Epilogo
—Si sigues bailando de esa forma, no voy a poder seguir controlándome —Me sorprendió por la espalda.
—¿Cómo bailo? —le pregunté divertida—. No hago nada fuera de lo normal. Todo el mundo baila. ¿Lo ves?
—Me importa un bledo todo el mundo, Berry —susurró deslizando sus manos por mi cintura—. Aquí la única que me importa eres tú.
—¿Y qué pasa si no puedes controlarte? ¿Qué vas a hacer? —me giré hasta quedar frente a ella—. ¿Qué se supone que vas a hacer?
Un suspiro, una mirada fugaz hacia la derecha y de nuevo aquel sugerente y adorable gesto de morderse el labio presa de la impotencia—. Si te lo digo, nos echan de la discoteca por escándalo público, y aquellas tres cotillas de allí no dejarían de molestarnos por el resto de nuestra vida.
Nunca la palabra cotilla tuvo tanto significado como en aquel instante.
Eran las 23:20 de la noche del 14 de febrero. San Valentín, el cumpleaños de Quinn, mi primera noche dispuesta a todo. Nuestra primera noche juntas sin expectativas de sufrir interrupciones o responsabilidades el día siguiente.
Habían pasado 15 días desde que Quinn regresó para quedarse, pero en esos 15 días nuestras citas se llevaban a cabo en cenas que terminaban con un beso antes de tomar el taxi de regreso, una tarde de cine compartiendo palomitas, y muchos cafés cada vez que nuestros horarios nos dejaban un breve descanso, o, mejor dicho, mi horario, porque Quinn se adaptaba perfectamente a mi calendario laboral y profesional. A todo eso le añadimos un nuevo fugaz viaje de mi princesa hacia Pensylvaia, que la tuvo un fin de semana lejos de mí. 15 días en los que nuestras ganas por estar a solas de una vez por todas, quedaban reemplazadas a ése maravilloso 14 de febrero que coincidía con su cumpleaños, y que por ese mismo motivo a punto estuvo de fastidiarnos el plan.
Emma y Brittany se encargaron de reservar restaurante para una cena sorpresa en la que estuvimos todos. Después de ello, cuando ya nos mirábamos y pensábamos en cómo escaparnos para poder estar a solas, fue Santana quien nos sorprendió con la reserva de una zona vip en el High Club, algo que por educación Quinn no pudo rechazar. Y allí, después de casi dos horas divirtiéndonos con la música, empezamos a comprender que la tensión entre nosotras se hacía insoportable. Tensión sexual, por supuesto.
—No me llames Berry, por favor —le supliqué sin poder evitar lanzar una mirada hacia el trío que nos comía con la mirada. Brittany, Emma y Santana se olvidaban por un rato de bailar y centraban su atención en nosotras, esperando como sabuesos algún tipo de interacción más íntima por nuestra parte con la que burlarse el resto de la noche—. Si lo haces, yo pienso en Santana y no es agradable.
—Mmm. Ok, solo Rachel —volvió a atraerme hacia ella—. Rachel, mi Rachel.
—Tu Rachel —musité—. La misma que está pensando en alguna excusa para salir de aquí de una vez. Tengo algo en mi habitación que quiero que veas y…
—¿Cómo lo hacemos? —me interrumpió con algo de impaciencia, dejándome ver que ella también pensaba y deseaba lo mismo.
Eso mismo me preguntaba yo conforme pasaban las horas y era consciente de como mi especial de San Valentín, esperaba impaciente en mi apartamento. Quinn no lo sabía, pero aquella tarde pasé casi dos horas repartiendo varias docenas de rosas por mi habitación, más las velas perfumadas que coloqué estratégicamente y que debían servirnos para ambientar nuestra noche. Tal vez era algo cursi y bastante estereotipado, pero es que yo no poseía la capacidad de sorprender que Quinn tenía con sus declaraciones. Solo era una chica desesperada por regalarle algo tan romántico que no lo olvidase en la vida. Y en todas las novelas románticas y en las películas, una habitación repleta de rosas y la luz de las velas, hacían uso de ello para lograrlo. O al menos eso creí. Además, el colocar todo aquello me ayudó a evitar que Santana metiese sus narices donde no le importaba, porque gracias al polen de las flores ni siquiera se atrevió a rondar por la puerta de mi habitación y curiosear. Justo lo que si estaba haciendo en la discoteca. Curiosear como buena cotilla que era, y murmurar cosas con Brittany y Emma hasta que yo las interrumpí.
