Notas:
Comparto un fanart del capítulo 28, por Yah ^^, donde la presencia de Billy provee cierto alivio a un malherido Geese-sama:
twitter Yeh_and_Yah/status/1264626270396018688.
Thank you so much for your art, Yah! I'm saving them all! Your gallery is growing nicely ^^!
También les comparto una buena noticia, "Lealtad" ha empezado a ser traducido a chino. Se encuentra disponible aquí:
archiveofourown works/24389662
TvT Como una persona que gusta de comprar un mismo libro o manga en varios idiomas sólo para ver el trabajo de traducción, ¡el que mis historias estén siendo traducidas me hace muy feliz! ¡Gracias a Christy por el esfuerzo y la dedicación! ^v^
~Miau
Lo encontraron en un bar mal ventilado, instalado en el sótano de un edificio donde sólo había oficinas. Billy había elegido ese lugar intencionalmente para poner a prueba las capacidades del personal de Krauser. El que lo rastrearan con tanta rapidez le sorprendió un poco, porque estaba en una calle poco transitada que quedaba desierta por las noches cuando los negocios cerraban. El bar era un local mantenido por una mujer y su esposo, y era frecuentado solamente por unos pocos residentes de ese vecindario.
Billy estaba ya en su cuarto vaso de cognac, y bebía a solas en la diminuta barra, con los hombros caídos y la vista fija en una mancha sobre la superficie de la mesa. Sentía los leves efectos del alcohol en su organismo, pero no estaba ebrio. Atrás habían quedado los días en que podía emborracharse con tan sólo un vaso de un destilado. Geese-sama se había encargado de ayudarle a desarrollar aquella resistencia al alcohol, y, como siempre, había tenido éxito.
Sin necesitar desviar la mirada, Billy notó cuando Laurence Blood se sentó en el taburete a su lado. Percibió un agradable aroma a colonia, y por el rabillo del ojo vio el cabello oscuro cuidadosamente peinado de aquel hombre, y su barba y bigote afeitados con esmero. Laurence vestía una camisa de talle holgado y anchas mangas, y un fajín de seda verde oscuro le ceñía la cintura. Al pedir que le sirvieran licor, Laurence agradeció con una frase en español, y su voz, clara y sonora, llegó a cada rincón de aquel pequeño bar.
Los clientes observaban a Laurence con cierto estupor, poco acostumbrados a ver aquel desplante de garbo hispánico en un vecindario de tan bajo nivel económico. Los turistas no solían frecuentar ese lugar, mucho menos uno vestido como si estuviera camino a un evento temático de su país.
Billy no se movió, y mantuvo su postura decaída, esperando que fuera Laurence quien le hablara primero.
Mostrarse abatido no le costó ningún esfuerzo, porque no estaba fingiendo. Llevaba días sintiendo el pesar de la inminente partida. Se había despedido de Lilly, y le había dicho adiós a Geese-sama, sin saber cuándo volvería a verlos. Pensar en que iba a estar lejos de ellos por semanas que podían convertirse en meses lo hacía caer en un estado desanimado y melancólico, a pesar de que aún estaban todos en la misma ciudad, a tan sólo unos cuantos kilómetros de distancia.
Pero Billy sabía que ya no podía volver con Geese ni con su hermana. Había permitido que el personal de Krauser lo encontrara y lo rastreara, y ahora todos sus movimientos eran vigilados de cerca.
Todo había sido planeado al detalle por Geese-sama. Su jefe le había dado cierta libertad para juzgar el carácter de su nuevo "empleador" y adaptarse a él según la situación lo requiriera, pero Billy había recibido indicaciones específicas sobre qué hacer, qué decir y cómo actuar durante situaciones en las que él no tuviera el control. Sabía cuándo debía mostrarse indiferente y cuándo podía arriesgarse a mostrar cierta rebeldía. Geese-sama lo había instruido a agachar la cabeza y mostrar sumisión si era necesario. Y le había autorizado a revelar ciertos eventos de su pasado, todo con el objetivo de hacer que Billy se ganara pronto la confianza de Wolfgang Krauser.
