Tambores.
Aquella gente no solo tenían un fuego enorme en mitad de su campamento durante la noche, además tenían tambores y no dudaron en usarlos en cuanto Pequeña Nutria los provocó con la concertina.
¡Qué demonios! Parecían más interesados en celebrar que habían encontrado a otros rebeldes en mitad de la nada que en protegerse. O quizás estaban demasiado seguros de que no los detectarían, después de todo, tenían ojos en el cielo.
Su campamento lo formaban unas diez tiendas de campaña, treinta personas y todavía más caballos que pastaban libremente por los alrededores. Nos habíamos topado con un grupo de jinetes libres sarcosanos.
Ese día habían tenido suerte, decían, y no solo habían cazado un ciervo, que estaban asando en la hoguera, sino que además habían encontrado "pájaros de vistosos plumajes que quieres atraer ". Así me lo tradujo Adva porque no había una palabra en ereño que se correspondiese. Se referían a nosotros.
Los jinetes libres compartieron su comida con nosotros y nos dejaron mantas en una tienda para que pudiésemos descansar. Si pretendían matarnos, se tomaban demasiadas molestias para que no sospechásemos.
Adva nos demostró que no solo hablaba ereño, orco, gnomo, élfico, mediano y dorno, también hablaba el dialecto sarcosano de los jinetes libres. Y se mostró interesadísima en practicarlo con todo el mundo. Llegó a sacar material de escribir de su bolsa y a apuntar expresiones.
– Adva, de todo lo que has hecho hoy, insultar como un marinero de Eren ha sido lo más impresionante– la halagó Pequeña Nutria.
– Oh, gracias. Nunca había tenido la ocasión de usar una de esas expresiones, espero que fuese el momento correcto.
– Te aseguro que lo era.
No me lo podía creer. Esos dos estaban celebrando con unos completos desconocidos. Error: esos tres. Lavina se me acercó toda entusiasmo y me pasó un vaso con algo dentro.
– ¡Prueba esto!
Era vino.
– ¡¿De dónde demonios lo han sacado?!
– Lo robaron. Y ese de ahí, es mi mejor amigo –añadió señalándome a un hombre en concreto–. Voy a enterarme de si está casado porque si mañana morimos, esta noche me lo llevo conmigo.
Y sin más, se dirigió hacia el objeto de su interés. No pude evitar reírme ante su atrevimiento.
Vi a Feranon, un poco más lejos, hablando con dos de los sarcosanos. Habían montado un blanco y estaban probando los arcos recurvados. Parecía que el elfo había encontrado a alguien que hablaba su idioma. ¡Bien! Se merecía un poco de vida social también.
Y Lavina tenía razón. Si íbamos a morir, bien valía la pena una noche de libertad y alegría. Así que, me acomodé junto a Pequeña Nutria y Adva y disfruté del repertorio. Hubo muchas canciones en ereño y sarcosano, y algunas en gnomo y élfico. Adva tenía una voz muy bonita. En un momento dado Pequeña Nutria inició una tonada marinera con un estribillo pegadizo y todo el campamento se unió. Fue un momento casi perfecto, con las voces y las risas de todos tomando parte, y el cielo abierto sobre nuestras cabezas. Era maravilloso poder ver las estrellas. No había nubes, no había techos de piedra sobre nosotros, ni la sombra de ninguna torre negra. Si hubiese muerto en ese momento, me habría dado igual. Pero la noche todavía me deparaba alguna sorpresa.
En un momento dado, una joven se sentó a mi lado y me pasó otro vaso de vino. Lo habían rebajado con agua para hacerlo durar más. La chica tenía el cabello largo y lacio, muy brillante y unos intensos ojos oscuros con unas pestañas muy largas. Se había decorado el rostro con delicadas líneas en tonos claros. Vestía una camisa con bordados, ceñida con una tela en tonos naranjas y los pantalones típicos sarcosanos. Por encima llevaba una chaqueta de piel, con el pelo vuelto hacia adentro para mantener el calor. Se la veía atlética. Me sonrió.
– Mi nombre es Karama – se presentó. Tenía un fuerte acento que sonaba muy bonito en su voz.
– Soy Erisad, encantada.
– Tu piel… Pareces sarcosana, pero tus ojos, dicen que no lo eres.
– Provengo de Eren, de Muroalto.
– ¿Todas las mujeres son tan hermosas como tú en Muroalto?
