Capítulo 24
Algunos años después…
En medio de la harina, los huevos, el chocolate en polvo y con una receta de una tarta sobre la mesa, Emma se encontró con Regina y Henry. No fue difícil descubrir lo que tramaban los dos: encima de los fogones, un delicioso pastel de chocolate para su cumpleaños.
‒¡Mamá!‒exclamó Henry, intentando esconder lo que ella ya había visto
‒Dijiste que volvería al caer la tarde‒rezongó Regina, mirándolo con cara fea.
‒Tía Ruby dijo que ella estaría fuera la tarde entera‒rebatió él
‒Bueno…‒comenzó Emma, alternando una falsa mirada de asombrada entre los dos ‒Si mi presencia en la cocina no es bienvenida, me voy.
‒Es que queríamos darte una sorpresa‒dijo Henry caminando hacia ella ‒Feliz Cumpleaños‒añadió, rodeando su cintura con sus brazos.
‒Gracias, mi amor. Y perdona por estropear la sorpresa‒le dio un beso en lo alto de la cabeza, y Emma sonrió aún más cuando Regina se acercó
‒No has estropeado nada‒abriendo los brazos, Regina la atrajo hacia ella ‒Feliz Cumpleaños, querida.
Aquel final de tarde, salieron juntos, los tres. Y cuando regresaron, Eugenia y Ruby habían organizado la verdadera sorpresa. En la casa grande también se encontraban Mary y Gepetto, cada uno con un regalo en las manos.
Tras la cena, en cuanto los invitados se hubieron ido y los empleados se hubieron retirado, Regina condujo a Emma a la habitación. Acomodadas frente a frente, con la esencial botella de vino al lado, sintieron que sus corazones latían acelerados, descontrolados. Las miradas poseían la misma sorprende intensidad que la primera vez.
‒Un brindis por ti, mi bien‒dijo Regina, alzando la copa ‒Que este sea un cumpleaños más de los tantos que celebraremos juntas.
‒Gracias, mi amor‒emocionada, Emma entrechocó su copa con la de ella.
Los últimos años habían sido los más agitados de la vida de Emma y Regina, sin embargo, todo indicaba que de ahora en adelante serían los más sencillos. Por fin, cuando vaciaron sus respectivas copas de vino, se fueron a la cama e hicieron el amor. La relación fue tan sensual y apasionada como la primera vez. Ahora, no obstante, no había desesperanza, solo alegría. La tristeza de las pérdidas pasadas, que oscurecieron sus momentos anteriores, ya no las atormentaban. Tras el acto de amor, las dos se quedaron dormidas, brazos y piernas entrelazados.
Algunos meses después…
Emma vaciló por un instante, quedándose quieta escuchando desde la distancia las notas dolorosamente bellas del piano. Del lado de afuera, el sol estaba en lo alto, pero el frío empezaba a despuntar. En algún sitio, lejos de la casa, un perro ladraba y el olor embriagador a comida navideña subía de la cocina. La emoción la embargó cuando abrió la puerta y vio que era Henry quien tocaba el piano mientras Regina lo acompañaba. Cuando la melodía cesó, ella aplaudió, y a paso lento se acercó a los dos.
‒Por lo visto ya tenemos a nuestro músico para la noche de Navidad‒comentó ella, una sonrisa brotando en su rostro mientras Henry venía a su encuentro ‒Han llegado tus padrinos
‒Voy a saludarlos. ¿No venís?
‒Sí, querido. Bajamos en un minuto.
Cuando Henry hubo salido, Emma rodeó el rostro de Regina con sus manos.
‒¿Estás bien?‒Regina asintió en señal de confirmación, sintiéndose incapaz de hablar debido al toque de sus manos, que despertaba en su cuerpo sensaciones que, incluso después de tanto tiempo, aún parecían increíbles.
El almuerzo de Navidad fue perfecto, así como el viaje del día siguiente. Regina decidió que pasarían Nochevieja en París. Henry, Elsa y Ruby también fueron con ellas.
Cinco días habían pasado ya en la Ciudad de la Luz, y faltaban solo cuatro horas para la llegada de Año Nuevo. Regina esperaba en el amplio hall de la entrada, algo impaciente por la demora de Emma en arreglarse. Pero cuando la puerta de abrió y ella apareció en su campo de visión, Regina hasta perdió el aliento. Impresionada con la intensidad de sus propios sentimientos, permaneció inmóvil mientras la admiraba. Estaba bellísima. Los cabellos rubios recogidos en un peinado digno de una reina. Emma era, sin duda, una mujer que los hombres adoraban, y que otras mujeres respetaban.
Emma sintió un escalofrío cuando entró en contacto con los determinados y devotos ojos castaños de Regina, y con la sonrisa que abrió cuando echó a andar hacia ella.
‒Estás maravillosa‒dijo Regina, con la voz grave y un poco embargada por la emoción.
‒Gracias, mi amor. Y perdona por hacerte esperar tanto…
‒Esperaría la vida entera si fuera preciso. Aunque no puedo negar que ya estaba impacientándome ‒ella sonrió, conduciéndola hacia la terraza del restaurante del hotel que había reservado solo para ellas.
‒¿Dónde están Henry y las chicas?
‒Se negaron a cenar con nosotras cuando vieron el menú.
Emma no pudo dejar de sonreír al darse cuenta de que Regina lo había hecho a propósito. Ella sabía lo difícil que era hacer que el hijo probase algo diferente. Lo mismo sucedía con Ruby, a fin de cuentas, era la primera vez que partía el año lejos de la hacienda, lejos de su país de origen, lejos de la paz encontrada en el campo. En esta historia, le tocaba a Elsa llevarlos a algún sitio donde la comida les pareciera sencilla y apetitosa.