—Parece que esta noche no te acompaña ningún guardaespaldas de gatillo fácil, ¿eh? —habló Laurence después de recibir su bebida y dar un trago. El acento español era evidente, pero su inglés era correcto—. ¿Hablamos de negocios, Billy Kane?
—¿Qué diablos quieres? —La respuesta de Billy fue un murmullo fastidiado. Nuevamente, su molestia no era fingida. Establecer ese contacto con Laurence Blood significaba que estaba un paso más cerca de abandonar South Town, y no quería partir.
—Sólo hablar.
El tono de Laurence era paciente, con una muy ligera burla tiñendo sus palabras. Sin embargo, Billy no percibió ninguna hostilidad de su parte. El español estaba diciendo la verdad, y su objetivo esa noche no era intentar hacerle daño. En esa línea de trabajo, Billy había aprendido a diferenciar cuando alguien buscaba un beneficio mediante una negociación y no mediante un asesinato.
—No tengo nada que decirte —murmuró Billy.
—Eso no significa que no puedes escucharme.
Billy suspiró con hastío, pero no se apartó. Con su silencio desanimado, dio pie a que Laurence siguiera hablando.
El español se presentó, indicó para quién trabajaba, y no fue con rodeos al explicar que su jefe estaba interesado en reclutar a Billy. Sin mayor preámbulo, dijo el monto del salario que Krauser podía llegar a pagarle si Billy aceptaba y demostraba ser un empleado eficiente. Billy rio secamente al oír la cantidad ofrecida. Era más de lo que Geese-sama le pagaba.
—Evidentemente, el puesto que te ofrece es distinto del que cumplías para Geese Howard —señaló Laurence—. Empezarás de cero y estarás a prueba. Que no te sorprenda si Lord Krauser requiere que limpies un cobertizo o que pasees a su perro. —Aquellas palabras fueron dichas medio en broma, pero Billy intuyó que acabar haciendo ese tipo de tareas era algo muy posible.
Si Wolfgang Krauser estaba interesado en él sólo porque él era una posesión de Geese-sama, entonces el que lo humillara de ese modo tendría sentido. Sería como burlarse de aquello que había sido valioso para Geese.
—¿Limpiar cobertizos por ese sueldo? —preguntó Billy sonando escéptico.
—Lord Krauser es generoso.
La respuesta hizo que Billy volviera el rostro hacia Laurence. Él había dicho esas mismas palabras una vez, refiriéndose a Geese-sama.
Laurence rio con franqueza al ver su expresión.
—Si es el dinero lo que te interesa, lo conseguirás. Dinero y bonificaciones, y algunas recompensas adicionales si complaces a milord. Personalmente, no entiendo por qué Lord Krauser quiere contratar a alguien que falló en cumplir su deber y provocó la muerte de su jefe, pero no me corresponde poner en duda sus decisiones. ¿Estás interesado?
Billy no aceptó de inmediato porque no quería levantar sospechas. Laurence vació su vaso, sacó su cartera y dejó un billete de cien dólares sobre la barra mientras gesticulaba para atraer la atención de la dueña.
—Pagaré por la bebida de mi amigo también —indicó, señalando a Billy. Antes de guardar su cartera, retiró una delicada tarjeta de presentación negra y roja y la dejó al alcance de Billy, sobre la mesa—. No tardes en decidirte, me iré pronto de esta ciudad horrenda —señaló, y luego, de súbito, dio un par de palmadas amigables en la espalda de Billy—. Anímate y acepta, y harás feliz a mi jefe. Además, dudo mucho que vayas a conseguir este tipo de salario en South Town. Después de todo, eres un fracaso como guardaespaldas.
Billy gruñó un insulto que escapó de sus labios antes de que él pudiera pensar en lo que hacía. Pero Laurence no le dio importancia y se dirigió a la puerta, diciéndole adiós con un gesto y viéndose de excelente buen humor.
Billy había preparado un bolso con algunas prendas y artículos personales, y había pasado los últimos días viviendo en un modesto hotel.