—Me marcho —dije sin pensar—. Estoy muy cansada y me empieza a doler la cabeza. Quinn quiere acompañarme, así que nos vemos mañana. ¿Ok?
—¿Qué? No, espera —interrumpió Kurt que en aquel instante se metía entre nosotras y yo le maldije—. Nosotros también nos marchamos ya.
—Pero no es necesario —intervino Quinn—. Yo la acompaño, podéis seguir disfrutando de…
—Kurt tiene razón —habló Brittany destrozando el segundo intento de Quinn—. Yo también estoy aburrida de ésta discoteca... ¿Por qué no nos marchamos y continuamos la fiesta en casa?
—Me parece perfecto —dijo Quinn para mi sorpresa, y supuse que ella no entendió aquel matiz de continuar la fiesta en casa. Lo hizo cuando ya nos bajábamos del taxi y vio como nos deteníamos justo enfrente de mi apartamento. Y lo cierto es que su cara desconcertada fue bastante divertida al ver como había creído que las palabras de Brittany hacían referencia a su hogar, no al mío.
—¿Por qué diablos les has dicho que era una buena idea? —le recriminé tras ver como Santana, Brittany, Kurt y Blaine se adelantaban y entraban en el edificio. Emma y Nick fueron los únicos que decidieron continuar con su velada a solas, sin duda los más listos del grupo.
—Porque pensé que Britt hablaba de mí casa, no de tu casa —masculló sin perderlos de vista.
—Quinn, estando Santana, es lógico que hablen de mi casa, porque ella querrá estar en su terreno.
—Y yo que sé —se quejó—. No creí que todavía le quedasen esperanzas de conseguir algo con Britt. Es muy heterosexual —susurró divertida y yo no pude evitar contener la carcajada. A pesar de todo, la situación era bastante cómica.
Kurt y Blaine no habían dejado de regalarse carantoñas durante toda la noche, logrando que nuestra desesperación por imitarlos aumentase por minutos. Nick y Emma, a pesar de la actitud arisca de la pequeña de las Fabray, también tuvo sus momentos de pasión ante nosotras, algo que llegó a molestar a Quinn al ser testigo de cómo su hermana pequeña, dejaba sin respiración en algún que otro beso a su novio. Luego estaban Santana y Brittany. Se había creado una extraña pareja entre ambas, en las que las indirectas de Santana eran más que aceptadas y disfrutadas por la inglesa, mientras ésta se las devolvía sin compasión alguna, dejándose llevar por su lado más heterosexual. Algo de lo que tal vez Quinn estaba convencida, pero no yo. Nadie que no siente curiosidad juega tanto con el fuego como lo estaba haciendo Brittany. Y aquella noche, en la que Santana estaba más impresionante aún de lo que solía estarlo a diario, tenía todas las papeletas para caer rendida y terminar tragándose sus heterosexuales respuestas. Y por último estábamos nosotras dos.
Quinn y yo aprovechábamos cualquier descuido de nuestros amigos para abrazarnos, para tomarnos de la mano o regalarnos un beso a escondidas, como si fuésemos dos amantes que no querían ser descubiertas. De hecho, en aquel escaso trayecto desde el taxi hasta el apartamento, cuando ninguno de nuestros amigos nos miraba, lo hicimos medio abrazadas, acurrucándonos la una contra la otra para protegernos del frio, y regalarnos ese gesto de cariño que tanto estábamos necesitando. Algo absurdo que hacíamos no por temor, o porque nos sintiéramos mal al demostrarnos lo que sentíamos. Era una especie de vergüenza lo que nos hacía actuar como dos adolescentes. Era como si el mundo entero se detuviese para observarnos cuando me lanzaba a besarla, o ella me tomaba por la cintura. Y ninguna de las dos estábamos acostumbradas a ser el centro de atención de aquella forma. Sobre todo, porque era la primera vez en mi vida que yo sentía algo así por una mujer, y aún tenía que asimilarlo. Aunque lo peor es que era algo que nos sucedía a ambas por igual, y a pesar de hablarlo no podíamos controlar.
