Capítulo 34

Verdad

Enkidu se encontraba completamente confundido cuando la cadena se materializó en su mano derecha y ésta formó un camino que atravesaba paredes. Entró en alerta enseguida y se puso de pie, chocando con los barrotes de su celda. Tan rápido como apareció, la cadena se volvió polvillo dorado, dejando el corazón de Enkidu (o algo parecido a un latir) acelerado.

Intentó forzar la cerradura del candado, pero fue inútil. Desesperado, caminó en círculos dentro de su jaula hasta que finalmente se dejó caer sobre los almohadones, decepcionado. Apartó su cabello del rostro y observó su mano derecha. Materializó la cadena y tiró de ella.

—Aún tengo este lazo contigo—susurró con cierta ilusión—, espero que donde estés, sientas mi presencia.

No prestó atención a la niña que lo observaba afuera de la jaula. Era la pequeña que Ereshkigal siempre traía a su lado. La chica tenía grandes ojos cafés y el cabello castaño oscuro, que venía muy bien con su piel encantadoramente morena. Deslizó sus manos una contra la otra y luego habló:

—¿Puedo acompañarte, Azul? No me gusta estar sola.

Enkidu se giró para verla unos instantes y se acomodó sobre las almohadas.

—Quédate aquí—contestó.

La chiquilla se sentó a las afueras de la jaula lo más cerca posible a Enkidu. Apoyó su rostro entre sus pequeñas manos y se le quedó viendo descaradamente.

—Tienes mucha belleza, Azul. Nunca comprenderé tu naturaleza, ¿Acaso eres una mujer? No pareces una del todo, tampoco eres un hombre.

—No soy ni uno ni lo otro—contestó Enkidu, sentándose frente a la chica. Se acomodó y se dispuso a conversar con ella—. Mi madre no quiso dotarme de la dicha de ser hombre o mujer.

—Oh—exclamó Lirio, haciendo ruidos con la boca—, no lo entiendo, pero está bien.

Enkidu ladeó la cabeza y decidió alimentar la conversación:

—¿Quién eres? Tú sabes quien soy yo, pero yo no sé nada de ti.

—Mi nombre es Lirio—dijo acomodándose—. No recuerdo mi nombre antes de llegar aquí. Ereshkigal me quiso nombrar así. Morí hace un tiempo, enfermé de fiebre alta y descendí a este mundo. Ella me encontró vagando por las calles de Kur y me ofreció una flor, ¡Me gustan las flores! Me puse muy feliz y ella me llevó flores día tras día, hasta que finalmente me trajo a su palacio. Siempre me preguntaré qué fue lo que la llevó a darme el privilegio de acompañarla a su lado, pero estoy muy agradecida de ello. Eresh es mi mejor amiga. Deberías estar feliz por que ella quiso que permanecieras a su lado también. Es un gran regalo.

Enkidu se había distraído. Apretaba su puño derecho y sentía las cadenas materializarse cada vez con menos fuerzas.

—¿Ereshkigal es tu amiga? —preguntó algo ido, desistiendo de sus cadenas.

—Sí—afirmó Lirio, mirando el puño de Enkidu— ¿Cómo haces eso? Si tienes sangre de un dios, no deberías estar aquí.

—No, no tengo sangre de un dios. Sólo soy una muñeca de arcilla—contestó, apoyando sus codos sobre sus piernas cruzadas—. Soy o mas bien era el arma de los dioses.

—¿Un arma? Las armas hacen daño, ¿Qué tenías que dañar? —Lirio sacó un trozo de manzana de uno de sus bolsillos y le ofreció a Enkidu. Aceptó por mero compromiso.

—A Gilgamesh—Enkidu entornó los ojos con tristeza y soltó un suspiro lamentable—, pero me di cuenta de que las cosas pueden hacerse de maneras más pacíficas.

—Mis padres no simpatizaban con el rey Gilgamesh—confesó Lirio con algo de culpa—, decían que era ególatra y despiadado.

Enkidu soltó un bufido parecido a una risa y asintió.

—Lo era.

Lirio mordisqueó su propio trozo de manzana y pensó unos momentos.

—¿Por qué se hicieron amigos? No me imagino al rey Gilgamesh teniendo amigos.