Desde hacía años, y siguiendo las instrucciones de Geese, las cuentas con sus ahorros estaban registradas bajo un nombre ficticio. La casa donde Lilly vivía no estaba vinculada con él en ningún documento, a pesar de que le pertenecía. Si Krauser decidía investigar su pasado o sus antecedentes, no daría con el paradero de Lilly fácilmente. O al menos eso era lo que Billy esperaba.
El joven traía consigo muy pocas pertenencias. Tenía su identificación, su pasaporte, una licencia de conducir y su sansetsukon. Ripper le había dado algunos dólares en efectivo y una tarjeta de crédito. Pero, si alguien intentaba indagar en sus registros bancarios, lo único que encontraría sería una cuenta con unos nimios ahorros.
Dejar atrás las posesiones que había acumulado desde que había empezado a trabajar para Geese no le costaba esfuerzo. No iba a echar de menos la ropa, ni los discos, ni los instrumentos musicales.
Lo que le inquietaba era separarse de las personas que eran importantes para él. Iba a estar lejos e incomunicado por meses. Cualquier llamada que hiciera podía ser rastreada. Le había prometido a Lilly que intentaría enviar alguna postal, pero sabía que las posibilidades de cumplir eran remotas. Y una de las cosas que más le angustiaba era que no podría saber si las heridas de Geese-sama estaban sanando bien. No se iba a enterar de si su jefe sufría de alguna recaída, y tampoco iba a tener el alivio de saber que se estaba recuperando.
Confiaba en Geese-sama y en el misterioso poder que le permitía sanar, pero aun así…
La mañana de la partida, Billy llegó al aeropuerto en un taxi. El personal de Krauser esperaba por él, y lo escoltaron a una sala VIP donde Laurence Blood aguardaba. El trato de aquellos guardias fue rígido y estricto, pero ninguno intentó provocarlo innecesariamente. Billy notó que le hablaban como si, por el momento, él fuera un invitado.
Laurence bebía una copa de vino tinto mientras observaba la pista de aterrizaje desde un enorme ventanal. Ese día, el español vestía de traje oscuro y corbata, y su figura esbelta estaba recortada contra la luminosidad del exterior. Cuando Laurence se volvió hacia él, la mente de Billy pensó de inmediato en los hombres adinerados que mantenían negocios con Geese-sama y que se consideraban parte de una muy refinada alta sociedad. Por un desconcertante momento, Billy comprendió la diferencia entre tener dinero y hacer gala de una distinción innata. No lo había notado en sus anteriores encuentros con Laurence, pero ahora lo veía con claridad. Los hombres con los cuales Geese-sama solía tratar eran simples empresarios, mientras que el mundo al que él estaba a punto de entrar era uno que pertenecía a una casta noble de Europa, y hasta Laurence, que supuestamente era sólo un hombre de confianza, se desenvolvía con una gracia a la que Billy no estaba acostumbrado.
Aquello, una vez más, le hizo sentir un profundo agradecimiento. Geese-sama podría haber buscado a alguien más refinado que lo sirviera, pero había preferido contratar a un muchacho al que había conocido sucio y hambriento en una calle cualquiera.
Billy entregó sus documentos cuando se lo pidieron, y dejó que los subordinados de Laurence revisaran su ligero equipaje. A diferencia de lo que Billy esperaba, aquellos guardias no dejaron sus ropas desperdigadas sobre la mesa como habrían hecho los matones de cualquier otro hombre de poder en South Town. Las prendas fueron examinadas y devueltas al bolso, dobladas de forma apresurada, pero con cierto cuidado. Su sansetsukon fue a parar al bolso también, y uno de los hombres llevó el equipaje a la bodega del jet privado que esperaba en la pista.
Hasta ese momento, nadie había interrogado a Billy sobre sus habilidades o cualidades, o su motivación para aceptar ese trabajo. No habían puesto a prueba su capacidad para pelear. El joven no sabía si era porque lo habían investigado a fondo y sabían todo lo que había que saber sobre él, o si simplemente asumían que él iba tras el dinero ofrecido. A ratos la incertidumbre lo hacía sentirse nervioso, como si estuviera atrapado en un juego del que no sabía las reglas.
Billy esperó en un sillón y simplemente siguió las instrucciones que le dieron, manteniendo la mirada apartada, mientras sus pensamientos se iban lejos de ahí.
