Después de pasar las fiestas con Teddy, Andrómeda y Severus, y volver a casa con él, Harry estaba de un humor inmejorable. La teoría de Andrómeda con respecto al "hechizo" que los unía entre ellos dos había sido el mejor regalo que la mujer le hubiera podido dar alguna vez. Mientras caminaba entre muggles en las abarrotadas calles de Soho en Londres se preguntó si podía ser así de fácil. Detuvo sus pasos frente a un escaparate conocido y entró una vez más en aquella tienda para turistas donde había conseguido el oso de peluche —vestido con el uniforme de la guardia real— que hacía años le había regalado a Severus. Aún recordaba la carcajada que le provocó leer aquella carta con el reclamo; no había esperado nada diferente y, ahora, viendo entre las repisas los recuerdos destinados a los turistas, creyó prudente conseguirle una pareja al regalo de antaño.

Se entretuvo entre los peluches vestidos con diferentes disfraces y no pudo decidirse entre llevarse aquel disfrazado como policía o el que tenía una sencilla sudadera con la bandera de Inglaterra. Pagó por ambos mientras se preguntaba qué era lo peor que podía pasar. Si Severus odiaba aquello, si en verdad lo odiaba —que no creía, porque aún guardaba escondido aquel primero—; siempre podría fingir que los había comprado como un regalo más para Teddy. O, podía ofrecérselo junto con la teoría de Andrómeda.

Seguía preguntándose si sería adecuado decirle a Severus Snape que había una gran posibilidad de que aquello que los unía —que los mantenía unidos— no era un hechizo causado por magia sacrificial, sino simplemente haberse enamorado por la unión de almas durante la magia. Algo tan inocuo, y tan peligroso al mismo tiempo, como el que dos almas se conocieran en el estado menos resguardado posible. Algún día se lo diría, claro, sólo no sabía si era el momento adecuado para ello. Guardó los peluches con el resto de las compras y sus propias dudas y paró en un pequeño restaurante para almorzar.

Miró su reloj para asegurarse de la hora y, cuando lo creyó prudente, marchó en dirección a la fábrica de taladros Grunnings. Desde que se había encontrado por casualidad a su primo, hacía años ya, lo había visitado un par de veces más. La última vez que comieron juntos, Dudley le había comentado el ascenso que había recibido en la fábrica de taladros donde trabajaba con su padre. En aquella ocasión se había sentido feliz por su primo y, si bien, no habían desarrollado una relación que llegara a llamarse "amistosa", habían logrado un tipo de primer acercamiento. Sabiéndose primos, y tras el gesto que Dudley había tenido durante aquella despedida definitiva, ambos intentaban conocerse de nuevo como familia. Por eso estaba en Londres Muggle, para "ponerse al corriente".

A las 3:05 entró a la oficina del director de la empresa. Tras un escritorio casi señorial, Dudley estaba sentado revisando papeles y carpetas. Harry se apoyó en el marco de la puerta y golpeó con los nudillos levemente. El llamado funcionó de inmediato y así de rápido el gesto de su primo mutó de uno concentrado a uno de absoluta sorpresa teñida con alivio.

Ese gesto lo puso alerta de inmediato.

—¡Harry, que bueno verte! —dijo Dudley levantándose de la silla y apresurándose hacia él hasta tenerlo sujeto en un abrazo de oso—. Gracias a Dios. Qué alivio verte. He querido comunicarme contigo desde hace meses —siguió sin darse cuenta que a Harry le faltaba el aire.

—Dud… —trató de hablar—. Big D. Necesito… respirar —dijo con dificultad mientras golpeaba en la espalda de su masivo primo.

Dudley lo soltó en cuanto se dio cuenta, se disculpó y comenzó a pasear por la oficina como una bestia enjaulada. Harry vio hacia su espalda y a la puerta de la oficina, abierta de par en par, y fue a cerrarla. Por la reacción de su primo al verlo, temía que necesitarían algo de privacidad.

—Tranquilo, Big D. ¿Qué pasó? —preguntó aunque temiera la respuesta.

Su primo se detuvo a mitad de un paso y se concentró en él. En la cara redonda de su primo vio un gesto que le preocupó en verdad. Dudley Dursley no era dado a tal gesto de desasosiego; no que Harry lo hubiera visto, al menos.

—No tenía forma de localizarte, Harry —volvió a pasear por la oficina—. Necesitaba hablar contigo desde hace meses —dijo desesperado—. Tengo miedo —susurró.

—Ya estoy aquí —aventuró a decir—. Me estás preocupando en serio, Dudley. ¿Qué sucede? ¿Estás en problemas? ¿Son tus padres? —preguntó con cuidado mientras sus pensamientos se dirigían en direcciones oscuras: tal vez alguien quería vengarse de su primo, tal vez se había metido con "las personas equivocadas"; por Merlín, incluso podría ser que hubiera enfurecido a un delincuente con su bravuconería.

Dudley se detuvo de nuevo y agitó su cabeza primero diciendo que no, luego diciendo que sí y luego dejándose de mover por completo. Por fin pareció calmarse y decidir detenerse sobre el sillón apartado del escritorio. Allí suspiró al fin y pareció recobrarse un poco. Harry dio gracias a Merlín porque se le hubiera ocurrido cerrar la puerta; pero eso no hacía nada para decirle qué pasaba.

