La música retumbaba fuerte en sus oídos. Ross estaba desorientado, no sabía adónde estaba ni cómo había llegado allí. Estaba oscuro, el ritmo latino sonaba a todo volumen. Había luz adelante, luces de colores y una bola de de espejos que daba vueltas. Él se acercó, el lugar le parecía extrañamente familiar. Había sillas apiladas junto a las paredes haciendo lugar a una pista de baile y en el medio una sola persona bailando. Una mujer de largas piernas en un jean apretado que marcaba sus curvas, zapatos de taco alto y un top negro que dejaba ver la piel de su terso abdomen. El cabello colorado suelto, moviéndose al compás de la música. Ross se acercó a ella. Demelza dio una vuelta y al hacerlo lo vio y sonrió de oreja a oreja. Él pudo escuchar su melódica risa sobre la música, ella extendió un brazo hacia él y él tomó su mano y comenzó a bailar también. Sus cuerpos pegados, los dedos de Demelza acariciando su cuello, los de él bajando por su espalda, su cintura y más abajo, sus pechos contra el suyo.
Ross se despertó sobresaltado. Sus brazos abrazaron el aire y por un segundo no sabía en donde estaba. Luego se acordó, su cabeza hundiéndose de nuevo en la almohada. Llevó una mano a su frente y luego a su alborotado pelo, no era la primera vez que un sueño lo despertaba en medio de la noche. Por la diminuta ventana de su habitación sólo entraba oscuridad, aún faltaban varias horas para que amaneciera. Los sueños eran cada vez más frecuentes, no eran sueños desagradables y a decir verdad eran quizás hasta bienvenidos, lo malo era que cuando intentaba abrazar a su esposa ella se desvanecía entre sus brazos y él se despertaba de golpe. En sus sueños era la única forma de tener a Demelza entre sus brazos esos días. Ross se quedó inmóvil mirando el techo. Tan acostumbrado estaba a escuchar la respiración y los pequeños movimientos de los niños en su cuarto, a oír a Garrick vagar por la casa durante la noche, a sentir el calor de Demelza a su lado, que el silencio de su pequeño departamento le parecía ensordecedor. La relación con Demelza había mejorado un poco desde la noche de la tormenta, si es que mejor se podría decir al hecho de que no terminaran discutiendo cada vez que se veían, lo que no era muy seguido. Ella era cordial con él, incluso hasta amable. Pero existía una distancia entre ellos, una pared que ella había construido alrededor suyo que él no sabía cómo sortear. Siempre había sido tan fácil hablar con ella, Demelza era una mujer que llevaba el corazón en su mano, siempre tan abierta y honesta, era una de las cosas que le gustaban más de ella una vez que la llegó a conocer. Por eso lo desconcertaba que le hubiera ocultado lo del francés. Le había preguntado una tarde antes de irse de Nampara, si había vuelto a saber de él. Ella le había dicho que no y al silencio le siguió otro pedido de disculpa y la explicación que ella no quería agobiarlo con otro problema y que los días previos a la cita ella estaba tan molesta con él con lo de Elizabeth que se había olvidado y esa mañana, cuando quiso decírselo él ya estaba molesto y no pudo. Ross recordó esa mañana una y otra vez, realmente deseó que se lo hubiera dicho.
Era verdad, no podía seguir negando lo que en realidad había sucedido. No solo ese día, si no antes también. Todo el tiempo que pasaba en Trenwith ¿Y para qué? ¿De qué le sirvió? Había abandonado su empresa y se había alejado de su familia, había dado por sentado de que ellos, ella, siempre estaría allí esperándolo. Y ahora su empresa sólo consistía en un supermercado y él estaba sólo sin poder dormir en medio de la noche. Tomó el celular de la mesita de luz.
Siempre terminaba así, con él teléfono bajo las mantas mirando una y otra vez las fotos que alguna vez había sacado a su hermosa familia. En casa, acurrucados los cuatro en el sillón, en algún restaurante cuando salían a comer, jugando en la playa… Las últimas fotos que tenía de Demelza eran de la noche que llevó a Garrick, ya para entonces las cosas andaban mal pero aún así ella se veía tan feliz. Ahora detrás de su máscara de cortesía había tristeza, decepción. Lo veía en sus ojos cada vez que ella lo miraba y esa barrera entre ambos era imposible de penetrar. Pensó que con tiempo, tiempo y dedicación a su familia de a poco ese escudo se iría rompiendo. Y él esperaba que fuera así. Seguramente los lazos que los unían eran más fuertes que cualquier tormenta, debían serlo. Pero después Ross miraba la foto de perfil de WhatsApp de Demelza y allí adonde estuvo él ahora ella había reemplazado su foto por una de ella y los niños y toda su certeza se desplomaba.
"Ross, ¿podemos hablar contigo un minuto?" Su ahora innecesaria secretaria le preguntó asomando la cabeza por puerta de su innecesaria oficina.
"Seguro, adelante." Rosina entró seguida por Sam. Su cuñado se había sumado a la familia hacía un par de años, cuando pudo escapar de las garras de su padre al llegar a la mayoría de edad. Demelza le había ofrecido que se quedara con ellos pero el joven tenía un espíritu independiente y se las arreglaba haciendo trabajitos de albañil aquí y allá y no se quedó mucho tiempo en Nampara. También, a pesar de ser hijo de su padre, era extrañamente educado y respetuoso, siempre lo había tratado con una cierta reverencia que lo hacía sentir un hombre mayor. Y además se había puesto de novio con su secretaria, lo que lo hacía cuñado y algo así como un suegro al mismo tiempo. Ross no lo había visto en todo este tiempo pero el joven pasaba tiempo en Nampara, a saber por la gran huerta que los niños le habían contado fue idea de él. "Sam."