Cuando llegó la hora de abordar, Laurence pasó por su lado y le dio un par de palmadas en un hombro, en un gesto amigable que contrastaba fuertemente con algunos comentarios hirientes que soltaba a menudo. Billy ya comenzaba a acostumbrarse a ello. Laurence parecía querer hacerlo sentir a gusto y bienvenido como parte del personal de Wolfang Krauser, pero se divertía a su costa, recordándole que no había sido capaz de proteger a Geese.
Billy quería sentir resentimiento hacia Laurence, pero no lo conseguía, porque, a pesar de sus duras palabras, aquel hombre no buscaba denigrarlo. Lo que Laurence decía era en parte cierto. Billy había fallado en proteger a Geese, y había fracasado en su deber de guardaespaldas.
Geese-sama era demasiado bondadoso con él, y por eso le había encomendado aquella nueva misión en vez de despedirlo.
"Bondadoso…", repitió Billy en su mente, notando que cada paso en dirección al jet se le hacía más difícil. "Es por eso que tengo que obedecerle y ausentarme por unos meses. Debo conseguir lo que quiere. Esto es sólo una manera de pagar una minúscula parte de lo que él hizo por mí".
El jet privado de Krauser no era demasiado diferente del de Geese-sama, pero Billy se sorprendió un poco porque la mayoría de asientos estaban ocupados por Laurence y sus hombres. Viéndolos a todos reunidos, fue obvio que Krauser no había escatimado esfuerzos para dar con él.
—Ése es tu asiento —señaló uno de los empleados, y Billy se dirigió al lugar indicado, se sentó, abrochó el cinturón y se cruzó de brazos, con la vista fija en la ventanilla.
El motor de la nave estaba encendido y la vibración acrecentó su inquietud. Ya no había marcha atrás.
No tardaron en despegar y, junto con el vacío del ascenso, Billy notó una sensación que no había experimentado antes. A pesar de que sabía que iba a regresar a South Town y a Lilly y Geese-sama, sintió una breve angustia ante la idea de la separación. Con cada metro que el avión ascendía, la angustia aumentaba. Y cuando la aeronave describió una curva sobre la ciudad, permitiéndole ver los familiares edificios plateados y la Geese Tower, Billy se inclinó hacia la ventana. Su jefe no estaba en el rascacielos y él lo sabía, pero desde ahí podía ver la terraza donde habían pasado tantas horas juntos. Donde Geese lo había enfrentado antes de contratarlo, y desde donde había caído.
Inconscientemente, Billy se sujetó la muñeca izquierda con fuerza, cerrando sus dedos sobre un pañuelo de franjas rojas y blancas que llevaba atado ahí. La Geese Tower fue dejada atrás y Billy comenzó a sentirse agobiado, porque su mente ya empezaba a enumerar todas las cosas que tenía para contarle a Geese-sama sobre esa experiencia. Quería hablarle del trato sorprendentemente amistoso de Laurence Blood, sus empleados, sus nacionalidades, las armas que utilizaban…
Pero no iba a poder hacerlo, porque no iba a volver a ver a Geese en un largo tiempo.
—Geese-sama… —susurró Billy, cerrando los ojos, clavando sus dedos en el pañuelo en su muñeca.
—¿Estás bien? —preguntó Laurence, observándolo inquisidor.
—La altura me da dolor de cabeza —se quejó Billy con tono áspero, usando una mentira a la que recurría a menudo y que resultaba bastante creíble.
—¿Aspirina?
—No, pasará —murmuró Billy, queriendo con todas sus fuerzas que Laurence dejara de mostrar consideración y se callara.
Billy se presentó una noche para despedirse definitivamente de Geese antes de partir a su misión. Encontró a su jefe despierto, con el semblante pálido, pero sus ojos despejados.
En el velador de la habitación había comenzado a acumularse un alto de papeles, documentos y carpetas que claramente tenían aspecto de trabajo, pero que Geese no había podido revisar debido a la debilidad de su cuerpo.
