Hola chicas!

Buenas tardes o noches a todas en sus respectivos países.

Pues el capítulo de "Felices por siempre" me salió un poquito larguito, así que lo dividí en dos partes. No me maten.

Pues ya esta!. Llegamos al final de esta historia. Sé que al principio dije que era un minific, pero al desarrollar las ideas que tenía en la cabeza se extendió hasta convertirse en un fic tamaño "normal" por así decirle.

Muchas, muchiiiiiiisimas gracias de todo corazón a todas o todos los que me acompañaron y leyeron mis ideas en silencio o no. Gracias por emocionarse, por reír y hasta por enojarse con los personajes. Por crecer y sacar lo bueno de la trama. Por su empatía. No tengo forma de agradecer sus rewies y el que hayan compartido con otras personas.

Esta idea en particular la traía en la cabeza desde hace mucho tiempo atrás y si bien les comenté que ya tenía un "pre" en tercera persona desde hace como un año, escribir en primera persona fue todo un reto (aunque gramaticalmente haya expuesto dos puntos de vista -Albert y candy-). Pero me gustó mucho y siento que conectamos todas en el proceso. Espero disfrutaran tanto como yo y que mis letras hayan servido un poco para distraernos de estos tiempos difíciles.

También necesito agradecerle a mi Beta Mora76. Confieso que es la primera vez que tengo una y que me cayó del cielo. Pero debo de reconocer la parte que le toca, pues fue quien me asesoró en muchísimas ocasiones cuando necesitaba aterrizar un poco los conceptos. No nos conocemos pero gracias por estar estos cuatro meses siempre pendiente de mis escritos sin importar la hora.

Pues sin más, les dejo la primera parte de éste capítulo.

¡Nos vemos en la proxima historia del güerejo adorado de mi corazón.

P.D: Si ven errores en serio que trato de evitarlos, peroooooooooooo soy una "disléxica orgullosa en terapia eterna" y en muchas ocasiones aunque yo revise se me van.

Cuidense mucho per favoreeeeee!

Bendiciones y buena vibra para todas o todos.

Moon

Capítulo 23 parte 2

Narra Candy.

Tenía revisión cada treinta días. Al cuarto mes, el doctor nos avisó que por mi peso, los latidos escuchados a través del cono y el tamaño de mi vientre, podía asegurar que esperábamos unos hermosos gemelitos.

Aquella noticia nos tomó por sorpresa, pero de igual manera quedamos fascinados.

Ya decía yo que no era posible que estuviera engordando tan rápido. Aunque había partes de mi cuerpo que Albert disfrutaba mucho debo confesar.

Respecto a él se ha portado maravillosamente, siempre atento y servicial, procurando todo lo que necesitara y anticipando mis necesidades. Aun no logro entender cómo lo hace. No obstante —y aunque me causó gracia al principio— desarrolló el "Síndrome de Couvade".

Pobre... Sufría mareos, náuseas, antojos, dolor de cabeza y un sueño que apenas lograba controlar para mantenerse despierto e ir a trabajar a la oficina. Sólo Dios sabe cuántos litros de café tomó durante el mes pasado.

Pero el muy obstinado no quería tomar ningún medicamento.

No puedo culparlo. Después de haber pasado por tanto años atrás, yo tampoco querría.

Sin embargo un día le pedí a mi médico que viniera a auscultarlo. Dándole por fin una definición a su padecimiento. Nos explicó que este tipo de síndrome se suscitan en parejas que tiene una gran conexión emocional, y aunque no es nada del otro mundo si llega a ser muy incómodo. Pero se resuelve con medicamentos. Ante tal declaración, a Bert no le quedó opción más que tomar su receta, surtirla y acabar con el sufrimiento.

A la semana se encontraba como nuevo y entonces la revolución comenzó en nuestra casa., pues limitó sus horas de trabajo en la oficina apoyándose en George, para organizar conmigo la habitación de los bebés. La cual habíamos pintado en tonos crema, pues no sabíamos el sexo.

Bueno… "pintábamos" es un decir. Realmente yo me sentaba a tejer ropita para mis nenes mientras lo miraba trabajar.

