Hola! Queridos ratones de campo!

WAAA! Antes que nada, bienvenidos a Wattpad :D, si es que lo están leyendo en wattpad, y si no pues… hola, nada mas XD este es el primer capítulo que subo aquí, a ver que tal nos va.

No sé si han notado, pero mis fics fueron bajados de fanfiction net, yo los bajé. Estoy corrigiendolos, en cuanto a trama y ortografía, al igual que los capitulos anteriores de este fic.

Ufff, yo sé, ha pasado… mucho tiempo, por decirlo de una manera. Y lamente mucho el restraso. Si soy honesta, he pasado unos meses terribles, y sé que no es excusa, pero no quería ni escribir ni nada. Por cuestiones de salud física y mental, prefería mantenerme al margen, por casi cinco meses, pero ya he vuelto. No voy a mentirles, las actualizaciones van a ser muy esporádicas, pero voy a seguir subiendo el fic!

Por el momento no responderé reviews, esto de trabajar en línea es una joda, la verdad. Pensé que tendría mas tiempo libre pero nope! Es peor :(

Pero bueno, no le doy más vueltas al asunto!

Espero que les guste el capítulo, y si les gusta y creen que me lo merezco, dejénme un review o un comentario para que lo sepa :3

Espero estén muy bien, chicos! Gracias por la paciencia y apoyarme siempre! Les mando un abrazo!

Al fic!

30

En la noche más oscura

o.o.o

La oscuridad se movía densa, traicionera, sobre un velo fino que serpenteaba ondulante sobre el color negro de lo que parecía la superficie del mar. Cambiaba, se agitaba, un camino como seda que se desvanecía tras mis pasos sigilosos sobre esa superficie de obsidiana líquida, reflejando la luna, las estrellas, luces incandescentes que contrastaban violentas con la naturalidad de aquel paraíso nocturno que rodeaba el islote.

Me miré los pies, blancos como la misma luna reflejada sobre el agua, la misma que no llegaba a mojarme los dedos, aun cuando la veía entrelazarse sobre mis pies, mis tobillos. No estaba helada, tampoco el viento de la noche. Miré mis manos, la piel traslúcida, como la de un espectro, dejaba entrever el flujo constante de la marea alta, las curvas de las pequeñas olitas, mis propios pies, y supe que se trataba de un sueño.

Estaba soñando.

Era de esas veces que la revelación llegaba a mí como una visión a un profeta. No tenía que comprobarlo para saberlo, simplemente me era claro y conciso, no era tampoco la primera vez que pasaba, así que no era una sorpresa ni algo que me inquietase. Solía tener ese tipo de sueños cuando me hallaba inquieta, asustada o preocupada por algo, por el futuro o el pasado, si soy exacta. Mi mente se llenaba de una corriente de colores, imagenes y voces que a veces retrataban recuerdo perdidos en mi inconsciente, cosas de las cuales no me acordaba tan claramente. A veces eran pequeños atisbos del porvenir, interpretaciones, metáforas, como fábulas de un libro para niño que se dejaban mirar hasta que comprendían que estaba allí, observandolos, y entonces se desvanecían en una bocanada de humo, un haz de luz, el salpicar de millones de gotas cayendo al vacío.

Pero esto, era diferente. Las partículas que flotaban frente mis ojos no eran los vestigios de una lluvia de recuerdos, ni miles un rayo de luz o las virutas del humo cambiante del incienso que me daba a entender que el sueño había acabado y era hora de volver a la realidad.

No, estás parecían virutas que deja la ceniza, las partículas luminiscentes de un incendio, de algo ardiendo hasta consumirse…

Y, como si hubiera roto un velo con el filo de la realización, el olor del humo me minó los sentidos, el calor de las llamaradas ardió con tal intensidad que estuve a punto de echarme hacia atrás para evitar que me quemara o se adheriera a mi ropa. Fue como despertar, dentro de ese mismo sueño. El fuego casi me alcanzaba, pese a estar casi al borde del islote, sobre unas salientes de piedra que se proyectaban como espinas sobre el mar, rodeando algo que parecía una especie de cárcel, de enormes muros con pequeñas ventanas de las cuales asomaban llamaradas violentas que se sacudían como demonios siendo exorcizados. No lograba ver con claridad, no podía; el fuego me deslumbraba, y lanzó un estado de alerta en mí que casi me puso frenética.

Me recordaba al ataque en Drei Gewasser, a la destrucción, a la pérdida de un sitio que consideras seguro pero que realmente no lo está. Casi podía oler la sangre, sentirla sobre mi piel, pegajosa y caliente. Me cerré en mi mente, luchando contra el impulso de darle la espalda al fuego que se levantaba frente a mí. Odiaba el fuego. Desde que tenía memoria, le tenía un pánico incontrolable a los incendios, a las altas llamaras, a cualquier tipo de flama que fuera imposible de controlar o suficientemente poderosa para destruir las cosas a su alrededor. Solía preguntarme si tendría que ver con mis poderes de bruja, esa inherente naturaleza heredada que llevaba dentro, la misma que condenó a miles de personas a morir en las hogueras hasta consumirse vivas, o si era un miedo instintivo que se incrementó luego de que vi el monasterio arder hasta caer por su propio peso.

Con las manos sobre las sienes, intenté hallarme en ese torbellino de terror y caos; era un sueño, era solo un sueño, y el hecho de que yo estuviera consciente de eso, quería decir que algo, o alguien, querría decirme algo. Necesitaba saber, así que me volví, lentamente, sintiendo el viento revolverme el cabello y el humo golpearme de frente con su olor amargo, junto cuando el muro frente a mí se cubrió de lenguas de fuego como se hubieran vertido gasolina sobre el mismo. Las llamaras treparon como serpientes y arañas, escuché crujir los cimientos bajo mis pies, antes de que pudiera moverme, la gigantesca pared se vino abajo, pero antes de tocarme, me desvanecí a otro sitio.

Abrí los ojos, ardiendome por el humo y el inconcebible apeste a químicos quemándose, pero me negaba a ceder ante mi instinto de cerrarlos para ver que ocurría. Algo estaba pasando, si no fuera así, no estaría viendo esto. Estaba en el interior de la cárcel; el mundo a mi alrededor era vagamente familiar; las paredes altas y grises, los pasillos amplios, entre muros ligeramente inclinados hacia el centro…

Deberían haber colgados banderines, algo en los muros, pero ahora ardían como retratos de horror y fuego…

Y abajo, a los costados, regados por el suelo varios cadáveres alimentaban al fuego que los devoraba lentamente. Caí sentada, víctima del horror, el asco, la confusión, de pronto, me fue imposible ignorar el apeste a la carne quemada, mirar sus rostros deformes y ennegrecidos, la forma de sus cuerpos despedazados, partidos en pedazos irregulares que yacían repartidos sobre el piso y sobre espesos charcos de sangre coagulada que me manchaba los pies.

¿¡Qué era esté lugar!? ¡Era muy similar a Heilldermeister! ¿¡Era el pasado!? ¿¡El futuro!?

Pero, ese sitio no estaba en el mar, ¿que significaba esto? ¿¡que había pasado!?

El sueño me empujaba hacia otro sitio, lejos de allí; como una fuerza que te jala por los hombros, unas manos invisibles me arrastraron hacia otro sitio, hacia un salón enorme. pese a que el fuego lo devoraba todo, podía reconocer camillas, al menos unas diez a lo largo de una pared, separadas por pequeños paneles de plastico que se derretía por el calor, maquinaria médica, pantallas, tanques de examinación, todo destruído por algo que, fuera lo que fuera, había hecho pedazos a todos los cuerpos carbonizados que se calcinaban, irreconocibles entre el fuego.

Me doblé del asco, esta vez sintiendo arcadas por el vómito a causa del olor a carne quemada y otros fluidos, probablemente químicos y toxico. No pude contenerme. Pero el sueño no paraba, y cuando abrí los ojos estaba en otra sala, mas pequeña, de paredes que en mejores momentos fueron blancas, impecables, y salvo eso, no podía reconocer nada más. Aquel sitio parecía la entrada al infierno; el equipo estaba destrozado, y exceptuando una pared, nada más quedaba en pie, ni el techo, ni el equipo. Todo lo que hubo allí, parecía haber sido reducido a fragmentos destrozados y carbonizados que ardían en medio del crater de lo que fuera que había provocado una explosión en el centro del cuarto. Algo me decía que ese punto era donde había iniciado todo.

Todo brillaba rojo y naranja, todo lleno de humo y destrucción. En ese infierno de llamas inclementes, me quemó por dentro no solo el mismo fuego, sino un pesar insoportable que me apretaba el corazón como entre una dama de hierro. Había demasiado en ese lugar, demasiado dolor, demasiado sufrimiento, demasiadas emociones que se desprendían de las paredes y me acuchillaban como si fueran míos. O quizás, los sentía así porque los conocía bien.

Era el pánico reflejado en los ojos de Wade cuando nos atraparon huyendo. La desesperanza silenciosa que lo acosaba sabiendo que jamás saldría de ese mundo de muerte y dolor. Eran todas las torturas que revelaban la forma de sus cicatrices, el horror de saber que no importaba que tan mal estuvieran las cosas, siempre habría otro círculo del infierno esperando por nosotros. La silenciosa pregunta hecha a los Inquisidores cuando habrían las jaulas y lo llamaban por su nombre.

¿Que monstruosidad debería hacer hoy? ¿Que forma de castigo me impondrían hoy?

¿De qué forma me torturarían esta vez?

Era el sentir que morir era la única forma de descansar de las pesadillas…

El dolor me quebraba las fuerzas como un martillo helado sobre el cristal. Me sacudía el cuerpo con tanta intensidad que no podía hacer más que llorar, consumirme por esa agonía invisible, preguntándome, por alguien más que no era yo, dónde estaba la salida. La habitación se volvió un borrón irreconocible, sin salida, sin suelo, sin paredes, una carcel que me aprisionaba el alma, tirando de mi para que jamás me fuera, para ser consumida por esas llamas. Y sentí que me ahogaba, sentí que me moría, sentí que no había salida de allí, no podía hallarme a mí misma. Necesitaba salir de allí, no podía soportarlo más.

La cabeza me daba vueltas entre el fuego, gritos irreconocibles, plegarias, llantos, mientras sentía las llamas lamiendome los pies. Un rayo me cruzó la espalda, un vacío me llenó el pecho, sintiendo algo que se me soltaba de entre los dedos y esa presencia que se proyectaba en mí, se vacío ante la desesperación. Sacudí una mano, me impulsé para ponerme de piel, mas al hacerlo, caí de bruces sobre el suelo chamuscado y, sin poder creerlo, vi mi brazo izquierdo iluminarse, como si fuera de pura luz. Un instante de sorpresa, seguido de el acongojante horror al ver como se caía en una pila de ceniza.

No pude gritar. Había demasiado en mi interior para poder procesar lo que pasaba. Apenas podía contener el pánico, apenas era capaz de recordarme que todo eso era un sueño, que no era real, pero la noche y el incendio me vendaban los ojos con luz y oscuridad y el sueño tiraba de mí como si quisiera ahorcarme con sus manos heladas. Y los gritos seguían allí, intentando apagar mi propia consciencia, repitiendose una y otra vez en mi cabeza, alimentándose del agotamiento, el calvario interno entre el dolor físico y emocional.

¿Iba a morir? ¿Era posible morir dentro de un sueño? ¡No, no! ¡Estaba aquí por algún motivo! ¿Que era? ¿Que quería esto de mi?

Intenté cerrarme en mi, en mi propia mente, deshilachando uno por uno todos los estímulos que me acuchillaban el cuerpo, pero era como buscar una aguja en un pajar. Toda la agonía. Todo el fuego, la sangre que me brotaba del brazo y me empapaba la espalda, pero no había nada allí…

Entonces, de entre las voces, entres los miles de gritos y chillidos agónicos, conseguí entender una sola palabra, un solo grito, pronunciado como una plegaria al cielo o al infierno por alguien que ha sufrido demasiado y no le importa a cual irse, sino solamente acabar con la tortura:

¡Alice!

Y el mundo volvió a cambiar, como una ruleta que gira veloz, haciendo que todos los colores pierdan su sentido, se unan como un solo borrón pálido, y al volver a abrir los ojos, chamuscada y dolorida, empapadas en mis propias lágrimas y mi propia sangre, ya no estaba en la pequeña sala, sino fuera de la fortaleza, fuera el incendio. Estaba en una especie de planicie cercana a los acantilados, delante de los acantilados de piedras negras que se confundían con la profunda noche y el humo.

Allí, delante mío, una silueta se proyectaba al borde de la saliente, a punto de lanzarse al mar...

El viento sacuía su cabello largo sobre sus hombros pronunciados y huesudos, el fuego sacaba a resplandecer la piel brillante llena de cicatrices en la parte trasera de su cuerpo, los contornos de su ser, encorvado, las marcas de viejos supresores que delinearon su espina y las piernas. La luz del incendio detrás suyo creaba profundas sombras, brillantes superficies, como si fuera una pintura hecha únicamente a dos tonos…

Un hombre alto, cuyo cabello rubio resplandecía como el oro líquido por la luz del encendio y se sacudía por la brisa del mar…

Había algo en esa silueta, algo en su complexión que me resultaba extremadamente familiar, aun cuando no conocía a nadie con esas características…

¿O sí?

No… No podía ser…

-¿Wade? -lo dije antes de poder acallar el impulso de hablar, deseando que no se volviera, que no reconociera ese nombre. Lo último que quería, era confirmar que una de mis más terribles pesadillas se hacía realidad delante de mí. Lo dije con un gemido quebrado entre lágrimas y confusión.

Por favor…

Por favor, no voltees...

Una pequeña pausa, un breve momento de duda, como si mi voz no fuera más que el eco de un fantasma del pasado, incapaz de ser oída en el mundo real, y luego, lentamente, arrancándome un jadeo de agonía que me perforó el alma, él se volvió sobre su derecha, descubriendo sus pómulos, la forma de su nariz. En su costado derecho, bajo su brazo, alcancé a ver el borde de su tatuaje, su silueta delgadísima y su rostro, barbudo, maltratado por el hambre, el dolor, el tiempo...

Eran sus ojos, aun sin ese brillo verde fantasmal, aun con el rubio cabello y la barba, tan larga que cubría su cuello, podía ver los rasgos tan familiares que indicaban que era él…

Lo era, ¿no?

¿Qué significaba eso? ¿Un presagio? ¿Una visión del futuro? ¿Del pasado? No, tendría que ser del futuro…

Algo que pasaría de nuevo… ¿Eran de él esos gritos, ese dolor que sentí en la sala…?

Me miró como si hubiera un velo entre nosotros, al inicio, incapaz de reconocerme entre el fuego y el humo. Un momento de incredulidad, una sombra de dolor al clavar sus ojos en mí, el impulso de girar totalmente para reconocer que aquello no era una simple visión, sino que estaba allí, que era real…

Solté un jadeo, con tal intensidad que podría haberme roto, preguntándome entre lágrimas que hacía él allí, y que tendría que haber pasado para que me viera de esa manera, como si fuera un recuerdo, como si él también estuviera soñando. Fue como si se quedase vacío, como si… nada tuviera sentido y de pronto lo hubiera hallado solamente en mi rostro.

Entonces vi sus ojos, vibrando ante el fuego, y la prematura sonrisa se me desvaneció de los labios…

No había nada verde en ellos, nada de ese tono ácido, al menos en uno de sus orbes, que me indicase que, pese a las heridas, seguía siendo él. Todo era violeta, todo era oscuro, todo se revolvía como un pozo de sangre envenenada, de odio profundo y tan intenso que podría haberme asesinado de haberlo pensado. El mismo odio que pulverizó todo rastro de sorpresa, todo rastro de suavidad y esperanza que podría haber en su interior.

Me miró, y supe que lo único que podría acallar esa sed de sangre, sería la mía…

¿Que le habría pasado…? ¿Que significaba esto?

Wade… ¿Por qué sus dos ojos… eran de demonio?

No tuve tiempo de hacer nada, ni siquiera de terminar de preguntarme que era eso que veía…

Algo despertó en él tan rápido como el odio que resplandecía violento en sus ojos, algo que disparó en instinto de la ira que solo los demonios tienen. En sus ojos violetas brilló la rabia desgarradora, casi tan veloz como el rugido infernal que se le enredaba en los dientes y colmillos mientras corría hacia mí, con las manos ensangrentadas transformadas en garras monstruosas que iban dirigidas a mi corazón…

Y desperté con un quejido que me hizo sentarme en la cama de sobresalto.

Busqué a mi alrededor los rastros del incendio, de la fortaleza, aun confundida entre la realidad y el mismo sueño. Estaba despierta, ¿cierto? No comenzaría a salir fuego por entre los cajones ni abriría la puerta un monstruo gigante ni saldría de abajo de la cama un oso polar para comerme. No, realmente estaba despierta.

Con una mano en el pecho, suspiré aliviada al comprender que no había nada fuera de lo común a mi alrededor. Estaba a salvo, y nada de lo que vi era real…

O, al menos, eso quería creer, aunque no estaba del todo segura. Era dificil sentirse totalmente a salvo en un sitio tan poco familiar como ese pequeño camarote. En efecto, las pequeñas paredes, el escaso espacio entre la cama, la pared y el vanity, aparte de las maletas, estaba repartido en una pequeñisima area de piso. Comenzaba a sentirme claustrofóbica. Consideré la posibilidad de volver a dormir, sin embargo, me conocía lo suficiente para saber que no sería capaz en mi estado, en especial luego de ese sueño. Quizás lo mejor sería despejarme antes de volver a dormir.

No quisé darle demasiadas vueltas a la posibilidad de que me llamasen la atención al salir de madrugada; después de todo, aquel pequeño barquito pertenecía al escuadrón de Jillian, y disfrazado de un yate para fiestas, solían usarlo para moverse discretamente de un lado a otro, además de tener reuniones con otros inmortales en el mismo, como explicó durante nuestra reunión hacia pocas horas.

Me preocupaba más que Christopher, quien conociéndolo andaría rondando de un lado a otro como un buitre, asegurándose de que todo estuviera en orden, me regañara por andar caminando en plena madrugada por la cubierta, en especial cuando Jillian andaba tan quisquillosa por todo ese tema de Sylvette, eso de tener a un humano en una postura tan vulnerable en una situación que podría volverse realmente peligrosa en un parpadeo, y Chris parecía comprometido a complacer todos sus caprichos luego de que esta lo señalara por no haber mantenido el orden entre nosotros, algo que el shinigami se tomó personal, dado su inmenso amor por las reglas.

No lo culpaba; la verdad es que también a mi me preocupaba. Si bien Sylvette era una pieza importante (y frágil, considerando su mortalidad), no había probado ser altamente confiable en ocasiones previas. No quería juzgarla por solamente una primera impresión a su despliegue de carácter en situaciones de alto riesgo, y no lo hacía, en efecto; soy una fiel creyente que la gente puede cambiar cuando se le anima y que todos pueden convertirse en mejores versiones de sí mismos con un poco de apoyo, amor duro, y confianza. Sin embargo, me preocupaba que aun fuera demasiado temerosa para afrontar a lo que planeabamos plantarle cara. No sabía que hallaríamos con Ondina, cómo sería, y con Kreous…

Me preocupaba que dudase en un ultimo momento, que no confiase en sus instintos al momento de reconocer un cambio en el ambiente o no lo dijera por temor a sembrar el pánico, y eso pudiera causarnos daño a todos, incluyéndola. Dependeríamos directamente de ella para hallar a Ondina, y para orientarnos en la cueva de Kwenthrith. Si ella dudaba, si titubeaba u omitía información por temor, por inseguridad, podríamos cometer errores fatales.

Quizás debería hablar con ella sobre el tema, hacerla sentir segura sobre sí misma…

Y sin embargo, no estaba segura de que eso funcionase. Algo me decía, en su forma de actuar, de mirarme, que no me creía del todo cuando hablaba con ella. Cuando nos estaban transportando hacia la guarida de Bharus, recuerdo contarle algo de mi pasado. Nada sobre los abusos, nada sobre el maltrato, la tortura o el infierno que viví allí; únicamente sobre mi falta de recuerdos, y ella… no lo sé, me dio la impresión de que no creía lo que yo le decía. Como si le fuera imposible pensar que algo así podría pasar, o como le estuviera mintiendo para que me tuviese compasión.

Pienso que pudo haber sido la tensión del momento; quizás lo percibió como egoísta de mi parte centrarme en mi triste pasado cuando nos hallábamos en una situación tan peligrosa. O quizás yo malinterpreté su reacción, y no la conocía demasiado bien para saber que ella se sentía mal realmente y solo era una mala percepción mía.