Billy sabía que su jefe estaba forzándose a retornar a la normalidad obligándose a trabajar, pero no importaba cuan clara estuviera la mente de Geese, su organismo no estaba en condiciones de que le exigiera nada aún.
Y así, los documentos traídos desde el rascacielos continuaban acumulándose.
Billy se acercó a la cama, saludó con una inclinación, y luego tocó gentilmente la frente de su jefe para verificar que la fiebre no hubiese regresado. Se había acostumbrado a hacer ese gesto en los últimos días, y Geese lo aceptaba sin hacer ningún comentario. Era parte de la rutina, al igual que las medicinas o el cambio de vendajes.
—¿Está todo preparado?
—Sí, Geese-sama. He reservado un hotel y conozco bien el lugar donde dejaré que Laurence me encuentre.
Geese asintió, aprobador y luego lo observó un largo rato.
Billy se dejó observar, suprimiendo las ganas de pedirle a su jefe que pospusiera esa misión unos cuantos días más. Incómodo, intentó pasarse una mano por el cabello, pero sus dedos rozaron la bandana que llevaba esa noche en la cabeza. Era una que Lilly le había regalado una Navidad, años atrás. El diseño tenía franjas azules, rojas y blancas que simulaban el diseño de la bandera de Gran Bretaña.
Los ojos claros de su jefe bajaron a sus pendientes plateados.
—¿Los llevarás? —preguntó Geese.
Billy se tocó un oído. Para esa misión, estaba dejando la mayoría de sus pertenencias atrás, salvo su sansetsukon. Había elegido llevar la bandana de Lilly para sentir que tenía a su hermana cerca, y los pendientes habían sido una obvia elección, porque eran los que Geese le había regalado. Las finas joyas desentonaban con el resto de su atuendo descuidado y prendas desgastadas, y probablemente llamarían la atención de alguien que supiera reconocer el material del que estaban hechos, pero, aun así, Billy no había querido separarse de ellos.
—Los he usado desde que usted me los dio. No quiero dejarlos —explicó Billy, sintiéndose un tanto avergonzado por mostrarse sentimental.
Geese no comentó nada, sólo hizo un leve gesto hacia el velador. Billy notó que sobre los documentos había una caja rectangular, plana, de cartón blanco, con un nombre francés impreso en la cara superior.
—Un regalo de despedida —dijo Geese con cierta sorna.
—Geese-sama, no debió... —Billy pasó de la sorpresa a un intento de rechazo por cortesía, pero recordó a tiempo que Geese-sama no reaccionaba bien a ese tipo de respuestas, y optó por aceptar el regalo sin protestar más, murmurando un suave "gracias...".
—No pude encargarme personalmente de adquirirlo, debido a las actuales circunstancias —comentó Geese, mientras Billy tomaba la pequeña caja blanca con reverencia—. Espero que hayan conseguido el tamaño correcto.
Billy abrió la caja, y se quedó perplejo al ver que ésta contenía un fino pañuelo de franjas blancas y rojas, como una de las bandanas que él solía usar. Tomando la tela, Billy notó de inmediato lo fina que era. La textura era suave a pesar de que el material también se sentía firme y resistente.
Dejando la caja a un lado, Billy extendió el pañuelo con sus manos y se lo mostró a su jefe, quien hizo un tenue sonido de fastidio.
—Es el tamaño equivocado —masculló Geese.
Geese tenía razón. Aquel pañuelo era más grande que un pañuelo convencional, pero no lo suficiente para que Billy lo usara sobre su cabello.
—Es perfecto, Geese-sama —sonrió Billy, doblando la tela con dedos diestros y luego atándola en su muñeca izquierda—. Lo llevaré así —señaló, tirando del lazo para asegurar el nudo.
—¿Qué propósito cumple si lo llevas así? —preguntó Geese, aún viéndose fastidiado por el error cometido.
Billy sintió una profunda ternura hacia su jefe al ver lo difícil que se le hacía dar regalos.
—Recordarme que usted está esperando —respondió sin titubear.
Stroheim Castle no era la fortaleza impenetrable que Billy imaginaba. En su mente, le había atribuido las características de una mazmorra gigantesca, porque pertenecía a un enemigo de Geese-sama, pero aquella concepción había estado completamente errada.