—Tengo una hermanita, Harry —dijo como si aquello fuera un increíble peso sobre sus hombros.

—Eh, ¿felicidades? —respondió confundido.

Dudley negó con la cabeza. Harry comenzó a sentir de nuevo la rabia que reconocía de su infancia, pero la mantuvo a raya sólo por el gesto de su primo. Allí no veía aversión o egoísmo, o rechazo a la nombrada, sólo una angustiosa preocupación. Harry se acercó lentamente a su primo y tomó asiento en el sillón, dejando distancia entre ambos.

—Ella es como tú, Harry —dijo Dudley viéndolo por fin directamente.

Eso hizo que Harry se levantara del asiento, furioso. No entendía a qué estaba jugando su primo.

—Por favor. Ayúdala —suplicó viéndolo hacia arriba.

Y eso era lo único que pudo haber hecho o dicho para que su enojo se enfriara como si le hubieran aventado un balde de agua fría. Recuerdos de los tratos que sufrió con sus tíos le estallaron como imágenes vívidas en la parte más inmediata de la mente y tragó fuerte mientras se llevaba una mano al brazo como si quisiera sobarse un maltrato de antaño.

—Mamá y papá estaban tan felices con ella, papá se jubiló antes para estar más tiempo con ella pero… hace un par de meses comenzó a hacer cosas… magia ¿sabes? —comenzó con la voz cortada, en ella sin embargo, Harry no escuchaba desdén hacia dicha hermana. Y eso le preocupó más. De inmediato mil y una imágenes se formaron en su mente de un abuso que hasta Dudley temiera ver en otros—. Ellos ya no se acercan a Lis —siguió su primo—. Mamá esta histérica todo el día, desconsolada y grita y llora; y papá ya tampoco la toca siquiera, a veces le grita para que deje de llorar pero ella llora más y papá acaba yéndose de la casa por horas. Lis llora mucho porque papá y mamá ya no están con ella; pero ellos no pueden. Lo intentan, Harry, lo juro. Los he visto intentar, pero cuando algo… mágico pasa, ellos sólo huyen y la dejan sola. La he encontrado llorando a la mitad de la sala. No puedo… no puedo verla así. Y he intentado hablar con ellos, pero sabes cómo son.

Harry apretó los puños al lado de su cuerpo mientras mordía con fuerza las quijadas.

—¿La lastiman? —logró preguntar entre quijadas apretadas, recordando a la perfección su infancia.

—Oh, Dios. No. Harry, lo siento. No —se atropelló Dudley en su respuesta—. Pero no pueden estar cerca de ella y no quieren siquiera oír la palabra magia. Perdón, Harry, pero no quiero que la llamen… como te llamábamos.

Harry sintió que el enojo desaparecía de nuevo, pero lo embargó una tristeza profunda y comenzó a comprender bien la desolación que había visto en el gesto de su primo. Lentamente tomó asiento de nuevo al lado de éste. No sabía qué decir. No sabía cómo actuar. No sabía qué debería hacer o como "ayudar" a su… prima.

—¿Qué edad tiene? —preguntó distraído.

—Acaba de cumplir tres años —dijo Dudley con un tono de orgullo casi paternal.

Harry sonrió tanto por la imagen mental como por el tono que jamás hubiera creído escuchar de un Dursley.

—Sé que no tengo derecho a pedirte nada. Lo sé, te lo juro —dijo avergonzado—. Pero no sé qué más hacer. Por favor, ayuda a mi hermanita —suplicó de nuevo—. No quiero que ella viva así.

—Tranquilo, Big D —dijo tratando de tranquilizarse él mismo—. Vamos a resolverlo.

Dicho eso, vio que los ojos de su primo se iluminaban con esperanza y su gesto se rompió en una sonrisa de un alivio tan profundo que Harry se sintió tan incómodo como cuando lo alababan como "El Salvador".

—Gracias —dijo con la voz quebrada—. Gracias, Harry.

—Dices que hace magia —dijo tratando de cambiar el tema un poco—. ¿Qué es lo que hace?

—Cosas —respondió elocuentemente y tras un segundo pareció caer en cuenta—. A veces ha hecho que vuelen cosas. A veces las cosas cambian de lugar; un plato que estaba en la mesa acaba sobre el sillón en un parpadeo. Una vez el sartén caliente apareció enfrente de ella, cuando lo tocó se quemó las manos y comenzó a llorar, la casa completa se sacudió como si fuera un terremoto, pero no lo era. Lo tocó antes que nadie pudiera reaccionar para quitárselo, Harry —siguió preocupado.

—¿Qué estás pidiendo de mí, Dudley? —tuvo que preguntar ante eso.

—Llévatela. No —se corrigió de inmediato—. Por favor, adóptala —dijo tragando saliva compulsivamente y tratando de no dejar caer robustas lágrimas.

En ese momento Harry comprendió más de una cosa. La primera era que Big D quería a su hermanita, la segunda era que le dolía más el separarse de ella que pedirle un favor a él y la tercera era que él mismo jamás podría dejar a un infante en el inocente peligro que su primo le describía.

—Sé que pido demasiado —siguió Dudley—. Sé que no tengo derecho a pedirte nada, pero quiero lo mejor para ella. Y tú, Harry, eres lo mejor para ella.

Harry carraspeó incómodo ante los sentimientos que su primo le mostraba y trató de no sentirse deseando haber recibido ese cariño cuando vivía con ellos. No importaba ahora, se dijo, era feliz con Severus a su lado. La imagen de su pareja le devolvió la calma de inmediato.

