Capítulo 27

Vamos, ¡lánzate!

—Vamos Quinn, nos lo vamos a perder.

—Espera Rachel, por favor —volvía susurrar tras ver como la morena intentaba seguir su camino.

—¿Qué…qué ocurre? —balbuceó al ser consciente de la intensidad con la que Quinn se acercaba a ella, obligándola a retroceder varios pasos hasta que su espalda chocó contra uno de los árboles.

No hablaba. Quinn simplemente se acercaba a ella, fijando la mirada sobre sus ojos, tratando de vislumbrar el rostro de la chica que apenas podía percibirse debido a la oscuridad del lugar, mientras Rachel trataba de mantenerse firme.

—Quinn…—susurró al sentir el aliento de la rubia a escasos centímetros de sus labios.

Se había detenido justo cuando ya no existía aire alguno entre las dos, cuando apenas un leve movimiento, las unía por completo, y el silencio, roto por la respiración agitada en su pecho las envolvía. Se había detenido justo cuando lograba rozar su frente con la suya, y sus manos tanteaban el cuello. Asegurándose de lo que iba a hacer.

Rachel había cerrado los ojos, presa de los nervios que la inundaban, tratando de mantener el ritmo cardiaco en perfectas condiciones, pero de forma infructuosa. Fueron suficientes las primeras chispas que saltaron al sentir los labios de Quinn sobre los suyos, para desconectar su mente y olvidarse absolutamente de todo.

No había porqués, no había cómo, ni cuándo, no existían significados, ni pensamientos. No giraba el mundo o quizás sí lo hacía, de una forma extremadamente rápida, provocando el tan odiado vértigo en Quinn, y la total y absoluta pérdida de control en Rachel.

No había nada a su alrededor, ni los búhos, ni las mariposas. No existían aquellos árboles ni la oscuridad. Ni restos de la pólvora de unos fuegos artificiales que ya hacia rato que se habían extinguidos.

Unos fuegos artificiales que volvían a estallar entre ambas.

Se alargó lo suficiente como para empezar a ser conscientes de que no había sido una simple y fugaz acción promovida por la magia que las envolvía en aquel lugar. Había sido un acto totalmente premeditado por Quinn. Un gesto, una asignatura pendiente que parecía llevar guardada, no solo aquellos días, sino toda su vida.

Caricias, la leve respiración de ambas acompañando un beso que parecía mantener los labios imantados, con una suavidad exquisita, con una dificultad inmensa para poder separarlos, siendo conscientes de que no estaba bien. Pero estaba y querían que siguiese estando.

Y era tal la intensidad del momento que ninguna de las dos se atrevía a detenerlo, convirtiéndolo en un profundo beso del que solo pudieron escapar por inercia. Por la incredulidad de estar viviendo realmente aquello.

—Quinn… —susurró completamente sorprendida sin permitir que los labios de la rubia se alejasen por completo de los suyos.

Y de pronto la luz, la leve y serena luz de la luna permitió que la rubia descubriera perfectamente el rostro de Rachel frente al suyo. Todos los sonidos que habían ignorado comenzaron a aparecer en su mente, sonidos del bosque que dormía, voces desde el lago y una palabra que comenzaba a golpearla como nunca antes le habían golpeado.

Vergüenza.

El rubor se apoderó por completo de ella, y la obligó a separarse de forma brusca, y desviando la mirada hacia ningún lado.

—¿Nos… nos vamos? —preguntó Rachel con apenas un hilo de voz. Con el temor a comprender que realmente, aquello acababa de sucederles. Que se habían besado así, sin más. Y que probablemente, ella había sido la culpable.

No podía recriminarle absolutamente nada. Primero porque ella había dado ese paso extraño de besarla en el cuello. Segundo por la reacción que en ese instante veía en el rostro de la rubia, completamente avergonzada y lamentándose por lo que había hecho. Y tercero, porque había sido una experiencia que jamás iba a olvidar. Una experiencia que le hizo recordar que el beso que había recibido apenas 24 horas antes, cuando ambas se escondían de Dave y Mel, no era absolutamente nada comparado con aquello que acababa de vivir.

