Capítulo 62

Kristen Watson

Se había convertido en su momento favorito del trabajo. Justo cuando apagaba el ordenador y se disponía a abandonar su despacho, dispuesta a presenciar el último ensayo de la tarde y regresar a su hogar.

Empezaba a acostumbrarse a aquella agradable sensación de tenerlo todo perfectamente controlado, de solucionar los únicos problemas que surgían y que no iban más allá de la rotura de algún vestido o la falta de algún foco de iluminación. Esos eran los únicos inconvenientes que aparecían en aquellos días en los que el movimiento de actores y técnicos, era el único sonido que se dejaba escuchar por los recónditos pasillos del teatro. Excepto en momentos como aquel, en el que la música de su teléfono le interrumpía y detenía su inminente marcha del despacho.

— Sí, dígame—respondía volviendo a tomar asiento en la silla.

— Buenas tardes, ¿Srta. Berry?

— Sí, soy yo ¿Quién llama?

— Hola señorita Berry, mi nombre es Sandra Miles, le llamo desde el despacho de la señora Kristen Watson.

— ¿Kristen Watson? —balbuceó completamente sorprendida.

— Así es señorita Berry. Le llamaba a petición suya—aclaró—. La señora Watson está interesada en mantener una reunión profesional con usted y querría saber si existe tal posibilidad.

— ¿Reunirse conmigo? —repitió al tiempo que se levantaba de la silla, como si aquel gesto fuese a darle mayor credibilidad a la llamada—¿La señora Kristen Watson quiere reunirse conmigo?

— Así es señorita Berry ¿Existe posibilidad de ello?

— Claro por supuesto, pero ¿Para qué sería?

— Son asuntos profesionales los que trataría con usted, señorita Berry. Si me dice cuándo podría ser posible la reunión, yo se lo haré llegar a la señora Watson.

— Pues no, no lo sé. Voy a comprobar mi agenda y le digo ¿De acuerdo?

— De acuerdo. Le espero—respondía con tranquilidad mientras Rachel, presa de los nervios, acertaba a sacar de nuevo su agenda y abrirla para averiguar qué día podría ser el perfecto para tal cita. Lo hizo por pura inercia, porque una cita con alguien tan importante como lo era la señora Watson, podría ser la excusa perfecta para cancelar cualquier evento que tuviera pendiente en los siguientes días.

No obstante, fue profesional, a pesar del barullo de nervios que probablemente se instalarían en su estómago durante las siguientes horas.

— Eh disculpe, ¿señorita Miles? —volvía a hablar.

— Sí, dígame.

— ¿Podría ser el fin de semana o la semana que viene?

— Claro, mejor entre semana. La señora Watson no trabaja durante el fin de semana y está interesada en visitarle en el teatro.

— Ah ok, pues ¿Cuándo le vendría bien la semana que viene?

— Cuando usted diga, señorita Berry—respondía de nuevo.

— El miércoles, el miércoles por la mañana sería perfecto ¿Le parece bien?

— Por supuesto, dígame ¿Alguna hora en concreto?

— Eh pues no sé, cuando le apetezca a la señora Watson. Tengo toda la mañana para ella si lo desea.

— De acuerdo, le hago llegar la información y ya le aviso con la hora exacta de la reunión ¿Ok?

— Ok, perfecto—balbuceaba—. Estaré esperándole.

— Muy bien. Pues muchas gracias por su atención señorita Berry, y que tenga un buen día.

— Gracias, gracias a usted. Estaré esperando su llamada—se despedía aún con la sorpresa reflejada en su rostro.

Una sorpresa que iba a seguir adueñándose de ella incluso varios minutos después de acabar con la llamada, y ser consciente de lo que había sucedido.

Kristen Watson era alguien importante en Broadway. Demasiado como para tomarse la molestia de querer reunirse con ella cuando estuviera disponible. Y eso solo significaba que algo grande estaba por llegar, algo para lo que ella no estaba preparada, por supuesto, y que esperaba que fuese realmente bueno.

No tardó en volver a recoger sus cosas y abandonar el despacho, no solo con la idea de ver el ensayo, sino también con la esperanza de hablar con Gio y hacerle participe de aquel ataque de nervios producido por la llamada. Y justamente aquello era lo que no esperaba encontrarse en el escenario, un ataque de nervios atosigando a alguno de los actores y a Gio interesándose por la actitud de Quinn, que desganada parecía no estar llevando a cabo nada de lo que tenía que hacer.

