La orden del fénix

Salazar llegó al callejón Diagon y se dirigió hacia la heladería de Fortescue, pero no iba sólo, Draco lo acompañaba. El jóven había conseguido dar esquinazo a su madre al convencerla de no acudir a la estación a recogerlo y se había instalado con Sirius y con él en Gridmauld Place. Como tenía ya los quince años, el ministerio no podía hacer nada al respecto mientras no se metiese en problemas, dado que a esa edad se los consideraba pre-adultos. Eso sin contar con que había asegurado una parte de su fortuna, tal como le había sugerido Salazar hacer. Además de mandar sendas cartas a sus padres asegurando que no deseaba verse implicado en los movimientos turbios y poco legales de su padre y, mucho menos implicarse con Voldemort, claro que él seguía llamándole señor oscuro.

— Potter, todos nos miran.

— Teniendo en cuenta cómo fueron nuestros dos primeros años en Hogwarts y el hecho que históricamente nuestras familias siempre antagonizaron, lo extraño sería que no nos mirasen.

— Si no fuera porque Nott va a venir, no habría venido. Ni siquiera tenemos las listas.

— Cierto. Se están retrasando este año.

Las listas solían enviarlas a finales de Julio y estaban ya a mediados de Agosto. Salazar podía comprar los materiales básicos como repuestos de ingredientes de pociones, pergaminos, plumas, el uniforme... pero los materiales específicos de quinto curso no. Eso lo contrariaba un tanto. Por lo general prefería tener tiempo para organizarse bien. Era un contratiempo. Imaginaba que algo tenía que haber pasado, como por ejemplo no encontrar profesor para defensa aquel año, por lo que Sirius comentaba a Dumbledore le estaba costando encontrarlo particularmente. Pero Salazar no veía porqué montar tanto problema con eso. En su lugar él habría enviado las listas de los libros y luego otro mensaje el material extra a comprar al alumno cuando lo conozcas.

— Hola chicos, reservé mesa —saludo Godric desde una mesa para cinco en la terraza.

— Longbottom — saludó Draco cortésmente.

Ambos se sentaron a sendos lados de Godric. Parecía que Draco quería poner la mayor distancia entre ellos dos, aún así quedaban casi uno frente al otro. Uno de los camareros se acercó, no tardaron en decirle que esperaban a alguien más para que se les uniese. Las normas de cortesía implicaba que debían esperar a estar todos para comer y los tres allí presentes las tenían en cuenta. Theodore y Rowena no tardaron en llegar. Theo se sentó al lado de Draco y Luna quedó entre Salazar y su entonces cuando ya ordenaron los diferentes helados.

— El profeta está haciendo un buen trabajo de hundimiento de reputación de Dumbledore —comentó Theodore.

—La mitad de las cosas que cuentan son tonterías —dijo Godric. — Hay cosas más interesantes que decir que está loco o chiflado.

—Es una reacción natural. El periódico lo controla el ministerio y al ministerio no le conviene que la gente rompa su perfecta burbuja rosa de el mundo es fantástico y todo marcha fenomenal —comentó Salazar.

— También cargaron contra Diggory, pero no contra tí —apuntó Draco.

— Hace dos años compre el cuarenta por ciento de las acciones del profeta a un precio bastante generoso. —Los otros cuatro ahí presentes sabían bien qué significaba esas palabras, bastante generoso era por encima de su valor. —No son suficientes para que muestren la imparcialidad que deberían mostrar como medio de comunicación pero sí para pararles los pies de cara al ministerio y a algunos de los otros inversores entre los que está tu padre, Draco.

— ¿Compraste esas acciones a conciencia? — preguntó Rowena.

— No, solo ví que estaban a la venta y que era un negocio rentable. De alguna forma tenía que comenzar a rehacer la fortuna familiar perdida en la guerra.

— Tus abuelos murieron jóvenes y tu padre financió a Dumbledore sin pensar en tí o en el futuro —recalcó Draco al escuchar esas palabras. Sus palabras no eran una burla, sino un eco de que entendía la situación.

— No sé en qué estaría pensando. Quizá si en un futuro, pero no negaré que fue descuidado. Como tampoco negaré que la guerra sea cara. Dudo que fuese la única familia que invirtió en la guerra.

—Todas o casi todas en ambos bandos lo hicieron —afirmó Theodore.—Al final, esa inversión en el profeta, te ha salido bien.