Ahora sí existían esos fuegos artificiales, y no precisamente los que acababan de contemplar sobre el lago.

Quinn ni siquiera se atrevió a responder a aquella pregunta, y fue Rachel quien tomó la determinación de ser la primera en avanzar, y abandonar el lugar.

Era extraño. Caminar por aquel bosque completamente a oscuras, solo con la luz que una defectuosa linterna le otorgaba, y con Quinn siguiendo sus pasos completamente enmudecida, era realmente extraño. Pero aún más lo fue por culpa de la batalla que se estaba produciendo en su mente, y que casi podía escuchar desde su posición.

Miraba a su alrededor y solo veía oscuridad, enormes troncos de árboles que podían ofrecerle el mejor de los cobijos para volver a besar a Quinn. Para esconderse durante toda la noche, y alargar ese momento que acababan de vivir, y se detenía. Detenía sus pensamientos lamentándose por estar perdiendo la cabeza.

"Basta" se decía así misma entre susurros, tratando de ignorar los absurdos pensamientos, y Quinn era capaz de escucharla. Podía oír como Rachel susurraba alguna que otra imperceptible palabra mientras caminaba indecisa delante de ella, a pesar de que también libraba su propia batalla.

Sus manos aun sudaban. Se aferraban a las cintas de la mochila que llevaba en uno de sus hombros, y a la caja de galletas, que casi había perdido su forma original debido a la presión que ejercía sin ser consciente sobre ella.

Ni siquiera miraba el sendero. Sus ojos solo se guiaban por el pequeño haz de luz que desprendía la linterna, y su silueta.

"¿Qué has hecho Quinn? ¿Qué diablos has hecho?" se recriminaba una y otra vez, sabiendo que no sería capaz de volver a enfrentarse a su mirada. Que no hallaría excusa alguna para convencerla de lo que acababa de hacer. Que allí no estaban ni Dave, ni Mel, ni Chelsea, ni nadie en quien excusar su actitud. Una lucha interna que probablemente no la iba a abandonar nunca, o eso creía.

Ni siquiera fue consciente de como llegaron a la orilla donde algunos de sus compañeros disfrutaban del lago. Y no fue hasta que la voz de Dave, gritándole a escasos metros de ella, cuando logró reaccionar.

—Hey Quinn ¡vamos, lánzate! —exclamó invitándola a que se lanzara al lago.

—Eh, ¿qué?

—¡Vamos, Quinny! ¡Lánzate! —insistió.

—No, no, ni hablar —respondió deteniendo sus pasos, temiendo porque el chico no dudase en ir a por ella. Por suerte no lo hizo, pero si logró que su cuerpo se estremeciera aún más.

—Lánzate tú, Rachel —le dijo a la morena que, a diferencia de ella, no había detenido sus pasos.

—No Dave, no me apetece mojarme ahora —dijo, y fue lo que logró que Quinn se estremeciera. No por lo que dijo, sino por como lo dijo. Por como sonó su voz.

No sabía lo que hacer, sentía incluso ganas de llorar o de gritar, daba igual, pero algo tenía que hacer, y alejarse de ella en aquel instante era la mejor de las opciones.

Rachel ni siquiera se dio cuenta. La morena decidió tomar asiento junto a Mel y perdió de vista por unos minutos a Quinn, que aprovechaba aquel instante para regresar de nuevo al campamento.

Apenas había gente en el lugar, sólo el profesor y varios alumnos más que habían decidido contemplar desde allí los fuegos artificiales.

—Hey, Quinn —Miller llamaba la atención de la chica que trató de esquivarlos en todo momento—. ¿Dónde vas?

—Creo que me voy a la tienda, estoy…estoy cansada —se excusó.

—No, vente aquí, vamos a continuar con la fiesta cuando regresen los demás.

—No…no creo que deba quedarme.

—¿Estás bien? —le preguntó tras acercarse a ella. No, no lo estaba, y el brillo en sus ojos preludio de un llanto que empezaba a contener, así lo confirmaba.

