Capítulo 61
Metodología
Llegaba puntual a su cita. Al menos eso pensó Quinn tras escuchar como el timbre de la puerta de su casa sonaba, y Superman se saltaba inquieta tras su paseo vespertino junto a la ventana.
Eran las 9 de la mañana en punto, ni un minuto más ni un minuto menos, y Kevin ya esperaba a que Quinn abriese la puerta y le diese la bienvenida a su hogar. Algo que hizo un par de minutos después, tras lograr que Superman regresara a su jaula.
—Hola, buenos días—saludó con una sonrisa nerviosa.
—Hola Quinn—respondía el hombre ofreciéndole la mano—¿Qué tal estás?
—Muy bien—respondía al saludo—. Pase, está usted en su casa.
—Gracias, pero tutéame por favor—accedía al interior del apartamento—. Me haces sentir mayor.
—De acuerdo, Kevin—recuperaba la normalidad—. Pasa siéntate.
—Gracias. Oye, esto está muy bonito—espetó lanzando una mirada al apartamento—. Tienes buen gusto a la hora de decorar.
—Muchas gracias. La verdad es que es bastante acogedor—respondía siguiendo con la mirada al hombre, que sin dudarlo se adentraba hasta llegar al sofá—¿Quiere algo de tomar? ¿Café?
—Eh claro, nunca rechazo un café—respondía sonriente —¿Y eso? ¿Tienes compañía? —le dijo señalando hacia la jaula.
—Sí, espero… Espero que no sea un inconveniente. No sale de ahí —le mintió cuando ya portaba la bandeja con el par de tazas y la cafetera.
—Oh, no claro que no. Puedes tener animales, está permitido en esta comunidad. Bueno, excepto sin son peligrosos… No creo que una ardilla sea demasiado problemática.
—No, no lo es. Se porta bastante bien —le respondió sonriéndole por primera vez, mientras le servía el café.
—Pues entonces, perfecto —añadió regresando a la mirada a ella —. Bien Quinn, supongo que te sorprendió que te llamase.
—Sí, la verdad es que sí. De hecho, llevo toda la semana pensando en este momento—volvía a mostrarse nerviosa—¿Azúcar?
—Sí, un par de cucharadas, por favor—respondía—¿Y por qué no parabas de pensar en esta reunión?
—Bueno, no sé, eres mi casero y tengo miedo de que en algún momento se arrepienta de cobrarme lo que me cobra por el alquiler—bromeó—. Casi que prefiero que vengas a hablarme de otra cosa.
—Pues tienes razón—interrumpió el hombre, provocando la sorpresa en Quinn que ya le entregaba la taza de café.
—¿Cómo? ¿Me va a subir el alquiler?
—No, tienes razón en lo desear que venga a hablar de otro asunto. Lo cierto es que estoy aquí solo por un motivo, y no tiene nada que ver con el alquiler de este piso—añadió.
—No entiendo—balbuceó volviendo a tomar asiento.
—Quinn, he venido a hablar de Rachel—respondió—. De Rachel y de ti.
El aire.
A Quinn le faltaba el aire para respirar y obligaba a sus pulmones a hacer un esfuerzo sobrehumano por no desfallecer en aquel momento, en el que la mirada penetrante y oscura de aquel hombre, se clavaba en sus ojos.
—¿De Rachel? ¿Qué quieres que hable de ella?
—No quiero que hables nada. De hecho, sé que no lo vas a hacer—se removió incómodo.
—¿Entonces?
—Estoy aquí para hablar yo de ella, para saber y asegurarme de que tú sabes lo mismo que yo de ella.
—No entiendo nada—interrumpía completamente pálida.
—Quinn, que la relación que mantenéis las dos es más que una relación de amistad, es algo que no me puedes negar.
—¿Relación? —balbuceó tratando de encontrar la excusa perfecta para escapar de aquella situación.
—No es necesario que busques excusas—espetó levantándose del sofá—. Soy consciente de la situación que ahora estás viviendo, y el temor que tienes por Rachel, pero tranquila… No he venido aquí para juzgarte.
—¿Juzgarme? —repetía—¿Estás insinuando que, si existiese algún tipo de relación entre Rachel y yo, me iba a sentir mal por su opinión respecto a ella?
