Capítulo 65
Tiempo.
Tres días, 72 horas, 4320 minutos.
Ese era el tiempo exacto que había transcurrido desde que Quinn abandonó la casa de Rachel aquella noche de domingo, envuelta en un malhumor sin sentido, que, a pesar de trastornar sus horas de sueño, le servía para mantener cierta distancia con Rachel y así, evitar cualquier tipo de conflicto que pudiese perjudicar el plan que Santana ya había preparado.
Un plan que, por supuesto, ella desconocía por completo, pero que, tras una nueva charla con su amiga, tuvo consciencia de que Rachel estaba dispuesta a llevar a cabo por el bien de su hija. Lo que Santana pretendía que la morena hiciese era algo que se escapaba de su imaginación, y el secretismo que mantenían ambas, hacía mucho más complicado imaginar siquiera de lo que se trataba.
En esos tres días que habían transcurrido hasta ese instante, podía contar con los dedos de una de sus manos los escasos encuentros que había mantenido con su chica, porque a pesar de aquella tensa situación que las envolvía, seguía siendo su chica.
Unos encuentros que se producían casi siempre en el teatro y solo un par de ellos en el hogar de la morena, donde Quinn acudía con la intención de poder pasar algo de tiempo con Emily. Pero nada más. Nada de cenas románticas, nada de noches a solas o paseos por el parque.
Ambas sabían que la situación era extraña, que la tensión se acumulaba en ellas cada vez que se encontraban, y los flecos de la absurda discusión que mantuvieron, seguían presentes, aunque no quisieran. O quizás sí, porque para Quinn aquella discusión seguía siendo la excusa perfecta para evitar contarle todo lo que sucedía respecto a los paparazis, y dejar que esos días pasaran lo más rápido posible. Hasta que Rachel pudiese llevar a cabo la terapia.
Pero eran tres días, con sus 72 horas y sus 4320 minutos correspondientes, y estar tanto tiempo con aquella sensación de malestar comenzaba a pasarle factura. Tanto que su humor se veía resentido y terminaba afectándole donde menos debía hacerlo, en el trabajo.
Fueron varios los encontronazos que tuvo con algunos de sus compañeros durante los ensayos de aquellos días. Tanto que incluso la llevaron a recibir un toque de atención por parte del director.
Nadie se acostumbraba a que aquella chica que siempre se había encargado de formar un buen grupo entre sus compañeros, de reunirlos en cenas y gastar todo tipo de bromas con ellos para hacer más amenas las largas horas de ensayos, se mostrase desconfiada y arisca con sus compañeros.
Y ese mismo mal humor, no solo lo recibía Rachel o sus compañeros, también empezaban a ser testigos de ello los paparazis que, desde el lunes de aquella misma semana, comenzaban a perseguirla en su trayecto hasta el teatro.
Unos paparazis que según le había informado Mónica, la perseguían cuando menos lo esperaba por culpa de la novedad que suponía aparecer en la portada de la revista más importante de Broadway. Todo aquello, más los ya incesantes rumores que la unían a Rachel y que, por supuesto, todos aquellos fotógrafos ya conocían, empezaban a hacer de la vida de Quinn una continua tortura.
— ¿Otra vez esos paparazis? —cuestionaba Matt tras ver aparecer a la rubia en el interior del teatro, de nuevo, un día más, con aquel desagrado en su rostro.
— Sí, no dejan de perseguirme y ya estoy cansada. No sé qué buscan en mí.
— ¿Qué van a buscar, Quinn? Pues a la chica que ha salido en la portada de la revista Broadway magazine—respondía acompañándola hacia el escenario.
— Eso no tiene sentido. Si quieren algo no tienen más que leer la entrevista que me hacen, además todavía no soy nadie, ni hago nada que pueda interesarles—se quejó—. Solo camino por la calle, como cualquier persona que va a trabajar o de regreso a su casa. Nada más.
— No te preocupes ¿Ok? El mes que viene saldrá otra chica en esa portada e irán en busca de ella.
— Pues no es un consuelo. No creo que aguante tres semanas más así.