Me llevé las manos a la cara, mientras vagaba lentamente por el pasillito de entre las habitaciones. Todo estaba inundado del dulce silencio del mar en calma, del viento marino y la luz azulina de la luna que entraba por las puertas de las escalerillas. Aspiré con fuerza, el aroma a salitre del océano me llenó los pulmones, el cuerpo, como si pudiera refrescarme esas dudas que quemaban mi cerebro y me pesaban en el corazón. De pie, inmóvil, dejé que esa sensación me enfriara el cuerpo de las pesadillas y los oscuros pensamientos; resbalé las manos a la barbilla, pensando, ahora con más calma, sobre lo que debería hacer, y eso era dejar de darle vueltas a algo que eran puras especulaciones, puras dudas cuya aclaración no le servirían de nada a nadie, ni a nuestra misión, ni para mantenernos a salvo. Eran pensamientos egoístas.

¿Quién era yo para juzgarla por la manera en que veía o percibía, a mí o al mundo, en caso de que mis ideas fueran correctas? ¿De que me serviría? ¿De qué le serviría a ella cambiar esa percepción de mí, cuando quizás lo mejor para ella, y para todos, era que se diera cuenta no de mi fortaleza, sino de la suya y de lo importante que era y podía ser?

Y sin embargo, me preocupaba también su relación con James, me preocupaba que decirle todo esto, sobre lo bien que le hacía su presencia a este grupo, pudiera acercarla más a él, y a todos esos secretos silenciosos que el shinigami parecía esconder. Yo no confiaba mucho en él, ni en sus motivos, ni en que realmente hiciera este viaje para ayudar a Edrick por una promesa que le hizo a Sylvette, ni por sus documentos, ni nada de eso. Algo me decía que buscaba algo más, que tenía razones que jamás dejaría ver. Me preocupaba que Vetty no fuera capaz de ver eso a tiempo.

Solo esperaba estar equivocada en lo que presentía. No quería ser fatalista, pero… presentía que algo saldría mal.

O quizás solo estaba siendo pesimista. Quizás mi ansiedad andaba muy en punto últimamente y eso me ponía de malas. No es como que hubiera tenido unos días muy sencillos, ni que hubiera tenido tiempo para reflexionar sobre lo que ocurría a mi alrededor, y mucho menos tiempo para continuar con mis propios proyectos o investigaciones. Desde que Vetty llegó todo había sido ir de un lado a otro, no había mucho tiempo para pensar. Pensaba que eso podría tenerme tan abrumada, y me abrumaba aun más el pensar que seguían días muy intensos, y todas las derivadas de los problemas que traerían consigo.

Además de los problemas que me hacía a mí misma…

Salí finalmente al exterior del bote, encontrándome con el agua oscura rompiendo adormecida contra la cubierta del yate, reflejando como un espejo prístino la luna en la superficie irregular del mar. El aire me revolvía el cabello, me acariciaba el rostro, y no pude evitar sentirme menos apesudumbrada por el futuro. De pronto, el sueño sobre el Wade de cabello oscuro me era menos doloroso, menos pesado, por decirlo de alguna forma. Me podía llegar a convencer, por al menos un momento, que había la posibilidad de que solo fuera eso; un simple sueño, una simple pesadilla, que no tuviera relación alguna con lo que estaba pasando.

Quizás no era una visión de lo que ocurriría con su sello, quizás era una pesadilla alimentada por el miedo de que fuera a pasar algo malo, o alimentada por algún otro miedo…

Me apoyé contra el borde la baranda; si miraba hacia abajo, todo lo que veía era el mar, y era lo más cercano a poder flotar por encima de él, una sensación muy contraria al peso que sentía que me hundía cuando recordaba las mismas palabras de Vetty, ayer en el auto de Jillian.

"No tienes que estar enamorado de alguien para besarle…"

¿Realmente lo dijo enserio? ¿Por qué me besaría entonces? ¿Por qué diría lo que dijo? ¿Sería entonces aquello que pasó producto del temor y la inquietud del momento? Pensar que se habría aprovechado de mi debilidad me resultaba doloroso, y por otro lado, no sonaba a algo que él haría. Él siempre había sido honesto conmigo, respetuoso, y considerado; no creo que me diría algo así solo para sacar provecho de la situación, sabiendo que podría herirme…

...A menos que ese fuera el motivo por el cual se disculpó tan profusamente en la mañana.

Sentí que las manos se me enfriaron de golpe, y de inmediato me volví de espaldas hacia la baranda y el mar. No había pensado en esa posibilidad. Quizá por eso me preguntó si me había herido, si me había hecho daño, o si me había forzado a hacer algo que yo no quería…

Me dí un golpe en la frente, conteniendo un gruñido de molestia o quizás un jadeo de dolor, ya no lo sabía; era una tonta, ¿como no me di cuenta? Y en tanto, allí estaba yo, asumiendo cosas que estaban únicamente en mi imaginación, sin saber interpretar claramente la realidad. Estaba tan consumida por mis ideas que no supe ver eso que era tan obvio.

¿Lo era? ¿Estuve viendo solo lo que yo quería? Por eso estuvo tan distante ayer, como si apenas soportase tenerme cerca, ¿no? No estaba mostrándose coqueto o vulnerable, era yo quien leyó erróneamente sus intenciones…

Ese era el motivo por el cual dijo que no volvería a repetirse, que si me incomodaba, podía alejarme…

Porque a él también le incomodaba, ¿no?

¿Como pude ser tan ilusa…? ¿Como pude crearme una historia donde no había nada? Cuando dijo que me amaba… hablaba del pasado entonces…

No de ahora, sino de cuando estuvimos en Jagger Hollow y quizás en Drei Gewasser. Con todo el tiempo que había pasado, era obvio que sus sentimientos menguaron hasta enfriarse por completo. Quizás quedaban cenizas, pero eso no significaba que pudiera haber allí una llamarada, por muy pequeña que fuera. Luego de cinco años, no me debería sorprender...

Con todas las piezas al descubierto, ahora todo tenía sentido… y podía ver lo estúpida que había sido…

Eso no significaba que doliera menos…

-¿Estas bien? -levanté la cabeza de golpe, las manos a los lados del cuerpo como un soldadito, estrangulada por la sorpresa y el dolor de moverme tan rápidamente. Creo que aun no me hallaba recuperada del todo…

Con la espalda contra el marco de la entrada al yate, descubrí a la dueña de esa voz femenina, de pie a un palmo de mí. La chica de cabello blanco y ojos verdes, la shinigami que respondía al nombre de Hela.

La misma que trató de aplastarme con su maza la noche anterior.

Salvo un par de encontronazos en casa de Vetty, no había tenido realmente tiempo de hablar con ella. Luego de limpiar la casa de la pelirroja (solo para descubrir que su madre no iría a visitarle), nos pasamos el resto de la tarde alistando todo para partir "supuestamente" al día siguiente, cosa que era bastante estresante, considerando que Jillian quería hacer todo el proceso lo más legalmente posible. Fue una seguidilla de eventos y estrés, sin contar que se la pasó ordenándonos de un lado a otro, casi con horario y check-list en mano, asegurándose de que todo fuera de acuerdo a su plan de viajes. Para ser un ángel, me recordaba mucho a Hitler cuando entraba en ese modo.

Creo que todos decidimos cooperar para que esa tortura emocional y organizacional acabase pronto. Ninguno de nosotros había dormido, ni bien ni mucho, y todo lo que queríamos era dejar todo listo lo más pronto posible para irnos a la cama y dormir a pierna suelta el resto de la noche. Sin embargo, aquello fue un terrible error; Jillian, cuando descubrió que todo estaba listo antes de tiempo, no dudó en agilizar el resto de sus procesos y el yate, en el cual zarparíamos al amanecer, estuvo listo antes de las nueve de la noche. Lo que todos esperábamos fuese una noche larga de sueño reparador se convirtió en una jornada de tres horas de acarrear maletas y nuestros propios cuerpos cansados a los muelles, subir al barco, repartir los camarotes y un repaso sobre las reglas y normativas del barco de la mano de nuestro mismísimo capitán, Jillian.

Wade se sentó en un sofá y se durmió allí mismo, mientras que James ni siquiera se presentó. Hela estaba enérgicamente irritante, supongo que era su forma de expresar el cansancio, y contrastaba demasiado con Chris, quien pese a mostrarse cansado, no parpadeó en un solo momento. Vetty parecía a punto de caer dormida en el medio del comedor y yo estaba a punto de perder la poca paciencia y consideración que me quedaba hacía Jillian.

Usualmente le tenía mucha paciencia, pero estaba a punto de ordenarle que cerrara el pico y nos dejara dormir o conocería lo que era el verdadero caos.

Por suerte, no tardó mucho más y permitió que nos fuéramos a dormir.

Eso tenía poco más de cuatro o cinco horas, el único tiempo libre que habíamos tenido en un lapso de casi cincuenta horas, y obviamente lo último que me pasó por la cabeza en esas horas fue salir a convivir con Hela, quien, lamento decir, me causaba tanto temor que apenas podía ocultarlo.

Debió notar la tensión que provocó su presencia, pues de inmediato se echó hacia atrás, lentamente, con las manos propiamente levantadas delante de sí.

-¡Oh, lo lamento! -exclamó con sorpresa, aunque no me parecía para nada afligida en sus rasgos juguetones-. No pretendía asustarte.

-Trataste de matarme… -dije, con las manos tras la espalda, escondiendo cualquier chispazo de presión que pudiera revelar que estaba buscando contraatacar, aunque hubiera sido en vano; seguía demasiado drenada para hacerlo, pero eso ella no lo sabía. Había sonado muy directa-. Lo siento, pero no sé de que otro modo podría haber reaccionado...

Se mordió los labios, intentando componer una expresión apenada, mientras bajaba las manos a la falda de la larga bata de borrego que llevaba puesta y le cubría las rodillas. En la escasa luz del barco, parecía una extensión de la luna, una hija más de Selene, con su cabello blanco y ondulado, su piel como plata.

-Respecto a eso… -masculló, casi sonrojándose. No era difícil ver que estaba avergonzada, parecía demasiado transparente, si lo pensaba bien-. No fue realmente mi intención; solo que… te confundí con alguien más… -pareció querer decir algo más, algo que se le atoraba en la garganta y le era muy difícil confesar-. Tanto tiempo encerrada, aislada del mundo y todo lo bueno que puede ofrecer, deja tu mente como terreno fértil para el rencor.

-Lo sé… -dije con cierto temor. Conocía bien eso de lo que ella hablaba, el rencor que se acumulaba con el paso de los años. Contra ti, contra los que te hicieron daño, contra el mundo que no oye tus gritos. Comprendía sus motivos, más no la justificaba.

Ella levantó la vista, tan sorprendida como si fuera lo último que esperase escuchar.

- ¿Lo sabes? -preguntó como si no me hubiera oído. No sabía si era molestia, dolor, desconfianza o sorpresa lo que se reflejaba en sus ojos verdes de fantasía.

-Sí… -dije, tragando saliva-. Supongo que luego de tanto, olvidas parte de ti, parte de lo que es realmente tu culpa y lo que no, y comienzas… a mezclar todo. A veces uno no está molesto con el mundo, sino con uno mismo.

Sonrió suavemente, casi adolorida por algo en mis palabras.

-Hablas con demasiada sabiduría para tu propio bien -dijo y solté una risita. Noté que ella se relajó pero yo no podía hacer lo mismo. No podía evitar tener la guardia alta, al menos por ahora-. Dime, ¿cuanto tienes de vida, niña?

Quise decirle que ella hablaba con demasiada propiedad pero supuse que se trataba por el encierro. Tal vez en su época, la última en la que estuvo consciente, esa era la forma común de hablar.

-Veinte -mentí, rascandome la mejilla con un solo dedo. No quería contarle la historia de mi vida, y en realidad, era la edad estimada que aparentaba, y no había cambiado mucho en los últimos años. Me atrevería a decir que no había cambiado realmente para nada, desde que cobré consciencia de mí misma, mucho antes de conocer a Wade.

-¡Oh, es la misma edad que aparento! -exclamó con una enorme sonrisa-. Es decir, es la misma edad con la me quedé "congelada", y hablando de congelada, ¡que frío hace aquí afuera! ¿No estás helada?

-Un poco -dije tímidamente, frotándome los brazos con las manos. Era cierto, hacía mucho frío, pero estuve tan sumida en mis pensamientos que no lo habría notado hasta ese momento. Sin embargo, quizás era mejor soportarlo a decir la verdad. Temía que fuera a sugerir que fuéramos a su camarote. A solas. Con la loca que me quiso reventar la cabeza con un mazo-. Pero está bien; no me molesta, ¿sabes?

-¿Estás segura? -insistió-. Podríamos entrar, charlar un poco en la cocina, podría hacernos algo de café o té, ¿cuál prefieres? Vi a Chris sacar una caja de earl grey antes de dormir, y conociéndolo, debe haber traído suficiente para dar de beber a un batallón.

-No creo que a Jillian le…

-¿Que están haciendo aquí afuera? -preguntó Christopher, recién llegado y recién salido de la puertecilla lateral, a unos pasos de nosotros. Parecía haber de la cama hacía solo unos minutos atrás; llevaba una bata color añil sobre la pijama azul marino, unas pantuflas blancas y el cabello despeinado por la posición en la que debió yacer sobre la almohada.

Pese a estar adormilado, ya llevaba esa expresión de "¿que diablos hacen afuera estas horas?", sin embargo, cuando vio a Hela, su expresión se suavizó.

-¡Oh, Chris, solo tomábamos un poco de la brisa fresca de la madrugada! -dijo ella, tan vivaz como era su costumbre. Agradecí en silencio que alguien más llegara; esta chica seguía asustándome-. Yo no podía conciliar el sueño y supongo que a Sophie también le resultaba un poco dificultoso.

-Ya veo -repuso, plantandose muy erguido, con las manos en el cuello de la bata. Parecía muy serio, y de no haber sido por su aspecto somnoliento, parecería la ilustración de una estampilla de un caballero victoriano. Me causó algo de gracia, hasta que reconocí la forma en la que Hela se paraba, colocaba las manos, la manera en que movía la cabeza. Por muy enérgica que fuera, había mucha propiedad en sus movimientos, en su forma de actuar- ¿Hay algún motivo en especial que les tenga en vela?

-No realmente -comentó ella, sin pizca de preocupación, hablando con soltura. Chris me miró de reojo, como si esperase la misma respuesta de mi parte, y tardé demasiado en recomponer mi expresión para que no notase nada raro. Yo no era particularmente expresiva, pero Chris me conocía lo suficiente para notar cuando algo no estaba bien conmigo, aunque eso no siempre me era agradable. Había cosa que prefería guardarme para mí misma-. Es solo que, bueno, luego de que una pasa mucho tiempo encerrada, es agradable respirar aire fresco. Tenía mucho que no veía el mar y mucho más que no navegaba en un barco en el medio del océano.

-Es una suerte entonces que este no vaya a ser el único que tomemos -añadió el, con una pequeña sonrisa.

-Creí que al llegar a Dinamarca tomaríamos el tren por Alemania -al menos, ese recordaba que era el plan original. Claro que igual estaba muerta de cansancio en ese momento, ya casi no me acordaba.

-No, Alemania es territorio Inquisidor, en especial luego de la caída de Drei Gewasser, sería muy peligroso -respondió Chris, con actitud severa-. Sería mejor cruzar la península en tren y continuar el trayecto desde Horsens hasta Pomorskie en barco. Podríamos rodear, pero perderíamos un día, y ya sabes que el tiempo es oro ahora mismo.

-¡Oh, amo los trenes! -exclamó Hela, con las manos a los lados del rostro- ¡Me encantan, su ritmo al andar sobre las vias, el sonido de las ruedas, su nube de vapor…!

-¡Ah…! ¡Eso… es… increíble! -Chris apenas podía contener la cara de sorpresa y yo me tuve que morder los labios para no reír de lo irónico de la situación. Pobrecilla, la amarga sorpresa que le esperaba-. Pues, eh, mañana… mañana verás como son los trenes de hoy en día.

-¿Tienen más vagones? ¿Más chimeneas? -Preguntó, ahora volviéndose hacia mí. Abrí la boca para decirle la verdad pero, detrás de ella, Chris sacudió la cabeza de un lado a otro, tan desesperadamente que pensé que se le caería del cuello.

-Ahhhhh… algo así -dije finalmente-. Son muy bonitos, plateados.

-¡Vaya! -murmuró con ensueño inocente.

Una parte de mí se compadeció de ella, ya me imaginaba lo que le esperaba, todo lo que tenía que aprender, las perspectivas que tendría que cambiar de su época a la nuestra, la tecnología y todo eso. Podía ser complicado, por no decir abrumador y casi imposible. Hasta la fecha, no se me daban las computadoras, ni nada de eso de conectar cables, y salvo cambiar los canales de la televisión, sabía muy poco del tema. Con Wade era lo mismo; puede que reparar su motocicleta no supusiera un problema, o las bocinas o la guitarra, aunque suponía que se debía a que tenía nociones mecánicas del pasado, pero el celular le daba dolor de cabeza. Conseguía comprender la lógica de las conexiones; el software, era otra cosa. Aprender este tipo de cosas, en especial cuando el mundo a tu alrededor supone que debes saberlas, es bastante fastidioso, frustrante, y en cierto modo, algo triste.

-Oye, cariñ… digo, ¡Hela! -se atragantó un poco, poniéndose tan rojo que casi resplandeció, pero la shinigami estaba muy ocupada imaginándose un mundo de trenes a vapor como para prestarle atención- ¿Nos permites un momento a solas? Quisiera hablar con Sophie acerca del viaje.

-Oh, ¿ahora? ¿en plena madrugada?

-Es un poco urgente.

-¿Por qué no esperar hasta mañana? -su voz era despreocupada pero tenía una sombra incomoda que cubrió su rostro tan rápido como escuchó aquello. interesante, quizás las intenciones de Christopher no eran unilaterales-. La noche es fría.

Sin embargo, él no lo notó. Se encogió de hombros.

-No tardaré demasiado, no hay de que preocuparse.

-Bueno, entonces me retiro a mis aposentos -dijo, sacudiendo ligeramente la cabeza y haciendo una pequeña reverencia a ambos-. Buenas noches, a ambos. Nos veremos mañana.

Y se apresuró por la puertecilla dando saltitos como un duende, hasta que su blanco cabello desapareció por el umbral.

Cuando consideré que se hallaba lo suficientemente lejos, y su presión se disolvió a través de las paredes, me volví hacia Christopher con una ceja elevada.

-¿Que pasa, "cariño"? -él se enfurruñó, encogido de hombros y masculló algo inentendible- ¿Qué? No tiene nada de malo. Te gusta, ¿cierto?

-Ese no es el motivo por el cual quería hablar contigo -dijo firmemente, aclarándose la garganta. Se había puesto muy serio, así que quizás lo mejor era dejar de molestarlo-. Ya sabes que es de lo que quiero hablar.

La verdad, no lo sabía. Me quedé callada, hasta que él inclinó la cabeza, con la cejas arriba y miró en dirección al interior del yate. Por un instante, creí que mencionaría lo ocurrido ayer; el embarazoso momento en el que abrió la puerta y nos encontró a mi y a cierto shinigami en una situación "ligeramente" íntima.

-Es muy probable que nos topemos con Ondina mañana -comenzó a decir. No me dí cuenta de lo tensa que estaba hasta que solté todo el aire contenido-, es un hada muy poderosa, y muy antigua.

Sabía lo que eran las hadas, Olga me habló de ellas en su momento. Eran espiritus antiguos, concebidos por los Titanes antes de que fueran desterrados. No eran precisamente sus hijos (aunque cuentan algunas leyendas que los Titanes sí tuvieron hijos), sino más bien manifestaciones de su poder, extensiones de su propia presión para mantener el orden a su alrededor. Las hadas no eran distintas a las druidas, dríadas y ninfas, y quizás lo único preocupante de ellas era lo territoriales y recelosas que podían ser con sus secretos.

-Es Ondina de las Cascadas, ¿verdad? -pregunté y él asintió.

-Sí, Ondina protege todos los tipos de cuerpos de agua particulares al océano, pero esa no es la cuestión -puso una expresión severa en su rostro pecoso, clavando los ojos en el horizonte, como si pudiera ver detrás de la noche y la oscuridad, y todos los secretos que esta ocultaba-. Ondina tiene poder sobre las aguas, y recoge todo lo que las aguas a su alrededor son capacer de ver y oír. No es un secreto que tiene en su poder una de las bibliotecas más extensas de todos los mundos, y que tiene registros detallados sobre el pasado. Acontecimientos, muertes… -me miró con ojos de piedra, la boca en una línea recta como el mar en calma-. Personas, nombres y linajes perdidos…

-¿Crees que pueda saber… de mí? -inquirí, volviéndome hacia él, acomodándome la bata alrededor de los hombros como si pudiera protegerme de lo desconocido, y al mismo tiempo, abrazar esos secretos que no eran de mi conocimiento- ¿Sobre quién soy?

Christopher se sujetó de la baranda metálica del yate, como si fuera el freno de un auto que acarreaba sus pensamientos.

