Especial Leo.

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—¿Qué me estás diciendo? —emitió Leo sentado frente a Otabek sin creer lo que había escuchado de los labios del kazajo—. Es una broma, ¿verdad?

Ya era de noche, el reloj marcaba las veintidós. Otabek había llegado al departamento de Leo sin avisar mientras este último estaba estudiando entre montañas de guías y libros. Al ver al kazajo tan fuera de sí lo dejó entrar de inmediato y se centró por completo en él dándose un descanso de su sesión de estudio. Otabek sin esperarse mucho le contó todo lo ocurrido con Yuri en los últimos días y al terminar el relato, Leo quedó estupefacto.

—No lo es —negó su amigo con una expresión tan seria que lo dejó sin habla por unos segundos.

Se tiró para atrás apoyando su espalda en el respaldo del sofá individual. Se quitó los lentes y los dejó a un lado junto a los libros de estudio para tratar de concentrarse mejor en la conversación. Otabek permanecía callado frente a él. Se veía tan acabado y entristecido que no sabía qué decir. La noticia que le llevó su amigo hasta la casa lo tenía confuso y sorprendido.

Trasladó las manos a su cabeza y se levantó botando en el acto dos libros bien gordos al suelo haciendo un sonido tosco. Caminó de un lugar a otro de forma lenta teniendo presente que su mejor amigo lo veía sin pestañear. El silencio de Otabek jamás le había parecido tan incómodo como ahora.

—Bien, déjame acomodar las cosas… —Leo se detuvo frente al invitado y chocaron miradas—. Me estas contando que Yuri, la persona que te gusta —mencionó enfatizando esas palabras—. Fue donde ti, te dijo que le gustas como hombre y que tú, después de varios malos entendidos vas hasta su casa, lo sacas de ahí llevándotelo a otro lugar y después de aclarar el mal entendido lo rechazas, no obstante después le dices que también te gusta para nuevamente rechazarlo… ¿es eso?, ¿o solo imaginé haber escuchado esas palabras?

Otabek pareció incomodó ante sus frases tan francas por lo que aclaró su garganta sin apartar mirada y habló.

—Si lo dices así… haces que suene muy cruel —comentó el kazajo cruzándose de brazos y colocando una expresión pensativa. Leo tomó aire por sus fosas nasales y luego lo soltó. Necesitaba relajarse, sin embargo no lo logró.

—¡Es que lo es! —gritó abriendo sus manos en dirección a su visita—. Fuiste muy cruel, Ota… —bajó el tono de su voz y sin pensarlo se sentó al lado de su amigo chocando rodillas—. ¿Sabes?, eso no se hace. ¿Cómo quedó el pobre después de tus palabras confusas?

El kazajo desvió la mirada para su izquierda impidiendo que Leo viera su expresión. Leo volvió a suspirar encontrando la conversación muy pesada. No entendía nada. No comprendía las acciones de su amigo con Yuri. Él sabía hace ya un tiempo que al kazajo le gustaba su amigo ruso y por eso no le entraba en la cabeza el motivo del rechazo de este hacia Yuri. "Además a Yuri también le gusta Ota… al fin lo reconoció", pensó esperando respuesta de la visita.

—Lo llevé a casa sin decir mucho más, él tampoco dijo nada —le relató el kazajo aún sin enfrentar miradas—. Se veía triste pero tranquilo.

—Bueno, lo entiendo, lo confundiste mucho… ah, debe estar comiéndose la cabeza en estos momentos —comentó Leo imaginándose a Yuri de mal humor, confuso y moviéndose para todos lados—. ¿Por qué lo rechazaste? —preguntó sin anestesia. Necesitaba saberlo para no levantarse y madrear a su compañero—. Debes tener buenas razones, Ota.

Su amigo en silencio se llevó una mano a su cuello y lo movió como si se estuviera destensando. Leo pensó que él también se estaba a comenzando a sentir algo agarrotado por lo que hablaban. Miró de reojo a su contrario y esperó a que sus palabras se pusieran en su boca para ser soltadas. Tenía presente que la situación era complicada para Otabek y tenía fe de que las razones que le fuera a dar eran muy serias, después de todo el kazajo nunca actuaba sin pensarlo.

—Son varios motivos —respondió.

"De tan pocas palabras como siempre", pensó sonriendo levemente a ver que la poca manía de Otabek para hablar no se iba nunca y al parecer no se iría jamás.

—¿Y esos son? —inquirió de forma tranquila, sin embargo ya comenzaba a impacientarse—. ¿Es por qué es menor de edad? —elevó una ceja curioso.

Otabek giró su cabeza en dirección a él y así se enfrentaron nuevamente. Leo contuvo su expresión de sorpresa al verlo tan decaído… hace mucho tiempo que no le había visto esa expresión tan apagada. Se estaba preocupando mucho.

—No es por eso… —habló el kazajo mostrándose muy acomplejado—. Bueno, también es por ese motivo, pero hay más.

Leo iba a preguntar por ellos sin embargo se detuvo al oír la puerta principal abrirse. Miró sobre el respaldo del sofá y vio que su novio llegaba a casa después de una jornada de estudios. Se levantó de inmediato con aceptación de Otabek, y sonriendo fue hasta esa dirección dejándole un poco de espacio al moreno para que ordenará sus palabras. Se sintió completo cuando estuvo frente de su pareja.

—Guang —lo saludó Leo alcanzándolo. Tomó las compras que había hecho el menor que resultaron algo pesadas—. Hola —sonrió acercando su rostro hasta Guang y así brindarle un casto beso en los labios—. Esto esta pesado, Guang, ¿Por qué no me llamaste para que te fuera a buscar?