— Bienvenida a Broadway—bromeó el chico.
— No tiene gracia, Matt. No lo estoy pasando muy bien, te lo aseguro—respondía desganada.
— ¿Por Rachel? ¿Cómo lo está llevando ella?
— Shhh—susurró—. Ni se te ocurra mencionarla—espetó lanzando una mirada a su alrededor para asegurarse de que nadie podía oírlos—. Cada día que pasa, confío menos en la gente.
— Relájate Quinn, nadie va a entrar aquí para sacarte fotos.
— Es lo único que me falta para tener un álbum completo—espetó con sarcasmo—. No, no quiero hablar de ella en ningún sitio que no sea mi casa o su casa, ¿Ok?
— Ok, no vuelvo a preguntarte… Bueno sí, te voy a preguntar, pero de otro tema.
— ¿Qué tema?
— Pues del que nos ha traído hasta aquí ahora ¿Tienes idea de que va esta reunión?
— Pues no, aunque te parezca surrealista, no me ha dicho nada del motivo de la reunión—respondía con sinceridad.
Era miércoles, casi las 7 de la noche y tanto Quinn como el resto de actores y bailarines del musical, se reunían en el escenario principal tras una inesperada llamada de Gio y su pequeño equipo de dirección, en el que también entraba Rachel.
No había tenido ocasión de preguntarle directamente, porque ésta llevaba prácticamente todo el día encerrada en su despacho recibiendo multitud de visitas. Entre ellos, la de Kevin.
Quinn temía que la continua persecución que estaba sufriendo en aquellos días, terminase por destruir lo que con tanto esfuerzo estaba llevando a cabo, y aquella improvisada reunión, no le daba muy buenas vibraciones.
Estaban todos, incluidos los técnicos de luces, de sonido, vestuario, atrezo, absolutamente todos los trabajadores de aquel musical, que ya ocupaban las butacas más cercanas al escenario para atender a la petición de Gio, que, con algo de nervios, pedía paciencia hasta que llegase la verdadera protagonista de aquella sesión.
Rachel.
La morena tardó casi cinco minutos en aparecer en el escenario, y lo hacía portando una pequeña carpeta entre sus manos y sin poder contener la agitación en su pecho, síntoma inequívoco de que los nervios estaban acusándola.
Quinn la observó detenidamente. Podía ver aquellos nervios en sus gestos, pero a la vez, vislumbraba un extraño y alentador brillo en sus ojos que podría jurar, era de felicidad.
—Hola chicos—habló Rachel alzando la voz, tratando de obtener la atención de todos—. Supongo que estaréis extrañados por esta reunión, pero bueno, era la única hora que teníamos libre después de todos los ensayos del día. Siento haber hecho regresar a los que ya os habíais ido, pero es de vital importancia que estuvieseis aquí ahora. Y no podía retrasar esto a otro día más—se excusó—. Por ello os pido disculpa si he interferido en vuestros planes—hizo una larga pausa para abrir la carpeta y dirigirse hacia el improvisado público mientras se acercaba al borde del escenario, tratando de quedar lo más cerca posible de los chicos—. Veréis, si le he pedido a Gio que os reuniese aquí, es porque quiero haceros participe de algo que nos puede cambiar la vida a todos—remarcó—. Y vosotros sois el alma de este proyecto, sin vosotros, sin vuestra opinión, yo no puedo decidir nada.
Quinn se desesperaba. No entendía por dónde iba aquella charla ni el motivo que la había llevado hasta allí. Simplemente, y al igual que el resto de sus compañeros, se impacientaba por saber de qué iba todo aquello.
