La ambición es el último refugio del fracaso.
Oscar Wilde
Paula se miró al espejo, peinándose con los dedos el largo cabello negro y pellizcándose las mejillas para lograr sonrojarlas, molesta con la idea de que su colorete se hubiese quedado en su pequeña casa en Londres.
Desde que se había divorciado, su vida no fue como lo había pensado, su belleza y juventud se estaba terminando y con eso los amantes, en especial los ricos.
La madre de Hans la había educado bien, pero nunca pudo frenar el fuerte deseo que sentía por el sexo opuesto ni tampoco sus ganas de escalar socialmente, utilizando su apariencia para llegar de ser la simple protegida de la condesa Fersen a una verdadera mujer noble. Sabía que el conde Fersen estaba cerca de la banca rota, por eso fue por lo que rechazó a Hans a pesar de que él prometía el cielo y la tierra para ella.
Eso no era suficiente.
Utilizando su belleza e inteligencia, había logrado llegar a Londres, estafando a algunos ingenuos que habían creído en la sinceridad de sus sentimientos.
Con poco esfuerzo, logró que Lord Somerset, un importante duque de la corte victoriana, cayera rendido a sus pies, casándose con él al poco tiempo de conocerse. Solo había una persona en el mundo que conocía a la verdadera Paula y ese era el antiguo conde Fersen, la había descubierto con uno de sus amigos ricos en las caballerizas cuando había ido a buscar un caballo.
Zorra fue lo más delicado que le dijo.
Pero él estaba en Suecia y ella se regocijaba en pretender ser decente y virginal en una corte cada vez más mojigata.
Sin embargo, se había casado con el viejo y aburrido Lord Somerset que ya tenía dos hijos y una hija. Ella solo sería un adorno, un joven adorno al lado de tan distinguido caballero y una piedra de tope en la relación de su marido y sus hijastros.
Pero lo que fácil viene, fácil se va.
Había logrado que Hans volviera a ser su amante poco después de su fallido matrimonio, cuando él se había largado de Suecia para cerrar unos negocios con un banquero en Londres, pero él la dejó apenas unos meses después…o ella lo hizo, ya no lo recordaba y a su adorada casa habían llegado nuevos trabajadores, uno en especial le había llamado la atención, un irlandés de apellido Byrne que era salvaje y malhumorado como un potro.
Y a los potros solo se les amansa montándolos.
Tuvo la mala suerte de que su amante se cansara pronto de ella y se enamorara de la señorita de la casa, la insufrible Margaret y que su "amado esposo" fuese de ideas liberales y permitiera la relación entre un simple sirviente y su propia hija.
Despechada, sedujo a un par de hombres, con la mala suerte de ser descubierta por uno de los hijastros que tanto la odiaban.
Su belleza no sirvió de nada cuando Lord Somerset le golpeó la mejilla por infiel y la echó de la casa sin nada más que un par de vestidos.
Aunque en el arreglo del divorcio se había visto obligado a darle unos miles de libras y una casita amueblada en Londres.
Ya no era lady Somerset, pero si dueña de una pequeña fortuna que iba a aprovechar, aunque no invirtiéndola sabiamente, sino en fiestas y alcohol, mucho alcohol.
Y así fue como dilapidó su fortuna, teniendo que recurrir a la miserable mensualidad que su marido le pagaba mes a mes para poder sobrevivir.
Fue entonces cuando llegó una carta de un remitente anónimo, alguien que la invitaba a pasar un par de días en una región al sur de Francia con todos los gastos pagados.
Era demasiado bueno para desaprovecharlo.
Aceptó la invitación sin más, sonriendo cuando fue tratada como una reina al llegar a Normandía y tomar el tren al interior del país.
Y cuando volvió a ver a Hans…cuando volvió a verlo comprendió: Él era su ficha de la suerte, ya no era dueño de un título sin valor y era cercano a la realeza.
Era demasiado bueno para dejarlo escapar una vez más.