—Si, de hecho estoy pensando dedicar una partida a más medios. ¿Está el quisquilloso buscando nuevos inversores, Luna?.

—Le puedo preguntar a mi padre. Normalmente no quiere inversores, ya sabéis que la gente acaba tratando de influir en la línea editorial.

— Es comprensible que no quiera que su revista se convierta en una segunda versión del profeta —comentó Theodore. —Por cierto, ¿no os parece que hace algo de frío?.

Salazar frunció el ceño. Ahora que lo decía era evidente que el ambiente había comenzado a cambiar, de forma algo sutil. Intercambió una mirada con los demás, sobretodo con Godric y con Rowena. Sí, comenzaba a hacer frío, y no era un frío normal; era un frío completamente sobrenatural. Un frío que le era conocido. Alzó la mirada al cielo, él instantes antes despejado y soleado se había tornado de un negro tormentoso. Comenzó a hacer viento, y poco después a llover con fuerza. La gente gritaba y los niños lloraban. Muchos trataban de esconderse en negocios que pronto quedaron atestados. Pocos eran los que pudieron desaparecerse a tiempo. Los dementores tenían el efecto de robar las energías y la esperanza aun estando aproximándose a un lugar.

— Preparad las varitas —dijo Salazar con voz grave y serena.

—¿Qué harán aquí los dementores? —preguntó Rowena con el ceño contraído y la mirada decidida.

— No es momento para pensar en eso — mencionó Godric. —Encantamientos patronus ya.

— No, sólo cuando aparezcan —corrigió Salazar. — Que quede demostrado que están presentes antes que hagamos nada. Es peligroso, lo sé; pero es lo mejor.

— ¿Temes que esto sea una trampa? —preguntó Godric.

— Podría ser cualquier cosa. Algo fortuito, algo premeditado, un accidente… cualquier cosa.

— Yo no sé hacer un patronus —reconoció Draco. Se lo notaba ligeramente asustado.

— Luna ha estado enseñandome, pero sólo me sale humo — mencionó Theo, aun así tenía la varita preparada.

— Lo conseguirás — dijo Rowena con una fé que, a quienes no la conocían podía resultar extraña.

Los dementores hicieron su aparición. Eran tres. Se lanzaron de inmediato hacia dónde estaba Salazar. Tres pratronus enseguida aparecieron en el lugar. Un Thestal, un pegaso y una liebre; que, procedentes de las varitas de Salazar, Godric y Rowena embistieron a los dementores expulsándolos del lugar al tiempo que algunos aurores recién llegados y, alertados por algunos comerciantes alzaban sus varitas contra los dementores. Los aurores se quedaron mirándolos. La gente los señalaba y les aplaudía. Salazar guardó su varita con gesto serio y se sentó a disfrutar de lo que quedaba de su helado mientras veía por el rabillo del ojo a dos de los tres aurores señalarlo mientras el de rostro leonino negaba con la cabeza ante sus palabras. Salazar apartó su helado sin terminarlo. La situación no le agradaba.

— Creo que será mejor regresar a casa.

— Vayamos al banco. Los duendes nos proporcionarán un traslador y, el banco está más cerca que el caldero chorreante —propuso Draco.

— También podemos llamar a Kreacher —comentó Salazar. No tenía nada en contra de los duendes pero sabía que, en algún momento, se cobrarían aquel favor. Prefería reducir al mínimo el número de favores pedidos a los duendes. —¡Kreacher!

— ¿Llamaba, amo Harry?.

— Llévanos a casa, por favor —le solicitó al elfo.


Kreacher los llevó a los cinco a la casa de los Black, para sorpresa de un Sirius que los esperaba más tarde además de no esperarse que viniese más gente. Sirius no tardó en captar la mirada de Harry, una mirada que significaba claramente "más tarde te cuento". Lo que estaba claro era que venían sin compras y con el elfo. Sirius no era tonto, sabía que algo había pasado ahí. Aguardó a que se fuesen todos a sus hogares por la red flu antes de preguntar, sólo que Harry se adelantó a su respuesta.

— Dementores. Aparecieron en el callejón y fueron a por mí.

— Eso no es normal. ¿Cuántos eran?

— Tres.

— Pero… alguien debe haberlos enviado. Los dementores, cuando tienen una presa en concreto van a por ella, como si supieran cómo localizarla; siempre que esté dentro del territorio en el que operan.