—Tengo que consultarlo con otra persona —explicó.

Vio a su primo asentir y perder un poco del brillo de esperanza que sus ojos habían mostrado.

Harry entrecerró los ojos con fuerza y decidió que iba a hacer un par de cosas que podría ser más sabio manejar de otra forma.

—Voy a hacer algo de magia —advirtió.

Ante el asentimiento de su primo, Harry sacó su varita, recitó unas palabras y comenzó a escribir en el aire con la punta de su varita. La escritura se sostuvo en el aire hasta que el mensaje estuvo completo y entonces se prendió en fuego hasta desaparecer por las llamas.

Escuchó el jadeo de sorpresa de su primo, y desvió la mirada hacia él.

—¿Lis va a poder hacer eso? —preguntó Dudley impresionado.

Harry asintió una vez en silencio.

—Lleva tiempo acostumbrarse a la magia, desde luego, pero hay excelentes escuelas para magos y brujas que se encargan de enseñarnos cómo hacerlo, qué hacer y qué no hacer. En Hogwarts…

—¡Harry! —lo interrumpió la imperiosa voz de Severus. Mientras Dudley soltaba un chillido de sorpresa ante la aparición mágica de Severus, Harry sonreía ampliamente—. ¿Qué es tan urgente? —preguntó Severus mirando a todos lados sin encontrar peligro inminente y de inmediato puso ese gesto hosco de cuando estaba a punto de gritarle por "arruinar" una poción.

—Severus —llamó relajado—. Mi primo me acaba de comentar que tiene una hermana pequeña, de tres años —siguió y lo vio alzar una ceja con interrogativo fastidio—. Ella es bruja y hace algunos meses despertó su magia.

El gesto de Severus se recompuso tras el segundo que le llevó comprender las implicaciones.

—¿Él es la persona con quien tenías que comentarlo? —preguntó su primo temeroso y tartamudeando un poco.

—Severus —comenzó Harry afablemente—, te presento a mi primo, Dudley Dursley —dijo volteando a su primo—. Big D, te presento a Severus Snape. Mi pareja de vida.

Dudley abrió la boca con sorpresa y Harry ya no sabía qué le había causado más sorpresa a su primo, si la magia que había presenciado o conocer su elección de pareja. Dudley lo impresionó cuando se levantó del sillón, alisó el saco de su traje café y le ofreció una temblorosa mano a Severus para presentarse. Severus accedió a la presentación muggle estrechando la mano de Dudley y Harry quiso besarlo en ese mismo momento. Lástima que tenían cosas más urgentes que atender en ese momento.

—Eres una persona mágica, Harry —comenzó su primo—. Me sorprende seguir sorprendiéndome contigo.

—¿A qué te refieres? —preguntó con cautela.

La mano de Severus se posó sobre el hombro de Harry como si buscara reconfortarlo o mostrarle un apoyo silencioso y la mano de Harry cubrió ésta de inmediato. Dudley agitó la cabeza de forma negativa.

—Nada malo, Potter —explicó con cara de circunstancia—. Sólo que cada vez que te veo recuerdo que no te conozco en absoluto. Les doy algo de privacidad —ofreció Dudley viéndose más compuesto y saliendo de la oficina de inmediato.

Severus miró a la puerta cerrada tras la salida de Dudley y volteó la mirada hacia él. Harry suspiró, preocupado por asuntos ajenos una vez más.

—No esperaba civilidad de ese… pariente tuyo —ofreció Severus.

Harry se mordió la lengua para no responder exactamente lo mismo que Severus y besó los labios del hombre en un saludo tardío. El hombre aceptó el gesto devolviendo también el beso pero sin profundizarlo.

—Gracias por venir —comenzó Harry—. Como dije, parece que la tía Petunia tuvo una pequeña bruja.

—Imagino que está extasiada —le respondió con sarcasmo. Harry sonrió con pesar.

—Dudley me pidió ayuda. Me pidió que la adoptara… adoptáramos —corrigió sin entrar en detalles—. Supongo que no esperaba que tuviera pareja o no le pasó por la cabeza que pudiera tener una —explicó ante el gesto de Severus—. Tiene miedo por ella, Severus. Realmente tiene miedo de que la traten como me trataron a mí. Apenas me pudo contar que sus padres no la tocan y la dejan llorando sola. Por Merlín, se quemó las manos con un sartén caliente. Dudley dice que fue porque no pudieron reaccionar a tiempo para evitarlo porque desapareció de la estufa y sólo apareció frente a ella. Dudley está preocupado por el futuro de su hermana; creo que yo también —terminó débilmente.

—Lógicamente —dijo Severus acariciando la mejilla de Harry—. Tus tíos fueron deplorables contigo, pero no veo que esto vaya a ser fácil. No tratándose de tu tía —explicó calmado.

—Estoy seguro que no puede esperar el día en que se deshaga de ella —soltó con algo más parecido al rencor.

—No deberías menospreciar los sentimientos de una madre. No va a ser fácil que nos permita adoptarla.

—¿Entonces es un sí? —preguntó Harry sorprendido y sintiendo una sonrisa crecer en sus labios—. ¿No odias la idea de… cuidar más niños? ¿Sin vacaciones o posibilidades de quitarles puntos por sus travesuras?