-Es… posible -continuó, sin querer mirarme-. Ondina sabe muchas cosas. Sé que hay inmortales que peregrinan hacia sus bosques, intentando hallarla, a veces sin éxito, solo para tener respuestas a sus preguntas. Si alguien puede tener una respuesta, es ella.

Me quedé mirando a Chris, sintiendo el impulso de sonreír pero incapaz de hacerlo. Pese a que aquello eran buenas noticias, tenía un peso en el corazón que me evitaba sentirme del todo libre, del todo feliz, como si estuviera viendo la superficie azul de un lago y no fuera consciente de los cocodrilos que nadaban debajo. Y los mismo pasaba con Chris; estaba asustado por algo que no quería admitir.

-¿Por qué lo dices como si fuera algo malo?

-Sophie, ¿estás segura de querer saber quien eres? -preguntó secamente-. Sé que puedo sonar insensible, pero hay personas que preferirían eso y empezar de cero. Tu tienes esa oportunidad. Dejar todo atrás y mirar al futuro sin preocupaciones.

-Chris… -dije, sintiéndome nerviosa de pronto-. Quiero saber quién soy, porque me abandonaron, porque fui capturada.

-¿Y si es algo malo? -insistió, con ojos desesperados.

-No me importa -refuté con vehemencia, y él pareció amargarse-. Quiero saber la verdad, ¿tú no quisieras eso?

Pareció considerar la posibilidad, por unos minutos. Pese a no saber exactamente que había pasado antes de conocerlo, sabía que había algo oscuro que no decía, y eso, si es que no era eso exclusivamente, incluía lo que fuera que les haya ocurrido a los Trece.

-No... -dijo finalmente, con las manos apretadas alrededor de la baranda, los ojos clavados en el mar, oscuro y frío-. No, querría un inicio limpio. Desde cero. Si pudiera olvidar todo… lo haría.

Me quedé mirándolo, esperando que dijera que salvaría recuerdos de su vida y ese tipo de cosas. Que unicamente sus amigos, sus momentos felices, se lo impedían, pero no hubo nada de eso. Ni la duda, ni el pequeño momento de arrepentimiento silencioso, nada. Podía sentir esa inquietud en él, querer decir que bromeaba, y al mismo tiempo, como si quisiera que sus palabras fueran aceptadas sin malas intenciones. Había… un vacío en sus ojos que no llegaba a comprender.

-Chris, ¿que fue lo que pasó? -pregunté, sin saber si eran las palabras correctas.

La expresión de su rostro, al voltear a mí, era la máscara inescrutable de una estatua, pálida y blanca, como la espuma moribunda de las olas que se estrellaban contra el casco.

-Es una muy larga historia… -murmuró. No parecía seguro de sus palabras. Creo que una parte de él deseaba hablar, mas algo se lo impedía-. Mañana sería un día difícil; deberíamos dormir. Mira, sé que sueno… pesimista, por decirlo de una manera amable, pero solo quiero que tengas consideradas todas las posibilidades…

-Lo sé -respondí, algo decaída. Me… hacía sentir perdida, cuando actuaban de esa manera, con tanto secretismo. Me sentía aislada, como si no tuvieran la confianza para contarme las cosas que los atormentaban. Comprendía que no quisieran hablar de ello, y que era difícil, pero… no lo sé. Quizá solo estaba siendo fatalista.

¿Cuanto tiempo pasaría hasta que me lo dijeran? ¿Cuanto, hasta que fueran capaces de expresarlo? A veces me preguntaba si no estarian escondiendo un oscuro y terrible secreto del cual no se atrevían a hablar. Si era demasiado dañino, demasiado insoportable, para admitirlo en voz alta. En ocasiones me cuestionaba si no me involucraría a mí.

-Por cierto -comenzó a decir, y ahora, lejos de una sombra pesada, había una chispa de ira y curiosidad en sus ojos- ¿Que rayos pasó la noche anterior entre tu y Wade?

Di un respingo, una punzada de pánico y vergüenza que me atizó la garganta. Lo miré con los ojos muy abiertos, incapaz de hacer un solo sonido.

-N-nada… -murmuré trabajosamente, mientras Chris levantaba lentamente una ceja- ¿No dijiste que era tarde y teníamos que dormir?

-¡Sophie! -exclamó. Yo no sabía lo que era tener un padre, pero probablemente era así cómo se sentía que te regañase uno-. Dime la verdad, ¿está todo bien?

-¿Por qué no lo estaría?

-Porque ayer Wade te veía como un lobo hambriento a un cervatillo desamparado -masculló con toda la intención de hacerlo sonar honestamente brutal-. Y tu como un cervatillo moribundo que ruega porque el lobo le hunda los colmillos en el cuello y lo saque de su miseria.

-N-no es así -musité con la voz temblorosa. Pensar en Wade como un lobo no me era difícil, en especial considerando el animalistico gruñido con el cual se había lanzado hacia mis labios, pero tampoco podía admitirlo en voz alta, mucho menos que una parte de mí sí que quería que me sacara de mi miseria, aunque a juzgar por la plática de la mañana anterior, dudaba mucho que eso fuera posible-. Fue solo un momento de debilidad. Estábamos cansados, heridos y asustados. Una cosa llevó a otra, pero no fue nada; ya hablé con él del tema.

Frunció el ceño, como si no pudiera creerlo.

-¿Y que te dijo?

-Que lamentaba haberme asustado, que esperaba no haberme forzado a algo que yo no quisiera… -apreté los puños, alrededor de la baranda, mirando mis nudillos blancos sin ser capaz de enfrentar a Christopher-. Y que mantendría su distancia. Que no volvería a pasar…

-¿Qué? -se acercó un poco, creo que esperaba una reacción de mi parte, pero no hubo nada. Solo silencio. No sabía que decirle, si soy honesta. No necesitaba explicarle el trasfondo de todo. Salvo detalles como su confesión en el bosque aquella tarde lluviosa o la noche en Drei Gewasser que me pidió quedarse, él lo conocía bastante bien. Suponía que ese era el motivo de su reacción- ¿Te dijo por qué?

-No -dije bajito. Admitir aquello me hizo sentir mucho más vacía, más herida por la desesperanza. No había entendido cuánto me dolía pensar que eso no volvería a repetirse. Que era la última vez que me sentiría tan cercana a él, envuelta en sus brazos, sintiendo su calor en mis labios y su corazón contra mis manos. Que lo que para él era solo una accidente para mí era una memoria preciosa que me llevaría a la tumba-. Mira, no quiero darle muchas vueltas. No quiero… pasarme los días pensando en esto, sobre todo cuando vamos a ir a un sitio tan peligroso, y con todo esto pasando…

Suspiré con fuerzas, el aire me apretaba el pecho, más ni siquiera dejándolo salir sentía alivio. Por un momento, presentí que me había herido de un modo que me dolería por siempre. Lo peor es que era un viejo corte, que realmente jamás había logrado cicatrizar del todo, y a veces, sospechaba que nunca lo haría. Había días que me preocupaba que esto me quitase más el sueño que encontrar mis orígenes y mi supuesta familia. Pensaba que la respuesta era que mi familia era parte de mi pasado, pero en mi futuro, siempre lo veía a él…

Quizás ese era el problema, y era eso lo que estaba mal conmigo. Era estúpido que truncase mi futuro solo por una persona…

Y era más estúpido que fuese lo más importante en mi mente, con todo lo que ocurría a mi alrededor.

Chris pareció querer decir algo más. No hizo nada. Se quedó callado, y únicamente me ofreció su brazo para volver dentro del yate. No quería admitir que la boca me sabía amarga, ni quise pensar en mi sueño. Solo quería dormir porque, era cierto.

Mañana nos esperaba un día difícil.

o.o.o

Uno pensaría que viajar a Europa sería de las cosas más divertidas que podría hacer en la vida, considerando que, últimamente, mi vida no era muy tranquila, y a sabiendas de que estaba probablemente marchando a un peligro inminente. Pensé que, si bien había prisa, podríamos andar con cierta libertad, al menos en las ciudades que visitásemos. Que nos detendríamos en algún pequeño café en Dinamarca, o en Noruega, visitaríamos una tienda de recuerdos y lograría aunque sea ver uno que otro edificio famoso. Que haríamos de turistas aunque sea un poco, por así decirlo.

Bueno, no pudo ser más distinto. Básicamente saltamos del barco al tren. Todo lo que conocí de Copenhague fue el puerto, el interior del taxi y la estación de trenes. Viajamos en dos compartimentos relativamente pequeños. En el primero iban Grim, Chris y Hela, la última charlaba animosamente y el segundo escuchaba con toda la atención que Grim parecía no tener.

Durmió casi todo el transcurso; apenas había dormido en el yate, y la noche anterior se la pasó en vela con los preparativos, hasta donde supe. Se veía tan vulnerable allí sentado, con su largo pelo blanco sobre el hombro, y el abrigo negro que le cubría las rodillas. Su cara estaba sumergida en esa paz que solo da el sueño, aunque aun podía ver los moratones y los rastros de las heridas de la batalla. No podía negar que me resultaba encantador, y que, aunque no lo admitiera en voz alta, me habría gustado recargarme contra su hombro y dormir a su lado. No sé si era cosa de la noche anterior, de ese beso que habíamos compartido en su despacho. Ni siquiera había hablado con él de eso. Tampoco era la primera vez que pasaba y suponía (y esperaba), que no sería la última. Era algo… normal entre nosotros. No había nada apalabrado, pero me sentía algo suyo… y que él era algo mío.

Pero Jillian insistió que nosotras fuéramos aparte. Sophie, ella y yo, en otro compartimiento. Jillian nos explicó que al llegar a Horsens tomaríamos otro barco que nos llevaria a Kattegat, una isla de Dinamarca.

-Esta vez no será un yate, si no un pequeño ferry -explicó mientras se comía con demasiados ánimos una barra energética que se sacó del bolsillo del forro polar. Habría vendido mi alma por un pedazo de pan y un café caliente. Para ser apenas inicios de septiembre hacía un frío de locos, y salvo Sophie y yo, ninguno de los otros parecía notarlo-. Antes de dejar Kattegat debo supervisar el "Campamento de Esgrima" -hizo unas comillas con los dedos, algo fastidiada-. Conseguí que se mantuviera cerca de nuestro trayecto. Luego que me aseguré de que mis oficiales tienen todo en orden, partiremos, según mi agenda, a las doce del día. Atravesaremos la bahía de Kattegat hasta Polonia. Una vez allí, continuaremos el trayecto a pie.

-¿A pie? -pregunté con un hilo de voz- ¿Con este frío? Pensé que usaríamos un… portal… o algo...

-Sí -añadió Sophie- ¿Que pasó con la fractura?

-He decidido que lo mejor sería no saltar desde Kattegat, sino desde otra fractura, en la misma Pomorskie; hacer una salto tan grande podría ser contraproducente. Podrían rastrearnos en el aire. Iremos de Pomorskie a los linderos del bosque. Y a partir de allí, me temo que habrá que caminar; no hay otra manera de llegar Bialowieza -explicó con propiedad, aunque parecía algo preocupada también-. El bosque es muy denso, y no podemos arriesgarnos a transitar los caminos libremente con un prisionero, mucho menos un demonio. Llamamos demasiado la atención.

-Hablando de eso -añadió Sophie, volviéndose de vuelta hacia nosotros. Llevaba todo el viaje mirando en silencio hacia la ventana, con una expresión perdida en sus ojos soñadores- ¿No crees que deberías llamarle a Wade? ¿Ver como le va con Edrick?

Wade se había ofrecido a viajar con Edrick todo el trayecto, y era esa la razón por la cual no se hallaba cerca de nosotros. A sabiendas que el demonio podría provocar una escena, se decidió que alguien debería supervisarlo, y el altísimo shinigami se había ofrecido como voluntario. Algo me decía que lo hizo para alejarse de Sophie; desde ayer había una tensión entre ellos que no terminaba de entender y suponía que tenía que ver con ese beso que se dieron. Por lo que ella dijo, no había significado lo mismo para él que para ella. No sé, ese tipo no me daba confianza.

-No, prefiero que no le quite los ojos de encima ni un segundo a ese demonio -Jillian lo dijo como una madre que sabe que su hijo le quiere salir con una treta-. En la estación todo estaba en orden. Dijo que si tenía algún problema se pondría en contacto.

-Mmm… -fue todo lo que dijo, y volvió los ojos a la ventana. Parecía decepcionada, incluso triste. Supongo que tampoco Jillian quería darle esperanzas en el asunto.

-¿Cuál es el plan una vez que lleguemos a Lubin? -quise saber, intentando desviar la conversación hacia otro lado-. Además de caminar…

Jillian sonrió un poco.

-Tendremos que aventurarnos hasta coincidir con los territorios de Ondina -se cruzó de brazos con actitud resignada y sin querer repetirme el hecho de que habría que caminar al menos unos veinte kilometros-. Pero no te preocupes; en Kattegar pasaremos a comer algo, y descansaremos un rato.

-Quizás también deberíamos conseguirle un abrigo más apropiado -añadió Sophie, volviendo los ojos hacia nosotros, aun con la mejilla apoyada sobre su puño. Llevaba una capa de lana azul safiro que resaltaba todo los colores rosa de su piel. De no ser por los audifonos y el ambiente que la rodeaba, parecería una dama atemporal de algún cuadro renacentista. Se vería realmente hermosa, de no estar tan triste, ni tan ceñuda-. No estoy segura de que eso vaya a aguantar una larga caminata. Además, te recuerdo que hay mucha humedad en los bosques, y en estos lugares no es poco común la aguanieve en esta temporada.

-Tal vez consiga algo decente en el campamento -respondio la señorita Lassarette, con un dedo en la barbilla. Sacudió la cabeza, y con los ojos entornados, adquirió ese aire de superioridad que la caracterizaba como profesora y como capitán, por lo visto-. Pero eso es lo de menos. Vetty, necesito que sepas que pasará una vez que lleguemos al bosque de Bialowieza.

-Quieren que les ayude a rastrear el escondite de Ondina, ¿no? -pregunté, retorciendome las manos entre el forro color crema de mi abrigo-. Como soy humana, soy susceptible a las alucinaciones causadas por su campo de protección.

-Así es. Ven, dame tu mano -ordenó, extendiendo sus largos dedos sobre la mesita en medio de nosotros. Con cierto temor, imité sus movimientos, y la tomé. De inmediato, me invadió una sensación de mareos, náuseas. Me recordaba las sensaciones de la resaca; como si tuviera algo en el estómago que estuviera soltando algo amargo en mi interior- ¿Sientes eso?

-Sí… -mascullé, sin soltarla, demasiado abrumada para procesar que necesitaba apartarme de ella- ¿Es eso? ¿El mareo?

-Sí, algo así es lo que sentirás cuando vayamos adentrándonos en los dominios de Ondina -explicó, soltándome de golpe. El malestar cesó casi de inmediato, aunque seguía sintiéndome mareada- ¿Estás bien?

-Sí… eh, eso creo… -mentí. Tenía el sabor amargo en la boca del estómago, como si hubiera bebido un vaso de vinagre- ¿Exactamente eso es lo que tengo que percibir?

-No del todo, pero es algo similar -respondió-. Yo no puedo emular la presión de un hada, así como Sophie no puede emular los efectos de un demonio. Es una reacción distinta, pero los síntomas son similares. Cuando estemos cerca lo sabrás, solo mantente alerta.

o.o.o

La siguiente parada, tal y como estaba planeada, fue en Horsens. La estación no era muy grande, y era quizás debido a que el mismo poblado era pequeño. Debido a una cuestión del equipaje, Jillian perdió poco más de cinco minutos en la estación, cosa que no estaba considerada en su ajetreada agenda, así que apenas se hizo del equipaje, nos arrastró a Sophie y a mi al interior de un taxi que nos llevaría al puerto. Eran cerca de las doce y cuarto del medio día, así que estaba no solamente apresurada, sino bastante molesta. Detrás de nosotros, por la ventanilla, pude ver a Christopher intentando meter a Hela en la cabina del taxi, y a Grim riendo de sus patéticos intentos por hacer que la despistada shinigami obedeciera.

El camino al puerto duró menos de quince minutos, pero Jillian saltó de allí como tuviera tres horas de atraso. Cuando salimos del auto, descubrí que Chris había llegado ya, y hacía el protocolo de pagarle al chofer por la ventanilla del copiloto, mientras Hela lo sujetaba de la camisa, sacudiéndo la tela hasta que le desfajó prenda fuera del pantalón. Le decía algo inentendible por la multitud, pero señalaba hacia el puerto, los barcos y el ferry, con la actitud de un pequeño niño que ve un dinosaurio por primera vez, y detrás de ella, Grim se mantenía estoico, con su misteriosa sonrisa, observando todo a su alrededor.

Aquellos tres no podían resaltar más en la bahía de Horsens, con sus abrigos negros, verdes y rojos, sus cabelleras blancas como el reflejo del sol en el mar. Algunas personas los miraban con curiosidad, los señalaban y reían; probablemente pensaban que eran hermanos. Quizás sus rasgos faciales no eran tan similares, pero, aun así, los albinos eran raros.

Grim volteó hacia mí, como si hubiera percibido que me quedé mirándole, y sin pensarlo, me sonrió abiertamente. Sentí que el corazón me brincó un latido. Entonces hizo un gesto con la mano, indicando que me acercase a él. Me volví para ver que era de Jillian; afortunadamente, estaba ocupada haciendo fila en la taquilla, mientras Sophie, a unos metros de ella, seguía con la mirada algo que se movía a través de la calle. Un taxi más, del cual se bajó el mismísimo Wade, envuelto en un abrigo azul marino. Su cabeza sobresalía por encima de la multitud como si fuera una estatua gigantesca de mármol, una estatua que buscaba algo que salía detrás suyo, en la puerta posterior del auto. Edrick, con un abrigo negro y una bufanda blanca, parecía cojear, hasta que alcanzó al shinigami. Se veía muy cansado y débil, aunque supuse que se debería a los supresores que le colocaron, cosa que era rara; Jillian dijo que no deberían causar ningún efecto negativo o adverso. Quizás era diferente con los demonios.

Me sentía un poco mal de verlo tan aislado, pero había sido esa una de las condiciones de Jillian para viajar con nosotros (y dejar que yo fuera), que Edrick tendría que usar supresores para reducir su presión, que iría aislado del resto, y que alguien estuviera vigilándolo todo el tiempo, además de que Gale y Blair, sus amigos, se mantendrían apartados de esto. Hasta donde supe, estaban como prisioneros en la mansión de los shinigami, bajo la vigilancia de Evangeline y Jacob. Parecía injusto; totalmente solo y aislado de todo lo que conocía.

Pero supongo que era mejor eso a abandonarlo a su suerte, a él y a su hermana.

De pronto recordé que Grim estaba esperándome, y luego de asegurarme que Jillian continuaba formada en la cola, me apresuré hacia él con pasos rápidos, sorteando la pequeña multitud que nos separaba.

-Allí estás, pequeño pajarillo~ -murmuró con una suave sonrisa y un tono cantarino que ya me era usual en él- ¿Que tal el viaje? ¿Jillian les obligó a recitar de memoria todo el Antiguo Testamento o algo por el estilo?

-Eh, no… -musité, preguntándome si era una broma o lo decía realmente enserio. La señorita Lassarette a veces me ponía un poco nerviosa. Sospechaba que era capaz de eso y más- ¿Y tú? Te ves un poco cansado…

-Lo estoy -admitió con un pequeño suspiro-. Esto de los viajes nunca ha sido de mi agrado. Moverse de un lado a otro… Ugh~ es de lo más molesto…

-A mí no me molesta -añadió Hela, saltando a un costado de nosotros con sus usual sonrisa de oreja a oreja, con las manos tras su espalda-. Me gusta viajar. Me gusta el camino.

-Querida, luego de estar encerrada casi un siglo no era de esperarse~

-¡Touché! -dijo sonriendo-. Aunque admito que es bueno estirar las piernas entre recorrido y recorrido.

-La señorita Lassarette dijo que nos detendríamos en Kattegat para que atienda unos asuntos allí, y mientras tanto podremos comer algo y descansar -Hela asintió en acuerdo y luego miré a Grim, con timidez contenida. Esperaba que pudiera realmente estar tranquilo, que todos lo estuviéramos-. Quizás dormir un poco…

Detrás de Hela, la silueta de Christopher salió finalmente, con el ceño fruncido, los ojos verdes puestos encima de mí. Casi pude sentir su aura furiosa al chocar con sus ojos.

-¿Para qué quieres descansar? -gruñó al colocarse a un lado de Hela, quien por un momento se volvió confundida, pensando que la pregunta era dirigida a ella, pero este no lo notó-. No hiciste más que dormir anoche, no luchaste, no estás herida. Lo único que hiciste fue correr y gritar por ayuda. No entiendo porque tanto alboroto.

