Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


«29»

La expresión de derrota que se dibujaba en el rostro del doctor al salir a la antesala de la habitación de Hinata hizo revivir el martirio a Naruto.

—Lo siento —dijo en voz baja al angustiado grupo que le esperaba—. Nada puedo hacer por salvar su vida. Cuando he llegado no había ya esperanzas...

La duquesa viuda acercó un pañuelo a sus labios y se lanzó a los brazos de Gaara, llorando, mientras Ino se acercaba a su esposo. Éste apoyó su mano en el hombro de Naruto, con gesto reconfortante, y se llevó luego a su esposa abajo, donde aguardaba Utakata.

Volviéndose hacia Naruto, el doctor siguió:

—Puede entrar para despedirse de ella, aunque no va a oírle. Está en un coma profundo. En unos minutos, unas horas a lo sumo, partirá de está vida sin despertar del sueño. —Al notar la angustiada expresión de Naruto, añadió como alivio—: No sentirá el menor dolor, se lo garantizo, Naruto.

Un tic se disparó en el cuello de este cuando, dirigiendo una enfurecida mirada de impotencia al inocente médico y sin abrir siquiera la boca, se metió en el dormitorio de su esposa.

Unas velas iluminaban la cama con dosel en la que yacía Hinata, inmóvil, blanca como la cera, apoyada en las almohadas de satén, con una respiración tan superficial que casi resultaba imperceptible.

Tragando saliva en un intento de fundir el nudo que tenía en la garganta, Naruto se sentó junto a la cama de ella y miró aquel adorable rostro para grabar en su mente todos sus rasgos. ¡Qué piel tan suave! —pensaba con enorme aflicción—. ¡Qué pestañas tan largas, si Unos preciosos abanicos contra las mejillas!... ¡No respira...!

—¡No, No te mueras! —exclamó con la voz tomada, tomando su fláccida mano, buscando con desazón el pulso—. ¡No te mueras! —Localizó los latidos, débiles, casi inapreciables, y de pronto notó una imperiosa necesidad de seguir hablándole—: No me dejes, Hinata —suplicaba, estrechándola—. ¡No me dejes, por favor! Tengo tantas cosas que contarte, tantos lugares que mostrarte. No puedes abandonarme, Hinata, te lo suplico... Amor mío, no te vayas de mí...

»¡Escúchame! —le pidió con voz apremiante, casi convencido de que decidiría vivir si comprendía lo que significaba para él—. Te diré como era mi vida antes de que irrumpieras tu en ella con tu armadura... ¡Mi vida era algo vacío! Sin color. Y apareciste tu y de pronto experimenté unos sentimientos que jamás había imaginado que existieran, y vi cosas desconocidas hasta entonces para mí. ¿No me crees, verdad, cariño? Pues es cierto, y puedo demostrártelo. —Las lágrimas desgarraron aquella profunda voz mientras Naruto seguía—: Las flores del prado son azules. Las que están junto al río, blancas. Y las rosas que cubren el arco, junto a la glorieta, son rojas.

Se llevó la mano de Hinata hasta la mejilla para notar su tacto en ella.

—Y no sólo he visto esto. También me he dado cuenta de que el claro junto a la glorieta, donde pusiste la placa, es idéntico al del bosque en el que montamos el duelo hace un año. Y además, amor mío, tengo algo más que decirte: te amo, Hinata.

Las lágrimas ahogaron su voz y la frase se convirtió en un atormentado susurro.

—Te amo, y si mueres jamás podré decírtelo.

Movido por el nerviosismo y la desesperación, estrechó con más fuerza su mano y pasó de la súplica a la amenaza:

—¡No te atrevas a dejarme, Hinata! Si eres capaz de hacerlo, ¡te juro que echaré de casa a Penrose tirándole de la oreja que tiene estropeada! ¡Y sin referencias! ¡Retorciéndole la oreja! ¿Me oyes? Y seguidamente daré la patada a Filbert. Luego convertiré de nuevo a Tayuya Grangerfield en mi amante. Le encantará sustituirte como duquesa de Konohagakure...