Ante sus palabras, Severus torció una sonrisa que era un reto en toda su expresión.

—¿Quién dice que no puedo hacerlo? —devolvió secamente—. Aterrorizar escuincles es mi modo de vida favorito.

Harry lanzó una carcajada mientras abrazaba a Severus. Lo besó y se detuvo de hacer lo que dictaban el resto de sus pensamientos.

Antes que Dudley volviera a la oficina Harry y Severus tuvieron la oportunidad de hablar de la adopción, de los Dursley y de lo que para cada uno significaba "adoptar". Mientras para Harry significaba darle un hogar amoroso a esa prima, para Severus era cuidar, proteger, acompañar, alimentar, enseñar, guiar y un sinfín más de responsabilidades para ese otro ser que compartiría tiempo y espacios con ellos, al tiempo que limitaría el tiempo que ellos dos pasaban juntos. Para cuando Dudley llegó a la oficina, Harry aún estaba aturdido por la similitud de lo que habían dicho, y cuando así se lo dijo a Severus éste se limitó a rodar los ojos en las cuencas. Antes de marchar, Snape cambió su túnica y capa usual por unos sencillos pantalones de vestir negros de lana y una camisa de igual color. Un segundo después de verlo vestido con "esas prendas odiosas", Harry no veía el momento para ayudarlo a quitárselas de encima.

Para cuando llegaron al número 4 de Privet Drive, Harry había logrado apartar los malos recuerdos de la mente y preocuparse con lo que fuera a encontrar en esa casa. Cuando salió del carro y posó la mirada en la casa se sorprendió al verla igual que en sus recuerdos, como si nada allí hubiera cambiado. Sonrió de lado, temeroso, mientras buscaba la mano de Severus y éste encontraba la suya. Le dio un ligero apretón, sólo para cobrar valor.

—¡Dud! —sonó una voz infantil y emocionada mientras Dudley abría la puerta de entrada.

Un segundo después, del interior salió una pequeña niña de cabello cobrizo y ojos profundamente azules que se aferró a las piernas de Dudley con fuerza mientras reía.

—Hola, enana —el hombretón saludó cariñosamente a su hermana.

Harry se quedó mirando un segundo más la interacción de ambos hermanos. Nunca se hubiera imaginado que Dudley pudiera ser suave con otro ser vivo. Mientras el mayor desacomodaba la cabellera cobriza de la niña sonriente, sintió una mezcla de nerviosismo y ansiedad que casi lo hace retroceder un paso. En ese momento su prima lo vio y corrió a esconderse tras las piernas de Dudley.

—Lis, te presento al primo Harry —comenzó Dudley formalmente—, y a su pareja el señor… Snape —dijo tras hacer un esfuerzo por recordar el nombre.

Harry se acuclilló para quedar a la altura de su prima pero sin saber si debía extender su mano para saludar o sólo agitar la mano.

—Hola, Elizabeth —saludó suavemente con una sonrisa.

—"Lis" no es diminutivo de Elizabeth, Harry. Es "Lis", como la flor.

—¿Lily? —soltó Severus en un susurro sorprendido. Harry despegó la mirada de Lis para ver al hombre. En su rostro encontró un discurso completo de emociones sin verbalizar.

—Mamá dijo algo de flores y lirios pero no le presté mucha atención, la verdad —ofreció Dudley como respuesta. Severus asintió, volviendo a colocar la máscara de severidad sobre su rostro.

La niña aún se veía asustada por la visita, tal vez un poco más ahora que había visto el gesto de Severus. Harry se sintió incómodo de inmediato, hasta recordar los regalos que había comprado para el hombre. Sacó uno de los osos y se lo tendió a su prima. Ella salió de detrás de las piernas de Dudley, tomó el oso tímidamente y volvió a la protección que sentía tras el hermano.

Mientras Dudley los hacía pasar a la casa con la niña tras sus piernas, la voz de su tía sonó desde la planta de arriba, llamando al hijo. Un par de segundos después bajaron Vernon y Petunia demandando algo de Dudley con voz imperiosa. Todos se quedaron inmóviles en cuanto se vieron entre ellos.

Harry no pudo dejar de notar que aquellos dos se veían más viejos, y menos imponentes. Desde luego tenía lógica, le dijo una voz en su cabeza —que extrañamente sonaba al antiguo profesor de pociones—, el tiempo había pasado no sólo para él; sino para sus tíos. Y, la impresión con la que se había quedado de aquellos dos adultos abusivos era la que el niño de su infancia temía y a la que se revelaba. Justo tenía esos pensamientos, el tío Vernon comenzó a enrojecer de la cara en un clásico gesto de furia.

—¿Qué hace ese… ese… ¡anormal! en mi casa? —gritó.

Tres cosas pasaron al mismo tiempo: una, Severus, a su espalda, se puso en guardia; dos, Lis, tras las piernas de su hermano, saltó del susto y comenzó a llorar, tres: los cuadros en las paredes comenzaron a temblar.

Dudley reaccionó de inmediato para voltear a su hermana, se acuclilló sobre sus rollizas piernas y forzó a la pequeña a verlo a los ojos.

—Cálmate, Lis. No pasa nada —comenzaba Dudley, pero los cuadros se agitaron más; como si quisieran salir disparados de las paredes—. Papá sólo está…

Harry volteó a ver a Severus y lo encontró con el entrecejo fruncido y la mirada recorriéndolo todo, midiendo las posibilidades. Tal vez buscando una ruta de escape o un resquicio para actuar.

