Hoy se cumple un año desde la finalización de este fanfic. Esta historia es… es gran parte de mi vida, para ser honestos. No es una exageración ni una figura retórica; fueron tres años que dediqué a escribirla. ¡Más o menos un trece por ciento de mi vida!

Este año desde que la terminé ha sido un tanto agridulce. Me he sentido increíblemente afortunado por poder contar con la maravillosa recepción que la gran mayoría de ustedes tuvo con el final, y leer sus palabras de aliento, de felicitaciones y los hasta incluso exagerados elogios ha sido siempre una caricia a mi corazón, un privilegio que tomo no como algo que me he ganado sino como algo que ustedes me regalan.

Pero también tuvo su parte agria, pues fue en parte sentir que mi trabajo en el fandom ya estaba terminado, que no tenía nada más que ofrecer, que no me quedaba más que desaparecer en el olvido, ja. Y es que es raro, pasar tres años pensando día a día en esta historia, y que un día se termine y no haya más que pensar.

Pues bien, para celebrar este aniversario de su finalización, decidí escribir un poquito sobre esta historia. Como decimos en Argentina, yo voy a morir con la mía. Para mí, el final ya está escrito. La historia terminó con Lincoln descubriendo que, a pesar de lo que creía, sí había sido útil en vida, y que había afectado positivamente la vida de muchas otras personas. Esa es la historia que quería contar, la idea de los trofeos y su vitrina vacía estaba planteada desde el primer capítulo. Para mí, la historia de Réquiem está terminada.

Peeeeero, bueno, no voy a mentirles, obviamente siempre me imaginé cómo sería si la historia continuase un poco más. Sabía que no lo escribiría, pero siempre fue una pregunta que me hacía. Y para conmemorar este año que ha pasado desde el final de esta historia… ¿por qué no escribirlo, finalmente? Y pues aquí estamos.

ATENCIÓN: Esto NO es canon. Esto es más como un "What if?", una línea de tiempo paralela, o un fanfic de mi fanfic. Lo que leerán a continuación no es un epílogo, ni un final, ni nada oficial. Tómenselo como una posibilidad que fue tachada, una escena eliminada, no sé.

O no, hagan lo que quieran, la Muerte del Autor y qué se yo. Entiendo que es difícil escribir esto y después decirles que la historia terminó antes. Pero bueno, para el que alguna vez quiso leer esto… pues bien, aquí está la primera parte. Síp, así es. Habrá una segunda parte también.

La historia original ya se toma su tiempo para establecer y describir íntimos momentos de introspección entre Lincoln y cada una de sus hermanas así que voy a tratar de no extenderme o repetirme mucho. ¡Espero que les guste!


Consummatum est.

Lincoln Loud despertó aquella mañana sin ninguna alarma, ruido molesto, explosión o furiosos gritos de batallas entre hermanas. Sin nada que interrumpiera abruptamente su descanso, recibió al nuevo día con un satisfecho suspiro, abriendo sus pesados párpados y dejando que sus ojos se acostumbraran a la luz que se filtraba a la sala por entre las cortinas.

Desde aquella funesta y tormentosa noche, tanto él como sus hermanas habían llegado a un nuevo arreglo para dormir, uno que no implicaba tests de compatibilidad ni que ellas tuvieran que turnarse para poder estar junto a él. Los colchones, almohadas y sábanas no habían vuelto a sus habitaciones, y cada noche era una pijamada, con los once niños mirando televisión, hablando y consolándose mutuamente. La hora de dormir había sido extendida para toda la familia a través de un tácito acuerdo; incluso las más pequeñas podían quedarse despiertas el tiempo que hiciera falta para que el sueño y el cansancio las venciera.

Acostarse temprano era, posiblemente, una de sus menores preocupaciones.

Esta nueva organización parecía estar teniendo efectos muy positivos en Lincoln. Hacía ya varios días que no sufría pesadillas, y sólo había tenido dos repentinos ataques de pánico. Uno de ellos había sido controlado por Lori sin que nadie más se enterase, pero desafortunadamente, el segundo había ocurrido frente a todas sus hermanas. No le gustaba mostrarse débil ni tan vulnerable, pero permitirse a sí mismo llorar sus penas frente a ellas pareció acabar con los últimos dolores que se ocultaban en los recovecos de su corazón, envenenándolo lentamente con estrés y desesperación. Tres días habían pasado desde aquel incidente, y en vista de las circunstancias, Lincoln se encontraba viviendo tan normalmente como le era posible.

Dejó escapar un silencioso bostezo y se sentó, estirando sus brazos y piernas para desentumecerlas y acabar de despertarse. Echó un rápido vistazo a su alrededor. Las gemelas continuaban durmiendo a su lado, abrazadas la una con la otra. La mayoría de sus hermanas se encontraba durmiendo aún, de hecho, creando una fanfarra de ronquidos, algunos suaves como la brisa entre las cañas de bambú, otros violentos como una estampida de rinocerontes.

Revisó los rostros de sus hermanas, todas disfrutando aún del sueño. Todas, excepto una. Levantando la vista, notó que, en el otro extremo de la sala, de pie y mirando hacia la calle a través de un hueco en la cortina, se hallaba Lucy.

Con cuidado de no levantar a nadie, Lincoln se puso de pie y se acercó a su hermana menor.

—Está algo nublado —dijo ella, sin voltear a verlo.

Lincoln se colocó a su lado, abriendo la ventana un poco más para acompañarla en su vista. Siendo aún muy temprano en la mañana, la niebla no acababa de disiparse, por lo que la luz del reciente amanecer se refractaba para darle a las casas un tenue tono amarillento. El cielo, tal y como Lucy había mencionado, presentaba algunas nubes.

— ¿Eso es bueno, no? No eres muy fan del sol.

Lucy se encogió de hombros.

—Mientras no arruine tu cita...

—No lo hará —dijo él, sonriendo y colocando un brazo sobre los hombros de su hermanita—. ¿Hace mucho que estás despierta?

—No —respondió tras una pausa pequeña, pero lo suficientemente larga como para que Lincoln la notase.

— ¿Tuviste una pesadilla?

Silencio. Lucy dejó que su cabeza se ladeara a un costado, descansando sobre el hombro de Lincoln. Él movió afectuosamente su mano sobre el hombro de su hermana. Lucy nunca parecía particularmente afectada por pesadillas o sueños aterradores, pero podía imaginarse qué pasaba por su subconsciente.

—Mamá y papá se levantaron hace unos minutos. Fueron a la cocina a preparar el desayuno.

—Genial. De acuerdo, iré a vestirme —dijo, señalando a su pijama naranja. Lucy asintió.

—Voy a despertar a Lynn.

— ¿Para qué? —Preguntó Lincoln, alzando una ceja. Ninguna de sus hermanas apreciaba que interrumpieran sus horas de sueño. Si había que despertar a Lynn, era más que conveniente tener un balón en mano para que no se enfadase.

—Yo… —dijo, perdiéndose un segundo antes de recuperar el hilo de palabras— Ella me entiende.

Lincoln también la entendía, por lo que no hizo falta que dijera más. Se despidió de ella, dejándola para que despertase a su compañera de cuarto, y subió al piso de arriba. Tras un breve aseo en el baño, entró a su habitación. A decir verdad, la ausencia de su cama hacía que el pequeño recinto se viera mucho más amplio de lo que él estaba acostumbrado.

Rápidamente se vistió con las prendas más limpias que tenía, tomándose incluso el tiempo de verse al espejo para peinarse, asegurándose de que ningún cabello castaño se saliera de su lugar… excepto los de su flequillo, los cuales seguían igual de incontrolables que siempre. Una vez vestido y preparado para afrontar el día, sólo quedaba una cosa por hacer antes de abandonar su habitación.

Lincoln extrajo su calendario, el cual se hallaba doblado dentro de uno de los cajones del armario. Se detuvo a observarlo por algunos segundos. Con esto, marcaba el décimo octavo día desde su diagnóstico. Ya había pasado las primeras dos semanas, y se hallaba cada vez más cerca de la tercera, aquel horizonte hasta donde las expectativas de los médicos se atrevían a prolongarse.