En otra ocasión salimos a comprar un reclinable muy nuevo en el mercado. Le llamaban "Reposet". Según Albert sería más cómodo a la hora de amamantar, aunque también opté por llevar una mecedora tradicional.

George había comprado infinidad de obsequios que iban desde muñecos de peluche hasta caballitos de palo, cochecitos y mil cosas más. Todos los días llegaba con algo nuevo. Prácticamente nos había llenado la habitación y Albert tuvo que colocar unas repisas extra para acomodar todo.

Por su parte Archie les había mandado a confeccionar un "guardarropa para ocasiones especiales". Debo de reconocer que no existía una de las diminutas prendas que no tuviera el sello de elegancia de mi primo. Si por él fuera, todo el tiempo vestirían como príncipes y princesas —aunque el presentía que serían nenas.

Mi padre nos regaló un divino móvil para las cunas. Con hermosos cristales delgados que al moverse emitían sonidos relajantes.

Finalmente, entre mi mamá y la abuela nos dedicamos a tejer y bordar todo para su llegada. Desde ropita, hasta los juegos de cama, así como pañales. Muchísimos pañales.

Para este momento Dorothy vivía con nosotros y me apoyaba en todo, pues a mis cinco meses la espalda comenzaba a molestarme un poco. Pero en la ausencia de Albert se volvió mi sombra para estar pendiente de mis necesidades.

Una tarde —en la que el rubio causante de mi estado— me avisó que saldría a comprar "unas cosas para la habitación de los niños" comencé a preocuparme porque no llegaba. Habían transcurrido un par de horas. Iba a comenzar a preguntar por él, pero de repente —y antes de que pudiera abandonar nuestra habitación— entró un poco preocupado.

Lamentablemente debería de volver un par de semanas en horario completo al trabajo, pues George tenía demasiado acumulado y había asuntos que requerían de su presencia.

No pude evitar sentirme triste. Eran las hormonas… Pero con todo y eso debía de apoyarlo. Ya había sacrificado mucho de su tiempo y no podía quejarme.

Los días se me hicieron más lentos. Albert llegaba bastante tarde de la oficina y al no verlo en todo el día, me abalanzaba sobre de él cual leona a su presa y terminábamos en la cama.

No podía darle tregua aunque quisiera y a él tampoco parecía disgustarle. Al contrario. Finalmente las hormonas estaban haciendo algo muy bueno en mi, pues, al mínimo roce de su tacto necesitaba con apremio que me hiciera suya. A veces más enérgico de lo que antes quisiera tengo que admitir.

Una tarde en la que caminaba por los alrededores junto con Dorothy escuché ruidos en el taller junto a las caballerizas. Ella, preocupándose, me dijo que mejor no me acercara, pero no le hice caso.

Mi curiosidad siempre ha sido grande.

Al entrar me quedé con la boca abierta y no pude evitar exclamar mientras llevaba una mano al pecho.

—¡Albert que haces aquí!.

Ante mi descubrimiento dejó lo que estaba haciendo y se asombró al igual que yo. Por instinto comencé a llorar mientras me acercaba. Repasé mi mano muy tímidamente por aquel gran objeto, observando que al fondo del lugar había otro exactamente igual.

Cuando terminé mi inspección, me acerqué al hombre. Estaba sucio y sudado, pero a mis ojos era el más atractivo del mundo.

Le di un casto beso y después lo abracé. Él no dudo en cobijarme.

—Se supone sería una sorpresa…

Su voz sonaba un poco desanimaba.

Levanté la vista y respondí:

—Lo ha sido. Jamás pensé que podías trabajar la madera y menos que harías las cunas de nuestros niños. Gracias… muchas gracias. Son hermosas.

—A esta le faltan algunos detalles… El sol en la cabecera… la luna y algunas estrellas en la piecera.

—Estoy segura de que harás un gran trabajo —lo miré con ternura—. Por esto es que no te había visto y me dijiste aquello de tu horario completo en la oficina.

Como pocas veces lo vi sonrojarse mientras sonreía.

—Lamento el haberte mentido, pero quería sorprenderte y al mismo tiempo, no deseaba que estuvieras expuesta aquí entre tanto polvo. Anda, regresa a la casa preciosa, en un momento te alcanzo, solo acomodo aquí. ¿Esta bien?.