El castillo se encontraba en lo alto de una colina, y su torre principal había sido construida directamente en un peñasco que sobresalía sobre una laguna extensa de aguas cristalinas. Los valles alrededor eran como un mar de hierba verde, y el horizonte estaba delineado por la silueta gris de una cadena montañosa.
El día de la llegada de Billy, el cielo estaba azul y el sol brillaba en el zenit. El contraste con South Town quitaba el aliento, y por algunos segundos, Billy no pudo hacer más que observar el paisaje y respirar el aire puro y fresco, sintiendo que había sido transportado a otra realidad.
Lo que el castillo no tenía en altura, lo compensaba con la extensión de su terreno y su área construida. Además de las imponentes torres y almenas, largos muros de pálidos ladrillos grises delineaban salones y pabellones, visibles a través de un sinfín de ventanas perfectamente alineadas. Billy calculó que ese castillo podría haber albergado cómodamente a todos los empleados que laboraban en Geese Tower, pero, a diferencia del rascacielos, no se trataba de un lugar de trabajo. Stroheim Castle era la residencia de una persona.
"Es como los cuentos de hadas que Lilly solía leer cuando era niña...", pensó Billy para sí al bajar del auto y dirigirse a la entrada principal junto con el resto de empleados.
Laurence no lo llevó de inmediato ante Wolfgang Krauser. Antes, le mostró la que sería su habitación, ubicada en la torre construida sobre el alto peñasco que Billy había visto desde el exterior. A pesar de que por fuera la torre tenía una forma circular, desde el interior el área era tan grande que la curvatura de los muros era apenas perceptible.
Su habitación estaba conectada con una amplia sala de estar, y aquella sala tenía un balcón suspendido directamente sobre la laguna. La vista era impresionante.
Los muebles de la habitación no se quedaban atrás. La cama era alta y con dosel, el suelo de piedra gris estaba cubierto de gruesas alfombras. La sala contaba con un juego de sillones colocados cerca de una chimenea donde fácilmente entraba una persona de pie.
A Billy le extrañó que le estuvieran asignando un dormitorio tan lujoso, pero no comentó nada. Percibió la presencia de guardias en la puerta y comprendió que esa habitación estaba alejada del resto del castillo, y no había forma de salir de ella salvo por la puerta vigilada y las larga escaleras. El balcón daba a la laguna, pero había rocas y salientes que podrían destrozar un cuerpo si alguien intentaba saltar desde ahí.
Con algo de intranquilidad, Billy comprendió que, hasta que no se ganara la confianza de su nuevo jefe, iba a ser un prisionero en ese lugar.
Sin embargo, Laurence continuó hablándole como había venido haciéndolo desde South Town: amigable y desdeñoso a la vez. Le dijo que ignorara a los guardias y que se sintiera como en casa. Uno de los otros criados se encargaría de darle a Billy la lista con sus tareas. Cuando fuera el momento propicio, Lord Krauser lo mandaría llamar.
Su primer encuentro con Wolfgang Krauser tampoco fue lo que Billy había esperado. El amo de aquel castillo apenas mostró interés en él, pese a haberse tomado tantas molestias para contratarlo.
Billy se presentó ante Krauser en un enorme pabellón cruciforme con suelo de piedra y paredes decoradas con pesados estandartes que portaban el símbolo de la familia de aquel castillo. La sala era como una iglesia, sin más muebles que algunas filas de bancos de madera alineados frente a un gigantesco órgano de tubos instalado contra la pared septentrional. El sol entraba a través de los vitrales en lo alto de las naves, y creaba una atmósfera de reverencia y recogimiento.
Krauser estaba junto al órgano, hablando con Laurence. Billy avanzó hacia ellos a lo largo del pasillo, sobre una alfombra que acallaba el sonido de sus pasos. Los examinó detenidamente mientras se acercaba y percibió la familiaridad con que ambos hombres se trataban. Laurence llamaba a Krauser "milord", pero había confianza en ese trato, y Billy tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no pensar en su propia relación con Geese-sama.