—Sí, sí, estoy bien. Es solo que estoy un poco cansada.

—Solo un rato más —le insistió el profesor—. Es la última noche. Vamos, deja esa mochila en la carpa, y regresa con nosotros. ¿Ok?

—Ok. Ahora, ahora vuelvo…—Le respondió cediendo.

Realmente no le apetecía para nada pasar más tiempo allí. Solo quería dormir, que pasase aquella noche lo más rápida posible, y regresar a Lima. Todo sin tener que volver a mirar a los ojos a Rachel. Algo que no iba a ser posible, y lo sabía.

Tenía que hacer algo para olvidarse de la vergüenza que estaba agobiándola de tal forma, y conseguir sobrellevar las últimas horas de la mejor forma posible.

Regresar a la tienda de campaña no fue la mejor opción. Entrar en el interior para dejar la mochila y descubrir el pijama de la morena perfectamente doblado, le hizo recordar que aquella noche iba a volver a dormir a su lado, y no estaba preparada para enfrentarse a ella en aquel pequeño espacio. Sólo una cosa podía hacer que todo aquello se esfumase de su mente, y lo encontró en el interior de aquella mochila.

Rachel por su lado, descubrió que Quinn no estaba en el lago varios minutos después de su marcha. Uno de los chicos le indicó que la había visto regresar hacia el campamento, y la morena decidió quedarse allí. Ella también necesitaba despejar su mente, darse ese tiempo para tratar de asimilar lo que había sucedido entre ambas, y darle ese tiempo a Quinn.

Había sido ella la que dio el paso, y debía ser ella la que se explicase, al menos así lo entendían.

Casi 30 minutos después lograban regresar al campamento tras conseguir que Dave y los demás chicos, abandonasen los juegos en el lago.

La pequeña fogata permanecía encendida. Miller y varios chicos más permanecían sentados a su alrededor, entablando conversaciones, esperando la llegada del resto que fueron acudiendo poco a poco.

Todos, excepto Quinn.

Rachel lanzó un vistazo por la zona, y no había señal alguna de la rubia, algo que comenzó a preocuparla.

Que no estuviese allí la puso nerviosa, más que si la hubiese visto y tuviese que enfrentarse de nuevo a ella, y la tensión que ya existía entre las dos.

—Profesor, ¿no ha vuelto Quinn? —preguntó al tiempo que se acercaba a la fogata.

—Sí, llegó hace un buen rato. Estaba un poco cansada, y se fue a la tienda. Le pedí que regresara, pero no ha vuelto. Me ha dado la sensación de que se encontraba un poco mal, y querrá descansar. No he querido molestarla.

—Oh, Ok.

—¿Sabes algo? ¿Le ha sucedido algo? Tú estabas con ella, ¿no?

—Eh sí. Estaba, estaba cansada —se excusó justo cuando su teléfono comenzaba a sonar en el bolsillo trasero de su pantalón, y la obligaba a alejarse del profesor.

Tres eran las llamadas perdidas que aparecían en la pantalla y las tres de Finn, la última a escasos diez minutos antes.

Eran las 01:10 am de la madrugada y la última llamada realizada estaba marcada a las 00:59 am de esa misma noche. No lo dudó y optó por devolverle la llamada. Algo que debía hacer para apartar aquel maremoto de pensamientos que se agolpaban en su mente.

Casi tuvo que esperar 4 tonos hasta que por fin, y tras casi 2 semanas, escuchaba la voz de su chico.

—Finn…

Y cuatro eran los sorbos completos de aquella botella de ron que permanecía entre las manos de Quinn.

Quinn sabía que no era lo adecuado, ni la opción más acertada. Pero recordar que la botella estaba en su mochila, y su inmediata necesidad por olvidarse o al menos, no pensar en lo que había sucedido con Rachel, la llevó a tomar asiento sobre uno de los postes que delimitaban la zona de acampada, y tratar de averiguar cuantos sorbos de ron eran necesarios para olvidarse por completo de lo sucedido.