—No es lo que quiero que creas—resolvió rápidamente—. Si estoy aquí es para aclarar un par de puntos que creo que ambos tenemos que tener presente.
—Eh disculpa—interrumpía—¿Pero no cree que, si tiene que hablar algo de Rachel, lo lógico es que lo haga con ella? O en todo caso, que ella al menos esté presente.
—No, no quiero que ella sepa nada de lo que te voy a contar, y estoy seguro que tú tampoco querrás que ella lo sepa.
—A ver—se mostraba pensativa—. Conozco a Rachel desde hace muchos años y nunca, en ningún momento le he ocultado absolutamente nada ¿Qué le hace pensar que no voy a querer decirle que su representante me ha mentido y ahora está aquí reprochándome algo que ni siquiera sabe a ciencia cierta?
—Quinn—dejó escapar con una soberbia sonrisa—. No soy tu enemigo, a los dos nos interesa el bienestar de la misma persona y por eso tenemos que estar de acuerdo en nuestras acciones.
—¿Acciones? ¿De qué me estás hablando?
—Te hablo de lo que quiere Rachel para su vida y de cómo lo va a conseguir con nuestra ayuda. Sí—aclaró—, digo con nuestra ayuda porque sé que tú la vas a ayudar a conseguirlo.
—Eh no, no estoy entendiendo nada—interrumpía—¿Me puede hablar claro?
—Quinn, sabes por qué se apartó Rachel de los escenarios ¿Verdad?
—Pues sí, claro que lo sé. Somos amigas y ella confía en mí—fue prudente, pero la sonrisa soberbia de aquel hombre conseguía provocarle un nuevo estado de nerviosismo.
—Perfecto. Entonces debes saber que Rachel mantiene la privacidad absoluta de su hija para poder seguir trabajando en Broadway ¿No es cierto?
—Sí. Y para ser sinceros, no creo que sea para tanto—recriminó—. Rachel tiene suficiente talento como para poder seguir adelante sin tener que vivir en una burbuja —se atrevió a reprocharle.
—¿Y eso quien lo dice?
—Lo digo yo y todo aquel que la conoce. Y lo deberías decir tú también, que para eso eres su representante.
—¿Crees que yo no considero que Rachel tiene talento? ¿Crees que yo estaría con ella perdiendo el tiempo si no supiese que va a llegar a ser alguien grande?
—Pues no lo sé, pero por lo que veo, tus métodos dejan mucho que desear. Lo único que consigues es llenarla de inseguridades y temor.
Kevin se detuvo frente a Quinn y cruzó los brazos al tiempo que le lanzaba una indescriptible mirada, probablemente de frustración o quizás de odio.
—¿Mis métodos? ¿Sabes tú acaso lo que yo hago por Rachel?
—Sí, claro que lo sé. Meterla en un búnker, hacerle creer que si no sigue tus directrices no va a conseguir nada y todo, absolutamente todo lo que le pides, le hace mal. Eso es lo que sé—contestó sin poder contenerse.
—¿Algo más?
—¿Algo más? —repitió confusa.
—Quiero que me lo digas todo para que no me interrumpas con lo que yo te voy a decir, y a demostrar.
—Adelante, dime lo que hayas venido a decirme —se mostró orgullosa—. Dudo que me haga cambiar de opinión.
—Bien—interrumpía el hombre que rápidamente hacía acopio de un pequeño maletín que transportaba, y que había dejado sobre el sofá para sacar algo de su interior—. Échale un vistazo a eso—espetó entregándole un dossier.
Quinn no tardó en hacerlo.
—¿Qué es esto? —preguntó confusa.
—Respuestas de propuestas hechas por mí a los diez mejores directores que existen ahora mismo en Broadway. Todos ellos han estrenado obras en el último año, y con todos ellos me puse en contacto para ofrecerles el talento de Rachel—remarcó con dureza—. Puedes leer algunas de sus respuestas
Quinn volvía la vista hacia aquellas cartas o emails que aparecían ante ella, donde podía observar las fechas, direcciones y demás datos que certificaban la autenticidad de los documentos.
