Disclaimer: Nada me pertenece; hago esto solo por diversión. La historia le pertenece a M.N Téllez y los personajes son de Mizuki e Igarashi.

CAPITULO VII

Sección primera

1. Al Tocador

En fin, la noche silenciosa y larga tocaba ya a su término y la tanto tiempo suspirada aurora estaba a punto de aparecer. Candy yacía en su lecho embargada por el sueño, como una bella estatua en su nicho, teniendo aún en las manos entreabierto su corazón de oro sobre cuya la mina se veían todavía medio borrados los luminosos caracteres escritos por la mano de su Dueño: «—Ya el invierno de la ausencia se ha pasado; las lluvias de las lágrimas amargas se han alejado. Ven, esposa mía, ven y serás coronada».

Ella movía entre sueños sus labios diciendo en casi imperceptible murmullo: «—Ven, amado mío, y aseméjate a la corza y a los tiernos cervatillos sobre los montes de los aromas».

En esto se abrió la puerta interior del aposento qué comunicaba con el de Rosemary, y la Señora entró en el de Candy.

Presurosa y diligente por atender el adorno de la desposada había dilatado el suyo, y venía casi como había salido del lecho. Una túnica y un velo blancos como la nieve, un cinturón azul que rodeaba su talle, y su calzado cuyos broches formaban dos bellas rosas de oro eran todo su vestido.

Acercóse en silencio al lecho de la elegida venturosa virgen; un momento la contempló y luego, inclinando su rostro graciosísimo, imprimió sobre los dormidos ojos de su hija un beso maternal, diciéndole con ternura: «—Despierta, querida y mil veces dichosa hija mía, el día de tu felicidad ha llegado. Todas las cosas están dispuestas, y tu Esposo no tardará en venirte a buscar». Candy abrió dulcemente los ojos, y un júbilo, ¡ah! un júbilo dulcísimo, indecible, inestimable, inundó su pecho. Sale ligera de su lecho y se arroja en brazos de su bienhechora. «—Déjame que te adorne —le dijo la Señora—, yo conozco muy bien el gusto del Príncipe, mi Hijo y tu Esposo, y espero que he de ponerte de tal modo, que seas agradable a sus ojos y digna de su amor». La Reina de las Luces, convertida entonces, ¡oh dignación! en camarera de Candy, la hizo sentar en una silla, la cubrió con un blanco lienzo, lavó su rostro y cuello, sus manos y pies con un agua templada y olorosa que había preparado de antemano; después ungió su cabeza con óleo preciosísimo, cuya fragancia suave se esparció por toda la casa. En seguida la hizo poner en pie y le vio primero una túnica de cándido lino finísimo, hechura de sus reales manos, púsola después sobre esta túnica aquella preciosa vestidura nupcial tanto tiempo antes preparada y labrada por la misma Candy, no sin la poderosa ayuda de la Reina su maestra. Esta vestidura nupcial era de tela de oro adornada con flores bordadas y recamadas de seda, de perlas y de piedras preciosas. Ciñó su talle con un rico cinturón también de oro bordado de perlas y sobre cuyo broche había un diamante valiosísimo; luego a continuación adorno su pecho con una joya purpúrea sobre la cual había bordados varios jeroglíficos, incomprensibles algunos para Candy; este precioso adorno era también obra de las reales manos de Rosemary y un regalo de boda que hacía la desposada. Hizóla de nuevo tomar asiento, y apartándose un poco de ella fue al aposento contiguo, que era el suyo, y abriendo un guardajoyas, sacó el inapreciable tesoro de alhajas traído del Reino de las Luces, y llevándolo a la presencia de Candy la comenzó a adornar con ellas: hebillas, zarcillos, pendientes, brazaletes, joyas de pecho y de frente… Candy, engalanada con estos adornos, parecía una blanca Azucena aljofarada y brillante con el rocío de la mañana. La gusta camarera compuso alrededor de su cuello la hermosa cadena de oro de que pendía su corazón y la prendió sobre su pecho; mas con tal gracia lo dispuso, que formó con ella la misteriosa cifra de su nombre. Aquella cifra que siempre había sido para Candy presagio de bienandanza. En medio de la cifra descansaba primorosamente el corazón de oro, prenda preciosa para ella del amor de su Esposo, y que ahora formaba el más precioso adorno de su pecho; luego peinó y rizó sus cabellos que, cogidos graciosamente con cintas y entretejidos con diamantes y con perlas, caían ensortijados y ondeantes sobre su espalda. Prendió con gran esmero el velo de las vírgenes alrededor de su cabeza y sobre ella puso una corona de blancas azucenas. Por último, puso en sus pies un hermoso calzado bordado de oro y pedrería.

