Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS SEXUALES +18


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Capítulo 26:

Nuevos horizontes

Charlie y Renée miraron a su hija con un inmenso orgullo en su corazón. Hoy les parecía mucho más hermosa que nunca.

—Cariño —saludó el padre, abrazando a su pequeña con fuerza.

Bella cerró sus ojos, muy dichosa. Era muy feliz.

—¿Nos vas a decir para qué es esta fiesta tan linda? —inquirió Renée, dándole un beso en los cabellos.

Buscó a Edward, que tomaba su mano y le sonreía de forma cómplice.

Todos los presentes fueron a saludar, todos los que ellos querían que fueran parte de la noticia. Los mellizos parecía que querían explotar, incapaces de aguantarse la realidad, que iban a ser hermanos mayores de tres pequeños.

Edward pidió a todos que se acercaran a la mesa y tomó una copa, todavía mirando a su amada con mucha complicidad. Bella le besó el pecho y miró a todas las personas a quienes amaba, a sus padres, sus suegros, sus amigos y sus pequeños, todos importantes en su vida, siendo aquellos que durante tanto tiempo habían querido que mejorara. Hoy se sentía feliz y radiante, capaz de todo y más, por ella y su familia.

—Quiero agradecer a todos por venir, ha sido una fiesta que ha aparecido de pronto, sin siquiera avisarnos, pero aquí estamos —comenzó a decir Edward, mirando la hermosa decoración—. Hoy queríamos que estuvieran porque es un día importante para nosotros. Bella y yo estamos dichosos y quiero que sea ella quien dé la noticia.

Bella suspiró y vio a su papá y a su mamá, inquietos y muy curiosos por lo que tuvieran que decir. Ninguno se imaginaba a qué se podían estar refiriendo y menos de qué se trataba.

—Hace quince días recibimos la mejor noticia que podía existir —siguió diciendo Bella—. Es una noticia llena de esperanza. —Miró al cielo, agradeciéndole a Dios por tan lindo regalo—. Estoy embarazada, ya tengo doce semanas.

Hubo un suave silencio durante un par de segundos, hasta que finalmente todos salieron de su trance, en especial los padres de cada uno. Corrieron a abrazarlos, demasiado dichosos de escuchar algo tan sorprendente y hermoso a la vez. Bella y Edward no podían seguir hablando ante tanta felicitación y abrazo.

—Esperen —gimió Bella entre risas—. Estoy embarazada de tres. Son trillizos.

Hubo otro silencio, uno que luego fue destruido por un cantico idéntico entre todos los asistentes de la fiesta.

—¡¿Qué?!

Los abrazos fueron aún más apretados, la familia estaba en medio de una intensa dicha ante los nuevos miembros que la conformarían. Pero quien más afectado estaba era Charlie, que no dejaba de abrazarla y besarla mientras comenzaba a llorar de manera honda, como si le desgarraran el interior.

—Oh, papá —dijo Bella, sobando su espalda con un nudo en la garganta.

—Mi pequeñita… ¿Lo ves? —inquirió, tomándole las mejillas entre sus robustas manos—. Dios siempre nos tiene un regalo. Primero fueron esos hermosos mellizos y ahora tres más que nos llenarán de dicha.

El rostro de Charlie, bañado en lágrimas de emoción, hizo que Bella también dejara caer unas pocas, sabiendo cuánta razón había en sus palabras.

—Válgame Dios, son tres —murmuraba, mirando a una llorosa Renée, que no dejaba de darle besos a su hija—. Tengo que hacerles la cuna, ¡yo les regalaré el coche! Son tres…

Estaba mareado y tan pronto como comenzó a tambalear, Edward lo sostuvo con un brazo echado en sus hombros.

—Esto es efecto tuyo, Edward Cullen —le dijo Charlie, mirándolo con una ceja alzada.

—Señor Swan, no es mi culpa tener tanto potencial —quiso bromear.

Craso error.

—¿Qué tal si te sientas un poco, papi? —dijo Bella, intentando salvar a sus hijos de quedar sin padre debido a la mirada fulminante de Charlie—. Edward —lo regañó por lo bajo.

—Lo siento, Ojitos, lo siento —repetía.

