere ser popular y llegar a reina de la promoción, sino que también hace daño a otras personas. Es, es muy dura, tiene palabras de desprecio para todo el mundo y no sé por qué. No sé qué le sucede, y estoy preocupado.

—¿Lo que vienes a decirme es que te gustaría que hablase con ella?

—No, no por favor. Si le hablas de algo de esto, estaré perdido. Arruinará mi futuro.

—¿Cómo? ¿Por qué dices eso?

—Porque ella sabe algo de mí que no puedo dejar que se sepa. Yo necesito que todo el mundo crea que soy quien aparento ser, y ella lo sabe. De hecho, es parte de nuestro trato al fingir que somos novios. Pero tal y como está últimamente, temo porque rompa nuestro pacto. Y no me siento bien dejando que actúe así. Sé que si le recrimino su actitud sacará a luz mi secreto, y todo se irá a la mierda.

—Ok…No me está gustando nada lo que me estás diciendo. ¿Cómo pretendes que te ayude si no quieres que hable con ella? Lo que me estás contando es un caso de bullying escolar.

—¿Qué? No, no…

—Gareth, la actitud de Dylan con otras personas, el que te tenga amenazado con contar tu verdad, eso es exactamente bullying. No puedo consentir que siga sucediendo y para ello tengo que hablar con ella.

—No, no por favor —replicó el chico con la voz temblorosa. Yo seguía completamente en silencio, tratando de averiguar si Quinn ya era o no consciente del secreto del chico. Porque yo, aun estando escondida en aquel archivador/armario, si lo sabía—. Me has prometido que no dirías nada —añadió. Pobre chico, no sabía que estaba hablando con la mujer que nunca cumple su palabra.

—Pero…

—Por favor… Dylan se vengará, y no puedo destruir mi futuro. Amo el futbol, quiero ser jugador profesional, y si ella habla, nadie me querrá en su equipo.

No había dudas, pensé. Era gay, y Quinn parecía no darse cuenta. Menuda futura psicóloga.

—¿Tan grave es tu situación? Si al menos me dices lo que te sucede, cuál es ese secreto, pues podre pensar en alguna forma de ayudarte y ayudarla a ella también.

—No puedo decírtelo.

—¿Entonces cómo quieres que os ayude?

—No sé, la directora dijo que tendríamos que venir a verte una vez a la semana, tal vez cuando ella venga puedas hacerla cambiar de actitud. O… Averiguar por qué se comporta así ahora. Ya, ya sabes cuál es la situación, aunque no tengas los detalles. Supongo que eso es suficiente para alguien como tú, y para saber lo que hacer o no…

—Está bien, veré que puedo hacer.

—¿Va a hablar con ella?

—Voy a intentar saber qué le sucede, pero te advierto que, si no consigo sacar nada de ella, no me va a quedar más remedio que tomar cartas más serias. No puedo permitir que una alumna trate así a los demás.

—¿Le va a decir que he venido a hablar de ella?

—No. Por supuesto que no.

¡Mentirosa! Grité para mí misma. Ese no fue tan débil y tan poco convincente que incluso yo pude percibirlo desde allí. Pero aquel chico parecía ser más inocente de lo que aparentaba, y estaba claro que confiaba en ella. O tal vez lo tenía hechizado con su mirada, que se yo. Fuera lo que fuese, el estar tan metida en escuchar la conversación me llevó a cometer una grave imprudencia que a punto estuvo de costarme un disgusto.

A Tom Cruise no se le habría ocurrido colarse en algún edificio gubernamental sin silenciar su teléfono móvil, en el caso de que lo llevara consigo, claro. Yo sí. Yo sí llevaba en el bolsillo de la falda mi teléfono móvil, y como inexperta que era en misiones como aquella, olvidé silenciarlo.