En prácticamente todas aparecía un largo párrafo en el que supuestamente explicaban los motivos por el cuál rechazaban a Rachel, incluso para optar a hacer el casting. Pero sus ojos solo se detuvieron sobre unas determinadas frases, las únicas que aparecían remarcadas con una fina línea de color rojo.
"Este proyecto necesita a gente entusiasta que pueda dedicarse en cuerpo y alma al proyecto, sin ningún tipo de excusa"
"Por ello, estamos reinventándonos y consideramos que nuestros actores principales sean jóvenes promesas"
"No tiene el perfil que buscamos"
Esas tres frases eran solo algunas de las tantas que aparecían en aquellos textos en los que las excusas eran la nota dominante.
—¿Esto no tiene fundamento alguno? ¿Por qué dicen que necesitan a gente entusiasta y consideran que Rachel no lo es? Es una de las personas más entusiastas que conozco.
—Porque la mayoría de esos directores intuyen cual es el verdadero motivo por el que Rachel tuvo que apartarse de los escenarios. Porque la mayoría de esos directores creen que Rachel tuvo problemas con el alcohol, o incluso con las drogas, y por eso ponen esas absurdas excusas—añadió—. Quinn, para triunfar en Broadway se necesitan dos cosas; tener talento nato, y responsabilidad.
—Que yo sepa, ambos requisitos los cumple y con creces.
—Lo sé, por eso mismo la incité a que producir ese musical iba a devolverla a donde tiene que estar. Que, gracias a ese trabajo, los directores iban a ver que sigue siendo una chica responsable y capaz de lo más complicado.
—¿Cómo? —cuestionó aún confusa—Pero si Rachel quiso producir el musical para lograr conseguir dinero y…
—Lo sé—interrumpía—.De hecho, fui yo quien buscó la excusa de ese tratamiento en Londres y así incitarla a que lo hiciera.
—¿Cómo? —Balbuceó rápidamente—¿Me estás diciendo que le metiste en la cabeza que podían curar a su hija solo para que se metiese de lleno en el musical?
—Mas o menos.
—Dios, pero ¿Qué clase de persona eres? ¿Sabes lo que hacen en esa clínica?
—Sé lo suficiente como para no dejarla ir cuando llegase el momento.
—No me lo puedo creer—se apartó del sofá incrédula—¿Le has mentido haciéndole creer que podían curar a Em?
—Lo hice por ella—fue directo—. Rachel necesita una motivación extra para seguir trabajando en esto, para vivir con la seguridad de que, si algún día puede ayudar a su hija, tendrá el dinero que necesita.
—¡Eres un miserable!
—Shhh, no digas nada de lo que te puedas arrepentir—interrumpió Kevin
—¿Cómo se te ocurre hacerle eso? Por amor de Dios, es un ser humano. Es su hija.
—Ella me lo pidió—añadió.
—¿Cómo que ella te lo pidió? ¿Te pidió que le mintieses?
—No, me pidió que no la dejase caer, que le ayudase a seguir en Broadway como sea—sentenció—. Ese es su deseo, Quinn, y eso es lo que hago. No soy un monstruo. Tengo hijos, sé lo que se sufre y por supuesto, yo no voy a permitir que Rachel se vaya a Londres con su hija.
—Ya, eso habría que verlo…—escupió desganada.
—Cuando Rachel vea como el musical triunfa, cuando ella vuelva a estar donde merece, podrá despedirme si considera que mis métodos no son buenos. Pero yo la dejaré donde ella quiere estar, en Nueva York y con la seguridad que le da tener una profesión que va a pagarle lo suficiente para que su hija pueda tener la vida que merece—hizo una pausa—. No voy a dejarla sin nada, no voy a permitir que Rachel se hunda. Ese es mi objetivo.
—A costa de la esperanza por curar a su hija ¿No es cierto? —intervenía—¿Sabes lo que pienso? Que no tienes ni idea de cómo es Rachel. Que a ti solo te interesa el dinero que ella pueda generarte y nada más.
—Por supuesto que me interesa el dinero, yo no trabajo por amor al arte. Por eso trato de que ella siga teniendo opciones de cumplir sus sueños.