— Lo sé, y la mitad de los dementores me conoce de cuando estuvieron en Hogwarts. Alguien los ha enviado, pero ¿quien? y sobretodo, ¿por qué?

— Voldemort. Sabemos que está vivo y que ya intentado matarte de nuevo.

— Podría ser… pero no parece su estilo. Creo que él llevaría las cosas a lo personal y mandar dementores… Si están bajo su poder, ¿por qué no atacar con todos en localidades muggles?¿Por qué no llevar la tristeza y la miseria a todas partes? Desde luego les daría más de lo que les dá el ministerio.

— Eso mismo dijo Dumbledore. Que los dementores no necesitarían mucho para cambiar de bando. Está en su naturaleza.

— Fue espeluznante —dijo el hijo de su prima, quien hasta entonces había permanecido callado. —Ha sido una suerte que decidieron atacar hoy que estabas en un lugar público y lleno de magos. Normalmente a estas horas estas llendo a ese sitio deportivo muggle.

— Una suerte pues que no me encontrase en el gimnasio —murmuró Harry pensativo.

— Parece que alguien a estudiado tu rutina —comentó Sirius

No hubo tiempo de decir más, la chimenea comenzó a chisporrotear como su alguien estuviese viajando por ella pero no pudiese terminar el viaje. Sirius fue hacia la chimenea con la varita alzada, al comprobar quién era miró enseguida a los muchachos. Era Dumbledore, les indicó que subieran arriba. Consideraba que era mejor que Dumbledore no supiese ciertas cosas. De hecho había estado trabajando arduamente en sus barreras oclumanticas con la ayuda de Tonks y, le constaba, de labios de su propia prima, que también había estado ayudando a Harry. Entre otras cosas, imaginaba Sirius. Los dementores y la visita de Dumbledore que, como de costumbre llegaba sin avisar previamente, le parecía demasiado en un sólo día. En cuanto tanto Harry como el chico Malfoy estuvieron fuera de vista, concedió permiso al anciano director de Hogwarts para entrar en su hogar.

—Sirius, muchacho. Parece que tu chimenea tiene algún problema.

— Es sólo el sistema de seguridad. Casi como tocar a la puerta. ¿Que se le ofrece?.

— Acabo de estar en el ministerio y he escuchado algunos rumores que me han dejado inquieto. He oído que Harry realizó magia asombrosa hace unos instantes.

— ¿Y ha oído los por menores de la situación?

— En efecto… me disponía a intervenir cuando el propio jefe de aurores, en el despacho del ministro a comunicado que no hay caso contra Harry. Dadas las circunstancias de lo sucedido, claro. Aun así, había en el ministerio quienes señalaban que no era la primera vez que realizaba magia fuera de la escuela…

— En esa ocasión fue un elfo doméstico que se presentó en su dormitorio. Me lo comentó cuando tuvimos tiempo para ponernos al día. Y eso no es excusa para presentar cargos, si no, ya habría recibido una carta al respecto del ministerio. Pero agradezco el aviso, director.

— Sirius, muchacho. El caso es, que Harry no debería ir sólo por ahí. Está expuesto a cualquier ataque sin la vigilancia adecuada. Ten en cuenta lo que hablamos. Es el blanco número uno de Voldemort, entre otras cosas. Debe estar en un lugar seguro hasta que regrese a Hogwarts. Un lugar donde estará arropado, protegido y con amigos.

— Estaba con sus amigos en el callejón.

— Ciertamente, el señor Longbottom y la señorita Lovegood pueden ser buenos amigos pero los otros dos acompañantes son algo más inquietantes.

— ¿Nott y Malfoy? —inquirió Sirius con el ceño fruncido.

— Precisamente. Han estado estos dos últimos años comportándose con decencia, si bien es cierto que nunca hubieron quejas de Nott. Sin embargo sabemos que sus padres están en el círculo interno y que el señor Nott padre ayudó a Voldemort en su ritual de resurrección.

— Alguien me dijo una vez que si se da a alguien por perdido entonces lo has perdido. No voy a cometer el error de juzgar a unos niños por quienes son sus padres, tal como hice en la escuela juzgando a toda una casa por lo mucho que despreciaba lo que representaba para mi familia. No voy a elegirle las amistades a mi ahijado. Confío en su criterio. — Sirius pronunció esas palabras con firmeza. — En cuanto a la seguridad de esta casa, te puedo garantizar que es bien segura.

