Yuri on ice no me pertenece es de Kubo, esta obra esta hecha por una fan para fans con el fin de entretener.
Capitulo 41 YA ESTÁS AQUÍ
Respirar me es difícil no puedo decir en qué momento empezó, traté de estar tranquilo, de poner mi mente en blanco y no pensar pero no puedo, algo dentro de mí está fuera de control, siento la opresión en el pecho, el zumbido en mis oídos, mi cabeza a punto de estallar.
La máquina suena, esa hacia donde están conectados los cables de mi panza y mis ojos se llenan de lágrimas. Chris me advirtió sobre esto, mi bebé está sufriendo y no puedo protegerlo porque yo mismo soy el causante de lo que le pasa. ¡Cálmate Yuuri!
Sala entró corriendo antes que siquiera moviera un músculo para llamarla, miró el monitor, luego a mí, me puso el aparato para medir mi presión y antes de tomar los medicamentos llamó a Chris.
"¿Cuánto le aplico doctor? Está otra vez sobre los 160. Sí, el latido está bajando. Lo espero"
—Si sientes molestias me avisas pero aguanta todo lo que puedas— me advirtió antes de empezar con la tortura. Mis poros destilaban, todo mi cuerpo se calentó cuando cerré los ojos para sentir que me moría. Apreté su mano al no poder soportar más y se detuvo.
Georgie entró seguido de Chris. Ambos revisaban el monitor y a mí. Sala se hizo a un lado.
—Sala, dile a Lilia que prepare el quirófano número dos— ordenó Chris. —Georgie ¿Dónde está Viktor?— miré hacia el ruso para poder entender en caso de no poder escuchar correctamente.
—No sé. Debieron abordar el vuelo hacia Nagasaki hace ocho horas... deben estar aterrizando...
—Hasta Hasetsu son otras cuatro horas más, no hay tiempo... Prepara la anestesia— la mirada que me dedicó Chris no la supe interpretar. Parecía preocupado, al borde de la desesperación y también encontré miedo. El mismo temor que me tiene en un puño. Georgi salió dejándome solo con el obstetra.
— Yuuri, tengo que operarte porque tu bebé está sufriendo, ya no podemos esperar más, los latidos descienden...
—¡Hazlo! Confío en ti Chris— le dije muy seguro.
—Tienes que firmar el consentimiento, es una formalidad del hospital...
—Yo firmo lo que sea, solo prométeme algo— tome la manga de su bata. –Pase lo que pase, siempre y sin dudarlo vas a preferirlo a él— puse su mano sobre mi panza. –Por sobre todas las cosas, incluso sobre mi persona, escógelo a él.
—Eso no será necesario Yuuri...
—Promételo, solo promételo y estaré bien.
—Lo prometo.
Todo pasó como en las películas médicas que tantas veces he visto, vinieron a llevarme, me cambiaron a una camilla, las luces blancas del techo pasaban una tras otra. En algún momento me incliné para firmar el consentimiento para la operación y siguieron empujando hasta entrar en una sala blanca. Pude ver las cuatro potentes lámparas en el techo, estaban apagadas.
Con suavidad me sacaron de la camilla para colocarme en aquella dura cama de quirófano, tres enfermeros fueron preparándome. Me cambiaron la bata, rasuraron mi pubis causando que suelte un grito pues no estaba preparado para sentir aquel frio.
—Vamos a anestesiarte, va a doler un poco pero luego no sentirás nada en los miembros inferiores. Georgi es un experto, te dejo en buenas manos— Chris me dedicó una sonrisa y fue a prepararse.
—Hola otra vez, Yuuri— me saludó el ruso, le sonreí porque sus ojos me calmaban. Dos enfermeros me colocaron de costado me desinfectaron la piel y pusieron una especie de plástico en mi espalda. Lamentablemente pude ver la aguja que iban a usar en mí y me asusté. –Tranquilo, no debes moverte, no demoraré mucho.
Me dolió. Apreté los dientes para no moverme ni un milímetro, pude sentir como aquella aguja penetraba mi piel y parecía meterse entre los huesos de mi columna. El líquido que inyectó Georgi se sentía frío, como todo en aquel lugar. Cada objeto allí estaba frío.
Al terminar me regresaron a la posición inicial. Mis manos fueron atadas a los lados, eso me hizo sentir tan vulnerable. También me ataron las piernas, colocaron un gorro en mi cabeza y una especie de tubo en mi nariz por el que salía aire puro. Me dediqué a respirar suavemente para calmar los nervios, mirando a los médicos e intentando identificarlos. Todos usaban gorras y tapabocas. No pude hacerlo por mucho tiempo porque colocaron una barrera celeste sobre mi pecho que no me permitía ver hacia mi pancita.
Los ojos verdes de Chris son inconfundibles porque están adornados de unas largas pestañas. Los de Georgi son mis favoritos porque me recuerdan a Viktor... ¿Dónde estás Vitya? Aquellos ojos verdes fríos son de Lilia y los violeta tan bonitos de Sala. No reconozco los marrones del enfermero, lo he visto pocas veces...
Un pitido insistente me sacó de mis pensamientos, escuché traqueteo y agitación entre todos los presentes, unos a otros se miraron.
—¡Latidos Sala!— escuché hablar a Chris.
—Menos de 120 doctor— contestó.
—Necesitamos al menos 25 minutos para que la anestesia...— escuché a Georgi.
—No tenemos ese tiempo— respondió Sala bastante asustada.