—No fue necesario, Leo. Tomé un taxi desde el mercado —le sonrió el pequeño colgando su abrigo en la percha al lado de la puerta—. Oh, hola Otabek —saludó con una sonrisa obteniendo un saludo enmudecido del nombrado quien veía todo desde el sofá.

—Debes tener hambre —observó Leo comenzando a caminar junto a Guang donde Otabek—. Yo como estaba estudiando no alcance a hacer la cena, pero no te preocupes la iré a preparar de inmediato —aseguró a su novio, el cual sonreía tan tiernamente que en ese instante le dieron ganas de lanzarse encima de él y no soltarlo. ¿Cómo podía ser tan condenadamente tierno? A pesar del tiempo que llevaban juntos no lo comprendía, sin embargo le encantaba.

—No te preocupes, Leo. Puedo ayudarte —se ofreció Guang viendo a la cocina, cosa que el nombrado se negó de inmediato.

—Nada de eso. Debes descansar. Ve a darte un baño que yo me encargaré de la cena —comunicó más seguro que nunca—. Además, Ota me ayudará.

Otabek al escucharlo elevó una ceja.

—¿Yo? —preguntó extrañado—. Lo siento, pero pensaba irme ya para no molestarlos.

—No molestas hombre —expresó Leo provocando una risa pequeña en su novio.

El kazajo solamente suspiro rendido. Leo sonrió triunfante.

—Ven vamos a la cocina —ordenó después de darle un beso corto a Guang y avanzar hasta el lugar nombrado.

Otabek sin tener opción se levantó del sofá y lo siguió con las manos en los bolsillos. A pesar de que el kazajo siempre traía encima su cara de póker tapando todo su sentir Leo lo conocía tan bien que a la distancia le podía adivinar su malestar. Se veía cansado, desanimado, sin ganas de hacer nada, demasiado liado para todo, por eso quería hacer lo posible para que su mente se despejara aunque fuese unos minutos haciendo algo.

—¿Qué cocinarás? —inquirió el kazajo sin mostrar muchos ánimos.

Leo dejó las bolsas en la encimera y escudriñó en ellas por alguna idea. Sonrió al ver un paquete lleno de los dulces preferidos de Guang.

—Corrección —se dio la vuelta yendo hasta la nevera para sacar las verduras—. ¿Qué cocinaremos?... Hum, la verdad no se me ocurre nada.

—¿Un estofado? Es rápido y fácil.

—No —dejó las verduras bajo el grifo del agua y remangándose la camisa a cuadros roja comenzó a lavarlas—. A Guang no le gusta el estofado. ¿Recuerdas los tacos que te hacía cuando vivíamos juntos? —preguntó con una sonrisa.

Recordó esos meses donde Otabek al no tener donde quedarse por haber llegado recién a San Petersburgo —Leo ya lo conocía de antes ya que se vieron en un pub y se hicieron amigos de forma casi inmediata— se quedó junto a él a convivir y a compartir todos los gastos del departamento. En ese tiempo Leo aún no estaba con Guang pero estaba en su plan de conquista, por lo que Otabek se pudo quedar sin problemas con él hasta que el kazajo encontró otro piso para mudarse y así un tiempo después Guang se fue a vivir junto a él.

—¿Cómo olvidarlos?, eran exquisitos.

—Entonces hagamos eso —propuso con una sonrisa. Tenía todos los ingredientes necesarios para hacer muchos. Ya se sentía animado.

Otabek asintió remangándose su jersey de lana verde y después de que Leo desocupara el grifo, lo usó para lavarse sus manos. Sacaron los implementos necesarios para ocuparse de todo el proceso y así se asignaron tareas, exactamente como lo hicieron cuando vivieron juntos. La cocina no era muy grande, sin embargo tenía el espacio suficiente para que dos personas lograran estar en ella sin chocarse. El kazajo conocía todo el lugar por lo que no se le dificultó trabajar junto a Leo.

—Entonces —Leo dejó a su amigo picando las verduras necesarias (corriéndose para no picar la tan molesta cebolla que siempre lo hacía llorar) y se encargó de asar la carne mientras buscaba las palabras correctas para atracar el tema dejado anteriormente.

Tenía presente que tocar ese contenido era algo delicado para Otabek, pues su expresión actual era más tensa que la normal, sin embargo también sabía que debía de hablarlo ya que el kazajo, aunque no lo admitiera, quería desahogarse de alguna forma con él. Su amistad constaba en entenderse con pocas palabras.

—Dijiste que no es problema de la edad —comentó mostrándose desinteresado mientras se encargaba de la carne.

Otabek, el cual comenzaba a pelar las cebollas lo quedó viendo por unos segundos sin hacer nada para a continuación volver a su labor.

—No dije que no fuera problema la edad —aclareció—. Es un problema pero no es el mayor —siguió con sus ojos en la cebolla.

"Reservado", pensó apretando un poco su mandíbula.

—Bueno, en eso tienes razón. Yuri aún es un pequeño —comentó buscando los ingredientes para darle sazón a la carne—. ¿Y tus otras razones?

Miró fugazmente a su amigo que ya comenzaba a pelar otra cebolla. Sus cejas estaban juntas y tenía una expresión circunspecta. Leo creyó que se iba a mantener callado sin aclarar nada, sin embargo para su alivio Otabek despegó sus labios que hasta ahora habían sido una línea de presión. Leo espero unos segundos a escuchar algo, pero al no obtener nada prosiguió.

—¿Es por qué Yuri es hombre? Sé que es el primer chico que te atrae pero… —no logró acabar, pues Otabek lo interrumpió.