El cuarto ya comenzaba a pesarle. No le gustaba beber. De hecho, nunca le había traído nada bueno aquella decisión, y sabía que en aquel instante tampoco le iba a ayudar. Empezaba a ser consciente de su error cuando sentía como todo comenzaba a tomar otra dimensión a su alrededor. Como el bosque tras su espalda, ni siquiera le parecía tan oscuro como era. Como la distancia entre ella y las tiendas de campaña se hacían muy lejanas, y la reconocible voz de Rachel se metía de lleno en su cabeza, manteniendo una extraña conversación que no conseguía descifrar.

No fue lo mejor.

—Quinn…Te estás volviendo loca —susurró segundos antes de volver a volcar la botella sobre sus labios, completamente convencida de que aquella voz provenía de su mente.

—No… No quise mentirte, no…Finn, por favor, todo sucedió así. No…no ni hablar. No me digas eso, porque eres tú quien se ha negado a hablar conmigo. No…Ok, si vas a seguir culpándome de todo, cuelgo. Sí, eres tú quien está histérico. He tratado de hablar contigo desde que te fuiste, cuando podía no haberlo intentado siquiera. Te recuerdo que fuiste tú el que te marchaste sin despedirse…Si…No, no ni hablar, no pienso pasar por ahí, ¿me oyes? ¿Qué? No, basta Finn, no he esperado dos semanas, he estado tragándome mi orgullo esperando a que tú decidas cuándo podríamos hablar y cuando no, para que ahora vengas a decirme esas cosas. Claro que te quiero, te quiero más que nunca, pero estás consiguiendo que me arrepienta de decírtelo, porque no te lo mereces…Ah…claro, vamos ahora soy yo la culpable. No, no…

Rachel detuvo su conversación. Llevaba casi 5 minutos discutiendo con Finn por teléfono, y el chico parecía no entrar en razón. No aceptaba el hecho de que estuviera en el campamento y ni siquiera le hubiese avisado, algo que Rachel debatía con la inescrutable excusa de que había sido él quien no le había dado opción para decírselo. Sin embargo, aquella respuesta se detuvo justo cuando, tras un breve recorrido sin sentido, inmersa en la conversación, consiguió descubrir a Quinn, que sentada en el mismo poste que estuvieron la noche anterior, bebía de la botella de ron totalmente ausente.

La voz de Finn tras el auricular reclamando su atención le hizo reaccionar, pero sin apartar la mirada de la rubia.

Verla beber de aquella forma no le dejaba buena sensación, ni auguraba algo bueno. Apenas conseguía sujetarse con firmeza sobre el tronco de madera que servía de poste, y su equilibrio comenzaba a verse defectuoso sobre él.

—Finn, será mejor que hablemos mañana, cuando regrese. Ok, pues el martes, cuando tú llegues nos vemos y aclaramos todo, porque ahora mismo no nos pondremos de acuerdo. Ok, ok perfecto.

Espetó al tiempo que colgaba la llamada y lanzaba una mirada hacia la pantalla del móvil, asegurándose de que había terminado la conversación por completo. Un error, pensó al volver la mirada hacia Quinn.

En ese mismo instante ocurrió lo que había estado temiendo durante todo el tiempo que la estuvo observando.

Apenas fue un leve movimiento el que hizo, pero su cabeza ya no asimilaba bien las distancias y perdió el equilibrio, cayendo de espaldas sobre el suelo. Una aparatosa caída desde casi un metro de altura que provocó una rápida carrera de Rachel hacia ella.

—¿Quinn? ¿Quinn estás bien? —cuestionó saltándose la pequeña valla para socorrerla.

La rubia aun no terminaba de comprender que había sucedido cuando se veía en el suelo, tratando de recomponerse y levantarse. Sin embargo, su confusión aumentó al descubrir a Rachel junto a ella, tratando de ayudarla.

—¿Estás bien? —insistió al ver que no reaccionaba.

Quinn se limitaba a mirar con una extraña confusión a la chica.