Las lámparas del quirófano se encendieron lo cual me causó pavor, verlos asustados, mirándose unos a otros sin saber qué hacer. Empecé a temblar, no pude evitarlo, mi cuerpo simplemente se sacudía de frío y miedo.
—Tranquilo Yuuri, por favor, contrólate— era Chris
—¡Está convulsionando!— escuché gritar a Georgi.
—¡No! Yuuri, mírame— el suizo llamó mi atención. –Yuuri, soporta un poco más, solo un poco más...
De pronto la puerta se abrió violentamente. Era Viktor que entraba a medio vestir, Lilia corría tras él para atarle la bata por detrás. Creí que no llegaría a tiempo ¡Quiero llorar de emoción!
— ¿Cómo va la lectura del corazón del bebé?— fue lo primero que preguntó. Cerré mis ojos para oír mejor y no distraerme mirando otras cosas.
—La intensidad de los latidos decrece, demasiado...— le respondió Chris.
—Debemos empezar de inmediato— escuché a Anya chillar. —Lo más importante es salvar a la criatura...
—¡No! Esperemos a que haga efecto la anestesia— su voz firme hizo que mi corazón brincara y mis miedos se disiparan en parte. Es Viktor. Está junto a nosotros, él nos cuidará.
—No podemos esperar, es mi paciente. Hay que sacar al cachorro o morirá— reclamó Anya.
—Yo estoy a cargo— le increpó Chris.
—Lilia, comprueba que el paciente ya no tiene sensaciones— Anya estaba decidida a iniciar la operación... yo... aún siento el frío en mis piernas...
Sentí un cosquilleo en mi pie derecho pero decidí ignorarlo.
—Yuuri, intenta mover tus pies— escuché a Sala.
—No puedo— dije cerrando mis ojos.
—Inicien de una vez— la voz fría de aquella mujer rusa me condenó.
Tienen que sacarlo pronto, mi cachorrito no puede seguir sufriendo por mi culpa, demasiado daño le he hecho ya como para acobardarme ahora. No me importa lo que tenga que sufrir pero él, debe estar bien.
No pude seguir pensando porque un dolor agudo me traspasó. Apreté mis dientes y volví a sentir aquel desgarro otra vez. Ya no pude evitar que mis lágrimas salieran pero me concentré en no gritar. No puedo ser tan cobarde y reclamar atención cuando todos deben estar concentrados en salvar mi bebé. Si grito, quizás Viktor detendrá a Anya y a Chris y eso puede significar que mi pequeñín sufra más.
¡Sáquenlo! ¡Sáquenlo pronto!
Toda mi vida he tenido pequeños accidentes, quemaduras, torceduras y caídas debido a mi torpeza natural y al sobrepeso. Intento recordar todos los dolores que he sufrido pero ninguno se comparaba con lo que estoy sintiendo.
¡Duele!
Incluso duele la mandíbula del esfuerzo que hago por acallar mis gritos. Mi cuerpo empezó a transpirar, sentí mi espalda y mis pechos empapados de sudor.
No tardaron mucho aunque para mi fueron horas, no pude evitar soltar un par de sollozos que logré callar cuando sentí el primer chillido de mi bebé. Dejé forzar mi resistencia, mi cuerpo se relajó. Fue un llanto fuerte, como el de un gatito asustado.
Sala se acercó a mí para revisarme, apenas la tuve cerca tomé una de sus mangas.
—Por favor... ¡Duele!— supliqué temblando.
— ¿Sigues sintiendo? Dios mío. ¡Doctor Nikiforov!— llamó. Cerré los ojos porque me daba vergüenza mirarlo.
—Yuuri ¿Puedes sentir Yuuri? ¿Te duele?— preguntó suavemente. Abrí mis ojos para mirarlo. Apenas podía verle esos hermosos ojos celestes. Ahogué mi llanto y dije que si con la cabeza.
—Sala, pásame Diprivan ¡Rápido!— exigió. –Tranquilo, tranquilo va a pasar pronto. Lo siento, perdóname— quiso acariciar mi rostro pero su mano estaba manchada de sangre. Se quitó los guantes, inyectó el contenido de la jeringa en mi vía. Abrí los ojos para verlo concentrado en su trabajo. Es tan hermoso... me concentré en la pequeña arruga que se forma en medio de sus ojos cuando está haciendo algo importante y poco a poco un sopor fue haciendo pesados mis párpados. Lo último que vi fueron sus ojos del color del cielo de verano, mirándome.
A lo lejos pude escuchar nuevamente el llanto de mi cachorrito, mientras yo flotaba en el viento, las nubes me sostenían...
—Besa a tu bebé— escuché a Sala llamándome. Abrí mis ojos rápidamente, no sé cuánto tiempo pasó, una cobija blanca estaba junto a mí. –Se la van a llevar a neonatología, dale un beso— volvió a insistir la enfermera. Giré mi cabeza para poder mirarla pero mi vista estaba borrosa y no lograba enfocar. Le di un beso.
— ¿Qué es?— pregunté.
—Una niña. Una preciosa bebita— me susurró.
Antes de volver a dormir pude ver cómo Sala le entregaba mi hija a Viktor. Él la tomó entre sus manos con sumo cuidado mirándola con tanto cariño. Se marchó con ella en brazos pero no tuve miedo por eso. Sé que mi pequeña está en las mejores manos. En las de su padre aunque él no lo sepa.