El vidrio de un portarretratos en la sala se rompió haciendo que Petunia lanzara un chillido histérico y se cubriera la cabeza con miedo. Vernon rugió una vez antes de buscar tranquilizar a su esposa y Dudley temblaba. Harry temió que su primo comenzara a sacudir a la niña que lloraba desconsoladamente.

Cuando los cuadros comenzaron a deformarse para perder el plano de las dos dimensiones, abultándose como si las figuras allí quisieran escapar del lienzo, fue el turno de Vernon para chillar histérico y Petunia comenzó a llorar mientras se alejaba aterrorizada del cuadro más cercano a ella. La mujer casi resbala en el escalón en su intento de escape, pero lo evitó pegando la espalda a la pared. Eso la llevó a tocar una de las pinturas que cobraban movimiento y el grito, entonces, fue pánico en toda su expresión.

La niña hizo eco al grito de pánico de su madre, pero ella lo hizo con el grito de un llanto que estrujaba el corazón.

Dudley miró a Harry, desesperado. En esa mirada, Harry no sabía si encontraba la frase "te lo dije" o una súplica para que hiciera algo. Lo que aquello significara, Harry sacó su varita y dudó un segundo. ¿Qué podía hacer?

Finite incantatem —comandó Severus a su espalda.

Y así de rápido, todo estuvo en calma una vez más. El silencio sólo roto por los llantos de la niña y la madre y el resuello del padre.

Harry volteó a Severus a tiempo para verlo guardar su varita de nuevo bajo la manga de la camisa negra y suspirar fastidiado. Cuando Severus se llevó una mano a la sien, Harry supo que el hombre tenía un dolor de cabeza por los agudos escuchados. No podía juzgarlo, él también lo había sentido como tortura.

Cuando llevó la atención de vuelta a su primo, notó que ambos primos —el mayor y la menor— veían a Severus con un brillo especial en los ojos. Dudley parecía agradecido mientras que la pequeña se veía francamente admirando al mago con boca y ojos enormes completamente abiertos.

Harry desvió la mirada hacia el mago que miraba el interior de la casa como asegurándose que nada más de la magia salvaje de la niña estuviera en acción.

—Justo por esto nos encontramos aquí —soltó Severus hacia los padres muggles—, me parece.

Como si aquello hubiera terminado lo último de la magia salvaje, Dudley cargó a su hermana y se puso en movimiento para hacerlos pasar a la sala. Los padres bajaron la escalera y, reticentemente, se sumaron a la habitación. Ella con una mueca de soberbio desaire; él con una furia resentida concentrada en sus movimientos.

—¿Té? —preguntó Dudley rompiendo el tenso silencio… o queriendo huir de éste.

—Está perfecto —respondió Harry a su primo—. Te ayudo —ofreció para huir también.

—Ven, Lis —dijo Dudley a la hermana, aunque no la hubiera bajado de sus brazos—. Vamos a hacer té para las visitas.

Cuando la pequeña miró a su hermano y asintió, Harry fue tras sus pasos hacia la cocina.

En la pieza se enteró que, de nuevo, nada había cambiado; ni el color de las paredes, ni la mesa del desayuno, ni la disposición de los sartenes.

Mientras Dudley dejaba a Lis sentada en la mesa, le limpiaba la cara de rastro de lágrimas y mocos, sacaba la tetera para poner el agua a hervir y buscaba las hojas de té, Harry abrió las alacenas para sacar el servicio.

—Eres bueno cuidándola —dijo Harry en un susurro.

—No lo suficiente —admitió Dudley mientras le lanzaba un paquete plateado.

Por reacción, Harry atrapó lo que su primo le había aventado. Descubrió en un segundo que era un paquete de galletas y lo abrió de inmediato. Distraídamente comió una de aquellas pastas y notó a Lis llevándose los dedos a la boca, le ofreció una y la niña la tomó para comerla de inmediato.

—Son para el té, Harry —amonestó tibiamente Dudley.

Sintiéndose sonrojar, Harry dio la espalda a su primo y comenzó a colocar las galletas en un plato del servicio. Mientras esperaban que el agua hirviera, al más puro estilo muggle, los dos primos no encontraron más palabras para compartir. Tal vez no era necesario mientras cada uno recordaba la petición de una adopción y el motivo de ésta.

Tras terminar su galleta, Lis se escurrió fuera de la cocina.

—Esta niña claramente tiene las habilidades de tu hermana.

—No sé de qué habla —dijo Petunia airadamente—. Yo no tengo una hermana.

—Lily Evans —gruñó Severus lanzándole una furiosa mirada de advertencia—, Potter por matrimonio. Madre del sobrino que está en tu cocina. Tía de tus hijos. Asesinada en su hogar, por un mago oscuro, hace 24 años.

Petunia tragó y dejó ver un fuerte sentimiento en sus ojos, sólo un destello, demasiado rápido para que Severus no pudiera figurar si era dolor, envidia y odio lo que habían reflejado éstos.

—No sé quién le ha dicho esas mentiras. Yo no tengo una hermana y usted no sabe nada de mí. Y no le permito a un total desconocido que venga a mi casa a decir lo que le plazca.