-Yo… pensé que ustedes… -murmuré, intentando no congelarme por sus venenosas palabras. Querría haberle dicho que no era cierto, pero si que lo era. Mas me avergonzaba que lo dijera de ese modo. Bajé la mirada a mi blusa, a la orilla del forro polar-. Es decir… casi no han descansado… y ustedes sí…

-¿"Sí" qué? -cortó secamente- ¿Estamos cansados de andar salvándote el trasero?

-¡Ah, aquí lo tienes Hela, el comportamiento ejemplar de Morningstar! -dijo Grim, con voz muy suave, que me recordaba a la hoja recién afilada de una cuchilla. No tuve que mirar para ver la expresión enfurruñada de Chris, ni la frívola mirada de Grim, ni la mueca decepcionada de Hela- ¡Un encanto irresistible! ¿No te parece?

-Tanto que tengo deseos de golpearlo…

-¿Por qué no vuelves con Jill y Sophie, pajarillo? -añadió Grim, tocándome suavemente la cabeza con sus largos dedos. No quería mirarlo; sentí que me echaría a llorar y no quería verme así en la mitad del puerto. Asentí lento, aun si elevar los ojos, resistiendome a ello hasta que su misma mano me hizo hacerlo, levantando mi mentón con la punta de su dedo índice. Había una dulce mirada dedicada a mí, y una irresistible sonrisa grabada en sus labios. Aun con el frío aire de la bahía, sentí las mejillas calentándose por la sangre que me subía al rostro-. Buena chica, te veré en el ferry. Ahora, si me disculpas, tengo un rollo de periódico que tiene el nombre de Christopher en él.

-¿Qué diablos te pasa, James? -refunfuñó Christopher, pero Hela lo interrumpió.

-¡Oh, cierra la boca, Morningstar!

Ahora no pude evitar contener una sonrisa. Me di la media vuelta, corriendo hacia Jillian y Sophie, quienes ya estaban mucho más cerca a la caseta de boletos. Lo último que oí, fue a Hela, gruñendo algunas palabras un poco elevadas de tono y el parloteo inentendible de Christopher.

o.o.o

-¿Alguna vez dejas de fumar?

Cerré el encendedor de golpe, casi con la misma intensidad con la que me volví a mirar al demonio a mi lado. Llevaba casi ocho horas de viaje vigilando a ese zoquete, y si bien a mitad del camino me dije que no me molestaría más con sus comentarios mordaces, ya me había sacado lo suficiente de quicio. Estaba comenzando a hartarme… no, más bien, ya me había hartado. Ahora mismo solo me contenía para evitar quebrarle el cuello y que guardase silencio por el resto del viaje. Al menos hasta que se hubiera recuperado.

Pero no lo haría. Luego de que casi lo mato el día anterior, y que apenas logré mantener el incidente en secreto, en especial con ese maldito ángel llamado Jacob respirándome en el cuello, no iba a arriesgarme de nuevo. Además, sospechaba que ese deseo de hacerle daño era un efecto secundario del sello rompiéndose. Quizás el viejo espíritu de Cerbero quería darle caza a todos los demonios a mi alrededor, y ese en particular parecía una buena presa. No es como que no le guardase cierto rencor. Solo esperaba que cuando me topara con Bharus tuviera ese mismo impulso asesino.

-¿Alguna vez cierras la boca? -mascullé, sin la menor intención de apagar el cigarrillo.

Comprendía que el humo le pudiera molestar; había conseguido colarme con él hacia las bodegas, así que no había muchísimo espacio libre. Estábamos sentados sobre lo que suponía que era un colchón forrado en plástico, en medio de un anaquel gris y dos pilas de maceteros y maletas. Edrick se reclinaba contra la pared, enfurruñado y lo más lejos de mi que le era posible. Me habría preocupado que pudiera salir corriendo, pero no avanzaría demasiado. Tenía supresores, una runa de rastreo que Jill le grabó en la espalda y no correría más rápido que un humano promedio.

Tosió un par de veces. Aquello era gracioso, en especial considerando el tipo de gases que debería haber aspirado en el infierno. Quizás el aire allí no estaba tan contaminado como pensábamos… o el cigarro era peor de lo que decían.

-¿Qué si no lo hago? -insistió- ¿Vas a mutilarme como lo hiciste ayer?

-No me tientes, niño… -aspiré el cigarro y volví a colocar la mano sobre mi rodilla.

-No me asustas, shinigami.

-Ayer no parecía así -mascullé, soltando el humo-. Parecías a punto de hacerte encima.

-No vas a matarme, ni vas a hacerme daño -dijo con tono seco-, no más del que me hiciste ayer.

Oh, vaya...

-¿Sabes? Eres la segunda persona que me dice eso de "no vas a hacerme daño" -se me escapó una pequeña risilla, pesada por la ironía-. Y, ¿sabes algo? las dos estaban equivocadas.

-Reconozco un asesino cuando lo veo, ¿sabes? -gruñó de mala gana-. Puede que no sea muy viejo, pero he vivido en el inframundo; sé identificar la maldad cuando la miro a los ojos…

Puse los ojos en blanco.

-¿Y que más, Sherlock?

-La desesperación, la tristeza, la culpa, la ira… -sonaba divertido. No iba muy acorde con su discurso a lo princesa de cuentos de hadas-. Sé como se ve alguien que quiere morir, y alguien esta cerca de la muerte. Reconozco el dolor de la pérdida, del amor no correspondido, la angustia de la inevitabilidad… -lo miré con ojos entornados, y por primera vez, sentí que estaba delante de un demonio. Su risa tonta era una mueca larga que mostraba todos sus dientes como cuchillos, los largos colmillo, los ojos violetas resplandeciendo en la oscuridad. Maldad pura. Sed de sangre. Mentiría al decir que no me desestabilizó. Esa expresión, ese poder, me hacía sentir como yo quise hacerlo sentir cuando hundía las uñas en su corazón y su columna. Entonces, sonrió aún más-. Y también, puedo reconocer la presión de Cerbero y como cambia cuando está devorándote poco a poco…

El cigarrillo casi se me cayó de entre los dedos entumecidos. Estaba helado, con solo esas palabras. No sé porque simplemente no lo desdeñé de inmediato, diciéndole que estaba loco, que era solo un idiota, que no sabía de lo que hablaba. No sabía si era un efecto de sus poderes o algo más. Si yo había bajado la guardia, si simplemente esperaba que nadie lo supiera… Me tomó tan de sorpresa que ni siquiera pude fingir.

-Sé de tu sello. Y sé que está rompiéndose -continuó, y su espectral sonrisa creció como un monstruo que me clavaba las garras en la espalda-. Bharus sabía mucho de ti, ¿sabes?

Bharus. El recuerdo de su nombre me quemó la garganta como solo lo hace la bilis. Intenté, aun sabiendo que era muy tarde, fingir que no me preocupaba en lo absoluto.

-Bharus era un traidor mentiroso, ¿recuerdas? -dije con calma, controlando mi expresión-. Te mintió para conseguir lo que quería. No sé de que traté todo eso del sello, pero…

-Tu ojo derecho -soltó de pronto; estaba muy serio. Me daba la impresión de que quería burlarse pero temía las consecuencias o simplemente esperaba el momento preciso-. Por eso usas ese ciego. Te implantaron uno de sus ojos, ¿verdad?

Lo miré fijamente, con la expresión más fría e impasible que pude componer. Edrick no parecía muy movido por ello, apenas parecía nervioso. Yo no sabía que era lo que más me enfurecía de ello, que tratase de averiguar algo que no era de su mínima incumbencia, o que no mostrara ningún tipo de miedo. O que fuera a abrir la boca. Nadie más que Sophie sabía la precaria situación de mi sello, y esperaba que siguiera así. Nadie necesitaba preocuparse por mi estado, y odiaba ser una carga.

-Tu no crees eso -murmuré finalmente, sonriéndole lentamente-. Y no quieres que sea cierto, ¿sabes que Cerbero siente hambre de los demonios? -apagué la punta encendida del cigarro contra el dorso de mi mano izquierda, sin siquiera respirar y, mierda, sí que ardió, pero la expresión, ahora turbada de Edrick, valió cada segundo del dolor. No hice nada, ni un solo quejido, y le dediqué mi mejor sonrisa de maniaco que tenía-. Dicen que devora sus almas. Que le gusta perseguirlos hasta que los ve muertos. Si yo tuviera una parte de su alma, quizás debería liberar un poco de esa presión y probar por cuanto tiempo puedo perseguirte hasta matarte, ¿no crees?

Vi como la garganta le tembló, pasó un enorme trago de saliva, aunque debo reconocer que el chico tenía agallas. Pensé que se pondría a sudar, pero no lo hizo. Se quedó inmovil, sosteniendome la mirada con todo el impetu que un demonio asustado puede tener.

-O podrías perseguir a alguien más -murmuró, sin dejar que le temblara la voz-, alguien que realmente haya hecho algo que te perjudique.

Me pregunté de que hablaba. Negaría diciendo que no despertó mi curiosidad, por un lado. Por el otro, supuse que sería una de sus tretas. Por último, me cuestionaba cual era el punto de esa discusión.

-A menos que se trate del imbécil de Bharus…

-No, no es Bharus -cpnsiguió decir, casi sin temblar-. Se trata de alguien más. Alguien con quien realmente te gustaría ajustar cuentas.

Lo miré, lleno de dudas. Mentiría al decir que no despertó mi curiosidad, en especial porque no soy alguien en especial rencoroso. Se necesita hacerme mucho daño para que te guarde rencor, usualmente detesto cargar con cosas innecesarias, incluyéndo sentimientos. Así que, a menos que me hayas hecho verdadero daño irreversible, probablemente no tenga interés en ir por ti.

Sin embargo, había una lista de personas por las que no dudaría en perseguir y, si bien era pequeña, cada uno se había ganado a pulso su sitio allí.

-Te escucho -dije finalmente, con tono receloso.

Edrick sonrió. Quizás era mas listo de lo que parecía, o por lo menos, no tan estúpido.

-Hace un tiempo, escuché una historia, de ti, cuando aun eras la Bestia Blanca -respondió, y ese nombre me puso de punta todos los pelos de la nuca y tensó cada uno de los músculso de mi cuerpo. Lo decía con tal despreocupación, sin saber lo que significaba escuchar aquellas palabras en Heilldermeister, siendo lo que él era-. Dijo que fuiste tu quien destruyó la base. Que la noche que lo hiciste, fue cuando todos prisioneros lograron escapar.

-Eso podría habertelo contado cualquiera de los miserables que salieron de allí -puse los ojos en blanco, recostandome de nuevo contra la pared. Me miré la quemadura de la punta del cigarro; ni siquiera había empezado a formarse la primera capa de piel. Eso de la regeneración lenta era una joda-. No es una exclusiva…

-No -musitó, y algo me dijo que diría algo importante. De reojo, vi una pequeña sonrisa en su boca de niño mimado, demasiado contenida como para significar algo bueno-. Pero quien fue la persona que les entregó, sí lo es.

Volví la cabeza hacía él, con ojos entrecerrados por el recelo y la duda. No quería evidenciar que despertó mi atención, pero vaya que lo hizo. Y la razón era simple; aquello solo lo sabíamos tres personas, dos de ellas eramos Sophie y yo.

La tercera, la persona responsable y también la única que podría haber abierto la boca… era Irina.

Ni siquiera quería considerar esa posibilidad. Tal y como los huracanes dejan un rastro de destrucción a su paso, Irina no podía pasar por la vida de los demás sin llenarla de caos, de muerte y de mentiras. No quería pensar que podría estar aliada con Bharus, aunque sospechaba que sí.

-¿De que rayos hablas? -mentí de nuevo. Edrick parecía confundido por mi reacción, o quizás solo estaba demasiado seguro y quería jugar conmigo.

-Sé que alguien los traicionó, a ti y a la bruja. Dio aviso a los guardias la noche que planeaban huir y por eso los atraparon -continuó, con la misma voz templada, con únicamente sus ojos nerviosos demostrando inseguridad-. Sé esa historia y sé quien fue la que los traicionó. También que al final esa persona te engañó y acabó dando la orden de que ejecutasen a la chica. Que por eso rompiste tu sello y destruiste Heilldermeister.

Lo miré por unos segundos, debatiéndome entre cuál debería ser mi siguiente jugada. Aquello estaba preocupándome, pero prefería que pensase que lo estaban engañando, y encargarme de ese problema a sus espaldas. Hasta el momento, no había mencionado nada de lo que me pidió Irina a cambio de liberar a Sophie, aquella vieja reliquia, y estaba rogando que no supiera nada de ello, o todo esto se complicaría tres veces más.

-Sí, y después me salió una capa roja y una armadura dorada y cabalgamos juntos al amanecer en un caballo alado -dije con una sonrisa mordaz- ¿Quién te contó ese cuento de princesas, mocoso?

Pensé que titubearía, que se pondría a temblar o que actuaría confundido. Pensé, incluso, que me insultaría. No esperaba la oscura mirada que apareció en sus ojos color hielo, en la mueca frívola, ni en su presión demoníaca, electrica, contenida sobre su piel.

-Escuché parte de esa historia la noche que mataron a mi Maestre -comentó, y por un momento, casi me sentí libre de respirar. Casi, porque no había acabado aún-, de la boca del mismo demonio que orquestó su asesinato y encerró a mis hermanos. Su nombre es Irina Shyreen… y, a juzgar por tu cara, creo que la conoces…

Volví toda la cara hacia él, intentando controlar mi expresión. Creo que incluso me sentí tentado a ponerme de pie. Aquellas palabras me dejaron el cuerpo helado; la sensación era similar a una vez, cuando los Inquisidores me rompieron la espalda. Frío en las piernas, y luego nada. Adormecimiento total. Total auscencia de fuerza.

Parpadeé una, dos veces. No logré fingir ni siquiera un poco.

-No tengo idea de lo que…

-¡Oh, mierda, claro que lo sabes! -gruñó con voz tormentosa, y de inmediato, me volví impulsado por una ira que no era mía. Apreté los puños, sintiendo la necesidad de cerrar los dedos alrededor de su cuello hasta escucharlo crujir. No creo que lo haya notado; estaba demasiado ocupado intentando escrutar algo de mi expresión-. Todos ustedes creen que soy un idiota. Un demonio estúpido que se le ocurrió enredarse con un grupo de mercenarios, sabiendo la mala reputación que tienen… ¡No saben nada! ¡Ni ustedes, ni Bharus, ni mi miserable hermano! ¡Si algo le debo a mi clan, es lealtad, y si para eso tengo que enredarme con mercenarios, hacer tratos con shinigamis que me tratan como a un perro y dejar que un sujeto con una maldición me reviente el corazón, lo voy a hacer!

-Sabía en lo que te metías, ¿cierto? -mascullé entre dientes. Aquel chico podía ser tonto, pero no era un cobarde. Y ahora cobraba sentido en mi cabeza, todo lo que había pasado. Lo estabamos subestimando; era el heredero de un clan, después de todo-. Bharus, la máquina de rastreo, nosotros, mi relación con Irina, ¿cierto? Estabas usando también a Bharus. No se trataba sólo de hallar a tu hermana, quieres hallar a Irina. Y quieres que te ayudemos a derrocarla.

Respiró con fuerzas, sin perder el temple en su expresión.

-Sé que tienes cuentas pendientes con ella -gruñó-. Sé que quisieras borrarla del pasado. No puedo ofrecerte eso, pero puedes ayudarme a sacarla de tu presente y eliminarla de tu futuro. Además, no eres el único que desea su cabeza. Luego de que mataron a mi Maestre, comencé a recopilar información -explicó con voz seca por un odio que llevaba demasiado tiempo en su interior-. Todo lo que sabía de Irina era su nombre y como lucía, y ni siquiera podía fiarme de eso porque luego me enteré de que podía adquirir apariencias a voluntad. No sabía su verdadera voz, ni su forma real, ni siquiera a que clan perteneció previamente. Todo lo que sabía era una vieja historia que contó, sobre como había despertado a un monstruo años atrás en Heilldermeister, como había corrompido un corazón, y que ella era la verdadera libertadora de la base Inquisidora. Hablaba de como había domando a la Bestia Blanca y que ni siquiera ese tipo pudo ver a través de sus mentiras. Aquello convenció a muchos de los miembros, y los sumó a su lado. Mientras tanto, yo estaba desterrado, sin aliados, sin contactos, mi clan tenía ordenes de asesinarme. No tenía a donde ir. No sabía nada de ella, quienes eran sus amigos, sus enemigos, sus debilidades. Me moví entre las sombras, hasta que finalmente, en Roma, un demonio de los barrios bajos me recomendó un sitio neutral donde podría hallar información…

-Eres un idiota… -gruñí, sabiendo a donde iba su historia-. Fuiste al Aégis, ¿cierto?

-No tenía muchas opciones más -dijo, con tono agrio-. Sabía que si quería salvar a mis hermanos, debería actuar pronto. Aquel demonio me dijo que obtendría respuestas en el Hotel Aégis.

-¿Sabes que el Aégis solo es neutral mientras estás dentro? -inquirí. Me sentía furioso por su idiotez, no sabía muy bien porqué-. Una vez que pongas un pie en la calle solo tendrás treinta segundos de prórroga para salir corriendo antes de que todos puedan arrancarte la cabeza y nadie moverá un dedo para ayudarte.

-No tenía mucho más que perder… -parecía a punto de perder la paciencia-. Además, rindió sus frutos. En el Aégis me encontré con un tipo, el Archiduque Kaled Radiatta. La noche antes del asesinato de mi Maestre mis hermanos y yo estábamos representando al clan en el palacio del Archiduque, en el otro extremo del inframundo. Me reconoció de esa noche, y me invitó a su mesa. Luego de unas copas me confesó que supo lo que había pasado, me dio sus respetos, y dijo que era una lástima la "clase de alimaña" que había tomado el control de un clan tan antiguo. Fue cuando le pregunté que sabía de todo eso. Contó que sabía quien era la usurpadora, Irina Shyreen, del extinto clan Shyreen. Que la había conocido muchos años antes, y que era una criatura peligrosa, manipuladora. Que en el pasado, Irina mató al Maestre de su clan, y cuando este se levantó, ella sola exterminó al clan Shyreen, y desde entonces ha andado vagando por el mundo causando problemas, buscando apoderarse de clanes por la fuerza y hacerse más poderosa. Que, en el pasado, fue ella quien casi extermina a su clan, a los Radiatta, y mató… a alguien importante para él, y que desde entonces, había estado siguiendo su rastro. Que podía ayudarme.

-O quería ayudarse a sí mismo -declaré, con ojos entornados-. Los demonios no son caritativos, niño.

-¿Qué más daba? -se encogió de hombros-. No es como que quisiera ser su alma gemela. Quería ayuda. Me daba igual si él sacaba provecho de esto, y claro que lo quería. Dijo que me ayudaría, pero requería una cosa de nada; que cuando tomara el control de mi clan, fuera leal al suyo. Supuse que era justo; el clan Radiatta es muy conocido, antiquísimo y su mayor conocimiento es el poder, pero sus filas son escasas y sus miembros son mayormente sabios y estudiosos. Su fuerza militar es contada, bien entrenados, pero pocos. Por otro lado, mi clan es muy grande, muy antiguo, más no es un clan de lujos y riquezas. Nos dedicamos a combatir, a cazar. Somos como los vikingos y ellos serían los griegos, ¿comprendes? Ellos ganarían fuerza combativa, y nosotros renombre.

-Suena a que iban a ser carne de cañón y ellos solo contarían sus muertes con una sonrisa -no sabía porque me molestaba tanto que fuera tan idiota. O que, muy probablemente, ese sujeto estaba engañándolo. Quizás su ciega lealtad a su clan, su necesidad de autosacrificio…

Odiaba ese comportamiento…

Me traía malos recuerdos.

-En fin -espetó, ignorando mi comentario-, dijo que, si bien ignoraba donde Irina podría haber enterrado la daga del Maestre, sabía como podría atraerla a rechazar el título de Maestre, y recuperar mi clan. Dijo que Irina está en busca de una reliquia, una que en el pasado trató de obtener, pero hasta el momento no ha logrado obtener y que aparentemente, su seguridad depende de ella. Irina tiene muchos enemigos regados por el mundo; estuvo a salvo por varias décadas, escondida entre los Inquisidores, y ahora no solo no podía volver con ellos, sino que ahora la Inquisición sabe quien es y como identificarla, y para colmo, había despertado a una criatura que probablemente querría matarla… -no se atrevió a mirarme, pero supuse que se refería a mí. Y vaya que no se equivocaba-. La reliquia, de hallarla, la volverá muy poderosa, lo suficiente para defenderse de todos sus enemigos. Mientras tanto, necesita gente que la proteja. Aliados, o un clan que la apoye incondicionalmente.

-Un clan luchará por su Maestre, aunque lo odien, ¿no es así? -no fue una verdadera pregunta, pues sabía la respuesta. Aun así, Edrick asintió sin más-. Era lo que ella quería.

-Nadie va a matarla, no sin la daga -contestó con aire sofocado por la rabia-. En el inframundo no importa a quien traiciones, siempre y cuando sea al bando menos poderoso. A nadie le importa que muramos o vivamos bajo el yugo de un usurpador. Hay un castigo para los traidores, pero no para los usurpadores.