—Eh…eh…Creo que si —espetó al tiempo que se levantaba.

—¿Qué hacías ahí? ¿Qué haces bebiendo? —cuestionó señalando la botella—¿Estás loca?

—Ok… No, no estoy bien. No me grites —respondió al tiempo que se apoyaba en la valla, tratando de estabilizarse por completo—. No quiero sermones ahora.

—¿Estás borracha?

—No…Déjame en paz.

—¿Por qué haces esto, Quinn?

—Basta Rachel, déjame en paz —volvía a recriminar mientras recogía la botella del suelo.

—¿Vas a seguir bebiendo?

—No es algo que te importe.

—Claro que me importa —le recriminó— Miller cree que estabas enferma, o que te sucedía algo. Y resulta que estás aquí bebiendo. ¿Qué diablos haces aquí a solas bebiendo?

—¿Y tú que haces espiándome? —cuestionó tratando de sortear la valla.

—Te he preguntado yo primero.

—Déjame en paz, Rachel.

—No Quinn, espera —la sujetó del brazo cuando pretendía alejarse de ella— ¿Qué ocurre? ¿Ahora estás enfadada conmigo?

—Rachel…

—No Quinn, ni Rachel ni nada, ¿qué pasa? ¿Todo esto es por el beso?

Los ojos de la rubia oscilaron de ella hacia la botella.

—Solo quiero beberme esta botella. Es mi problema —se excusó.

—Eres una imbécil —replicó soltando el brazo de la chica—. ¿Sabes? Pensé que eras distinta, pero veo que no. Sigues siendo la misma.

—¿De qué hablas? —preguntó tratando de mantener el equilibrio

—¿Por qué no me respondes? ¿A qué tienes miedo?

—No tengo nada que responder, ha sido un error. ¿Me oyes? No, yo…yo no quería hacer eso.

—Pero lo has hecho, y no ha sido un juego.

—Ya había bebido antes, estaba borracha —volvió a excusarse torpemente, y Rachel sonrió con sarcasmo.

La disputa con Finn había hecho mella en la chica y encontrarse con aquella situación no fue menos.

—No mientas, Quinn. Los borrachos no saben mentir —espetó— Dime, ¿por qué lo has hecho? ¿Por qué me has besado?

—No tengo nada que decir —respondía dándole la espalda, dispuesta a avanzar hacia las tiendas.

—¿Es así como tratas a tus amigas? Te portas bien con ellas, les haces sentir importantes, las llevas a lugares llenos de magia y luego las besas, para al final, ignorarlas. ¿Es así como funciona ser amiga de Quinn Fabray? ¿O es que eres una cobarde?

—¡Déjame en paz, Rachel! —exclamó completamente frustrada.

—Solo ha sido un beso Quinn, un maldito y estúpido beso. ¿Qué diablos te pasa? — Rachel alzaba la voz al ver como la rubia seguía caminando, alejándose de ella.

—¡Déjame en paz! —volvía a gritar, esta vez marcando el énfasis de la respuesta con varios aspavientos de sus brazos, mientras se dirigía hacia la tienda de campaña, dispuesta a meterse en el interior.

Rachel la observó. Supo que no iba a seguir bebiendo de aquella botella, que quedó prácticamente vacía al caer al suelo, y la opción de dejarla a solas en el interior de la carpa le pareció buena idea. No podía seguir discutiendo y menos con ella. Sabía que no iba a sacar nada en claro por la situación en la que se encontraba, y dejarla dormir sería lo mejor.

Pero la fortuna no estaba de su lado.

Al regresar a la fogata, descubrió que lo que iba a ser una fiesta, se había convertido en una aburrida reunión alrededor del fuego, y que comenzaba a acabar con la partida de los chicos a sus respectivas tiendas.

Apenas 15 minutos más tarde caminaba dispuesta a adentrarse en su carpa, y enfrentarse de nuevo con Quinn, a la que deseaba que el sueño le hubiese vencido por completo.

A simple vista era eso lo que parecía que hacía, dormir. Pero Quinn se removió inquieta al sentir nada más colarse en el interior, y supo que estaba despierta.

