Sigue ahí
Demasiadas emociones para tan poco tiempo. Tantas que no puedo ni dormir. Pero voy a poner orden en mi cabeza (si puedo) y en mi corazón (más difícil, pero lo intentaré), y trataré de narrar todo lo acontecido.
Había besado a Link. Lo sé, es un hecho que ya había narrado antes y no debería seguir pensando en eso, pero… ah. ¿Cómo arrancarlo de mi cabeza? Es el momento de revivirlo una y otra vez y recrearme en ello tanto como me plazca. Ya no tendré que basarme en las descripciones de los libros, ni en las historias que me contaban mis doncellas, ni en las borrosas ilustraciones de algunos artistas de la corte. Había vivido algo mío, y real, y Link tenía razón, algunas cosas no se aprenden en los libros.
Después de eso estaba como medio anestesiada, es ridículo, hasta Tarie y las niñas debieron darse cuenta: en mi sonrisa perpetua o en cómo todo me parecía bien y perfecto. La cena perfecta, el fuego perfecto, el trabajo perfecto, las quejas del abuelo Jophred perfectas y comprensibles. Si alguna vez alguien quisiera drogarme para conseguir algo de mí, desde luego habría dado con la droga perfecta.
¿Y él?
Sé que para él no había sido lo mismo. No era su primer beso. Él, al ser caballero, tenía la suerte de saber que podría casarse con la persona amada llegado el momento, cosa que era difícil por no decir imposible en mi situación, las reglas de la realeza no se rigen por el amor. Padre era el único que podría interceder para que yo pudiera elegir a alguien sin sangre real, y tendrían que apoyarlo todos los miembros del consejo real, y los sacerdotes del templo del Tiempo, y los sheikah y… No. Para mí Link siempre fue inalcanzable, por muchos motivos, y cuanto más consciente era de eso, más angustiada me sentía al tenerle cerca. Creo que a veces me enfadaba con él sólo por eso. ¿No podría haberme tocado un caballero viejo y padre de una numerosa familia? Pero el destino lo trajo a él, y a ningún otro. Deseaba no ser princesa. Oh, diosas, cuántas veces deseé no ser más que una sheikah, o alguien que trabajase en el castillo. Deseé ser alguna de mis doncellas y poder ir con él al Cuco Gigante, como hacían otras chicas de mi edad. Por eso mis plegarias a la Diosa no funcionaban porque, aunque mi boca rezaba "despierta mi poder, despierta mi poder", el mensaje de mi corazón se fue tornando en un "no quiero que se vaya nunca, no dejes que se vaya nunca". Y él resultó ser la clave de todo, sólo tenía que haberlo verbalizado en el momento oportuno.
Ahora todo ha cambiado y no soy princesa, y él es alcanzable, y real, y estamos vivos. Estoy viva y él también.
"Zel está muy guapa hoy.", dijo Grinn a mi lado, sacándome de una de mis múltiples ensoñaciones.
"Es gracias a tu mamá, que me ha arreglado el pelo."
"El mérito no es mío", carcajeó Tarie, "Grinn tiene razón, estás más guapa. Creo que es porque deberías sonreír más a menudo. El primer día que viniste a casa estabas un poco gris, me alegra ver que te sientes mejor."
"Es gracias a vosotros y a todo esto. No tengo familia, solo a Link, así que me habéis hecho sentir en casa, de corazón.", confesé. Supongo que con toda la euforia mis defensas se vinieron un poco abajo.
"¿No tienes mamá?", preguntó Grinn, abriendo mucho los ojos.
"Una vez la tuve. Se parecía mucho a la tuya."
"Grinn, ven a sentarte aquí, no molestes a Zel con esas preguntas.", dijo Tarie, sentando a Grinn en la silla alta en la que suele sentarla a cenar.
"No me molesta, no pasa nada.", sonreí.
"Siento mucho saber lo de tu familia, cielo", dijo Tarie, "y me alegro aún más de que estés pasando unos días con nosotros. Tú y Link podéis venir siempre que queráis."
"¿Y nosotros podemos ir a su casa en Hatelia?", intervino Lywise, "así podríamos visitar también a Mec."
"Algún día viajaremos a Hatelia a ver a tu hermana, sí. Supongo que si Link y Zel están por allí podremos visitarles."