-Y era por eso que quiere dicha reliquia, si es que existe -completé, mintiéndo un poco. Por lo que estaba diciendo, no tenía idea del intercambio que intentó hacer Irina conmigo; la reliquia, por la libertad de Sophie. No sabía que ambas cosas estaban conectadas, o al menos, relacionadas, y eso, era una grandísima ventaja. Claro, podía estar mintiéndo, nada le evitaba decir mentiras, sin embargo, de aquella plática pude sacar más información yo que él. Ahora sabía que Irina estaba buscando la reliquia, y que mi treta de aquella vez había funcionado. Edrick, aparentemente, no sabía nada del intercambio, ni de mi relación con la reliquia-. Sabes que al tenerla, Shyreen podría querer un intercambio. Si la quiere tanto, si está tan desesperada, sería capaz de cederte el título de Maestre.

-Era el único plan que tenía -continuó, con la nariz arrugada por la frustración. Parecía querer aporrear los puños, pero su presión estaba demasiado contenida por el supresor-. Pero ignoraba que reliquia buscaba. Y sin eso no podía hacer nada. No fue sino hasta que llegamos a España, en Santísima, que una demonesa nos oyó hablar a mi y a Gale de los rastreadores y nos recomendó a Bharus y sus mercenarios. Al principio, me rehusé; los mercenarios son como hienas, apenas huelen la sangre y la debilidad se te lanzarán al cuello, pero al investigar descubrí que su líder, Bharus, se encontraba prisionero en Heilldermeister cuando fue destruida. Era mi oportunidad para comprobar lo que ella contaba con tanto orgullo e investigar sobre la dichosa reliquia. Por desgracia, Bharus no supo decirme nada de la reliquia, no sabía nada. Se la pasó hablando de sus malditas cicatrices y su vida como superviviente de Heilldermeister. Entonces habló de la Bestia Blanca, el shinigami que despertó el poder de Cerbero para salvar a una bruja, y acabó destruyendo la base... -se encogió de hombros-. Supe que era la misma historia que Irina contaba, y cuando Bharus dijo que quería venganza contra la Bestia Blanca, uno de los pocos miembros de los Trece Únicos que quedan vivos, y que resultaba ser la misma persona que lo aprisionó allí, supe que era un golpe de suerte que no tendría de nuevo. Bharus quería hallar a uno de los Trece, no sabía a cual, pero sabía que si a alguien le importaría bloquear el camino de Irina, sería a uno de ellos… -me miró, con temor en sus ojos, y algo muy cercano al arrepentimiento que lo hacía parecer pequeño-. Así que le dije que solo podría hallar a Arlene con la presión de uno de los Trece, quería… solo quería hablar con ustedes… Pero no sabía que…

Ni siquiera lo dejé terminar de hablar. De verdad, de verdad lo digo; no quería volver a ponerle las manos encima. Por muy bien que se hubiera sentido el día anterior, sabía que no era normal eso en mí. No solía pasearme por allí sintiendo sed de asesinar, así que quería pensar que era un efecto del sello. Esa reacción inmediata a la violencia, si bien era un mal hábito que había logrado domar con los años, la sentía aumentada, más oscura y pesada que antes.

No recuerdo muy bien el haberme movido. Todo lo que sé es que un segundo estaba sentado delante de él y al siguiente tenía la mano apretándole la garganta. Edrick me miraba con ojos inyectados en sangre, pero no parecía sorprendido de mi reacción, sino más bien resignado. No lo sé, yo estaba furioso, y me estaba permitiendo sentir esa ira porque estaba justificada. Él los había llevado a nosotros. Él, al final, era la causa de todo este maldito desastre.

-¡E-espera…! -gimió. Su cabeza hizo un sonido hueco al estrellarse contra la pared metálica de la bodega.

-¡Dame un solo motivo para no hacerte pedazos! -exclamé levantando su cuerpo por encima de mi cabeza. Era algo tonto; sabía que no podía hablar por la presión de mi puño, pero me enfurecía que no respondiera.

-Bharus… iba a… -jadeó con fuerzas, aferrándose como podía al soporte de mi muñeca- encontrarles… de una forma… u otra…

-Podrían haberme hallado solo a mí… -escuché su tráquea crujir, aspirar como si fuera a morir y como casi ponía los ojos en blanco, mas era como si no estuviera realmente allí. Su agarre era el toque de una tela cargada de estática contra mi piel. Sentía los destellos de mi presión, podía oler el miedo en su aliento. Y en todo lo que podía pensar, era en el dolor que causaba ell elixir en mi interior, como me quemaba con cada respiración, cada una de las puñaladas de Bharus, la cara de horror cuando Christopher me halló bañado en sangre arrancándole el brazo a Bharus. El miedo en los ojos de Sylvette, cuando me miró, hecho una fiera, como si todas sus pesadillas hubieran cobrado vida en mí. Los gritos de agonía de Sophie, la forma en la que su cuerpo temblaba cuando la golpeaban, su piel magullada, su llanto histérico, la forma desconectada en la apenas podía respirar-. Estoy acostumbrado a que me persigan, a que me cacen como a un animal… pero ninguno de ellos tenía que pasar por esto. Podría haber llegado solo a mí, sin necesidad de herir a los demás…

-Bharus… conocía sus movimientos… -balbuceó. Hizo un sonido, como un motor que se queda sin aceite, y me miró, con ojos desesperados-. Sabía que James… viajaba solo… y que Christopher… ¡ugh! que… suele moverse… sin compañía. Sabía del viaje… que pretendías hacer… a Noruega...

Abrí los ojos de golpe, por un momento, considerando si debería soltarlo. Aquel viaje ni siquiera era un hecho; estaba programado "probablemente" para octubre de este mismo año. La Hermandad requería mi presencia con ellos, había hablado con ellos por teléfono, y solo poco más de un puñado de Centinelas sabían de mi posible visita a los cuarteles por motivos… no importa.

Realmente no importaba más.

La ira caliente se disolvió en el gélido golpe de pánico; ¿como podría haberlo sabido Bharus? ¿Interceptó las llamadas? ¿Tenía espías entre los Centinelas? ¿Me había vuelto descuidado?

Era un viaje que haría solo. Sophie se quedaría con Chris y Jillian, pero me temía que quizás no se mudase, sino que buscaría la forma de encerrarse en esa casona en medio del bosque. Pensé en esa posibilidad, en ella, totalmente sola, sin nadie que la ayude, Jill y Christopher creyendo que su silencio se debía a que estaba ocupada practicando sus hechizos o que había olvidado el teléfono lejos. Y yo, a kilómetros de distancia…

-Iban a… ir por todos… los tomarían rehenes… iba a ir por ella… -jadeó, casi sin aire, y la confirmación de mis sospechas me dejó casi sin fuerzas. Si no lo solté, fue por pura inercia-. Y luego… iban a amenazarte… pero el plan era… venderte al mejor postor… a ti y a ella…

-Eres un idiota si piensas que voy a creerte… -gruñí contra su cara- ¿Exactamente que es lo que esperas que haga?

-Eso es lo que a mí me gustaría saber… -pronunció una tercera voz, una que provenía desde detrás de mis espaldas. Era una voz que yo conocía bastante bien, la había oído muchas veces antes, pero muy pocas con ese tono tan marcado.

Giré lentamente, descubriendo exactamente a la persona que menos quisiera haber visto de pie allí. Sophie estaba cruzada de brazos, con los ojos azules clavados en mí como dagas de hielo. No sabía si era cosa mía, o si había más frío de lo normal. De repente, me pregunté de dónde había salido ese estereotipo de que las chicas bonitas eran tontas y tenían una risa boba. Sophie me parecía aterradora.

Entornó los ojos aún más, como si estuviera a punto de sacarse un periódico de la manga y fuera a pegarme en el hocico. O como si fuera a sacar un lanzallamas.

-¿Que diablos esperas? -inquirió- ¡Suéltalo!

Y eso hice. Lo solté de golpe. Edrick cayó como saco de patatas, tosiendo y retorciéndose. Vamos, no había sido tan duro con él. Sophie, sin embargo, se apresuró a su lado, ayudándolo a incorporarse como si acabara de arrollarlo un tren.

-¿Estás bien? -le preguntó. Edrick tardó en dejar de toser pero al final asintió. Entonces me miró furiosa- ¿Que rayos pasa contigo? ¿Has enloquecido o el mar te ha echado a perder el cerebro?

-Este imbécil sabe más de lo que nos ha dicho -espeté, señalándolo con el dedo como si fuera basura. Que lo era-. Sabía lo que hacía al involucrarnos, lo hizo a propósito.

-¿A qué te refieres? -preguntó, aún inclinada a un costado de Edrick.

-Ven -le dije, con los puños apretados-. Hablemos en privado.

Ella dejó a Edrick, luego de asegurarse que estaba bien, y me siguió lejos de donde él se hallaba. Sabía que con los supresores su oído no sería mucho mejor que el de un mortal cualquiera; eso nos daba la libertad de hablar con toda seguridad, sabiendo que no nos oiría. Conseguí alejarme varios metros, hallando un sitio ideal para hablar detrás de un armario de madera varios paneles de metal, donde Edrick no podía oírnos y mucho menos vernos.

Le conté lo que Edrick dijo, sobre como sabía que Bharus nos buscaba, y él contrató a su grupo de mercenarios para sacar provecho de la situación, pues pensaba que al obtener a uno de los Trece, a mí, como ella había dicho, podría conseguir un aliado para vengarse del asesino de su Maestre y recuperar su clan. Además de que Irina buscaba una reliquia, aunque Edrick no sabía que eso estaba relacionado conmigo, ni tenía idea del intercambio entre Irina y yo.

-¿Quién se supone que es este asesino? -preguntó, cruzándose de brazos- ¿Un viejo enemigo? ¿Tuyo? ¿De James?

Me rasqué la sien con un dedo. Realmente no deseaba hablar del tema, pero no quedaba de otra.

-¿Recuerdas que te dije que alguien me pidió algo a cambio de que te dejaran ir la noche que iba a ejecutarte, en Heilldermeister? -pregunté. Ella asintió, un poco dudosa, pero sin quitarme los ojos de encima.

Se veía guapísima con su abrigo color rosa. Parecía una muñeca de porcelana, de esas que coleccionaban las niñas ricas en el pasado. Ese pensamiento me hizo consciente de su fragilidad, de lo cerca que estuvo de morir la noche que fui por ella. Casi podía sentir su cabello mojado entre mis dedos, su peso inerte en mis brazos, y el corazón se me llenó de temor.

-¿Que tiene eso?

-La persona que lo hizo se llama Irina Shyreen, es una demonesa cambiaformas -dije finalmente, intentando controlar mis nervios. Hacía mucho que guardaba esa información, primero que nada porque no la consideraba relevante. Ella no tenía que saber que una maldita loca pidió que la torturasen para conseguir sacarme información, pero ahora era necesario-. Tuve problemas con ella en el pasado, aunque eso es decir poco. La noche que huimos de la base Inquisidora, quería que le diera la ubicación de una vieja reliquia a cambio de tu libertad.

-Entonces, ¿ella tiene la reliquia? -preguntó, con la voz ahogada por la sorpresa, o quizás el temor- ¿Edrick no lo sabe? ¿O engañaste a Irina y no le dijiste la verdad?

-Sí y no -contesté un poco nervioso-. Irina quería una reliquia que yo escondí hace mucho. Ella sabía que yo conocía su ubicación, y por eso hizo lo que hizo. Fue ella quien dio aviso a los Inquisidores sobre nuestro intento de fuga; quería que nos atraparan para poder chantajearme…

-Pero no le dijiste la verdad… -parecía asustada, no había caído en cuenta de lo preocupada que se hallaba por saber mi respuesta y mucho menos de porque le importaba. Supongo que, de haber mentido, podría interpretarse como que no me interesaba salvarla lo suficiente para entregar una reliquia.

Aunque no era así…

-No, le di la ubicación -dije con firmeza-. Lo que ella no sabía era que la reliquia fue partida en dos, y la ubicación que le di era únicamente de una de esas mitades. Aquella reliquia fue partida por la mitad hace casi seiscientos años, y escondida para protegerla. No había bóvedas, como imaginarás, en ese entonces, así que lo más sabio era ocultarlas bajo tierra o en otros lugares.

-Oh… -fue todo lo que dijo, disimulando una pequeña sonrisa. Me alegraba que no hubiera hecho más preguntas sobre Irina. Luego de lo raro que fue todo el día anterior, no quería que tuviera más motivos para no querer hablarme-. Pero, Edrick no sabe de esto, ¿no? ¿del intercambio y la reliquia partida a la mitad? No sabe que ella probablemente tiene una de las mitades.

-No lo creo -continué, un poco decepcionado. Quizás en mi mente, había esperado una reacción distinta a esa. Una más… íntima, tal vez. Un pequeño gracias, quizás-. Todo lo que dijo saber era que ella buscaba una reliquia, pero no tiene idea de nuestro intercambio, ni de lo que yo sé. Pero puede que mienta. No confío mucho en él, además...

Miré por encima de mi hombro, como si pudiera verlo a través de los paneles.

-¿Qué pasa?

-Es probable que haya más gente que sepa de la reliquia que busca Irina, y que quiera beneficiarse de ello -volví los ojos a ella-. Edrick dijo que se enteró del historial problemático de Irina una noche en el Aégis.

-¿El hotel en Roma...? -preguntó, con ojos muy abiertos.

-Sí, un tal Kaled Radiatta, archiduque de no sé que círculo del Inframundo, fue quien le informó de los potenciales enemigos de Irina, y creo que ese sujeto también tiene deudas pendientes con ella -Sophie dio un respingo, con ojos muy abiertos de pronto, como si le hubieran contado como moriría en un futuro. No comprendí porque parecía tan asustada por eso- ¿Qué pasa?

-Nada.

-Pareces aterrada… -insistí. Levanté la mano hacia ella, siguiendo esa costumbre que tenía de tocarla suavemente cuando la veía preocupada, pero al final contuve la tentación de acariciarle la mejilla con un dedo.

-No es nada -confió, metiendo las manos en los bolsillos de su abrigo y desviando la mirada-. Es solo que las brujas una vez mencionaron ese sitio. Pero… hablaban de él como si fuera una entrada al infierno. Que había gente peligrosa allí, y que a diferencia de otros lugares que servián de reunión a los demonios, allí las criaturas eran menos… consideradas. Y últimamente me asusta un poco saber hasta dónde pueden llegar los demonios por algo que quieren.

-Oye -murmuré, inclinado hacia ella lo suficiente para llamar su atención, y lo suficiente lejos para no hacerla sentir abrumada. Volvió sus ojos a mí, los ebullentes colores brillaron como si hubiera una galaxia dentro de ellos-. No va a pasar nada, vamos a llevar esto con cuidado.

Asintió, aun sin descruzarse de brazos.

-Volviendo al tema -se aclaró la garganta, humedeciendose los labios con la punta de la lengua. Por algún motivo estúpido, por un par de segundos no pude dejar de mirar allí donde la saliva dejó sus labios húmedos, brillosos por la humedad como el glaseado de almibar sobre una roja y dulce fresa. Mierda- ¿Quién es ese tal archiduque? ¿Es… peligroso?

-No lo sé. Al menos, no que tanto -me encogí de hombros, intentando mantener la mente enfocada en la conversación-. Es probable. El clan Radiatta es muy antiguo, muy poderoso, y todos los inmortales poderosos y con seguidores o clanes tan grandes, lo son. Creo que está usando a Edrick para tener pistas sobre Irina, aunque no sé si ese tipo sepa algo más sobre la reliquia. La ventaja que tiene Edrick, es que, aunque Radiatta no le ayude, no creo que tarde en descubrir que solo le basta pronunciar el nombre de Irina en público en una reunión en cualquiera de los mundos para que varias decenas de inmortales se levanten en armas para ir por su cabeza.

-¿Crees que eso es lo que planea? -preguntó, aun con aire preocupado.

-Es posible -conferí con un suspiro, cruzándome de brazos-. Irina provoca un caos a donde quiera que va, y destroza la vida de todos los que se relacionan con ella. Sea lo que sea que le hizo a Radiatta, o si es verdad lo que Edrick dijo, que ella mató a alguien importante para el archiduque, lo más probable es que el plan sea desahacerse de ella de una forma u otra.

-A todo esto, ¿donde se supone que está la otra mitad de la reliquia? -sacudió la cabeza- ¿No crees que deberíamos ocultarla en otro sitio? ¿Que tal si la encuentra? Edrick no sabe que está partida por la mitad, ni que tiene relación contigo, ¿no deberíamos movernos antes de que sepa más?

-No hay forma de que Irina la encuentre, creéme -reí un poco, aunque era más bien un gesto amargo. Las razones que me llevaron a partir en dos esa reliquia era cosas que no deseaba recordar a menudo. No deseaba recordarlas, y punto-. Está a salvo.

-Pero, sabes dónde está, ¿no? -murmuró, insistente, casi suplicante-. Es decir, no se ha perdido realmente. En caso de una emergencia, hay formas de recuperarla.

De nuevo, parecía angustiada, mucho más de lo necesario. Supuse que temía por el futuro, por la incertidumbre de vernos de nuevo en un escenario poco favorable para nosotros.

-No te preocupes por ello -dije, con tono suave, y le coloqué, contra todo mi sentido común, una mano sobre su pequeño hombro-. Sé donde está, y si es necesario, estoy dispuesto a intercambiarla por nuestra seguridad, ¿sí? No voy a dejar a nadie atrás, mucho menos a ti.

Miró mi mano sobre su hombro, siguió el camino de mi brazo hasta mis ojos, lentamente, como si pudiera ver a través de la piel, a través de mis pensamientos. Me dio una sensación de vacío en el estómago.

-¿Lo prometes? -murmuró, bajito, mirándome con todas las expectativas que alguien asustado puede tener.

-Lo prometo -respondí con una sonrisa-. No voy a dejar que nada les pase. Ni a ti, ni a los demás, ni al apestoso demonio de allá.

Ella se echó a reír.

-¿Por qué apestoso?

-Porque lo es -sentencié, un poco abrumado por el aroma de su cabello. Olía a perfume, cosa rara, porque no solía usarlo. Siempre olía a flores, a champú, pero esos aromas artificiales no eran algo que le gustara-. Creo es una cuestión del sello, de la presión de Cerbero. Desde esa noche, siento que todos los demonios apestan.

-Tu sello -dijo de pronto, como si lo hubiera olvidado. Iba a preguntarle que pasaba con el sello, cuando elevó las mano a mi pecho, justo donde comenzaba el primer botón del abrigo, y sin decir absolutamente, comenzó a desabrocharlo.

Me quedé inmóvil, no sabía si estaba estupefacto por lo que hacía o porque temía asustarla y que se detuviera. Lo abrió, casi hasta la altura de mi cintura y regresó las manos al borde de la clavícula, ahora abriéndose paso por la tela de mi camisa, con toda la intención de llegar hasta la piel. Me liberaba de la ropa pero yo sentía como si me comprimiera el pecho con una camisa de fuerza. No sabía si era idea mía, o realmente me costaba respirar. No se detuvo hasta que tuvo el espacio suficiente para colocar sus manos a ambos lados del sello circular, que comenzaba a verse bajo las capas de piel como si tuviera un enorme hematoma sobre el corazón.

La piel estaba amoratada, entre rojiza y violácea. No alcanzaba a ver demasiado, pero supuse, por su expresión desanimada, que estaba peor de lo que podía imaginar.

-Oh, Wade -murmuró, con los ojos puestos sobre mi pecho. Pasó una mano sobre el sello, sus dedos eran tibios, y la deslizó hasta justo debajo de mis costillas, dejándome con un vacío en el estómago. Tuve que apretar los dientes para no suspirar, mucho más cuando me miró, entre triste, y quizás curiosa, con su mano aun acariciando mi torso, parsimoniosamente- ¿Te duele?

"Como no tienes idea… pero no es por el sello…"

-Un poco -mentí. Sentía dolor todo el tiempo, una presión en el pecho que variaba entre ligera y punzante, mas no quería preocuparla. Y no quería que dejara de tocarme. Además, estaba seguro de lo que sentía en ese momento no era precisamente dolor-. Pero supongo que poco a poco el sello será más visible, mientras más tiempo pase. Y hablando del sello… -suspiré, chasqueando la lengua. No deseaba hacerla sentir peor, pero quizás era mejor decirlo de una vez-. Edrick sabe del ojo de Cerbero. Y de mi sello. Sabe que está rompiéndose…

Me miró con ojos vacíos, sin alejarse, pero como si el temor que drenaba sus ojos la hubiera petrificado e hiciera un caos en su interior.

-¿Cómo…?

-No lo sé -gruñí por lo bajo-. Dijo que podía percibirlo. Pienso que podría ser su naturaleza. No tengo la mas maldita idea. Pero lo sabe…

-¿Los demás aun no lo saben, cierto?