Con eso en mente, tomó el cepillo de tocador para poder pasarlo por su cabello, cepillándolo con furia antes de acomodar su fino camisón blanco que, aunque podía dar la idea de pureza, era una verdadera tentación para los hombres, cubriéndolo con una bata para disimular un poco.
Sabía dónde estaba la habitación del conde, lo había preguntado antes a un sirviente.
Solo tenía que tender su red y esperar que Hans cayera como siempre lo hacía.
Respiró con tranquilidad el fresco aire nocturno, tocando con la palma de su mano derecha el tronco del viejo árbol que adornaba una pequeña colina desde la cual se podía ver el jardín fuera del castillo casi como si fuera un mundo aparte sin salir de los dominios de la duquesa de Montmorency.
Se dejó caer al suelo, agradeciendo que el vestido que había elegido fuera de muselina y no de alguna tela rígida que no le permitiese moverse con libertad.
- Pensé que estaría dormida. – Se sobresaltó cuando escuchó una voz a sus espaldas, calmándose rápidamente al reconocerla como la de Alain.
- No, me gusta venir aquí para ver las estrellas, hay muchas más que en París.
- Puedo decirle que son la misma cantidad que se pueden ver en cualquier parte de Francia.
- Lo sé, pero siento que en París no se ven las mismas, es como si hubiese menos.
- Entiendo, pienso lo mismo cuando estoy en misión.
- Debe conocer toda Francia.
- Nuestro país es enorme y yo no lo he recorrido completo, además debo pensar como militar y los militares no se ponen a contar estrellas.
- Pero pueden ver, por la posición de los astros, el paso del tiempo y, si el cielo lo permite, al enemigo.
- Parece que conoce de guerra, Julie. – Alain se sentó al lado de la joven, observando el perfil débilmente iluminado por la luz de la luna llena.
- Papá hizo que estudiara también la historia de los grandes estrategas.
- Es una formación mucho mejor que la de muchos hombres que conozco.
- Así es, pero papá quería que estudiara en vez de contaminarme con el ambiente de San Petersburgo.
- Entonces de verdad vivió en Rusia.
- En Rusia y unas temporadas en Prusia. – Asintió, estirando sus piernas en el pasto sin dejar de mirar el cielo. – No me gustaba, todas las muchachas reían como tontas y se preocupaban de conseguir un marido en vez de esforzarse en ser algo por sí mismas, muchas querían ser o rubias o tener el pelo largo.
- Debe haber sido algo agotador.
- Así fue, algunos hombres en Prusia quisieron cortejarme, pero, por suerte, papá declinó a todas las ofertas de matrimonio, creo que era algo exótico tener como esposa a una muchacha de pelo rojo y ojos verdes, en verdad eran extraños. – Sonrió con burla. – Abuela enfermó en esa época y regresamos a Rusia, tan falsa y depravada como la recordaba.
- Debe ser verdad si usted conoce la realidad de la corte rusa.
- Si. – Alain quiso agregar algo más, pero se abstuvo, los ojos de Julie fijos en una solitaria estrella. – Mamá decía que las estrellas son los espíritus de la gente que murió y amamos.
- ¿Mamá? No sabía que Oscar era casado.
- Alain, ¿usted cree que me parezco a mi papá? – El joven hombre detalló el rostro de la muchacha a la luz de la luna, buscando algún parecido con el escritor, sin embargo, a parte de la piel lechosa, nada había similar.
- No.
- Es porque no soy su hija o, bueno, no su hija de sangre, él y tío André me encontraron cerca del rio Sena antes de morir de hambre en medio de una tormenta de nieve, tuve la suerte de que pensaron que había alguien herido por el color de mi pelo. – Explicó sin borrar la sonrisa de su rostro. – Oscar de Jarjayes me salvó y me adoptó como su hija, incluso me dio un nuevo nombre.
- ¿Y cómo se llamaba antes?
- Mabel Lescault.