Cada segundo que pasaba observando aquella hoja le producía una sensación de entumecimiento en el pecho, le secaba la garganta, le hacía sentir un incómodo ardor en la nuca. Lo tachó tan pronto como pudo, dejando sobre el papel una cruz desprolija e irregular. Era hasta curioso ver cómo las cruces habían iniciado firmes y decididas, y con el paso de los días, se volvían cada vez más inexactas y apresuradas.

—Basta, basta —dijo en voz alta, guardando su calendario, cerrando los ojos y respirando hondo—. A desayunar. Piensa en el desayuno…

Siempre que se hallaba a sí mismo entrando en una espiral de pensamientos negativos, Lincoln encontraba remedio al enfocarse en tareas o actividades para hacer. Sentirse útil, saber que tenía cosas por hacer y algo a lo que apuntar. Distraerse lo ayudaba a escapar de la espantosa y aterradora situación de esperar pasivamente a que el implacable paso del tiempo reclamara lo que le pertenecía.

Desayunar, por ejemplo, parecía una muy sencilla tarea en la que enfocarse. Y tenía planes para el resto de la mañana y las primeras horas de la tarde. ¿Podría ocupar su noche también con algo para pasar el tiempo?

Decidió también revisar su lista de objetivos. Le resultaba sumamente agradable ver la cantidad de ítems que había logrado cumplir, pero por desgracia —o, quizás, por suerte— aún le quedaba una gran cantidad de pequeñas cosas por cumplir que no había tenido tiempo de realizar. Le dio una rápida mirada a las tareas pendientes, tratando de buscar algo que pudiera adecuarse a su agenda del día. No sólo eso, sino que debía también considerar el tiempo que destinaba para sus hermanas, tratando de distribuir su existencia equitativamente con cada una de ellas. El día anterior había jugado videojuegos con Lana, explicado a Lisa las inspiraciones científicas detrás de sus superhéroes favoritos, y ayudado a Leni a diseñar un vestido para Lori. ¿A qué hermana había relegado últimamente? La respuesta le llegó rápidamente, y con una sonrisa, encontró algo que hacer con ella.

Dos suaves golpes en su puerta lo apresuraron a que guardara todos sus papeles.

Lincoln, ¿estás ahí?

Se miró al espejo rápidamente para asegurarse de verse presentable. Su rostro había visto mejores días, pero no estaba mal. Tomó aire y abrió la puerta, dedicándole una cálida sonrisa a quien mejor las recibía.

—Sí, estoy aquí —le dijo a Luan, quien evidentemente acababa de despertarse. Sus ojos no estaban del todo abiertos aún, y su pijama estaba lleno de las típicas arrugas de alguien que no dormía quieta. — ¿Necesitabas algo?

—No, no. Sólo quería… ¿Cómo te sientes? —Preguntó, llevando sus manos detrás de su espalda y balanceando su cuerpo de adelante hacia atrás.

—Mejor que nunca —dijo, levantándole un pulgar.

Ella pareció aliviada, como si acabaran de decirle que el examen para el que no había estudiado había sido repentinamente cancelado y los estudiantes recibirían helado gratis.

—De acuerdo, eso es genial. Yo, uh, haré la fila para el baño. Nos vemos en el desayuno.

— ¡Nos vemos!

Sin nada más que hacer, Lincoln se dirigió a la cocina.

Al pasar por el comedor, no pudo evitar darle una mirada hacia la pared donde otrora se hallaba la vitrina de trofeos de la familia. Ahora, una nueva colección de trofeos parecía haber ocupado su lugar, una tan grande que la vitrina no alcanzaba, y cada uno de ellos estaba dirigido a Lincoln. Mientras pasaba camino a la cocina, una sonrisa se dibujó en su rostro.

El desayuno ya estaba servido, con Lisa, Luna, Lily sus padres disfrutándolo. Saludándolos y uniéndoseles, Lincoln devoró sus waffles y bebió su chocolatada caliente disfrutando cada pequeño chispazo de sabor que estallaba en su boca.

—Creo detectar una gran satisfacción en tu rostro, hermano mayor —dijo Lisa con tranquilidad, mirándolo desde el otro lado de la mesa desayunadora.

— ¡La comida está deliciosa!

Lynn Sr sonrió y realizó una pequeña reverencia que Lily aplaudió, claramente entretenida por el bobo gesto de su padre.

—Liz tiene razón, te ves bastante animado hoy —añadió Luna, dándole un pequeño sorbo a su café.

Lincoln consideró sus palabras por unos segundos. No se sentía particularmente animado, pero ¿quién era para decirles que no?

—Es un buen día —dijo sencillamente, terminando con uno de sus waffles antes de voltear a verla—. Oye, ¿crees que podamos hacer algo más tarde?

— ¡Por supuesto! —Respondió la rockera, casi antes de que terminara su pregunta— ¿Qué tienes en mente, hermano?

—Estaba pensando… ¿crees que podamos escribir una canción entre los dos?

El resto de la familia allí presente, incluso Lily, alzó las cejas y volteó a ver a Luna, atentos a su reacción. Completamente justificado, de hecho, pues la quinceañera underground parecía una piñata de alegría a punto de estallar. Dejó su café a un lado, con sus manos juntas sobre su pecho, temblando de felicidad, y sus ojos parecían dos estrellas enfocadas en su hermano menor.

— ¡Hermano, por supuesto que sí! ¡Oooooh, esto va a ser la bomba! ¿Tienes algo en mente? ¿Sólo la letra, o quieres que la hagamos para guitarra? ¡Tú puedes tocar la guitarra y yo el teclado! ¿Qué estoy diciendo? ¡Tocaré el teclado, la batería, trompetas, y el banjo! ¿Crees que necesitemos un banjo? ¡Ya encontraremos la forma de meter el banjo!

Emocionada, dejó escapar un agudo chillido y enredó a Lincoln en un fuerte abrazo, apretando sus mejillas juntas.

—Estoy seguro que encontraremos la forma de que todos los instrumentos encajen —dijo Lincoln, riendo, y extremadamente satisfecho consigo mismo. Había conseguido ocupar su tarde/noche, tachar un ítem de su lista de objetivos, y hacer muy feliz a una de sus hermanas con una simple pregunta. Si eso no era eficiencia, pues entonces no entendía el significado de esa palabra.

El resto del desayuno transcurrió sin mayores inconvenientes, con el resto de sus hermanas uniéndose una a una, todos entablando casuales conversaciones entre ellos, hasta que el timbre sonó.

— ¡Yo me encargo! —Gritó Lynn, saltando desde su silla y dando una voltereta por encima de las mascotas para correr hacia la puerta de entrada.

Lincoln, imaginando ya quién era quien llamaba, se limpió la boca con una servilleta y se sacudió las migas de su ropa.

¡Hey, Romeo! ¡Es para ti! —Lo llamó su hermana deportista, haciendo que el resto de su familia sonriera, y que él se sonrojara.

—Lincoln, lleva tu teléfono —le pidió Rita, acercándose a acomodar su ropa y su cabello.

—Sí, lo sé.

—Cualquier cosa que ocurra, llama a…

—Lo sé, lo sé.

—...ella tiene nuestro número, vamos a estar aquí, sólo tiene que…

—Ya sé, mamá —dijo, abrazándola para tranquilizarla—. Tranquila.

Rita suspiró y le sonrió, acariciando su rostro y abrazándolo también.

—Ten mucho, mucho, mucho cuidado, ¿si?

—Lo tendré.

Toda la familia le deseó suerte, que se cuide y lo despidió, dejándolo dirigirse hacia la sala, donde Lynn charlaba alegremente con una tímida pero animada Ronnie Anne.

—Ahí está tu novio —dijo la castaña—. Pasó un largo rato peinándose y poniéndose bonito sólo para ti.

La joven pareja se sonrojó, aunque Ronnie Anne no pudo evitar reír.

—Por lo menos admites que me veo bien —dijo él, tratando de sonar confiado. La risa de las dos chicas no pareció ayudar del todo en ese sentido.