—¿Desconocido? —se burló con desprecio—. Tal vez, pero que tú no me reconozcas no quiere decir que yo no te conozca a ti. ¿Refrescamos tu memoria? —dijo con un poco de malicia—. Creo que solías llamarme… "ese chico horrible" cuando visitaba a tu hermana. ¿O fue después de leer tu correspondencia con Hogwarts? —terminó sedosamente y con una sonrisa de lado.

Para su disfrute, aquella mujer palideció ante la mención y balbuceó su sorpresa al ser descubierta o enfrentada. Tal vez por la amenaza, no que a él importara realmente.

—Una vez que hemos aclarado el punto —siguió Severus, como si nunca hubiera amenazado a la mujer—, retomemos lo que nos trae aquí: Lis Dursley. Nos han enterado de la situación mágica de su hija y accedimos a prestar nuestra ayuda en los términos que nos fueron pedidos; sin embargo —detuvo la interrupción que los padres harían—, las especificaciones de éstos no se han cubierto. Nosotros accedemos a desempeñar la tutela de la niña en el mundo mágico, y a ofrecerle hospedaje permanente. Pero ustedes, como sus padres, tienen que preguntarse si prefieren separarse de ella por completo o convivir con ella siendo bruja, sin que esto cause daño alguno a la integridad de la niña.

Ante sus palabras, cada padre reaccionó diferente. El hombre gordo de carácter volátil se cruzó de brazos sobre el pecho exhalando furiosamente y la mujer se tensó por completo mientras llevaba sus manos al rostro y comenzaba a sollozar.

—La magia de la niña va a seguir presentándose de forma espontánea, cuando sus emociones se alteren y de forma impredecible hasta que vaya a Hogwarts y aprenda a controlarla —comenzó tras un largo silencio—. Van a ser otros ocho años de eso; más todo el contacto que padres mug… no mágicos deben tener con el mundo mágico —como eso pareció asustarlos suficiente, Severus supo que era la línea a seguir—. De los padres no mágicos de niños mágicos se espera una comunicación dos vías con el Ministerio de Magia por las infracciones resultantes de cada incidente mágico que suceda a ojos de otros mug… de otras personas no mágicas; el Ministerio se encargará de hacerles llegar información legal relevante para el caso. También se espera de padres no mágicos que estén con sus hijos durante los periodos de receso en la escuela, las fiestas y reuniones especiales y específicas. Se les considera, además, un resquicio legal con sus propios derechos y obligaciones en las leyes mágicas y se penaliza a estos, sobre todo, por poner en cualquier tipo de peligro la seguridad de la sociedad mágica y, por consiguiente, el bienestar del hijo mágico en cuestión. Tomando en cuenta su aversión por la magia y el mundo de ésta, sugeriría que… lo pensaran bien.

Cuándo los muggles frente a él comenzaron a emitir gruñidos o a gesticular en un silencio parcial, supo que había conseguido lo que quería: inclinar más la balanza en su favor.

Severus apenas notó el cobrizo cabello de una cabeza asomándose por detrás del sillón donde los muggles vivían el drama, cada uno a su manera. Los ojos azules de la pequeña se clavaron en él durante un segundo, antes que esa cabeza se escondiera de vuelta tras el mueble. Alzó la ceja interrogativamente, aunque no interrogara a nadie en específico sino a la actitud que observaba.

—Pero es mi hija —rezongó sin fuerza la madre.

Tuvo que torcer el gesto ante tan patética respuesta.

—Y lo seguirá siendo —aseveró.

—No —dijo la mujer fuerte y claramente. Severus arqueó una ceja amenazante, esta vez la mujer no se acobardó hasta callar—. Si aceptamos… esto. Si aceptamos… tienen que… tienen que decirle que morimos.

—Por supuesto que no —respondió Harry seca y firmemente mientras se acercaba cargando una charola con el servicio de té. Tras él venía el primo con otra que cargaba el resto. Severus notó que la mujer saltó ante la voz, aunque no podría decir si la reacción era por el tono o por no haberla esperado—. No le vamos a mentir; ya es terrible pensar durante años que tus padres murieron en un accidente para después enterarte que en verdad fueron asesinados —explicó Harry ligeramente tenso mientras ponía la charola en la mesa de centro y se apartaba para que el primo hiciera lo mismo con la que él llevaba—. No puedo imaginar qué significaría para ella si, tras una mentira así, se entera que sus padres están vivos y que ellos pidieron decirle esa mentira.

—¡Sólo se enteraría de eso si tú le dices! —escupió el tío, gritando de nuevo con tono déspota.

—Claramente no sabe que hay formas de extraer recuerdos de las cabezas humanas; que hay pociones que obligan a decir la verdad y encantamientos que te hacen leer la mente —lo cortó Severus con un tono de voz tan furiosamente controlado que Harry volteó a verlo, de inmediato recordando al profesor exmortífago que había sido cuando lo conoció.

Hasta Harry tragó saliva ante la oscura voz de amenaza mezclada con burla y desprecio —superioridad— que Snape… Severus dominaba a la perfección.

—Me niego rotundamente a mentirle en esos términos —siguió Harry.

El hombre gordo se puso rojo de coraje ante la nueva negativa de Harry. Fue el primo quien habló calmadamente, para sorpresa de Severus.

—Me parece razonable —asintió mientras decía—. Pero, ¿qué le dirás… qué le dirán? —se corrigió de inmediato—. Lis —llamó el hermano a la pequeña que parecía interesada ahora en acercarse a las visitas.