Kurt siempre era inoportuno, eso es algo que yo ya sabía, pero que me enviase un mensaje en ese instante provocando que el toc toc de mi alarma de notificación se escuchase en todo el despacho, fue sin duda la peor de sus interrupciones. A Ethan Hunt ya lo habrían cazado por un fallo así. Yo esperé nerviosa a que Quinn interrumpiera en el armario y me sacara de allí a gritos. De hecho, me alejé de la puerta y me cobijé en lo más profundo del cuarto, rezando, suplicando porque no lo hubiera escuchado. Fue tan tensa la espera que incluso perdí el hilo de la conversación. Solo podía oír mi respiración y los latidos de mi corazón a punto de salir desbocado por mi pecho. No estoy segura, pero fueron al menos cinco los minutos que estuve allí, aferrada a mis rodillas sin dejar de mirar la puerta. Y fue esa tensa espera lo que me hizo reaccionar de nuevo. Lo siguiente que escuché cuando decidí volver a acercarme a la puerta fue como Quinn se despedía de Gareth, regalándole varias palabras que sonaban a tranquilidad, obviamente para quien no la conocía así debía ser. Para mí solo eran mentiras, pura palabrería que ella utilizaba para convencer a los demás de lo que quería. Con Gareth lo consiguió. Al menos esa es la sensación que me dio al escucharlo darle las gracias, segundos antes de que el sonido de la puerta me indicara que se había marchado, y que Quinn se quedaba allí conmigo… Sin saberlo.

Escuché sus pasos y de nuevo el chirriar de la silla en su escritorio, y fue entonces cuando creí que estaba completamente perdida. En apenas 30 minutos tenía que estar en el auditorio, y yo seguía allí encerrada sin que Quinn mostrase intención alguna de abandonar su despacho. Obviamente, Quinn sabía que yo había estado allí para dejarle la estúpida falda, y que probablemente no sabría cómo me había colado en su despacho sin llaves, pero ni por asomo podría imaginar que aún seguía allí, a escasos metros de ella. Estaba convencida que me lo recriminaría, pero prefería mil veces eso a que me encontrase allí, dándole a creer que además de entregarle la bolsa me había dedicado a curiosear por sus cosas.

Fueron otros cinco intensos minutos de absoluto silencio los que permanecí con mi oreja pegada a la puerta, llegando incluso a sentir un leve dolor por la intensidad con la que me aferraba a ella, y tratando de escuchar algo que me guiase para saber lo que hacía, hasta que por fin se movió. Y lo hizo manipulando la bolsa de la falda que yo le había dejado encima del escritorio. Segundos más tarde escuché sus pasos y la puerta abriéndose, para luego percibir un sonoro portazo que hizo que todas las paredes de la estancia temblaran. Después de ello volvió el silencio. El más absoluto silencio solo roto por mi respiración y los latidos de mi corazón, que empezaron a hacerse perceptibles fuera de mi cuerpo. Si todo era como había escuchado e intuido, Quinn había abandonado el despacho, y me dejaba la oportunidad de salir de allí sin que me viese, permitiéndome ser la vencedora y hacer de la misión algo posible, y no imposible. Confieso que me sudaban las manos cuando me aferré al pomo de la puerta y lo empecé a girar lentamente, tratando de no alterar, de no provocar ruido alguno. No fue fácil. El clic de la cerradura sonó en mi mente como una bomba atómica. Me armé de valor y abriendo lentamente fui asomándome para comprobar que efectivamente, ella no estaba allí. Que me había dejado a solas para poder escapar, y ni me lo pensé. Hice varias comprobaciones más antes de abandonar el armario, y salí disparada de allí sin detenerme en nada más, ni siquiera en la bolsa de la falda o en el dichoso marco que seguía sobre su escritorio. Es más, en aquel instante ni siquiera me di cuenta que Quinn, a diferencia de lo que hizo cuando se marchó a desayunar, había dejado la puerta abierta, por lo que no tuve que hacer uso de la llave de Sue. Y esa fue la siguiente misión que tenía que llevar a cabo. Tenía que deshacerme del manojo de llaves que me incriminaba en aquel delito, y la única opción que tenía era la de lanzarme hacia el despacho de la bruja malvada y dejarlas en su lugar. Con ella era más sencillo. Si estaba allí simplemente tendría que hacer uso de mi capacidad de interpretación e inventar cualquier excusa para que abandonara el despacho, y me diese vía libre para llevar a cabo mi maniobra, por lo que mi tranquilidad era más que absoluta. Hasta que la vi caminar frente a mí. A ella. A Quinn.