-No, pero dudo que ese idiota vaya a guardar el secreto mucho tiempo más…

Sacudió la cabeza, su cabello negro se agitó como una cascada a su alrededor. Había tristeza en su mirada, cuando levantó el mentón para verme.

-Todo estará bien, ya nos encargaremos de Edrick, de todo… -musitó, y me dio la impresión de que se acercó más a mí, con los ojos, de pronto, un poco enrojecidos-. Vamos a solucionarlo…

-Ese es el plan, ¿no? -le sonreí, sujetándola por los hombros. A veces me preocupaba lo pequeña que parecía a mi lado. Sabía que no era frágil, la había visto pelear las suficientes veces para saber que no era así, y aun con eso, me preguntaba con temor si, de no tener cuidado, o aún teniéndolo, podría hacerle daño si la sujetaba con demasiada firmeza-. Supongo que ya lo has considerado, pero anoche pensaba que quizá Ondina o Kreous puedan darnos respuestas. Quizás… ellos sepan cómo restablecer el sello. Esto debe haber ocurrido antes.

-Justo hoy lo pensaba, por la mañana -dijo, con los ojos fijos en mi pecho. Por un segundo creí que me daría un beso sobre la piel herida, y rogué porque lo hiciera… y porque no lo hiciera. Comenzaría a dudar de mi autocontrol si lo hacía-. Pero también me pregunto si tendremos el tiempo suficiente.

-No es tanto -inquirí, tenso como una cuerda-. Bielorusia no está tan lejos de las grutas de Kwenthrith. Es menos de un día de viaje en tren. Si encontramos a Ondina siguiendo el itinerario de la dictadora Lassarette, hoy en la noche estaremos llegando a Bialowieza. Quizás mañana temprano.

-Eso espero… -me miró, por fin. Sus ojos parecían una constelación de colores azules, como piedrecillas de mar, a través de la luz blanca que llenaba la bodega. Tenía tantos deseos de hundir mi cara en su cabello y abrazarla, y soltar todo ese estrés que llevaba encima mientras me acariciaba la espalda…

Desde la noche anterior, había querido pasarle los brazos por la cintura, sentir la curva de su espalda contra mis dedos y abrazar su cuerpo suave. Sentía un extraño dolor, un vacío en el pecho que crecía con cada respiración que daba cerca de ella. Era como si tuviera un pedazo de mi alma en ella que me hubiera robado con ese beso y no pudiera recuperarlo hasta estrecharla contra mí. Me preguntaba que tendría que hacer, que tendría que darle, que tendría que ofrecerle, para que me permitiera eso. Para que me dejara saber si realmente tenía ese fragmento de mi espíritu, eso que me faltaba y que ella parecía llevar siempre consigo. Era en momentos así cuando no me importaba todos esos secretos que usualmente me detenían a hablar. Todo eso que me ataba lejos de ella parecía insignificante, cuando la tenía tan cerca y me daba esa impresión de que no me rechazaría. Esa ansía me agitaba, me ponía tan nervioso como no lo había estado en años.

-Oye, sobre lo que hablamos ayer… -comencé a decir, sin poder dejar de verla, herido por mis propios pensamientos y deseos, llendo en contra de mi lógica y todo eso que, como ya dije, solía detenerme-. Quería decirte algo más antes de que llegara Sylvette.

-¿Qué cosa? -preguntó con un suspiro, bajando las manos de mi pecho a mis costillas, con la misma lentitud del escalofrío que me subía por la espalda.

Oh, vaya… qué fácil era perder el sentido común...

-Dije que lo que ocurrió la noche anterior no pasaría de nuevo -se me escapó una pequeña risa, quizá porque estaba nervioso, quizás ebrio de gusto, quizás por sentía que me faltaba el aliento. Comenzaba a preguntarme si se sentiría tanto o más tersa la piel de su cintura como lo eran sus manos, y si le sabrían tan dulces esas caricias como a mí, y eso no me tranquilizaba demasiado-. Que no volvería a besarte nunca más. A menos…

Por un momento, me dio la impresión de que estaba sorprendida de escucharme decirlo en voz alta, justo con la mañana previa, en la cocina, que parecía que el recuerdo le avergonzaba. Sin embargo, esta vez fue distinto. Algo se enfrío en sus ojos, habría sido más consciente de ello si no se hubiera acercado más.

-¿"A menos"? -dio un paso, casi tan cerca que solo tendría que cerrar los brazos y podría haberme abrazado. Podía ver las formas de sus irises, los pequeños pliegues de sus labios color coral. Recordé el sabor dulce de su saliva, la suavidad de su boca, el débil suspiro que me robó las fuerzas...

-A menos, que tu lo quisieras…

Sonrió, como si fuera exactamente lo que quisiera escuchar, y aun así, me dio la impresión de que había algo peligrosamente seductor en su expresión. Algo casi cruel. Pensé que se ruborizaría, sorprendida por mis palabras. Bajó la vista de vuelta a mi pecho, rozando la piel amoratada con la yema de sus dedos.

-¿Sabes? -dijo, echándome un vistazo por debajo de sus largas pestañas, haciendo girar sus dedo sobre mi piel-. Siempre pensé que el corazón estaba justo en el centro del pecho, pero ahora veo que no. Tu sello está justo sobre tu corazón, ¿no? Es ligeramente a la izquierda.

-No estoy seguro de que esté allí -murmuré, atreviéndome a acercarme más a ella, mucho más que antes, y para mi complacencia, no se echó a atrás. Parecía más expectante que nerviosa.

-¿Que significa eso? -suspiró contra mis labios, su aliento olía a canela.

-Que lo que te dije la noche anterior no era una broma, no estaba delirando, ni mintiendo -le dije, con los ojos cerrados, pegando mi frente con la suya. Sentía que si la miraba no podría decirle aquello y no resistiría el impulso de darle un beso-. Cuando te dije que estaba enamorado de ti, no me refería a que hubiera sido así en el pasado. Me refería a que aun lo estoy…

Pero lo hice; abrí los ojos, aun en contra de mi propia lógica, de la revolución que ocurría dentro de mí y mis ansias por abrazarla y besarla hasta que dejara de sentir esa necesidad. Parecía asustada, y expectante. Por un momento, tuve miedo de decir aquello y ser rechazado como en Drei Gewasser. Había esperado demasiado por decirle esas palabras, que temía arruinarlo todo. Temía que me rechazara de nuevo.

-Te quiero, Sophie -dije, finalmente.

No era realmente lo que quería decirle. Habría querido decirle que la amaba más de lo que amaba ser libre, que quería pasar el resto de la eternidad a su lado, despertar por siempre a su lado, ir a dormir con ella entre mis brazos y hacer todo lo que se hace en en el medio de esas cosas con ella. Pero era lo más cercano, lo menos intenso, y no quería asustarla de nuevo. No lo pensé, y cuando lo hube dicho, se sintió como si algo me hubiera atravesado del pecho a la espalda. Me sentí vulnerable, como hacía mucho que no me sentía. A merced de alguien que podía hacerme tanto daño y yo no podría hacer nada al respecto

Sophie sonrió, tan ampliamente, tan satisfecha que pensé que era justo lo que quería escuchar.

-Te quiero como jamás quise a nadie… -continué, con la voz temblorosa en mi garganta, mirando cada una de sus expresiones, su reacción, algo que me dijera que ella sentía lo mismo-. Y es egoísta de mi parte, porque ahora todo es un maldito desastre, y hay muchas cosas que necesito que sepas antes de tener una respuesta tuya. Hay muchos secretos que aún no te he dicho. No soy la persona que crees. No soy quien crees. Hay tantas cosas que...

Sophie se elevó sobre las puntas de sus pies y no hubo ninguna forma, ni allí, ni en el mundo, que sus labios presionados contra mi boca no me hubieran hecho callar, causado una descarga eléctrica por toda la espina. Aún tenía las palabras atoradas en la garganta y no pensaba que fueran a salir nunca más. No hice más que inclinarme lo suficiente para cerrar el espacio entre su rostro y el mío. Recuerdo haberme quedado sin saber que hacer por un par de segundos, hasta que los mismos escalofríos me hicieron reaccionar y busqué acercarla a mí, con ambas manos a los lados de su cuello. Su boca me recibió atrevida, ligeramente abierta, como si supiera exactamente lo que quería causar en mí. Su agarre era tenso, cerró los dedos sobre mis hombros y pude sentir sus uñas a través del abrigo, casi con la misma violencia con la cual me mordió los labios.

Una parte de mí quería devolverle el favor empujándola contra la pared de la bodega y besarla hasta que rogara por aire. Otra, quería decirle que parase o comenzaría a querer hacer más que solo besarla, pero tampoco quería apartarla de mí. La última, la parte más cuerda de mi, arrinconada por las dos primeras, balbuceaba algo que casi no podía entender, pero no necesitaba ser un genio para adivinarlo. Esa desesperación no era normal en ella, ni esa desenvoltura, ni esa malicia seductora. No dudaba que pudiera serlo, más no concebía una situación, o quizás no había descubierto el contexto, en el que pudiera actuar así. Quería creer que era un tipo de confirmación a mis sentimientos, que sentía lo mismo por mi que yo por ella y por eso se comportaba así.

Pero, no… la conocía bien. Algo estaba mal. Algo le ocurría a Sophie. Algo la tenía alterada, o asustada, o furiosa. Algo no cuadraba. Solía sentirme a salvo cerca de ella, y ahora no podía evitar tener el pecho lleno de temor. Me sentía confundido, la sentía lejana, frívola. No tuve tiempo de averiguarlo, mucho menos de apartarme de ella. Había olvidado que estábamos cerca de la entrada de la bodega. Realmente era un detalle sin importancia, y no la noté hasta que se abrió de golpe, dejando que la luz blanca del medio día nos cubriera como si fuera un reflector de un escenario. Me separé, mirando de reojo para ver quién demonios era ahora. Parecía una maldición… ¿que demonios tenía que hacer uno para tener privacidad? Sin embargo, esta vez no me atreví a decirle nada a la persona de pie en el umbral, que nos miraba entre furiosa y decepcionada.

Jillian se cruzó de brazos, mientras yo echaba el rostro hacia atrás.

-Ah, hola -le dijo Sophie sin más, volviéndose hacia ella como si no pasara absolutamente nada. Ahora que lo pienso, sonó demasiado despreocupada para la situación. La noche anterior salió como un muñeco de cuerda de la habitación, tan avergonzada que ni siquiera miró a Chris a los ojos. Quizás era mi turno de quedarme sin aliento.

-El ferry tocará tierra en diez minutos -Jillian sonaba como si estuviera a punto de explotar. Sospechaba que Sophie le habría dicho algo de lo ocurrido la noche anterior. Y conociendo a Jillian, y como me conocía ella a mí, no estaría muy feliz de encontrarnos de ese modo-. Vamos, debemos ir por las maletas.

-Bien -fue todo lo que contestó. Me soltó, de nuevo, sin ningún tipo de mirada en especial, como si absolutamente nada hubiera pasado. Como si yo fuera una estatua o una piedra que planeaba lanzar lejos una vez que terminara de usarme. Tal vez si estaba avergonzada y no quería echarle más leña al fuego con Jill. Me quedé mirándola, apartarse de mí, sintiendo el frío aire allí donde antes habían estado sus manos.

La seguí hasta que desapareció de mi vista…

Y entonces, solo quedamos Jillian y yo.

Si las miradas fueran cuchillas, lo que Bharus me había hecho no sería comparado en nada la clase de fileteada que hizo mentalmente el ángel conmigo. Furiosa es poco decir. Debí parecer un idiota, porque me barrió de pies a cabeza como si fuera la basura de toda una semana que accidentalmente se había regado en su preciada alfombra.

-Ciérrate la maldita camisa -espetó y cerró de un portazo.

o.o.o

-Jill, ¿la encontraste? -pregunté al verla llegar. Temí que fuera a decirme que no; parecía preocupada y algo molesta. Tenía ya unos quince, quizás veinte minutos desde que se había ido a buscar a Sophie, luego de que esta se hubiera ido cuarenta minutos antes en busca de una taza de café en la tiendita en la parte posterior del ferry.

Jillian se sentó de mala gana, con toda la pinta de estar a punto de romper algo.

-Sí, la encontré -espetó entre dientes, con la nariz arrugada-. Café mis pantuflas… Estaba en la bodega con Wade.

-Oh -vaya, eso era inesperado. Pensé que luego de lo que supo, de lo que él había dicho, no tendría mucho interés en hablar con él- ¿Estaban discutiendo?

-Si a discutir te refieres a que tenía la lengua metida en su boca, sí, estaban discutiendo -respondió con una sonrisa sarcástica.

Abrí mucho los ojos y le di un sorbo a mi café. Vaya, lo rápido que escalaban las cosas.

-Pensé que estaba molesta con él… -Jill soltó un resoplido y se apoyó sobre sus codos con fastidio- ¿Donde está ella?

-¡Yo que sé! -farfulló echando las manos al aire-. Dijo que necesitaba ir al baño. Por lo que sé, debe haber regresado con ese rufián para otra sesión de besuqueos, de modo que mañana cuando tengan de nuevo otro problema tenga de que quejarse.

-No termino de entender esa extraña relación… -murmuré confundida. Al comienzo, pensé que eran novios o algo, pero conforme pasaba el tiempo, me quedaba claro que no lo eran y que, pese a todo, tenían una relación demasiado cercana. Era tonto negar el vínculo que había entre ellos, y aun así, parecían incapaces de decir lo que sentían el uno por el otro.

-Mira, esos dos… tienen una historia… -soltó otro bufido y sacudió la cabeza, con ojos sorprendidos-. Wade… hay un capítulo oscuro en su vida, uno que comparte con Sophie. Él la salvo de ser asesinada por un grupo de demonios y ella, bueno, creo que en cierto modo lo salvó de sí mismo. Cuando salieron de esa situación, las brujas de Baviera les ofrecieron asilo y cuidaron a Wade hasta que su vida dejó de correr riesgo y hasta que ella se recuperó. No conozco los detalles, pero cuando se hallaron mejor Wade se marchó de Baviera, y Sophie se quedó allí. Iba a ser adoptada por las brujas, lo que significaba que no podría salir mucho del monasterio, así que pidió que le dieran tres años de prórroga para decidirse. En esos años fue cuando acudió a Saint Mary, cuando la conociste y todo su rollo con Alexander.

-Ah, recuerdo a Alexander -la mención de ese nombre me ponía los pelos de punta. Alexander Wolfsbane era acérrimo amigo de Gerard, y todos suponíamos que cuando Alex dejara el puesto de capitán del equipo de fútbol, sería Gerard quien heredaría el título. Si bien no tomó parte en lo que pasó conmigo, tampoco hizo nada en contra. Era muy apuesto, muy carismático, pero siempre lo consideré demasiado superficial.

-Sí, ese Alexander… -masculló Jillian con el mismo desagrado de alguien que ha encontrado la mitad de un gusano luego de morder su manzana-. Luego de eso, volvió a Baviera, y Wade fue a verla. Sé que pasó algo, creo discutieron, no lo sé, pero esa misma noche Wade se fue del monasterio, y para colmo de males, esa noche atacaron el lugar -suspiró, como si recordara un muy mal sueño. Me pregunté con que se refería a "atacaron el lugar", y quise mencionarlo, sin embargo, no quería que me dijera que los Inquisidores lo habían hecho-. Wade volvió a buscarla y la sacó de allí. Sé que se refugiaron en una base de los Centinelas al norte de Alemania, que estuvieron juntos desde entonces, pero para ese entonces Sophie estaba demasiado confundida para que algo pasara. Y han estado así desde entonces. No sé que los detiene. Los únicos que no saben que Sophie está enamorada de Wade, y Wade de Sophie, son los mismos Wade y Sophie.

-Quizás hay algo que los mantiene apartados -conferí, encogiéndome de hombros. Pensé que era un comportamiento tonto, era intentar tapar el sol con un dedo-. Supongo. Tal vez ella no está lista. O él no lo está.

-Por lo que vi hoy, los dos parecían bastante listos -refunfuñó con las manos hechas puños. Entornó los ojos, y de golpe se giró a mirar por encima de su hombro- ¿Donde rayos esta esa chiquilla?

-¿Crees que esté de nuevo con él? -no sabía porque le molestaba tanto, aunque había que echarle una mirada a Wade, a su forma de actuar, y ya tenías una idea de como era con las mujeres. Me daba la impresión de que era el clásico hombre que sabía sacarle provecho a su físico, y aunque no lo diría en voz alta, sospechaba que a Jillian no le agradaba porque temía que estuviera jugando con Sophie.

Jillian me miró, conteniéndose de decir algo. Abrió la boca, la volvió a cerrar, y se puso de pie tan bruscamente que casi arroja la silla detrás de ella.

-Esto es el colmo, voy a ir por ella -exclamó y salió de la sala de pasajeros hecha una furia, consiguiendo atraer algunas miradas hacia ella, entre curiosas y asustadas. La gente la siguió hasta que desapareció por las puertas dobles, pintadas de rojo, en el extremo izquierdo de la habitación, y cuando ya no pudieron verla más, todos se volvieron hacia mí.

La súbita atención casi me pone a sudar y bajé los ojos de inmediato a la mesa. Vaya, la gente sí que era entrometida.

Con la esperanza de olvidar que había una gran cantidad de personas mirándome, saqué mi teléfono, esperando aunque sea ponerme a mirar las fotos o algo, y desafortunadamente para mí, también habían malas noticias en mi teléfono, esta vez, en formato de mensaje de texto.

Era Allison.

Me mordí el labio. No me sentía con deseos de abrirlo y conocer su contenido, en especial luego de casi dos semanas ignorando sus llamadas y mensajes. Luego de hablar con Charlotte en la escuela, me sentía peor de hablar con ella, sabiendo que tendría que mentirle de la foto que le envié. A estas alturas, Charlie ya habría hecho su jugada, lo que significaba que ni siquiera la foto coincidiría, y no sabía si era eso una ventaja o una desventaja.

Decidí que me sería imposible ocultarme por siempre, así que lo abrí sin darle muchas vueltas, pensando, ingenuamente, que encontraría algo bueno o no tan malo, algo que me comprobaría que estaba sobreanalizando las cosas.

Y no fue así.

Era un mensaje muy largo, y desde que lo vi, supe que era malo. Nadie envía un testamento para hablarte del clima o darte los buenos días. Cerré la tapa del teléfono. Quizás debería esperar un mejor momento, cuando no hubiera el riesgo de ponerme a llorar delante de casi cincuenta extraños.

No, no debería seguir posponiendolo.

Con un suspiro, lo abrí y comencé a leer.

"Sylvette, creo que ya me quedó claro que no quieres seguir hablando conmigo. No sé donde estás, no sé que pasa contigo. Tony dice que no has ido a casa en casi un mes, en la escuela te vieron irte con un tipo rubio, nadie sabe explicarme donde estas. Tu madre (¡Sí, tu madre quien siempre está ocupada!) fue quien respondió mis llamadas y me dijo donde estabas. Si no fuera por ella y el profesor de lenguas, ni siquiera sabría que te fuiste a no sé que campamento de esgrima al otro lado de Europa. Bien pudiste haberme avisado, ¿sabes? este año quería participar en los Juegos y esta habría sido mi oportunidad de calificar, sobre todo sabiendo que eres amiga de la directora del campamento. No sé si esto se trate de otro extraño romance que tengas, o sí alguien te ha dicho algo malo de mí, pero quisiera que si es algo por el estilo, me lo digas, ¡carajo! ¿Es por algún chico? ¿qué pasa? Si tienes un buen motivo, dímelo, y si no, también. Al menos así dejaré de estar esperando a que me respondas y sabré que ya no confías en mí."

Sentí que el pulso se me agitó como si me hubieran electrocutado. Sentí que me faltaba el aliento y todo lo que atiné a hacer fue a salir corriendo de allí, como si me fuera posible huir de como me sentía o lo que temía. Me abrí paso entre la multitud, hasta llegar a uno de los pasillos laterales. Temía que si no me daba la brisa agitada del mar iba a desmayarme. Odiaba eso, odiaba esa condición tan debíl que tenía ahora, odiaba sentirme ahogada, odiaba que todo se complicara tanto por cosas que se hallaban fuera de mi control.

¿Que debería hacer? No quería lastimar a Allison, no quería perder a mi mejor amiga, pero tampoco quería hacer daño a nadie. No sabía que decirle sobre la situación, sin mentirle más, porque sabría que lo notaría. Me conocía, conocía como mentía, y sería peor…

Y no podía decirle la verdad. No sin arriesgarlos a todos allí. Como quiera, por lo que Charlotte me dijo, ellas dos eran Inquisidoras, y había hecho daño a Grim, a Chris, a Wade, a Hela…

Ninguno de ellos aprobaría que le dijera la verdad, ni que fuera amiga de una Inquisidora.