—No es por eso…. Bueno, lo es pero no de la forma en que crees —soltó Otabek viéndose más complicado que antes—. No me complica que me guste un hombre, realmente nunca me ha importado el sexo de la persona.

—¿Entonces? —insistió confuso.

—Ya debes saber —expresó dejando caer una capa de cebolla a la mesa.

Leo detuvo todos sus movimientos y miró fijamente al kazajo.

—Estamos en Rusia —recordó Otabek de forma fría y Leo comprendió de inmediato—. Es difícil aquí y tú lo sabes.

Apretó la mandíbula con esa respuesta y asintió. Varios recuerdos llegaron a su mente y se tensó un poco desconcentrándose en lo que hacía, por eso tomó mal el mango del sartén y se quemó la mano. Dio un pequeño grito de molestia y se echó para atrás ganándose la atención de su amigo, el cual dejó todo lo que hacía y fue hasta él para guiarlo al grifo y así dejar correr agua helada en su mano lastimada.

—Leo, no te desconcentres mientras cocinas —lo sermoneó Otabek con su cara tranquila. El nombrado aun manteniendo la mano bajo el agua sonrió como un pequeño y asistió.

—Lo siento, solo fue un descuido. No volverá a ocurrir —aseguró moviendo su mano quemada bajo el chorro de agua.

Como vio que todo se había tensado con esa conversación prefirió dejar el tema de lado por el momento y centralizarse en lo que hacían o pasaría otro accidente. Después de ver y sentir que su mano ya estaba mejor cerró la llave y volvió a su puesto de trabajo. Otabek ahora callado picaba las cebollas sobre una tabla de madera mientras unas pequeñas lágrimas se acumulaban en sus ojos. Leo posó su mirada en la carne y la movió para asarlas bien a la vez que pensaba aliviado el no tener que picar las cebollas que lo hacían llorar como una niña. Al pasar una hora de preparaciones y un poco de plática de temas triviales, pusieron los cubiertos en la mesa y llevaron todo listo a ella. Otabek al acabar había dicho que era mejor que se fuera para no interrumpirlos, sin embargo Leo nuevamente lo detuvo ya que no molestaba para nada y además aún tenían una conversación pendiente que era mejor llevarla a cabo hoy a que mañana.

Viendo que todo estaba en su lugar caminó hasta su habitación y ahí encontró a su novio sentado en el escritorio leyendo un libro y anotando algunos apuntes en unas libretas. Sonrió al ver que se esforzaba en sus estudios y se le acercó lentamente aprovechando que el menor no se había percatado de su presencia. Una vez estando tras de él levantó sus manos y tapó sus ojos con delicadeza para no asustarlo. Guang dio un pequeño saltito y el mayor no evitó reír para después girar a su novio en la silla dándole un tierno beso en los labios.

—La cena ya está lista —anunció invitándolo a levantarse estirando una mano. Guang aceptó su invitación y caminaron juntos hasta el comedor.

Se sentaron uno al lado del otro y Otabek frente a ellos. Leo como era el experto en tacos, ya que vivió muchos años de su juventud en México, se encargó y tuvo la amabilidad de prepararles a cada uno el taco con lo que quisieran sus contrarios. Otabek quiso uno con mucho chile ya que le gustaba lo picante y con Guang se midió un poco pues a su novio no le agradaba mucho las cosas picantes. Conversaron animadamente como siempre lo hacían cada vez que se juntaban. Leo sabía que Guang era tímido y le costaba hablar con otras personas que no fueran él o su familia, pero agradecía inmensamente que se esforzara y le gustara hablar con el kazajo y con sus amistades. Verlo alegré mientras compartían con otros siempre lo llenaba de dicha.

Al acabar Guang fue el que se ofreció para lavar los trastes. Leo junto a Otabek volvieron a los sofás sintiéndose muy satisfechos. El dueño de casa volvió a meterse entre los libros teniendo la intención de ordenarlos para ponerle la debida atención a su amigo que ahora sí parecía más relajado que antes por lo tanto era predecible que hablaría con más facilidad. Comentaron un poco más la cena y cuando Leo vio que Otabek miraba su móvil dando señales de retirarse, abrió la boca sin frenarse en nada. Debía saber ya todo o creía que no llegaría a dormir.

—¿Entonces qué harás con Yuri?, ¿seguirán actuando como los mejores amigos aun sabiendo sus sentimientos? —preguntó directamente, sin ninguna anestesia para ablandar las palabras.

El kazajo quizás algo tocado por el tema sacado de la nada, volvió a dejar su móvil en su bolsillo y suspiró. Nuevamente se le dibujó en el semblante un gesto grave.

—Me equivoqué al decirle que también me gusta, eso complica las cosas —habló Otabek apenas despegando los labios que Leo juro que él no habló—. Lo mejor es que pase el tiempo y así las cosas se suavicen.

—¿Crees que los sentimientos de Yuri van a cambiar con un tiempo? —elevó una ceja muy incrédulo.

—Yuri aún es muy joven. Solo debe estar confundido con lo que siente ya que soy alguien cercano a él, se le pasará luego —soltó el kazajo sin perturbarse para nada, y Leo se aguantó las ganas para no tomar el libro a su derecha y lanzárselo a la cara.

Esas palabras habían sido frías. Ajenas a Otabek.

—Ah… —lanzó un quejido de frustración—. ¡Estás actuando como un idiota, Ota! Ese chico te dijo que le gustas arriesgando absolutamente todo. ¿Tan poco le crees?, ¿qué clase de amigo eres?, definitivamente te desconozco —masculló irritado mirando directamente a su mejor amigo. Otabek contrajo la mandíbula y Leo comprendió—. Eso no es lo que piensas, ¿verdad? Lo que me dijiste es lo que quieres pensar, pero sabes que no puedes. No trates de convencerte con algo imposible. A Yuri le gustas y ya —sentenció cruzándose de brazos.