— La gran mayoría de vosotros no lo sabéis, pero hay algunos que sí—lanzó una fugaz mirada hacia su chica y no pudo evitar sentir como el nudo que se había afianzado durante aquellos días en su garganta, se dejaba notar de nuevo con más fuerza aún si cabe—. El jueves de la semana pasada recibí una llamada del despacho de la señora Kristen Watson, —recuperó el discurso— supongo que la gran mayoría sabréis quien es, y quien no lo sepa, pues ya se lo digo yo—se aclaró la voz—. La señora Watson es una importantísima directora y productora de musicales. Toda una eminencia en Broadway que hoy, después de la llamada de la semana pasada, ha estado aquí, en nuestro teatro, observando alguno de vuestros ensayos. Aunque vosotros no la hayáis visto, y que después de ello, ha mantenido una larga reunión conmigo y con Gio—lanzó una mirada hacia el director, que había optado por colocarse a su lado—. Lo cierto es que la señora Watson nos ha traído la mejor de las noticias que podrían darnos—sonrió por primera vez—. Está realmente interesada en colaborar con nosotros, pero no de una forma parcial, como han venido haciendo algunos de nuestros inversores colaboradores—aclaró—. La señora Watson quiere—tragó saliva—, quiere co producir la obra conmigo—hizo una pausa tras escuchar el murmullo entre los actores que se sorprendían—. Por eso estoy aquí, por eso os he reunido. Me gustaría pediros permiso a vosotros para firmar ese contrato de colaboración, y poder contar con todo lo que esa mujer nos ofrece.
Se miraban incrédulos. Matt lo hacía con Quinn, que aún no apartaba la mirada de Rachel, completamente orgullosa por lo que aquellas palabras suponían para su carrera, pero a la vez, temerosa por lo que se venía para ambas.
— Perdona Rachel—habló Matt tras no recibir respuesta alguna de Quinn—. Perdona que te interrumpa, pero ¿Qué sentido tiene que nos pidas permiso? —cuestionó confuso—Tú eres la productora y nosotros solo somos trabajadores. Todo lo que hagas supongo que será en beneficio nuestro y del musical. No creo que sea necesario que nosotros tengamos que decirte si sí, o si no.
— Gracias Matt—respondía Rachel—. Gracias por otorgarme esa confianza, y no tengas duda de que todo lo que hago, es por el bien del musical, que a la vez os repercute en vosotros, y, por supuesto, es algo bueno para mí—aclaró—. Pero si os estoy pidiendo permiso, es porque necesito de vuestra ayuda para poder aceptar ese contrato.
— ¿Nuestra ayuda? —volvía a preguntar el chico, que sin pensarlo se había erigido como el portavoz del grupo.
— Sí, vuestra ayuda—respondía Rachel lanzando una mirada hacia la carpeta—. Veréis la señora Watson está dispuesta a invertir una gran cantidad de dinero, algo que nos dará más posibilidades de promoción, nos hará tener mejores infraestructuras y podremos competir con los grandes. Pero todo eso tiene un precio, algo que solo está en vuestras manos—volvía a tomar aire para continuar con el discurso—. La señora Watson me pide que el musical no se estrene en la fecha que está previsto, que es julio sino, que se adelante a una fecha que ella estipula—volvía a detenerse para mirar a Gio—. Si queremos que invierta en nosotros tendremos que estrenar el musical en mayo.
— Mayo—se escuchó entre murmullos casi al unísono en el patio de butacas. Todos se miraban incrédulos tras escuchar a Rachel. Estrenar la obra en mayo suponía hacerlo dos meses antes de lo estipulado y, por ende, solo tenían tres meses para perfeccionar los ensayos y estar en plena disposición de un acontecimiento como aquel.
— Chicos, sé que es una locura, o al menos eso es lo que pensáis, por eso estoy aquí, esperando vuestras respuestas. La señora Watson se encargaría de que todo estuviese perfectamente preparado para esa fecha, lo único que tenemos que hacer nosotros es ensayar. Y me incluyo yo, porque de esta forma, podría trabajar más con vosotros y alejarme un poco de los despachos—informó—. Gio ha estado presente en la reunión, y después de ella me ha comentado que estáis perfectamente preparados para conseguir algo así. Que todo el montaje de las escenas está prácticamente acabado y que solo quedan pulir algunos errores y fallos que son normales. De hecho, por experiencia propia, os diré que muchos de esos errores que ahora se cometen, solo se arreglan cuando ya estás en las funciones oficiales, con el paso del tiempo y el trabajo—añadió—. Pero, aun así, aun sabiendo que tanto Gio como yo estamos completamente convencidos de que se puede hacer en este corto plazo de tiempo, yo os pido a vosotros que me indiquéis si estáis dispuestos a hacerlo. Si queréis esforzaros un poco más.