La niña reaccionó a su nombre con un pequeño encogimiento de haber sido atrapada en una travesura, miró al hermano, sonrió y corrió a sentarse en el sillón. A su lado. A poca distancia, desviando la mirada ligeramente hacia ella, Severus apenas reconoció la presencia de la niña. La vio moviendo las piernas hacia adelante y atrás… fingiendo inocencia mientras abrazaba el peluche que Harry le había dado a su llegada.

—Le diremos la verdad —sentenció Harry a todos los presentes, pero viendo a Severus a los ojos. Él asintió levemente.

No se perdió el gesto de horror que los padres dibujaron en sus rostros. Por un segundo se preguntó qué clase de personas eran si, sabiendo que era reprobable su actitud, aún así la mantenían.

—Le diremos que tiene magia —siguió Harry aún de pie junto a su primo y enfrentando a los mayores—, que sus padres no; y que para protegerles a todos, vive con nosotros mientras aprenda a usar su magia sin que se descontrole.

—¿Cuándo… —comenzó la mujer con un tono de voz roto—. ¿Cuándo se la van a… llevar?

—No podemos "llevárnosla" simplemente —cortó Severus profundamente fastidiado—. Se necesita preparar un contrato de tutoría para la menor, que se apegue a las leyes mug… no mágicas. Durante ese tiempo tendremos que visitarlos para que ella se acostumbre a nosotros y el cambio de ambiente no sea abrupto o sienta que la secuestran dos extraños.

Todos lo miraron sorprendidos. Una vez más dentro de las pasadas horas se fastidió con los reunidos, Harry incluido —y principalmente con él—. Esperaba, al menos del joven mago, supiera ya que cuando accedía a hacer algo, ponía completa atención a los detalles y al proceso.

—¿Qué piensas, Lis? —preguntó el hermano afectuosamente—. ¿Te gustaría pasar más tiempo con el primo Harry?

A toda respuesta, la niña asintió y volteó a verlo descaradamente. Severus la miró esta vez. La niña le sonrió e hizo lo más extraño de todo: se encaramó a sus piernas. Resintiendo en los muslos el dolor de dos rodillas clavándose en su piel, tomó a la niña para cargar algo de su peso… o para devolverla al sillón.

La risa de Harry no se hizo esperar.

—Creo que ya te quiere, Severus —dijo con la diversión tiñendo su voz.

Severus le devolvió a Harry una mirada de advertencia que hizo todo para que el joven mago guardara silencio, pero no para borrar su sonrisa.

—¡Sev! —dijo la niña sonriendo ampliamente y acercando sus manitas a la cara del hombre.

Severus hizo una cara amarga y alejó a la niña lo suficiente como para que no tocara su cara. Craso error, la niña se paró sobre sus piernas y rebotó tres veces mientras cantaba con voz infantil "Sev" varias veces. Suspiró queriendo fingir fastidio pero, en verdad, trataba de evitar que sus labios dibujaran una sonrisa. La miró entonces a esos ojos imposiblemente azules.

—Vas a tener que aprender modales, pequeña bruja —y, para su horror, el tono de su voz no había sonado tan severo como le hubiera gustado.

La pequeña sonrió y se impulsó con las piernas hacia el frente. A medias permitiéndolo, a medias sorprendido por la fuerza de la pequeña bruja, Severus se vio aferrado en un fuerte abrazo infantil. Cuando la pequeña se relajó sobre su cuerpo, sus manos fueron directas a abrazarla. Su cuerpo se había acostumbrado a reaccionar a un abrazo con otro y de eso culparía a Harry en los tiempos venideros.

Por el momento, reacomodó a la pequeña sobre sus piernas y la vio bostezar mientras se acurrucaba sobre él. Horror. Estaba permitiendo que un público "selecto" lo viera interactuar con un infante. Esperaba que su reputación no se viera afectada por tal despliegue de… acciones.

—Por supuesto les daremos el dinero para todos los gastos de… —comenzó el primo.

—No es necesario, Big D —interrumpió Harry—. Tenemos suficiente dinero como para que nada le falta a Lis, nunca.

Cuando su primo le dirigió la mirada, Harry notó la pregunta en ella.

—Mi padre me dejó suficiente dinero como para no tener que trabajar un día en dos vidas completas, y mi padrino el doble… o el triple —se encogió de hombros para restarle importancia a sus palabras—. Familias nobles y todo eso —explicó abochornado—. Severus tiene una posición vitalicia en el Colegio, remuneración por ser héroe de guerra y un par de patentes redituables. Además, el dinero mugg… Usamos otro tipo de moneda en el mundo mágico —se corrigió—. A Lis no le faltará nada —aseguró una vez más.

—Sigue siendo nuestra hija —espetó su tío sonando resentido—. ¿Qué dirán todos si nos desentendemos de ella? —bufó indignado.

—Entonces no lo hagan —espetó Harry—. Espero que en el futuro la visiten frecuentemente y que la reciban algunos días en su casa. No sé por qué odian tanto la magia —siguió ante los gestos en las caras de sus tíos—, pero ojalá puedan hacer un esfuerzo para que su hija no sea infeliz a causa de ese odio.

Dicho eso, su tía comenzó a sollozar. Por un segundo, justo antes que pudiera reaccionar diferente, se sintió mal por hacer llorar a la mujer. Sin embargo, su tía asintió a pesar del llanto.