Concluido el adorno, Rosemary puso delante de Candy su espejo limpio y sin mancilla, y al mirarse ella retratada en limpio cristal, el tinte del pudor vino aumentar sus encantos. «—Es obra vuestra —dijo ella—, ¡oh, Madre mía! Es obra vuestra, y ¿qué hubiera sido de mí sin Vos? Yo recuerdo muy bien cuando al mirarme ¡ay de mí! en ese espejo, sólo contemplaba en él un rostro pálido y consumido por el dolor, unos ojos hinchados por la fuerza del llanto, y mi cuello… ¡ay!... mi cuello… Vos lo sabéis… afeado con aquella ignominiosa marca que sólo ha podido borrar la noble preciosa sangre de mi Esposo… Y ¿a quién debo yo esta ventura? ¿A quién sino a vuestra protección? ¿Qué no habéis hecho por mí? Vos me sacasteis del poder de mis enemigos, guiasteis mis pasos vacilantes, me hicisteis recobrar el anillo de mi felicidad, perdido por mi culpa; habéis sido mi consuelo en todas mis tribulaciones, y ahora me habéis adornado hasta ponerme bella a los ojos de mi Esposo, vuestro Hijo. ¡Oh, sí!, sabedlo, cortesanos de las Luces, aldeanos y pastoras, si por Ventura os voy a parecer hermosa, y Vos también, excelso Príncipe, mi bien amado, y vuestra augusta Majestad ¡oh, soberano Rey de las Luces, si hallare gracia ante vuestros ojos; oídlo: la Reina, la poderosa Reina, la Señora, ha hecho en mí cosas grandes». Al decir esto brotaron de sus ojos dos hermosas perlas, que cayendo, y humedecieron el cristal y la mano de su bienhechora, quien estrechándola entre sus brazos le dijo: «—Basta, hija mía, basta; ahora descansa un poco y recréate pensando en tu ventura mientras yo voy también a prepararme». Con esto se retiró a su aposento, dejando a Candy entregada a sus dulces impresiones.

¿Y por qué, entre las ricas joyas que la adornan no ha tenido lugar aquel hermoso collar de perlas y oro, dádiva rica de la reina Madre? ¿Por qué la diestra mano que la ha engalanado no le colgó a su cuello, o le rodeó a su brazo? ¿No le prendió a su pecho, o le rodeó a su cintura? ¿Qué se ha hecho de él? ¿A qué uso se le destina? Candy no lo sabe.

Un poco más tarde la Reina de las Luces se presentó de nuevo. Los reales adornos de que estaba ataviada daban un nuevo realce a su belleza. Su vestido de púrpura, su manto azul bordado de estrellas, su cinturón de oro, brillantes joyas y valiosas alhajas, y en su cabeza la corona de oro, gloriosa insignia de su soberano imperio, que la daba a conocer como Reina de las Luces y del Desierto.

Jamás tan bella y tan encantadora había parecido a los ojos de Candy. Su rostro lleno de una noble, serena y amabilísima majestad; sus ojos animados de una tiernísima expresión de amor y de bondad… Candy se levanta y se apresura a echarse en sus brazos. «—¡Qué hermosa sois, querida Madre mía! ¡Qué hermosa sois! ¡Con cuánta razón vuestra vista basta para aplacar la justa indignación del poderoso Rey de las Luces!» La Reina contestó a sus ternuras con ternuras, y a los abrazos con abrazos, pero un rumor ligero que por instantes iba haciéndose mayor llamó la atención de ambas.

2. Al encuentro

Poco después los soldados del Reino de las Luces que estaban de centinela hicieron oír un grande clamor: "He aquí al Esposo que viene; salid a recibirle". Hija y Madre se miraron alborozadas y se estrecharon la mano. El corazón de Candy latía con violencia y su rostro se embelleció con la púrpura del pudor. Una dulce canción llegó a sus oídos, y en ella reconoció a su Amado: "He aquí que estoy a la puerta y llamo. Ábreme, hermana mía, amiga mía, mi paloma, mi toda hermosa". Los aldeanos, con instrumentos musicales, acompañaban la canción.

