Neville mordía su labio inferior con la mirada perdida.

Al menos, la habitación de Severus contaba con ventana. La mirada siempre acababa perdida hacía allí. La otra opción era demasiado tentadora.

Reconocía que se había sentido, una vez superado el espanto inicial, muy bien en compañía de Severus.

Y era incuestionable como el hombre estaba mejorando, también que la cuarentena estaba tocando a su fin.

Era poco probable que Neville fuera quien le suministrara el tratamiento después de ese momento.

Ellos retomarían las clases, los medimagos volverían con sus pacientes habituales.

Incluso si todo seguía como hasta el momento, y con el uso de la magia, Severus podría abandonar San Mungo.

Se estaba destrozando el labio de tanto morderlo.

—¿Estás preocupado?—La voz tranquila de su compañero de habitación hizo que dirigiera su mirada hasta su punto favorito. Severus.

Si no supiera que el vampirismo se basaba en la sangre y no en otra cosa, diría que Severus, de algún modo se estaba alimentando de él.

Este le miraba cuando Neville aplicaba todos los ungüentos que debía suministrarle. El hombre tenía los ojos tan oscuros que era difícil diferenciar el iris de la pupila. Era en esos momentos, justo en esos momentos, donde sentía que Severus se recuperaba. Y como Neville estaba a punto de cometer una locura, inclinándose y besándole. Pero solo dejaba a sus dedos recorrer las gruesas cicatrices sobre su cuello, su pecho y su espalda.

Las manos eran como un nuevo fetiche que hubiera descubierto, acariciando lo que antes no eran más que falanges encorvadas, y que ahora, mucho más recuperadas, soñaba con que le tocaran.

La culpa era de Seamus y meterle ideas absurdas en la cabeza. El problema de las ideas es que cuando encontraban un lugar en el que anidar, era imposibles deshacerse de ellas.

En cualquier caso, algo había pasado durante esa cuarentena. Severus no estaba al 100%, quizás a un 65%, pero teniendo en cuenta cómo estaba cuando él llegó, y que ese estado había sido el tope al que había llegado en dos años. Había habido una recuperación demasiado rápida.

¿Tendría que ver con él? Neville quería que fuera por él. Y no por ningún reconocimiento profesional.

—Me preguntaba qué vas a hacer una vez acabe la cuarentena—dijo Neville—. Estás mucho mejor, ¿verdad?

Severus le miró, Neville quería preguntar algo diferente, pero no sabía cómo sacarlo. De hecho, seguro que se estaba excediendo de nuevo.

—Mucho mejor, gracias a ti.

—Yo solo…

—Me iré de San Mungo.—Neville sabía que debía alegrarse por él, que era lo que debía ocurrir. Pero aquella respuesta solo hizo que volviera a morderse el labio.

Ambos estaban sentados en sus respectivas butacas, como cualquier otra tarde, como si lo que acababa de decir no los fuera a separar para siempre.

Neville quería decir algo, quería darle palabras de aliento, de ánimo. De alegría, pero solo pensaba en que no volverían a estar como en ese momento.

Se había acostumbrado tanto a su presencia, a tocarle, a verle mejorar, a que le mirara de ese modo que él quería interpretar de otro modo.

Pero no dijo nada.

Solo volvió a mirar por la ventana.

Quizás se estaba agarrando demasiado a Severus, él solo era su paciente, nada más.

Porque no podía ser nada más, ¿verdad?

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¡Qué se me va el día y no publico!

Neville precioso, ese hombre es para ti, antes no lo era, la culpa es de Seamus, tienes toda la razón, hasta que no lo dijo él, ni yo lo sabía.

Nos queda el último de Neville.

Lo escribo y lo subo, deseadme suerte.

Hasta ahora.

Shimi.