—Hablando de peinados, ¿te hiciste algo, Lynn? —Preguntó Ronnie Anne, mirando con curiosidad el cabello de la deportista.

Las pecas de Lynn casi quedaron ocultas detrás del rubor que inundó sus mejillas.

—Yo… Uh… Lincoln sugirió que probara un shampoo de Leni, y, uh… Bueno…

—Se ve que el tonto sabe de cabello. Se ve más brilloso. Te queda bien.

—Pues… Gracias —respondió, un tanto apenada—. En fin… cuida de mi hermano, ¿sí? Que no se meta en problemas.

—Puedo cuidarme solo, ¿sabes?

—Tranquila, yo me encargo —dijo Ronnie Anne, atrapando a Lincoln en un afectuoso abrazo de costado.

Los dos niños se despidieron de Lynn y salieron hacia la vereda. Aún era sumamente temprano, pero por lo menos la niebla se había disipado y la luz del Sol comenzaba a calentar las calles.

—Nunca fui al arcade tan temprano —admitió Lincoln.

—Yo tampoco, pero hay que aprovechar la mañana. Sólo espero que Dance Dance Revolution no esté en reparaciones.

Los dos intercambiaron una sonrisa. Aquel juego les traía preciosos recuerdos.

— ¿Vamos a jugar en el modo versus, o en modo cooperativo? —Preguntó Lincoln, sorprendiendo a Ronnie Anne.

—Huh… supongo que podemos intentar el modo cooperativo.

—Quizás así podamos quitarle el récord a Paige y Artie. ¿No sería eso genial?

—Sí… sería bastante genial.

Y con gentileza, los dedos de Ronnie Anne se entrelazaron con los de Lincoln. Él le sonrió, y apretó cariñosamente la mano de su novia.

Tomados de la mano, caminaron juntos hacia el arcade. La mayor parte del trayecto transcurrió en silencio, pero no un silencio incómodo, sino el agradable silencio de cuando las palabras sobraban.


— ¡Vamos, un poco más!

—N-No… no sé si…

— ¡Esta vez sí lo lograremos, puedo sentirlo! —Dijo Ronnie Anne, saltando de lado a lado, moviendo sus brazos y cabeza al ritmo de la música. Se había quitado su sudadera, atándola a su cintura para no sentirse agobiada por todo el ejercicio que aquel juego requería. Su cola de caballo se movía en el aire como un látigo, saltando en todas direcciones y siguiendo la complicada coreografía a la máxima dificultad.

Lincoln, en la plataforma a su lado, hacía todo lo posible para seguirle el ritmo. Con su lengua fuera y su boca abierta tratando de captar todo el aire posible, sus movimientos eran eficientes pero decididamente no tan fluidos o estéticamente atractivos como los de su novia. Él y Clyde solían jugar juntos, incluso en esta misma dificultad, pero nunca a un nivel tan competitivo. El hecho de que este fuera el cuarto intento tampoco ayudaba a su débil estado físico.

Afortunadamente, los últimos compases del nivel llegaron, y con un último salto en diagonal, los dos llegaron a la posición final. La música se detuvo por unos instantes hasta que los efectos del menú se activaron. Y, en la pantalla, un brillante mensaje apareció para ellos: "¡NUEVA PUNTUACIÓN ALTA!"

— ¡Lo hicimos! —Celebró Ronnie Anne, chocando sus caderas contra las de Lincoln.

—Vaya… en verdad lo hicimos. ¡Increíble!

— ¡Ja! ¡Espera a que los demás se enteren! ¡Somos el mejor equipo!

Ella se acercó a la pantalla, tocando botones e introduciendo un nombre de cuatro caracteres. Con efectos especiales de estrellas de colores y confeti, el nuevo ranking apareció ante ellos.

#1: RALL

#2: PAIG

#3: URSS

#4: KOTL

Ronnie Anne se puso de pie junto a Lincoln, sus brazos rozándose, y lo miró con cierta emoción en sus ojos.

— ¿Ves eso? Nuestras iniciales están juntas.

—Sí. Es bonito. Nuestros papás tallaban sus iniciales en un árbol —dijo, tomándola por la cintura y tratando de recuperar el aliento—, nosotros anotamos las puntuaciones más altas en un videojuego.

Ella rió.

—Sigue siendo romántico.

—Ojalá pudiéramos poner un signo de más en medio.

—No hace falta —le aseguró, pegándose más a él—. Nosotros sabemos.

Su pecho agitado pareció entumecerse al mismo tiempo que una gran calidez lo inundaba. La sensación de mariposas en su estómago era todavía muy nueva y extraña para él, difícil de identificar y de interpretar. Sólo sabía que estar junto a Ronnie Anne lo volvía feliz, que verla sonreír le hacía cosquillas emocionales, y que poder llamarla su novia era casi tan valioso para él como cualquier otro trofeo que hubiera recibido en los últimos días.

Si había algo que esta experiencia le estaba enseñando era el no guardarse nada. En aprovechar cada oportunidad, sobre todo para demostrar afecto. En otra ocasión quizás no lo habría hecho, pero en aquel momento, su corazón le pedía a gritos que la abrazara. Decidió escucharlo, y la atrapó en un suave y sentido abrazo, acariciando su espalda y presionándola sin demasiada fuerza contra su pecho. Ella de inmediato correspondió el gesto, acaso de forma tímida en principio.

—Eres genial, Ronnie Anne —le susurró.

—Y tú eres único, Lincoln Loud —dijo ella, abrazándolo un poco más fuerte.

Quizás fueron sus brazos los que notaron el movimiento del pecho de Lincoln, o quizás fue la cercanía de la boca del muchacho a su oreja, pero ella no tardó en notar su agitada respiración.

—Oye, ¿por qué no vamos a sentarnos? Hay que comprar unas sodas para celebrar nuestro nuevo récord.

—Suena bien, sí...

—Después podemos jugar al hockey aéreo. A menos que no quieras que te humille.

—Oh, voy a destrozarte en hockey aéreo. No tienes ninguna posibilidad.

—Fuertes palabras. ¿En serio crees estar a la altura?

—Sólo espera a que recupere el aliento… verás de lo que estoy hecho.

—Pfft… Ya veremos.

Ella lo acompañó hasta una de las mesas antes de dirigirse al mostrador para comprar sus bebidas. Lincoln se dejó caer sobre el asiento, respirando profundamente. Vaya, ¿quién diría que bailar podría ser tan demandante? Mientras su novia lo dejaba solo, él no pudo evitar recordar todas las veces que habían competido en Dance Dance Revolution. Estaban bastante parejos en su historial, con casi una equitativa cantidad de victorias para cada uno. Y todo había comenzado tiempo atrás en la noche del baile de Sadie Hawkins.

Pensar en ello llenaba a Lincoln de nostalgia. La había pasado muy bien con Ronnie Anne aquella noche, divirtiéndose como nunca antes. No había sido una experiencia tan reveladora como cuando debieron cuidar un huevo, pero aún así él había aprendido mucho de Ronnie Anne. Su sentido del humor, su competitividad en videojuegos, y el inicio de una complicada relación en la que ambos sentían cierta atracción pero carecían del valor suficiente como para llevar las cosas un paso más allá. Se preguntaba cuántos momentos habían perdido por no atreverse a aceptar sus sentimientos. Cuántas citas más podrían haber tenido. Quizás, una de las cosas de las que más se arrepentiría…

Trató de pensar en otra cosa, pues reflexionar acerca de todo lo que no había hecho era al mismo tiempo reflexionar acerca de su condición, y eso siempre le producía un vacío en el pecho, una especie de entumecimiento general que lo dejaba débil, y cansado, y… Y…

Y así era como se sentía en ese momento.

Llevó una mano a su pecho. Era extraño. Había recuperado el aire, pero por algún motivo, todavía tenía una rara sensación en la zona del tórax. Sentía como si sus músculos estuvieran ligeramente acalambrados, pero moviendo los brazos un poco, no sentía ningún dolor en particular. Sólo una molestia, como si vistiera ropas muy ajustadas, como una faja en su pecho o algo así. Trató de sentarse más derecho, imaginando que quizás tenía que ver con la postura de su columna.