Enkidu se encontró de lleno con la nostalgia. Recordar los primeros días de su amistad era como regresar al hogar, donde todo estaba bien.

—No quiero hablar de eso, Lirio. Lo siento mucho.

La niña supo que su pregunta fue incómoda y le hizo sentir mal. Para su suerte, Ereshkigal regresó en una vaporosa presencia materializada ante ellos.

—Hola—saludó la diosa, lanzando su arma lejos, la cual se desvaneció— ¿Cómo estás Lirio? ¿Y tú, Azul? ¿Quieres salir a estirar las piernas?

Enkidu por unos instantes se desdobló de sí mismo y pensó: ¿Qué diría Gilgamesh al verlo convertido en una simple mascota exótica de Ereshkigal? Ni siquiera Gilgamesh, quien con frecuencia trataba a los demás de cosas, hizo con él lo que Ereshkigal. Se sintió indigno y pensó en atacarla cuando la diosa materializó la llave entre sus manos y dejó en libertad a Enkidu.

—¡Ya está! —dijo Ereshkigal, completamente feliz—por favor, diviértete.

Enkidu alzó la mano para tapar la poca luz que llegaba a sus ojos y Ereshkigal colocó las manos en la cintura.

Enkidu aprovechó la oportunidad y salió corriendo de la celda, con las piernas algo adormecidas. Hizo aparecer sus cadenas y se cubrió con ellas, como queriendo hacer una especie de armadura. Ereshkigal se quedó observando cómo Enkidu descendía las escalinatas y se internaba entre los árboles de los jardines presentes al interior de la instancia. Ereshkigal negó y se encogió de hombros.

—¿Quieres pasear Lirio? Quiero mostrarte un mirador que encontré. Desde ahí se ve el jardín de los dioses.

Lirio observó hacia donde Enkidu había huido y asintió con algo de culpa.

Enkidu se escabulló entre las plantas hasta encontrarse con una piscina vacía. Las raíces de los arboles serpenteaban en la superficie y se perdían entre la cerámica agrietada. Miró por todos lados, buscando una ruta de escape cuando realmente cayó en la cuenta: de nada servía. Abrumado, se desnudó como solía hacerlo cuando se encontraba desesperado y se acostó en la piscina, en posición fetal, abrazándose a si mismo con sus cadenas.

"Debería luchar por mi libertad" pensó, encogiéndose aún más.

Fue así como se quedó dormido.

—Realmente eres hermoso, Enkidu—dijo Ereshkigal sentada en el borde de la piscina.

Enkidu despertó y se incorporó para apoyarse en una de sus manos. Recordó que estaba desnudo y algo de vergüenza sintió, aunque no tenía nada que ocultar. Ereshkigal lo observaba atenta, desentrañando el misterio que Enkidu encerraba.

—Ponte de pie—ordenó Ereshkigal y Enkidu negó.

—No eres quien para ordenarme qué hacer. Nadie lo hizo en mi vida.

—Es por eso por lo que estás aquí Enkidu. Anda, obedece una vez en tu vida, sólo quiero verte por completo.

Enkidu se levantó de mala manera y mostró su desnudez a Ereshkigal. Bajó la cabeza y ocultó sus ojos tras su cabello.

—Era cierto lo que Aruru decía de ti, Enkidu—Ereshkigal rompió el silencio con una voz suave y delicada—, eres más hermoso que Ishtar. En ti está la armonía que todo ser humano busca en su interior. Sin duda eres su obra maestra, alguien como tú no debería estar en este reino horrible y lleno de sombras. Mereces estar en los pastos del paraíso, deleitando a todos los dioses con tu belleza, siendo libre, pero… te encuentras aquí. Quiero que sepas querido Azul, que tu divina aura me llena de felicidad. Podría decir que lamento que estés aquí, pero mi egoísmo dicta otra cosa. Estoy muy contenta de tenerte aquí, porque eres una joya poco valorada. Eres alguien de temer, un ser de increíble fuerza, de juventud infinita y de belleza exorbitante. Son ellos los que se han equivocado al enviarte aquí, fueron soberbios con sus decisiones y la injusticia que han cometido me deja perpleja. Enkidu, sé que no estás feliz de estar aquí, pero yo sí lo estoy. Quisiera que caminaras libre por este palacio y descanses en tu jaula cuando el sueño te gane. Las jaulas sirven para preservar los espíritus y quiero que el tuyo permanezca intacto.