No entendí lo que estaba pasando. Yo no estaba acostumbrada al flirteo, nunca lo había experimentado y no lo entendía. Así que no capté la intención de aquella pregunta… Y ella debió tomarse mi expresión, fija en sus ojos mientras buscaba un sentido a aquello, por otra cosa, porque levantó la mano hasta mi rostro y lo acarició con suavidad. Y, por fin, caí en que esa chica de las llanuras estaba tratando de seducirme.
Y ahora debo explicaros que, por aquel entonces, yo no conocía el concepto de seducir, solo tenía el concepto de disfrutar de alguien, y llevaba implícito un punto de poder y dominio que me repelía.
Pero, en ese momento, aquella chica de las llanuras poco dominio podía ejercer sobre mí. Un mínimo gesto mío alertaría a mis compañeros y, tras los entrenamientos con Lavina, dudaba mucho que Karama pudiese ser rival para mí.
No supe bien qué contestarle. Pero aquella era la primera caricia real que recibía y, sin darme cuenta, tomé la mano sobre mi rostro me la llevé a los labios y besé sus dedos.
– No entiendo estas cosas, Karama – dije a modo de disculpa.
Ella sonrió.
– Te las puedo mostrar, si quieres.
Quizás fue el cielo abierto sobre mi cabeza, que mis compañeros estaban cerca, que era libre o quizás fue el vino... Pero decidí que era hora de conocer otras opciones lejos de ese rincón oscuro en que metieron a mi mente años atrás. Acepté con un asentimiento.
La dejé tomar mi mano y guiarme hasta los límites del campamento. Había caballos pastando por allí que ni se inmutaron ante nuestra presencia. Me fijé en que no llevaban ningún tipo de cabezal o arreos.
– ¿Por qué no escapan? – pregunté.
– Porque somos su familia.
Karama silbó suavemente y uno de los caballos levantó la cabeza y caminó apaciblemente hacia nosotras. Era un animal de un gris claro con las crines y la cola negras. Se acercó hasta Karama y se detuvo ante ella. Ella le deslizó los dedos entre sus crines y le dedicó unas caricias en el cuello.
– Erisad, este es Shuta, mi compañero de viaje. Shuta esta es Erisad, una visitante que me acompaña esta noche.
El caballo volvió la cabeza hacia mí, como si esperase algo.
– Es un honor conocerte, Shuta – saludé.
– Puedes tocarlo, si quieres.
Deslicé los dedos por su cabeza y su cuello como había visto hacer a Karama. Tenía el pelaje más suave de lo que esperaba y me sorprendí disfrutando del momento. El caballo alzó el hocico hasta mi rostro para olfatearme, y sentí su aliento cálido y vivo en mi rostro. Al retirar la mano, Shuta me dedicó un suave cabezazo en el pecho, antes de girarse y volver a su hierba.
– Nunca había acariciado a un caballo libre…
– Es la mejor manera de acariciar algo – dijo Karama.
La chica de las llanuras pasó las manos por mi cintura y se acercó a mí hasta que nuestros cuerpos estuvieron pegados. Sentí su aliento en mi mejilla y el calor de su piel a través de las telas de nuestras camisas.
– No estoy segura de esto...
– Hasta donde quieras...
Apartó de mi rostro los cabellos que habían huido de mi trenza y me besó, con detenimiento y delicadeza. Me resultó curiosa la sensación… porque era agradable. El abrazo era agradable, la sensación de sus labios era agradable y sus manos sobre mi espalda y mi rostro también. Así que la dejé proceder y traté de seguir algunos de sus movimientos. Pero creo que mi reacción hubiese sido muy diferente de haberse tratado de un hombre y no de una mujer de mi edad.
A pesar de que la fiesta duró hasta bien entrada la madrugada y que bailamos, cantamos, comimos y celebramos como si no hubiese un mañana, los halconeros estuvieron en pie antes del amanecer para lanzar a sus pájaros al aire y otear los alrededores.
El jefe se llamaba Shurani, lo habíamos visto el día anterior, pero no reconocido como el líder de todos ellos. Era un hombre de edad media, moreno, con una barba oscura cerrada y una cicatriz bien curada en el lado derecho de su cráneo, se veía la línea blanca en su cabello.
Desayunamos con él y varios de sus hombres, mientras el resto del campamento se ocupaba de otras tareas. Vi a Karama entre los caballos, levantándoles las patas y atendiendo sus cascos.