—Aquí tienes, Lincoln —dijo Ronnie Anne, volviendo con una soda en cada mano, dándole una y sentándose frente a él—. ¿Ya estás mejor?

—Yo, uh, sí… creo que sí —dijo, bebiendo un trago y moviendo sus hombros, tratando de quitarse esa molesta pero inofensiva sensación.

El efecto fue el contrario. Unos instantes más tarde, su cuello comenzaba a incomodarlo.

— ¿Estás seguro? —Preguntó ella, observándolo con atención— Te ves… raro.

—No, no, no es nada, es sólo…

¿Estaba cansado por el juego, o era esto algo más? Una sensación rara en el pecho… ¿es que acaso le había llegado la hora?

— ¿Lincoln? —Lo llamó ella, dejando su soda a un lado, con visible preocupación en su rostro— ¿Qué ocurre? Oye, háblame. ¡Lincoln! ¿Estás bien?

Él no respondía, pues la voz de Ronnie Anne le llegaba como un lejano eco que no alcanzaba a procesar. Sus pensamientos estaban ahora en otro lugar, otra esfera de la realidad, perdidos en las abstracción. No era como aquella vez en el parque. En aquella ocasión estaba mareado y con dolor de cabeza… pero eso había sido porque su cabeza era el problema. Según los doctores, lo que lo mataría primero sería su corazón.

Su corazón. ¿Eso era, entonces? ¿Así es cómo se sentía un corazón fallando? ¿Una incomodidad en el pecho? ¿Sin dolor? ¿Cómo continuaba? Él no era un experto en cardiología. Asumía que en algún momento su corazón dejaría de latir, y la sangre no llegaría al resto de su cuerpo. ¿Se desmayaría de inmediato? ¿Estaría consciente algún tiempo, sin sentir los latidos de su propio corazón? No podía imaginarse cómo se sentiría eso.

No quería imaginárselo. No quería pensar en ello. Un escalofrío sacudió su espalda de arriba a abajo, erizando los cabellos de su nuca. Fue tremendamente consciente de unas gotas de sudor resbalando por su frente, y de un hormigueo en la punta de los dedos de su mano izquierda. Como si le clavaran pequeñas y diminutas agujas. Por casi tres semanas, este era el momento para el que se había estado preparando, y ahora que estaba en el umbral, se dio cuenta de que en verdad no sabía qué hacer, cómo reaccionar, ni siquiera cómo sentirse.

— ¡Lincoln! —Gritó Ronnie Anne, enfadada y preocupada en igual proporción.

Él parpadeó, y fijó su vista en ella. Ronnie Anne Santiago. Su bravucona, su amiga, su novia. Primera y última novia. Le estaba hablando, tenía que responderle. El trance en el que se encontraba se rompió.

—Yo… Ronnie Anne… creo que… me estoy muriendo —dijo, y aunque para un espectador hubiese parecido que lo decía con tranquilidad, la realidad es que se encontraba en estado de shock, sin saber qué hacer ni qué decir.

Ronnie Anne tomó aire y se cubrió la boca con sus manos. Sus ojos aterrados se fijaron en él, viéndolo casi como si fuera un fantasma.

— ¡L-Llamen a una ambulancia! ¡Una ambulancia! —Gritó, mientras salía de su asiento y corría para colocarse junto a Lincoln, colocando una mano en su frente y otra en su hombro, temblando.

Hubo un revuelo a su alrededor, una empleada del arcade se acercó corriendo, pero en seguida se alejó hacia el mostrador para tomar un teléfono y llamar a emergencias.

—Lincoln, Lincoln, estoy aquí, ¿sí? Estoy contigo, mírame —le dijo Ronnie Anne, las palabras pegadas una contra la otra, y sus ojos llenándose de lágrimas—. Están llamando a una ambulancia, s-sólo tranquilízate y, y, uh, t-trata de respirar, ¿sí? Concéntrate en tu respiración.

Le era difícil concentrarse en nada, a decir verdad, pero enfocarse en su respiración parecía una buena idea. Trató de hacerlo, y sin darse cuenta, buscó sin mirar la mano de Ronnie Anne, apretándola más fuerte de lo que normalmente lo haría. Ella no dijo nada, apretándolo también. Sentía el nerviosismo creciendo, pero sus síntomas no parecían empeorar más allá de la incomodidad en su pecho y cuello volviéndose paulatinamente más presente. Y también se sentía a sí mismo temblar, pero no de frío. A decir verdad, sus ataques de pánico lo habían desesperado y afectado más que lo que fuera que le estuviese ocurriendo.

En cierta forma… era tranquilizante. Pacífico.

—No es así como quería terminar nuestra cita —dijo él, tratando de reír.

—Shh, shh, no te preocupes, Lincoln, la ambulancia vendrá pronto. G-Guarda tu aliento y trata de calmarte, ¿sí? P-Por favor…

Ella también estaba temblando, y sus labios se movían sin parar, tratando de contener el llanto y de sonar tranquila. Las lágrimas que caían por sus mejillas hacían brillar sus pecas, y Lincoln trató de concentrarse en ello por un momento, para distraerse, para mantenerse calmado. Pensar en pecas, sin embargo, le hizo pensar en sí mismo, e inevitablemente, en Luna y Lynn.

Sus hermanas. Todas ellas. ¿Qué fue lo último que había visto de ellas? Habían compartido el desayuno. Lynn había recibido a Ronnie Anne. No se habían despedido.

Nunca las volvería a ver.

Esa idea acabó con cualquier tranquilidad que pudiese haber tenido, y la sensación de agobio se volvió mucho más pronunciada y agresiva.

—T-Tengo que avisarle a… a todos —dijo, mirando a Ronnie Anne.

— ¡Tranquilo, yo me encargo!

Ella le quitó una mano de la frente y quitó su teléfono tan fuerte de su bolsillo que casi lo estrella contra la mesa. Tocó opciones frenéticamente y lo colocó en su oído, tratando de calmar su respiración.

—Vamos…. contesta… contesta, por favor… con- ¡BOBBY!

Lincoln no pudo escuchar lo que respondían del otro lado de la línea.

—Bobby, estoy en el arcade, L-Lincoln… Por favor, a-avísale a Lori, él- N-No, no, está aquí conmigo, pero… B-Bobby... —dijo, quebrándose en llanto y dejando su teléfono a un lado, sin cortar la llamada.

Ella lo abrazó.

—Lincoln, por favor, resiste, tú no… N-No puedes…

Él trató de abrazarla, pero estaba comenzando a marearse y a quedarse sin aire nuevamente. Todo parecía darle vueltas, su pecho ardía, los empleados se acercaban a verlo, su garganta se secó, Ronnie Anne lloraba, escuchaba los latidos de su corazón como si se encontrara en una caja de resonancia...

El mundo perdió enfoque, todo se volvió oscuro, los sonidos a su alrededor se desvanecieron, y lo último que Lincoln llegó a percibir fueron lágrimas que no le pertenecían cayendo sobre su rostro.


.

.

.

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Oscuridad.

Oscuridad y un pequeño pitido fue todo lo que sus sentidos captaban. Fue consciente de cada aliento que tomaba, inflando sus pulmones y moviendo su pecho, el cual parecía doler como si hubiera recibido una patada. Tragó saliva, aún sin abrir los ojos, y todo a su alrededor comenzó a tomar un poco más de sentido.

¿Estoy muerto? —Pensó en cuanto recobró cierto control sobre su conciencia.

Sólo debió esperar unos segundos para reconocer que definitivamente se hallaba con vida. Había demasiados estímulos como para estar muerto. Dolor en su pecho, su respiración, aquel rítmico pitido electrónico, el ligero frío de las sábanas sobre su cuerpo… demasiadas sensaciones como para estar muerto. O al menos eso se imaginó. ¿Qué sabía?

