Capítulo 35 Los Montes Gemelos
Gilgamesh vio a Ereshkigal y a su escribana desaparecer como el vapor, como una ilusión causada por el cansancio. Se quedó a solas, con las imponentes puertas del inframundo ante él y la oscuridad propia del reino de las sombras.
—Mira por lo que me haces pasar, Enkidu—masculló Gilgamesh.
En el fondo de su alma, tenía la esperanza de rescatar a Enkidu de la muerte: si se tornaba inmortal, podría desafiar a Ereshkigal en un duelo e ir por él a su reino, así ambos gobernarían sobre la tierra hasta el fin de los tiempos.
El camino hasta la primera puerta del abismo consistía en una especie de puente que comenzaba en un amplio desierto oscuro, de tonalidades violetas, cubierto de una densa niebla que parecía tóxica. Gilgamesh se sentó a las afueras de la puerta y observó el material de la que estaba hecha: era como hielo pulido, como cristal transparente, de consistencia fría y firme. Gilgamesh se recostó sobre esta y cerró los ojos un momento, quería dormitar, descansar, aunque fuese un poco.
Fue cuando lo sintió.
La cadena se formaba en su brazo izquierdo y se tensaba. El metal traspasaba la primera puerta fantasmalmente y se extendía mucho más allá del puente hacia la montaña de Ereshkigal. Gilgamesh tiró de ella y se apoyó con ambas manos sobre la puerta, creyendo que quizás podría verlo a través del cristal.
—¿Estás ahí? ¡Contesta maldito! —gruñó, después de pegar un puñetazo a la puerta.
Nadie contestó.
Gilgamesh se quedó como un idiota, con la frente apegada a la puerta y las manos a cada costado de su cabeza. La cadena se desvaneció y nada ocurrió. Resignado, se colocó de pie y descendió del puente.
"¿Cómo llegué aquí?" se preguntó, cuando sus pies tocaron las arenas calientes. Sus pantalones holgados y elegantes se hallaban estropeados y su torso desnudo tenía rasmillones. Se tocó el abdomen y vio que en su mano derecha se encontraba parte de su armadura de oro, completamente dañada. Alzó la cabeza y vio la desolación ante él.
Curvó las cejas y resolló algo derrotado. Caminó y sus pies se hundían en las arenas, siendo tragado lentamente por el desierto. En el horizonte, tras montañas negras, algo parecido a un oasis brillaba como una joya. Se giró para observar su entorno y se percató que la gran montaña de Ereshkigal estaba rodeada de mar oscuro y desolador. Se acercó con dificultad al borde del precipicio en donde se encontraba y sintió vértigo.
—Las aguas del olvido—habló.
Se retiró y regresó a su caminata por el desierto.
Gilgamesh creía que en cualquier momento desfallecería de hambre y sed, pero su divinidad le mantenían en esa tortuosa condición. Intentó obtener comida y agua de sus portales, pero por alguna extraña razón, no aparecían. Sus pasos eran cortos y pesados, varias veces tropezó y unas tantas se quedó en el suelo, con la cara enterrada en la arena.
Así viajo durante un tiempo indefinido, entre tormentas de arenas y un desesperanzador ánimo en su corazón, completamente desorientado: el mundo se volvió atemporal, las horas no existían, la noche era igual al día, un completo sinsentido profundo y sofocante, sin embargo, Gilgamesh, con su terco pensamiento, continuó.
En ese tiempo, Gilgamesh pensó en el día en que Ereshkigal regresara con su escribana para llevarlo con ella al mundo más allá de sus puertas del inframundo, con los muertos, los desdichados, a vivir como uno más entre cientos de almas que pisaron la tierra alguna vez. Aquella idea le pareció repugnante y rio hasta apretarse el estómago de dolor, más por hambre que por sus risotadas.
Tras una última caída, Gilgamesh se levantó y continuó caminando, como un muerto en vida, sin ninguna motivación más que llegar a ese oasis a lo lejos. Conforme los días (o las noches, o las semanas o quizás los meses) transcurrían, los montes se hacían cada vez mas grandes y la neblina espesa de aquel singular desierto, mostraban un desfiladero entre ellas. Entornó los ojos y ocultó la nariz tras la tela del turbante para avanzar sin que la arena le molestara.
"Ve con Utnapishtim, hazme caso"
Utnapishtim… Utnapishtim.
Una expresión de desagrado se dibujó en el rostro de Gilgamesh. Pensar que un humano ordinario se convertía en dios le parecía vomitivo, "¿Cómo él si puede tener la inmortalidad y yo, hijo de Ninsun, me encuentro vagando como un imbécil en este desierto de mierda?"
Pateó una roca en el camino y esta cayó sin emitir ruido alguno sobre la arena.
Resopló aburrido y continuó caminando.