La escuchaba y la sentía. El movimiento no era lo mejor para su estado, y el dichoso colchón hinchable no era el mejor aliado. Tanto que el vértigo que había tratado de controlar, regresó a ella en ese preciso instante.

Rachel se dio cuenta de que estaba despierta. Vio cómo, mientras sujetaba con firmeza la almohada entre sus brazos, y se giraba hacia el lado opuesto al que ella estaba, abrió los ojos un par de veces, tratando de asimilar la luz que colgaba desde lo alto de la tienda.

—¿Puedes echarte un poco hacia allá? —Rachel se atrevió a hablar— Tienes parte de mi pijama bajo tu espalda.

Quinn hizo caso, y con un leve movimiento, se desplazó más hacia el lateral, liberando el pequeño pantalón de pijama que utilizaba la morena y que había quedado bajo su cuerpo.

—Gracias —espetó con seriedad. Volvía a removerse. Quinn se giraba, esta vez hasta colocarse boca arriba. Rachel la observó y descubrió como abría los ojos de par en par y mostraba una extraña mueca en su rostro— ¿Pasa algo? —cuestionó al ver el gesto. Sí, si pasaba, pero Quinn no se atrevía ni siquiera a hablar— ¿Quinn? — preguntó extrañada al ver que no reaccionaba.

—Mierda —se lamentó al tiempo que se levantaba rápidamente y a marchas forzadas abría la tienda, tirando de la cremallera con nerviosismo y saliendo al exterior casi a rastras.

—¿Qué haces? —preguntó Rachel siguiendo sus pasos y saliendo al exterior.

Quinn se alejaba de la tienda rápidamente mientras tapaba su boca con una de las manos. Uno de aquellos árboles que rodeaban el campamento fue su objetivo, y Rachel supo que le sucedía cuando la descubrió deteniéndose junto a él, con claros síntomas de fatiga.

Se detuvo. Sólo podía hacer algo en aquella situación, y tenía que regresar hacia la tienda, dónde una pequeña botella de agua le esperaba, para de nuevo caminar hacia la rubia, que ya parecía más calmada mientras mantenía la postura junto al árbol, sujetándose con fuerza, y la cabeza baja.

—Toma, te vendrá bien —espetó mostrándole la botella de agua.

Quinn apenas se atrevía a levantar la cabeza. Sentía vergüenza, más allá del malestar que la inundaba, y mirar a los ojos a la morena, no era la mejor opción para que se marchase aquel sentimiento.

—Está bien, te la dejo aquí —la colocó en el suelo—. Veo que sigues igual.

Quinn la observó de reojo. Se lamentaba, muchísimo, tanto que incluso le costaba tener que destruir ese orgullo que la hacía mantenerse en silencio por culpa de la vergüenza, pero realmente necesitaba su ayuda.

Su cuerpo no reaccionaba del todo bien, y la cabeza seguía dándole vueltas.

—Rachel —susurró al verla alejarse hacia la tienda. La morena se detuvo, cuestionándola con la mirada—Ayúdame, por favor —suplicó con apenas un hilo de voz.

Era lo que necesitaba. Solo aquellas tres palabras fueron suficientes para que su corazón volviese a latir, y abandonase la frialdad que trataba de instalar en su personalidad. Rachel no dudó en acercarse de nuevo, y tras recoger la botella de agua, optó por colocarse junto a ella, obligándola a alzar su brazo derecho por encima de su hombro, mientras la sujetaba por la cintura, dispuesta a ser su bastón de apoyo.

—Vamos, regresemos a la carpa.

—No…no puedo dormir ahí, necesito aire —se quejó al tiempo que apartaba el pelo de su rostro.

—Ok, pero vamos hasta allí. Ahora vemos que hacemos.