—Está bien chicos, creo que ya está bien por hoy—espetaba el director—. Lo dejaremos aquí y el lunes retomamos con las dos escenas ¿De acuerdo?

No había palabras en el grupo, solo afirmaciones y algunas frases de ánimo hacia Quinn que consiguieron alertar a la morena. Algo le sucedía, y no solo por aquella reacción. sino por la actitud que mostraba la rubia encima del escenario, donde ya terminaba de recoger sus pertenencias envuelta en una seriedad que hacía meses que no se asomaba en su rostro.

No la interrumpió, de hecho, no le dio tiempo a hacerlo porque mientras se acercaba al patio de butacas donde estaba Gio, Quinn y los demás ya abandonaron el escenario por el backstage.

— Hey, hola Rachel—saludó el chico al verla llegar—¿Qué tal?

— Bien ¿Qué tal tú? ¿Cómo ha ido el ensayo? —se interesó.

— ¿No lo has visto?

— No, lo siento, no me ha dado tiempo. Estaba, estaba en el despacho con unos asuntos.

— Pues menos mal que no lo has visto—confesó—, porque ha sido un horror.

— ¿Un horror? ¿Por qué? —se mostró preocupada—¿Qué ha sucedido?

— Estaban un tanto desconcentrados, aunque, casi todos los errores han sido de una sola persona—se aclaró la garganta.

— ¿De Quinn? —cuestionó temiendo recibir la respuesta.

— Así es. No, no estoy diciendo que lo haya hecho todo mal, solo que ha tenido varios errores que no son normales a estas alturas. Y ha terminado contagiándolos al resto.

— Vaya… ¿Y sabes qué le sucedía? — se lamentó —Quinn no suele…

— No, y no te preocupes, Rachel—la interrumpió—. Seguro que Quinn tiene uno de esos días en los que nada te sale—se excusó—. El martes hicimos las mismas escenas y las hizo a la perfección, por lo que no hay que preocuparse. Solo, solo será eso, un mal día.

— Ok, supongo que sí, que será uno de esos días que todos tenemos alguna vez—añadía la morena tratando de no pensar demasiado en el motivo, aunque evidentemente no era algo que fuese a dejar pasar así sin más —Gio—hizo una pausa—, quería, quería comentarte algo que me acaba de suceder. De hecho, por eso no he podido ver el ensayo entero.

— Espero que sea algo bueno, porque es viernes, y lo último que deseo es marcharme a casa con una mala noticia después del ensayo de mierda que hemos tenido—se quejó con su ya típico dramatismo— ¿Qué sucede?

— ¿Sabes quién es Kristen Watson?

— Claro—respondía con una mueca de soberbia—¿Cómo no voy a saber quién es?

— Me han llamado de su despacho—espetó tratando de contener la sonrisa nerviosa que volvía a apoderarse de ella—. Quiere reunirse conmigo aquí, en el teatro.

— ¿¡Qué!? ¿Qué Kristen Watson te ha llamado para reunirse contigo? —alzó la voz.

— Shhh—trató de calmarlo—. Así es. Pero relájate, todavía no me han dicho cuál es el motivo.

— Rachel, si te ha llamado esa mujer seguro que es para algo bueno… Que digo bueno, para algo increíble—espetó emocionado—. La llaman la reina Midas de Broadway, porque todo lo que toca se convierte en oro.

— Lo sé, por eso quería decírtelo. Yo, yo también estoy nerviosa y pienso en cosas, pero tenemos que ser cautos ¿Ok? Y sobre todo mantenerlo entre nosotros. Bueno, igual se lo puedes decir a Joseph—aclaró—, pero a nadie más. No es bueno que los chicos tengan información así hasta que no sepamos qué quiere.

— Sí, sí, tranquila ¿Y cuándo os vais a reunir?

— El miércoles, aunque aún no sé la hora.

— Ok. Dios estoy nervioso ¿Y si quiere contratarte para algún musical?

— ¿A mí? No, lo dudo.

— ¿Por qué no?

— Gio, si quisiera contratarme a mí, hablaría con mi representante—aclaró—. Si quiere verme a mí, aquí en el teatro, es porque sabe que estamos con la obra y puede que esté interesada.

— ¿Interesada? —cuestionó con los ojos abiertos como plato—Oh dios ¿Crees que ella querrá…?