—El sueño de Rachel es que su hija esté bien—volvía a interrumpir.
—El sueño de Rachel es que su hija pueda tener lo que necesite, y por eso mismo sigue en este mundo—aclaró—. Te lo vuelvo a repetir, Quinn. Es ella quien me pidió seguir. Es ella quien me dijo que no podía vivir sin el teatro cuando se quedó embarazada. Y gracias a su empeño y al mío, hoy en día sigue aquí. Si no hubiese sido por mí, Rachel ahora mismo estaría en Lima, disfrutando de su hija sí, pero con el miedo de no saber si podrá darle lo que necesite. Y si conoces tan bien a Rachel como dices conocerla, sabrías que eso la hunde como persona.
—Te recuerdo que Emily tiene un padre, y te aseguro que él no las iba a dejar de lado.
—Y yo te recuerdo que Rachel tiene la potestad de su hija y no quiere que nadie, absolutamente nadie, le ayude con el dinero. Por eso sigue aquí ¿No lo entiendes? Yo solo he seguido su petición, y si le dije que se involucrara en ese musical, no era solo porque le iba a dar mucho dinero para su hija —añadió—, sino porque también le va a devolver la reputación que ha perdido en Broadway—hizo una breve pausa—¿Qué crees que pensaría ella si leyese esos emails? ¿Cómo crees que se iba a sentir si supiera que los directores que antes se peleaban por ella, ahora se inventan estúpidas excusas para no contratarla?
—¿Tener una hija es mala reputación?
—No, tener una hija de dos años es un quebradero de cabeza para los directores.
—Vamos—dejó escapar una leve carcajada—. Hay miles de actrices en Broadway casadas, con hijos y todas ellas trabajan sin problemas.
—Miles de actrices consolidadas—aclaró—. Rachel no es una de ellas. Rachel es una actriz que tuvo un debut maravilloso, que hizo dos musicales con un nivel superior y que a punto estuvo de ganar el premio a la mejor actriz revelación del año, pero no lo hizo—se acercó amenazante—. Rachel nunca ha ganado nada en Broadway. Rachel no era una actriz que pudiese elegir el papel que quisiera y el director con el que quería trabajar. Rachel solo es una actriz con un enorme talento que un buen día decidió alejarse de los escenarios por un motivo desconocido para algunos, y figurado para otros. Y que ahora, con 29 años, pretende volver como si no hubiese nadie más que pueda hacer su trabajo—se detuvo al observar el gesto apenado de Quinn—. Eso Quinn, eso es exactamente lo que piensan de ella ahora mismo en Broadway. Sin contar con los rumores acerca de los motivos por los que decidió alejarse, y que a mí me está costando una fortuna mantenerlos alejados de la prensa que destruyen carreras.
Que Rachel vuelva a los escenarios como productora de un musical que va a triunfar, es un golpe bajo para aquellos que perdieron la fe en ella. Y es una oportunidad de oro para quienes quieren volver a contratarla—espetó cambiando el tono voz, bajándolo y suavizándolo para provocar la aceptación en Quinn, que poco a poco iba cediendo a sus palabras tras ver como aquella descripción que hacía de Rachel, era exactamente la misma que le había dicho Mónica.
Que Rachel pendía de su propia iniciativa y talento para conseguir ser alguien en Broadway, era algo que ella ya sabía. Pero jamás imaginó que aquel mundo fuese tan materialista, tan influenciable por estúpidos rumores que no tenían base alguna. Y Kevin aprovechó aquel momento de confusión en la rubia para seguir convenciéndola de sus intenciones.
—No quiero ver a una Rachel lamentándose el resto de su vida por no lograr sus sueños, porque yo estoy convencido de que puede lograrlos. Y lo hará con Emily a su lado. Pero para que eso suceda, antes tiene que sacrificarse y aguantar todo lo que está aguantando. No, no le queda otra Quinn, no puede permitirse el lujo de perder otro tren. No con su edad.
—Ella es joven—musitó tratando de no dejarse convencer.