Renée se dedicó a echarle un poco de aire, esperando que no se desmayara o que le diera un infarto por la noticia que acababa de recibir. Estaba feliz pero demasiado sorprendido, y vaya que quería seguir llorando.

—Mi hijita ya está tan adulta —decía.

—Bastante adulta, Sr. Swan —decía Emmett—, vea el resultado de tanta diversión.

A Charlie se le desfiguró la cara y tanto Edward como Bella por poco le dan un golpe.

—En serio, Edward, ¿cuál es tu problema? ¿Qué tienen tus renacuajos que han llegado al huevo con tanta facilidad? —seguía bromeando su hermano, moviéndole las cejas—. Creo que mi mejor regalo de cumpleaños será una vasectomía, la necesitas…

Carlisle le dio una palmada en la nuca para que se callara mientras su madre le tiraba de las patillas.

—¡Mamá! ¡Papá! ¡Auch! —exclamaba.

Rosalie miraba cómo lo sacaban del medio, manteniendo una sonrisa imposible de evitar. La pequeña Kelly miraba cómo los ojos de su mamá brillaban y de inmediato fue con ella, tomándola de la mano para acercarse a Emmett.

—Estoy tan feliz por ustedes —dijo Esme, dándoles un abrazo apretado a cada uno.

—Es una noticia fascinante —añadió Carlisle, depositando un beso paternal a cada uno.

Como Charlie ya se sentía mejor, fue hasta su hija y la abrazó una vez más, llorando de llana felicidad. Mientras, Renée sostenía a Ava y a Noah, que constantemente comentaban que iban a tener tres hermanitos con los que iban a jugar.

—Me has hecho el abuelo más feliz del mundo —gimió el jefe de policía, acariciando el rostro de su amada hija.

—Papá —gimió Bella, limpiándole las lágrimas.

—Y tú, Manos Largas. —Lo miró y le palpó el hombro—. Solo puedo decir gracias, porque me has dado cinco nietos que voy a amar hasta el fin de mis días.

—¿Incluso con la triple encestada? —inquirió el doctor.

—Edward —regañaron la suegra y la futura esposa.

—Lo siento.

Charlie resopló.

—Sí, aun con la triple encestada.

Renée le dio un beso en la mejilla a su esposo y luego abrazó a su hija, sintiéndose irremediablemente feliz con la idea de ver a su tesoro cumpliendo sus más anhelados sueños.

Bella, por su parte, miró a su alrededor, sintiéndose llena y dichosa. Sus trillizos llegarían a un mundo hermoso, un lugar en el que todos en su círculo más cercano cuidarían para que fueran tan felices como lo eran sus mellizos.

—No puedo creer que pasaron quince días sin que me lo dijeras —le reprendió Alice, para luego sonreírle y darle un abrazo muy apretado—. Pero te perdono porque sé que era importante guardar un poco de tiempo.

Su amiga tenía los ojos bañados en lágrimas, pues había sido testigo de todos esos abortos que tanto la llenaron de dolor. Ahora, verla tan radiante la dejaba satisfecha, mucho más de lo que cualquiera imaginaba.

Jasper, por su lado, los abrazó y les deseó que tuvieran un embarazo tranquilo, sintiendo esa emoción propia de un hermano mayor.

Mientras Edward y Bella se llenaban de besos mutuos, disfrutando de su amor, del ambiente y de lo bien que se sentían rodeados de las personas que amaban, los mellizos fueron tras sus brazos para sentirlos. A ratos, Ava y Noah buscaban sentir a sus hermanos, poniendo sus orejas pegadas en el vientre de su mamá, demasiado inocentes e impacientes para comprender que aún faltaba bastante tiempo para que ellos nacieran.

—¿En qué piensas? —le preguntó Edward, ofreciéndole un cupcake de colores.

—En el día que los conozca —susurró, dándole un mordisco.

Él sonrió y le besó los labios para quitarle un poco de crema.

—Solo espero que estén sanos, conocerlos y asegurarme de que todo este sueño es real —respondió él, abrazándola—. Y definitivamente me haré esa vasectomía. ¿Crees que Emmett cumpla con su regalo?

