¡No dudes de mi amor por ti!
Han pasado dos semanas desde que la tía Elroy y los chicos Cornwell estuvieron en el apartamento de Albert y Candy.
Desde que Candy se dio cuenta del compromiso arreglado por el señor William C Ardlay y los Mackenzie. Candy no podía concentrarse en el trabajo.
La primera cita para su control prenatal había llegado.
Como era de esperarse, Albert estaba vuelto un loco comprando cosas para su primogénito. Tampoco iba a perderse su primera cita con su prometida.
— Veamos cómo está creciendo su bebé señorita Candy._ Decía la ginecólogo Annie Brighton. Por cosas de la vida y coincidencias del destino, Annie se había vuelto a reencontrar con su amiga de la infancia. La misma chica del orfanato donde vivió sus primeros años. Pero como era de suponerse, Annie no quería que nadie supiera que era una huérfana abandonada por sus padres. A su edad, aún sentía que había sido su culpa por haber sido abandonada.
Al escuchar los latidos del corazón de su bebé, Albert estaba muy emocionado. No paraba de sonreír y sentirse bendecido y muy orgulloso.
— ¿¡Lo escuchas mi amor!? Es nuestro gran tesoro. _ dijo mientras Candy por primera vez en esas dos semanas sonreía de felicidad. Albert le había propuesto matrimonio, pero ella no había respondido aún. Siempre le salía con la excusa de que un papel no aseguraba su amor y fidelidad hacia él. Pero lo que en realidad ella sentía, era temor. Miedo de que Albert en la presentación como cabeza de la familia; se arrepintiera de su compromiso con una chica como ella. Una chica que según Candy, no estaba a la altura del patriarca. Al terminar de examinar al bebé y saber te todo estaba en orden Annie se dispuso a prescribir los cuidados de futura madre.
— Le daré la prescripción para sus vitaminas prenatales. Quiero revisarla cada mes para ver cómo va creciendo el bebé. — Los dos asintieron. Albert como médico sabía cómo atender a su mujer en caso de emergencia. Pero él era médico general por lo que era más conveniente que un ginecólogo lleve los cuidados de su primogénito. Y quien más que Annie Brighton una de las mejores del hospital Bellevue.
— Por el momento le pido de favor que descanse y no se preocupe por nada. Su presión es un poco alta y me preocupa que tenga que internarla por eso.
— ¡Gracias doctora!...— Candy agradeció con una sonrisa y sin decir una palabra más a su amiga de la infancia, se colocó su ropa. — Antes de salir Annie le dio una tierna sonrisa a Candy de añoranza. Antes de cruzar la puerta les pregunto:
— ¿Me imagino que no quieren saber el sexo del bebé? Son los primeros padres que no lo preguntan.
— ¡Así es! _ respondió Albert.
— ¡Queremos que sea una sorpresa! _ Annie asintió mientras los vio cerrar la puerta de su consultorio.
«Candy... estas tan linda y no has cambiado nada. La misma Candy de siempre» pensó.
Mientras tanto, Candy estaba nerviosa, algo que no había pasado desapercibido por Albert.
— ¿Te sucede algo amor? — preguntó.
_ No es nada, es solo que me parece increíble como las personas pueden cambiar con el paso del tiempo y olvidarse de donde vienen. Como tú por ejemplo. Eres un Ardlay...
— ¿A qué viene todo esto?
— Y no solo eres un miembro más de la familia... sino que eres la cabeza de la familia y... Todo un clan depende de ti. — Aquellas palabras fueron Como balde de agua fría para Albert.
« ¿Es esa la razón por la que aún no ha aceptado ser mi esposa?» — Se preguntó.
Tomando la mano de su mujer, besó uno a uno los nudillos de sus dedos hasta llegar a la gran roca corte esmeralda que Candy traía puesto en su dedo índice. Era un precioso diamante que había comprado en São Pablo, un hermoso anillo de platino con un diamante color verde esmeralda como los ojos de su amada.
_Cuando te propuse matrimonio, lo hice con todo el amor e ilusión del mundo. Candy... aunque aún no me has respondido, sé que en el fondo de tu corazón me has dicho que sí.