—Es joven, es talentosa, hermosa y tiene una de las mejores voces que puede haber no solo en Broadway, sino en el mundo entero—respondió recuperando el asiento sobre el sofá—. Pero no es la única, Quinn—volvía a alargar su respuesta, esperando a que la rubia también tomase asiento—. Hay decenas, cientos de chicas preparadas y sin responsabilidad alguna, dispuestas a hacer lo que les pidan y a dar lo mejor de sí. Y para los directores y productores de este mundo eso es lo que importa.
Ellos solo miran por sus intereses, no miran por el bienestar de quienes les hacen grandes—añadió—. El director solo quiere que su actriz protagonista brille en cada una de las funciones, y el productor busca que esa actriz sea admirada por miles de personas que decidan ir a verla a su musical. Y por desgracia, nadie piensa que Rachel pueda ser esa actriz que desean. Primero porque intuyen que tiene una responsabilidad que puede acarrearle serias consecuencias en el trabajo, y segundo porque piensan que anda metida en cosas que perjudican su reputación, tal y como ya te he dicho. Si no hacemos nada por evitarlo, todas las respuestas que reciba serán como esas que ves ahí encima—señaló hacia el dossier—. A menos que todo siga como hasta ahora y logremos que Rachel triunfe con el musical.
Tragaba saliva. Una y otra vez, pero Quinn no conseguía hacer desaparecer aquel amargo sabor de su boca tras escuchar aquellas palabras. Palabras que sin duda eran ciertas, pero que ella se había resistido a creer quizás por temor. Un miedo que no acertaba a saber exactamente a qué, pero que existía en su interior desde el día exacto en el que supo cuál era la verdadera historia de Rachel. De su chica.
—Quinn—volvía a hablar Kevin, aprovechando la total y absoluta devastación de la chica—. Yo necesito que tú estés en el mismo camino, que remes junto a mí para lograr ayudar a Rachel, no solo en su faceta personal, que eso ya sé que lo estás llevando a cabo y muy bien, por cierto—añadió—. Pero también necesito que le ayudes en lo profesional. Y me temo que no lo estás haciendo, probablemente por desconocimiento.
—¿Le estoy perjudicando? —cuestionó recuperando la voz—. Yo trabajo duro para dar el máximo en el musical, y se supone que eso es lo que tenemos que conseguir ¿No?
—Sé que eres una gran profesional, de eso no tengo duda alguna, pero si queremos que el musical funcione, tenemos que mantenerlo ajeno a cualquier situación que pueda perjudicarlo. Y ya lo habéis puesto en riesgo.
—¿Riesgo? ¿Qué hemos hecho? —preguntó nerviosa—. Los chicos y yo estamos todos a una. Queremos hacerlo bien.
—No tengo dudas de eso, Quinn—interrumpía con tranquilidad—. Pero para que un musical tenga éxito, no solo necesita un buen elenco que lo haga brillar, también necesita que todo lo que le rodea sea bueno, que la publicidad sea la justa y necesaria para atraer a la gente y, sobre todo, y esto es algo que solo nos preocupa a ti y a mí, es que la imagen pública de Rachel sea perfecta. Y me temo que si todo sigue así no lo va a ser.
—¿Todo sigue así?
—Quinn, realmente no me importa en absoluto con quien se acueste Rachel cada noche—fue directo—. Al menos no me importa que lo haga contigo porque sé que eres una buena chica. Ya tengo mis informes detallados de ti —esbozó una extraña sonrisa tratando de tranquilizarla, aunque logró todo lo contrario—, pero la imagen que dais no es la adecuada y los…
—Espera, espera—interrumpía—¿Imagen que damos? ¿Qué imagen damos? Nadie sabe que yo y Rachel…
—Sí, sí que lo saben. Por supuesto que lo saben.
—¿Quién lo sabe?
—Lo saben los únicos que no deberían saberlo—respondía volviendo a abrir el maletín y sacando una nueva carpeta que rápidamente dejó sobre la mesa, esperando a que Quinn se acercara y descubriera lo que había en su interior.
—¿Qué es eso? —preguntó con temor.
—Compruébalo por ti misma—espetó sin apartar la mirada de su rostro.
Lo hizo. Quinn volvía a tomar asiento tras un nuevo y nervioso paseo frente a los ventanales, y tomaba la carpeta entre sus manos. Lo que pudo observar en la primera de las páginas de aquel libro le hizo temblar, e incluso perder el aire.