—Bueno, no pasa nada, ahora cuando estemos ahí, yo me iré a mi habitación —comencé a explicar al tiempo que nos adentrábamos en el hall del edificio y esperábamos a que el ascensor regresara tras dejar a los otros cuatro en nuestro piso—. Se supone que me duele la cabeza, tú solo tienes que entrar cuando lo creas oportuno. ¿Ok?
—Ok —balbuceó recuperando la seriedad que nos envolvía cuando planificábamos otra nueva excusa—. Les diré que estoy cansada también.
—Vale, perfecto. Kurt y Blaine no van a estar mucho rato, estoy segurísima. Y Santana tratara de emborracharse con Brittany, así que no creo que nos molesten demasiado,
—Rachel —me interrumpió al tiempo que nos adentrábamos en el ascensor —¿Por qué hacemos todo esto?
—Para, para estar juntas. ¿No? —balbuceé.
—Sí, pero, quiero decir, ellos, Kurt y Blaine no se esconden. Y Santana va a por todas con Brittany. No hay nada de malo en que sepan que vamos a dormir juntas. ¿No?
—No, claro que no hay nada de malo, es solo que. Ok, lo cierto es que no sé muy bien por qué lo hacemos. Me, me da vergüenza supongo.
—A mí también —me aclaró—. Me da vergüenza besarte delante de mi hermana o de Britt, pero no es por ti, es porque no estoy acostumbrada y no sé… Es raro, pero lo pienso y me doy cuenta que no tiene sentido. Somos adultas. ¿No?
—No, no tiene sentido tener vergüenza —repetí convencida—. Eres mi chica
—Exacto, soy tu chica y tú eres mi chica. No deberíamos tener que preocuparnos por nada que no sea hacer lo que creamos oportuno hacer.
—Cierto —musité pensativa—. ¿Nada de excusas?
—Nada de excusas.
—Ok, vamos a entrar ahí y les vamos a ignorar. Les daremos las buenas noches y tú y yo nos iremos a mi habitación a celebrar de una vez por toda nuestra noche. ¿De acuerdo?
—De acuerdo, por supuesto que sí —respondió envalentonada. Una valentía que desapareció de ella en el mismo instante que traspasamos el umbral de la puerta y nos encontramos con Santana repartiendo su queridísimo cóctel, y a Brittany bailando en mitad del salón, mientras Kurt y Blaine se apuntaban a la fiesta.
Ni siquiera me atreví a obligarla a que me siguiese. Yo también perdí aquel pequeño alirón de adrenalina que quedó en nada, y que me hizo dirigirme hacia la cocina para beber algo de agua, y poco más.
—Buenas, buenas noches —me despedí de ellos sin dejar de mirar a Quinn, que se mostraba nerviosa y pensativa junto a la puerta. Y fue entonces cuando tomé las riendas y me lancé —Quinn. ¿Te vienes, a dormir? —cuestioné y tras el pequeño impulso de tensión que le vi reflejarse en su rostro. Asintió rápidamente y cruzó todo el salón sin dejar de centrar su mirada en mí.
Jamás en mi vida pensé que llegásemos a ese extremo de confusión por algo tan simple como pasar la noche juntas, sin tener que soportar las burlas o los comentarios divertidos de nuestros amigos. Pero así fue. Quinn parecía una niña a la que invitan por primera vez al baile de promoción, y yo su nerviosa acompañante, que no tenía ni idea de qué más hacer o decir para lograr que todo fuese natural. ¡Qué patéticas fuimos! Nada más ver como Quinn se colaba en el interior de la habitación, nos dimos cuenta que nadie, ni Kurt, ni Blaine, ni Santana y mucho menos Brittany, nos habían prestado atención. De hecho, básicamente nos ignoraron, permitiéndonos que aquella estúpida sensación de culpabilidad se esfumase sin más.
—Oh dios… —susurró buscando apoyo sobre la puerta ya cerrada.
—Lo sé, somos patéticas, y lo siento —me disculpé—. Prometo hacer que todo sea más natural, y voy a hablar con Santana para que evite mirarnos como lo ha hecho. Es complicado dejarse llevar después de todo lo que nos ha pasado y teniéndolas a ellas presente, pero te aseguro que…
—Oh dios —volvió a susurra, esta vez con algo más de énfasis.