Besó mi frente y me retiré a paso lento del taller.

A los pocos días su trabajo estaba terminado y barnizado. El par de cunas eran perfectas para la gran habitación de los futuros bebes Andrew. Estoy tan orgullosa de este sentimiento de protección que despierta cada vez más en Albert… Quizá es verdad, el hombre no puede dar a luz un hijo, pero desde que le dicen que va a ser padre, su bebé comienza a crecer en su corazón.

Más meses continuaron pasando y mi rubio esposo jamás declinó ante el desafío de una mujer con antojos de embarazo gemelar. Siempre estaba alerta para lo que necesitara por las noches, pues yo despertaba a mitad de esta con un hambre atroz sobre las combinaciones más absurdas que pudiera imaginar.

En muchas ocasiones me acompañó, pero en otras tantas no lo soportó. ¿Qué de malo tiene querer comer a las dos de la mañana hotcakes con queso de cabra, salchichas fritas, y miel de maple?. A mi me parecía delicioso.

Pero su recompensa era siempre la misma. Pues después de saciar mi apetito, mi cuerpo reclamaba inclemente de otro tipo de alimento… No podía quejarme en lo absoluto. Mi deseo sexual cada mes aumentaba a niveles incalculables y ambos le sacábamos el mayor provecho.

Más días continuaron pasando en el calendario, haciendo así que la espera se acortara y la emoción junto a la expectativa crecieran.

Constantemente me miraba en el espejo y me asombraba.

Y como no hacerlo. ¡Estos bebes son demasiado grandes!. Mi vientre era enorme y el dolor en la espalda era casi una tortura. Los senos estaban tan llenos que sentía en cualquier momento me explotarían.

Una risa se reflejó en mi rostro. Pues como otras veces un piecito se marcaba claramente bajo mi piel. Entonces acariciándolos le hablé con ternura.

"Tienen un padre muy alto mis niños. Era casi imposible que no crecieran tanto. Pero ya no tarden en salir que los queremos conocer".

Esa misma noche después de que Albert y yo nos bañáramos juntos no podía dormir. Estaba nerviosa pues ya se cumplían justo los nueve meses. Era una noche calurosa y ni el aire que ondeaba las vaporosas cortinas lograba apaciguar mi estado anímico.

Tenía los ojos clavados en el techo.

Pasaron veinte minutos y nada.

Entonces giré mi rostro y lo miré. Era tan endemoniadamente atractivo.

Por el calor había decidido dormir solo con los interiores puestos, así que me regalaba una vista perfecta de sus abdominales de infarto, de sus brazos tonificados, de sus fuertes piernas. Y su rostro Dios mío… mi garganta se secaba por beber de esos labios ligeramente carnosos, por saborear su boca…

Como pude me levanté de la cama. Sabía que él lo notaría apenas sintiera mi movimiento.

No había caminado ni diez pasos cuando escuché su excitante voz un poco ronca al tiempo en que se levantaba de la cama y me alcanzaba.

Justo cuando me abrazó por la espalda me dijo:

—¿Qué sucede hermosa?. ¿No puedes dormir?.

Sin mayor recato giré mi cuerpo y me abalancé sobre sus labios. Pero el me detuvo un momento. Estaba oscuro y solo el reflejo de la luna esclarecía un poco la habitación:

—No podemos… ya estás muy próxima amor…

Hice caso omiso de su advertencia, que más bien tenia tono tormentoso y lo besé sin clemencia nuevamente, mientras me deshacía de la bata puesta, dejando mi cuerpo desnudo ante su tacto.

Sus besos comenzaron a bajar por mi cuello y una de sus manos tomó mi seno provocando un irremediable y suplicante suspiro.

Pero de nueva cuenta me alejó.

Su respiración entrecortada me mostraba la gran lucha que se realizaba en su interior.

—Por Dios Candy… no podemos…—Se repetía mientras mi mano inquieta baja por sus interiores.

—Tú lo deseas tanto como yo…

Volví a tocarlo y ese fue el detonante para que entre besos terminara recorriendo todo mi cuerpo que se encontraba recargado en la pared.