Con sus andares de bailarina de ballet. Con el gesto serio y una media sonrisa que no supe distinguir si era soberbia o complicidad. Hermosa como nunca a pesar de todo. Me miró, aun estando en el otro extremo del pasillo, y yo sentí como el estómago me daba un vuelco. Me estaba sonriendo y yo no concebía aquel gesto en nuestra relación. Yo no aceptaba su complicidad bajo ningún concepto, por lo que el malestar no tardó en adueñarse de mí. Más aún cuando la vi girar y encaminarse hacia el despacho de Sue. Ahí fue justo cuando perdí toda lógica y supe que tramaba algo, que esa sonrisa guardaba algo más, sin duda.

Increíble como el destino parecía querer provocarme nervios sin necesidad alguna. La suerte del despacho de la directora es que sus ventanales me permitían ver el interior, y cuando me decidí a llegar hasta allí, pude verla frente a ella hablando, y con una expresión en su rostro completamente opuesto a la que me había regalado escasos segundos antes.

Me hizo temer lo peor. De hecho, llegué a pensar que estaba acusándome por haberme colado en su despacho sin permiso. Es más, estuve completamente convencida de que así era cuando de repente ambas me miraron a través de los ventanales. Yo me pegué a una de las paredes del pasillo absolutamente bloqueada. Se estaba chivando la muy estúpida, y sabiendo que mi relación con Sue era de odio y rencor, no dudé un solo segundo que lo hacía para joderme. Para volver a hacerme daño y demostrarme que no podía confiar en ella.

Que ciega estaba. Que idiota que fui.

Cuando volví a mirar hacia el despacho las vi caminar en mi dirección, haciéndome creer que iba a recibir la mayor reprimenda de cuantas había recibido a lo largo de mi vida. Pero para mi sorpresa no fue así, es más ni siquiera se detuvieron. Simplemente me miraron al pasar junto a mí. Sue con desprecio, y Quinn de una forma que no supe descifrar y que llegó a confundirme más de lo que ya estaba. Tal vez era algo de resignación, o quizás algo de empatía, no lo sé. Solo sé que por primera vez logré aguantarle la mirada desde que llegué al instituto. Ellas pasaron de largo sin decirme una sola palabra. Cuando las vi perderse por el pasillo reaccioné e hice lo que tenía que hacer. Increíblemente y a pesar de los contratiempos, regresé a mi despacho después de haber escapado indemne de toda aquella odisea. Me había salido con la mía para devolverle la falda sin tener que dirigirle palabra alguna, y todo ello esquivando la maldad desmesurada y las torturas de Sue Sylvester. Tal vez un poco infantil, sí, pero juro que me sentí la buena de la película después de salvar la misión. Lástima que mi momento de gloria solo durase un par de minutos. Los que pasaron mientras recogía mi carpeta para marcharme hacia el auditorio, donde en apenas diez minutos empezaría el casting oficial para solista del coro. Estaba tan subida de ánimo que ni siquiera me preocupaba tener que enfrentarme a Dylan y su manada de sabuesos, ya que estaba completamente convencida de poder manejar la situación a mi antojo. Pero me bastó abrir la puerta de mi despacho para que todo mi mundo se viniese abajo. Aunque no estoy segura si fue por temor o porque no podía soportar tenerla tan cerca y no lanzarme hacia sus labios.

Con autoridad. Su cuerpo se mostraba firme frente a mí bloqueándome la salida, al igual que lo hacia su mirada. Sin embargo, las manos metidas en los bolsillos de su vestido de lunares rojos que tan bien le sentaba, me regalaba tranquilidad. Un toque de serenidad que me descompuso. Sin contar con su collar de perlas, o lo que fueran, que le daba ese aire de snob que tan poco me gustaba. Definitivamente, recibir la herencia de su padre aun estando vivo, y tener la mitad de las acciones de su empresa por petición de su madre a cambio de perdonar su última infidelidad, acabó con su humildad por completo. Y me consta que la tuvo, o al menos yo así lo creí.