—¿Qué ocurre?
—¿Qué…qué es todo esto?
¿Alguna vez han tenido ese sueño en el que tienes que enfrentarte a miles de personas, y de pronto descubres que estás desnuda? ¿Han tenido esa sensación de vergüenza, de fragilidad y vulnerabilidad que te hace querer salir corriendo y no regresar nunca más? ¿Han creído ser la reina de lo ridículo? ¿Qué no hay nadie más en todo el universo capaz de ser tan patética? Pues bien, después de mi improvisada excusa a nuestra timidez para ser naturales, y descubrir como Quinn me ignoraba y centraba su mirada en las varias docenas de rosas rojas que había repartido por mi habitación, y las velas que esperaban ser encendidas alrededor de mi cama, eso fue lo que sentí. La más idiota del universo. El payaso del mundo. La única chica que iba a lograr que la persona a la que amaba, terminase riéndose de ella y su ridícula percepción de lo que consideraba una noche romántica en un día de San Valentín. Sí, así fue como me sentí durante los escasos segundos, para mí toda una vida, en la que Quinn ni siquiera hablaba mientras mirada toda aquella parafernalia a nuestro alrededor.
Ni siquiera sabía si disculparme por algo así, era la mejor opción para aquel momento. Al menos hasta que percibí su verdadera reacción, aquella que había estado conteniendo en aquellos interminables segundos.
Quinn me miró justo cuando yo estaba a punto de soltar otro de mis discursos para redimirme por aquella soberana tontería, y evitó con ello que las palabras saliesen de mí.
Una tímida sonrisa acompañaba el rubor de sus mejillas, y de nuevo aquella mordida de labios que tanto me enloquecía.
—¿Has, has hecho todo esto para mí? —balbuceó y yo tuve que guardar silencio mientras hacia un barrido general de la habitación— ¿Todo esto es por mí? —insistió y yo me limité a bajar la mirada y alzar mis hombros como modo de respuesta—. ¡Oh, dios!
—Lo, lo siento. Pensé que tal vez podría ser algo romántico, pero yo, yo no tengo la misma capacidad que tú para hacer cosas así, que dejen sin habla y no resulten patéticas. Ya sabes que…
—¡Cállate, Rachel! —me ordenó acercándose a los pies de la cama, donde tomó asiento sin dejar de mirar a su alrededor—. Ni se te ocurra disculparte por algo tan, tan…
—Ridículo.
—Hermoso.
—Sí, lo sé es, es… ¿Hermoso? —balbuceé tras asimilar su respuesta— ¿Te gusta?
—Es, es perfecto, Rachel —musitó clavando su mirada en mí—. Es como en mis sueños.
—¿Tus sueños? No, no me puedo creer que sueñes con…
—Llevo días soñando con poder estar aquí contigo, y siempre me lo he imaginado así, con velas, con rosas, contigo —volvió a morderse el labio—. Enciende esas velas y apaga la luz, por favor —susurró, y a punto estuve de caer por culpa del temblor de piernas que me provocó escucharla hablar de aquella manera. Por suerte no lo hice, y sin pensarlo me dispuse a encender las 6 velas que nos iban a alumbrar, notando como su mirada seguía fija en mí mientras lo hacía. Y apagué la luz para volver a detenerme junto a la puerta, y esperar a la siguiente de las órdenes.
Órdenes que no llegaron.
Una tímida y a la vez sonrisa se dibujó en sus labios, y no quedó duda en mí que pudiese hacerme sentir culpable de algo que ni siquiera estaba mal. Fueron varios los minutos que estuvimos así, ella sentada a los pies de mi cama y yo observándola junto a la puerta, sin hablar, sin gesticular de ninguna manera. De hecho, podría jurar que ni siquiera respirábamos. Solo nos mirábamos mientras el perfume de las velas y el tintineo de la llama empezaba a envolvernos, y todo se hacía mucho más sencillo, más fácil de sobrellevar.
Fue ella la primera en reaccionar y lo hizo levantándose, y dirigiendo sus pasos hacia mí hasta quedar frente a frente. No la vi dudar, y eso me ayudó relajarme por completo y no pensar en otra cosa que no fuera dejarme llevar y descubrirla de aquella forma.