—Lo sé —admitió Otabek relajando levemente su expresión dejando que una pequeña sonrisa apareciera escasos segundos en sus labios, sin embargo Leo no pudo apreciar mucho ese gesto ya que desapareció tan rápido como llegó—. Pero es algo que no puede ser.

—Bien —Leo se acomodó mejor en su asiento apoyando los codos en sus muslos—. Creo que sé adónde vas con eso, pero quiero escucharlo de tu boca. ¿Por qué no puedes estar con él? Claramente dejando de lado que es un menor de edad y que es hombre.

—Es peligroso Leo —destrabó Otabek más serio que nunca. Leo sintió un escalofrío en la espalda—. No puede ser posible. Si lo acepto las cosas se complicaran mucho para él. Ya te lo dije, estamos en Rusia y sí los demás se enteran de una relación entre los dos todos se van a ir contra él —se pausó un segundo para tomar aire y relajar su voz agravada—. Yo viví junto a ti todos los problemas y dolores que sufriste cuando comenzaste con Guang. Casi mató a un tipo cuando este lastimó a Guang y comenzó después a amenazarlos a ustedes. Fue difícil, es difícil y va a ser difícil, y tú lo sabes.

Leo asintió sin comentar nada. Malos recuerdos llegaron de forma helada a su mente. A Guang herido por un compañero de la universidad cuando se enteró que él era homosexual y tenía pareja. Rememoró las constantes peleas que tuvo con ese sujeto protegiendo a su novio y los constantes llantos de Guang por el miedo que tenía. Contuvo el aire al recordar cuando Otabek se enteró de todo eso y en un ataque de rabia mandó al hospital a ese tipo y a un par de sus amigos por no cansarse en fastidiarlos. No pudo evitar pensar en el miedo que había tenido su pequeño Guang en ir a clases hasta que se cambió de universidad. Esos días de miedo y rabia habían pasado pero la marca seguía tan profunda en la memoria de todos.

—Yo no quiero eso para Yuri —prosiguió el kazajo irrumpiendo sus afilados recuerdos grabados en él como un sofocante fuego—. No quiero que sufra nada de eso. Amenazas de muerte, golpes, desprecio… Sé cómo es la gente de este país, y si él ya está sufriendo porque lo confunden con una mujer… no me quiero ni imaginar cómo se meterían con él si supieran que tiene una relación sentimental con un hombre. No quiero que él se sienta mal o más acomplejado al estar conmigo. Yo quiero protegerlo de todo eso y por eso lo he rechazado aunque me duela en el alma. Además es muy joven, debe vivir muchas más experiencias en su vida. No se lo expliqué y sé que debo hacerlo pero quiero dejarle respirar por ahora.

—Otabek —quiso decir algo, sin embargo nada logró salir de su boca.

—Sé que estás molesto por mi decisión, también tengo muy presente que estoy lastimando a Yuri por todo lo que le dije, sin embargo no me arrepiento de mis palabras. Estoy convencido de que esto es lo mejor para él. Tengo la fe de que sus sentimientos cambiaran y los dirigirá a alguien mejor para él —finalizó Otabek apretando sus manos una con la otra y mirando el suelo.

¿Estaba renunciando a su amor por completo?

No fueron necesarias más palabras para saber que su amigo estaba sufriendo un montón y que le había costado un mundo haber soltado esa confesión. No había rastro de lágrimas. Leo jamás había visto llorar a Otabek, no obstante admitía que en su interior se guardaba un dolor muy grande. Estaba renunciando a la persona que quiere por su seguridad.

—Ah... —suspiró dejándose caer para atrás moviendo los libros—. Ahora que me dices eso, creo que te comprendo mucho —expresó desanimado al volver a rememorar todo. Otabek tenía razón, no podía negarlo y lamentablemente no tenía nada que decir en contra de eso—... Es molesto que todo sea tan complicado —murmuró cruzándose de brazos dejando libre un gesto de tormento.

Entendía por completo a su amigo. Comprendía el sentir de querer proteger con la vida a otro. Leo siempre quería proteger a Guang de todo el mal del mundo, pero estaba consciente de que eso era imposible. Había cosas o situaciones en que él no podía actuar como un escudo para su novio y eso lo frustraba inmensamente. No tenía palabras para ir en contra de la decisión del kazajo.

—Ahh, todo esto es una jodida mierda. Maldita sea la sociedad actual —soltó odiando a todos por un segundo, sin embargo cuando sintió dos firmes pero suaves manos en su cabeza, giró esta para encontrarse con Guang y así ese sentir se desvaneció para ser reemplazado por uno más suave. Tan cálido que todo el mal sentir y recuerdos desgarradores se esfumaron.

—Leo, me iré a terminar la tarea —anunció despacito el pecoso—. Buenas noches Otabek —se despidió del kazajo con una sonrisa dulce.

—Buenas noches y perdón por las molestias —respondió Altin sin cambiar su circunspecta expresión.

Guang se fue a la habitación dejando a su paso un silencio entre los dos. Leo, el cual se había sentido muy perdido segundos atrás por lo que le decía su amigo, aclaró la garganta y se levantó para ir a sentarse al lado del kazajo, quien no le quitó la mirada de encima.