Eran tres imágenes, las tres tomadas en el mismo lugar y las tres con las mismas protagonistas. Rachel, Emily y ella misma en el parque, observando los patos de la Charca en una entrañable y familiar escena.
—Esto no dice nada ¿Qué problema hay? Solo solo somos dos amigas, y Emily puede ser mi sobrina, o mi prima o que se yo…
—Pasa la página—ordenó sin cambiar el gesto serio.
Dudosa, con un incipiente nerviosismo acusando sus manos, Quinn lograba pasar la siguiente página de aquel archivador, y de nuevo, una serie de instantáneas aparecían ante ella. No era tres, sino ocho, más las que parecía haber en la parte trasera y que las mostraba a ellas dos en distintos lugares. Caminando por West Central Park, por el parque e incluso en su propia calle bajo una intensa nevada, y en todas ellas había gestos íntimos, miradas, sonrisas cómplices e incluso sus brazos enlazados.
—Amigas—susurró con apenas un hilo de voz—. Yo aquí solo veo a dos amigas.
—Yo también, pero a los paparazis que viven de hacer ese tipo de fotografías para venderlas, no les parece suficiente con que parezcáis dos amigas. Y por eso mismo no pierden ni un solo minuto en buscar más y más, y si sigues pasando páginas sabrás a qué me refiero.
No sabía si iba a poder hacerlo. No sabía si el temblor de sus manos le iba a permitir pasar aquellas hojas plastificadas con decenas de fotografías de ellas dos y de Emily. Solo imaginar el rostro de la morena al descubrir como su hija aparecía en casi todas aquellas imágenes, conseguía hacerla palidecer.
—Oh dios—susurró al ver otra nueva tanda de imágenes, esta vez en las que solo aparecían ellas dos, pero de una delatadora forma.
—Esas son las últimas que han llegado a mis manos—explicaba al ver como en aquellas fotografías se veían a ellas dos besándose en mitad de Central Park. Recordaba esa escena, recordaba ese momento porque apenas había pasado una semana desde que sucedió. Y recordaba como tuvo esa sensación de ser observada cuando ni siquiera los árboles parecían prestarle atención.
—¿Quién diablos se dedica a perseguirnos? ¿Por qué hacen esto? —se lamentó.
—Porque les da dinero—respondía Kevin—. Quinn, esas imágenes que ya has visto me han costado la friolera de 37.000 dólares—espetó sorprendiendo a Quinn que comenzaba a lamentarse—. Y no les culpo. Ellos saben que pueden sacar todas las que quieras y que yo, evidentemente, se las voy a comprar para evitar que salgan a la luz.
—¿Y crees que esto puede perjudicar a Rachel? —cuestionó tratando de encontrar una solución factible—Solo, solo somos dos chicas enamoradas ¿Qué hay de malo en ello? —tragó saliva—. Hay cientos de parejas que viven sin ocultarse y les va bien. Nadie las repudia ni destruyen su reputación. Por amor de Dios, estamos en el siglo XXI.
—No es ese el problema, Quinn. Te aseguro que, si solo fuese eso, yo no habría pagado por ninguna de esas imágenes, y estoy seguro de que a Rachel tampoco iba a molestarle que las publicasen. El problema viene cuando estamos de lleno en devolver a Rachel al lugar que merece, tratando de mantener su vida de una forma clara, sin nada que pueda perjudicarle, y aparecen escenas como las que estás a punto de ver—volvía a mirar hacia el dossier—. Una fotografía puede mostrar una cosa, pero las intenciones de quienes la publican pueden hacernos ver otra muy distinta. Y eso sí termina perjudicando a Rachel...—hizo una pausa—Vamos, mira las últimas páginas, quiero que seas consciente del problema.
Lo hizo. Quinn se armó de valor y pasó las siguientes paginas hasta detenerse en una de ellas, en la única que no podía pasar desapercibida tras ver las pequeñas notas que aparecían impresas alrededor de las imágenes.
—No puede ser —balbuceó sin voz—. No es posible.
—16.000 dólares me costó que esa portada no saliese publicada en ninguna web.