"Claro." Dije. Las mentiras de Link tienen este tipo de consecuencias, tendría que hablar con él más tarde para decirle que no sea tan "creativo" a la hora de inventarse un lugar de origen.
Estábamos conversando alegres, despreocupados y en familia. La cena terminaba de asarse en el fuego y fue mientras bebíamos un poco de té cuando ocurrió todo. Bum.
"¡Que me parta un rayo!", exclamó el abuelo, temblando para ponerse en pie con sus maltrechas rodillas.
"Abuelo, quédate ahí", intervino Tarie, "a lo mejor ha sido el viento."
Otra vez, un ruido fuerte, como un estruendo.
"No es el viento.", dije, poniéndome en pie para averiguar qué pasaba.
Grinn se aferró al cuello de su madre y Lywise al abuelo. Iba a asomarme por la ventana cuando alguien golpeó a la puerta pidiendo ayuda. Era la bruja.
"Ayuda, por misericordia, ¡por favor!"
La dejé pasar a sabiendas de que podría ser una trampa, pero sus ojos me decían todo lo contrario y eso hizo que mis sentidos se mantuviesen en guardia. Una ladrona no entra en una casa pidiendo auxilio. Una ladrona usa el abrigo del frío y la noche para robar los rubís, es lo que Link y yo pensamos que haría.
"¿Qué hace usted tan lejos del bosque?", preguntó Tarie, sin ocultar su enfado, "¿no ve que es peligroso cruzar la Estepa a estas horas?"
"Como esta bruja haya venido a hacerle algo a mis nietas la mato.", amenazó el abuelo, agarrando el atizador de hierro de la chimenea.
"Calma, calmémonos todos, por favor.", dijo Tarie, sujetando al abuelo.
Con más calma (gracias a Tarie), la bruja nos contó que había salido a "dar una vuelta" (yo sabía a dónde y con qué objetivo, pero no dije nada), y que un monstruo se apareció en mitad de la noche, ella se asustó y corrió hacia la aldea.
"Diría que era un centaleón de la Estepa, pero por los temblores y el ruido me pareció algo mucho más grande.", relató la bruja. El té que Tarie le había ofrecido tembló entre sus manos y por primera vez en toda la noche sentí un escalofrío. La mujer decía la verdad.
"Abuelo, lleva a las niñas a dormir, tal vez esta noche puedan dormir contigo", dije, tomándome esa libertad.
"¡No, yo no tengo sueño!", protestó Lywise.
"Mami, ¿hay un monstruo ahí afuera?", dijo Grinn, agarrándose a la pierna de Tarie.
"Haced caso de Zel y a dormir con el abuelo."
"No pienso dejara a todas las mujeres aquí solas", se quejó el abuelo, cruzándose de brazos.
"Abuelo…", resopló Tarie.
Jophred se marchó quejándose por lo bajini y prácticamente arrastrando a Lywise, que seguía empeñada en quedarse con nosotras y averiguar más sobre el monstruo.
Hubo un tercer estruendo que sonó más cerca y amenazador que los dos anteriores, y las niñas chillaron desde el dormitorio.
"Está aquí", dije, acercándome a la ventana.
"Por todas las diosas, ¿qué vamos a hacer? ¿Dónde están los hombres de esta casa?", preguntó la bruja, derramando parte del té.
"Están de cacería", explicó Tarie.
"Nos defenderemos nosotras solas, pero primero tenemos que saber a qué nos enfrentamos."
"¿Nosotras solas?", preguntó la mujer, con el pánico en los ojos.
"Usted tendrá que ayudar como las demás", le dije, con firmeza.
Hacía un frío que cortaba cuando salí con sigilo por la ventana del dormitorio que había compartido con Tarie y las niñas. Me arrastré por la nieve, y por casualidad, un rayo de luna me dejó ver cuál era la amenaza. Un centaleón. Pero la bruja estaba en lo cierto, no era un monstruo cualquiera.
"Un centaleón dorado", repitió Tarie, al oír la descripción de lo que yo había visto, una vez volví a la casa con las malas noticias.
"Había leído sobre ellos en los libros, pero no sabía que existiesen de verdad. Es al menos dos veces el tamaño de un centaleón común."
Habría sido un buen momento para tratar de documentarlo con la piedra sheikah, pero se la había llevado Link. Él la necesitaba mucho más que yo.