"Buenos días, señor." Dijo el joven.
"Ross, queríamos pedirte permiso para algo. En realidad, bueno, sé cómo está la situación de Grace y qué de seguro pagar mi sueldo es una gran carga para ti. Aprecio que aún me mantengas como tu secretaria…"
"Eres una muy buena secretaria." Era cierto, era él quien era un muy mal jefe.
"Gracias. Pues verás, Sam y yo estuvimos pensando, tenemos una idea para hacer nuestro propio negocio. Sabes cómo Cornwall se llena de turistas en el verano, y el resto del año también, con la gente queriendo disfrutar del paisaje del mar y los acantilados."
"¿Si?" murmuró, sin saber adónde querían llegar.
"Pues los dos tenemos algo de dinero ahorrado y se nos ocurrió que podríamos abrir una casa de té en tu vieja mina, Wheal Leisure. Podríamos reacondicionarla, poner unas mesas dentro y afuera cuando el tiempo lo permita. Estoy segura que a la gente le encantará pasar un rato allí, con esas vistas…"
"Te pagaremos, por supuesto." Acotó Sam – "Te pagaremos un alquiler, y además pensamos que podríamos vender lo que se coseche en la huerta de Nampara, eso será todo para ustedes…"
"¿Ya lo hablaste con tu hermana?" Preguntó serio.
"Sí. Ella dijo que deberíamos pedirle permiso a usted, es tu mina."
Ross los miró frunciendo el ceño por un momento, y luego sonrió.
"Si Demelza está de acuerdo, yo no tengo problema. No te preocupes por la renta, suficiente gastos tendrán si quieren reacondicionar esa vieja mina. Rosina, te agradezco tu consideración, pero no debes preocuparte por tu empleo aquí, siempre lo tendrás."
"Lo sé, gracias, Ross."
"Aún así espero que no te vayas de un día para el otro y dejes todo en orden."
"Por supuesto, seguiré viniendo todo el tiempo que necesites para ayudarte." Dijo sonriendo contenta y abrazándolo. Sam hizo un leve movimiento de cabeza en su dirección, no estaba muy seguro que él lo apreciara tanto después de lo que había hecho a su hermana.
"Así que Wheal Leisure va a reabrir sus puertas de nuevo."
"¿No es fantástico, Ross? Estoy tan contenta por ellos." Él estaba contento porque Demelza había pronunciado su nombre con un entusiasmo que no había escuchado en mucho tiempo. Había ido a dejar a los niños en Nampara y la había encontrado de rodillas en la huerta plantando más semillas. Lo único que no le gustaba mucho a Ross era la idea que sus tierras se llenaran de extraños, la vieja chimenea de Wheal Leisure estaba bastante alejada, pero aún así.
"No debes preocuparte por los extraños. Sam hará un nuevo acceso más adelante para que quede totalmente independiente de los campos." Dijo distraída mientras removía la tierra, como si pudiera escuchar sus pensamientos.
"¿Y la playa?" Preguntó él.
"No hay forma de bajar a Hendrawna por Leisure. Y la playa de Sir Hugh siempre se llena de gente y él nunca dice nada y si se queja lo amenazaré de nuevo con denunciarlo. ¡Oh!" Exclamó como si se hubiera dado cuenta de algo.
"¿Qué ocurre?"
"Sir Hugh…" – dijo sonriendo, como si se hubiera acordado de algo gracioso. Luego levantó la cabeza hacia Ross que no había entendido el chiste. "Oh, no es nada." Desechó el pensamiento moviendo una mano y se puso de pie.
Ross la notó más sonriente que de costumbre. Su cabello atado y sus mejillas coloradas por haber estado al sol, la notó diferente.
"Prudie y yo les vamos ayudar preparando cosas dulces." Dijo volviendo al tema.
"Si tú cocinas entonces será un éxito." Ella sonrió mientras se limpiaba las manos. "Sólo procura no sobre exigirte, ya bastante trabajo tienes." La sonrisa se borró de su rostro y él se mordió la lengua, no debería haber dicho eso.
"No es nada, en realidad. Te quería decir, tengo un nuevo trabajo. Estoy a prueba, por así decirlo. La clínica recibió la donación de una nueva ambulancia y Dwight me preguntó si no quería estar en ella para dar primeros auxilios."
"Quieres decir, ¿en la calle? ¿Accidentes?" preguntó algo desconcertado.
"Si. O para cualquier cosa por lo que la gente llama a una ambulancia."
"Pero no tienes experiencia…" dijo. La expresión de Demelza volvió a ser reservada.
"De ahí que estoy a prueba, para adquirir experiencia. De todos modos, son menos horas que antes y el sueldo es un poco mejor. Son solo algunos días a la noche, así que puedo estar más tiempo en casa."
"¿De noche? ¿Tú manejas la ambulancia?"
"De noche me pagan más, y no, no manejo yo. Tengo un compañero que maneja y es enfermero y tiene años de experiencia en primeros auxilios." Agregó, evidentemente irritada ya.
Ross se tuvo que morder la lengua. De ningún modo le gustaba la idea de Demelza sola en la noche atendiendo accidentes o borrachos o cualquier otra cosa para la que se necesitara un medico en medio de la madrugada. Pero no podía decir nada. Si protestaba sabía que le diría que ese no era asunto suyo, lo que no sabía es que el nuevo trabajo de Demelza era el menor de sus problemas.
NA: ¡Gracias por leer!