— ¿Tú confías en nosotros? —volvía a cuestionar Matt.
— Por supuesto Matt, confío tanto en vosotros que no pienso aceptar esa propuesta si no estamos todos de acuerdo. Porque éste es nuestro proyecto, el de todos, y yo sin vosotros ahora mismo no soy nadie.
— ¿Puedo hacer una pregunta? —intervino Broke, que había permanecido en absoluto silencio.
— Claro, es el momento.
— Bien, suponiendo que nosotros estuviésemos de acuerdo y tú aceptaras esa colaboración de Kristen Watson ¿Significará eso que nuestra fama sería mundial? Porque por lo que he oído de esa mujer, sus proyectos se publicitan a nivel internacional.
— Así es, Broke—respondía Rachel—. Ella se encargará de que no solo nos conozcan en Nueva York, sino que tendremos afluencia de público de muchos países y, evidentemente, algo que no he comentado pero que, por supuesto también sucederá, es el aumento de vuestros sueldos y vuestro caché. Porque no es lo mismo trabajar para mí, que para la señora Watson—sonrió.
Volvían las miradas entre el grupo, pero esta vez con algunas ilusionantes sonrisas provocadas por aquella última parte del discurso, en el que se hacía mención de sus honorarios y la fama que esto les reportaría. Algo que parecía interesarles más que cualquier otra cuestión. Excepto a Quinn y a Matt.
— Rachel, yo estoy aquí por ti—alzó la voz el chico—. Y si tú consideras que eso es lo mejor para nosotros, cuenta con mi apoyo. Estaré disponible cuántas horas sean necesarias para dar lo mejor de mí.
— Muchas gracias, Matt—se dirigía al chico—, pero necesito la implicación de todos, no solo la tuya.
—No creo—habló de Broke—, no creo que nadie de los que estamos aquí se vaya a quejar de tener un salario más alto—lanzó una mirada a su alrededor—¿O me equivoco?
Negación. Esa fue la respuesta al unísono de todo el grupo.
— Me temo que vas a tener que firmar ese contrato—volvía a hablar Matt tras aquella intervención de la actriz.
— Chicos, es el momento de hablar si alguno no estáis de acuerdo. Escucharé todas y cada una de vuestras dudas, y tomaré el tiempo que sea necesario si lo queréis hacer por privado. Así que os lo pregunto directamente ¿Hay alguien que no esté de acuerdo con esto? —Nadie se pronunció — ¿Alguien quiere hablar conmigo en privado? —volvía a preguntar, pero de nuevo no recibía respuesta alguna—. Ok, entiendo que todos estamos de acuerdo y que yo mañana puedo hablar con la señora Watson y decirle que estamos a su disposición ¿Verdad?
Ahora sí. Tras aquella pregunta, todos asentían conformes a la petición de la morena y daban por zanjada aquella reunión que apenas duró media hora. Y que acabó dibujando sonrisas de ilusión en unos y de satisfacción en otros, que veían como su popularidad iba a ascender tras la llegada de una de las grandes productoras de Broadway.
Todos salían del teatro con las buenas vibraciones de que algo grande se acercaba. Todos excepto Quinn, que tras ver como la gran mayoría de sus compañeros iban alejándose, se acercó a Rachel que se mantenía junto a Gio, Joseph y varios técnicos más.
— Rachel—susurró llamando su atención. La morena no tardó en apartarse del pequeño grupo y atender a su chica.
— Hey… Dime.
— ¿Podemos hablar en privado?
— ¿En privado? —cuestionó extrañada—¿Ocurre algo? No me digas que estás en desacuerdo.
— No, no—interrumpía—. No tiene nada que ver conmigo—respondía—. Es solo que me gustaría hablar contigo en privado.