"¿Y los chicos? ¿Pudiste ver algo, Zel?"
"No había señales de que ellos estuvieran cerca", admití de mala gana, "estamos solas".
Esta vez el estruendo fue tan grande que tembló toda la casa.
"Apagad las luces", dije, soplando velas y apagando lámparas de aceite, "sabe que estamos aquí dentro."
Las niñas empezaron a llorar y al fin ellas y el abuelo se unieron a nosotras en la habitación principal, no tenía sentido que estuvieran los tres solos y aterrorizados en otra parte de la casa.
"Vamos a morir, vamos a morir…", susurraba la bruja, temblando de arriba abajo.
"Cállese de una vez. No va a morir nadie", gruñí, me sacaba de quicio. "Nos hemos enfrentado a cosas peores."
Grinn lloraba y Tarie la abrazó para intentar calmarla y que no hiciese ruido.
"Si tuviera aquí mi martillo machacarrocas partiría a ese monstruo en dos.", amenazó el abuelo.
"¿Tienes un martillo de esos en casa, abuelo?", mi mente trazó un plan al oír lo del martillo.
"Lo vendió hace años", intervino Tarie.
"Diablos del infierno y todas las maldiciones.", protestó el abuelo.
"Habría estado bien atraer al monstruo a la casa y lanzarle algo desde el tejado para aturdirlo", reflexioné en voz alta, "algo pesado como un martillo. Una vez aturdido puede ser un blanco fácil para mi arco."
Bum. Un nuevo golpe. De veras no sé cómo no se había llevado la casa por delante. El golpe se lo llevó el cobertizo, por suerte los chicos se habían llevado a los caballos.
"No hay tiempo que perder", intervino Tarie, "no tenemos martillo, pero sí otras cosas que pesan."
Tarie se encaramó al tejado reptando por las ventanas de la pared trasera. Desde dentro de la casa, todos los demás colaboraron para atar objetos pesados a una cuerda y que Tarie los subiese al tejado, incluso la bruja se mostró de ayuda, aunque no dudo que aprovechó para husmear más de la cuenta por la casa, por si encontraba los rubís de Link.
Yo salí otra vez por la ventana del dormitorio, con el arco en la mano y el carcaj repleto de flechas.
Esperé a que Tarie acumulase varios objetos pesados que arrojar, o más bien dejar caer sobre la cabeza del monstruo, y cuando me hizo una señal, encendiendo una chispa con su yesquero, empecé a hacer ruidos para atraer al centaleón hasta el lugar señalado. No tuve que esforzarme mucho, estaba merodeando las casas vecinas y apenas vio movimiento en la nuestra, se lanzó a trotar para atacarnos.
"¡Ahora!" grité, y Tarie le arrojó el caldero a la cabeza.
El monstruo se desentendió fácilmente y sacó una maza con la que golpeó la pared y la puerta principales. Abrió un enorme agujero que dejó al descubierto a la bruja, el abuelo y las niñas, que chillaron de pánico. Me di cuenta de que mi plan era muy estúpido, ¿cómo demonios iba un caldero a aturdir a semejante monstruo? El plan era estúpido y los había puesto a todos en peligro.
Tarie siguió arrojando cosas, pero el monstruo parecía de acero. Se preparó para envestir a las niñas por el agujero que había abierto en la puerta, así que yo le lancé una flecha desde atrás, que rebotó contra su cuerpo como si nada, pero fue sufiente para llamar su atención. Cabalgó contra mí con toda su furia, tenía unos ojos verdes y brillantes que helaban la sangre, pero yo conseguí rodar por la nieve y esquivarlo. Debió perderme de vista porque lo vi hinchar el pecho para lanzar una bola de fuego contra la casa.
"¡Jamás te dejaré que les hagas daño!", grité, grité tan fuerte que me quedé sin aire en los pulmones.
El centaleón se volvió hacia mí y entonces… entonces hice lo único que sabía que podía hacer. Casi surgió por sí solo, como un torrente, incontrolable. Como la primera vez.
"Sigue ahí", pensé, justo antes de concentrar mi ataque contra su corazón.
La Trifuerza lo atravesó y sus ojos se volvieron huecos, ya no eran del verde brillante que tanto asustaba.