Quería volverme loca. Estaba demasiado sensible y cada caricia me hacía estallar en mil pedazos. Sabía que se regocijaba torturándome pero ya no podía esperar.

—Por favor… —Supliqué entre suspiros.

Sin más, tan delicadamente como pudo me movió para que recargase mis manos en la pared. Cuando por fin lo sentí tan mío y colmándome de atenciones una y otra vez a un ritmo cadencioso y lento, no pude reprimirme. Lo deseaba y él disfrutaba de lo que provocaba.

Más pronto algo sucedió.

—¡Albert!

Pero no me hacía caso. Así que repetí en un tono más elevado.

—¡Albert!¡Albert!.!Se me rompió la fuente!.

Al darse cuenta de lo sucedido, de inmediato se separó de mi notando la humedad entre nuestros pies.

—¡Dios, Candy! ¡Hay que llevarte al hospital! ¡No te muevas!.—Me habló lleno de ansiedad.

Gracias al cielo él era el precavido de esta relación. Con días de anticipación me ayudó a preparar una pequeña maleta con todo lo necesario para cuando el momento llegara. Después llamó a George al teléfono de su cabaña, a mis suegros y hasta nuestro cuarto pude escuchar como casi derribaba la puerta de Archie mientras le gritaba que saliera para ayudarle.

Cuando regresó a nuestra pieza me curbió con algo decente. Estaba tan nervioso que casi se iba en boxers si es que yo no le recuerdo que debía vestirse.

Tuve que reprimir la risa. Era cierto que había roto la fuente pero las contracciones aun eran mínimas. Pero no pude evitarla al mirar a mi querido y siempre impoluto primo Archie con el cabello todo esponjado, con los ojos a medio cerrar y la camisa mal fajada. Aunque eso sí: dispuesto para ayudar.

Dos minutos después George llegaba corriendo para incorporarse a la escena. Así fue como entre los tres me ayudaron a bajar las escaleras y a subir al automóvil.


Narra Albert.

Nos encontrábamos todos en la sala de espera del hospital. Mis suegros no tardaron en llegar. Candy llevaba tres horas en labor de parto y nadie salía para explicarnos nada. Mientras tanto yo comenzaba a desesperarme.

Todos estábamos nerviosos aunque no dijéramos nada.

El olor a desinfectante tan característico del hospital comenzaba a darme dolor de cabeza, así que me levanté para desentumir las piernas caminando un poco.

Thomas no tardó en hacerme compañía.

—Sé que estas nervioso. Aún recuerdo cuando nuestra pequeña Victoria nació. Estaba igual que tú. Pero —palmeó mi espalda— Candy es fuerte. Estoy seguro que mi pequeña estará bien y en cualquier momento te llamarán.

Yo solo sonreí. Realmente no estaría tranquilo hasta verlos sanos y salvos.

Un par de horas más pasó, el sol recién clareaba. Estaba a punto de meterme a la sala de partos para ver porque nadie decia nada. No obstante cuando estaba a punto de realizarlo, una enfermera salió:

—Familiares de la señora Candice Andrew.

—Yo —Respondí levantándome y acercándome a ella.

—Acompáñeme por favor.

No dijo más y yo la retuve por el brazo.

—¿Mi esposa se encuentra bien?.

La delgada mujer sonrió ligeramente y con un tono compasivo me dijo.

—Está perfecta. La hemos pasado a su habitación. Tranquilícese señor Andrew, es solo un parto. Ella fue muy fuerte.

Sus palabras me regresaron el alma al cuerpo.

—Gracias.

Mis pasos se sintieron tan ligeros que el largo camino al cuarto no me lo pareció tanto.

Cuando entre pude escuchar las quedas palabras de la enfermera antes de retirarse:

—Felicidades señor Andrew, sus trillizas son preciosas.

¿Trillizas?. ¡Dios Santo! —Repasé mis cabellos con la mano—. Con razón mi regordeta hada estaba tan cansada ya.

Me acerqué en completo sigilo, pues Candy dormía y las bebés también. En efecto solo eran nenas. Los colores rosa lo indicaban.

Tan pequeñas… tan frágiles pero a la vez tan demandantes.