— Ok, espera a que haga unas llamadas y nos vamos las dos a casa a cenar ¿Te parece?
— Prefiero que sea aquí—respondía rechazando la invitación—. Creo que es más adecuado que sea en tu despacho.
— Está bien vamos—balbuceó preocupada. Volvía aquella sensación, aquel nudo en su garganta que se había adueñado de ella desde la última discusión hacía ya tres días, y que no le permitía respirar ni dormir con tranquilidad.
Aquella palabra, aquel verbo que utilizo para excusarse de su escapada a Miami no tenía cabida en su mente.
Pensar.
Cada día, cada hora, cada minuto que habían transcurrido desde que escuchó aquella palabra en los labios de Quinn, sentía que era un paso más hacia una posible huida de su chica. Más aún si le añadías los esquivos que provocaba la rubia cada vez que se iban a encontrar en algún lugar, o el rechazo diario a salir a correr con ella por la mañana. A pesar de que su excusa era la de entrenar en el gimnasio.
Rachel sabía que había algo más, y eso empezaba a cuestionar de nuevo su inseguridad. La misma inseguridad con la que se adentraron en su despacho, donde Quinn, tras comprobar una vez más que nadie las perseguía, cerraba la puerta.
— ¿Tan urgente es que no puedes esperar a cuando cenemos esta noche?
— No, no voy a ir a cenar a tu casa, Rachel—respondía con seguridad—. Estoy cansada, necesito dormir. — Volvían las excusas, pensó Rachel, que, con aquella, ya eran tres los días que había rechazado cenar con ella a solas.
— Ok ¿Y bien? ¿Qué dudas tienes? —cuestionó la morena tratando de mostrarse relajada.
— No, no son dudas en sí—respondía Quinn bajando la mirada—. Solo me gustaría saber que va a suponer todo esto para nosotras.
— ¿Para nosotras? No te entiendo Quinn.
— Rachel, sabes que tenemos que protegernos y ahora mucho más si cabe—musitó sin perder detalle de su mirada—. Tengo a una legión de paparazis infiltrados que me persiguen desde el lunes, y ahora, cuando firmes ese contrato con esa mujer, todo el mundo va a hablar de ti—tragó saliva—. Vamos a estar en boca de todos.
— Quinn, es lo que sucede cuando estás a punto de estrenar un musical. La única diferencia es que se va a adelantar.
— Pero tú misma has dicho que la publicidad es a nivel mundial.
— Quinn—se mostró preocupada—¿Ocurre algo? ¿Estás agobiada con la fama?
Bajó la mirada. Como no hacerlo cuando no podía responder con absoluta sinceridad a aquella pregunta.
Por supuesto que estaba agobiada con la fama, siempre lo había estado, de hecho. Pero lo que estaba por suceder era más grave de lo que jamás pensó que pudiese llegar a ser, y ni siquiera le perjudicaba a ella misma, sino al que estaba siendo el gran amor de su vida.
Tener a esos fotógrafos tratando de sacar instantáneas de su día a día, la cohibía de poder tener siquiera relación secreta con ella. No podía salir ni entrar de su casa sin que esos chicos la encontrasen, y por culpa de ello, la vida privada de Rachel y su carrera profesional podrían verse perjudicadas. Y mucho más ahora, que tras saber que aquella productora iba a invertir en ellos, tenía la oportunidad que tanto había estado buscando a escasos tres meses de distancia.
Era un suspiro si lo comparabas con el tiempo que habían pasado sin estar juntas como pareja. Pero dolía. Quinn sentía como un pellizco se adueñaba de su estómago al imaginar esos tres meses buscando excusas, o simplemente mintiéndole para evitar que pudiesen relacionarlas como algo más que dos compañeras de trabajo. Porque a pesar de que Santana tenía un plan en su terapia que, al parecer, le iba a dar la oportunidad de poder ser sincera, no podía pensar que aquello fuese a funcionar tan rápido. Nadie cambiaba de un día para otro, y mucho menos si el motivo era la salud de una hija.