- ¿Por qué me cuenta eso? – Julie se acercó a él, sintiendo como una mano masculina se deslizaba por su hombro para ayudarla en su tarea.
- Porque sé que puedo confiar en usted. – Respondió con simpleza, abrazándose a él, sintiendo como Alain depositaba un beso en su pelo.
Hans saltó en su asiento cuando golpearon su puerta, levantando del sofá donde estaba para ver de quien se trataba, su rostro transformándose en una mueca de fastidio al ver a la mujer frente a él.
- ¿Qué quieres? – Preguntó sin hacerse a un lado para dejar pasar a Paula.
- Solo quería hablar contigo. – Dijo con voz suave, mirando hacía el suelo.
- Ya es muy tarde y no estás vestida para que podamos conversar.
- Axel, yo quiero…quiero que podamos volver a ser lo de antes. – Levantó la vista, observando con sus ojos marrones el rostro pálido del inglés.
- ¿A qué? ¿Al iluso que enamoraste y luego rechazaste por dinero? ¿o al idiota que se permitió un beso contigo y perdió a su esposa? – El veneno en su voz estremeció a la mujer, él sorprendiéndose al darse cuenta de que la belleza de Paula era algo simple y mundano, rayando casi en lo vulgar, preguntándose a la vez como fue que se sintió atraído por ella.
- Oh, Axel, tú eres quien mejor me ha tratado en esta vida, tú me has amado de verdad y yo…yo no he sido una buena mujer contigo, sé que me he aprovechado de tu amor por mí y es por eso por lo que quiero recompensarte esta y todas las noches que nos esperan. – Susurró, sosteniendo la mirada grisácea del conde, pero él tenía otras ideas.
- Tantos años creyéndome enamorado de ti, tanto tiempo desperdiciado en ti cuando lo podría haber usado en cosas constructivas como en hacer feliz a mi Olive o estar con mi padre antes de su muerte. – La voz salió soplada, casi como si estuviese controlando la rabia que sentía por ella. – Nunca te amé, de eso estoy seguro ahora, solo fuiste una ilusión de mi juventud, una ilusión que me costo la felicidad, pero no volveré a caer en tu trampa, Paula, no volveré a ser el imbécil que podías manipular a tu antojo. – Sin más, cerró la puerta en la cara de la mujer, acercándose con paso pesado hasta la ventana para abrirla y dejar entrar un poco de aire fresco.
Pero, además de la suave brisa veraniega, una voz llegó a sus oídos, alguien estaba cantando.
Reconoció la canción como la que había cantado Julie durante el té, pero no era la voz de la muchacha pelirroja, así que, asomándose por la ventana, buscó a la dueña de ese delicado sonido, esforzando a sus ojos a ver, agradeciendo la luz que daba la luna que brillaba sobre su cabeza.
- Signora! – La voz se vio interrumpida, él al fin pudiendo dar con ella, asombrándose al ver a la duquesa con un simple vestido de seda, sin guantes y parecía que sin máscara también.
- Che cosa vuoi, Bernardino? (¿Qué quieres, Bernardino?)
- Il padre Alessio! (¡El padre Alejo!)
No pudo escuchar mucho más de la conversación, pues la duquesa caminó rápidamente por un sendero iluminado con antorchas hacia un coche previamente preparado mientras Bernardino caminaba a su lado, haciendo aspavientos, como si explicara lo que estaba diciendo.
Quiso bajar para poder averiguar cómo lucía la mujer, pero cuando escuchó como los caballos relinchaban antes de comenzar a tirar del coche, se abstuvo, regresando al interior de su habitación para tenderse en la amplia cama con las manos cruzadas sobre el estómago.
Cerró sus ojos, aún escuchando la voz de la mujer en sus oídos, haciendo eco de una que conocía y no era precisamente femenina.
No quiso pensar en eso, girándose para acomodarse y dormir sin siquiera cambiarse de ropa.
Eso era lo último que le importaba.