Los minutos se convirtieron en una hora, y esta en otra, y Naruto seguía hablándole, pasando sin darse cuenta siquiera de los ruegos a las conminaciones, y por fin, al irse apagando en su interior la esperanza, optó por el camelo:

—Piensa en mi alma, cariño. Está negra como el carbón y si no te tengo a ti para enmendarme, sin duda volveré a las andadas.

Esperó, escuchando, observando, con su agotada mano entre las suyas, como si pretendiera infundirle su propio vigor, y de repente saltó en pedazos la decisión y la esperanza que le había llevado a decirle tantas cosas. La desesperación se apoderó de él, cercando su corazón, asfixiándole, y las lágrimas inundaron sus ojos. Rodeando aquel cuerpo inerte con sus brazos, acercó su mejilla a la de ella y empezó a sollozar:

—¡Hinata! —decía, meciendo aquel cuerpo como si fuera el de un bebé— ¿Cómo puedo seguir viviendo sin ti? Llévame contigo —susurró—. Quiero ir contigo...

Entonces notó algo... Un murmullo contra su mejilla.

Dejó de respirar, apartó la cara para observarla con frenesí mientras dejaba descansar su cabeza en la almohada.

—¿Hinata? —le imploró, desesperado, acercándose a ella, y en el instante en el que creyó ver el más leve movimiento en sus párpados, se separaron los labios de Hinata en un intento de articular una palabra.

—Dime, querida mía —exclamó Naruto, frenético, acercándose más a ella—. Te lo suplico, háblame, cariño.

Hinata suspiró y habló luego con una voz tan endeble que apenas se la oyó.

—¿Qué dices, amor mío? —preguntó él, agitado, sin comprender qué pretendía transmitirle.

De nuevo le habló en un susurro pero esta vez los ojos de Naruto se abrieron de par en par al comprender la frase. La miró sin soltarle las manos y empezó a reír compulsivamente. Aquella risa empezó con un sonido grave en el pecho que fue en aumento hasta traspasar la habitación, la antesala y llegar por fin a oídos de su abuela, el médico y Gaara, quienes se precipitaron hacia el lecho de Hinata creyendo erróneamente que la aflicción le había dañado el cerebro.

—Gaara —dijo Naruto con una endeble sonrisa, sin soltar en ningún instante las manos de ella—, Hinata opina —siguió, agitando de nuevo los hombros en otro ataque de risa— que Tayuya Grangerfield tiene unos pies enormes.

Hinata volvió la cabeza entre las almohadas mientras Naruto cruzaba la puerta que daba a su habitación: habían pasado dos días desde que habían herido a su esposa, dos días y dos noches que había permanecido casi en vela. Cada vez que ella se despertaba, él corría a su lado para seguir su silenciosa vigilia con el temor reflejado en cada uno de sus rasgos.

Ahora que había recuperado totalmente la conciencia, a ella le habría gustado oír las tiernas palabras y el tono en el que las pronunció Naruto aquellos días, o bien que la mirara con los ojos encendidos de amor. Por desgracia, sin embargo, aquella mañana la expresión de Naruto era tranquila e inescrutable hasta tal punto que Hinata se preguntaba si en realidad había soñado con la terrible dulzura de sus palabras cuando creía que estaba moribunda.

—¿Qué tal estás? —preguntó él, y su profunda voz transmitía tan solo una correcta inquietud mientras se situaba junto a su cama.

—Estupendamente, gracias —respondió ella con la misma corrección—. Algo cansada, pero no tiene importancia.

—Me imagino que tendrás alguna pregunta que hacerme... sobre lo ocurrido hace dos días.

Lo que Hinata deseaba era que la abrazara y le dijera que la quería.

—Claro, por supuesto —respondió, cautelosa ante aquel insondable estado de ánimo.