— Quinn ¿Qué sucede? —cuestionó con la voz temblorosa.
— Rachel no, no lo sé, pero todo esto se me escapa de las manos.
— ¿Qué?
— Es mucha presión—respondía tensando la mandíbula—. Y ahora, con esto de la señora Watson, vamos a tener que estar día y noche ensayando, dedicándonos en exclusiva al teatro y nada más ¿No es cierto?
— Eh sí. Bueno tampoco va a suponer mucho, solo… No sé un par de horas más de ensayos, y organizarlo de otra manera, para poder montarlo lo antes posible—explicó—. Pero no tienes que preocuparte, Quinn. Estás capacitada para ello.
— Yo no estoy tan segura—volvía a alzar la mirada—. Yo no creo que pueda seguir adelante con todo, con los paparazis persiguiéndome, con los ensayos y…
— ¿Y qué? Quinn, esa es la vida de una actriz de Broadway, esa ha sido mi vida desde que estoy aquí y mírame, he conseguido salir adelante.
— Y tienes que ir a terapia—fue dura.
— No, no entiendo lo que me pretendes decir, Quinn—espetó confusa—¿Estás echándote para atrás? ¿Quieres abandonar el musical?
— No—murmuró con apenas un hilo de voz—. Por supuesto que no, jamás te dejaría de esa forma.
— ¿De esa forma? —habló aturdida—Quinn ¿Qué sucede?
— Rachel, tú vas a necesitar tiempo para organizar todo esto ¿No es cierto? Quiero decir, ahora sí tendrás que hacer horas extras para conseguir que todo esté listo.
— No es esa mi pregunta, Quinn.
— Contéstame por favor—suplicó.
— Quinn, claro, claro que voy a tenerle que dedicar tiempo a esto, no es lo mismo organizar algo con cinco meses de antelación que hacerlo con tres, pero ¿Qué tiene que ver eso contigo, con ese agobio que sientes con la fama?
— Entonces, no vamos a tener más remedio que vernos menos, ¿ya sabes? No quiero distraerte, no quiero que ocupes tu tiempo en mí si lo necesitas para esto.
Silencio.
Fue lo único que existió en aquel instante en el que ninguna de las dos atrevía a mirarse, una por miedo a encontrar lo que ya temía, y la otra por miedo a que no la comprendiese.
— ¿No vernos? ¿Distraerme? —habló Rachel—¿Estar a mi lado es una distracción, Quinn?
— No, no desvirtúes la conversación, Rachel.
— ¡Pues háblame claro! —se desesperó—Dime ¿Qué diablos te pasa y por qué llevas toda la semana esquivándome? ¿Por qué ahora me vienes con no molestarme o con que la fama te agobia? ¿Tiene algo que ver con la pelea del domingo? Porque si es así, te pido que lo olvides. Yo, yo te he perdonado, Quinn. Solo, solo quiero que no temas decirme las cosas y que, si necesitas irte a pasar un fin de semana con tus amigas, pues lo hagas. Yo, yo te comprendo. Entiendo que la vida junto a mí es aburrida.
— No, no es eso Rachel—interrumpía—. No me fui porque necesitase diversión, yo tengo todo lo que necesito contigo, a tu lado. Pero ahora con todo esto vamos a tener que ceder un poco, vamos a tener que evitar las salidas al parque o no sé, tratar de centrarnos más en nuestro trabajo y hacer que esto funcione de verdad. Que merezca la pena
— ¿Me estás diciendo que, porque tenemos que trabajar un par de horas más, no vamos a poder vernos a diario, por ejemplo? —cuestionó confusa—¿O es que ya ni siquiera quieres verme?
— ¿Por qué no tratas de ponerte en mi lugar? —se molestó—No soy de piedra ¿Entiendes? No puedo con todo, Rachel. Necesito que pongas de tu parte antes de que…—hizo un breve silencio para pensar bien en las palabras que pretendía decir—. No quiero fastidiarlo, no quiero que todo se vuelva insostenible.