— Shhh—interrumpía tras ver como un nuevo grupo, esta vez de bailarines, iban adentrándose en el escenario.

— Oh mierda—murmuró el director tras ser consciente de la llegada de los chicos—. Casi se me olvida que tenemos una pequeña reunión con los coreógrafos.

—Pues vamos, ocúpate de ellos y vamos a olvidarnos de la señora Watson hasta que pase el fin de semana ¿Ok?

— Lo intentaré—respondía sonriente—, pero dudo que lo consiga.

— Al menos céntrate en ellos—lanzó una mirada hacia el escenario mientras ya comenzaba a alejarse del chico, con una divertida sonrisa dibujada en sus labios y el brillo en la mirada que solo la ilusión de algo relacionado con el teatro podría darle. Una ilusión que poco a poco, mientras recorría el pasillo que la llevaba hacia los camerinos, iba desvaneciéndose, y dando paso a la incertidumbre de no saber qué es lo que le había sucedido a Quinn, y el motivo por el que no parecía tener un buen día.

Era extraño, pero desde que se reencontró con ella, hacía ya más de cuatro meses, nunca había sido testigo de uno de esos días en la vida de todo ser humano en el que nada te sale bien. Quinn había sido siempre perfecta en todo, incluso cuando terminaba enfadándose por algún asunto. Era realmente extraño que Quinn se desconcentrara encima del escenario.

Un par de golpes en la puerta tras asegurarse de que nadie la estaba observando, fueron suficientes para recibir la respuesta de Quinn desde el interior.

— ¡Está ocupado!

— Soy yo, Quinn—respondía con un susurro.

Dos segundos más tardes, exactamente, era la mirada extrañada de la rubia quien hacía acto de presencia frente a ella tras abrir la puerta.

—¿Qué haces aquí? —cuestionó con seriedad—Vamos, pasa—le ordenó permitiéndole la entrada.

Rachel se sorprendía. La primera en la frente, como decía el dicho. El recibimiento de Quinn dejaba muestras de que, tal y como decía Gio, algo iba mal en ella aquel día.

Se armó de valor y tomó aire, no solo para templar su estado, sino para tratar de no posar su mirada sobre la espalda desnuda de la rubia, que trataba de vestirse tras desprenderse del vestido de ensayo que utilizaba.

— Quería saber cómo estabas. No he podido verte en todo el día.

— Estoy bien—respondía sin mirarla.

— Ya ¿Qué tal con Kevin? —se interesó ocupando como asiento parte de la mesa del tocador —. No me has dicho nada de tu reunión con él.

— Bien, solo eran unas cláusulas del contrato de alquiler—mintió—. Apenas estuvo diez minutos.

— Ah bueno, me alegro que solo sea eso—musitó—. Nunca puedes estar tranquila con él. Cuando parece que va a ir por un camino ¡zas!, se desvía hacia otro lado—bromeó, pero aquella broma solo provocó un nuevo nudo en la garganta de Quinn.

— Pues no me ha dicho nada raro—volvía a hablar con dificultad.

— Ok. Oye ¿Y qué tal el ensayo? Me ha dicho Gio que habéis tenido algunos contratiempos.

— Gio podría mantener la boca callada por una vez en su vida—recriminó con dureza.

— ¿Qué te pasa? —preguntó extrañada por la actitud—¿Qué ha pasado, Quinn?

— ¡Nada! —exclamó tratando de quitarle importancia mientras comenzaba a colocarse los pantalones—No pasa nada, solo que no es un buen día nada más.

— ¿Estás bien? —le preguntó confusa por el tono que empezaba a utilizar con ella.

— Rachel—la miró molesta—. Un mal día, ¿Ok? Cualquiera tiene un mal día y yo lo tengo hoy. Ya está, no hay que darle más vueltas.

— Ok, pero no es necesario que lo pagues conmigo—respondía aturdida—. Cálmate, ¿Ok?

— Eres tú la que ha venido aquí a cuestionarme—soltó sin pensarlo.

— Hey, hey—la interrumpió—. Relájate ¿Ok? No te estoy hablando de malas maneras para que me trates así, solo quería saber cómo estabas. Nada más.

— Pues ya lo sabes—volvía a mostrarse dura—. Estoy bien, con ganas de salir de aquí y descansar.