De cualquier forma, incluso sin conocimiento alguno de la teoría del método cartesiano de la filosofía, el hecho estar cuestionando si estaba vivo o no le sirvió como prueba suficiente de que, en efecto, lo estaba. Ese entendimiento desencadenó una serie de nuevas preguntas a resolver. ¿Dónde estaba? La lógica le llevó a pensar que en un hospital. Y de repente, ese pitido electrónico se volvió inconfundiblemente el sonido de un pulsioxímetro. Por lo menos su corazón continuaba latiendo a ritmo regular.

¿Cuánto tiempo había pasado? Eso no era algo que pudiera discernir por su propia cuenta, por lo que comenzó a abrir los ojos y a tratar de sentarse para revisar su reloj.

— ¡Ouch!

Un dolor en su brazo izquierdo lo detuvo mientras intentaba acomodarse en la cama. Abriendo del todo los ojos, echó una mirada, y descubrió que ya no llevaba puesto el reloj de Adrien, sino que tenía una especie de suero conectado a su antebrazo. El cual, aparentemente, dolía un poco al moverse.

Tan enfocado estaba, que cuando una profunda voz rompió el silencio, se sobresaltó, con su pecho y brazo resintiéndose por el súbito movimiento:

—Felicidades: has, una vez más, desafiado a la muerte —dijo, aunque no sonaba particularmente contento—. Si lo haces de nuevo, alguien en algún lugar empezará un culto.

Sentado en una silla al otro extremo de la habitación, con los zapatos sobre una mesa y aparentemente viendo videos en su teléfono celular, se hallaba un hombre alto, con cabello y barba canosos y desprolijos. Vestía pantalones de jean, una remera de Black Sabbath con un traje negro por encima. Sobre su regazo, debajo de su teléfono, descansaba un bastón negro con flamas naranjas.

Lincoln lo reconoció, y para ser totalmente honesto, no estaba particularmente entusiasmado por verlo allí.

—Doctor House —lo saludó.

—Interesante reacción —comentó, aún mirando su teléfono.

— ¿De qué habla?

—Estoy seguro que debo ser la última persona que quisieras ver en estos momentos. Fui extremadamente rudo en nuestra primera conversación. Y sin embargo, me saludaste educadamente.

—Yo no… No le guardo rencor, si es que a eso se refiere.

— ¿Somos amigos, acaso?

Lincoln frunció el ceño.

—No. Pero… tampoco es que lo odie.

—Y sin embargo, represento más que a mí mismo. Soy el médico que te diagnosticó, el heraldo de malas noticias. Soy quien te explicó que no había cura, y la imposible cantidad de coincidencias que llevaron a que no fueras diagnosticado y tratado a tiempo. Te interrogué hasta que te quebraste al hablar de tus hermanas. Te quejabas de lo injusto de la situación, y yo te expliqué que el universo no está interesado en justicia o destino. En cierto sentido, represento todo lo que está mal en tu vida en estos momentos. Sería esperable que sintieras un irracional desprecio hacia mí. Bueno, quizás no tan irracional.

Dicho que aquella manera, Lincoln no podía sino darle la razón. ¿No debería estar enfadado con él? Y sin embargo, por algún motivo, no lo estaba. No realmente. Le parecía un hombre raro, pero en cierta forma había sido él quien lo había convencido de ver a sus hermanas y permitirles pasar sus últimos días juntos. Había sido muy molesto y arrogante, pero también le había dado buenos consejos. A su manera.

—No estoy feliz de verlo… o de estar aquí. Pero no voy a solucionar nada enfadándome. Yo sólo quiero… no lo sé. Siento muchas cosas.

— ¿Como qué? —Preguntó, finalmente guardando su teléfono y poniéndose de pie. Lincoln lo vio tomar un frasco, colocar dos pastillas en su mano y tragarlas sin siquiera beber agua.

—Miedo.

—Naturalmente. Si no tuvieras miedo a la muerte, habrías muerto arrollado por un auto años atrás por no mirar a ambos lados.

—Me sentía bien esta mañana. Todo fue muy rápido. Ni siquiera tuve tiempo a llamar a mi familia… ¿están aquí? —Preguntó, esperanzado.

—Por supuesto, están todos en la sala de espera —respondió el doctor, sonando más comprensivo que de costumbre—. Lamentablemente, estás en cuidados intensivos. Sólo puede entrar una persona a la vez. Va a… tomarte un tiempo despedirte de ellos.

El tiempo pareció ralentizarse en cuanto oyó aquellas palabras.

— ¿Despedirme?

House volteó, abriendo ligeramente las cortinas de la habitación y observando hacia fuera, dándole la espalda. Por primera vez, Lincoln notó los inconfundibles colores del atardecer en el firmamento.

—Tu corazón está comprometido. El ataque de hoy acabó por debilitarlo. La ambulancia llegó extremadamente rápido y lograron tratarte, pero es sólo cuestión de tiempo a que haya un nuevo ataque, y tu corazón está ahora en peores condiciones que esta mañana.

Tomó una pausa antes de voltear y dedicarle una mirada llena de compasión y entendimiento.

—No hay nada que podamos hacer cuando eso ocurra. Tu cuerpo aguantó un poco más de las dos semanas que se estipulaban, pero ha llegado a su límite. Lo siento.

Lincoln se dejó caer sobre la cama, sus brazos débiles como gelatina, incapaces de sostenerlo. Cerró sus ojos, tratando de controlar su respiración. Sus puños se cerraron con fuerza, sus uñas clavándose en su palma dolorosamente. El peso de la realidad y del mundo se posó sobre sus hombros, y sin la titánica fuerza de Atlas, se sintió sucumbir ante él. Este era. Este era el momento.

Lincoln había imaginado la muerte tanto que parecía más una memoria. Había tratado de no hacerlo, de evitarlo en la medida de lo posible, pero lo había hecho. Se había imaginado mil y un escenarios en donde la muerte le llegaba inesperadamente. En su casa, con sus hermanas, con sus padres, con sus amigos, en la calle… Había imaginado su final incontables veces, pero por algún motivo, no se había imaginado a sí mismo en el hospital de nuevo.

—La gente odia saber con exactitud la fecha de su muerte —dijo House, casi como si leyera sus pensamientos—. Se mienten a sí mismos diciendo que el problema es la aleatoriedad de ella, de no poder prepararse, pero lo cierto es que les encanta no tener control sobre ello. Es una gran excusa. Les permite decir que no tuvieron tiempo para cambiar sus malos hábitos, para ser mejores personas, escribir un libro, donar dinero, abrir un orfanato. Si tan sólo hubieran tenido tiempo… Lo cierto es que enfrentarse con la inevitabilidad, y saber cuándo será, es desconcertante. Te obliga a tomar responsabilidad y a actuar. No tienes excusa para ser un flojo o un descuidado.

Lincoln tenía sentimientos muy encontrados. Estaba y no estaba de acuerdo con lo que el doctor le decía. Había algo de cinismo realista en ello, pero también parecía no tener en cuenta muchas otras cosas. Sentimientos que él mismo experimentaba.

La sensación de no poder decir que estaba de acuerdo del todo lo ponía incómodo.

—No es la primera vez que te dan un ultimátum. Tuviste ya casi tres semanas de preparación. ¿Valieron la pena?

Dieciocho días. Era una locura pensar en todo lo que había ocurrido. El tiempo se había distorsionado en extrañas maneras, como si las horas y los días durasen el doble. Recordó su negación a contarle a sus hermanas menores. En cómo debió darle la noticia a Bobby, a Clyde, a Ronnie Anne. Había compartido excepcionales momentos con cada una de sus hermanas. Encontró a Luan mirando videos viejos, Lynn casi fue expulsada de su escuela, Luna rompió su guitarra, Lucy había descubierto todo por accidente, Lisa buscó una cura, Lori trataba de contener a todos, las gemelas habían sido las últimas en enterarse, Leni había organizado una celebración… Había plantado un árbol, comenzado a escribir un libro junto a su madre. Se le había confesado a Ronnie Anne. Su vida siempre era un caos, pero parecía haber hecho más en estos dieciocho días de lo que normalmente hacía en un año.