Billy saludó con una leve venia, cortés, pero que no implicaba sumisión en ningún modo. Krauser lo observó de pies a cabeza como quien contemplaría a un objeto. Billy le sostuvo la mirada, examinándolo a su vez.
Aquel hombre era alto, y su altura lo hacía imponente. Su torso de anchos hombros terminaba en una cintura esbelta. Su cabello y bigote tenían una particular tonalidad púrpura. Los largos mechones le caían por la espalda y, una vez más, la mente de Billy volvió a Geese y su largo cabello rubio, que tanto le había llamado la atención al conocerlo.
Inevitablemente, Billy buscó un parecido entre Krauser y Geese-sama. Por un segundo, le pareció hallarlo en los duros ojos celestes de Krauser, pero luego no estuvo seguro. El aura de superioridad que Krauser despedía era distinta. Como si, en vez de empleados, ese noble tuviera súbditos que lo reverenciaban.
Billy no sentía que Geese-sama inspirara ese tipo de fervor. Era poderoso y disfrutaba de ser temido, pero también era parte del mundo "normal" en que Billy vivía. Le pareció increíble que Krauser y Geese-sama estuvieran emparentados.
Durante ese encuentro, Krauser le dio una parca bienvenida a Stroheim Castle y luego volvió su atención a Laurence. La conversación giró en torno a Billy y las que serían sus responsabilidades, pero no lo hicieron participar. Billy esperó, quieto y silencioso y sin interrumpir, como haría un buen empleado.
Bastaron unos pocos días para que Billy comprendiera el propósito específico por el que lo habían llevado ahí. Él era un trofeo, como los objetos que adornaban las vitrinas del castillo. Krauser le permitía estar presente durante reuniones con sus invitados de alta alcurnia, usualmente vigilando alguna puerta, y nunca olvidaba mencionar que Billy era un ex empleado de Geese Howard, el "emperador" al que la muerte había destronado en South Town.
Billy aún no había averiguado por qué esos invitados conocían el nombre de Geese, pero podía ver la animosidad que le guardaban. Los comentarios que hacían eran despectivos, como si conocieran al empresario y lo odiaran. A menudo, le preguntaban a Billy sobre Geese o South Town sólo para mofarse de lo que el joven respondiera. Billy solía recurrir a una respuesta que había ensayado decenas de veces y les aseguraba que Geese no solía compartir sus planes con él. Fingir ignorancia y responder que él había sido "sólo un guardaespaldas" era la mejor manera de liberarse de esos interrogatorios.
Pero aun así, Krauser se entretenía a su costa. Y cuando empezó a llevarlo como parte de su escolta de seguridad a reuniones fuera del castillo, Billy adivinó que Krauser no lo hacía por protección, sino por la oportunidad de mostrarle al mundo que el nuevo amo del perro guardián de Geese Howard era él.
Cuando no estaba siendo exhibido delante de los conocidos de Krauser, Billy se dedicaba a las tareas que le encargaban los otros sirvientes.
El joven tenía la impresión de que el personal del castillo se divertía dándole los encargos que ellos no querían hacer, como limpiar los atestados depósitos repletos de antigüedades que estaban repartidos por todo el castillo. Billy no se quejaba y, al contrario, recibía el encargo de buena gana, porque eso significaba que podía ampliar su mapa mental de Stroheim Castle y así ir descartando las salas y habitaciones donde el segundo Pergamino Secreto podía estar oculto.
La tarea de limpieza en sí era lenta. Los depósitos del castillo habían acumulado suciedad por años y Billy podía pasarse horas desempolvando baúles e intentando poner un orden lógico a recuerdos de guerra, armaduras medievales, y banderas carcomidas por el tiempo. Los guardias que lo vigilaban durante esas horas acababan relajándose y dejándolo solo por algunos minutos, para ir por algo de beber, o para tomar aire y estirar las piernas.
Billy no quería escabullirse a examinar otros cuartos aún. Era demasiado pronto, y ser descubierto arruinaría los planes de Geese-sama. Cuando se sentía impaciente, sólo debía decirse a sí mismo que todo lo que hacía era por Geese. Una suave caricia al pañuelo que llevaba en su muñeca izquierda bastaba para recordar que Geese-sama podía perdonar una demora, pero no le perdonaría el fallar esa misión.