— ¿Pero de qué hablas, Quinn? ¿Qué pasa?
Cerró los ojos y tragó saliva. La imagen de ella, Emily y Brody corriendo por el parque y jugando con la nieve, aparecía en su mente como una película y le hacía recordar que eso era exactamente por lo que ella estaba allí. Quería mantener esa felicidad en Rachel y su hija, quería mantener esa libertad que comenzaban a disfrutar sin temores, sin miedo alguno al qué dirán o los rumores que día a día, iban menguando su reputación.
Quería que fuese feliz y libre, pero con ella a su lado en aquel instante, y todos aquellos acontecimientos que habían surgido en apenas una semana, no sería posible conseguirlo.
No sabía si aquellas palabras iban a poder salir firmes de su voz, pero necesitaba que así fuesen. Y solo la seguridad de saber que no era un final, sino un descanso, lograba entregarle esa confianza. No podía seguir discutiendo con ella y necesitaba hablar con Santana, con Mónica e incluso con Kevin si fuese necesario, pero tenía que acabar con aquella locura de excusas sin sentido y mentiras que no hacían más que hacerles daño.
— Tiempo—susurró—. Necesito tiempo para asimilar todo esto, Rachel.
No supo por qué, o quizás sí, pero la morena se estremecía tras escuchar aquellas palabras, y sentía como sus ojos conseguían inundarse de lágrimas en apenas un par de segundos. Aunque el llanto aún no se hubiese hecho presente. Y Quinn la vio. Fue testigo de cómo aquella mirada apenada se apoderaba de su rostro, y la más terrible de las culpas la azotaba. Podría jurar que aquel chasquido que oyó en su mente era su corazón rompiéndose en mil pedazos.
— Tiempo — murmuró la morena dejándose caer sobre la silla—¿Tiempo para qué?
— Para asimilarlo, Rachel. Necesito tiempo para sentirme fuerte y ser la que era, la que te podía jurar que todo iba a ir bien—tragó saliva—. Ahora no puedo asegurártelo, y te juro que no puedo vivir sin tener esa confianza en mí.
— ¿Y no basta con mi palabra? ¿No es suficiente con que yo te diga que todo va a ir bien?
— No es una ruptura—balbuceó tratando de contener el sollozo—. Yo te quiero. Eres lo más importante de mi vida ahora, y por eso necesito que me des ese tiempo. Además, te aseguro que también será bueno para ti. Tú también necesitas centrarte en…
— Deja de ser cínica—interrumpía cambiando el gesto—. Quinn, no hables de lo que yo necesito o dejo de necesitar, porque veo que no lo sabes. Ni he sabido hacértelo entender por lo que veo.
— Rachel, por favor—espetó a modo de súplica—. No estoy discutiendo contigo, no quiero separarme de ti, me vas a tener a tu lado. Solo tenemos que darnos tiempo.
— No quiero excusas—alzó la voz al tiempo que se levantaba del sillón—. Quinn, basta de tratarme como a una estúpida. No me sirven esas excusas, no me sirve que vengas a decirme que las dos necesitamos tiempo. Porque yo estoy perfectamente, porque yo estoy volviendo a ser quien era y a recuperar mi vida, esa que tú te has encargado de recordarme desde que estamos juntas ¿Y ahora me sales con eso? —se enfrentó a la rubia—. Dime la verdad, ¡dime la verdad de una puta vez! Te fuiste a Miami porque no sabías como romper conmigo y has encontrado la excusa perfecta en el trabajo ¿No es cierto?
— Rachel por favor.
— ¡No! Quinn, no. Nada de por favor. Te lo dije, te lo advertí, te dije que mi mundo era complicado y tú me decías que era lo que querías, y ese deseo apenas te ha durado un mes. Pues perfecto, no hay problema si me quieres dejar. Hazlo, pero no pongas más excusas.
— No quiero dejarte, Rachel—balbuceó.
— ¿Entonces? ¿Qué quieres?
— Quiero un tiempo para pensar, para asentarme y asimilar todo solo eso. Por favor—suplicó.
