Milo~
Una lluvia ligera comenzó a cubrir al Santuario y Milo ya tenía menos de una hora para estar listo. Tendría que irse antes o encontraría los caminos obstruidos. Calandra le había preparado un sustancioso almuerzo y Hester se había mantenido callada respecto a todo lo que tuviera que ver con otros templos.
Cuando intentó sobornar a la joven con darle su primer beso, lo único que ella respondió (después de saltar y taparse la boca) fue que el Santo de Capricornio se lo había tajantemente prohibido.
Estaba en medio de su almuerzo cuando llegó la doncella del quinto templo, medio empapada con tal de proteger un curioso refractario. La anciana le sonrió ampliamente y le entregó el regalo a nombre de su señor, el Santo de Leo. Milo la miró extrañado y le agradeció la atención, ofreciendo su casa como refugio en lo que pasaba el mal tiempo.
— Esto no es nada. Andaba bajo climas peores cuando tenía que cuidar a los dos hermanos y vaya que no están cerca.
— ¿Por qué Aioria me manda esto? —se atrevió a preguntar Escorpio a riesgo de parecer tonto.
— No lo sé. Llegó hace unos días diciendo que el postre de hoy sería para usted. Imagino que habrá perdido otra de sus apuestas y no lo quise comprobar porque ya sabe cómo se pone si le recuerdan algo desagradable.
— Pero es demasiado temprano para la hora del postre… ¿cómo?
— Hester —le sonrió a la doncella— me la encontré hace rato y corrí para alcanzar a dárselo. Sin el señor cerca, no fue complicado.
— ¿Dónde está Aioria?
— En el templo de Acuario —Hester tosió nerviosa, y Milo se extrañó más de que no hubiera explotado nada en la onceava casa todavía.
"¿Camus y Aioria?", la sola idea le causó gracia. Tomó el recipiente, lo abrió tantito y lo guardó para comerlo en el camino. Seguro los niños adorarían un dulce así pero no llegaría intacto ni de broma. Además de que no le gustaba compartir su postre favorito.
Aún podía recordar al pobre de Aioria, luchando por proteger su ración de sus hábiles dedos y su hambrienta boca. Aunque siempre sospechó que se hacía el tonto con tal de tenerlo cerca. Su rubor lo delataba pero no era algo que le interesara. Ahora que lo pensaba, dejó de hacerlo cuando se empezó a juntar más con Shaka; lo cual era una lástima ya que Delphine era de las mejores reposteras de Grecia. Por fin, sintió que la suerte le empezaba a sonreír y que la lluvia había llegado para apartar sus preocupaciones.
La joven Hester se sentía culpable y pidió retirarse por lo que restaba del día. Calandra no puso objeción.
Antes de irse, la mayor de sus doncellas le preguntó a Milo si no llevaría también el paquete que le había dado el Señor Camus. Y cuando él le preguntó cuál, la robusta señora le entregó el fardo con la esperanza de que lo llevara consigo.
En cuanto lo vio, Milo dejó caer todas sus cosas y regresó a su cuarto. Abrió el cofre y encontró una carta que creyó ver en un sueño.
— "Siempre tuyo: Camus de Acuario" —leyó en voz alta.
Apretó el papel contra su pecho y quiso salir volando hacia Camus, su Camus. Eran todas las palabras que necesitaba. Guardó el equipaje extra, lo mejor que pudo, y se dispuso a salir con una sonrisa que contagió a las doncellas veteranas.
En medio de un arcoiris que se formó entre las ya escasas nubes, el Santo de Escorpio se apresuró para recuperar el tiempo que había perdido. Corrió con la esperanza de que, a su regreso encontraría, a Cam estaría esperándolo. Por fin podría decirle que él también siempre sería suyo. Siempre.
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