—¿Vas a algún lado? —me dijo rompiendo el silencio que mi cerebro me obligaba a mantener por el shock.

—A trabajar —mascullé con un hilo de voz que me salió patéticamente ridículo.

—¿En el auditorio o en mi despacho?

No sé cómo no terminé tosiendo y escupiéndole sin querer, pero fue escuchar aquello y notar como la saliva tomaba un camino diferente en mi garganta y a punto estaba de matarme. Eso sí, me mantuve firme, sin perder el orgullo.

—¿No era más sencillo entregarme la falda y ya? —añadió— ¿Tenías que colarte en el despacho de Sue para robarle sus llaves y estar cuánto, 30 minutos…1 hora encerrada en mi archivador?

—No sé de qué me hablas. —Patética, sí lo sé, pero era su palabra contra la mía.

—Rachel, escuché tu teléfono cuando estaba hablando con un alumno.

—¿Mi teléfono?

—Reconocería el tono de tus mensajes entre un millón de sonidos iguales. Por suerte para mí sigues utilizándolo desde que…

—No quiero hablar contigo —la interrumpí antes de que empezara a tocar mi fibra sensible con su palabrería y los recuerdos. De hecho, no puede evitar desviar la mirada porque sus ojos ya empezaban a hacerme daño.

—¿Y? Yo acepto que no quieras hablar conmigo, pero no creo que lo has hecho sea lo más adecuado. Solo tenías que haberme entregado la falda y ya. Es más, podrías habérsela entregado a Sam o incluso quedártela. No quiero obligarte a que hagas lo que no quieres hacer, pero si Sue se llega a dar cuenta de que las llaves no están en su despacho…

—¿Cómo diablos sabes que no estaban?

—Porque si estabas encerrada en mi despacho, no podrías habérselas dejado en su lugar. ¿Crees que soy idiota? Veo la puerta abierta, la falda en mi mesa y tú móvil sonando en el armario —dejó escapar un suspiro de resignación—. Estuve cinco minutos en silencio para ver si te dignabas a dar la cara, y seguías allí metida. Créeme, habría estado más tiempo si no llega a ser porque recordé que Sue tiene llaves de todas las puertas del instituto, y después de desayunar con ella supe que te habías metido en un buen lio. Sabes perfectamente que Sue nos habría dejado encerrados a todos en el instituto si ve que sus llaves han desaparecido. Es más…Estoy segura de que nos habría revisado a todos hasta dar con el culpable.

—¿Ahora te preocupas por mí?

—Pues sí. Por eso me fui a buscarla y a llevármela al campo de futbol para que le echara unan bronca a las animadoras, que ni siquiera merecían, por tal de dejarte el camino libre para que devolvieras las dichosas llaves. Sue te habría echado del coro. ¿Lo sabes no?

—Eso es problema mío —esgrimí tratando de no sentirme culpable—. Es más, la culpa fue tuya. Nadie te pidió que me hicieras llegar la falda.

—Rachel, no quiero discutir contigo. No quiero que…

—Si no quieres nada conmigo, haz lo que has hecho siempre…Pasa de mí. Ignora que existo y punto.

—¿Qué? —musitó con un resquicio de temblor en su voz que me puso en alerta— ¿Ignorarte?

—Sí. Fuiste tú quien lo dijiste. ¿No recuerdas?