Los montes no parecían estar lejos, al menos sus pasos acercaban rápidamente la visión de los imponentes picos altos y oscuros que desgarraban los cielos para abrirse paso entre las nubes. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, vislumbró dos bestias con forma de escorpión vigilando el desfiladero que separa los montes. Ellos miraron a Gilgamesh inspeccionándolo con sus lanzas entrecruzadas, cerrando el paso. Uno de ellos, de cuerpo femenino, alzó la voz y le habló como nadie lo hacía:
—Tú, alma perdida, ¿Qué haces aquí? Lárgate. No tienes nada que hacer en este desfiladero.
Gilgamesh, anonadado, recobró algo de cordura a medida que las filosas palabras llegaban a sus oídos. Sus ojos ardían debido a la arena que flotaba en el aire y su boca estaba en extremo seca. Se relamió los labios con la poca saliva que tenía y abrió la boca para protestar, cuando la otra bestia habló fuerte:
—¿Quién es éste? —pregunto el Hombre Escorpión a la Mujer Escorpión, mirando a Gilgamesh como si fuese una especie de rareza—, ¿Cómo un hombre común y corriente llegó hasta aquí? ¿Deberíamos devolverlo a sus tierras? ¿Llamar a Ereshkigal para que se encargue de su alma?
—No—contestó la Mujer escorpión—, deja que se pudra y se hunda en la arena, si nos molesta lo movemos con la punta de nuestras lanzas.
—Vaya que problema—contestó su par, resoplando.
—¡Insolentes! —gritó Gilgamesh—Soy Gilgamesh, rey de Uruk—dijo con voz rasposa pero colmada de rabia—. Ereshkigal me ha enviado por Utnapishtim y sé que él se encuentra pasando este lugar.
—Gilgamesh—repitió la Mujer Escorpión apuntando al rey con su lanza, en pos de señalarlo. Meditó un momento y luego iluminó su rostro, como esclareciendo la situación—. Tú, rey de Uruk, la ciudad amurallada. El que es tres cuartos dios y uno humano. Hijo de Ninsun, sí, sí, eres tú. ¿Qué haces aquí? ¿Acaso no sabes que nadie atraviesa las puertas del desfiladero? ¿Acaso has perdido la cordura? Lárgate, tú no tienes poder en estas tierras. Utnapishtim no querrá verte y tampoco eres digno de llegar al jardín de los dioses. Eres un mal rey, un déspota y un estúpido.
Gilgamesh intentó abrir uno de sus portales, sin embargo, nada pasó. Castañeó los dientes y cerró el puño con rabia. Alzó el mentón y se posicionó para pelear. La Mujer Escorpión sonrió divertida y negó con suavidad.
—Gilgamesh, te lo advierto, lárgate o Ereshkigal vendrá por ti.
—No le temo a nada. Déjame pasar—protestó Gilgamesh con determinación.
—Realmente has perdido la cabeza—dijo el Hombre Escorpión, mirando con pena al rey.
Ambos seres escorpiones se miraron entre sí y sacudieron sus cabezas.
—Sí—contestó Gilgamesh, aún tensando sus músculos—, he perdido todo rastro de mi sanidad. Me encuentro inmerso en este mundo y ya no sé cómo regresar a Uruk o recobrar mis energías. Ishtar ha destruido gran parte de Uruk, he tenido que soportar sus niñerías, Enkidu ha muerto. Ahora lucho por mí, por retornar de este mundo estúpido con mi inmortalidad.
—Enkidu—repitió el Hombre Escorpión—, el arma de los dioses que traicionó y fue traicionado. Aquella cosa ya no existe más. Debes seguir tu camino, mortal. Largo de aquí.
—No me iré hasta ver a Utnapishtim y sé que debo atravesar el desfiladero para llegar jardín de los dioses. Muévanse—ordenó Gilgamesh. Revisó sus costados buscando algo con lo que atacar, pero se encontraba desarmado. En su mente rebotó la pregunta de cómo él perdió la habilidad de crear portales.
La mujer inspeccionó los brazos delgados de Gilgamesh y torció el gesto, sintiendo lástima.
—Gilgamesh, has mermado tu gloria, no puedes atravesar este desfiladero, es oscuro y dentro se encuentran tus peores miedos. Ningún mortal jamás lo ha hecho y tú no serás la excepción. Detente a pensar tus actos, recuerda tu gente y regresa a Uruk. Déjate caer y despertarás.
—Seré el primer mortal en atravesar el desfiladero entonces. Debo hacerlo. Muévanse—repitió, cruzándose de brazos con la frialdad típica de su semblante.
El hombre suspiró y miró a la mujer unos segundos. Alzó su lanza y la apuntó en dirección a Gilgamesh.
—Si logras quebrar mi lanza, te dejaré pasar. No te haré daño, sólo tienes que quebrarla.
Gilgamesh rodó los ojos y resopló hartado, tragó para pensar unos momentos y dedicó una mirada llena de furia a su contrincante.
—¿Cuál es el gusto de ustedes por probarme con propuestas ridículas? Déjame pasar.