¿Había valido la pena? Quería pensar que sí. Si es que había algo positivo que rescatar de toda esta situación, es que estaba convencido de que había hecho todo lo posible para preparar a sus hermanas y para impactar positivamente en sus vidas. Quería creer que había conseguido dejar un mensaje.

—Sí —respondió finalmente—. Si no hubiera tenido este tiempo… si no hubiera podido estar junto a mi familia y amigos, quizás ellos no entenderían muchas cosas. No sé cómo habrían reaccionado. Me gusta pensar que no será tan doloroso como lo habría sido de otra forma.

House continuó observándolo como si fuera un sujeto de prueba, aunque había ahora una nueva chispa de curiosidad en sus ojos.

—Esquivaste mi pregunta. Sigues hablando de forma demasiado altruista.

— ¿Qué significa eso?

—Te preocupas demasiado por los demás. Enfatizas el haber preparado a tu familia, en ayudarlos a ellos a sobrellevar esto. Evitas hablar de ti, escapas del problema. ¿Valió la pena para ti? ¿O hubieses preferido morir en un instante sin preocuparte por lo que sigue?

Lincoln tuvo que detenerse a considerar la pregunta, pero una pequeña parte de entendimiento lo iluminó, y por primera vez desde que lo conocía, se sintió más inteligente que el doctor.

—No es que me olvide de mí —explicó, tratando de elegir sus palabras con cuidado—. Preparar a mi familia es también algo egoísta. Planté un árbol, ¿sabe? Y sé que ellos van a cuidar de él. Y hablé con cada una de mis hermanas y amigos. Traté de ayudarlos a mejorar y superar sus problemas, algunos de los cuales cargaban incluso antes de que toda esta situación nos impactase. Y me aseguré de que me recuerden y me tengan presente, incluso mucho después de que me muera. Grabé videos para sus cumpleaños y otras situaciones. Videos para cuando se sientan mal. Me aseguré de dejar algo para que me recuerden.

—Como los faraones —comentó House, ganándose una impresionada mirada por parte del paciente—. Interesante… Huh. Ahora tiene sentido.

— ¿Qué cosa?

—Tú. Me costaba trabajo entenderte, Lincoln Loud. Había algo en ti que no me cuadraba, sabía que estabas ocultando algo. Tu extrema preocupación por los demás me desconcertaba. Ahora lo entiendo; es sólo otra forma de demostrar tu egoísmo.

—Oiga, yo no…

—No te estoy insultando, idiota —lo interrumpió—. Nadie es perfecto, todos somos egoístas, todos tenemos fallos, el ser humano está programado para ser un imbécil y mala persona. Pero está en cada uno canalizar esa energía. Algunos le gritan a los cajeros, otros estrellan aviones, otros forman bandas de K-Pop. Y si en lugar de volverte un mafioso corrupto para llegar al poder, tu forma de trascender es ayudar a los demás… es bastante noble.

House ladeó la cabeza y se encogió de hombros.

—Igual de inútil a fin de cuentas, pero noble.

—Sí sabe que es rudo, ¿no?

—Por supuesto. Pero curo personas y resuelvo casos que nadie más puede. Las matemáticas dicen que mi aporte es más positivo que negativo —explicó con soltura—. ¿Pudiste tachar cosas de tu lista de pendientes?

— ¿Cómo sabía que hice una lista?

House lo miró extrañado por un segundo, y luego sonrió.

—No me refería literalmente a una lista escrita.

—Oh. Bueno, sí. Aunque… —Lincoln se detuvo, bajando la cabeza y suspirando— No llegué a completarla.

—Ninguna vida termina completa. Nadie jamás a muerto sin tener nada más que hacer.

—Y ahora… ahora ya sólo me queda esperar. Nada más. ¿Qué tan pronto cree que ocurra? ¿Hoy? ¿Mañana?

House se acercó a la cama, tomando una carpeta médica y leyendo. Mientras sus ojos leían los números y anotaciones, su cabeza ladeaba ligeramente.

—Difícil saberlo. Probablemente antes de que acabe la noche.

Lincoln cerró los ojos, y el deseo de llorar por rabia lo inundó. Aún no sabía cómo se sentía. Incapaz de hacer nada, asustado… relajado.

— ¿Dolerá? —Preguntó, la angustia más presente que nunca.

House usó su bastón para señalar el suero que tenía conectado.

—En cuanto tu actividad cardíaca se vuelva irregular, esa vía intravenosa liberará fármacos. Evitarán cualquier tipo de dolor. Será como dormirse.

Una parte de él se sintió aliviada. Por lo menos sabía que no dolería. Eso era quizás uno de los aspectos que más le preocupaban y asustaban. Sufrir falta de aire o de circulación de sangre por inaguantables minutos hasta fallecer… la idea lo aterraba. Saber que no sería doloroso era una gran noticia. Y sin embargo, pensar en que sería tan sólo como dormirse era igual de aterrador. Un instante del cual no sería del todo consciente...

—Vaya…

—Créeme… es quizás una de las formas más pacíficas de morir. No habrá dolor. Es un lujo que la mayoría de las personas no puede darse.

Quizás no, pensó Lincoln, pero parecía ser que la espera misma era el dolor, el sufrimiento que le quedaba aguantar. Era una pesada cruz que arrastraba camino hacia el Calvario, y el prospecto de saber lo que se venía era probablemente más trágico y agobiante que el hecho en sí.

House dejó a un lado la carpeta médica y suspiró.

—Creo que debería irme. Ya descubrí lo que te hace distinto. La pieza que me faltaba resolver.

Lincoln abrió los ojos para verlo.

—Supongo que sigo siendo un juego para usted —dijo con tristeza—. Otro más de los casos que resuelve.

—No realmente. Suelo interesarme en resolver problemas médicos, no en los pacientes. No soy psicólogo; Dios sabe que jamás querría ser como Paul Siderakis. Pero sí me interesé en ti. No creo que seas perfecto, o un santo, o que seas la mejor persona del mundo. Pero en todos mis años… eres probablemente una de las diez mejores personas que he conocido.

Una sonrisa se pintó en el rostro de Lincoln.

— ¿Diez? ¿En serio?

—Al menos tres de ellos pertenecen a bandas de rock, pero sí.

—Pues… gracias. Significa mucho para mí.

House asintió, aunque parecía restarle importancia.

—Tu familia está esperando.

Comenzó a caminar hacia la puerta, pero quizás por su trastorno de hiperactividad, había algo que Lincoln no quería dejar pasar.

— ¿Puedo hacerle una última pregunta?

— ¿Esa cuenta?

—Dijo que este… suero me ayudará a que no sea doloroso. Y que mucha gente no tiene ese privilegio. ¿Cuál es la forma más dolorosa de morir?

Sabía que era una pregunta morbosa, pero Lincoln estaba curioso. Había escuchado que el cerebro sigue vivo durante algunos minutos incluso después de una decapitación, pero por más aterrante que eso fuera, quizás no era necesariamente lo más doloroso. Se preguntó si sería electrocutado, o prendido fuego, o quizás ahogado.

El doctor consideró la pregunta y su mirada se perdió en algún lado del suelo. El rápido movimiento de sus ojos y sus labios apretados evidenciaban claramente su proceso de pensamiento. Lincoln se preguntó si estaría repasando todos los casos que había tenido, o los que había leído en la escuela de medicina.

Finalmente, House levantó la vista, aparentemente satisfecho con la conclusión a la que había llegado.

—Solo.

Y sin nada más que agregar, abandonó la habitación, dejando a un muy reflexivo Lincoln a la espera de que su familia entrase a despedirlo.


Durante casi tres semanas, la familia había hecho todo lo posible para prepararse para la inevitable despedida. Cada miembro había reaccionado a su propia manera. Algunos quebrándose, otros aislándose, otros dando rienda suelta a su enfado, sus miedos, sus remordimientos. La parte más dolorosa había sido sin dudas la aceptación, el entender, comprender y asumir la terrible realidad que se aproximaba a paso lento, con cada tic-tac del reloj. Era una de esas situaciones y momentos donde las palabras no alcanzaban. Nadie jamás había imaginado tener que enfrentar tan horrorosa situación, algo que los dejaba sin palabras, sin reacción, y peor de todo, sin nada que hacer.