Y sin embargo, ¿que sabían ellos de Allison? Ella había sido mi amiga desde la infancia, me conocía mejor que nadie, era mi confidente, mi brazo derecho. Todo lo que ellos decían no podía comprobarlo, y no podía imaginarla a ella y a Charlie haciendo las cosas horribles que todos ellos insinuaban que hacían. Eran como mis hermanas. No podía creerlas tan malas. Era injusto para ellas no darles siquiera el beneficio de la duda, y mentirles. Pero Charlie lo sabía, ¿no? Quizás no quería que arrastrase a Allie en esto. Pero no tenía que ser así, ¿no? Podía mantenerla al margen. Allie no era irracional, sabría darme espacio, ¿verdad? Aunque se lo prometí a Charlie…

Mas no podía evitar pensar que, si las cosas fueran al revés, Allie me lo diría… Claro, no me dijo que era una Inquisidora, pero tal vez no lo hizo porque no había un motivo para involucrarme en esto, pero ahora que estaba yo aquí, metida en este embrollo…

Quizás pudieramos depender la una de la otra…

Sujeté mi teléfono, no sin antes echar un vistazo a ambos lados, asegurándome que no había nadie cerca que pudiera leer aquello que estaba a punto de escribir.

"Allie, disculpa por estar tan distante en estos últimos días, pero han ocurrido cosas que han cambiado toda mi forma de ver el mundo, y en cierto modo, son peligrosas. Quería mantenerte al margen de todo, pero quisiera que lo supieras. Creo que es momento de hablar de nuestros secretos, ¿sabes?"

Presioné enviar, y me guardé el movíl en el bolsillo del abrigo. Con las manos heladas por los nervios, me sujeté a la baranda, observando el mar agitado y casi de inmediato el teléfono sonó de vuelta. Jamás había abierto un celular tan rápido.

"¿Qué secretos? ¿De qué hablas?" respondió.

"Tu sabes de que hablo" escribí, casi sudando, pese a que el viento frío me hacía arder la nariz. "La foto que te envié, sé que no es solo un tipo raro, ni un fantasmas. Sé que es un shinigami y creo que tu también lo sabes"

Lo envié sin permitirme pensar de más. No quería darle lugar a la culpa, por mentirle a Jill y a todos los demás. Confiaba en Allie, y sabía que quizás fuera duro al inicio, pero lo resolveríamos. Era mi amiga, no era una extraña. No me haría daño, ni a mi, ni a nadie que yo quisiera.

Escuché el teléfono sonar y leí la respuesta.

"¿De qué hablas? ¿Estás enloqueciendo por el cambio de horario? Si vas a inventarte historias para justificar tu silencio, mejor dime de una vez y acabemos con esta tontería"

Por un momento, casi me detengo. Casi me hizo dudar de si sabía o no. Pero Charlie dijo que sabía lo que ocurría. Estaba fingiendo demasiado bien.

"¡Ugh! ¡Es un shinigami, uno de los Trece Únicos! ¿Te suena eso?" escribí furiosa "¡Elixir de Prometeo, guadañas, reliquias, brujas, sé que es real todo eso! ¡Sé que eres una Inquisidora! ¡El tipo rubio de ese día es un demonio, me secuestró y ese shinigami me salvó! Sé sobre las presiones, y todo eso. No juego, deja de jugar a la inocente"

Envié el mensaje, casi echando humo por las orejas y arrojé el móvil en mi bolsillo. Odiaba que nunca me creyera, pero supuse que toda esa palabrería era más que suficiente para que comprendiese que no bromeaba. Esperaba que su siguiente mensaje fuera menos tonto, menos esceptico.

Sin embargo, pasaron varios minutos, y nada. Sin respuesta. Abrí el móvil, ahora más nerviosa que enojada, y reenvié el mensaje. Quizás no le había llegado. Mas no hubo respuesta…

Y cuando escuché al capitán avisando que habíamos tocado tierra, supe que quizás mi respuesta no llegaría pronto…

o.o.o

-¡Ah, allí estás…!

Apreté los dientes. No tuve que voltear para ver de quien se trataba. Ese tono de reproche, esos pasos medidos y calculados como si tuviera un palo metido por el trasero, solo podía pertenecer a una sola persona. Supongo que no se puede retrasar demasiado lo inevitable, tarde o temprano llegaría a darme una reprimenda por mis acciones, las del día presente y las pasadas, porque me imaginaba que, a estas alturas, ya sabría de lo ocurrido la noche anterior, así que no me esperaba nada bueno.

-¿Qué pasa, Jill? -pregunté, arrojándo mi cigarro por la borda para finalmente dar la cara. No sé exactamente que la puso tan furiosa, pero cuando cruzamos miradas me dio la impresión de que iba a arrojarme por la borda.

-¿Donde está Sophie? -inquirió secamente, deteniéndose de golpe delante mío como una especie de centinela- ¿Está aquí contigo?

-¿No se había ido contigo? -levanté una ceja, y sin previo aviso me dio un golpe en el hombro con el puño cerrado. No sé si estuvo cargado de presión o si yo estaba demasiado débil, pero dolió enserio- ¡Ah! -refuté, frotandome el hombro con la mano- ¡¿Que rayos te pasa?!

-Luego hablaremos de esto -refunfuñó como un toro encerrado- ¿Donde está Sophie? ¿Está aquí contigo?

-La última vez que la vi se fue contigo -dije, frotándome el brazo con la mano opuesta. Quería reclamarle aquel golpe, mas pude ver que estaba preocupada. Aun molesta, la notaba inquieta- ¿Hace cuanto la perdiste de vista?

-Básicamente desde que subimos al ferry y fue por un café no la vi para nada -dijo, rechinando los dientes mientras se cruzaba de brazos-. La vi, contigo -casi escupió la palabra-, y luego volvió a irse.

-¿Ya intentaste marcarle a su teléfono?

-Sí, pero no responde -Jill giró los ojos-. Es decir, nunca lo hace, así que eso no me extraña.

-Tal vez solo quiera estar sola -no quería exaltarla y decirle que era extraño que Sophie estuviera tan distante. Usualmente se apartaba unos minutos y luego volvería, o simplemente estaría sentada en silencio. Sin embargo, llevaba demasiado tiempo apartada, considerando que llevábamos casi dos horas en el ferry-. Tal vez esté mareada por el viaje…

-O quizás solo se sienta incómoda por tus juegos de "hoy te quiero y mañana te evito"... -soltó con veneno. Le dediqué una mirada que buscaba ser recelosa, aunque desistí al ver su expresión. Estaba más preocupada de lo que quería aparentar, y en parte, supuse que era mi culpa. A estas alturas Sophie ya les debería haber contado algo de lo ocurrido, y si no tenía el contexto completo, no le resultaría difícil señalarme como el culpable del extraño comportamiento de Sophie.

Y ahora, me preguntaba si su desaparición no se debería realmente a algo que le dije.

-O quizás esté abrumada… -murmuré, rascandome distraidamente la mejilla. Pasé a su lado, sintiendo sus ojos buscar la parte de atrás de mi cabeza, como si pudiera abrir un agujero allí-. Le dije que la quería…

-¿¡Qué!? -chilló Jillian, con tal agudeza que creí que me reventaría los tímpanos. Maldita sea, esto de no tener presión era una verdadera lacra. Me volví de un respingo, mientras ella avanzaba hacía mí como si estuviera flotando, sin saber si debería sonreír o preocuparse, tan entusiasmada que tuve que dar un paso hacia atrás- ¿Qué le dijiste? ¿Qué hiciste? ¿Qué te dijo?

-Eh… pues eso… - ahora yo me sentía abrumado, quizás por esto Sophie se escondió. Disimuladamente, giré de vuelta hacia el pasillo que conducía hacia los pasillos del ferry, en dirección a los escasos cuartos privados y los baños. Puedo que ella se hubiera olvidado de Sophie, pero yo no-. Que la quería. Ella no dijo nada. Pero me besó -le eché una mirada furiosa de reojo-. Y allí entraste tu.

-¿Como se supone que sabría que interrumpía? -gruñó, siguiéndome muy de cerca, ahora molesta-. Aprende a cerrar las habitaciones con seguro, o a hacer esas cosas en privado…

-No es como si estuvieramos a punto de… -quizás no debería mencionarlo ante Jillian-. No importa. Supongo que tienes razón -antes de que pudiera decir más, agregué-: Debemos apresurarnos, aun tengo que sacar a Edrick de las bodegas sin que nadie lo vea.

-¡Cierto! -dijo, como si se hubiera olvidado de eso. Para ser un ángel, Jillian era bastante chismosa. Se puso delante de mí, de modo que pudiera señalarme hacia la derecha y luego hacia el camino por el que habíamos entrado-. Sigue por este pasillo, yo iré a la sala principal. Iré por Vetty, le avisaré que nos haga saber si la ve salir por el frente.

Le hice un gesto de despedida, sin esperar a que se fuera. Solo supe que me hallaba solo porque sus pasos se perdieron a lo lejos, entre el bullicío de la gente y el ruido del mar rompiendo contra la cubierta del ferry. Me sentía sordo, la falta de presión no me permitía oír todo a lo que estaba acostumbrado, como los autos por la carretera o quizás el chillido de las gaviotas, aunque quizás tenía la misma audición ahora que de un humano normal.

Doblé a la derecha, en el primer pasillo, un pequeño corredor que conducía a dos habitaciones con puertas cerradas donde podía leerse en varios idiomas "Solo personal autorizado", ambas probablemente cerradas con llave. A la izquierda, aparecía el corredor que llebava a los sanitarios, donde una mujer joven estaba de pie en la puerta del baño de damas, sujetándo la mano de un niña pequeña, igual de morena y con el mismo cabello ensortijado de la dama, ambas con la misma expresión de impaciencia grabado en sus ojos y en la manera en la que tocó a la puerta. Detrás de ellas, yacía la escalera que llevaba a los piso inferiores, donde se hallaban estacionados los automóviles de los pasajeros. La muje me vio, probablemente pensando que la observaba e hizo un intento de sonreír mientras tiraba de la niña hacia ella, pegandola protectora y disimuladamente contra su cuerpo, lo suficientemente tensa para hacerme dar cuenta que mi presencia le incomodaba. Supongo que no veía mucho más que un posible asaltante o una especie de pandillero. El parche, el cabello plateado y las cicatrices no me ayudaban demasiado. La niña, sin embargo, me miraba curiosa. No pude evitar saludarla con la mano y ella me sonrió. Aquello me robó una risilla, mientras me giraba a verificar las puertas de acceso limitado, y tal y como esperaba, se hallaban cerradas con llave.

Estaba revisando la segunda puerta, cuando la mujer tocó de nuevo, ahora con mucha mas fuerza y casi con grosería. Bajo mis pies, había una pequeña escotilla, pero tenía candado. Me preguntaba donde se habría metido Sophie. No quería pensar que realmente estaba escondiendose de mí, no luego de lo que le dije. Quizás estaba teniendo segundas opiniones, tal vez fue solo un impulso. Se había comportado demasiado… rara. Atrevida, pienso que es la palabra. No, maliciosa. No lo sé. Ahora que lo pensaba, había sido demasiado apasionada, a comparación de antes. Tal vez debí contenerme y no abrir el pico. Pero se veía tan hermosa… tan guapa, con su abrigo rosa, su cabello oscuro y sus labios color cereza.

Me hallaba pensando en su aliento con sabor a canela, cuando la mujer volvió a golpear la puerta del baño, ahora definitivamente furiosa y gritó algo contra la puerta, en un idioma que parecía noruego o islandés. El ruido me devolvió a la realidad como una bofetada, y la miré con ojos entrecerrados, mientras ella seguía gritando en su idioma raro, hasta que habló en un inglés apenas entendible.

-¿Quieres salir de allí ya? -espetó, casi echando humo por las orejas- ¡Llevas allí más de media hora!

Pensaba, sacando el teléfono del bolsillo trasero de mi pantalón para marcarle a Sophie, en lo grosera que estaba siendo, a lo mejor una pobre diabla tuvo la indigestión de su vida durante el viaje y solo le daba verguenza salir. Por otro lado, me daba gracia imaginar lo divertido que sería ver la cara de esa desgraciada alma al salir.

Me mandó a buzón, y tenía la bandeja de mensajes de voz llena. Colgué, marqué de nuevo, volviendo por sobre mis pasos hacia el corredor por el cual Jill y yo habíamos ingresado a esa zona. De nuevo, buzón. Quizás estaba sentada al frente, o andando por allí. De nuevo, me mandó a buzón, y de nuevo le marqué. Debí haberle timbrado unas cinco veces, y en ese momento, estaba perdiendo la paciencia…

-Disculpe -me llamó la mujer, hablandome desde atrás con un marcado acento noruego. Giré para verla; parecía nerviosa, la niña esperaba quieta al lado de la puerta, y su madre lucía muy severa-. Creo que el número al que marca está en el cuarto contiguo al baño.

Primero, me quedé extrañado, como si estuviera gastándome una broma, pero no lo creía. Parecía realmente muy seria. Caminé, digitando de nuevo el número, en dirección a la puerta que me indicaba, consciente de que quizás solo era una coíncidencia. Sin embargo, conforme iba acercándome a la puerta, prestándo atención, conseguí escuchar el leve, apenas audible, murmullo de una melodía melosa. Tardé un poco en procesar de que se trataba, hasta que, finalmente, caí en cuenta de lo que era. Estaba seguro de que era el tono de llamada de Sophie, era la única persona que conocía que tuviera el tema de apertura de "Sailor Moon" como tono de llamada. Miré a la mujer, como si ella pudiera responder mis dudas, mas estaba igual o más confundida que yo.

-¿Sophie? -llamé, tocando un par de veces a la puerta. No sabría si había rentado una habitación o algo. Acerqué el oído a la superficie de madera, captando un suave golpeteo, la musiquilla esa de "solo en mis sueños te lo confieso…", y otro sonido más, como un quejido y un tintineo metálico…

Cadenas. Estaba seguro de que eran cadenas. Ese fue el momento cuando realmente me quedé petrificado.

Había pasado el suficiente tiempo encadenado y encadenando gente en Heilldermeister para reconocer como sonaban. Me detuve en seco, con los ojos clavados en el suelo, considerando si no estaría enloqueciendo. Quizás estaba alucinando. Quizás era solo mi DEPT jugando conmigo, haciendome creer que todo lo que me rodeaba era una amenaza. Pensé que era solo mi imaginación. Sin embargo, volví a oír el tintineo, y ahora, un gemido ahogado.

Fue como si algo más fuerte que yo me poseyera por completo. Sujeté la perilla en mi puño, cargandome con la presión suficiente para arrancarla de un golpe y abrir la puerta con un empujón de mi mano libre. La mujer soltó un grito y salió corriendo de allí junto con la niña, y yo me quedé petrificado por dos segundos, ante la persona que me miraba con terror y alivio grabado en su cara llena de lágrimas, con las manos atadas a la espalda, y una cadena rodeándole el cuello, sujeta a tuberia que pasaba encima de su cabeza.

-¡Sophie…! ¡¿Qué…?!

Corrí hacia ello con tanta prisa que crucé los cuatro metros que nos separaban con dos pasos, sintiéndo el corazón desbocado en mi pecho como si fuera yo quien estuviera en peligro de estrangularse hasta morir. La persona que la dejó allí, la colocó de forma que apenas pudiera mantener el equilibrio sobre un delgado tubo que se elevaba a unos cuarenta centímetros del suelo, de modo que si resbalaba de allí…

La sujeté por las rodillas, de modo que ya no dependiera de su propio equilibrio, haciendo fuerza para que pudiera sentarse sobre mi brazo flexionado. No se veía herida, aunque estaba muy agitada, casi tan pálida como yo.

-Tranquila, todo esta bien ya -dije, intentando retirar de su cuello la cadena con mi mano libre, pero no conseguía hallar el inicio. Podría haberla roto, aunque corría el riesgo de hacerle daño. Lo mejor sería romper el tramo que rodeaba la tubería. Ella asentía frenéticamente, como si no pudiera creerlo del todo. Temblaba tanto que temí que fuera a resbalar de entre mi brazo, aun cuando la tenía tan bien sujeta que ni de haberse retorcido se habría soltado.

Estaba furioso, quería partirle el cuello a quien fuera que la había colocado allí. Fuera quien fuera, tenía la intención no solo de hacerle daño, sino de que sufriera en el proceso y que fuera hallada así. La ira me llenó el cuerpo de un calor abrasador, un odio que me hacía hervir la sangre en las venas y la bilis en el estómago, la presión en mis manos, de tal modo que los eslabones de acero se reventaron como si fueran papel y salieron volando a nuestro alrededor acompañados de un chasquido agudo y metálico, y finalmente di la media vuelta para bajarla al suelo. Lo que no preví fue que debería estar agotada por hacer equilibrio en una posicion tan precaria, porque apenas fue capaz de mantener el equilibrio por dos segundos antes de derrumbarse sobre sus rodillas.

-¡Te tengo! -por suerte, no llegó a tocar el suelo. Alcancé a rodearla con el brazo para que no se golpease. Lentamente, me hinqué a su lado, hasta que pude depositarla en el suelo, de modo que pudiera descansar las piernas y me fuera posible quitarle la cinta que le ataba las manos y la que le cubría la boca, además de la cadena en su cuello. Con cuidado, la acomodé frente a mí. Ella estaba exánime, muy quieta, pálida de las mejillas y con los ojos hinchados.

-Estás bien, todo está bien… -le decía, intentando reconfortarla, intentando hallar la mejor manera de quitarle eso de la boca, pero supuse que lo mejor sería hacerlo y ya. La retiré con el mayor cuidado posible, muy lentamente, con uno de mis dedos sobre su mejilla para no tirar demasiado de su piel, pero aun así se le descarnaron los labios.

-Auch… -fue lo primero que dijo, con tono ahogado, dolorido y atormentado. Apretó los labios, sin poder evitar que dos pequeños hijos de sangre resbalaran entre los pliegues de su boca.

-Lo siento, no quería... -dije, mirándola sin saber que más decir, sin saber que más hacer, y sin darme tiempo a nada, se lanzó hacia mi, aun con las manos atadas con cinta de ducto, acurrucándose entre mi cuello y mi hombro como solo ella conseguía hacerlo. Como yo si hubiera sido hecho a su medida.

-S-sé que habías d-dicho que no q-quería tenerme-e c-cerca-a… -balbuceó con voz rota contra mi hombro, podía oler el shampoo a jacintos en su cabello, el aroma de su loción a rosas y vainilla, con las manos a sus costados, crispadas por la sorpresa-. P-pero d-de verdad me… me v-vendría bi-bien un abrazo…

-No seas tonta… -jadeé contra su pelo, cerrando mis brazos a su alrededor antes de que pudiera finalizar su oración. La sostuve contra mi pecho, buscando su mejilla para darle un beso, el borde de su mandíbula, su propio cabello, solo para hundir mi rostro entre esa seda oscura. Escuché un hipido, o quizás un jadeo, no lo sabía. No dudaba que estuviera llorando o conteniendo las lágrimas, aunque esperaba que no. Todo lo que quería es que estuviera tranquila ahora, luego de tanto maldito estrés-. Estás a salvo, ya pasó…

-Gracias, Wade… -suspiró suavemente, con tono mucho más aliviado, aunque percibía, mientras le frotaba la espalda con mis manos, el sonido agitado de su pulso por el miedo reminiscente. No había nada que hacer, más que esperar a que se hallase mejor, y la verdad, es que no había caido en cuenta, hasta ese momento, de lo aterrado que yo también me encontraba. Fuera de la furia, la rabia ciega y el rencor que me calentaba la sangre, ahora me sentía asustado y vulnerable. Todo el confort que tenía, era su cuerpo pequeño entre mis brazos, y no quería soltarla. Aun no. No hasta que pudiera convencerla a ella, y a mí mismo, que ya no corría peligro.

Y, sin embargo, cuando vi de reojo sus manos aun atadas tras su espalda, decidí que lo mejor sería liberarla totalmente.

-¿Estás bien? ¿Estás herida? -pregunté, extendiendo los brazos para alcanzar la orilla de la cinta de ducto. Ni siquiera hice demasiada presión, ante el primer esfuerzo se rasgó como papel entre mis dedos.

-No, no lo creo… -se removió un poco, apartaándose de mi para sentarse sobre sus piernas. Parecía distraída, grotándo sus muñecas, mirando hacia todos lados como un ciervo al cual han atacado los lobos y teme que vuelvan-. Solo me duele un poco la cabeza. Alguien me golpeó… y… -se miró los dedos, las palmas-, creo que me inyectaron… elixir…

-Si no pudiste liberarte de esto, es muy probable que así sea -dije, siguiendo sus ojos y descubriendo la piel enrojecida, casi amoratada de las muñecas. La sujeté suavemente por la palma, masajeando su piel entre mis dedos. A mi no me lo había parecido, pero la habían atado con tal fuerza que tenía surcos donde la cinta estaba enterrándose, y era muy probable que tuviera hematomas al día siguiente. No quería inquietarla más, sin embargo, me preocupaba que no fuera elixir, y que fuera veneno en realidad, aunque yo sabía que, a estas alturas, ya tendría otros síntomas.