— Perfecto—masculló al tiempo que se apartaba del tocador para dirigirse hacia la puerta—. No te molesto más. Veo que hoy no soportas a nadie—murmuró segundos antes de abrirla. No pudo, Quinn reaccionó a tiempo para evitarlo.

— Rachel…

— ¿Qué?

— Espera —murmuró contrariada.

— ¿Qué tengo que esperar, Quinn? Me dices que estás cansada y que te quieres marchar. Vamos, no quiero entretenerte demasiado.

— Lo siento ¿Ok? —se disculpó—Siento estar tan borde—añadió logrando que la morena descartase la opción de dejarla a solas, y regresara a ella, dispuesta a solucionar el pequeño enfrentamiento.

— ¿Qué te pasa? —volvía a preguntar con dulzura, tratando de no molestarla demasiado.

— Nada, es solo que he dormido poco y en el ensayo no, no me han salido bien las cosas—se excusó—. Todo está bien, ¿Ok? Solo necesito descansar.

— Ok—susurró acercándose—. Solo quiero que sepas que no estoy aquí exigiéndote nada, Quinn, solo he venido para poder verte y, bueno, yo quería darte una noticia que puede que te haga sonreír—añadió dibujando una tímida sonrisa mientras se tomaba la libertad de abrochar la blusa de su chica.

— ¿Una noticia? —se mostró más cercana, permitiendo aquel gesto de Rachel.

—Sí. Hace, hace una media hora he recibido una llamada de alguien muy importante—musitó liberando su sonrisa por completo.

— ¿Alguien importante? ¿De quién?

— Kristen Watson.

— No sé quién es—espetó tratando de recordar el nombre.

— Estoy segura de que pronto la conocerás, cuando empiecen a lloverte ofertas para trabajar en otros musicales —sonreía satisfecha—. La señora Watson es una gran directora y productora—informó—. Muy, muy importante en Broadway.

— Vaya ¿Y por qué es tan buena noticia? ¿Qué quiere esa señora?

— Quiere reunirse conmigo. El motivo no lo sé aún, pero viniendo de ella seguro que es algo bueno.

— ¿Algo bueno? —volvía a mostrarse curiosa, relajando un tanto el estado de nerviosismo que le había provocado aquel mal humor, y que, sin duda, estaba impulsado por dudas con las que Kevin había llenado su cabeza.

— Sí, algo bueno—volvía a sonreír—. Esta mujer suele invertir grandes cantidades de dinero en proyectos. Es una de las mayores productoras de la industria, Quinn.

— ¿Estás diciendo que quiere invertir en el musical?

— No, estoy diciendo lo que suele hacer, no lo que quiera hacer conmigo—aclaró—. Pero por lo que conocemos de ella, seguro que es algo tan bueno como eso.

— ¿Y qué supondría que ella invirtiese en nosotros? Por lo que me dijiste, el presupuesto está perfectamente cubierto con los últimos inversores ¿No?

— Sí, pero si la señora Watson quiere invertir en el musical, estamos hablando de una publicidad a nivel mundial—informó—. Quinn, sería como firmar el éxito antes de conseguirlo ¿Sabes lo que eso significa?

— Supongo—balbuceó—. Pero ¿no es un tanto arriesgado?

— ¿Por qué? —preguntó confusa—Eso supondría vuestro éxito.

—¿Y qué pasa si no damos el nivel exigido para algo así?

— Lo daréis—respondía rápidamente—. Créeme Quinn, que alguien como ella quiera pertenecer al proyecto es… —hizo una pausa—Imagínate que estás rodando un cortometraje con una cámara de video casera y de pronto viene Steven Spielberg, por ejemplo, y te pone un cheque en blanco sobre la mesa para que hagas uso de él y compres todo el material, todo el equipo necesario para hacer un cortometraje en 3D. Y te dice que se encargará de proyectarlo en todo el mundo ¿Qué pensarías?

— Pues que es un lujo ¿No?

— Exacto, si la señora Watson se interesa en nosotros, tendremos el éxito asegurado. Nos haría importantes, Quinn ¿Sabes lo que eso significa?

Claro que lo sabía. Las palabras de Kevin aquella mañana recordándole que lo único importante en aquel momento era que Rachel lograse meterse de nuevo en el mundo de Broadway, aún resonaban en su mente. Y más aún si, como le estaba contando, podría hacerlo por la puerta grande. Acallando de una vez las dudas acerca de su profesionalidad, dejando claro que su responsabilidad como madre no la excusaba de poder ser quien merecía ser. Por supuesto que sabía lo que significaba.