Aun así y a horas de nacidas se les miraba en su cabellito que dos de ellas eran como yo, mientras que la otra nena era rizada como Candy.

Mis hijas…

Poco a poco el orgullo de padre se iba instalando dentro de mi. Pero entonces la miré a ella y me acerqué.

Su rostro denotaba agotamiento, su cabello aún se encontraba un poco húmedo por el sudor, el esfuerzo. Besé su frente muy despacio pero sin querer la desperté. Sus hermosos ojos verdes me observaron con ilusión.

—Son trillizas Bert… —Habló cansina pero irradiando dicha.

—Son perfectas. Estan dormidas.

—Dos de ellas tienen tus ojos y la otra los míos.

—Te amo Candy… gracias por ser la mejor madre y por formar parte de mi vida.

Me sonrió débilmente y segundos después volvió a perderse en los sueños.


Narra Candy.

Casi un año después las trillizas habían cambiado nuestro mundo. Meribeth, Eira y Niamh Andrew eran tan inquietas que pocas horas nos dejaban de sueño a su padres, sus abuelos y a mi. Aunque el que más las consentía era el tío Archie. Las adoraba y en cuanto podía se las llevaba —Sí a las tres— cuando él creía que Albert y yo necesitábamos un respiro —en verdad lo agradezco—.

Albert es un excelente padre. Desde que nacieron ha estado mucho más pendiente de nosotras. Ahora trabaja media jornada en la oficina y llega temprano a casa para estar por las tardes en familia. Una o dos veces por semana él, Archie y George se reúnen en su despacho para resolver o tratar asuntos del corporativo.

Casi se muere cuando Meribeth le dijo "pa-pá". Las tres son el vivo retrato de Albert pero hermosas, sólo que Niamh tiene mi color de ojos.

Hablando de ellas, sé que están resintiendo la ausencia de su querido tío consentidor, ya que Archie viajó a Londres. Tendremos una boda en pocos meses y necesito que su novia se establezca una temporada por aquí. Nosotros hemos organizado mucho, pero es su día también y necesita involucrarse. Y bueno… yo estoy más que feliz de que lo haga. ¿Recuerdan que solo sabía que se llamaba patricia?. Pues el mundo es tan pequeño que resultó ser aquella buena amiga que tuve durante mi corta estadía en ese país. Así que me tranquiliza saber que mi primo se enamoró de una buena mujer.

Respeto a los Legan. Albert aun los tiene monitoreados, pero dice que por el momento no cree que tengan tiempo de pensar en venganzas, puesto que al menos Rymond y Niel trabajan de sol a sol arando la tierra y recolectando en la granja. También supo meses después que tanto Eliza como Annie quedaron embarazadas de un par de peones que las abandonaron a su suerte y ahora dependen de la caridad de sus padres. Si Sara tenía alguna esperanza de utilizar su virtud para escalar de nivel social —al menos con Eliza, porque sabemos que Annie hizo de todo con Archie— ya es caso perdido.

Pronto la grave voz del dueño de mis mejores fantasías eróticas me trajo de vuelta a la realidad.

—Hola hermosa —besó mis labios—. Me hubieras dicho que vendrías para terminar pronto los pendientes con George.

Le sonreí.

—Sabes que jamás interrumpiré en tu trabajo.

—Dime: ¿estas bellezas no te han estado demasiado inquietas?—Preguntó levantando a Niamh quien hacía unos hermosos ruiditos mientras el simulaba comerse sus regordetas mejillas.

Suspiré.

—Lo normal. Aunque es una ayuda el que mi abuela y mi mamá vengan todas las mañanas.

—Por supuesto. Tu madre es un ángel y las duerme de inmediato, y bueno, Marta es un remolino que no se cansa nunca.

—Sabes Albert… creo que sí necesitaremos una niñera…

—Te lo dije preciosa… es demasiado para ustedes aunque ella lo hagan de buena fe.

Reí un poco.

—No, no es eso. Nosotras podemos perfectamente con las trillizas. Además sabes que su abuelo George las adora y también apoya.

—¿Es por la boda de Archie?

—No… es porque…—me mordí el labio antes de decirle—. Tengo tres meses de embarazo.

Fin…