Alcohol y sexo, la medicina de los talentos de Broadway.
Ese era el título de aquellas cuatro imágenes que se mostraban en la portada, y que las tenía a ella como figurantes principales.
Imágenes que pertenecían a la noche en la que pudieron disfrutar de una agradable velada con los chicos del teatro, y que se trasladó a la discoteca, donde Rachel cometió la locura de besarla.
Imágenes de mala calidad pero que, sin duda, las delataban en una situación bastante comprometida. Y que, junto a aquel titular, tiraba por los suelos las escasas opciones que tenían de ser respetadas.
—Como ves, no solo sale perjudicada Rachel, de quien podrían haber confirmado esos malditos rumores que no cesan. Sino que también sales tú perjudicada, y todo el grupo de actores que trabaja para el musical—añadió—. Dime Quinn ¿Quién en su sano juicio iba a tomar en serio las aspiraciones de Rachel? ¿Cuántos productores o directores iban a querer contratarla después de escuchar esos rumores, y ver con sus propios ojos que pueden ser ciertos?
—Pero no son ciertos—se excusaba—. Solo fue un beso, nada más. No habíamos bebido, solo estábamos bailando y nos dejamos llevar, como cualquier pareja.
—Ya. Eso lo sabes tú, y lo sé yo porque conozco a Rachel, pero no es a mí a quien tienes que convencer. Es a ellos, y ellos no os conocen—aclaró—. Ellos solo ven esas imágenes y esos títulos despectivos que conseguirán que tachen de sus agendas el nombre de Rachel para sus proyectos. Ellos no quieren que nada ni nadie enturbien sus obras, y los rumores es lo único que consiguen, hacer daño.
No pudo evitarlo.
Quinn dejo caer el dossier de fotos sobre la mesa y cubría su rostro completamente abatida, sin saber muy bien cómo actuar o qué decir. Sin querer creer que aquel hombre al que había metido en su lista negra, estaba diciéndole verdades que no tenían excusa alguna, y que no podía refutar de ninguna manera.
Si aquella portada hubiese salido a la luz, no solo habría perjudicado la imagen de Rachel y la de todos sus compañeros de reparto, sino que además la habría terminado por hundir.
—Escúchame—sonó con dulzura—. Sé que ahora mismo no quieres creer todo eso que ves, pero es así. Puedes, puedes preguntárselo a tu representante y te aseguro que te dirá lo mismo que yo. Pero no quiero que te hundas —aclaró—. Si estoy aquí es para lograr una solución que nos beneficie a todos, incluida vuestra relación.
—¿Estás a favor de nuestra relación? —cuestionó alzando la mirada.
—Te he dicho que lo que haga Rachel con su vida personal, no es de mi incumbencia. Y en el caso de que lo fuese, sé que tú eres una buena chica. Por eso estoy aquí, por eso mismo vengo a hablar contigo antes de que una de esas imágenes se me escape de las manos, y logre publicarse—hizo una pausa—. Porque no soy dios, y no tengo contacto con todo el mundo.
—¿Y cómo se supone que vamos a evitar eso? ¿Rompiendo la relación?
—No estoy diciendo eso—aclaró—. Quinn, la única solución viable que veo es que me prometas que ninguno de esos paparazis va a encontrar forma de volver a sacar una fotografía así de vosotras, y tienes que prometérmelo con la seguridad de que será así.
—Ni siquiera he sido consciente de cómo nos han sacado esas fotos ¿Cómo voy a prometerte de que no va a volver a suceder?
—La solución es que no hagáis vida pública—fue directo—. Ellos no se meten en vuestras casas, pero si os pueden perseguir por el parque, en el supermercado o donde quiera que estéis.
—¿Y cómo le digo eso a Rachel si llevo cuatro meses diciéndole que nadie la va a perseguir? Dios, —se lamentó—no puedo decirle eso ahora. No puedo hacerla cambiar de opinión, porque va a sospechar que sé algo. Y tampoco puedo decirle que nos han descubierto porque entonces…
—Porque se va a hundir—interrumpía—. No te recomiendo que lo hagas, necesitamos que Rachel lo dé todo con el musical. Que se sienta segura. Y si es consciente de lo que está sucediendo a su alrededor será el fin —hizo una pausa—. Cuando todo esto acabe, cuando vean como una chica como ella es capaz de llevar a lo más alto a todos vosotros, todo será más fácil. Volverán los halagos, volverá la reputación y podréis disfrutar de vuestra vida sin problemas, te lo aseguro—fue sincero—. Pero hasta que todo eso no suceda, tienes que hacer un sacrificio.