—Te lo contaré en pocas palabras: hace un año y medio, Kankuro pescó a una de sus doncellas de la cocina, una muchacha del pueblo llamada Jean, quitándole dinero de la bolsa. La muchacha confesó que era para sus hermanos, que la esperaban en el bosque detrás de la casa. Kankuro y su madre habían tramado ya un plan para acabar conmigo, pero hasta entonces ninguno de los dos sabía dónde encontrar a quien pudiera llevar a cabo el crimen. Así pues, en lugar de denunciar a la doncella por haber robado el dinero, Kankuro le hizo firmar una confesión en la que admitía el robo. Pagó a sus hermanos para que me liquidaran la noche en que te conocí, y se guardó la confesión de la doncella para asegurarse su silencio y la colaboración de sus hermanos.

—Tú estropeaste sus planes al acudir a socorrerme con tu armadura, aunque uno de los hermanos, aquél contra el que yo disparé, de alguna forma consiguió arrastrarse hasta su caballo y huir mientras yo te llevaba a la posada.

» Kankuro hizo un nuevo intento cuatro días después de nuestra boda, pero en aquella ocasión los dos hombres a los que dio dinero, en lugar de matarme, consiguieron doblarlo al entregarme a la patrulla de reclutamiento. Como comentó mi tía —añadió Naruto con aire sarcástico— es difícil contratar a los mejores cuando no se tiene dinero.

Se metió las manos en los bolsillos y siguió:

—Cuando «resucité», hace una semana, Kankuro recordó a la doncella que seguía en su poder la comprometedora confesión y la utilizó para obligar a su hermano a intentar matarme de nuevo. Fue cuando me dispararon en Brook Street, la noche en que tú dormiste en la habitación de la antigua gobernanta.

Hinata le miró asombrada.

—No me habías dicho que alguien hubiera intentado matarte aquella noche.

—No consideré que había razón para alarmarte —respondió él y luego, agitando la cabeza, dijo con cierta brusquedad—: Pero eso no es todo. Tenía también en la cabeza que tú podías ser quien había disparado la pistola. Teniendo en cuenta la altura, tú encajabas como la tiradora. Además, aquel día en concreto me habías dicho que harías lo que fuera para liberarte de este matrimonio.

Mordiéndose el labio, Hinata volvió la cabeza, no sin que antes Naruto detectara el dolor y la acusación en sus ojos.

—Hace tres días —prosiguió él, metiéndose las manos en los bolsillos—, murió un sirviente llamado Nordstrom por haber tomado el oporto de la botella que nos llevamos al almuerzo campestre, el que tú insistías en que yo tomara.

La mirada de ella se centró en su rostro y Naruto siguió en un tono de dura contrición:

—Hatake no es un ayudante del administrador sino un detective, cuyos hombres se han apostado por todo Konohagakure desde nuestra llegada. Investigó el incidente con el oporto y aquello tenía todas las trazas de que sólo tú podías estar detrás del envenenamiento.

—¿Yo? —exclamó ella en voz baja—. ¿Cómo podías pensar algo así?

—Hatake tenía como testigo a una doncella de la cocina que ha trabajado aquí por temporadas cuando se la ha necesitado durante el último año y medio. Se llama —concluyó Naruto— Jean. Ella puso veneno en el oporto, siguiendo también instrucciones de Kankuro. Y a partir de aquí, creo que conoces perfectamente el resto de la historia.

Hinata tuvo que hacer un esfuerzo por tragar saliva.

—¿Me acusabas y me condenabas en tu fuero interno de intento de asesinato basándote en unas pruebas tan endebles? ¿Porque mi estatura es poco más o menos la de la persona que disparó contra ti en Brook Street y porque una doncella dijo que probablemente yo había envenenado el oporto?

Naruto notó un escalofrío ante aquellas palabras.

—Basándome en eso y teniendo en cuenta que Olsen, otro de los hombres de Hatake, te siguió hasta la casa de Gaara en dos ocasiones. Yo sabía que te veías con él en secreto y eso, junto con el resto, creía que me daba la prueba condenatoria.