Cayó al suelo haciéndolo temblar. A pesar de estar casi segura de la efectividad de mi ataque, me acerqué para comprobar que el monstruo estaba muerto.
"¡Zel!", gritó Tarie desde el tejado.
"¡Estoy bien, está muerto!"
"Por todas las diosas", murmuró el abuelo.
Todos se acercaron para ver al monstruo, que yacía en un charco de sangre cada vez mayor frente a la casa.
"Zel", repitió Tarie, esta vez a mi lado. Seguía con una expresión de miedo en la cara, es comprensible.
"Estoy bien, de verdad."
"No, es que… estás brillando."
Ah, eso.
"Tarda un poco en desaparecer el efecto.", sonreí, tratando de normalizarlo tanto como podía.
"Zel es una maga", murmuró Grinn.
"Es el espíritu de la Diosa Blanca, estoy segura.", añadió la bruja, que se arrodilló en la nieve.
"Se me pasará en un par de minutos, es mejor que volvamos a casa y pensemos en cómo limpiar todo esto."
Al fin me hicieron caso. Sin parar de mirarme de reojo, entre todos intentamos arreglar la puerta y los destrozos que el centaleón había hecho en la pared, era fundamental que no entrase frío en la casa. La única vecina que se había quedado esperando que su esposo volviese de la cacería con los demás, se asomó para averiguar si estábamos bien, y como es lógico casi se desmaya al descubrir el panorama.
Hicieron falta explicaciones, unos cuantos tés y bastante trabajo hasta que todo quedó en orden y yo dejé de brillar. La vecina volvió a su casa, el abuelo acostó a las niñas y la bruja se fue a dormir en una de las camas de mi dormitorio. Tarie se quedó un rato afuera conmigo, en silencio, sentadas en el escalón de entrada de la casa, con el monstruo muerto a nuestros pies y el amanecer asomando en el horizonte.
"Lo siento mucho", dije, aceptando un poco de caldo caliente que Tarie había preparado para nosotras.
"Eres la princesa Zelda de Hyrule."
"Lo soy. O más bien… lo era."
"Es un milagro."
"No me gusta mentir, detesto mentir, pero no podía contaros la verdad. Espero que tú y tu familia me perdonéis."
"¿Y qué hay que perdonar? ¿Que nos hayas salvado esta noche la vida? A saber cuántas veces más habrás hecho algo así sin que lo sepamos."
"No tantas como crees.", forcé a sonreír, pero de veras me sentía culpable por no haber sido transparente con Tarie.
"¿Y Link?"
"Él… tampoco pertenece a esta época."
"Es tu caballero, el que cuentan las historias."
"Espero que esto no cambie nada", sentía las lágrimas asomarse a mis ojos, pero las contuve, "yo… de veras os tengo mucho cariño, Tarie."
"¿Y el Cataclismo?"
"Se acabó."
Tarie me rodeó con un brazo e hizo que apoyase la cabeza en su hombro.
"Me hace muy feliz haberte conocido, cielo. Y esta siempre será tu casa."
Debí quedarme dormida sobre Tarie, ella me había acariciado el pelo hasta que todas mis preocupaciones se esfumaron, y cuando entro en ese estado de relajación no puedo evitar dormir. Después me despertó para que ambas nos fuésemos a la cama, a descansar un poco.
A la mañana siguiente, la bruja se despidió para volver a su casa. Antes de eso utilicé mi nueva "influencia" para hacerle jurar que no volvería a engañar a nadie. La mujer poco más que se arrodilló delante de mí para besarme las manos, y entre lágrimas juró y perjuró que no volvería jamás a las andadas. No sé si está bien o no aprovecharme de la devoción de alguien por "la Diosa Blanca", pero me pareció que asustarla con la Trifuerza sería más efectivo que cualquier castigo que Lord Tyto pudiese idear para ella. Sus disculpas me parecieron sinceras y dejé que se marchase.
Pasé el resto de la mañana pensando cómo mover la mole que yacía frente a la casa. Con ayuda de la familia atamos el cuerpo del centaleón y lo dejamos todo preparado para poder arrastrarlo por la nieve, estaba claro que tendríamos que esperar a la vuelta de los chicos para poder mover semejante montaña.