—Te comprendo mucho —confesó Leo colocando sus manos en los bolsillos a la vez que miraba en dirección a la mesa ahora vacía—. Entiendo tu decisión de no querer comenzar nada con Yuri. Yo igual estuve como tú hace tiempo, creía que estando en Rusia iba a ser difícil tener una relación homosexual pues aquí la gente te obliga a que seas otro. Y tenía razón al igual que tú, es muy complicado. No puedes salir a la calle con tu pareja sin preocuparte, no te puedes tomar de las manos sin recibir algunos insultos o miradas desaprobatorias, de asco. No puedes besar a tu novio cuando se te dé la gana y para qué hablar de tener citas, eso ya es algo extremadamente complejo —se pausó sintiendo un fuerte nudo en la garganta—. Se sufre mucho aquí…

—No quiero eso para Yuri.

—Lo sé, yo tampoco quería eso para Guang —sonrió entristecido—, pero por mi egoísmo lo arrastre a mi lado y ahora estamos juntos.

Otabek giró la cabeza a su dirección y lo vio atentamente.

—¿Qué tratas de decirme, Leo? —inquirió el kazajo al parecer conteniendo la respiración.

—Lo que trató de decir es —despegó la espalda del sofá y se enderezó un poco, mostrando una posición de confianza—. A pesar del dolor que conlleva todo yo no me arrepiento ningún segundo en haber insistido con Guang, soy feliz de que este a mi lado y no cambiaría eso por nada. De lo que sí me hubiese arrepentido por siempre hubiera sido renunciar a mi amor por Guang por culpa del miedo. No sé qué sería de mí ahora sin él en mi vida.

Percibió como el gesto del kazajo se endurecía.

—Además siempre encontraras a alguien que te apoye —prosiguió Leo con una sonrisa posando su zurda en el hombro de Otabek, quería transmitirle confianza y tranquilidad. Sabía que en estos momentos él tenía un fuerte debate mental—. En mi caso siempre estuviste tú, Jean y Mila. Ustedes tres me apoyaron con todo lo que tenían y eso hizo que las cosas fueran algo más fáciles. Sé que lo he dicho mucho, sin embargo no me cansaré de decirles que estoy inmensamente agradecido por eso.

Vio una sonrisa tenue en los labios de su visita.

—No seas tonto, Leo. Ya sabes que no debes agradecer. Somos amigos, por ti me metería sin dudarlo en problemas para protegerte a ti o a tu novio.

—¡Eres un sobreprotector hombre! —soltó una carcajada Leo enternecido. Sin dudar Otabek era el mejor amigo del mundo y lo apreciaba demasiado—. Yo te devuelvo esas mismas palabras —se levantó junto a Otabek ya teniendo presente que era muy tarde y debía dejar marchar a su amigo—. No dudaría en meterme en problemas si se tratará de ti o de Yuri.

Obtuvo un asentimiento de parte de Otabek y luego se dieron un corto abrazo cargado de seguridad y cariño.

—Perdón por la molestia. Ahora me voy —Otabek caminó hasta la puerta recogiendo su chaqueta de cuero de la percha y se la colocó.

—Ya te he dicho que eres bienvenido aquí siempre, deja de ser tan modesto —se quejó Leo con una sonrisa. Le abrió la puerta y le revolvió el cabello a Otabek cuando este salió por ella—. Oye —hizo caso omiso a la protesta desganada de su amigo—. No fumes. No quiero levantarme e ir a tu casa a quitarte los cigarrillos.

—Tranquilo, solo será uno —anunció el kazajo tan templado como siempre.

A Leo no le gustó su respuesta pero prefería que fuera solo uno a que una cajetilla entera.

—Lo has prometido, solo uno —remarcó amenazándolo con su dedo índice alzado.

—Sí. Nos vemos mañana —Otabek se giró sobre sus talones y caminó hasta el ascensor desapareciendo de la vista de Leo.

Cuando se vio solo cerró la puerta y dejó libre un suspiro que aflojó todo su interior. Notándose muy cansado dejó los libros esparcidos en el sofá y se aseguró de apagar todas las luces y de tener todo cerrado para luego irse al baño a lavarse los dientes. Al acabar se fue hasta la habitación con una expresión somnolienta, sin embargo, esta se iluminó cuando sus ojos oscuros vieron la silueta de su novio en la silla de antes siguiendo con sus estudios. Guang ya estaba vestido con su pijama que consistía en una simple playera de Leo que le quedaba muy holgada. Sus piernas delgadas las dejaba a la vista por lo que sonrió al apreciar la lindura de su pareja.

—Oye chico estudioso, es hora de ir a la cama —le dijo Leo en la oreja a la vez que miraba los apuntes de ciencias del menor.

—Leo —Guang se giró en la silla para quedar mirándose de frente—. ¿Ya acabaste con tus estudios? —preguntó con una sonrisa tierna.

—No, pero seguiré mañana —sin esperarse a nada, Leo lo tomó de la cintura y Guang rodeó su cuello con sus brazos y su cadera con sus piernas—. Tú también puedes continuar mañana —caminó hasta la cama que estaba a su derecha y dejó sentado a Guang de forma delicada para a continuación sentarse a su lado en medio de esta.

El chico asiático no se hizo esperar y se sentó en el regazo del mayor con las piernas abiertas rodeando su cadera; le dio un beso en los labios que lo dejó extasiado.

—Otabek se veía algo complejo hoy —comentó Guang cortando el beso.

Leo hizo un reclamo silencioso al no tener más los labios de su amado sobre los suyos a la vez que enredaba sus manos en la cintura de este para atraerlo más a su anatomía.

—Está algo confundido por varias cosas —comentó Leo buscando los labios de Guang como un perrito. Los encontró y los mordió suavemente.

—¿Qué piensas que hará? —preguntó el asiático recibiendo las lentas caricias de su novio en sus labios y cadera—. Sin querer escuche su conversación… —confesó apenado.