—Comprendo —dijo ella con aire sombrío.

Pero en realidad no comprendía nada y Naruto lo veía. O tal vez lo comprendía excesivamente bien, pensó muy serio. Evidentemente Hinata comprendía que él había fallado a su promesa de confiar en ella y que había rechazado por enésima vez el amor que le ofrecía.

Comprendía también, constataba Naruto con amargura, que había puesto en peligro su vida dos veces por él y que como respuesta había conseguido crueldad y recelo.

Naruto contempló aquel bello y pálido rostro, consciente de que merecía su odio y su desprecio. Ahora que había constatado la profundidad de su vileza y estupidez, Naruto esperaba, casi convencido, que iba a desterrarle de su vida.

Al ver que no lo hacía, se vio obligado a decir lo que consideraba que tenía que decirle ella:

—Comprendo que mi comportamiento ha sido imperdonable —empezó muy serio, y el sonido de su voz asustó a Hinata—. Evidentemente, no espero que desees seguir casada conmigo. En cuanto te repongas y puedas salir, te firmaré un efecto bancario por valor de medio millón de libras. Y si en algún momento necesitas más...

Se detuvo un momento para aclararse la voz como si tuviera la garganta obstruida.

—Si en algún momento necesitas más —repitió con la voz embargada por la emoción—, no tienes más que decírmelo. Todo lo que yo posea será siempre tuyo.

Hinata escuchó aquellas palabras con una mezcla de ternura, enojo e incredulidad. Estaba a punto de responder cuando Naruto carraspeó otra vez y añadió:

—Y quería decirte algo más... Antes de que dejáramos Londres, Filbert me contó cómo te sentiste cuando creíste que había muerto, y cómo reaccionaste al llegar a Londres y ver hechas añicos todas tus ilusiones. Buena parte de lo que oíste sobre mi es cierto. De todas formas, quisiera que supieras que la noche en la que acudí a casa de Sâra Grandeaux en Londres no me acosté con ella.

Hizo una pausa, la miró, intentando grabar en su mente hasta el último rasgo de aquel rostro para poder recurrir a ese recuerdo en los vacíos años que le esperaban. La miraba en silencio, consciente de que Hinata representaba todas sus esperanzas y todos los sueños que mantenía en su corazón. Ella representaba la bondad, la dulzura y la confianza. Además del amor. Ella era las flores que nacían en las colinas y la risa que flotaba en toda la casa.

Hizo un esfuerzo por terminar lo que había decidido decirle antes de apartarse de su vida y, aspirando profundamente, siguió en tono vacilante:

—Filbert me contó también lo de tu padre, y lo que ocurrió después de su muerte. Yo no puedo borrar el dolor que él te causó, pero quisiera regalarte esto...

Naruto acercó su mano, que sostenía un largo y plano estuche de terciopelo. Ella tomó el objeto y con dedos temblorosos lo abrió.

Sobre un fondo de satén blanco, en una fina cadena de oro, descansaba el rubí más grande que había visto Hinata en su vida. Estaba tallado en forma de corazón. Junto a éste, en otra fina plataforma había una esmeralda rodeada de diamantes, también formando un corazón. Junto a ésta, un soberbio y reluciente diamante. Éste estaba tallado en forma de lágrima.

Mordiéndose el labio para detener el temblor de su mentón, Hinata levantó los ojos hacia él:

—Creo —murmuró, intentando sonreír— que voy a llevar el rubí en la Carrera de la Reina, así, cuando te coloque la cinta en la manga...

Naruto la tomó entre sus brazos.

—Y ahora que me has contado todo esto —susurró cuando, unos minutos después, apartó por fin los labios de los de ella—, ¿crees que serías capaz de decir: «Te amo»? Llevo esperándolo desde que empezaste a hablar y...

—Te amo —dijo él apasionadamente—. Te amo —murmuró en voz baja hundiendo su rostro en el pelo de Hinata—. Te amo —gimió, besándole los labios—. Te amo, te amo, te amo...

FIN