Mi mayor anhelo es escuchar de tus labios la respuesta. ¿Qué sucede Candy? Por favor necesito que me lo digas. Llevas dos semanas así.
_ Albert... yo... —Candy estuvo a punto de decirle que sí. Cuando su móvil sonó.
_ ¡Hola! habla Candy...
_ ¡Candy!… soy Helen.
_Hola Helen... que grata sorpresa.
— Candy... escuché que te desmayaste y que Albert te llevó con la ginecóloga ¿Estás bien tú y el bebé? — Desde que Candy había cuidado a la mujer desde la operación. Helen sentía un gran cariño por ella. Candy no era una chica rencorosa y su forma de ser había sido una lección de humildad para Helen.
De alguna manera comenzaba a sentir que Candy era como su hermanita menor. La hermana que nunca tuvo.
_ ¡Todo bien!... gracias por preocuparte por nosotros.
Eso solo que tendré que tomar reposo y quedarme en casa unos días.
_ Pero irás a la presentación de Albert... quiero decir el señor William ¿verdad?... Archie me lo ha contado todo Candy... creo que necesitamos hablar. — Candy no respondió y se despidió sin decir una palabra más.
Antes de subir al auto, Albert la tomo de la cintura y le levantó el mentón quedando sus miradas frente a frente.
Sus ojos pedían a gritos su amor y sentirse segura de él. Pero las palabras se quedaban atrapadas en su garganta.
_ Te conozco tan bien Candice White... Y sé que estás sufriendo mucho más que yo. Sé que piensas que me harás un mal si te casas conmigo. ¡Candy... mi felicidad está a tu lado! — Sin decir una palabra más, se posesionó de sus labios suaves y delicados. Ella respondió a su beso y se aferró a sus brazos, sintiendo como el corazón de su hombre latía rápidamente por su amor.
Se dio cuenta que con su comportamiento lo estaba és de subir al auto la suave melodía que se escuchaba por las bocinas la arrullaron. Al no sentir el auto en movimiento despertó.
Al entrar al edificio, la cargó entre sus brazos recordándole cómo se habían declarado su amor en ese mismo elevador.
_ ¡De una cosa estoy segura y que no te quede duda!
¡Siempre... siempre te he amado y te amaré!...
« ¿Qué quiere decir con eso?» pensó pero asintió confiado de su gran amor.
En el hospital Bellevue.
Cupido había hecho de las suyas. Stare le enviaba un invento nuevo a la Dra. Patty cada semana.
Cada lunes que ella entraba a su consultorio, se encontraba un florero con flores artificiales, que extendían un arcoíris o una invitación a salir cuando halaba el listón que colgaba de una de ellas.
Mientras que Archie, envía rosas cada día al edificio de Helen. La mujer se había negado anteriormente a aceptar su declaración de amor. Pero él con su insistencia, cuidados y demostración de afecto y cariño. Estaba logrando que ella lo aceptara.
Franny seguía soltera. El Dr. Campbell tenía una relación nueva y era nada más y nada menos que con Annie Brighton.
Por lo que Franny había decidido salir del hospital. Algo que sorprendió mucho a las chicas, cuando se dieron cuenta de la noticia.
Ese mismo día por petición de Albert, Candy debía tomar reposo y tomarse unos días de descanso ya que las órdenes de Annie no habían sido suficientemente claras para la rubia cabezota.
Afortunadamente para el estado de New York, el censo de pacientes con el virus del Sars ha disminuido.
— ¡Vamos cariño! por favor acuéstate un poco y descansa. Te haré una sopa de pollo con verduras que te encantará.
— ¿Enserio vas a cocinar?- preguntó tratando de poner mejor ánimo. Sabía que todo lo que estaba sucediendo, no era culpa de Albert.
— Candy... quiero que sepas que pase lo que pase y cualquiera sea tu desición, la respetaré. Pero no te prometo alejarme de ti.
Nunca he tenido experiencia en problemas como los que estamos teniendo. Pero de lo que estoy seguro, es que con amor todo se puede resolver. _ Albert al igual que ella estaba sufriendo. Su desconfianza y autoestima sintiéndose que era muy poco a él le estaba arruinando su relación.