El saberse incapaces de poder ayudar, detener o retrasar la despedida los carcomía por dentro. Se habían estrellado contra la realidad, y el impacto había sido la peor experiencia de sus vidas.

Y sin embargo, justo cuando creyeron que ya no habría forma de que la realidad los hiriera, ahora tenían ante sí su última oportunidad para despedirse. Todas las lágrimas derramadas, las palabras dichas y las promesas hechas, todo volvía ahora para una última estocada. Parecía imposible salir a flote de aquel mar de desolación y tristeza; era más fácil dejarse arrastrar. Aún así, nadie escapó de la hercúlea tarea. Uno a uno, todos entraron a la habitación para tener su último momento de intimidad junto al niño que jamás podrían olvidar.

Lisa fue la primera. Se disculpó por no haber sido lo suficientemente inteligente, pero se encargó de asegurarle enfáticamente que las lecciones que él le había enseñado eran más valiosas que ningún ensayo universitario. Le prometió enfocarse en ser una mejor persona, una mejor hermana y una mejor amiga.

—Estoy seguro que los niños harán fila para ser tus amigos cuando vean lo genial que eres —le dijo él, abrazándola.

Fue doloroso para ambos tener que separarse, pero ya había transcurrido un largo rato, y todavía faltaba mucha gente por pasar. Con un último abrazo, una última despedida, y unas últimas lágrimas, la pequeña genio abandonó la habitación.

Lucy entró tras ella. Se acercó suavemente hacia él, casi deslizándose por el aire, sus pies moviéndose casi etéreamente por el suelo. Pocas palabras fueron intercambiadas entre ellos. Ella simplemente se paró a su lado, tomó su mano, y dejó que silenciosas lágrimas cayeran por su rostro. Él la abrazó, la acompañó en su dolor, y le susurró palabras de consuelo. Los minutos transcurrieron en silencio, pero sus almas parecían estar conectadas, y sin mediar palabras, los dos se dijeron todo lo que podían decirse.

Eventualmente ella levantó la vista para poder mirarlo fijamente a los ojos, y entre su flequillo, él pudo ver el más leve y fugaz resplandor de sus pupilas.

—Nos reencontraremos en el otro lado —dijo ella, su voz luchando por escapar de su cerrada garganta.

—Tómate tu tiempo; te estaré esperando —aseguró él.

Cuando llegó el turno de Lori, ella sí estuvo más preparada para hablar. Se sentó en una silla junto a su cama, mirándolo con los restos de su máscara arrastrados a lo largo y ancho de sus mejillas. Evitó despedirse de él; no parecía tener la fuerza para hacerlo. Pero se encargó de asegurarle que ella cuidaría de todas las chicas.

—Estaremos juntas en esto —le dijo, mirando hacia el techo como si tratara de visualizar el futuro, o como si no quisiera verlo a los ojos para no quebrarse—. Ninguna estará sola. Incluso Luan y Lynn se ven más abiertas a compartir, ahora. Voy a cuidarlas, a todas.

—Por favor. Y también te encargo que cuides de ti —pidió Lincoln, obligándola a que lo mirase—. Tú también mereces ayuda, y estoy segura que ellas estarán para apoyarte.

Ni toda la fuerza de voluntad que conjuró le bastaron a la mayor de las hermanas para no llorar.

Lynn le siguió, pero la más ruda de todas no tuvo reparos en quebrarse en llanto, en abrazarlo tan fuerte como podía, y en hacerle saber lo mucho que lo iba a extrañar, y cuánto le dolía tener que despedirse. Trató de consolarla, pero era difícil prestar ayuda cuando él mismo se sentía desolado. Los dos se desahogaron por un largo rato, hasta que finalmente Lynn logró recomponerse.

—A veces siento que tú eres el hermano mayor entre los dos —le confesó, limpiándose las lágrimas con la manga de su jersey—. Desearía haber sido más madura, o un mejor ejemplo.

—Siempre fuiste mi héroe —reconoció él—. Siempre quise ser valiente y audaz como tú. Desafiándote a superar tus metas, a ser la mejor… Lynn, ojalá sigas así. Y ojalá inspires a muchos más como me inspiraste a mí.

Le costó un largo rato, pero finalmente logró despedirse, y dejó su lugar a Lana, quien no dejó de derramar lágrimas en ningún momento, pero hizo todo lo posible para mantenerse fuerte. Le aseguró que cuidaría por siempre del árbol que los dos habían plantado, y como si hubiera preparado una presentación, explicó todos los cuidados que iba a tener, y todas las cosas que harían allí.

—N-Nos dará sombra cuando haga calor, y-y quizás algunos pájaros pongan sus nidos allí. Pero no voy a dejar que c-crezcan hongos o que le falte agua, o-o que el Sol le seque las hojas y… y…

Lincoln le acarició el cabello mientras ella se refregaba frenéticamente los ojos.

— ¿Lincoln?

— ¿Sí?

—E-Estoy tratando de n-no llorar mucho… N-No te quiero hacer sentir mal, pero… d-duele mucho. ¿M-Me perdonas si lo hago?

Y por el resto del tiempo que pasó en la habitación, él no hizo más que contenerla mientras dejaba salir todo su dolor y angustia.

Luna fue la siguiente, y resultó ser ella quien logró mantener la compostura más que ningún otro miembro de la familia. La desazón por la que transitaba se evidenciaba en su rostro, en su postura, pero hizo su mejor esfuerzo por sonreírle a su hermanito tanto como le fue posible. Se sentó junto a él en la cama del hospital, rodeó sus hombros con un brazo, y comenzó a hablarle de lo mucho que él significaba para ella. Recordó algunos de sus mejores momentos juntos, de sus noches de películas, sus conciertos improvisados, de las decenas de canciones que le había inspirado a escribir.

—Lamento que no hayamos podido escribir una juntos —dijo Lincoln, recostándose contra el hombro de Luna.

—Yo también, hermano. Yo también. P-Pero voy a escribir muchas acerca de un chico especial. Alguien que siempre está a mi lado. Alguien que me cuida, que me entiende… Todo el mundo escuchará sobre este chico.

— ¿Luna? ¿Podrías… cantarme algo? Lo que quieras.

Ella suspiró, y buscó inmediatamente tomarlo de la mano. Pensó durante algunos segundos, y luego su melódica voz inundó la pequeña habitación.

Take my hand tonight
(Toma mi mano esta noche)
Let's not think about tomorrow
(No pensemos sobre mañana)
Take my hand tonight
(Toma mi mano esta noche)
We could find some place to go
(Encontraremos a dónde ir)
Cause our hearts are locked forever
(Porque nuestros corazones están unidos por siempre)
And our love will never die
(Y nuestro amor nunca morirá)
Take my hand tonight
(Toma mi mano esta noche)
One last time…
(Una última vez…)

No se había quebrado durante su conversación, pero tras externalizar sus sentimientos a través de la música, Luna Loud debió guardar algunos minutos de silencio para recomponerse.

Fue luego el turno de Luan. Ella, más en sintonía con Lana, hizo todo lo posible por mantenerse controlada, pero las emociones la traicionaban. Habló con él acerca de los videos que él había estado filmando. Le juró que pase lo que pase, ella se encargaría de preservarlos y de repartirlos cuando fuera el momento adecuado.

Además de ello, se disculpó por sus bromas pesadas, a lo que él respondió que no todas habían sido tan malas. Y durante varios minutos, se distrajeron recordando algunas de sus bromas favoritas. Él admitía cuáles habían sido graciosas en retrospectiva, y ella le reveló cuáles habían sido las mejores reacciones que había provocado, a su parecer. Intercambiaron historias, anécdotas, pero mientras más felices eran las memorias, más triste ella se veía. Cuando finalmente llegó el momento de que saliera de la habitación, ella le besó la frente y lo abrazó. Comenzó a alejarse, pero sus ojos se posaron extrañados en su pecho.