Harry no necesitaba más, ella había aceptado y, aunque el tío Vernon no hubiera dicho más; consideraba que el tema se había resuelto. Al parecer también Dudley lo tomó como tal porque le sonrió de lado, asintió una vez, movió los labios para agradecer sin voz y se encaminó hacia Severus para tomar a su hermana de brazos del mago.

—La llevo a acostar —avisó Dudley a los presentes—. Ha sido una hora llena de emociones para ella.

Mientras lo veía alejarse de la sala, Harry no podía reconocer a su primo. Si alguien le hubiera dicho que Dudley Dursley sería así con un pequeño humano mágico… se hubiera reído en su cara.

Sólo entonces Severus se puso de pie. Para Harry, ese fue el pie para acercarse y comenzar la despedida. Corta, seca; pero políticamente correcta incluso cuando aquellos dos muggles le habían hecho la infancia muy difícil. Sus tíos copiaron el gesto de Severus y su tía los acompañó a la puerta de salida.

Apenas se dio cuenta que nadie había siquiera tocado el té que había ofrecido Dudley.

—Harry —comenzó su tía con la voz afectada por el llanto pasado. Su nombre en los labios de la mujer lo hizo detener su marcha y voltear confundido. Ella siguió, aún viéndose altiva… pero de forma diferente—. Aunque no lo creas, lo que hice… querer evitar que hicieras cosas de rar… magia; lo hice porque creí que era lo mejor para ti —Harry estuvo a punto de soltarle un grito que tuviera toda la rabia de aquellos años de abuso y humillaciones. Pero la mujer siguió, deteniéndolo—. Mi hermana y yo éramos muy unidas. Siempre que estábamos juntas nos divertíamos y éramos felices… hasta que la magia nos hizo diferentes; hizo a mi hermana la única… "especial". La magia nos separó, sus allegados mágicos nos separaron pero no tuvieron reparo en usarme cuando les fue conveniente, a veces forzando mi decisión por medio de… esta, y por la magia murió mi hermana. Ahora me separa de mi hija. La magia sólo me ha hecho infeliz.

Harry carraspeó ante la confesión de su tía y asintió una vez para ganar tiempo antes de responder.

—Creo, tía Petunia; que siempre has sido parte del mundo mágico —comenzó hablando sin pensar, pero no por eso mentía—. Sólo que de una forma diferente a la de mi madre. No me gustaría que Lis creciera sin sus padres y su hermano —reiteró—. Me gustaría que conociera a los padres cariñosos que Dudley conoció y a unos que la acepten incluso siendo diferente a ellos, unos que no la hagan sentirse… "diferente". Tal vez, que la magia de tu hija pudiera reunirte con ella, en vez de separarlas.

Sin poder decir más, y sabiendo que sus palabras no habían sido especialmente coherentes, Harry reiteró su despedida con un gesto y se marchó con Severus a su lado.

Apenas se habían alejado un par de cuadras del número 4 de Privet Drive el semblante de Harry se notó sombrío.

—¿Harry? —preguntó Severus sonando preocupado y poniéndole la mano en la espalda.

Ante el toque y la llamada, Harry volteó hacia su pareja y lo abrazó hundiendo la cara en el pecho cubierto de negro mientras sujetaba la camisa en puños apretados.

—No es nada —logró responderle, claramente mintiendo.

Sin saber qué lo había dejado así: los recuerdos, enfrentarse a sus tíos, el conocer que tenía una prima bruja, el tener que ayudar a una familia que nunca lo había tratado como parte de ellos o todo en conjunto, abrazó a Harry a pesar de estar en un lugar público. Si el temblor en el cuerpo del joven mago era algo a tomar en cuenta, Harry necesitaba algo a qué aferrarse antes de poder calmarse.

—Vamos a casa —ofreció tranquilamente.

—¡Casa! —repitió mortificado—. ¡Por Merlin, Severus! Tenemos que ampliar la casa, llamar a Draco para la adopción, remodelar, comprarle cosas, preparar un cuarto… ¿la biblioteca? ¿Cómo se cuida a un niño? La adolescencia. ¡Hogwarts!

Severus, aún abrazándolo, tuvo que reírse de él.

—No te voy a permitir malcriar a esa niña —aseguró secamente.

—Lo sé —devolvió con el entrecejo fruncido y una mirada de reto—. Y yo no te voy a dejar regañarla.

—Ya veremos eso —amenazó Severus con una sonrisa malvada.

Sintiéndose calmado de nuevo, Harry sonrió y pegó el rostro en ese torso cálido. El aroma que era propio del hombre lo llenó por completo devolviéndole imágenes de cuerpos desnudos. Lo besó sobre esa sonrisa malvada y se regodeó en la temperatura de labios devolviéndole el beso. Cuando se apartó de él, su cara tenía un gesto decidido como tantas veces. Severus alzó una ceja inquisitiva.

—Desde que salimos de la oficina de Dudley quiero pedirte otra cosa —comenzó Harry.

—¿Otra más? —devolvió con ironía.

Harry asintió parcamente mientras alisaba la camisa negra con las manos sobre el pecho ajeno.

—Llévame a tu laboratorio de pociones, profesor —susurró antes de lamerle el cuello sugerentemente.

Sin más, y sin importarles estar en medio de un suburbio muggle iluminado por el sol de la tarde, ambos magos desaparecieron.

Fin.