Bella se rio y lo siguió abrazando, sintiéndose muy dichosa de tenerlo con ella.

—Y en un mes seremos marido y mujer —añadió ella, dándole caricias con la punta de su nariz justo en el cuello.

—No tienes idea de cuán feliz me siento —aseguró el doctor, tomando su mano en donde descansaba su anillo de compromiso—. Quiero hacerte feliz.

—Ya me haces feliz.

—Entonces mucho más.

—¿Es eso posible?

—Te prometo que sí.

Ambos se rieron, disfrutando de la compañía del otro.

Rose miraba a los enamorados con el corazón muy feliz. Ver a su amiga así, tan dichosa y con un hombre que la amaba, esperando a sus tres retoños y con los mellizos generando la ternura de todos, pensó inmediatamente en la posibilidad de tener algo así. Entonces miró a Emmett, que se bebía una copa de sidra mientras Kelly se acercaba a él.

—¿Quieres venir con nosotras? —le preguntó la nena.

Emmett salió de sus propios pensamientos y pestañeó, mirando a Rosalie. Hoy se había puesto un conjunto que lo hacía suspirar, por lo que prefería evadir la mirada por su propia salud mental.

—¡Mamá! —llamó Kelly—. Mira, estos bocadillos están muy ricos.

Kelly esperaba a que su madre se acercara, así que mientras esperaba, buscaba la manera de hacer que estuvieran más juntos.

—Hola —saludó Rose, poniéndose algunos cabellos por detrás de su oreja.

—Hola —respondió Emmett, sosteniendo una sonrisa sincera en sus labios.

—Un lindo día, ¿no? Seremos tíos —dijo ella.

—Y de tres. ¿No es perfecto? Aunque, si te soy sincero, creo que envidio a mi hermano, ya sabes, está con la mujer que ama y será padre otra vez. Se ve tan feliz.

Rosalie arqueó las cejas y dio un paso hacia adelante.

—Quizá necesitas ir con esa persona especial —musitó Rose.

Él tragó.

—Entonces comenzaré por invitarte a beber un poco de sidra —jugueteó, poniéndose serio al segundo después.

Rosalie sentía que le vibraban las entrañas.

—¿Qué dices… Kelly?

Los dos se giraron a mirar y se dieron cuenta de que ella ya se había ido.

—Creo que Kelly estaría muy feliz de decir que sí, acepto una copa de sidra —contestó Rosalie.

—¿Y tú?

Hubo una pequeña pausa.

—Yo acepto encantada, Emmett.

Él sonrió de dicha y le ofreció una copa. Cuando Rose la tomó, pudo rozar sus dedos, lo que dado a su historial, era lo más casto que habían hecho, pero esta vez tenía más significado que nunca.

¿Era el comienzo de lo que tanto ansiaban? No lo sabían, pero ambos estaban dispuestos a dar el paso.

Kelly sonreía mientras los miraba, bastante satisfecha con su labor. Entonces se giró y chocó las palmas con Edward y Bella, sus cómplices.

—Ahora sí funcionará —dijeron al unísono.

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Bella había comido cuatro cupcakes y mucha pascualina de carne y salsa, lo que la tumbó en el hombro de su futuro esposo más pronto de lo que imaginó. Esme llevó una manta para taparla y la acomodó de forma maternal mientras Renée le acariciaba el vientre y se aseguraba de que estaría descansando en medio de la tarde de verano.

Cuando Charlie la vio durmiendo, se acercó sin poder evitarlo y le acarició el rostro a su hermosa y adorada hija. Edward lo veía actuar con tanta naturalidad, la misma que él tenía con su pequeña Ava, lo que le hizo sonreír.

—¿Qué miras, Manos Largas? —le preguntó Charlie, queriendo ponerlo nervioso—. Ya, estoy de broma. Dame un espacio.

Edward se movió un poco y Charlie se sentó a su lado.

—¿Sabes algo? Hoy he reafirmado que eres el hombre ideal para mi hija. Sé que a veces soy un pesado contigo, pero es natural, es mi nena… —Suspiró—. Mi plan en la vida es que sea feliz y contigo lo es. Tendrá tres pequeños más y eso lo desea el corazón. Esos tres chiquitos estaban buscándote, Edward, porque saben que tú amarás siempre a su mamá. —Le pasó una mano por la espalda—. Gracias, gracias infinitas por llegar a la vida de mi hija.