— ¿Q-Qué te pasó? —Preguntó, señalándole con el dedo.

— ¿Huh?

Lincoln bajó la mirada para ver a qué se refería… y en cuanto lo hizo, Luan levantó su dedo, golpeándole suavemente la nariz.

—C-Caíste… —le dijo, tratando de sonreír entre las lágrimas; Lincoln dejó escapar una suave risa— E-Eso era todo lo que quería. Sacarte una última sonrisa…

Luan todavía no había salido de la habitación cuando Lola entró corriendo, lanzándose sobre Lincoln y llorando a rienda suelta sobre su pecho. Él la abrazó, le acarició la espalda, la estrujó contra sí mismo, y haciendo su mejor esfuerzo por contenerla.

— ¡N-No quiero! ¡No quiero que te vayas! —Lloró, totalmente despreocupada por mantener su maquillaje o su cabello prolijos.

—Yo tampoco quiero irme…

—E-Eres mi hermano… n-no puedo… sin ti, yo no… yo… L-Lincoln, p-por favor…

Él quería quebrarse también, quería decirle que todo estaría bien, que se pondría bien y volvería a casa a jugar y prepararla para su siguiente desfile… pero ambos sabían que no era cierto. Y siendo él el hermano mayor, era su responsabilidad contenerla y ser fuerte por ella.

—Sólo… recuerda que hagas lo que hagas, tu hermano mayor siempre va a amarte y estar orgulloso de ti.

No logró ayudarla como hubiese querido, pero ya había aprendido y asumido que había algunos dolores que ninguna palabra, por más pensada y sensible que fuese, podría jamás apaciguar. Heridas que dejarían cicatrices, mas nunca se curarían, y cuyo dolor se volvería más llevadero pero quedaría siempre presente con ellos.

No había nada que hacer para que Lola se sintiera mejor en aquel momento, pero por lo menos, no estaría sola.

Finalmente, y tras una larga estadía de la princesa en la habitación de Lincoln, la última hermana entró a despedirse. Leni se acercó con suavidad, colocándose a su lado, sentándose en la misma silla donde Lori lo había hecho, y usando su mano como un improvisado peine, acarició y acarició el cabello de su hermano.

—Lamento si no pasé tanto tiempo contigo como con las demás, Leni —se disculpó él, sabiendo que si no verbalizaba este arrepentimiento… no tendría otra oportunidad—. Espero que sepas que te quiero igual que a todas. Y que no fue mi intención.

Una cálida sonrisa se extendió por el rostro de la rubia.

—Estabas siendo un buen hermano. Cuidándolas y haciéndolas sentir bien. Y a mí me pone muy, muy triste verlas mal, así que en cierto sentido, al ayudar a nuestras hermanas también me ayudabas a mí, ¿no?

Lincoln la tomó por la mano.

—Nunca cambies, Leni. Nunca cambies.

—Te quiero mucho, Lincoln. Y t-te voy a extrañar.

— ¿Leni?

— ¿Mhmm?

—Fuiste muy madura y muy fuerte todos estos días. Tratando de hacerme sentir feliz… Pero puedes llorar, si quieres. También tienes derecho a hacerlo.

La invitación fue demasiado difícil de rechazar.

Tras sus hermanas, fueron sus padres quienes, uno a uno, entraron a despedirlo. Quizás habían sufrido demasiado en soledad desde el diagnóstico, o quizás el instinto de parental les daba fuerza de donde no la tenían, pero lograron mantenerse fuertes frente a él. Pesadas lágrimas caían, pero le aseguraron que había sido un gran hijo, un ejemplo, un orgullo. Que todas sus hermanas y ellos mismos habían sido afortunados de tenerlo en sus vidas. Que había sido uno de los grandes regalos que la vida les había dado. Su padre fue el primero en entrar, y lo hizo junto a Lily.

Fue como si la pequeña bebé entendiera un poco de la realidad que se desmoronaba a su alrededor. Se la veía triste, quizás por ver a toda su familia llorando, y lo primero que hizo al llegar fue acurrucarse junto a Lincoln y apoyar su cabeza en su pecho. Lincoln la abrazó, tratando su mayor esfuerzo por mantenerse sereno y no asustarla o confundirla. Mientras la mecía suavemente, se preguntó qué clase de persona su hermana bebé crecería para ser. ¿Cuál sería su hobby? ¿Cómo sería su personalidad?

¿Le afectaría en alguna forma el no conocer a su hermano? Lincoln, lamentablemente, nunca lo sabría. En tan sólo unos minutos, mientras Lynn Sr hablaba con su hijo, Lily se durmió, y la inocencia de la niña aferrándose por última vez a su hermano conmovió a los dos varones. Tras un beso en la frente y un abrazo interminable, Lynn Sr se despidió de su hijo, tomó a la bebé en brazos, y la cargó fuera de la habitación.

Rita fue la última en entrar, y fue ella quien se quedó junto a él finalmente. Se sentó a su lado, lo tomó de la mano, y no lo soltó. Las lágrimas brotaban de sus ojos como un burbujeante manantial, pero casi por primera vez desde que la noticia les había llegado, asumió su rol como madre y cargó el peso de la responsabilidad. Cuando él le confesó que tenía miedo, ella le aseguró que no lo dejaría ni un instante.

Las horas se volvieron interminables, como si el paso del tiempo se hubiera ralentizado, intentando prolongar la estadía de Lincoln en el mundo. Cada minuto se vivía como una eternidad, con Lincoln sencillamente esperando a que su final le llegase de repente. Perdió la cuenta de cuántas veces sintió algún pequeño dolor o una molestia, aterrándolo al creer que era su hora, sólo para descubrir que no era nada de qué preocuparse.

Su madre estaba a su lado, pero en cierto sentido, Lincoln se sintió solo. El silencio no lo ayudaba.

— ¿Mamá, me prestas tu teléfono? —Preguntó, sabiendo que el suyo había quedado posiblemente con el resto de su familia.

Rita se lo alcanzó sin preguntar para qué lo necesitaba. Lincoln buscó el grupo de chat que toda la familia compartía, y con la mano libre que tenía, llevó el teléfono hacia su boca para grabar un mensaje de voz.

—Hola, soy yo... Sólo… quería recordarles que las amo. Mucho —dijo sencillamente, enviándolo.

En cuestión de instantes, mensajes de voz de todas sus hermanas entraron al grupo de chat.

¡Y n-nosotras a ti, Linky! ¡Eres el mejor!

Siempre te llevaremos en el corazón, hermano.

Lincoln, todas te amamos. Nunca lo olvides.

¡Yo te amo más!

Gracias, Lincoln… yo también.

¡Te amamos, Lincoln! ¡Siempre!

¡E-Eres el mejor hermano del mundo! Te amo con todo mi corazón, Linc.

Siempre serás lo mejor que me pasó en la vida.

E-El sentimiento es m-mutuo. Gracias por transmitir este mensaje. L-Lo necesitaba…

Lincoln sonrió al oír sus voces. Desearía poder tenerlas a su lado. Quizás la espera se le haría más llevadera.

— ¿Puedes repetirlos? —Le pidió a su madre.

Cerró los ojos mientras escuchaba una y otra vez los mensajes de sus hermanas. Mientras las voces se repetían una y otra vez, él reconstruía la imagen en su mente. Veía sus rostros con claridad, cada detalle claro y preciso. Sus peinados, sus pecas, sus pestañas, su maquillaje, sus sonrisas, sus ojos, sus labios, las expresiones que imaginaba llevaban en sus rostros en base a las inflexiones de sus voces. Concentrándose en sus palabras, sintió que de alguna forma las tenía a su lado.

Así, eventualmente, el cansancio y el estrés consiguieron derrotarlo, y Lincoln Loud se rindió ante un tranquilo y pacífico sueño, tomado de la mano por su madre, y con audios y memorias de sus hermanas, sus seres más queridos, recordándole que ellas también lo amaban.

Un tranquilo y pacífico sueño del que nunca despertó.