—No lo sé… —detuvo sus caricias para centrarse en la conversación y besar la frente de su novio—. Pero se veía muy firme en su decisión. Otabek es de los tipos que al decidirse no cambia tan fácil de parecer.

—Eso suena a que van a sufrir mucho por no estar juntos.

Acarició los cabellos de su amado. Guang cerró los ojos y aprovechó de robarle un beso que fue bien recibido por el contrario.

—Sí… me da un poco de tristeza Yuri. Después de mucho al fin enfrentó lo que sentía y es rechazado —comentó Leo con pesar escondiendo su rostro en el hombro derecho de Guang. De forma inmediata recibió mimos en su cabello y cuello por parte de las pequeñas manos de su amado.

—Aunque debo decir que entiendo mucho a Otabek y lo apoyo —manifestó Guang suavemente haciendo reaccionar de inmediato al mayor. Esas palabras no se las había esperado. Se separaron levemente dejando entrar entre ellos un poco de frío.

—¿También lo crees tú?, ¿estás de su lado? —preguntó el latino algo asombrado sin poder conseguir cerrar la boca por la sorpresa. Él juraba que Guang pensaba distinto respecto al problema.

Guang con un rostro sonriente y sonrojado asintió.

—Por un lado lo estoy —aclaró acercándose a él. Leo sin dudarlo lo abrazó más—. Pero por el otro te apoyo a ti.

—Hum —recibió el suave beso de Guang que se transformó en uno más apasionado brindándole miles de sensaciones cálidas a su cuerpo—. No te comprendo muy bien… —susurró al terminar el beso por falta de aire en sus pulmones.

Observó al separarse como las mejillas de su novio están completamente rojas bajo esas lindas pequitas claras que adornaban su tez. Miró esos ojitos tiernos, su expresión tan suave que le dieron ganas inmensas de abrazarlo más, no soltarlo y al mismo tiempo de atrapar nuevamente sus labios con los suyos y disfrutarlos hasta saciarse, hasta que ninguno pudiera más. Quería desfallecer junto a él.

—Otabek solo quiere proteger a Yuri. Tú también lo pensaste en su momento —dijo Guang.

—Aún lo pienso —corrigió Leo. Guang asintió enternecido.

—Por eso comprendo que no quiera hacer nada ya que teme exponerlo, eso es algo lindo pero también doloroso —prosiguió Guang enredando sus manos en el cuello de Leo—. Pero también te comprendo a ti, el querer estar con la persona amada a pesar de todo, el no rendirte nunca… Si no hubiese sido por ti no sé qué sería de mí ahora. Gracias por no rendirte nunca con lo nuestro Leo.

Leo sonrió juntando sus frentes. Las palabras de su niño siempre le daban paz y lograban ordenar sus males llegando a disminuirlos por completo. Estaba tan agradecido con la vida por poder tener a Guang entre sus brazos. Lo amaba tanto que ya creía no respirar cuando estaba alejado de él.

—No tienes por qué agradecerme —musitó Leo tan bajito que su voz fue como una pequeña brisa—. Yo estoy feliz de que hayas querido estar conmigo incluso con todos los problemas que esto traía.

Juntaron sus miradas sin pestañear. Sus respiraciones pausadas se acoplaron y Leo juró que sus corazones comenzaron a bailar al mismo ritmo. Escuchó el silencio condescendiente y cómplice de la noche y dictaminó en dejar de lado todos los problemas; entregarse sin limitaciones a su pareja, al completo amor que se profesaban desde el primer segundo que sus vidas se juntaron y sus destinos se sellaron. Sintiéndose ahogado y teniendo presente que solo los besos de Guang podrían librarlo de ese malestar, ya que era el aire para su ser, abatió la distancia entre ellos y volvió a reencontrase con los labios de su amor. Los devoró como cual dulce más apetecible del mundo y sus lenguas no se hicieron esperar. Se encontraron como serpientes y comenzaron a enredarse en la ajena queriendo explorar absolutamente todo de su contrario sin dejar nada sin ser tocado.

Esos besos de su pequeño novio le daban vida. Una sensación de plenitud máxima que no lo comparaba con nada.

Al independizarse del beso, ambos jadearon buscando aire. Las mejillas Guang estaban tan rojas como una manzana que le dieron ganas de comerlas, sin embargo aprovechó que el menor aún tenía los ojos cerrados para bajar su rostro y aventurarse por la piel de su cuello. Al besar esa zona Guang emitió un leve gemido que fue un canto de ángeles para sus oídos. Idolatraba ver como el chico asiático caía rendido ante sus atenciones. Adoraba escuchar sus reacciones y sobre todo amaba tenerlo en sus brazos amándolo como si se tratara de la última vez.

—L-Leo… —soltó en un respiro Guang en el instante en que el nombrado se encontraba con sus pezones y los besaba cautelosamente. La playera de Guang había desparecido por obra de sus manos y el menor ahora protegía su desnudez únicamente por su ropa íntima.

—Dime —habló sin desconcentrarse en su tarea. Sintió como Guang colocaba las manos en su cabeza y hundía sus dedos en su cabellera—. ¿No quieres hacerlo hoy? —inquirió volviendo al cuello de su novio para a continuación reencontrase con sus dulces y rojos labios; los mordisquearlos apaciblemente.

—S-Sí —dijo Guang transportando sus manos hasta su rostro tapándose—. Quiero hacerlo…

Al ver esa acción tan tímida de su novio una sonrisa se le dibujó en los labios. Guang era muy tímido a pesar del tiempo que ya llevaban juntos y se azoraba de forma muy rápida. Eso le encantaba. Leo subió de forma lenta sus manos por el torso desnudo del menor y se encontró con las manitos de Guang para alejarlas de su rostro y así ver sus maravillosos y tiernos ojos.