Una tarde, limpiando un almacén en el ala este del castillo, Billy encontró una caja de cartón con varias cartas escritas en papel amarillento, arrugadas y fundidas unas con otras, como si les hubiese caído agua. No iba a prestarles atención, pero por accidente notó que la dirección de uno de los sobres era vagamente legible. La tinta estaba difuminada, pero no cabía duda, el nombre de la ciudad del remitente era South Town.
Por curiosidad, Billy examinó las cartas y se llevó un fiasco al ver que el papel estaba completamente estropeado. Podía reconocer tenues rastros de letras aquí y allá, pero los años y la humedad habían borrado las palabras casi en su totalidad.
Como no tenía prisa, el joven clasificó los sobres y revisó todas las cartas. El trazo elegante y delicado en que estaban escritas las palabras "South Town" le hacía pensar que el remitente era una mujer. Pero no consiguió dar con su nombre ni con su dirección completa.
En uno de los últimos sobres, para su completa sorpresa, Billy encontró una fotografía en blanco y negro. La superficie estaba ondulada debido al daño causado por el agua, pero la imagen era nítida aún y mostraba a una alta y delgada mujer rubia vestida de blanco, y un muchacho de cabellos claros y rostro serio de pie a su lado.
Billy reconoció aquel rostro de inmediato.
—Geese-sama...
La foto no tenía descripción ni fecha. Cuando Billy consiguió calmarse, la examinó detenidamente. Geese debía tener once o doce años. Su cabello era corto, y ligeramente desordenado pese a ser lacio. Su expresión no era una de contento, pero era difícil saber si estaba molesto o simplemente serio. Sus ropas eran las que llevaban los niños de su edad en esa época: una camisa sin corbata, y un jersey con cuello en V.
La mujer a su lado se veía demasiado delgada, y el vestido blanco que llevaba le quedaba holgado en el pecho y la cintura. Su cabello rubio era lacio, largo y estaba cuidadosamente peinado hacia atrás. Sus ojos, como los de Geese, eran claros. Su rostro era delicado, pero se veía agotado.
¿Quizá aquella mujer era la madre de Geese-sama?
Billy guardó las cartas donde las había encontrado, pero en un impulso, escondió la fotografía en el bolsillo interior de su chaqueta.
Su mente ya intentaba darle sentido a lo que había visto, y buscaba dónde encajar aquella fotografía en lo poco que sabía sobre Geese.
Su jefe le había confiado que había vivido en la pobreza cuando era niño, y que había estado solo. Entonces esa fotografía era de una época anterior, cuando Geese-sama había tenido una familia. Su madre estaba en South Town, y su padre y su medio hermano en Europa. Habían mantenido correspondencia, pero... ¿qué había pasado después?
Cuando Billy salió del almacén, el guardia que lo vigilaba estaba tan impaciente por librarse de él que, en vez de revisar sus bolsillos como siempre hacía, solamente gruñó un:
—No estás intentando robarte nada, ¿no?
—No había nada de valor en ese cuarto. Solo unos recuerdos y algunas cartas viejas —respondió Billy.
El guardia no consideró necesario confirmar que Billy estuviera diciendo la verdad. Hizo un gesto para escoltar al joven a su habitación.
Billy se sentía agitado interiormente, pero consiguió disimularlo. Al llegar a la habitación, esperó a estar solo y luego sacó la fotografía y contempló a aquel niño que con el tiempo se convertiría en alguien tan querido para él.
Aquel castillo estaba repleto de posesiones de precio inestimable, pero Billy sintió que había encontrado el objeto más valioso. Escondió la foto bajo la entretela descosida de una de sus chaquetas, y luego pensó largamente en qué haría con ella. Intentó imaginar si a Geese-sama le agradaría ver una foto de su madre, pero le fue imposible anticipar cómo reaccionaría. Geese-sama no hablaba de esa época. Quizá no quería recordarla.
Billy salió al balcón de la habitación y contempló la laguna en silencio, pensando en todas las cosas que aún no sabía sobre su jefe.