El Hombre Escorpión no dijo absolutamente nada. Sólo se quedó frente a la entrada, con la lanza bien sujeta entre sus pinzas.
Gilgamesh hizo un ruido parecido a un gruñido y luego soltó un grito.
Se abalanzó hacía el hombre. El ataque fue frontal y evidentemente Gilgamesh no logró nada. En un movimiento limpio, casi elegante, el Hombre Escorpión levantó sus pinzas y dejó la lanza fuera del alcancé de Gilgamesh. Lleno de cólera, Gilgamesh dio un codazo tras la cabeza de la criatura y se tambaleó sin perder la custodia de la lanza.
La Mujer Escorpión miraba la escena como si fuese una pelea entre dos escarabajos minúsculos e insignificantes.
El Hombre Escorpión se deslizó y sus patas provocaron un ruido desagradable, como el de un insecto sobre la madera. Gilgamesh cayó al suelo y su cara quedó enterrada en la arena. Se levantó lo más rápido que pudo, quitándose el turbante y sacudiéndolo.
—Gilgamesh—dijo el Hombre Escorpión, enterrando la lanza en el suelo—, ya vete, estás lamentable. Regresa a tu reino, duérmete y volverás.
—Cállate—contestó, una vez que se puso de pie por completo—ven, quebraré esa lanza.
El Hombre Escorpión miró su lanza y luego miró a Gilgamesh: tenía el brazo rasmillado, ojeras en su rostro, estaba delgado, su cabello había crecido y había perdido masa muscular: se hallaba en un estado lamentable. Lanzó su arma a los pies de Gilgamesh y se encogió de hombros.
—Quiébrala.
—Entonces, ¿Para qué me haces desafiarte si ahora me entregas tu porquería sin más?
—Sólo hazlo.
—No tiene sentido lo que me propones—contestó Gilgamesh, arrastrando las palabras.
El hombre no dijo nada.
Gilgamesh, luego de juzgarlo y regularizar su respiración, se agachó y recogió la lanza. Creyendo que sería algo así como un juego de niños, tomó el arma entre sus dos manos e hizo presión para que se quebrara, sin embargo, nada pasó.
El calor le subió de golpe a las mejillas. Llevó la lanza hacia uno de sus muslos para aumentar la presión en la zona de quiebre y seguía sin ocurrir nada. Enojado, la tiró lejos y gritó:
—¡¿Por qué me propones romper algo que es inquebrantable?! ¡¿Te sientes con el derecho de burlarte tú también?!
—Era una lección—contestó el Hombre Escorpión, manteniendo la calma—; si no puedes quebrar una simple lanza de baja categoría templada en la fragua de los dioses, no podrás atravesar este desfiladero.
Gilgamesh se sintió ofendido. Se encontraba indefenso: su fuerza de semidiós parecía un simple fantasma del pasado, sus portales eran falsos, el poder de su voz estaba mermado. Una lanza tan insignificante le había herido el orgullo.
Se quedó en silencio, enojado.
La Mujer Escorpión chistó y relajó la postura.
—Deja a este infeliz que haga lo que quiera. Si no pudo romper una lanza sin valor, no hará daño a nada ni a nadie. Dejémoslo ir a su suerte. Si se muere se pudrirá con todo lo demás.
—Me parece que es de cierta manera algo cruel dejarlo pasar. Es como firmar su sentencia de muerte.
—Puede ser—contestó la mujer—, pero piensa que es su último deseo. Irónico que quiera buscar la muerte si intenta huir de ella.
—Yo no huyo de nada—masculló Gilgamesh, con los tendones marcados en el cuello.
—Entonces: ¿Para qué quieres la inmortalidad?
—Porque es algo que me pertenece.
La mujer desvió la mirada y negó suavemente.
—Eres un caso perdido.
El hombre recogió su lanza y meditó unos momentos.
—Mi acompañante te ha dado el permiso. Inténtalo. Tienes doce horas para atravesar el desfiladero completo o la total locura invadirá tu mente. Debes ser fuerte, porque las ilusiones y pesadillas que verás pueden corromperte.
—Ya he vivido pesadillas. Ishtar es una de ellas—dijo, con la mirada perdida.
—Te lo advertimos, Gilgamesh. Deberías regresar a Uruk y continuar con tu vida, agradecido de los dioses.
Gilgamesh dibujó una mueca de desagrado en el rostro y luego soltó una risa tosca.
—Los dioses no me han dado más que problemas.
—Te dieron a Enkidu—señaló la Mujer Escorpión.
—Un problema más en mi vida.
—Vaya corazón de hielo tienes, Gilgamesh—el Hombre Escorpión relajó su postura y asintió hacia su igual.
Ambos seres escorpiones bajaron las armas y abrieron paso al desfiladero. Gilgamesh caminó con la frente en alto y la sonrisa engreída para luego largarse a correr y perderse en la oscuridad absoluta.