—Eres tan lindo, Guang —declaró con seguridad ruborizando más a su pareja.

—T-Tú también lo eres… —devolvió el asiático mirándolo de manera fija.

—Te amo —finalizó Leo volviendo a colocar sus manos en la piel de Guang.

Sin esperar a nada recostó a su amado en la cama y le racionó minúsculos besos por el rostro sonrojado de Guang y su torso desabrigado. Quería relajarlo, darle a entender que jamás le haría daño.

—Seré gentil —susurró Leo con la voz atrapada en la garganta. La punzada bajo sus pantalones le comenzaba a doler.

Las manos de Guang enmarcaron su rostro y juntaron sus miradas extasiadas por unos coroto segundos. Instantes donde sintieron que ellos eran los dueños del mundo.

—Siempre lo eres —susurró Guang, sonriéndole con tanta ternura que le dio un vuelco en el corazón.

Leo ya sintiéndose en el límite de su autocontrol, dejó unos segundos a Guang en aquella posición y se fue hasta el velador propio para sacar de ahí un tubito de lubricante junto a un preservativo. Con eso en sus manos volvió a posicionarse sobre Guang dejando los objetos a la vista y así sus manos recayeron nuevamente en la suave piel del asiático.

Guang definitivamente era hermoso, su tez mansa y rosada como un melocotón lo traían loco. Quería pasar su boca por cada rincón de ese cuerpo sin discriminación alguna y eso fue lo que hizo. Cada vez que sus labios indagaban una parte de Guang, este último se deleitaba con pequeños gimoteos que Leo adoraba. Cuando el mayor ya pensó que moriría por la desesperación se retiró su propia playera dejando expuesto su torso y brazos trabajados por lo que Guang lo quedó viendo conmocionado. Aquella mirada de deseo silencioso siempre se le dibujaba a Guang en su rostro cada vez que lo veía sin nada de ropa.

Sin necesitar palabra alguna, Leo retiró la prenda restante del asiático y así dejó libre aquel miembro rosado de su pareja. Lo observó por unos segundos con el corazón latiéndole violentamente en el pecho, pero notando como el menor se cohibía más —si es que era posible—, decidió actuar y bajar su rostro para besar la punta de aquel hermoso pene.

—L-Leo… —suspiró Guang en el instante en que el nombrado bajaba por sus piernas con besos y llegaba hasta la punta de su pie.

—Ya no puedo aguantar más, Guang —declaró Leo jalándolo bajo él y le brindó un lujurioso beso al susodicho en los labios.

—No espere… mos más —dio luz verde el asiático y eso significó no pararse más.

Leo recibió el tubito que Guang tomó segundos antes y lo abrió; llenó su mano de lubricante y buscando la mirada aprobatoria de su pareja separó las piernas de este para encontrar aquella entrada que anhelaba poseer. Fue lento y suave a la vez que se contenía con todas sus fuerzas. Su propio pene bajo sus pantalones de mezclilla estaba sofocado que sentía que no soportaría más. Pero debía ser paciente o llegaría a lastimar a su novio; no quería eso.

Introdujo un dedo de forma premeditada. De apoco obtuvo los bellos gemidos que quería escuchar de Guang. A los minutos y echándose más lubricante metió el segundo y el tercero. Sabía lo que hacía, ellos hacían el amor casi todos los días y todas esas veces resultaba mejor que la anterior. Leo pensó que a veces él era más rudo o Guang mucho más participativo, sin embargo no alteró su ritmo pues sentía que esta vez debía hacerlo así. Lento, romántico, sin prisa alguna. Disfrutar cada segundo y sentirlo por completo en su interior junto a las miles de sensaciones que se deliberaban salvajes en él, y hacer disfrutar a su pareja mimándolo con todo lo que tenía.

Al ya sentirlo preparado alejó sus dedos del interior del menor y uniendo sus ojos de forma cómplice se retiró su ropa sobrante quedando así los dos completamente desnudos, expuestos al contrario. Dándose un último beso antes de llegar al éxtasis, Leo se colocó el preservativo y ya listo metió de forma pausada su miembro en la cálida entrada de Guang, provocando que el cuerpo del asiático se arqueara como si estuviera tensando la cuerda de un instrumento para encontrar la afinación perfecta.

Ambos soltaron jadeos que habían estado conteniendo en sus gargantas y enredaron sus brazos en el cuerpo del contrario, temiendo soltarse. Sintiéndose completamente uno en el gran y vasto mundo.

—¿Es…Estás bien, amor? —preguntó Leo con la voz agravada.

—L-Lo estoy —dijo Guang con un tono empequeñecido. Su frente ya poseía un manto delgado de sudor y sus mofletes se encontraban tan incendiados que parecía el mismo fuego de la lujuria—. N-No te detengas, por favor…

Leo asintió y obedeció ciegamente a su pareja. De forma cuidadosa y atenta comenzó a moverse en el interior de Guang llegando a sentir su miembro hinchado muy apretado. El menor aferrado a su espalda, clavándole las uñas tan profundamente que las sintió hasta en el alma, soltó varios gemidos que lo enloquecieron. Cada vez que entraba y salía percibía que estaba en el mismo cielo junto al ángel más hermoso que era su dorado Guang.

Sus manos seguras se apoderaron de la cintura pequeña del menor y con eso aumentó la fuerza de sus embestidas llegando a tocar el máximo punto de placer de su pareja.

—A-Ah… Leo… —gimió el asiático envuelto con el manto de placer—. Má-Más… —rogó con la voz liberada.