—No creí que consideraras tu reino un lugar horrible—dijo Enkidu, sin prestar atención del todo—, pensé que era tu orgullo.

Ereshkigal sonrió y una sombra de tristeza invadió su rostro.

—Enkidu, tú y yo tenemos algo en común—comenzó nuevamente— y es que ambos somos rechazados. Fuimos el secundario en la vida de los demás, el que siempre dispuso, pero nadie contribuyó. Yo conozco tus miedos. Soy lo último de tu consciencia y no puedes ocultarme el dolor que traes encima: ¿Tú crees que un par de palabras lo hubiesen cambiado todo? ¿Qué esperabas? Gilgamesh no lo diría nunca, quizás nunca lo sintió.

Ereshkigal hizo una pausa. Enkidu se agachó a recoger su túnica y la puso de vuelta en su cuerpo andrógeno.

—Azul—prosiguió Ereshkigal—, libera lo que tienes en el pecho. Aquello te dejará descansar en paz.

Enkidu se sentó a un lado de Ereshkigal y apoyó su rostro en la palma de las manos. Sus ojos se perdieron en un punto ciego. Su rostro mutó de la desolación a la esperanza, como cuando el sol aparece tras las nubes de lluvia.

—¿Tienes vino? Lo extraño realmente—pidió Enkidu.

Ereshkigal materializó de la nada una tinaja y dos copas.

—Vino del valle de los dioses. El de Gilgamesh no es ni la sombra de esta delicia.

Ereshkigal sirvió en una copa de plata y la ofreció a Enkidu. Ambos comenzaron a beber mientras algo parecido a la noche se apersonaba.

—Ereshkigal—dijo, después de degustar el brebaje—, me cuesta agradecerte esto que haces por mí, pero he encontrado algo de paz con tus palabras. Me ha recordado que nada está perdido.

—¿Qué es lo que tanto lamentas? —murmuró Ereshkigal, escuchando las olas del mar del olvido.

Enkidu meditó un momento y respondió:

—Ser cobarde. Siempre he sido un cobarde.

—No lo creo—objetó la diosa—, tu problema es que crees que no mereces lo que buscas.

—Nadie merece lo que busco—replicó Enkidu, llevando la copa a sus labios.

—¿Por qué estás tan seguro de eso?

Enkidu descendió la copa y se relamió los labios, saboreando el vino. Recordó cuando Gilgamesh se lo dijo una vez que se encontraban en la sala de los tesoros.

—Porque nadie es digno de aquello.

Ereshkigal frunció los labios y se sirvió más vino.

—¿Por qué no me lo dices directamente? Ya todos los dioses saben tu secreto, desde el momento en que destrozaron tu corazón. Ishtar lo vociferó a los cuatro vientos. Tú también tienes tu orgullo al parecer: el señorito dorado es engreído, pero tú eres terco.

—Es mi secreto y el de Gilgamesh, es nuestro, nadie debe saber.

Enkidu dejó de lado su copa y su expresión afligida demostraba que realmente sufría. Ereshkigal titubeó unos instantes y habló:

—Estas perdidamente enamorado de Gilgamesh, ¿No es eso? Nadie en toda la existencia te lo ha dicho porque tu vida giraba en torno a él. Ahora yo te lo digo: lo que te llena de pesar y melancolía es el amor que nunca le confesaste hasta tus últimos momentos y por eso retorno a lo que te dije hace un momento atrás ¿Un par de palabras hubiesen cambiado algo?

Enkidu tragó con cierta dificultad. Desvió la mirada, nervioso, sintiendo que las mejillas comenzaban a arderle. Curvó las cejas y luchó por permanecer inexpresivo, pero sus párpados tiritaban y su respiración se aceleró. Ereshkigal permanecía inmutable, con la copa entre sus manos. Suspiró y continuó con su charla:

—Sé que consagraste tu vida a él. Todo lo que le diste habló por ti. Las palabras carecen de significado cuando actúas desde lo profundo del corazón, de aquel corazón maravilloso que te creaste por él. Él lo percibió, lo vivió y lo disfrutó. Dos palabras no serían suficientes para soltar todo lo que tienes en el interior ¿No? Tu lamento es…

—Él no es capaz de sentir—dijo Enkidu.