Solo me dejó tomar un breve respiro. Después de ello, después de sus ojos siguiendo los míos, después de sus manos, tímidas, anclándose en mi cintura y el cálido aliento logrando que mis flequillos se moviesen, no pude hacer otra cosa más que tomar aquella bocanada de aire, y entregarme. Su beso hizo el resto.
Robando las estrellas a puñados,
Arrebatándole al cielo los luceros
Y guardándolos bajo mis ojos, cerrados.
Había miles de estrellas bajo mis parpados, aun cuando la luz tenue de las velas me permitía observar su silueta. Sin embargo, supe que era más placentero dejar que mi piel fuese quien la visualizara, que mi tacto fuera el que la sintiera en todo su esplendor, que mi olfato oliese su perfume, mis oídos escuchasen su respiración confundida con gemidos, y mi gusto se relamiese cuando sus labios se posaban sobre los míos, y me descubrían un sabor nuevo. Diferente, único.
Yo lo sabía. Sabía que cuando uno de los sentidos se anula, el resto despuntan de manera sobre natural y logra que recibas todo multiplicado por mil, ampliado hasta cotas insospechadas. Y si el simple roce de su pelo sobre mis piernas, y sus manos, sus finos dedos dibujando tiernas caricias sobre mi vientre me estaban enloqueciendo. ¿Qué no harían sus labios en el resto?
Es realmente pudoroso para mi describir lo que llegaba a sentir con Quin en aquella noche, y que me hacía querer seguir disfrutándolo para siempre.
Sí, estoy hablando de sexo, de pasión, de nuevas experiencias que me iban a hacer perder la cabeza. Hablo de entender con un simple gesto la obsesión de Santana por no pasar más de dos semanas sin divertirse con una chica. Hablo de no saber cómo controlar mi respiración ni el incipiente temblor cuando sentía que llegaba a donde tenía que llegar. Hablo de susurrar palabras que jamás en mi vida contemplé susurrar al oído de alguien como Quinn, con su exquisita educación en momentos en los que incluso, no atinaba a pronunciar palabra alguna. Hablo de creer que no había mayor placer, ni regalo inmenso que el sentir la desnudez de su cuerpo sobre el mío. Hablo de sentir su aliento como un susurro frente a mis labios, y su cejo fruncido cuando no quería tener que detenerse. Hablo de no necesitar nada más en mi vida, más que el abrazarla y calmar su éxtasis a bases de besos, de caricias y sonrisas.
No sé qué sucedió aquella noche. Tal vez fue la tensión acumulada durante toda la cena, o quizás bailar juntas en la discoteca y tener que disimular nuestras ganas. Puede que fuese el excitante olor que desprendían las velas que nos iluminaban, o probablemente eran las miles de excusas que inventábamos para ser nosotras mismas. Pero lo cierto es que aquella noche, al fin se convirtió en algo épico. Y no teníamos intención de acabarlo pronto. Ni siquiera cuando me desaté y dejé escapar el último de mis gemidos antes de volver a adueñarme de sus labios.
—Mmm. ¿Por qué he esperado tanto a verte así? —susurró tras calmarme con un beso, mientras yo me quedaba sin palabras y trataba de aliviar la sequedad de mi garganta con mi propia saliva—. Me encantas, Rachel, me encantas Rachel Berry —añadió logrando que el escalofrío fuese más intenso.
—Si sigues así, no voy a dejarte salir de esta cama nunca. ¿Lo sabes?
—¿Y? No veo problema alguno por quedarme aquí para siempre —respondió regalándome un pequeño mordisco en la oreja, eliminando cualquier resquicio de duda o la vergüenza que nos había atosigado hasta llegar a aquel momento—. ¿Tú tienes interés en que me marche?
—¿Interés? Mi único interés es que necesites quedarte.
—¿Es eso lo que te propones? ¿Crearme una necesidad casi vital de quedarme aquí para siempre? —cuestionó divertida.
—¿Dónde hay que firmar? —bromeé y su sonrisa me respondió sin más—. Tenemos mucho que celebrar. ¿No?
—Mmm, sí —susurró merodeando por mí por mi pecho—. Y no tengo nada, nada de sueño, y mañana es sábado por lo que no pienso estudiar, y de la floristería se encarga Emma.