Se veía tan erótico todo que el deseo se propagó mucho más. El aire de la habitación los quemaba. La luz nocturna de aquella mágica Luna los envolvía con amor. Todo parecía tan perfecto tan mágico que los días malos y todas las preocupaciones se desvanecieron como gota en el mar.

Fue más rápido y algo más brusco. No se preocupó en ese momento de su fuerza, pues sus cuerpos se conocían a la perfección y sabía que Guang estaba tan extasiado como él. Fueron largos minutos de amor, de sentirse plenamente sin pudor alguno. El sudor envolvió sus cuerpos como si fuera dueño de ellos y cálidas lagrimitas se presentaron en los ojos de Guang por el placer que le brindaba el mayor. Las sabanas rozaban sus anatomías y sus bocas se encontraban de vez en cuando para recordarse que se pertenecían.

Cuando Leo sintió que ya estaba en su punto culmine apreció entre sus mechones de cabello humedecidos como Guang tocaba antes que él el mismo cielo y por eso se apresuró para acompañarlo.

—Gu-Guang…

Un par de estocadas más hasta el fondo de aquella entrada y sintió que llegaba a las puertas que anhelaba cruzar. Se corrió sin miramientos; sintiendo el increíble pasmo que seguía envolviendo a Guang. Se dejó caer sin todo su peso sobre su novio y sonrió embobado. Guang recuperando la respiración perdida en el éxtasis vivido, buscó la boca del latino y le brindó un tierno beso libre de lujuria.

—Te amo —confesó el pequeño pecoso arremetiendo todo el interior de Leo.

—Y yo a ti —le devolvió el beso para después besar su frente y quedarse mirando con amor—. Te amo tanto.

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Después de darse un baño juntos, se mintieron a la cama ya con sabanas limpias y se acurrucó uno junto al otro. Leo miró a su novio apegado en su pecho lo más feliz de la vida.

—No te lastime, ¿verdad? —preguntó hundiendo sus dedos en el cabello algo húmedo de Guang.

—No, mi cuerpo está acostumbrado a ti —reveló el menor con un sonrisa para levantar un poco la cabeza y así mirar a Leo con sus tiernos ojitos que parecían hechos de chocolate.

Se abrazaron más ocultando gran parte de sus cuerpos desnudos bajo las mantas de la cama. Ya eran cerca de las dos de la mañana y debían dormir para enfrentar el nuevo día, sin embargo Leo no pudo pegar ojo ya que una pregunta había estado rondando en su mente después de haber hecho el amor.

—Guang —lo llamó obteniendo la atención de él—. ¿Nunca te has arrepentido de estar conmigo?

El nombrado lo quedó observando de forma extraña.

—¿A qué viene esa pregunta, Leo? —inquirió el asiático sentándose en la cama para que Leo lo imitará.

Se encogió de hombros creyendo que su pregunta había sido algo fuera de lugar.

—Solo se me vino esa duda… —Leo colocó una mueca no muy conforme con su propia respuesta—. Bueno, realmente gracias a la conversación con Ota recordé muchas cosas malas que pasamos los dos. Cuando te amenazaban de forma anónima, incluso cuando aquel compañero tuyo te lastimó tu brazo con intención de hacerte más daño —dijo en un tono amargo, recordar eso siempre le hacía mal no obstante sentía que debía seguir—. Antes de que me conocieras tu vida era pacifica, estudiabas en a universidad de tus sueños y ahora por mi culpa pasaste por malos momentos y tuviste que dejar la universidad que tanto te costó ingresar.

Sintió las manos de Guang enmarcando su rostro entristecido. Miró esos ojos tan brillantes como puros que se mordió el labio para no decir más.

—Ni siquiera un segundo —dijo el menor mostrando mucha seguridad—. No me he arrepentido nunca el estar junto a ti —sonrió Guang—. Amo nuestra historia, Leo, y a pesar del dolor y los sacrificios que hicimos para poder estar juntos, no me arrepiento de nada y no cambiaría ninguna cosa.

Sintiéndose mucho más en paz con esas dulces palabras, Leo asintió y atrajo a Guang para abrazarlo y besarlo provocando tiernas risas en su niño por las cosquillas que le causaba.

Media hora después, viendo a Guang dormir a su lado de forma profunda y sereno, Leo sonrió y entre el silencio de la noche agradeció en mutismo lo que le estaba dando la vida.

Si Guang estaba a su lado todo era perfecto.

Estaba dispuesto a cruzar infiernos y guerras sin sentir miedo por él, ya que aquel chico asiático que conoció un día por mera casualidad, ahora era la razón de su vida.

Estaba completamente enamorado que solo deseaba poder pasar el resto de su vida al lado de él.

—Buenas noches, mi amor —susurró irrumpiendo el silencio a la vez que acariciaba el rostro de Guang delicadamente, el cual suspiro entre sueños—. Te amo.

Leo se acercó a él y lo abrazó. Sintiéndose en completa paz cerró los ojos y se quedó profundamente dormido con una sonrisa en el rostro.

Si estaban los dos juntos… nada más importaba.

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¡Hola, gatitos! ¿Cómo están?

Hace mucho, mucho tiempo que no escribía Lemon. Espero no haber perdido el toque y que les haya gustado uwu (fue un Lemon suave, más romántico ya que la pareja lo ameritaba)

Un capítulo con revelaciones de Otabek, ojala lo entiendan un poquito más sobre sus decisiones, y con amor y ternura por parte de la pareja secundaría de este fic. En el siguiente volveremos con Yuri y la historia principal, espero no demorar mucho.

Besitos y muchas gracias por leer esta historia.

Bye!