Una vez hubimos desayunado, la mayoría de los que se habían sentado con nosotros se marcharon, sin decir una palabra y Shurani nos presentó a las otras dos personas que se sentaban con él y entendí que eso era una reunión formal.
– Ella es Yamila, mi segunda al mando. Él es Nuratar, nuestro líder de batalla. Pertenecemos al clan Osanari.
– Creía que los jinetes libres se movían mucho más al sur – dijo Lavina.
Shurani asintió.
– Hicimos mucho ruido en nuestro último golpe. Así que decidimos desaparecer hacia donde no se esperaban que fuésemos: el norte. Volveremos, en algún momento.
– Brindo por lo que sea que rompisteis como para cabrear tanto a alguien.
Se rieron.
– ¿Habéis viajado desde Erethor?– preguntó Nuratar.
Respondió Lavina:
– Nos encontramos con Adva y Feranon en Aguasrápidas. Les ayudamos a huir.
Los sarcosanos miraron hacia los elfos como esperando confirmación.
– Pagaron un alto precio por ello y las estrellas fueron testigo – contestó Adva.
No entendí por qué mencionó estrellas para dar peso a su testimonio, pero Shurani asintió y sospeché que Adva no solo había estudiado el lenguaje, sino también parte de la cultura sarcosana.
– Es un honor teneros entre nosotros, Señora – dijo Shurani mirando directamente a la elfa.
– Encontraros ha sido un oasis en un mar de incertidumbre – respondió ella
La expresión sonó extraña pero todos entendimos el significado.
–¿Hacia dónde os dirigís?
Adva asintió.
– Ahora tengo autorización para decíroslo…
– Después de todo por lo que hemos pasado… ¿Por qué ahora? – exclamó Lavina
– Ayer, sabiendo que estábamos a salvo, pude comunicarme con Erethor al fin. Esta madrugada recibí respuesta. Puedo contaros algunos detalles.
Adva rebuscó en su bolsa y extrajo de nuevo material de escritura y un pergamino enrollado que desplegó ante nosotros. Posó los dedos sobre él y recitó algo que no entendimos. Sobre la superficie, entonces aparecieron líneas y signos. Nos señaló un punto.
– Tenemos que llegar allí.
Los sarcosanos se inclinaron sobre el mapa y lo observaron detenidamente.
– Eso está muy lejos –dijo Nuratar.
– Lo sabemos, pero no tenemos más opción que intentar llegar.
Yamila, la mujer que se sentaba a la derecha de Shurami, habló.
– Disculpad, señora, pero el camino que señaláis es largo y peligroso. ¿Por qué enviaron tan solo a dos en esta misión?
Y quien contestó fue Feranon.
– Esta misión jamás debería haber sido nuestra.
Todos nos volvimos hacia él boquiabiertos.
– ¡Hablas nuestro idioma! – exclamó Lavina.
– No, no lo hablo – respondió con toda calma –. Es un hechizo ritual de Adva.
Me di cuenta de que, efectivamente, el movimiento de sus labios no se correspondía a los sonidos. Era un hechizo mayor de ilusión y adivinación. Otra muestra impresionante de la magia elfa.
– ¿Por qué decís que esta misión no debería haber sido vuestra? – preguntó Nuratar.
– El grupo que había sido designado para ello, especialistas, desaparecieron. La reina Aradil no tuvo más remedio que enviar a quien estuviese más cerca. No hay muchos de nosotros fuera del bosque y dio la casualidad que Adva, Miradir y yo estábamos cerca del Ardune investigando unas ruinas. Adva está buscando la relación entre los textos sagrados y la lengua orca. Nunca deberían habernos enviado. No somos los adecuados, pero somos lo único que tenemos.
Hubo unos instantes de silencio, en que todos asimilamos esa información.
– Eso explica muchas cosas – dijo Lavina.
– Dama Adva, decidme, ¿qué hay allí como para que sea tan importante llegar? – preguntó Shurani.
– Algo que puede cambiar el curso de la guerra en Erethor –dijo la elfa–. Un arma.
Shurani se volvió hacia sus personas de confianza e intercambiaron palabras en sarcosano durante unos pocos minutos. Y, al concluir, se pusieron en pie dando así por finalizada esa reunión.
– Vais a necesitar aprender a sosteneros sobre un caballo.