Rosemary, adelantándose majestuosamente, abrió la puerta los esposos se encontraron frente por frente el uno con el otro. El éxtasis de admiración que los enajenó fue igual en ambos. "¡Oh! cómo eres bella, amada mía, mira cómo eres bella, tus ojos son como de paloma".

"Mi Amado es cándido y rubicundo y escogido entre millares". Y a la verdad, el gallardo y admirable Príncipe de las Luces, engalanado para sus bodas, llevando con real decoro las insignias de su dignidad, con su vestidura cándida bordada de oro, con su peto y cinturón que adornaban su gallardo y majestuoso talle, su manto de grana dos veces teñida, ceñida su resplandeciente espada, en su cabeza la corona de oro, ¡ay! arrebataba todos los ojos y avasallaba todos los corazones… Tendió cortésmente la mano a Candy y la colocó a su diestra. Rosemary se puso al lado de Candy; Vincent, el amado custodio del Príncipe de las Luces, estaba a su siniestra.

En esta forma y rodeados de los cortesanos y soldados de las Luces, avanzaron hasta una enramada que estaba prevenida a poca distancia para ordenar la marcha triunfal desde allí hasta el lugar donde debía verificarse la ceremonia. Bajo de esta enramada esperaban las pastoras, y al punto que oyeron el rumor de los que se acercaban salieron a recibir al Esposo y a la esposa llevando en sus manos lámparas encendidas.

Sección segunda

3. En marcha

El frondoso Árbol de los Perfumes, tan caro para el Príncipe y para Candy, y escogido entre todos los de su especie para ser depositario de sus secretos y objeto de sus más caros recuerdos, cubría hoy con sus perfumadas ramas un vistoso dosel en que se dejaba ver entre el oro y la pedrería el augusto retrato del soberano Rey de las Luces. Delante del dosel estaba una mesa cubierta con un rico tapiz y preparada para la ceremonia. En pie junto al dosel estaba Albert, encargado de representar la augusta majestad del Monarca, y de poner su sello real sobre la escritura del desposorio. Estaba vestido con las insignias de su dignidad, y llevando en un valioso anillo el sello de su Rey.

Todo el trecho que había de este sitio hasta la enramada estaba adornado con arcos, ramos y flores. El cielo, engalanado con celajes de oro y de púrpura, parecía venir también a celebrar las reales bodas.

Comiénzase a descubrir a lo lejos la regia comitiva. Abrían la marcha soldados de las Luces montados con bizarría sobre caballos blancos, llevando las divisas de su grado. Venía después, poco delante del coro de los aldeanos, uno de ellos, jovencito de poca edad, llevando en sus manos en una palangana de bruñida plata una brillante copa de cristal. El coro de los aldeanos seguíale de cerca llevando los unos ramas de diferentes árboles, y los otros bien concertados instrumentos de música pastoril. Una tierna y graciosa niña vestida de blanco y coronada de azucenas preciosas precedía el coro de las pastoras, llevando en otra palangana de oro, primorosamente colocado, formando graciosa labor y rodeado de rosas y azucenas, el precioso collar de perlas y oro, dádiva rica de la Reina de las Luces, y en medio del collar despedía brillantes destellos el precioso anillo que había costado tanto a Candy y que era símbolo del amor y fidelidad de ambos esposos. Seguían las pastoras vestidas de blanco y coronadas de flores, llevando lámparas encendidas. En seguida, y dejando en medio un corto espacio, venían otras cuatro jóvenes pastoras: dos de ellas llevaban perfumes en braserillos de oro, las otras dos se esparcían en el suelo flores deshojadas que formaban vistosa y fragante alfombra los desposados. Éstos venían después rodeados de los caballeros y cortesanos de las Luces. El bizarro Príncipe, estrechando suavemente la mano de su esposa, marchaba con paso majestuoso, con gallardo y apuesto continente, y con tal gracia y expresión en el semblante, que arrebataba las miradas de todos. La bella Candy, tímida, modesta y pudorosa, con los ojos bajos, encendidas las mejillas y un tanto inclinada la cabeza, iba a la derecha de su Esposo. A la izquierda iba Vincent, vestido también con magnificencia y mostrando bien en su semblante el interés que tomaba en aquella solemnidad. La serenísima Reina de las Luces, Rosemary, iba a la derecha de Candy. Pero, ¿quién podría describir la dulce majestad de su semblante, la tierna expresión de su mirada, la amable sonrisa de sus labios, el conjunto de gracia con que atraía a sí todos los corazones?... Dos nobles, hermosas doncellas venidas del Reino de las Luces la seguían de cerca, recogida respetuosamente la regia, majestuosa cauda.