— No concibo esa palabra en una relación, Quinn—respondía sin poder contener las lágrimas—. Cuatro meses estuve, cuatro meses esperando a que Finn Hudson se decidiera a dejarme o a volver conmigo y no lo hizo. Le di tiempo para pensar y cuando regresó volvió a marcharse ¡No! Quinn, no quiero volver a sentir eso, no quiero a volver a dejar de dormir por las noches pensando si volverás o no. No quiero tener una esperanza que no va a ser real—espetó furiosa—. O estás conmigo o me dejas. Tú decides.
No, no iba a decidir, pensó Quinn, que con la mirada baja y un ataque de nervios destruyendo su estabilidad emocional, optó por no responder, por no elegir entre las opciones que Rachel le había expuesto porque ninguna de ellas era buena para ambas.
Si alguien rompía aquella relación, no iba a ser ella. Ese honor se lo dejaba a Rachel, que tras aquella actitud que mostraba la rubia, y probablemente la de los siguientes días, no iba a tardar en llevarla a cabo. Pero al menos no iba a ser en aquel instante, justo cuando lo que más deseaba era abrazarla y besarla como nunca antes lo había hecho.
— Quinn estoy esperando—volvía a hablar Rachel.
— ¿Dónde está la paciencia que he tenido contigo? ¿Por qué tú ahora no eres paciente conmigo y me entiendes, o al menos me das el beneficio de la duda? —refutó—No es justo Rachel—comenzó a llorar—. Te estoy pidiendo que confíes en mí y que tratemos de vernos solo lo justo y necesario por el bien de ambas, y tú me pones entre la espada y la pared. Creo que no es justo.
— Si fueras sincera conmigo no tendrías que elegir, pero no lo eres, Quinn
— ¿¡Qué quieres que te diga!?—Gritó dejando un sonoro golpe sobre la mesa—¿Quieres que te diga que no quiero estar contigo? Pues no te puedo decir eso porque no es cierto—suspiró con dificultad—¿No lo entiendes? Sólo te pido que me des el beneficio de la duda, que me permitas tomarme un tiempo sin sentir que he destrozado tu vida, pero tú te encargas de hacerlo. De hacerme creer que soy un monstruo sin corazón, que soy una caprichosa que ya se ha cansado de ti, y no es cierto, Rachel. No me he cansado de ti ¡te quiero! ¡te quiero como nunca he querido a nadie en mi vida, y por eso mismo te pido esto… Y algún día te prometo que lo entenderás ¡pero ahora necesito que confíes en mí de una jodida vez!—gritó girándose hacia la puerta, y abandonando el despacho con un portazo tras ella, dejando a Rachel completamente helada sin saber siquiera si su corazón seguía latiendo, ni si sus pulmones se llenaban de suficiente oxigeno como para seguir respirando.
No entendía nada, a pesar de que eso era lo Quinn le estaba pidiendo, no conseguía entender cómo hacía apenas una semana era la persona más afortunada del mundo en la cama japonesa de su chica, y ahora acababa de verla marcharse con el rostro mojado por las lágrimas, y la furia marcada en aquel golpe que soltó sobre la mesa, dejándola llena de dudas, sin saber si aquella sentencia en forma de portazo era el fin, o simplemente una nueva tanda de días en los que no volverían a verse como antes. En el que las miradas se esquivaban y solo el protocolo que marcaba el trabajar juntas, les hacía conversar como si nada sucediese en sus vidas.
Pero sí sucedía.
Que estaba rota era algo que ya no podía evitar, pero hundirse no era la mejor solución, y mucho menos, su mejor plan. Quizás Quinn tenía razón y necesitaba tiempo. No sabía cuánto ni de qué forma, pero tiempo al fin y al cabo para recuperarse, para volver a ser la misma chica de enorme sonrisa y ojos hipnotizadores que consiguió mostrarle que el mundo tenía un color especial si sonreías, y dejabas los miedos aparcados en el garaje. La misma chica que le recordó que ella era Rachel Berry. Y que Rachel Berry jamás se daba por vencida.