"¿Puedes volar?", me preguntó Grinn. Ella y su hermana llevaban todo el día haciendo preguntas que no podían más que hacerme sonreír.
"No. Bueno… puedo flotar un poco."
"¿Puedes lanzar rayos de hielo?", añadió Lywise.
"Eso no."
"¿Te quemas cuando brillas?", preguntó Grinn otra vez.
"No. Pero sí siento una especie de calorcito que es agradable."
"¿Podemos verlo otra vez? Porfa, Zel…", me suplicó Lywise.
"¡Sí, porfa! ¡Hazlo otra vez!"
"Niñas, niñas. Dejad tranquila a Zel, ¿no veis que vais a terminar con su paciencia?"
Se acercaba el mediodía cuando empezó a preocuparme no tener ninguna noticia de Link ni Will. Y mientras estaba ayudando a calentar agua para el almuerzo, oí a las niñas gritar el nombre de su padre y salir de la casa a la carrera. Los cazadores estaban de vuelta.
Vi cómo Link y Will se despedían de los vecinos a medio camino de la casa, y entonces creo que vieron "la bola de nieve" que había en nuestra puerta y que algo no era como debía ser. Link echó a correr y Will no tardó en seguirle, ambos llegaron sin aliento hasta nosotros.
"Por todos los infiernos congelados de Hebra, ¿qué es esto?", preguntó Will nada más llegar.
"Es un centaleón dorado", aclaró Tarie.
"¿Qué significa todo esto?", me preguntó Link, que miraba al centaleón sobre el charco de sangre congelada para luego mirarme a mí. Él llevaba el cuerno de otro centaleón en la mano, seguramente para las niñas.
"Luego te lo explico.", dije, encogiéndome de hombros.
"Y yo que venía a decirle a mis hijas que había matado a uno de estos monstruos…", dijo Will, agitando la cabeza con incredulidad.
"El nuestro es más grande, papi.", añadió Grinn, y no pude evitar dar una carcajada.
Ellos llegaron agotados del todo, y mientras se aseaban nosotros preparamos la comida. Fue el abuelo el que narró con todo detalle lo sucedido durante la noche, y cuando llegó a la parte de mi intervención… bueno. Me sonó un poco exagerado con lo de la Diosa Blanca y todo eso. Link frunció el ceño y no lo desfrunció en todo el tiempo que duró el relato.
"Pensaba que os íbamos a sorprender con nuestra historia de cacería…", dijo Will, con una sonrisa irónica, "¿y qué me encuentro al llegar a casa? Un centaleón gigante abatido en la puerta y que la princes-
"Luego hablamos de eso, Will." intervino Tarie. Sé que no quería hablar de mi verdadera identidad delante de las niñas, si lo hacía, la ristra de preguntas sería interminable.
"Zel es una maga", dijo Lywise, "con sus poderes de luz mató al centaleón."
"Y también puede volar", añadió Grinn. Link casi se atraganta con la comida al oír eso.
Una vez acabado el almuerzo, pude explicar a Link más o menos lo que había ocurrido, y que Tarie sabía toda la verdad sobre nosotros. Se sorprendió sobre la reacción de la bruja, y aunque el plan que él había trazado salió perfecto (los vecinos pensaron que fue Will quien había terminado con el centaleón), estaba contento al ver que nos habíamos defendido tan bien y que la bruja había renunciado para siempre a seguir haciendo de las suyas.
Mientras Will y Link dormían (al igual que nosotras no lo habían hecho en toda la noche), yo estuve jugando con Lobo y con las niñas en los alrededores de la casa. Lobo estaba muy nervioso con la presencia del centaleón muerto, y tuve que calmarlo un par de veces para que no se enzarzase con el cadáver y empezase a mordisquearlo. Más tarde, cuando los chicos despertaron, entre todos pudimos arrastrar al centaleón hasta las afueras de la aldea. Hizo falta la ayuda de los vecinos, por supuesto, y hubo que dar más explicaciones sobre lo ocurrido. Una vez despejado el camino, Will dijo que intentarían cavar un agujero y dejarían al monstruo dentro, y el trabajo del día se dio por zanjado. Todos parecían exhaustos de cansancio, sobre todo Link, que tenía la camisa empapada en sudor.
Ya caminábamos de vuelta a la cabaña, y se me acercó para caminar a mi lado, en nuestra primera conversación privada de verdad desde que volvió de la cacería.