Los caballeros de las Luces precedían, acompañaban y seguían a los esposos. Venía a continuación, adornada de un modo conveniente y acompañada de varias matronas de su clase, la nodriza de Candy, llevando con gloria la librea de su nuevo Señor. En fin, cerraba la marcha el numeroso ejército de las Luces e iban colocados según sus jerarquías y llevando cada uno las insignias correspondientes, ostentando lucidos uniformes, haciendo ir escogidas músicas y tremolando sus victoriosas banderas. Seguía detrás una multitud de pueblo venido de todas las comarcas que reconocían al Rey de las Luces. Caminaban confundidas personas de todas edades y condiciones conversando amigablemente, apresurándose cada una a acercarse a la comitiva, empujándose unos a otros y formando alegre bullicio.

Llegado que hubieron al lugar señalado, todos los que iban por delante se abrieron en dos alas, formando la una el coro de mancebos y la otra el coro de doncellas, dando paso por en medio a los esposos.

4. De ceremonia

Albert se adelantó el encuentro del Príncipe, y en llegando a su presencia se prosternó en tierra haciéndole mil demostraciones de respeto. El Príncipe le alargó la mano con la afabilísima bondad llamándole su querido amigo, y le rogó que desempeñase su honroso empleo. Albert los condujo hasta el pie del dosel, y subiendo él mismo tomó de la mesa unos papeles que debía leer en alta voz. Rosemary entre tanto tomó por la mano a Candy y se introdujo con ella en el coro de las doncellas. Vincent y el Príncipe hicieron lo mismo en el de los mancebos. Albert, después de Hola haber hecho una profunda reverencia al Rey de las Luces, que en retrato asistía a la ceremonia, que leyó en voz clara todo cuanto había escrito en los archivos de las Luces concerniente al desposorio del Príncipe. Leyó en primer lugar la elección que el Rey había hecho en la persona de Candy para esposa de su Hijo; luego la sentencia fulminada contra George Johnson y Dorothy a causa de su delito; después el memorial que presentó el Príncipe pidiendo perdón para los culpables y quedando por fiador de ellos; la conmutación de esta sentencia en la de destierro temporal, y el real permiso para que se desposara el Príncipe con Candy, toda vez que ella se viera libre de la marca de la sierpe; los esponsales del Príncipe con Candy, contraídos en su presencia; los trámites de la guerra por su orden, hasta el estado en que estaban las cosas al presente; y, por fin, la real cédula en que Su Majestad permitía que se celebrara el desposorio en el Desierto, cumplidas como estaban todas las condiciones y el real proveído que le autorizaba para presenciarle y sellarle en nombre de Su Majestad.

Concluida la lectura, Albert con voz clara aunque conmovida, prosiguió: «—Candy, hija mía, ven a responder a las preguntas que en nombre del Rey de las Luces voy a hacerte». A estas palabras Candy, avanzando tímidamente, salió de entre sus compañeras. Rosemary se acercó a ella y la condujo delante de Albert, y éste le preguntó: «—¿Estás decidida a ser la esposa del Príncipe de las Luces? —Sí, lo estoy—respondió Candy—, aunque confieso será una dicha superior a todo merecimiento y de la que yo me considero muy indigna. —¿Renuncias —continuó Albert— al dominio de la sierpe y a su abominable marca, a las bodas del Príncipe de las Negras Sombras, a la casa y tutela de Sarah Legan y a cuanto pueda apartarte del amor de tu Esposo? —Yo renuncio—contestó Candy. —¿Prometes ser fiel —volvió a preguntar Albert—, sujetarte a su voluntad, consagrarle todo tu amor y vivir sólo para él? —Yo lo prometo —dijo Candy». Albert prosiguió: «—Aliento, hija mía, a cumplir los sagrados deberes a que tan alta dignidad te compromete; y si fueres fiel en su desempeño, desde luego te predigo las más grandes felicidades. Y vos —añadió con voz respetuosa—, alto y poderoso Señor mío, Príncipe de las Luces, dignaos venir a recibir de mis manos la ofrenda pura de esta virgen que se consagra a vuestro amor, si fuere así de vuestro agrado».