— Ok ¿Y qué tenemos que hacer en el caso de que eso sea cierto y esa mujer quiera invertir en nosotros?

— ¿Qué tenemos que hacer? —cuestionó confusa—Pues nada, seguir trabajando y nada más.

— ¿Nada más? ¿No, no va a exigir nada?

— ¿Qué quieres que exija de vosotros? Nada—aclaró—. Vosotros solo tenéis que seguir trabajando para que la gente que venga a veros salga satisfecha del teatro. Nada más, Quinn. Eso es lo único en lo que tenéis que pensar.

— Ok.

— Bueno, eso y también procurad no provocar demasiados escándalos—añadió consiguiendo que todos y cada uno de sus músculos se tensaran, y una extraña sensación de desconsuelo se apoderase de ella.

— ¿Escándalos? —balbuceó.

— Sí, bueno Kristen Watson se caracteriza por ser una mujer muy muy creyente en su forma de trabajar. Siempre exige mucho a los actores con los que trabaja y les pide que se dediquen en cuerpo y alma al proyecto. De hecho, cuando está dirigiendo alguna obra, es casi imposible averiguar absolutamente nada de lo que la rodea mientras están en los ensayos. Ni siquiera se conoce el nombre de los actores que trabajan con ella porque es un tanto maniática. Pero eso no es un inconveniente—trató de tranquilizarla—. Si viene aquí, no será para dirigir, solo para invertir. O eso espero—balbuceó—. Y si lo hace, supongo que solo pedirá que no se hable demasiado del proyecto.

— ¿Y qué pasa con mi portada de la revista? —cuestionó automáticamente—. Ahí hablo del musical

— De eso no tienes que preocuparte, cielo—sonó con dulzura—. Eso es publicidad beneficiosa para nosotros. Ella lo que no quiere son escándalos. Ya sabes, que se hable de cosas que puedan enturbiar su trabajo. Justo lo que yo pretendo hacer con mi vida—sonreía divertida.

El peor día de su vida.

Así lo catalogó Quinn tras oír aquella última frase de Rachel.

Definitivamente, aquel día iba a quedar guardado en su memoria para siempre y no por las buenas noticias, sino por el absoluto descontrol que su cuerpo comenzó a acusar tras ser consciente de cómo las palabras de Kevin, comenzaban a hacerse realidad con una rapidez casi diabólica.

Que aquella mujer le ofreciese la oportunidad de oro a Rachel, justo el día en el que descubría como un puñado de paparazis las habían estado persiguiendo para sacar beneficios con fotos suyas, era otra de esas bromas macabras que el destino solo podía tener preparada para ellas.

—¿Estás bien? —cuestionó Rachel tras ver como perdía el habla y probablemente, también el color de su piel, tornándose pálida.

— Eh sí, estoy bien—balbuceó.

— Ok, supongo que sí, que estás cansada ¿Verdad? —se compadeció al tiempo que dejaba un pequeño beso sobre sus labios.

— Sí, necesito dormir. Mucho

— Perfecto, pues esta noche no pienso molestarte. Así que te vas a tu casa, te preparas una sopa de esas que tanto te gustan, y te metes en la cama—susurraba mientras acariciaba su rostro—. Y mañana, como tienes el día libre, pues duermes hasta que ya no puedas más, ¿Ok?

— Si, si—balbuceó—. Eso, eso es lo que voy a hacer

— Perfecto—volvía a dejar un nuevo beso en los labios—¡Ah! se me olvidaba—recordó segundos antes de regresar de nuevo hacia la salida para permitir que su chica acabase de recoger sus cosas—Brody insiste en que este fin de semana, el sábado, podríamos ir a comer con Emily, Kate y Matt a algún restaurante, y pasar la tarde en el parque. Dicen que va a hacer buen tiempo y será perfecto para… Bueno, ya sabes pasar juntas el día—sonreía ilusionada—¿Te parece buena idea?

No, no, no y no. Pensó Quinn en ese mismo instante, y menos aún si Brody y la legión de paparazis que siempre lo perseguía estaban presentes. Recordaba cada una de las imágenes que Kevin le había mostrado, y como le había prometido que aquellos paparazis no volverían a tener más momentos que capturar, aunque estuviesen acompañadas por más personas. Pero negarse a aquella petición volvía a ponerla entre la espada y la pared. ¿Cómo rechazarla si ella misma había insistido en miles de ocasiones para que una salida así sucediese en algún momento?