—Bien, me encanta oírte decir eso… Pero —traté de detener su incesante ristra de besos que ya ascendía hasta mi cuello—. Me temo que vas a tener que darme un par de minutos.
—¿Un par de minutos? Eso es mucho. ¿Para qué quieres minutos?
—Quinn —la atraje hasta quedar frente a mí—. Después de lo que me has hecho, me veo en la obligación de acudir al baño.
—Oh. ¿De veras?
—Lo siento —me disculpé—, pero es primera necesidad.
—Ok —volvió a besarme antes de liberarme de la presión que ejercía su cuerpo sobre el mío—. Pero no tardes por favor, no me gusta estar a solas en tu habitación. Mucho mejor en compañía.
—No, no tardo nada —susurré regalándole un último beso antes de abandonar la cama ante su curiosa mirada, y colocarme el albornoz que me iba a permitir salir de allí sin mostrar mi desnudez. Lo cierto es que tampoco tenía demasiado que temer, eran más de las 2 de la madrugada y hacía rato que dejamos de escuchar la música que los había estado entreteniendo en el salón. Kurt y Blaine ya deberían estar en su nido de amor, y Santana seguiría intentando descubrir el tatuaje más íntimo de Brittany, si es que no lo había logrado ya. Sin embargo, y a pesar de la mirada de desaprobación de Quinn al ver cómo me cubría para abandonar la habitación, agradecí ser tan prudente nada más salir al salón y ver lo que vi.
Apenas abrí la puerta, supe que mis cálculos fallaban estrepitosamente. Allí, solo con la iluminación de una de las lámparas de la cocina y sentados en las banquetas que rodeaban la barra, estaban los cuatro. Kurt, Blaine, Brittany y Santana comiendo, cenando, bebiendo, no lo sé, pero el bol con ensalada en el centro de la misma, y las copas de agua a su alrededor, invitaban a creer que estaban volviendo a cenar en aquella noche. Y no era lo normal.
Supuse que mi cara les desconcertó, sin embargo, eran ellos los que me desconcertaron a mí.
—¿Qué…qué hacéis ahí? —cuestioné desde la puerta.
—Estamos conversando —respondió Kurt—. ¿Tienes hambre?
—Eh, no. Son casi las 3 de la madrugada. ¿No deberíais estar durmiendo en vez de comiendo?
—Si no tenemos sueño y nos apetece comer. ¿Qué problema hay? —cuestionó Santana, y yo simplemente negué incrédula—. ¿Y tú dónde vas? ¿No estabas dormida? ¿Te ocurre algo?
—Voy al baño, algo que, si entra dentro de la normalidad en una madrugada. No la de cenar —me excusé al tiempo que decidí llevar a cabo mi acción, y aliviar mi necesidad antes de continuar con mi perfecta y maravillosa noche de San Valentín. Y aunque encontrármelos allí me supuso una nueva oleada de pensamientos confusos, traté de no darle mayor importancia al hecho, y seguir disfrutando de mi total y absoluta liberación mental.
Nada, apenas tardé un par de minutos en regresar al salón y de nuevo tuve que detenerme ante aquella estampa que me ofrecían mis amigos en la cocina. Aunque esta vez fue por culpa de una extraña pregunta que me hizo Santana, y que yo ni siquiera supe cómo responder.
—Rachel. ¿Qué sonido te gusta más, el zumbido de una abeja o el ronroneo de un gatito?
—¿Qué? ¿Por qué me preguntas eso?
—Nada, olvídalo —interrumpió Kurt—. Yo creo que es más parecido a los gatos cuando les acaricias la espalda.
—¿Gatos? —repitió Blaine —¡No! Es más suave, no sé, creo que existe un pájaro en el Amazonas que emite un leve murmullo cuando expande su cola.
—Yo no creo que tenga nada que ver con un pájaro, es más parecido a las abejas.
—Ni abejas, ni gatos, ni pájaros —replicó Brittany—. Estáis desvariando, yo creo que es una Jane Birkin en potencia, está clarísimo.
—Mmmm, tienes razón —intervino Kurt —¿Cómo no había caído antes?
—¿Quién es Jane Birkin? —recriminó Santana con la aprobación de Blaine, y yo perdí la paciencia.