"Hay algo muy importante que tengo que decirte", me susurró, mientras ralentizábamos el paso para apartarnos de los demás.
"Tú dirás."
"No te enfades conmigo, pero me he hecho un pequeño rasguño."
"¿Qué? ¿Fue el centaleón? ¿Por qué no lo habías dicho antes?"
"Porque no es nada, mira."
Se levantó la manga de la camisa y vi tres arañazos largos en su antebrazo, la marca de una garra.
"Te prometí que te contaría todo esto, aunque como ves es una herida ridícula.", prosiguió.
Él y su manía de quitarle importancia a todo lo que le pasa. Tiene tantas cicatrices que soy incapaz de contarlas.
"Puede infectarse."
"Ya, lo sé. Por eso, esta vez… ¿te importaría curármelo tú?"
"Claro que no."
"Bien, voy a quitarme esta ropa sudada y a lavarme un poco y te buscaré para que lo cures. Así podrás dormir tranquila, ¿no?"
Bromas de Link aparte, conté a Tarie que tenía una herida de la garra del centaleón, y me dio un ungüento que había usado otras veces con Will. Ella me ayudó a prepararlo todo en el dormitorio de las niñas, unos paños para desinfectar y un poco de agua calentada en el fuego de casa.
"Aquí nadie os molestará", dijo Tarie, "seguro que tenéis muchas cosas que hablar sin que os interrumpa el abuelo o las niñas. O Will, él es el más niño de todos."
"Gracias."
Mientras hojeaba otra vez el único libro que había en el dormitorio, Link apareció con la ropa de cama prestada de otras veces y el pelo suelto.
"Siéntate ahí", le dije, mientras se remangaba el brazo con la herida.
Su primera reacción fue quejarse en cuanto sintió el escozor del paño húmedo en el brazo, pero poco a poco se fue dejando hacer. Yo no podía parar de parlotear, así que le conté por mi cuenta todo lo que había pasado con el centaleón, y cómo no me quedó más remedio que recurrir a la Trifuerza.
"Así que ahora Will y Tarie sabe quiénes somos de verdad.", concluí. Esto no pareció molestarle en absoluto, estaba como absorto en lo que yo hacía en su brazo.
"He pensado mucho en ti, en si habría hecho bien dejándote atrás, sin Lobo y sin ayuda.", dijo, después de un buen rato de escucharme sin decir nada.
"Sabes que es mutuo. Yo… también he pensado mucho en ti. Y me he preocupado."
"¿Cómo te fue con el arco nuevo?", sonrió. A veces se me olvida lo guapo que es.
"Muy bien, aunque… ¿sabes? La flecha que lancé rebotó en el cuerpo del centaleón como si fuese de piedra, es increíble." Link soltó una carcajada. A mí también me resultó cómico al pensarlo, pero en su momento fue algo delicado.
"Me alegro de que todo haya salido bien, pero no quiero que te veas en una situación como esa de nuevo. No sin que esté yo cerca."
"No hay que darle más vueltas", concluí, terminando de desinfectar la última hendidura en su piel.
"Will y Tarie no nos tratarán diferente por saber quiénes somos", reflexionó, "sólo como a personas que conocen, como a sus amigos."
"Eso espero…", suspiré.
"¿Sabes? Antes, hace cien años…"
"¿Sí?", pregunté, invitándole a continuar.
"No había muchas personas que me tratasen como Link, sin más. Había muy pocas, las más cercanas. Casi todos sólo me llamaban el muchacho, el mocoso, o el de la Espada."
"Lo entiendo muy bien. Y… confieso que esos rumores sobre ti también los conocía. Por gente de la corte, o por mis criadas."
Él era el de la Espada, o el mocoso de la Espada, y yo era la princesa sin poder o la hija desobediente del rey Rhoam. Cómo olvidar tantos rumores, si nuestra impopularidad nos precedía…
"Tú sí me tratabas como a una persona."
Levanté la vista de la herida a sus ojos, aparentaban cierta inquietud.
"No siempre fui así, me porté mal contigo.", reconocí, con amargura.
"No. Eso no tiene importancia. Tú me veías a través de todos los rumores, y me trataste como a una persona, no como un soldado ni un subordinado. Mi madre, mi padre, Mipha, y puede que un poco el resto de elegidos menos Revali, ellos también me trataban como Link."