— Pero no está bajo fidelius, tal como está la sede…

— Perdona si los acontecimientos ocurridos hace trece años me hacen dudar de la efectividad del fidelio. La respuesta es no, al igual que las otras veces que me has pedido que envié a Harry a la sede de la orden.

— Hay muchas cosas que no puedes controlar, Sirius. La sede es segura. Nadie que no sea de la orden puede entrar, yo soy el guardián. Y el correo que llega allí es seguro.

— Así, que eso es lo que quieres. Tener a mi ahijado bajo tu control. Él no es un arma para que la uses en una guerra. Bastante tiene con Voldemort como para entrar en tus juegos del héroe. Déjalo ser.

— También hay otra opción.

— No usaremos esta casa como sede. Ya te lo dije.

— Al menos tráelo cuando acudas a las reuniones, puede quedarse arriba con los demás mientras hablamos.

— Lo consideraré. Ahora, si me disculpas; tengo una cena familiar y aún no he preparado nada.

Despidió al director preguntándose porqué no lo había enviado ya a tomar viento fresco. La respuesta era bien clara. Después de lo poco que Dumbledore hizo para concederle un juicio en su momento y de escuchar los dos primeros años de Harry en Hogwarts, y de lo sucedido el año anterior con el torneo; no se fiaba de Dumbledore. Le parecía que tenía demasiado interés en Harry. Un interés bastante insano. Por ello seguía dentro de la orden, por Harry. Para protegerlo como pudiese.


Salazar había mantenido una larga conversación con Sirius sobre la visita de Dumbledore y sus pretensiones. Habían acordado que lo mejor era seguirle el juego, hasta cierto punto. Se daba cuenta que acudir a la seda de esa orden del fénix era meterse en la boca del lobo. No necesitaba ser un genio para sospechar que Dumbledore quería tenerlo bajo control, vigilado. Sólo tenía que evitar quedarse allí. Así que se dirigió con Sirius a "La madriguera", la casa de los Weasley.

— Un movimiento un poco estúpido escoger este lugar en lugar de buscarse uno que no esté vinculado a nadie o no sea tan evidente.

— ¿Qué quieres decir, Harry?

— Los Weasley nunca han ocultado su predilección por Dumbledore. En tiempos tan peligrosos es un movimiento demasiado evidente.

— Entiendo.

Se aparecieron en las cercanías del lugar, en los límites. Al principio no veía nada a pesar de saber que había algo ahí, como si los recuerdos sobre aquel lugar estuviesen bloqueados. No fue hasta que leyeron la nota escrita por Dumbledore que el lugar apareció ante ellos. Eso significaba que el encantamiento fidelio había sido bien lanzado, pero aún así no garantizaba la seguridad en tanto cuando los alrrededores eran vulnerables y prácticamente campo abierto. Fueron recibidos con entusiasmo, algunos de ellos quizá incluso de forma empalagosa.

— Harry, estás delgado. ¿Seguro que comes bien? —Aquel fue el saludo de la señora Weasley.

— Si, no se preocupe. Simplemente he tomado costumbre de ir a nadar un par de horas por las tardes. Por eso parezco delgado pero le aseguro, señora Weasley, que estoy bien cuidado.

— Ya bueno. Aún así, seguro que extrañas estar con otras personas de tu edad y la alegría de un buen hogar.

— Estoy bien.

— Espero que no lleguemos demasiado tarde —intervino Sirius.

— No, pasad. La reunión está a punto de comenzar. Harry sube arriba con el resto. Esto es cosa de adultos.

Salazar se esperaba algo así. Lo imaginaba. Por una parte estaba bien el querer mantener a los jóvenes al margen, por otro lado podría ser catastrófico. Por la pose de la señora Weasley, imaginaba que estaban siendo sobreprotegidos. Eso no era bueno, nada bueno. Aún así él quería enterarse de lo que iban a hablar. Estaba involucrado en más de un aspecto en todo eso. Lo había estado desde su primer año y, más ahora con todo lo que había hecho. No se fiaba de Dumbledore al completo y quería saber los caminos que este pretendía coger.

— Si, señora Weasley.

Salazar subió las escaleras. Cuando estaba en el segundo rellano lo llamaron desde una habitación. Era la habitación de los gemelos. Entró en ella sin dudarlo. Allí no sólo estaban los gemelos sino también Ginny, Ron y Hermione. Les dedicó una sonrisa en cuanto los vio.