— No quiero que el día de mañana te arrepientas de estar conmigo. Y las consecuencias que eso podría traerte con tu familia y los negocios.
— ¿Y tú crees que eso me importa? ¿De verdad crees que los negocios me importan más que tú?... — Albert sintió un profundo dolor en su corazón, después de todo lo que habían vivido en la casa Magnolia. Como Candy... su Candy era capaz de pensar que los negocios y el dinero eran más importantes que su amor por ella. Pero no dijo nada más y se dirigió a su recámara.
«Pero que estoy haciendo» — Se preguntó llevándose las manos a la cabeza.
— Esto no le hace bien tampoco a mi bebé.
No puedo ser así de cruel y desagradecida con quien solo me ha dado amor. _Caminó hacia la habitación y mientras Albert estaba de espaldas sacando un libro de su maleta. Ella lo abrazó por detrás.
— Te amo Albert. Por favor no dudes de mi amor por ti.
— Lo sé. — respondió en sollozos. — Solo dame tiempo para arreglar esta situación que te está haciendo daño. — Sujetando su mano, se volteó y quedó frente a ella.
— Porque se... que esto es muy importante para ti,
Quiero devolvértelo. _ Con una leve sonrisa le colocó el libro forrado de color marrón en la palma de su mano. Ella lo reconoció en un instante. Le dio un beso en la frente y antes de salir de la habitación le dijo:
— Te amo y siempre te amaré. Ahora terminaré de cocinar.
— Albert yo...
— No digas nada Candy... sé que él siempre será parte de tus recuerdos. Y de verdad no me importa. Sé que me amas. Pero eso es tuyo. Cuando George me lo entregó, sentí la necesidad de darte lo que te pertenece. — Candy no dijo una palabra más... el hombre que ama le estaba dando su espacio y además, el diario que habla casi todo de su ex novio de la adolescencia.
« ¿Cómo debo de tomar esto ?» _ Se preguntaba mientras caminaba a su habitación. Colocó el diario en una de las gavetas del mueble y se dirigió a la tina para refrescar sus pensamientos por la situación.
Al salir y pasar más de media hora sentada en la tina con agua tibia. Se colocó su bata de seda y agarró el diario nuevamente.
Al llegar a la cocina y mientras observa a Albert colocando los cubiertos en la mesa, se acercó.
— Esto ya no me pertenece. Al igual que Terry es parte de mi pasado, también lo es este libro. No lo he leído. De igual manera que me lo diste; te lo devuelvo. No lo abrí y ni pienso hacerlo.
Albert... perdóname... perdona mi inseguridad. Yo te amo más que mi propia vida.
— Shhh... _ Se acercó y con sus labios la silenció. Ella respondió al contacto de sus labios suaves y brazos fuertes que la alzaban para estar a su altura.
— Esta es tu prueba más fiel de amor que has podido darme Candy... jamás pensé que serías capaz de desprenderte de algo como este diario que fue muy importante para ti.
— ¡Tú eres más importante para mí! Tú y nadie más que tú.
— ¿Incluyendo tu príncipe de la Colina?... _ La pregunta la tomó por sorpresa y no sabía cómo responder...
— ¿Eh? ¡Bueno!... yo...
— Ja ja ja... tal parece que ese chico sigue estando en tus recuerdos.
— Pero Albert... es que él fue... es y seguirá siendo especial para mí. _ Candy estaba nerviosa. Pero si había algo que ella no sabía hacer, era mentir, y no le engañaría mucho menos a él.
— Vamos a cenar... la sopa está lista. _ Con el corazón emocionado de felicidad, Albert servía la sopa. No le quedaba ninguna duda que él mismo, como príncipe de la colina, había permanecido en los pensamientos de Candy y, que ni Terry ni nadie había logrado ocupar ese lugar especial que Candy guarda para él en su corazón.
Continuará.
Hola chicas... como dije anteriormente, estamos a pocos capítulos del final. Uno más y luego vendrá el epílogo. Espero les guste y decidí ponerle un poco de tensión a la relación.
Muchas gracias y que Dios me las bendiga.
Espero de todo corazón que se encuentren bien de salud.