—¿Y qué hay con eso? Eso no cambia lo que tu sientes por él. ¿Tienes miedo de que no sea mutuo?

Las manos de Enkidu temblaban y sus mejillas enrojecidas lo hacían ver frágil.

—Oh, Azul—musitó la diosa, luego de beber de su copa—, he detectado algo de egoísmo en ti. Creí que no lo tendrías.

—¿Egoísmo? —repitió Enkidu, como creyendo que era una broma.

—Sí, egoísmo—afirmó Ereshkigal—. Quieres algo para ti. Quieres el amor de Gilgamesh sólo para ti. Eso es egoísta.

Enkidu pareció quebrarse con las últimas palabras de Ereshkigal. Escondió su cabeza entre sus brazos y se hizo un ovillo. Ereshkigal lo miró con frialdad y movió la copa de plata hacia el lado contrario.

—¿Así es el inframundo? —preguntó Enkidu. Sus palabras sonaban acolchadas entre su ropa y su cabello—, ¿Me harás sufrir por la eternidad la desdicha de mis deseos?

—No—Ereshkigal colocó las manos sobre su regazo—, pero supongo que ser el despojo del inframundo me convierte en una déspota. Lo siento mucho, arma de los dioses. Sólo quiero que seas mi amigo.

—Te diré lo mismo que le dije a Lirio—Enkidu se incorporó y mostró su rostro serio—. Yo sólo tuve un amigo en mi vida.

—Eso no es cierto. Lamento mucho que te olvides de quienes fueron amables contigo o… de quienes son amables: Gilgamesh es tan egoísta que incluso nos priva a los demás de tu valiosa amistad, te ha acaparado y te ha hundido en el estado en él que estás ahora.

"Gilgamesh no te amó ni jamás lo hará.

Enkidu se detuvo al oír lo último. Tragó y respiro lento. Su sonrisa agria era algo poco usual en su perfecto rostro, pero se manifestó como una estaca de hielo.

—Eso ya lo sé. Por eso desearía arrojarme al abismo. No tengo más motivos personales por lo que ser recordado, por el cual permanecer, sólo uno.

—Aún así cuando te di la oportunidad no lo hiciste, ¿Por qué?

Enkidu alzó su mano derecha y juntó los dedos hasta formar su puño, conforme sus cadenas se volvían sólidas en una nube de polvillo dorado brillante. Los ojos rojos de la diosa destellaron y ella se mostró sorprendida.

—Porque aún estamos conectados—Enkidu jaló de la cadena y esta se tensó, como si alguien respondiera— y mientras él permanezca, yo debo estar atado a él. Habré sido humillado por los dioses, pero mi misión la llevé a cabo: no me alejé de él nunca y acabé con el tirano que gobernaba sobre Uruk: cuando morí, quien me sostenía era un rey benevolente. No me importa si nadie lo ve, pero yo quedo tranquilo sabiendo que mi misión fue cumplida.

—Pero ¿A qué costo? —murmuró Ereshkigal.

La cadena se desvaneció y dejó el lugar sumido en sombras.

—No importa—Enkidu acomodó su túnica a su cuerpo y se dispuso a salir del lugar—. Lo que ocurra conmigo o lo que yo desee no importa.

—A ti sí te importa.

Enkidu se volteó a ver a Ereshkigal y entornó los ojos.

—Eso se solucionará cuando me arroje al vacío. Aquello ocurrirá cuando Gilgamesh no me necesite más.

Enkidu se perdió entre la vegetación algo muerta del jardín y Ereshkigal se quedó con el corazón en la mano.

—Oh Gilgamesh—habló Ereshkigal—, mira lo que has hecho.

La diosa se levanto y dejó la tinaja y las copas atrás, ahora con renovado anhelo en su corazón por vivir una historia de amor.

Aunque no fuese la propia.