— ¿Te parece bien? —volvía a cuestionar tras no recibir respuesta.

— No—murmuró—. Quiero decir, no es que no me parezca bien es que no, no voy a poder.

— ¿Cómo? ¿Por qué?

— Tengo planes, Rachel—se excusó sin saber muy bien cómo salir de aquella situación.

— ¿Planes? Vaya, no lo sabía—balbuceó extrañada.

— Voy a ir a Lima—espetó rápidamente, agradeciendo encontrar una excusa creíble—. Mi madre me llamó hace unos días y me preguntó cuando volvía a ir. Ya, ya sabes, llevo sin verla desde Navidad y ya que, ya que tengo el fin de semana libre, le dije que iba a ir.

Fue pausando la respuesta. Fue alargando cada palabra por culpa del dolor que le producía tener que mentirle para escapar de sus propias promesas.

No podía arriesgarse a que las volviesen a encontrar, y tampoco podía explicarle a Rachel el motivo por el que no debían salir juntas por la ciudad. No hasta que supiera con certeza que es lo que tenía que hacer. Y eso era algo que aún no había tenido tiempo de planificar.

Todo estaba sucediendo tan rápido que sentía que cada minuto que pasaba a su lado, era una mentira para ella, una excusa absurda que se volvía contra ella y contra sus principios. Y no podía seguir así durante mucho tiempo. Necesitaba ayuda para afrontar aquello, necesitaba a alguien que le indicase cual era la mejor solución para no herir a Rachel y, por supuesto, no perjudicarla en su vida profesional. Solo había una persona capaz de ayudarla a aclarar sus pensamientos y encontrar la opción más factible.

— Ok—respondía Rachel aún con la confusión en su rostro—. Supongo que otra vez será.

— Claro—se acercó con decisión—. Otro día lo hacemos ¿De acuerdo?

— Por supuesto—esbozó media sonrisa y Quinn lo agradeció. Quizás aquel paso hacia adelante y el beso que en ese instante le regalaba, podría servir para calmar su estado y el de la morena, que, evidentemente, se había dado cuenta de que algo estaba pasando. Solo necesitaba un poco de tiempo para asimilar la situación y encontrar la mejor forma de afrontarlo, y un fin de semana lejos era probablemente la mejor de decisiones que había tomado en su vida. Decisiones improvisadas, por supuesto.

— Me pasaré mañana por la mañana por tu casa para despedirme ¿Ok?

— Ok. Estaré esperándote. Y descansa esta noche. Si necesitas algo solo tienes que llamarme—volvía a besarla antes de abrir la puerta y lanzar una última mirada hacia su chica.

— Te quiero—susurró Quinn para recibir una sonrisa de Rachel, que perfectamente correspondía a aquella declaración.

Una declaración que jamás pensó que podría provocarle una punzada en el pecho. Y no porque estuviese mintiéndole acerca de sus sentimientos, sino porque lo hacía con aquellas dudas de saber lo que sucedía a su alrededor, y tener que mantenerla ajena a todo ello con excusas que ni ella misma creía.

Excusas que, por supuesto no iban acorde con sus verdaderos pensamientos, que en ese instante parecían hacerse más y más claros y la incitaba a tomar el teléfono entre sus manos, tras asegurarse de que Rachel ya había abandonado el pasillo. Un teléfono que no mostraba el número de su madre para avisarle de su inminente llegada para pasar el fin de semana, sino que le dejaba escuchar la voz de alguien que sí podría ayudarla a organizar su mente. De alguien, que, sin duda, iba a estar a su lado y hacerle ver la mejor solución para aquel problema. Alguien que solo esperó tres tonos de llamada para descolgar y responder con su ya consagrado humor.

— No. Si me llamas para preguntarme si le puse veneno a tu estúpida rata, mi respuesta es no. Lo juro.

— Santana—ignoró la broma que su amiga le entregaba a modo de saludo y se mostraba seria.

— ¿Qué sucede, Quinn? —cambiando radicalmente el tono de su voz, intuyendo que algo no iba bien.

— Prepara una cama—susurró—. Este fin de semana tienes visita.