A estas palabras, alborozado el Príncipe, con paso veloz salió de entre sus compañeros y fue a ponerse al lado de Candy. Vincent le acompañaba. El Príncipe dijo: «—Albert, yo la acepto y la recibo de tu mano, y ofrezco defenderla de sus enemigos y salvarla a costa de mi sangre y de mi vida». Albert dijo entonces con voz grave y majestuosa: «—Candy, ¿quieres ser la esposa del grande y poderoso señor Anthony Brown Andley? ¿Le recibes por tu esposo? ¿Te otorgas por su esposa?... —Yo quiero, yo recibo, yo me otorgo», respondió Candy con voz temblorosa, pero clara y perceptible.

«Príncipe mío —prosiguió Albert—, ¿es del real agrado de Vuestra Alteza ser esposo de Candy, hija de Dorothy y George Johnson? ¿La recibís por vuestra esposa? ¿Os otorgáis por su esposo? —Sí quiero, sí recibo, sí me otorgo», contestó el Príncipe con voz clara, majestuosa y firme. Albert entonces, tomando de la palangana de oro, que le sirvió la joven pastora, el anillo, lo presentó al Príncipe, el cual lo puso en el dedo de Candy, y extendiendo ella sus manos cayó en ellas, de las del Príncipe, una lluvia de joyas y piezas de oro, arras preciosas ella recibió en señal de desposorio. Presentando luego Albert la escritura de su enlace, firmaron Candy y el Príncipe, y Albert puso solemnemente el sello del Rey. Tomó luego el collar, y extendiéndolo por lo alto, heridas por los rayos del naciente sol las perlas de que estaba formado, pareció a todos los presentes un arco de bellísimos colores, con el que rodeó los cuellos de ambos esposos, y tomando la copa que le sirvió el joven aldeano, la llenó de un fuerte licor y la presentó al Príncipe diciéndole: «—¿Beberéis, Señor, este cáliz por el amor de vuestra esposa? —Yo le beberé —contestó el Príncipe.» Y tomando la copa la apuró hasta las heces. Volvió Albert a llenarla; pero pareciendo al Príncipe que era el licor demasiado fuerte para Candy, le rebajó un poco con agua, que sirvió al efecto Rosemary, y la presentó a Candy. «—¿Beberás —le dijo— este cáliz por el amor de tu Esposo? —Yo lo beberé», contestó ella, y tomando la copa de mano de Albert la apuró hasta las heces. Albert volvió la copa a su lugar, y tomando la mano derecha de Candy la presentó al Príncipe, quien extendiendo a su vez su poderosa diestra recibió la de su esposa, y ambas manos se unieron en señal de eterno desposorio.

«—¡Viva el Rey de las Luces! —exclamó Albert—; Candy es la esposa del Príncipe su Hijo. ¡Príncipe su Hijo. ¡Viva el Rey! —¡Vivan los esposos!», repitieron los presentes con grandes clamores. El joven aldeano que llevaba la copa de cristal en que habían bebido los desposados, la arrojó al suelo haciéndola pedazos para que nunca más pudiera servir a otro dueño, y quedó concluida la ceremonia.

Rosemary recogió el collar, y poniéndolo al cuello de Candy le prendió graciosamente alrededor de la cifra que formaba la cadena del corazón.

«—¡Viva el Rey! ¡Vivan los esposos!», repetían todos los concurrentes, que mezclados y confundidos formaban alegre algazara. El sol, que luminoso se levantaba por el oriente, parecía venir a celebrar con sus rayos los reales desposorios.

Sección Tercera

5. En el campo

En la falda de la colina en cuya cumbre estaba el hermoso Árbol de los Perfumes había un ameno Prado alfombrado de verde hierba, esmaltado de bellas y fragantes florecillas. Este sitio encantador había sido elegido para pasar en él el día. El Prado estaba lleno a trechos de toldos y de pabellones, distribuidos con gusto y adornados con primor. Todos los concurrentes fueron llegando en grupos hechos a su elección según la amistad o el parentesco. Los esposos y su más inmediato acompañamiento formaban el grupo principal, para quienes estaba preparado un hermoso pabellón de flores. Rosemary convidó a todos a tomar un desayuno campestre, y sentándose sobre la menuda hierba les hizo servir en palanganas adornadas de flores. El pan hecho de la flor de la harina, el vino generoso, la miel, la leche y otros manjares fueron servidos con profusión y recibidos con alegría.