—A usted por traerla a la vida.

Él sonrió.

—Ese fue trabajo de mi esposa, yo solo entregué los nadadores.

—Te estoy escuchando, Charlie —regañó su esposa.

Ambos se rieron.

—Creo que los dejaré a solas, se ve su paz cuando está contigo —dijo Charlie.

Le dio un beso en la frente y le susurró que la amaba.

—¿Quién quiere ir a jugar? —preguntó, mirando a los enérgicos mellizos.

—¡Yo! —gritaron.

—Pero con cuidado, que el abuelo Charlie tiene problemas de espalda.

—Yo le llamo vejez —dijo Carlisle, uniéndose al juego.

Los dos se rieron y se palparon la espalda, yéndose con los nietos a juguetear como dos pequeños más.

Edward sonrió, sabiendo que estaba en el lugar y el momento perfecto.

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Edward tenía un fuerte dolor de cabeza. Había dormido muy poco desde su última guardia, la única de la que no había podido librarse y además estaba pendiente de las novedades de la policía. Haber recibido una llamada de los Denali lo había alterado lo suficiente para que el dolor aumentara; no podía creer que los padres de esa desquiciada quisieran ofrecerle dinero para que la demanda contra su hija fugitiva no se llevara a cabo.

—¿Qué ocurre? —inquirió Bella, apoyándose en su hombro—. ¿Sigues molesto por la llamada?

—No estoy molesto, estoy furioso.

Ella suspiró, dejando pasar la rabia para encontrarse bien por sus hijos, que ya tenían dieciséis semanas.

—Lo sé. —Le besó el cuello—. Solo… no quiero que esa mujer nos robe nuestra felicidad.

Él se giró y la sentó en sus piernas.

—Nadie jamás nos la robará.

Ella jugueteó con sus labios y finalmente suspiraron.

—Tengo que ponerme un poco de crema. ¿Me la pasas?

Edward se levantó para ayudarle, contemplando a su Ojitos Marrones con esa pequeña barriga en forma de aguacate. Como eran tres, el embarazo iba a notarse mucho más rápido. La idea lo ponía feliz, sin duda. A ratos, mirarla era un completo deleite, el embarazo la hacía verse aún más hermosa, con un color radiante en su piel y un rubor que jamás había visto en ella. Sí que la amaba, realmente lo hacía con fervor.

El doctor se arrodilló frente a Bella y le levantó el pijama, descubriendo la pequeña barriga abombada y la ropa interior. Ella le acarició el cabello mientras Edward repasaba su piel con cariño, masajeando con suavidad, queriendo sentir a sus tres pequeños.

—Me gusta cuanto haces esto —dijo Bella.

Edward le tomó el mentón cuando terminó y le dio un profundo beso, lo que a ambos les hizo suspirar.

—¿Me esperarás despierta? —inquirió él, deseoso de estar con ella.

Bella jadeó.

—Tengo que bañar a los mellizos —añadió.

—Oh no, por ningún motivo. Déjame a mí, ya tuviste una guardia agotadora. Acuéstate y espérame. —Le dio un beso más y lo obligó a acomodarse en la cama.

—Te esperaré despierto entonces.

Bella le guiñó un ojo y fue a por los mellizos, que estaban jugando con arcilla en medio de su pequeña mesa de juegos.

—Ya es hora del baño —anunció, acariciándose la barriga mientras iba a por ellos.

Le besó los cabellos a cada uno mientras se limpiaban las manos para acatar la orden de su mamá. Bella fue a preparar la tina con agua tibia mientras su gato Halloween jugueteaba con sus pies, deseando pasar el rato con ella. Los desnudó, hizo algo de espuma y los metió dentro, uno en cada extremo, con algunos juguetes flotantes para distraerlos.

—Mami. —Ava alzó la voz, mirándola mientras Bella le echaba agua en los cabellos de su hermano.

—¿Sí?

—¿No duele tened bebés en tu panza?

Ella sonrió.

—No, no de momento.

—¿Nos amadás menos?