—Ok, no es por nada, pero creo que estáis perdiendo la cabeza —les dije—. Será mejor que vuelva a dormir antes de que terminéis volviéndome loca a mí. Por cierto, la ensalada da gases, así que no lo vais a pasar muy bien si seguís comiendo a estas horas.
—Gracias por tu consejo, Berry —masculló Santana con algo de burla—, pero no nos interesa. Tenemos un asunto bastante más interesante que debatir, así que es mejor que hagas caso a tu conciencia, y regreses ahí dentro. A dormir.
—Estáis locos —insistí segundos antes de regresar a mi habitación, completamente convencida de que lo que acababa de ver, no era más que una alucinación producida por el embriagador perfume de las velas. Perfume que volvió a inundarme tras acceder de nuevo al pequeño mundo que Quinn y yo habíamos creado en mi habitación.
—¿Por qué has tardado tanto? —me susurró de forma sugerente, deslizando lentamente su pie descalzo por encima de las sábanas y permitiéndome la visión parcial de su pierna—. Empezaba a echarte de menos.
—Acabo, acabo de ver algo realmente extraño —le dije.
—Hey, hey. ¿Piensas quitarte ese albornoz así, sin más? ¿Qué tal algún bailecito? —bromeó ignorando mi confusión, y yo no pude resistirme a la tentación de hacerlo. Era imposible sentirse insegura con alguien como ella logrando con cada palabra, cada mirada o gesto hacerme sentir realmente especial—. Mmm, dios Rachel, creo que me vas a volver loca —susurró tras ver como mi albornoz comenzaba a deslizarse por mis hombros y caía al suelo, mientras yo misma me inventaba una sencilla y sensual coreografía que consistía en mover delicadamente la cadera, y regalarle la sonrisa más traviesa de cuántas pudiera esbozar.
—Entonces es que estoy haciéndolo bien —le dije.
—Ven aquí, vamos. No me hagas esperar más.
Por supuesto que no lo iba a hacer. Si complicado era resistirse a ella, ¿cómo evitarlo cuando sabía que estaba desnuda debajo de las sábanas? Imposible para alguien tan fácil de convencer como yo, imposible para alguien tan enamorada como yo. Así que volví a las andadas, y tras dejar el albornoz en el suelo, me deslicé de rodillas por la cama hasta llegar a sus labios, y adueñarme de ellos con un leve mordisco que daba el pistoletazo de salida a una nueva tanda de arrumacos y roces.
—Mmm. Yo disfrutando de ti, y esos idiotas ahí fuera comiendo cualquier cosa —murmuró permitiéndome que me acoplara sobre ella—. Qué poca imaginación.
—No solo eso —susurré sin dejar de besarla—. Lo peor es que están hablando de cosas absurdas.
—¿Qué cosas? —preguntó curiosa deslizando sus dedos por mi espalda.
—No lo sé, Santana hablaba de abejas, Kurt del ronroneo de los gatos y Blaine de un pájaro del Amazonas que no sé qué hace para que su cola se expanda, están locos.
—Completamente locos —repitió interrumpiendo la conversación con uno de esos besos que te arranca la respiración y por inercia, vuelves a por más.
—Totalmente locos —musité—. Solo, solo Britt parecía ser más normal,
—¿Por? ¿Qué decía ella?
—Hablaba de una tal Jane Birk… No sé qué más.
—¿Jane Birkin? —me cuestionó desviando la mirada desde mis labios hacia mis ojos
—Sí, creo que era esa, no tengo ni idea de quién es.
—¿No sabes quién es?
—Eh, pues no —noté como me miraba extrañada, y también algo divertida—. ¿Quién es? ¿Una amiga tuya?
—¿De verdad no conoces a Jane Birkin y esa canción tan, tan sugerente?
—¿Canción? ¿Qué canción?
—Je t'aime... moi non plus —susurró de forma tan sensual, que incluso sin saber lo que decía, me excitó.
—¿Francés? ¿Pretendes que conozca una canción en francés? Suena realmente bien en tu voz, Quinn, pero creo que mi negación con los idiomas es algo que aun desconoces de mí.
—No es eso, Rachel. Ella es inglesa, y sí puede que la canción sea francesa pero, es todo un clásico. Seguro que la has escuchado, es muy sugerente y sensual. De hecho, representa toda una revolución sexual.