—Rachel…

—Sí, así empezaba tu discurso —la interrumpí—. Rachel, no lo tomes a mal, pero tú y yo nunca podremos llegar a ser nada. Tú y yo no estamos hechas para estar juntas de ninguna manera, así que será mejor que te olvides de mí. Eso fue lo que me dijiste palabra por palabra, letra por letra, punto por punto —espeté tomando el valor de volver a mirarla a los ojos—. ¿A qué esperas para seguir haciendo lo que me decías? Tú y yo ni siquiera podemos ser amigas según tú, así que de nada sirve que intentes salvar mi culo de Sue. Ni tampoco tienes porqué ofrecerme faldas o tus servicios como "psicóloga"—ironicé segundos antes de ver cómo se mordía los labios tratando de contener un alud de gritos que yo sabía que rondaban por su mente. Quería gritarme, quería recriminarme o insultarme hasta quedarse sin voz, pero por alguna extraña razón no lo hacía. Simplemente aguantó mi reprimenda sin más—. No me haces falta —añadí en un último intento por hacerla reaccionar. Necesitaba que me odiara para yo odiarla más, o mejor dicho intentar odiarla de una vez, pero Quinn no me dio ese placer. De hecho, lanzó por los suelos mi actitud soberbia llenándome de confusión.

—Rachel, ¿alguna vez has creído lo que te he dicho? ¿Alguna vez sentiste de verdad que estaba hablando con el corazón?

—Pues sí, claro que te creí. Por eso me dolió tanto lo que me hiciste… Me dijiste que siempre estarías a mi lado, que serías mi amiga a pesar de todo lo que habíamos vivido en nuestra adolescencia. No sé si lo recuerdas, o tal vez te han borrado la memoria, pero me prometiste que nada ni nadie me haría daño. Y resulta que fuiste tú quien lo hizo.

—Rachel…

—Me mirabas a los ojos —la interrumpí de nuevo. Y lo cierto es que lo hice en contra de mi voluntad, porque no pensé por un solo instante que pudiese decirle aquello. Pero lo necesitaba. Necesitaba desahogarme por completo—. Me mirabas a los ojos cada vez que me decías algo hermoso, cada vez que me ofrecías tu apoyo…Por dios, me mirabas a los ojos incluso cuando hicimos el amor…

—Rachel por favor…—susurró justo cuando noté como sus ojos se humedecían.

—¿Qué? Me acabas de preguntar si alguna vez te creí y yo te estoy respondiendo. ¿Cómo no te iba a creer si me mirabas a los ojos?

—Pues si me creíste solo te pido que hagas una cosa.

—No estás en disposición de pedirme nada. De hecho, no quiero seguir hablando contigo…

—Todo lo que salía de mi voz, mis gestos… y creías que era verdad —me interrumpió dando un paso hacia mí, sin dejar de mirarme—. Era verdad. Y todo lo que te dije y no podías ni querías creer… No lo era. Tuve que hacerlo por tu bien —añadió y yo sentí que mi cabeza explotaba tratando de comprender qué diablos pretendía decirme. Y lo peor es que ni siquiera pude exigirle que se explicara mejor, porque nada más terminar su frase dejó escapar un nuevo suspiro, bajó la mirada apenada, y se alejó de mí sin volver a decir nada más.

Y yo allí. Junto a la puerta de mi despacho, aferrada a mi carpeta y observándola caminar hasta que la perdí de vista. Sin tener ni idea de lo que acababa de suceder, ni de por qué me hablaba en clave o tratando de hacerme pensar en vez de ser clara de una vez por todas.

Fue ella quien rompió todo. Fue ella quien regresó de su estúpido fin de semana en Lima con una actitud diferente, y su única excusa fue la de dejarme claro que no podía seguir en Los Ángeles. Y que todo lo que sucedió entre nosotras no fue más que una estúpida confusión. Que solo fui un experimento más en su vida sexual que no estaba dispuesta a volver a repetir. Bueno tal vez esas no fueron sus palabras exactas, pero sí lo que quiso decirme. Y ahora estaba allí, tratando de llenarme de confusión con sus actos, sus palabras y sus miradas indescifrables. Y lo peor es que lo consiguió, tanto que, por primera vez en mi vida, descubrí que iba a llegar a tarde a una clase.

Hasta de eso era capaz Quinn Fabray. Era una experta en romper. Primero fue mi cabeza, luego mi corazón, y por último mi récord de puntualidad desde que era niña.

Estúpida Fabray.