Negó y les besó la cabeza a cada uno.

—Sé que llegué después a su vida, pero eso no hace que los ame menos, de hecho, los amo mucho antes y eso les hace ser especiales, así como sus nuevos hermanitos serán especiales también.

Los dos sonrieron, mostrando sus pequeños dientes de leche.

—Quiedo estad contigo siempe, mamá —susurró Noah, muy adormilado.

Buscó su cuello y la abrazó, sacándole un suspiro suave a Bella.

—Yo también quiero estar contigo siempre. Los amo —aseguró, terminando de enjuagar sus cuerpos—. Y daría mi vida por ustedes.

Cuando terminó de bañarlos, los abrigó con sus mantas de animales. Los secó con tranquilidad y finalmente los llevó a cada uno a su cama, asegurándose de secarles el cabello antes de permitirles quedarse dormidos. Para cuando el reloj marcaba las nueve de la noche, Ava y Noah ya dormían, no sin antes sentirse satisfechos con un abrazo y el olor de mamá.

Bella estuvo varios minutos acariciando sus mejillas, mirando sus sueños y asegurándose de que estuvieran calientes a su lado, todo mientras imaginaba cómo sería tener a tres más en casa.

Sonrió dichosa, a pesar de saber que estaría estresada y que su futura familia sería de locos. A ratos, se preguntaba cómo es que había ocurrido este milagro y luego pensó en la señal de su cuerpo, dándole el mensaje adecuado: había encontrado al hombre correcto.

Finalmente se regresó a la habitación, deseosa de encontrar a su doctor dispuesto a ser partícipe de algún juego. Lo necesitaba con urgencia y moría de ganas por estar con él. Sin embargo, cuando ya cruzaba el umbral de la puerta, lo vio durmiendo de manera placentera, con ronquidos incluidos, lo que hacía cuando estaba muy cansado. Bajó los hombros, muy desilusionada, pero entendiéndolo. Finalmente le quitó los zapatos, lo tapó y se quedó a su lado, apagando las luces para dormir abrazada a él.

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Rose, Alice, Esme y Renée estaban en las sillas, esperando en medio de la tienda de vestidos de novia más codiciado de Portland. Ninguna había visto a Bella con uno, porque ella se había asegurado de mandar a confeccionar el de sus sueños a solas.

Bella estaba dentro del probador, tocándose el vestido con los ojos llorosos. Jamás se había visto tan hermosa y apenas era la primera puesta del vestido. Aunque ya había engordado algunos kilos producto del embarazo, seguía entrando en él y podría hacerlo fácilmente por las dos semanas que quedaban para el gran día.

Era todo lo que necesitaba y se sentía inmensamente dichosa, hermosa y radiante.

Sonrió, algo que haría con tanta frecuencia como era posible. Ya no se permitía menos.

Cuando abrió la cortina, mostrándose ante las demás, escuchó el suspiro y algunos gritos ahogados ante la inmensa sorpresa.

—Bella, estás hermosa —afirmó Alice, demasiado emocionada para sostener el llanto.

—Oh, Alice —gimió, abrazándola.

A ella le siguió su madre y Rose, mientras que Esme sonreía sin detenerse, contemplando a su nuera con amor materno. Todas la veían tan radiante como el mismo sol. Era una emoción intensa para todas, pero en especial para ella, para Isabella, que por primera vez sentía que estaba enamorada de un hombre real.

—Te queda espectacular —señaló Rose, tocando la suave tela del sencillo vestido.

—Aún sigo entrando en él —bromeó la novia, riéndose sin parar.

—Pero mírate, si estás tan hermosa con tus tres retoños —afirmó Esme.

Renée seguía sin poder hablar mucho. Imaginar cómo iba a ponerse su padre al verla vestir así, iba a llenarlo de las mismas lágrimas que ella quería soltar. Si bien, ya habían pasado por una boda, esta tenía un dejo especial que nadie podía negar y las emociones eran aún más fuertes de lo que podían explicar.

Bella se miró una última vez al espejo, dando un par de giros para levantar el suave vestido. Sin quererlo, su sonrisa era más amplia que nunca. Era una mujer radiante, feliz y llena de esperanzas, nada comparado a como era antes, lo que sin duda la llenaba de vida.