Terminado el desayuno, los aldeanos y las pastoras amenizaron las fiestas ofreciendo a los convidados el agradable espectáculo de varias danzas graciosas, alegóricas y significativas, haciendo alusión a los varios lances de guerra y victorias del Príncipe y a los sucesos de Candy.

El resto del día se pasó agradablemente, entreteniéndose los unos en cantar canciones o en tocar instrumentos; los otros en amigables conversaciones, y los sabios de las Luces también se divertían en proponer y descifrar enigmas ingeniosos alusivos los más a la presente y futura felicidad y gloria de los esposos.

Había colocadas de trecho en trecho mesas cubiertas de todas clases de refrescos para que pudiesen regalarse los convidados cuando y como lo deseasen. Las diversas músicas bélicas se alternaban entre sí y con las de los aldeanos, quién es por gusto del Príncipe cantaron en aquella ocasión las canciones de la flor, de la paloma y de la oveja que habían cantado en otra vez. Cerca de ponerse el sol un sirviente que llevaba la librea del Rey anunció que la mesa estaba dispuesta, y Rosemary, con suma afabilidad y complacencia, acompañada de Vincent, invito a todos los circunstantes a pasar al banquete.

6. A la mesa

El árbol frondoso y fragante que había dado la sombra de la mañana al vistoso dosel de la ceremonia, daba ahora la sombra de la tarde a la abundante y bien preparada mesa del festín. De sus floridas ramas pendía, adornado con lazos, flores y listones, vistoso pabellón que cubría los cuatro asientos preparados para los esposos y sus compañeros. Había aparte otro asiento también preparado y adornado con magnificencia, y en el pabellón que lo cubría centellaba resplandeciente el escudo del Rey de las Luces. Éste era para Albert; los demás asientos estaban distribuidos en orden, conforme a la jerarquía, empleo o dignidad de los que iban a ocuparlos. La mesa estaba cubierta de un mantel más blanco que la nieve y adornado a trechos con jarrones y ramilletes de flores. Conforme llegaron los convidados fueron ocupando sus asientos respectivos y al punto comenzó una suave y deliciosa música. Sirvieron los platos más apetecibles: el cordero asado, la ternera cebada, toda clase de aves y de peces, y en fin, los manjares más exquisitos. Los vinos generosos traídos del Reino de las Luces corrían en abundancia llenando los vasos una y otra vez. Rosemary, llena de júbilo, recordó a sus hijas la promesa que les había hecho y hoy cumplía, de darles estos escogidos vinos, promesa hecha allá en el Desierto cuando tiempo antes las convidara a estas deseadas bodas. Ella cuidaba de todos y con particularidad de estas felices doncellas, sirviéndoles por su mano el vino y los manjares, como también a Elroy que estaba sentada a la mesa no lejos de la Señora.

Luego que el calor de los licores aumentó la alegría de los convidados se oyeron producciones y selectas poesías con que cada uno se empeñaba en felicitar a los esposos y en encomiar las grandezas del Reino de su augusto y poderoso Monarca. Albert, como fiel custodio de Candy, dio a ésta, en un breve discurso, la más cordial enhorabuena, y al Príncipe y a Rosemary rendidas y expresivas gracias por todo cuanto en favor de ella habían hecho.

Algunas sencillas pastoras, poco instruidas pero en extremo alborozadas e instadas por algunas personas, con grande timidez y vergüenza por tener que hablar ante una tan esclarecida concurrencia, dieron a Candy, a su modo, sus felicitaciones. Sirvió ser la repostería, y nuevos y apetecibles manjares, toda suerte de deliciosas frutas, dulces esmeradamente preparados, exquisitas conservas. Allí un panal de miel con su miel misma, allí la flor de la harina con la miel, allí, y en un lugar muy distinguido, formando las delicias de la mesa, los frutos confitados del árbol que les daba sombra. Vuelven a correr los vinos, los vasos se llenan y se vacían alternativamente; se aumenta la alegría, crece el alborozo, nuevos aplausos, nuevas felicitaciones.

El Príncipe no cesaba de invitar a los convidados a gozar los regalos del banquete. «—Comed —les decía—, mis amigos, bebed y embriagaos, mis muy amados».