Desgraciadamente, no podía ocultar la otra alarma que encendía en ambos el hecho de que hubiera elixir involucrado en todo esto.

La miré, quizás más intensamente de lo que debí, mas pareció asustada.

-¿Quién te hizo esto?

Sacudió la cabeza con cuidado…

-No lo sé… -jadeó, relajando los hombros y observando atentamente sus manos entre las mías-. Fui un momento por café al puesto y una mujer me pidió que si podía ayudarla a encontrar el baño de damas…

-¿Una mujer morena con una niña? -pregunté, casi echándo chispas, sin querer pensar que había tenido al culpable a mi lado y lo dejé irse…

-¡No, no! -añadió rápidamente, quizás leyendome la mente-. Era una mujer rubia con un bebé, en realidad. Pensé que se habría perdido y decidí ayudarla. Sin embargo cuando llegamos al sanitario me puso una mano en la boca y creo que fue allí donde me inyectó con elixir… -apretó los ojos, conteniendo un jadeo, aunque no pudo reprimir un escalofrío al recordar-. Cuando abrí los ojos la mujer se había ido y yo estaba… así.

-¿Reconociste algo en ella? -quise saber.

Sophie me dedicó una atenta mirada.

-¿Algo que señalase que fuera una Inquisidora? -era obvio. Asentí sin soltarle las manos, pese a que había dejado de frotar su piel y ahora solo sostenía su palma entre mis puños-. También lo pensé, pero no vi nada. No sería raro, Alemania está cerca. Supongo que cada tanto rondan estos lugares. Pienso que es lo más probable, pero me preocupa más el hecho de que nos tengan vigilados, y que sepan a donde vamos… -se encogió de hombros, intentanto parecer tranquila-, pero, ¿por qué hacer esto? ¿Dejarme aquí? ¿Por qué no secuestrarme o llevarme?

-Cierra la boca… -ni siquiera quería imaginarme esa probabilidad.

-Hablo en serio -insistió, adelántandose un poco hacia mí. Se veía tan asustada. Pensaba en varias formas de hacerla sentir a salvo, que ahora quizás podría hacer- ¿Que ganarían con esto?

-Mandar un mensaje, divertirse… -gruñí entre dientes-. Son unos enfermos, hacen esto por placer. No hay otro motivo más que eso.

-No… -bajó los ojos a nuestras manos, aunque realmente no nos miraba. Veía algun punto perdido que cruzaba con nosotros-. Sé que los Inquisidores me buscan… Sé que… Gibiran está buscándome… -pronunció el nombre como si fuera un demonio prohibido. Sabía el terror que ese sujeto le causaba. A mí me causaba otro tipo de reacción que distaba mucho del miedo-. Me habrían llevado con ellos. No tiene sentido que me dejaran aquí encerrada todo el viaje solo para asustarnos.

-Quizás forman parte de otro escuadrón, quizás no tienen las mismas ordenes -sugerí. Tenía la sospecha de que todo eso había despertado un viejo temor en ella, esa ansiedad de que no importa que hagas o que pase, siempre habrá algo mal esperándo por ti. Ya comenzaba a reflejarse en su rostro enrojecido, en sus ojos inquietos.

Levanté la mano, rozándole suavemente la mejilla, despertándola de ese trance en el que estaba sumida. Se sacudió un poco, quizás sobresaltada por el roce, o quizás de ver lo que hacía, y pude ver ese milagroso momento en el cual se le colorearon las mejillas. Estuve a punto de hacer algo más que acariciar su mejilla, cuando caí en cuenta de algo que había dicho.

-Espera… -no sabía si había oído bien, o si me lo habría imaginado, pero podría jurar que dijo que había estado encerrada allí… todo el viaje- ¿Como que "todo el viaje"?

Ella soltó una risilla decepcionada.

-¿De verdad nadie notó que no estaba?

-Sophie, no llevas aquí más de veinte minutos -añadí rápidamente. No, era un error suyo. Estaba desorientada. El miedo le hizo creer que habría pasado más tiempo-. Hablé contigo hace unos minutos…

Me miró como si estuviera loco, sacudiendo temblorosamente la cabeza de un lado a otro.

-¿Qué…? -preguntó, confundida.

-¿En las bodegas? -insistí, adelántandome hacia ella, sintiéndo el pecho vacío-. Hablé contigo sobre Edrick, me regañaste porque lo golpeé… -Nada. No sonaba nada en ella. Comenzaba a perder la paciencia- ¿La charla sobre el Aégis, lo de Irina…? -negó de nuevo, y una parte de mí creyó que bromeaba-. Sophie, maldita sea, nos besamos hace unos minutos…

Esperaba que preguntase cuanto tiempo pasó desde que hablamos, y que eso último la hiciera reaccionar, si estaba jugando, pero todo lo que recibí como respuesta fue un ceño fruncido sobre unos ojos lacrimosos.

-Wade, ¡estoy aquí encerrada casi desde que partimos de Horsens! -espetó con los dientes apretados, alejando sus manos de las mías de golpe. Estaba furiosa, había algo roto en su voz. Habría querido consolarla, sin embargo, también se rompió algo en mí.

¿Lo había imaginado? ¿Era esto parte la ruptura del sello? ¿Alucinaciones?

No, Jillian también lo vio. No podía ser una ilusión. Pero, si no era un sueño, si había sido real… ¿que rayos…?

Sophie se puso de pie, con la cara enrojecida y llorosa. La miré de pies a cabeza. No podía creer que no hubiera sido real. No sabía cómo probarlo.

-¡No sé a que juegas! -gruñó enfurecida, como si fuera yo quien le había hecho daño- ¡No he hablado contigo desde que dijiste que ibas a mantener tu distancia! ¡Así que no, no he hablado contigo hoy de nada! ¡No sé a que juegues conmigo, pero deja de hacerlo! ¡Dejame en paz! Eso querías, ¿no?

No sabía que decirle, como pararla y explicarle. En especial cuando cai en cuenta de su ropa. Su abrigo…

Su abrigo era azul, no rosa…

Había estado allí todo ese rato, y lo que vi, no era una ilusión, porque Jill también lo vio…

Mierda…

Debí ponerme de pie muy bruscamente, quizás tan bruco como le sujeté la mano, porque ella retrocedió sobresaltada. Lamentablemente, yo estaba demasiado absorto por lo que acababa de razonar que ni siquiera le pedí disculpas.

-Sophie, la mujer que viste -dije-. Rubia, de cabello rizado… ¿usaba un abrigo rosa?

Me miró aturdida, titubeando antes de responder. Rogaba que dijera no. Rogaba que fuera solamente un delirio de mi paranoia.

-Sí… -dijo finalmente. Se sintió como si el mundo hubiera sido desgarrado por un velo de oscuridad fría.

Rubia, de cabello rizado. No había imaginado lo que ocurrió con Sophie, simplemente no era "Sophie" con quien hablé. Era otra personas. Y solo conocía a una persona, capaz de cambiar su forma, rubia y rizada, que querría hacerle daño a Sophie y podría hacerse pasar por ella.

Tenía el cuerpo entumecido, no era capaz de sentir mis brazos y piernas, y me invadió una insoportable sensación de terror. Casi tan intensa como la tormenta de rabia que me tensaba como el arco de una ballesta.

-Maldita sea… -jadeé, y me llevé una mano a la boca. No podía ser, ¿como había sido tan estúpido? -. Tiene que estar jodiendome…

-¿Qué? -preguntó Sophie, y cuando la miré, cuando la vi, sujetándome el brazo, pequeña, de pronto preocupada por mi cambio, me llenó ese mismo horror que cuando iban a matarla en Heilldermeister.

Y comprendí que era un idiota. Era un estúpido.

Había querido con todas mis fuerzas que fuera ella, que pasé por alto todas la señales que indicaban lo contrario…

Con quien hablé, no era Sophie, había sido Irina…

Y sin saberlo, le había confesado no solamente la condición de mi sello, sino los planes de Edrick, nuestros planes de viaje, sobre Kreous, Radiatta, la otra mitad de la reliquia, y que aquellos secretos oscuros de mi pasado eran algo de lo que Sophie no tenía ni idea…

Acababa de darle un torrente de información que podría ponernos en peligro a todos…

Pero, en especial, a la chica que me veía, nerviosa y asustada, con sus manos pequeñas sobre mi brazo. La chica que, muy probablemente, en cuanto supiera la verdad de todo, lo último que querría, sería estar cerca de mí, y que corría más peligro que todos nosotros.

-Sophie -murmuré con la boca seca por la ira y el temor-, creo que acabo de joderlo todo…

o.o.o

-¿Como va ese brazo?

Bharus levantó la vista de la mesa baja, mirando a la criatura que acababa de entrar por la puerta de la sala de estar. Había estado mirando la botella de cerveza, las gotas que se formaban sobre la superficie, mientras pensaba en cosas que quizás ni deberían ocupar su mente en ese momento. Llevaba varios días metido en ese sitio, una vieja casucha en el medio del bosque en Irlanda, donada "amablemente" por una pareja de recién casados que la había elegido para que fuera su hogar de ensueño. Lástima que nunca llegarían a disfrutarla ahora. Los había matado para desahogar su furia y frustración, luego de la paliza propinada por su último oponente en Inglaterra. Necesitaba comprobar que aun podía partir huesos como palitos de pan y aplastar cabezas como si fueran mantiquilla. Aun sin un brazo, era poderoso, siempre lo había sido, y eso mismo le hería profundamente en el orgullo.

Presentarse así frente a sus mercenarios, sin un brazo, con la cabeza abollada y, en general, hecho una masa de carne y moratones y sangre, era algo que no podía permitirse. Así que toda la comunicación desde el incidente, había sido a distancia. El problema era que no esperaba tardar tanto.

Y mucho menos que esa demonesa actuara tan rápido en conseguir algo que él no pudo. No lo admitiría en voz alta, nunca, claro está. Pero eso no le enfurecía menos. O quizás no lo habría conseguido, aunque eso tampoco ayudaba.

-¿Que diablos has venido a hacer aqui, Irina? -soltó como un escupitajo. La demonesa se apoyó en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una burlosa sonrisa en sus labios color rosa como el abrigo con borrega que llevaba encima.

-Soy un ave de la buena fortuna -murmuró con tono desdeñoso-. He venido a traerte nuevas.

-¿Has traído la cabeza de esa maldita bruja? -refunfuñó, e Irina se echó a reír como si la idea le diera gracia.

-Oh, no, aun no -dijo, echándose a andar hacia el sillón donde se encontraba Bharus. No entendía porque el lider de los mercenarios había elegido ese sitio para esconderse; era una casa hogareña, con un monton de fotos de pareja en las paredes, una enorme pantalla sobre la chimenea, que ahora ardía con fuego verde, delante de Bharus, y una repisa llena de muñecos de porcelana en la pared trasera. Parecía de esas habitaciones de catálogos de muebles-. Pero conseguí un poco de su sangre y…

-¿Para que demonios quieres su sangre? -Bharus puso los ojos en blanco, tomando la botella en su mano buena y bebiendo un largo trago. Como le gustaba perder el tiempo a esa mujer. Por otro lado, no es que pudiera hacer mucho por el momento. Pese a que había podido regenerar su brazo, dolía como si estuviera envenenado, y era como si no pudiera regenerarlo más de un porcetaje al día. La piel lucía amortada, llena de venas coloreando los delgados músculos que parecían debilmente aferrados a los huesos. Parecía algo ajeno a él. Lo hacía sentirse débil, en especial el tenerlo en un cabestrillo.

-Ah, eso es un secretito -respondió, ignorando la actitud del mercenario y caminando para tomar asiento cerca de él-. Pero tengo algo que puedo compartir contigo; información muy valiosa -se dejó caer libremente. Los rizos de su cabello rubio rebotaron elásticamente-. Resulta ser que al final se decidieron a ayudar a Edrick; ahora mismo están viajando a Bielorrusia para encontrarse con Ondina en Bialowieza esta noche, o quizás mañana temprano. No estoy segura de porque quieren llegar con ella, pero creo que planean conectar con Kreous a través de ella.

Bharus se recostó en el sillón, con expresión several.

-Entonces lo que decía ese niño era verdad -comentó, limpiándose la boca con la mano izquierda-. Realmente Kreous fue quien le ayudó.

-Sí, pero lo importante no es eso -continuó Irina, con la vista en la chimenea-. El shinigami, Wade, ¿Lo recuerdas?

Bharus no respondió; aquella expresión satisfecha y burlona de Irina le hacía querer golpearla hasta el cansancio. Claro que lo recordaba…

-Ahora sé como es que fue capaz de dejarte así… -dijo despectiva, señalándo suavemente con la mano, como si fuera una verdadera desgracia, un ave al que un gato ha usado como juguete para morder y arañar-. Hace un tiempo te conté sobre él, y sobre el ojo de Cerbero que sellaron en él, en Heilldermeister, ¿recuerdas?

-Sí -gruñó. Odiaba oír ese nombre, y ella parecía querer recordárselo a cada rato- ¿Que hay con eso?

-Creo que el día que luchaste con él se vio forzado a romper ligeramente ese sello -Irina parecía recelosa-. No tanto como lo hizo cuando destruyó Heilldermeister, pero lo suficiente para… bueno, hacerte esto… -señaló su brazo, y Bharus tuvo que reprimir sus impulsos de ahorcarla, mucho más cuando ella lo notó y se echó a reír- ¿Qué es lo que hiciste para ponerlo así de desesperado?

-Apuñalarlo con una daga envenenada, desangrarlo casi hasta la muerte -refunfuñó-. Golpear a esa maldita bruja… -recordar su cara le hacía sentir un mal sabor en la boca-. Debí arrancarle los brazos y la cabeza cuando tuve oportunidad…

-¿Para qué? -inquirió ella, ladeando la cabeza hacia él y echando los codos sobre el respaldo del sillón-. Viva nos es más útil, y aterrada, sabiendo que su vida corre peligro, mucho más. Es un excelente medio para manipular a Lovecraft. Puede ser un rehén potencial, una amenaza, una motivación, una pieza de intercambio. Matarla solo complicaría todo, en especial luego de lo que supe de la reliquia que buscamos…

Bharus la miró, de pronto motivado por la conversación. Una sonrisa retorcida apareció en su rostro pétreo.

-Te escucho.

-Lovecraft sabe donde está -confesó finalmente, apoyándose sobre sus rodillas, con los codos sobre sus piernas y el cabello rizado sobre su hombro-. No ha dicho donde, pero lo sabe. Si jugamos bien nuestras cartas, la bruja podría ser un excelente modo de conseguir lo que queremos.

-¿Por qué no la secuestraste de una buena vez, entonces? -insistió Bharus, haciendo un gesto con la mano-. Quizás no tengamos otra oportunidad de acercarnos tanto, en especial si llegaron a notar tu presencia.

Irina se echó a reír, echándose nuevamente hacia atrás, mientras recordaba las travesuras que había hecho, lo fácil que fue llevar a la bruja a un sitio a solas, hundirle la jeringa en la espalda y dejarla indefensa, haciendo equilibrio por su vida. Habría querido que fuera una daga y no una aguja, retorcerla en su carne y sentir sus manos empaparse por la sangre.

Lo desesperado que estaba Lovecraft por ser correspondido que ni siquiera notó que no era realmente Sophie con quien hablaba. Lo sencillo que fue engañar a esa ángel. Había sido como un juego de niños, y había obtenido más información de lo que le diría a Bharus o lo que simplemente dejaba ver la situación superficialmente. Todos ellos estaban demasiado confiados, y a juzgar por ese viaje tan largo, estaban haciendo las cosas de forma "legal", quizás para complacer al ángel.

-Oh, lo notarán, creéme -suspiró divertida-. Pero eso no importa. De cualquier modo, en este momento no nos serviría de nada secuestrarla. El sello se ha roto, y por el momento, puede controlar esa presión demoníaca, lo cual es una ventaja para él. Sería suicidio hacerle frente por el momento; te arrancaría la cabeza, y buena suerte recuperándote de eso. No, hay que esperar. Conforme pasen los días, la ruptura crecerá, hasta que apenas sea capaz de dominar su propia presión vital… -Irina estaba seria, aquello no parecía hacerla sonreír, ni causarle gracia-. Cuando eso pase, ocurrirán una de dos cosas; va a suprimir su presión por completo, incluso su presión vital, lo cual lo dejará tan fuerte humano enfermo de muerte. La segunda, es que comience a perder el control, hasta que el poder de Cerbero lo absorba por completo. Un tercer escenario es que Ondina o Kreous le ofrezcan una cura, y en ese caso, solo tendremos que preocuparnos por un shinigami común y corriente.

-Habría sido bueno saber todo esto antes de enfrentarlo… -espetó Bharus-. Maldita sea, han pasado tres días y no entiendo porque mi maldito brazo sigue así…

-Es por la presión de Cerbero -explicó ella, aun pensativa en el sello, en la posibilidad de que Lovecraft sucumbiera ante el segundo escenario-. Recuerda que Cerbero es básicamente un titán. Su presión es primigenia.

-¿Que demonios significa eso?

-Podrías decir que sería el equivalente a un ángel caído -dijo, sin mucho interés-. Recuerda que las Potestades fueron quienes crearon a los titanes; nada que salga de sus manos es maligno, pero tampoco son ángeles. Su presión es divina, pero su naturaleza es demoníaca.

-Un híbrido… -soltó-. No sé porque le das tantas vueltas…

-No es un híbrido, no es como los Génesis -contínuo ella, ajena a la molestia del demonio-. Los híbridos tienen una presión que no se inclina a ningún lado de la balanza. Cerbero es básicamente un demonio armado con presión divina. Dicen que puede usar ambas presiones. Eso es un ser primigenio...

-Es básicamente un vampiro armado con estacas de madera y un collar de ajos -se apresuró a decir Bharus, fastidiado por la maldita explicación-. Que estupidez…

Irina lo miró de reojo; no comprendía como podía haber formado una alianza con un bruto como ese, y mucho menos como podía tener un poderoso grupo de demonios mercenarios bajo su mando. Bharus no tenía visión, y a juzgar por lo poco que conoció de él los últimos días, tampoco tenía paciencia. Sintió el celular sonando en su bolsillo del pantalón, y agradeció mentalmente esa interrupción para largarse de allí.

-Me temo que tengo que irme -dijo rapidamente, antes de que aquel idiota le preguntase más. Se levantó veloz, acomodándose el cabello con la mano libre y buscando el tléfono con la otra, mientras caminaba hacia el enorme espejo decorativo sobre una mesita de madera, sobre la cual había una serie de siete elefaltes de cristal, ordenados del mas grande, tan alto como una copa de vino, hasta el más pequeño, apenas más alto que su meñique. Eran para la suerte, o eso creían los humanos, aunque a sus últimos dueños no les sirvió de mucho. Sonrió, se acomodó el cabello, se giró hacia Bharus-. Ya hablaremos del siguiente paso del plan.

-¿Y cuando se supone que será eso?

-En un par de días -respondió, intentando cortar la conversación lo más posible-. Necesito tiempo para poner en marcha otros asuntos que tengo pendientes, otras piezas de ajedrez. Peones que puedo usar, caballos que puedo usar para cubrirme y esas cosas. En cuanto sepa más, te lo haré saber…

Esperó que Bharus le respondiera, pero ni siquiera la volvió a mirar. Se recostó de nuevo en el sofá, mirándo el fuego como si pensara en todas las formas que podía usar para torturar a sus enemigos con él.

Mientras tanto, Irina salió por la puerta principa, hacia el pequeño jardín de hortalizas, ahora destrozadas, perteceniente a los difuntos dueños de la casa. Bajo las estrellas, pensó en la última vez que estuvo en Egipto, y como pudo observar toda la Vía Láctea, en un cielo tan salpicado de estrellas que parecían más una enorme mancha luminosa, que simples puntitos de luz. Recordaba a la persona tendida a su lado, sujetando su mano…

Y pensó en lo que haría cuando lo recuperase…

Pero no sería ese día. Así que abrió el teléfono y, con una mórbida sonrisa, observó el mensaje que ahora podía leerse en la pantalla.

"Solo quería decirte que me divertí mucho ayer por la noche, y no puedo esperar a verte de nuevo hoy. Sé que solo faltan un par de horas, pero realmente estoy ansioso. Ya quiero verte, y escucharte reír"

"Oh, Weber, eres muy dulce, yo tampoco puedo esperar", escribió, y casi de inmediato, le llegó la respuesta.

"Deja de llamarme Weber, es demasiado formal. Llámame Gibiran, o comenzaré a llamarte señorita Marwell"

Irina sonrió, mas cruel, más resuelta. Aquello iba a ser tan fácil…

"De acuerdo, Gibiran, no puedo esperar a verte esta noche. Además… tengo una sorpresa para ti"

o.o.o