—Ahora solo nos falta terminar por alistar todo para la boda —afirmó Renée, limpiándose las lágrimas.

Bella la abrazó.

—Todo lo que hacen por mí es algo que llevaré siempre en mi corazón —respondió Bella.

—Haríamos mucho más, tenlo por seguro —insistió su madre.

Ella suspiró y se tocó el vientre, sabiendo que también haría lo mismo por los cinco que la llamarían mamá.

Pronto se acercaría el gran día y de solo imaginar cómo se pondría Edward al verla con su vestido se llenaba de emoción, así como pensar en verlo vestido de novio con su sonrisa llena de ilusión. Su barriga se removió de amor, uno intenso y lleno de vida, un amor que nunca podría olvidar, porque él había llegado a mostrarle que se podía amar sin desmerecer, sin maltratar y sin engañar.

Para cuando se dio cuenta que lloraba, todas le preguntaban qué sucedía.

—Solo estoy muy feliz —afirmó, limpiándose las mejillas—. Muy feliz.

Todas sonrieron.

—Y nosotras por ti —aseguró Alice, dándole otro abrazo, al que le siguió Rose.

Ellas amaban ver a su mejor amiga así, porque lo merecía más que nadie.

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Edward había terminado de alistar el local más hermoso de Forks para la gran boda. Estaba muy ilusionado, tanto que no dejaba de pensar en ese día especial. Había contratado a una experta en bodas para que le ayudara, ya que Bella estaba bastante cansada por el embarazo y no quería estresarse. Aun así, quería que fuera perfecto y buscar su opinión para cada decisión importante. Todo era cosa de dos.

Ava y Noah estaban colgando de su cuello mientras terminaba de pagar todo lo necesario para el banquete, mientras Emmett estaba echado en el sofá, pensativo y con las piernas elevadas, con la cabeza colgando del brazo.

—¿Por qué no van un momento con tío Emmett? —dijo, esperando llamar la atención de su hermano.

Los mellizos se acercaron a él y se dejaron caer en su pecho, sacándole un grito ahogado.

—¿Qué carajos te pasa? —inquirió Edward.

—Solo estoy pensando en Rosalie.

El Dr. Torpe puso los ojos en blanco.

—¿Van a seguir con lo mismo?

—Solo no dejo de pensar en ella, eso es todo.

—¿Y? ¿Va a pasar lo que creo que pasará?

Emmett se la pensó bien.

—La he invitado a un café.

—¿Y?

—Aún no vamos.

—¿Y qué esperan?

—Simplemente no lo sé, pero… hoy hablaré con Leah al respecto, ya sabes… No puedo seguir con ella si estoy enamorado de Rose.

Cuando Edward escuchó la naturaleza de esas palabras, simplemente sonrió. Ese era un gran avance. Uno demasiado grande a decir verdad.

—De verdad lo dijiste.

—¿Qué dije? —inquirió Emmett, mientras acomodaba a los mellizos, que jugaban con sus pelotas sobre su pecho.

—Que estás enamorado.

—¿Eso dije?

—No te hagas el imbécil.

Emmett soltó el aire.

—Me avergüenza admitirlo.

—¿Por qué?

—Porque no sé qué quiere Rose de mí.

Edward le palpó la espalda y suspiró.

—Lo primero es asumir lo que sentimos y luego lo demás. Sé sincero con ella, estoy seguro de que quiere lo mismo que tú.

Emmett iba a seguir hablando al respecto, pero el móvil de Edward lo hizo frenar.

—Discúlpame —señaló Edward, mirando el remitente.

Era el contacto que esperaba, un secreto que llevaba guardado y que Bella no conocía a profundidad, algo que necesitaba hacer a solas en venganza por todo lo que Jacob Black le había hecho a la mujer que amaba.

Finalmente se alejó para hablar con más facilidad, asegurándose de estar tranquilo ante las novedades, que podían ser buenas como malas.

—Sr. Ferguson —susurró, a la espera de noticias.

—Sr. Cullen, qué bueno que ha podido responderme. Le tengo las novedades que espera.

Botó el aire, muy inquieto.

—Soy todo oídos, Ferguson.