—¿De veras? —comencé a confundirme aún más.
—Sí. Esa canción estaba prohibida.
—¿Prohibida?
—Ajam, apenas la radiaban. La canción habla del sexo, quiero decir, del acto en sí. De hecho, es como si estuviesen haciendo el amor mientras la cantan, aunque no es que la canten demasiado, es más como una conversación entre dos amantes mientras hacen el amor. A Jane se le escucha gemir y susurrar, es más, incluso se escucha el orgasmo. No me creo que no conozcas esa.
—Espera, espera —la detuve separándome un poco de ella—. ¿Orgasmos? ¿Gemidos? ¿Me estás diciendo que en esa canción se escucha eso y…?
—Sí, ya te he dicho fue toda una revolución. La prohibieron en muchísimos países y… —me interrumpió y yo palidecí.
—¿Qué mierda hacían hablando de esa canción? —me cuestioné a mí misma, pero evidentemente Quinn pudo oírme y acertó a regalarme una respuesta. Una respuesta que yo prefería no oír, porque ya empezaba a temerme lo peor. ¿Por qué todo tenía que pasarme a mí?
—No sé, tal vez la hayan escuchado, o tal vez por ser San Valentín, o quien sabe… Tal vez les recordará a algo o alguien y…
—Oh, no —susurré.
—¿No qué?
—¡No! —lamenté dejándome caer sobre el costado, siendo consciente de lo que realmente estaba sucediendo.
—¿Qué ocurre, Rachel? —me preguntó preocupada, pero para ese entonces yo ya había sucumbido y empezaba a asimilar lo último que quería tener que asimilar en mi vida.
Tantos años escuchándolos a ellos. Tantos años bromeando con Kurt acerca de qué nombre regalarles a todas las compañeras de cama que había tenido Santana. Tantos años creyendo que era algo extra ordinario que todos nos enterásemos, menos sus protagonistas, y que seguro que Santana sabía de sobra. Pues bien, había llegado mi turno. Ahora era yo la protagonista, y juro que en ningún momento fui consciente de que pudiese estar exponiéndome de tal manera.
Tal vez había llegado el momento de hacer lo mismo que Kurt, y buscar un hogar para mí sola. O tal vez debía empezar a ser consecuente con mis actos, y no dejarme llevar por la pasión sabiendo que, a ambos lados de mi habitación, tenía a dos cotillas de campeonato y una pared muy fina. Fuera lo que fuese, ya había cometido el error que nunca creí cometer. Ya era una de ellos, una más.
—¿Estás bien? —me insistió Quinn y yo me limité a mirarla.
—¿Estás preparada para enfrentarte a las burlas y a las miradas de esos cuatro idiotas por el resto de tu vida?
—¿Qué? ¿De qué hablas, Rachel?
—No, no soy Rachel —balbuceé.
—¿Qué? ¿Qué dices? —me cuestionó incrédula, con aquella expresión tan encantadora que ponía cuando fruncía el cejo, y algo se escapaba de sus conocimientos.
—Ya no soy Rachel —susurré sacando a florecer mi mejor registro melodramático—. Ahora soy la gatita y tú la abeja Reina, o quizás soy el pájaro del Amazonas, y tú… —suspiré dándome por vencida—Tú la hermosa señorita Birkin.
—¿De qué hablas?
—Nos han escuchado, Quinn. Seguro que nos han escuchado y nos están poniendo motes. Es… Es una larga historia.
—¿Nos han escuchado haciendo el amor? —me preguntó casi conteniendo la risa, y yo le asentí lamentándome— Hey, tranquila. No sucede nada. Si nos han escuchado, pues peor para ellos.
—Tú no lo entiendes, Quinn. A partir de ahora es probable que se rían de nosotras, o que nos llamen de esa forma.
—Me importa un bledo —me dijo acercándose de nuevo a mi—. Si ese es el precio que debo pagar por hacer el amor contigo, estaré encantada.
—¿Estás segura, señorita Birkin?
—Nunca he estado más segura en toda mi vida —susurró Quinn atrayéndome hacia sus labios, regalándome de nuevo esa mirada que ya nunca más me iba a abandonar—. Y si eso es lo que quieren, me pienso pasar toda la noche cantando.