De repente se hace oír nueva música. Avanza hasta llegar al sitio del festín algunos aldeanos y algunas pastoras distribuidos en dos coros, los cuales fueron a colocarse cerca de las dos extremidades de la mesa. El coro de los aldeanos el primero, acompañado de la música, entonó un himno en honor del Rey de las Luces; su grandeza, su magnificencia, su sabiduría, su poder, su majestad, su gloria fueron allí preconizados al son de concertadas voces e instrumentos.

Concluido este himno, Albert dio las gracias en nombre del Rey, todos prorrumpieron en estrepitosos aplausos diciendo: «—¡Viva el Rey de las Luces! ¡Honor y gloria a nuestro Rey y Señor y al Príncipe su Hijo! ¡Viva el Rey de las Luces!» Restituido el silencio, el coro de las pastoras entonó otro himno en honor de la Reina de las Luces. ¡Oh, con qué dulzura de voces! ¡Con qué afecto de expresión! ¡Con qué ternura y entusiasmo cantaron las glorias de la incomparable Rosemary! ¡Su hermosura sin mancha! ¡Su inefable clemencia! ¡La dulce ternura de sus ojos! ¡La gran sonrisa de sus labios! ¡La dulce, serena y apacible majestad de su semblante! ¡Ella es como el iris que disipa las tormentas de la real indignación! ¡Ella es como la palma queda abrigo y sustento! ¡Como la aurora que disipa las tinieblas! ¡Como la estrella de la mañana! ¡Como el lirio! ¡Como la rosa! ¡Ella es…! faltan las voces y hablan sólo los afectos. Se conmueven todos los corazones, asoma el llanto a todos los ojos y termina el himno entre los más sinceros aplausos.

La incomparable Rosemary, con una modestia y amabilidad indescriptible, dio las gracias por el obsequio, y todos prorrumpieron en voces de júbilo diciendo: «—¡Viva la Reina de las Luces! ¡Viva nuestra bienhechora! ¡Viva Rosemary!»

Callaron todos al oír los preludios de la música que anunciaban un nuevo cantar. En efecto, el coro de los aldeanos entonaba otro himno en honor del Príncipe. El guerrero vencedor, el esposo, fue elogiado en dignos y sonoros versos: «—¿Quién es este que viene teñida en sangre su vestidura? A la verdad es incomparable la hermosura de su semblante. ¿Por qué tienes roja y como teñida en sangre tu vestidura? Yo he despedazado a mis enemigos, los he hollado en medio de mi furor y su sangre ha salpicado mi ropa. ¿No veis? ¿No veis?... Semejante es a un relámpago el brillo de su espada, sus enemigos huyen en su presencia o caen vencidos a la fuerza de su brazo… Venid y mirad al Esposo, al Rey… con la corona que le coronó su Madre el día de su desposorio y en el día de la alegría de su corazón».

Crecía el entusiasmo en todos los pechos. Aquella música pastoril parecía haberse transformado en una música guerrera. Terminó el himno y resonaron por todas partes los más estrepitosos aplausos. El Príncipe con apacible majestad dio las gracias a sus amigos. «—¡Viva el Príncipe de las Luces! ¡Viva el Esposo! ¡Viva el vencedor!»

Vuelve a sonar la música preludiando un cuarto himno que las pastoras cantaron en honor de Candy: «—¿Quién es ésta que camina por el desierto rebozando en delicias y apoyada en su amado? ¿Quién es tu amado?... Dinos, ¿quién es tu amado? Escogida entre mil, venturosa virgen, olvídate de la casa de tus padres y el Rey codiciará tu hermosura».

Así alternaban las doncellas, que llenas de júbilo daban mil parabienes a su amiga. No se hartaban de mirarla embellecida con las nupciales joyas y sentada al par de su Amado en la mesa del convite. A porfía le daban parabienes y se congratulaban con ella.

Concluye el canto algo y suenan nuevos aplausos. Candy, entrecortada por el temor y por la vergüenza, quiso dar las gracias a sus compañeras; pero al mirarlas se excitaron en su mente tales recuerdos de su pasada situación y fue tal el contraste de sus afectos, que conmovida y turbada no pudo articular palabra alguna, y avergonzada ocultó su rostro en el pecho de Rosemary. La Reina de las Luces, acariciándola con una amable sonrisa y tomando por ella la palabra, la disculpo y dio las gracias a las pastoras en un sencillo y breve, pero elocuente y tiernísimo discurso.