No pude evitar soltar una risa con el recuerdo.
"Revali también te trataba como Link, a secas. Pero era demasiado orgulloso como para reconocer su afecto hacia ti."
"Y aun así, tú llegaste más adentro que ninguno de ellos. Te interesaba saber qué cosas me gustaban y cómo estaba llevando toda la situación."
"Ya, claro, siempre estaba haciéndote preguntas, no sé cuándo parar.", dije, conteniendo una especie de risa nerviosa.
"Sólo quería decirte que te agradezco que fuese así."
"Gracias por decírmelo", dije, poniéndome en pie para que no pudiese ver cómo me ruborizaba de una manera absurda, "por cierto, esa herida ya está lista."
"No está mal teniendo en cuenta que es el trabajo de una aficionada. Mejor desinfección que si hubiese puesto un poco de nieve encima y la hubiera dejado secar al sol", bromeó, bajándose la manga con cuidado.
Desde la habitación contigua Tarie nos llamó para ir a cenar, Link se puso en pie pero se quedó plantado delante de mí, bloqueando el paso.
"La cena ya está.", repitió, como si yo no lo hubiese oído.
"Tarie quería hacer un guiso nuevo."
Di un paso a un lado y él hizo lo mismo para seguir frente a mí. Oh, cuando al fin me di cuenta de lo que pretendía era demasiado tarde y me pilló desprevenida. En un movimiento bastante torpe se inclinó y me besó. Casi chocamos porque no lo esperaba, pero supo arreglárselas para enganchar mi boca con la suya y conseguir que me quedase fulminada allí mismo. Me agarré un momento a sus brazos para estabilizarme un poco, con el beso-choque necesitaba sentir que mis pies pisaban el suelo otra vez.
"Yo tampoco tengo mucha experiencia. Espero no hacerlo mal", confesó.
Me hizo mucha gracia que dijese eso, era como si hubiera continuado nuestra conversación justo por donde la habíamos dejado la otra vez, en nuestra despedida en la nieve. Eso quería decir que él también había pensado en ello.
"No lo haces mal."
Link sonrió y vi su hoyito muy de cerca y quise que me besara otra vez, más despacio para poder ser consciente de todo, pero en lugar de eso nos fuimos a cenar con la familia.
Y aquí es cuando yo debería retirarme al dormitorio para escribir con tranquilidad, cerrar mi diario y dormir a pierna suelta para poder asimilar todo este revoltijo de emociones. En lugar de eso, Will vino a despertarnos. Link estaba enfermo y no podía parar de vomitar todo lo que había en su estómago, así que salí con él al escalón de la puerta, yo con mi abrigo, él con un cubo en las manos.
"Te dije mil veces que no te bebieses esa porquería.", refunfuñé. Estaba tan enfadada que esperaba que el mal cuerpo le sirviese de escarmiento.
"Ha sido la cena, no la poción.", dijo. Una nueva arcada le hizo hundir la cara en el cubo.
"Esto te pasa por no hacerme caso. Cabezota."
"Diosas… creo que me estoy muriendo…", se lamentó, con la cara pálida como la nieve, "Zel, ¿te quedarás conmigo hasta que se me pase?"
"No te lo mereces, pero lo haré. Qué remedio."
En la puerta de Will y Tarie, con Link vaciando su estómago por completo, Lobo ha venido a olisquear el cubo con el vómito y he tenido que regañarle, menuda noche me están dando los dos,
-Zelda B.
Nota:
Bueno, hacía tiempo que no me dirigía a vosotros, sólo quería deciros que espero que todo siga muy bien, y muchas gracias por vuestros comentarios y por seguir la historia ^^
Yo estoy un poco disgustada, suelo salir a correr a horas indecentes (temprano, cuando no ha salido el sol y las calles aún no están puestas xD), y esta mañana me encontré tres, TRES, mascarillas tiradas en el suelo. Cuando hacemos eso, no pensamos en que habrá otra persona cuyo trabajo sea recogerla para tirarla a donde corresponde, con los riesgos que eso conlleva. Por favor, seamos todos respetuosos, no cuesta ningún trabajo... en fin. Cuidaos mucho!
Un abrazo,
-Nyel2