El Sr. Ferguson era un conocido de su padre, empresario y magnate de Seattle. Conocer a Jacob era fácil en el mundo de los negocios, sobre todo para conocer sus puntos débiles. Edward jamás pensó que el imbécil estaba pendiendo de un hilo debido a negocios fraudulentos y actitudes poco decorosas con varias asistentes de la empresa para la cual trabajaba, por lo que, ante cualquier escándalo, él iba a ser despedido y dejado en la calle. Edward no era el tipo que se alegraba ante cualquier situación negativa, pero esa vez que supo aquello, no pudo negar una sonrisa, porque con eso iba a hacerlo caer hasta que no pudiera salir jamás del hoyo.

—Efectivamente, Black está hasta el cuello. Además de tener esa reputación, el tipo debe más dinero del que puede sostener en toda su vida —afirmó.

—Perfecto —susurró—. Ahora solo falta que todos sepan que el tipo está acusado de abuso, así nadie volverá a darle una oportunidad a un asqueroso como él.

—Estoy de acuerdo. Le da una mala imagen a la empresa.

—En realidad, lo que impacte en la empresa me importa muy poco, lo único que quiero es que lo que hizo tenga consecuencias, y si no es mediante la policía, entonces será por justicia divina —sentenció.

—Bien. Entonces todos sabrán la clase de tipo con la que están haciendo negocios —afirmó Ferguson, terminando la conversación.

—Te pediré que lo hagas solo si la persona involucrada quiere hacerlo. No haré algo que le impacte y le haga daño. Estaré llamándote.

Cuando Edward cortó, sintió que estaba haciendo algo más por las mujeres, quizá seguiría siendo un tipo asqueroso, pero al menos pensaría nuevamente en cometer semejante asquerosidad en contra de una… O al menos eso esperaba. Era por Bella y por chicas como ella y su hija, y las demás, incluso si sus trillizos eran trillizas.

Ahora era momento de contárselo a su Ojitos Marrones.

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Bella había llegado a casa una hora más tarde. Tenía que morderse la lengua constantemente para no entrar gritando que su vestido era el más hermoso del mundo, sabiendo que para Edward sería una gran sorpresa.

Él estaba terminando de guardar su traje para el gran día, traje que tanto Carlisle, Charlie y su hermano habían visto ya, por lo que por poco lo encuentra con las manos en la masa.

—¿Qué escondes? —inquirió ella, susurrando de forma pícara.

Edward ya la tenía sujeta desde la cintura, coqueteando como los primeros días, con la nariz pegada a la suya.

—Mi traje.

—Oh, entonces es secreto —siguió jugueteando.

—Tanto como tu vestido.

Ambos entrecerraron sus ojos entre sonrisas.

—Estoy ansioso por ese día —afirmó él, tocando sus mejillas—. No sabes cuánto quiere verte de blanco.

—Ya no queda absolutamente nada de tiempo —respondió Bella, subiendo sus manos a su cuello—. Lo que más quiero es ser tu esposa.

Edward le besó las manos, disfrutando de su suavidad y olor.

De pronto, tocaron el timbre.

—Debe ser Maggie, que salió un momento con los mellizos. Estaban más enérgicos que de costumbre —dijo Edward.

—Oh, par de diablillos.

Cuando él abrió, se encontró con una mujer que jamás había visto en su vida.

—Hola —saludó ella, algo dubitativa.

Bella creyó que se trataba de una ilusión. Esa voz… No podía ser ella.

—Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarla?

Ella se asomó, muy inquieta. En cuanto se aseguró de que aquello era real, sintió que el mundo se le caía encima.

—Lauren —susurró, mirándola atentamente.


Buenas tardes, les traigo un nuevo capítulo de esta historia. Ya nos encontramos en el antepenúltimo capítulo, por lo que pronto diremos adiós. Edward y Bella y todos sus retoños son felices y ni hablar de la familia, pero ¿qué hace Lauren ahí? ¿Qué sucederá con Jacob? ¿Dónde están Kate y James? ¡Cuéntenme qué les ha parecido! Ya saben cómo me gusta leerlas

Ya pronto viene el penúltimo capítulo y eso depende de ustedes, ya saben

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