Realmente se preocupó. La palidez que presentaba la rubia dejaba muestras del malestar que le aquejaba. Tanto que incluso caminaba sin abrir los ojos, apoyándose completamente en ella, y resoplando con fuerzas a cada paso que daba. Sabía que obligarla a entrar de nuevo en la tienda, sería un gran error. Y solo la calma y el aire del bosque, cuando el campamento ya empezaba a dormir, podría ayudarla a recuperarse. O al menos, a intentarlo— Tengo una idea, quédate aquí un momento, ahora vuelvo — espetó al llegar junto a la tienda.

Quinn no lo dudó, y se sentó en el suelo, apoyando la cabeza sobre sus rodillas mientras Rachel se adentraba en la carpa.

Apenas tardó un par de minutos en volver a aparecer, y lo hacía con los sacos de dormir y las almohadas, dispuesta a trasladarlo todo al exterior de la tienda.

—¿Qué haces? —preguntó al ver como se disponía a extender uno de los sacos junto a la entrada de la carpa, y colocaba las almohadas en perfecta posición.

—Vamos a dormir aquí, verás cómo te sientes mejor.

—¿Aquí? —cuestionó sorprendida

—No estás en posición de quejarte mucho, así que hazme caso de una vez y ven aquí —le ordenó.

Quinn ni siquiera se levantó, simplemente se trasladó de rodillas hasta el saco que permanecía perfectamente abierto en el suelo, y se tumbó sobre él.

—Dios, me da todo vueltas —se lamentó.

—Es lo que sucede cuando te bebes media botella de ron —recriminó al tiempo que extendía el otro saco de dormir sobre ambas, como si de una manta se tratase.

—¿No te dan miedo los insectos? —preguntó al ver como la morena se acomodaba junto a ella, y apagaba la linterna que había trasladado hasta el exterior.

—Después de enfrentarme a un Bigfoot, no, no me dan miedo —bromeó.

Una broma que consiguió tranquilizar a Quinn.

—Dios…Que deje de girar todo.

—No entiendo qué diablos hacías bebiéndote una botella de…

—No, Rach, no —la interrumpió llevándose las manos a cara—. Por favor, no quiero discutir más. No, no puedo…

—Ven aquí —le dijo invitándola a que apoyara la cabeza sobre su pecho al tiempo que ésta rodeaba sus hombros con el brazo, siendo consciente de como tenía razón, y volver a recriminarle lo que había hecho, no tenía sentido. Al menos en su estado.

Ni siquiera lo dudó. Quinn encontró sobre su pecho, el lugar perfecto donde descansar, sin que los mareos que la sacudían le volvieran a pasar factura.

—¿No te molesto aquí? —preguntó con apenas un susurro.

—No, estoy perfecta —respondía regalándole una pequeña caricia en la cabeza.

Una caricia que se convirtió en un juego de sus dedos con alguno de los mechones del pelo de la rubia, que sentía aquel gesto como si fuese la mejor de las canciones de cuna para dormir.

—Gracias —musitó segundos antes de conseguir caer vencida por el sueño. El mismo que no iba a llegar a Rachel hasta bien pasada la madrugada.

Sobre ella se extendía un cielo completamente lleno de estrellas que jamás había contemplado con tanto detenimiento, y que hacía las veces de techo. El frescor de la noche, el sonido que los grillos le regalaban como perfecta banda sonora de su sueño, e incluso un leve oleaje que se producía en el lago y llegaba en forma de murmullo hasta allí, hacían del momento algo inolvidable. Todo aquello acompañado del suave respirar de Quinn, que, a escasos centímetros de ella, parecía haber encontrado la almohada perfecta sobre su pecho, y se abrazaba a su cintura, como si temiese de su marcha en algún momento de la noche.

Estaba dolida, seguía teniendo aquella extraña sensación de no saber que la había hecho actuar de aquella manera al besarla, y su posterior rechazo. Pero no podía evitarlo. No lo había conseguido durante todos aquellos años en los que sufrió los peores gestos de la rubia, y no lo iba a hacer en aquel instante, en el que la necesitaba.

Algo seguía uniéndola a ella, algo seguía atrayéndola como si de un imán se tratase y no iba a dejarla sola cuando más parecía necesitarla.