Nuevos aplausos de alegría, nuevos gritos de júbilo: «—¡Viva la esposa del Príncipe de las Luces! ¡Viva la bella Candy! ¡Viva la esposa!»

El Príncipe, enajenado de gozo, convida de nuevo con instancia a beber a sus amigos. Se llenan y se vacían los vasos una y otra vez. Bebieron los cantores y cantoras, bebieron cuantos estaban a la mesa, bebieron el esposo y la esposa, y todos cuantos vivieron se embriagaron con la fortaleza de aquel maravilloso licor. ¡Oh, santa embriaguez! ¡Oh, licor maravilloso que no perturba, sino eleva, sublima y enaltece la razón! ¡Oh, santa alegría, oh, dichosas bodas, oh, precioso e inestimable convite!...

7. A solas

Ya el sol se había ocultado hacía largo tiempo. El banquete se había terminado. Albert había dado la señal poniéndose en pie, y todos los convidados se habían ido retirando uno después de otro.

Candy sintió que se cerraban sus ojos y sus fuerzas la abandonaban. El enamorado Príncipe lo advirtió, y con indecible ternura reclinó sobre su pecho la cabeza de su esposa. Y ella, ¡oh, amor! se quedó suavemente adormecida. Rosemary anunció ser ya tiempo de retirarse, y poniéndose en pie tomó cariñosamente de la mano a Elroy para llevarla consigo. Vincent y Albert besaron la mano del Príncipe, y Rosemary la frente y mejillas de la dormida Candy, cuya mano besó también Elroy, y los cuatro se apartaron los últimos del sitio del convite.

¡La noche sosegada

En par de los levantes de la aurora,

La música callada,

La soledad sonora,

La cena que recrea y enamora!

La noche había ya tendido su misterioso velo, la escena estaba sólo iluminada por el suave resplandor de las estrellas que un cielo purísimo dejaba percibir. El árbol, al impulso de un ligero viento, movía blandamente sus floridas ramas, las que al agitarse esparcían un perfume suavísimo. Los misteriosos ruidos de la noche parecían haber reemplazado la música del festín. Las palomas, ocultas en el ramaje, exhalaban conmovedores arrullos. Toda la naturaleza convidaba al reposo…

El Príncipe se sintió también embriagado de amor, pronunció suavemente el nombre de su esposa y ella entreabrió los ojos. Miráronse la amada y el Amado. «—¡Candy mía! —dijo él. —¡Anthony mío! —contestó ella». La esposa era toda para su Esposo, y el Esposo era todo para su esposa. ¡Él para ella! ¡Ella para Él! ¡El uno para el otro!...

¡Oh, éxtasis sagrado! ¡Oh, enajenamiento venturoso! ¡Oh, santa embriaguez! ¡Oh, vino que engendra vírgenes! ¡Oh, amor que realza y consagra la pureza! ¡Oh, virginal amor! ¡Oh, espirituales desposorios!

Oh, noche que guiaste,

Oh, noche amable, más que la alborada,

Oh, noche que juntaste

Amado con amada,

Amada en el amado transformada.

Quedéme y olvidéme,

El rostro recliné sobre el amado,

Cesó todo, y dejéme

Dejando mi cuidado

Entre las azucenas olvidado.

Por último, viendo el Príncipe que la noche estaba muy avanzada, se puso en pie, y levantando a su esposa que casi no podía andar, y sosteniéndola con poderoso esfuerzo la condujo a su real cámara, preparada de antemano no muy lejos de aquel sitio.

Allí tenía el Esposo preparado para su esposa un precioso lecho fabricado de madera fina y olorosa del Árbol de los Perfumes. Estaba adornado de oro y cubierto de púrpura. Sesenta valientes caballeros hacían guardia a la puerta. «Con este cordial cuidado se detuvo con ella hasta la noche y quiso también asistir al acostarse en su cámara real».


¿Qué tal? Mantuve la clasificación K+ de esta historia. Por ello dejo a la imaginación de cada uno de mis lectores la noche de bodas. Así fue escrito este capítulo en la versión original y no quise tomarme demasiadas libertades a la hora de escribir mi versión.

¡NOS VEMOS LA PRÓXIMA!