—¿Un sacrificio? —cuestionó tratando de contener la primera de las lágrimas que comenzaban a inundar sus ojos.
—Un sacrificio, Quinn—repetía tratando de sonar cómplice—. Sé que le haces bien a Rachel, y lo sé porque a pesar de que no la vea a menudo, sé que está más animada y trata de disfrutar más de su vida. Yo me alegro de que sea así, te aseguro que me alegro después de haberla visto llorar tantas veces. Pero no es el momento adecuado y debes comprenderlo.
—Me estás pidiendo que la deje—susurró sin fuerzas.
—Te estoy pidiendo que encuentres la solución que creas más oportuna, para evitar que esos paparazis no tengan nada con lo que destruir su carrera. Y para que Rachel no sufra, para que no sienta que todo puede acabar para ella en Broadway.
—¿Y cómo hago eso? No puedo contradecirme, no puedo pedirle que se quede encerrada en su casa cuando sé que salir le está devolviendo la confianza. No puedo pedirle que desconfíe de todo el mundo cuando yo misma le he pedido que confíe en mí, y en quien nos rodea.
—Estoy seguro de que encontrarás la solución perfecta—respondía al tiempo que recuperaba ambas carpetas y las introducía de nuevo en su maletín—. Y si decides decírselo claramente, te pido que me avises, porque me gustaría estar presente y poder explicarle todo con detalles ¿Ok?
—No, no le puedo decir que existen esas fotos. No me lo perdonará nunca—se lamentó—. Yo, yo soy la culpable de que hayan podido vernos y… —tragó saliva—Oh dios, la estoy destruyendo.
—Cálmate Quinn—se acercó para dejar una pequeña caricia sobre su hombro—. Yo me tengo que marchar, tengo que atender varias reuniones ahora, pero te pido que te calmes. Esto solo lo podemos solucionar con la mente fría y no lamentándonos ¿De acuerdo? Yo te aconsejo que hables con tu representante y le expliques la situación. Estoy seguro de que te podrá ayudar a encontrar la mejor solución para ambas. O si quieres le das mi número para que me llame y yo hablo directamente con ella.
—No, yo hablaré con ella
—Perfecto. Si necesitas algo, solo tienes que llamarme y, por favor, cálmate—volvía a acariciar el hombro de Quinn, que ya se levantaba para despedirlo—. No se acaba el mundo. Por suerte aún estamos a tiempo de evitar que eso suceda, y lo mejor es que estamos juntos en esto. Es lo importante. ¿De acuerdo?
—Claro, todo sea por Rachel.
—Por Rachel y Emily—recordó esbozando una tranquilizadora sonrisa—. Todo se va a solucionar, Quinn—dejaba escapar al tiempo que se dirigía hacia la puerta y ésta lo perseguía, aun con los nervios ocupando parte de su cuerpo—. Te lo prometo, vamos a solucionarlo y todo va a ir bien.
Irónico, pensó Quinn tras ver como aquel hombre salía de su apartamento y la dejaba a solas, con aquella frase de la que ella siempre hacia uso latiendo en su mente.
Todo va a ir bien, repetía una y otra vez, pero por primera vez en su vida sentía que aquello no tenía consistencia, que no tenía valor ni fundamento que la hicieran sentir que sí iba a suceder. Que todo iba a ir bien.
Y fue en aquel instante. En el justo y preciso momento en el que volvía a dejarse caer sobre el sofá, cuando las lágrimas comenzaron a caer sin cesar por su rostro, y un nudo se acoplaba en su garganta, provocándole un llanto mudo del que solo era testigo su preciada y siempre atenta amiga, Superman.
Un llanto que, por lo que empezaba a intuir, no iba a ser el último en aquella nueva etapa.