— Vosotros planeáis algo.

— Claro, vamos a escuchar la reunión. No nos dejan participar ni nos cuentan nada porque somos demasiado jóvenes —dijo Fred

— Nos mantienen en la inopia y piensan que no podremos entender lo que dicen. Fred y yo somos mayores de edad —agregó George.

— Así que en realidad sí podríais participar —mencionó Salazar.

— Pero mamá no les deja porque todavía están en la escuela —explicó Ginny. —Con Bill y Charlie en la orden y Percy que se trasladó a Londres al escuchar que esta casa sería la sede de la Orden.

— Está molesto con nuestros padres por seguir tan ciegamente a Dumbledore —gruñó Ron con el ceño fruncido. —Dijo que Dumbledore no dejaba de ser un hábil político aunque hubiese decidido quedarse con Hogwarts en lugar de convertirse en ministro. Tuvo dos oportunidades de ser ministro y no quiso.

— Escogió ser guía y ejemplo de mentes jóvenes a las que educar —murmuró Salazar. Había escogido con cuidado las palabras para dejar su opinión en ellas sin atacar directamente. Sabía que, quizá algunos, no pensasen igual. Así que era mejor dejarlo en un punto en que cada cual entendiese lo que fuese mejor con su forma de pensar. — ¿Cómo pensáis enteraros de lo que hablan?

— Con las orejas extensibles —dijo Fred.

— Tienen dos extremos. Uno te lo pones en el oído para escuchar y el otro es el amplificador que detecta la conversación y la conduce hasta ti. Es muy práctico —Explicó George.

— Un buen elemento de espionaje. Siempre que no haya barreras contra eso en los alrededores del lugar — concordó Salazar. Era bastante ingenioso lo que planteaban.

— Vamos —dijo Fred. — Con cuidado.

Salieron al rellano y desplegaron con cuidado la oreja extensible. Compartieron el cabo por el que escuchaban. Permanecieron en silencio atentos a cada sonido. Se reunían en la planta baja que era casi una estancia única. Así que las escaleras les ofrecían un buen abrigo y protección para no ser descubiertos en su espionaje.

—… el señor oscuro está cada vez más desesperado. Quiere el arma a toda costa —escucharon decir a una vez que identificaron como la de Snape.

— Nada de eso es nuevo. Lo que nos lleva a que tenemos que organizar las guardias en el departamento de misterios. —Escucharon decir a un hombre con voz nerviosa.

— Dedalus —advirtió una voz femenina.

— ¿Se sabe algo de los dementores? Me preocupo mucho que apareciesen en donde estaba Harry. Parece algo planeado. —Identificaron la voz de la señora Weasley.

— El señor tenebroso no ha declarado estar relacionado o no estarlo con el incidente. Aunque se lamenta de la suerte del señor Potter. Ni amonestaciones, ni lesiones…

— No creo que Voldemort tenga nada que ver con ese ataque. No parece nada sutil —opinó Sirius. —Me atrevería a decir que es incluso chapucero.

—Chapucero es dejar que un niño vaya solo al callejón diagon con lo mal que están las cosas —increpó la señora Weasley.

—Harry no estaba sólo. Estaba con sus amigos en un lugar lleno de magos. Además ya no es un niño. Tiene quince años. En dos años será mayor de edad. —Intervino el señor Weasley hablando con paciencia.

— Es menor de edad. Tiene que ser cuidado. No dejado libre para que esté en peligro.

— Por mucho que le guste jugar a la madre sustituta, el señor Potter tiene su tutor legal que, aunque no consideraría muy competente el ministerio al parecer así lo considera, al igual que quienes lo nombraron como tal —escucharon decir a Snape. — No me hagáis perder el tiempo hablando de Potter.

En ese momento se llenó aquella sala de gritos y peleas. Salazar rodó los ojos. Si así pensaban organizarse para enfrentar a Voldemort veía muy complicado que pudiesen hacerles frente de verdad. La situación se prolongó por casi un minuto, hasta que al final la voz de Dumbledore resonó haciendo que quedasen en silencio.

—Pelear entre nosotros no ayudará en nada —dijo el director con voz grave. — Remus, ¿cómo estan las cosas con los hombre lobo?

—Se encuentran algo reacios. Aunque estemos al margen del ministerio nos ven como parte de aquellos que han atacado y suprimido sus derechos. Así que no creen que la oferta sea legítima. Por otro lado, Greyback tiene mucha influencia en las distintas manadas. Imagino que por terror.

— Es una pena. Si tienes que vivir con ellos una temporada para convencerlos hazlo. — Hubo una pausa. — Bill, ¿noticias de Gringgots?

— No quieren saber nada de la guerra. Dicen que es una cosa de los magos y que no tiene porque afectarles

— Es una lástima. La comunicad mágica está dividida en el momento que mayor unión necesita tener.

— ¿Sabemos algo de Hagrid, Dumbledore? —escucharon que Preguntaba Sirius.

— Todavía no ha regresado. Madame Maxime me informó que se separaron en el viaje de vuelta. Confío en que no tarde mucho en regresar, por el momento he podido encontrar un suplente para su puesto en el plantel educativo. No deseo que venga alguien impuesto por el ministerio. Ese decreto educacional que Fudge se ha sacado de la manga…

— ¿Y el puesto de defensa? — Oyeron preguntar al señor Weasley.

— Sigo sin encontrar a nadie. Si para la semana antes de comenzar las clases no tengo a nadie, el ministro nombrará a alguien.

— Lo que significa que mandará uno de sus secueces al colegio —escucharon decir a McGonagal. — Eso si lo que envía no es un mortifago.¿No cuenta el ministro con Lucius Malfoy entre sus amistades más cercanas?

—Doy la reunión por concluida. Seguid como hasta ahora, vigilando el departamento de misterios y estando atento a cualquier cosa que sea de utilidad.

Recogieron rápidamente la oreja extensible y se refugiaron en la habitación en la que se habían reunido. Salazar pudo notar que no era la primera vez que escuchaban las prohibidas reuniones de los adultos; al ver como sacaban diversos juego y se acomodaban como si llevasen todo el rato jugando. Así aguardarón hasta que subieron a buscarlos para cenar.

Durante la cena, Salazar permaneció atento a las conversaciones. Aunque no decían mucho sobre la inminente guerra, le pareció que no era por falta de ganas. Pero la Señora Weasley ejercía constantemente su presión para evitar que saliese alguna palabra de más. Salazar encontraba esa actitud sobreprotectora algo molesta. No le gustaba como trataba de decir lo que hasta Hermione y él debían saber o conocer al respecto. Se tomaba unas atribuciones que no le corresponden. Durante la cena, que parecía hecha para agasajar, la señora Weasley no dejó de inistirle que pasase el resto de las vacaciones allí, al punto que a Salazar le pareció agobiante.

— Gracias pero tengo tan poco tiempo para estar con mi padrino cuando estoy en Hogwarts que quiero aprovechar todo el tiempo que pueda para estar con él.

Terminada la cena, se marchó junto a Sirius. No quería quedarse allí. Lo lamentaba por sus amigos. Pero temía que si se quedaba una noche fuese usado para retenerlo en ese lugar. Estaba paranoico al respecto, pero temía que la insistencia de la Señora Weasley se debiese a la insistencia de Dumbledore de tenerlo controlado. Podía ser que no tuviese nada que ver. Pero también podía ser que Dumbledore se hubiese aprovechado de la buena voluntad de la señora Weasley para convencerla que estaría mejor allí. Era complicado ver cual era la verdad allí.

— Sirius, tengo algo que preguntarte —dijo en cuanto llegaron a la seguridad de Gridmauld Place.

— Dime.

— ¿Qué es lo que se esconde en el departamento de misterios?

— Así que has estado escuchando.

— Soy parte implicada en esto y no soy ningún crio. ¿Que busca Voldemort en el departamento de misterios?

— Una arma, algo que no tenía la última vez. Algo que piensa que lo puede ayudar a ganar la guerra.

— Si hubiese un arma secreta tan poderosa el ministerio ya la habría utilizado.

— Dumbledore no quiere que lo sepas, de hecho nos hizo hacer un juramento para no decirlo. Tranquilo, no es un juramento inquebrantable. Pero él sabrá si lo hacemos.

— ¿Hay alguna forma de decir sin decir?

— Puede que sí. Dejame pensar… Sólo te diré que tengas presente la perdición de los protagonistas de los mitos griegos que, a su vez es el detonante de la mayoría. Esa es la búsqueda.

— ¿Eso tiene que ver con aquello que sabe Dumbledore sobre la razón por la que Voldemort atacó a mi familia?

— Absolutamente. Más no puedo decir.

— Te lo agradezco.