‒Eres muy listilla‒comentó Emma, mientras se acomodaban en la mesa reservada para ellas.
‒Y tú la mujer más hermosa de París.
‒Muy amable por tu parte, pero por supuesto que no soy nada de eso.
‒Uno de tus mayores encantos es que no tienes ni idea de lo bonita que eres.
Emma sonrió, sintiendo que los pelos de su nuca se erizaban. Mientras observaba el menú, Regina frunció el ceño, acentuando las líneas de expresión que prematuramente marcaban su piel, y Emma contuvo el deseo de tocarlas. Regina era una mujer vivida y eso la hacía mucho más atractiva.
‒Tú también estás maravillosa‒dijo Emma, de sopetón
Alzando la mirada, Regina mostró una luminosa sonrisa. Era de una belleza cautivadora, y a Regina nunca le faltaron mujeres, pero se enamoró perdidamente de Emma en cuanto la vio paseando por la calle. Y cuando vio su sonrisa de hoyuelos de cerca, al conocerla, fue conquistada para siempre.
‒Gracias, querida‒dijo ella, recostándose en el respaldo de la silla cuando el camarero se acercó y encendió la vela que había sobre la mesa, permitiendo que ellas se mirasen sin censura.
En las horas que siguieron, la cena transcurrió en un ambiente tranquilo y romántico. Faltaban apenas quince minutos para Año Nuevo cuando Henry, Elsa y Ruby se juntaron a ellas. En la terraza, pudieron asistir a los paseantes festejando y rogando por un año mejor.
‒¡Feliz Año Nuevo!‒dijeron todos a la vez, como en un coro.
Una hora más tarde, todos estaban dormidos. Con la motivación de un año mejor, sin tantos trágicos acontecimientos, Emma y Regina hicieron el amor de forma intensa, mucho más que otras veces.
A la mañana siguiente, cuando abrió la ventana, Emma observó que el día estaba gris, no había un ruido por las calles, mucho menos personas. Su casa estaba tan alejada en aquel momento, y pensar en eso hizo que sus ojos se llenasen de lágrimas. Cerró los párpados e intentó escuchar el trino de los pájaros, los ruidos de los peones iniciando su jornada laboral, pero nada sucedió. Excepto por la voz de Regina, tras ella, trayéndola de nuevo a la realidad.
‒¿Estás bien?‒preguntó Regina, y Emma bajó la cabeza y se quedó mirando al suelo ‒Querida, mírame. ¿Ha pasado algo?
Emma pestañeó varias veces, y el cuarto se hundió en el silencio. Su mente se inundó con un torbellino de pensamientos mientras se preguntaba cómo explicar la sensación de ser catapultada a un mundo al que no pertenecía. No queriendo verse dominada por la vergüenza, Emma alzó la cabeza y miró profundamente aquellos ojos castaños.
‒Sé que tus planes consistían en pasar algunas semanas más aquí, pero me gustaría volver a casa.
Regina pareció aliviada y sonrió, acercándose más.
‒Bien, si solo es esto, es fácil de solucionar. Podemos empezar a hacer las maletas ahora mismo…
Ya era de noche cuando llegaron a la hacienda en el pueblo de Storybrooke. Tomaron un baño, la cabeza les latía de cansancio, y se fueron derechas a la cama. Pero al día siguiente, lo primero que Emma hizo fue abrir la ventana. Cuando miró hacia afuera, sus ojos pestañearon varias veces seguidas a casusa de la claridad y sus oídos se vieron bombardeados por zumbidos, silbidos y pitidos que llenaban el aire. El primer lugar al que se dirigió fue el jardín. Olisqueó el aire y sonrió, absorbiendo el perfume de las flores. Estaba ansiosa por pasear por la plantación de manzanas, pero antes, rodeó la casa y entró en el invernadero.
Volvió a colocarse en la parte frontal de la casa y siguió el camino que daba al huerto. Al llegar en medio de los árboles, Emma cerró los ojos y respiró hondo, como si así fuera capaz de absorber cada partícula de belleza que tenía delante de ella: las flores perfumadas, el verde luminoso de las colinas con sus plantaciones, el sonido de los pájaros. Todo allí brillaba. Nada parecía inmóvil, y el aire lleno de vida vibraba con el continuo movimiento. No hay nada mejor que estar en casa.
‒Señora…‒la voz de Robin la hizo dar un salto ‒Disculpe, no quería asustarla
‒No te preocupes, Robin. Estaba distraída. ¿Cómo van las cosas?
‒Todo bien, señora. ¿Y en el extranjero? ¿Es tan bonito como dicen? ¿Es otro mundo?
‒Es otro mundo, sí, pero no es tan bonito como dicen.
‒¿Fue por eso que han vuelto antes? Porque la patrona dijo que solo volverían cuando la escuela estuviera lista.
‒¿Escuela?
‒Sí, bueno…No es exactamente una escuela como aquellas de la ciudad. Pero es muy parecida.
Emma sonrió y finalmente comprendió el motivo que había llevado a Regina a querer apartarse de la hacienda por algunas semanas. Y sonrió aún más al imaginar sus facciones cuando se enterara de que la sorpresa que tanto había intentando esconder ya el capataz se la había desvelado.
‒¿Dónde está construida?
‒Ahí mismo, detrás de usted.
Al girarse, Emma sintió cómo las lágrimas se acumulaban en sus párpados, y se pasó el dorso de la mano para secárselas mientras observaba la pequeña construcción ya casi terminada.
‒Parece que alguien ha estropeado mi sorpresa…‒comentó Regina, acercándose por detrás
‒Patrona, perdóneme‒balbuceó el capataz ‒Pensé que la señora sabía y…
‒Estoy bromeando, hombre. Cálmate‒ella sonrió de una forma que él jamás imaginó ser posible, y suspiró aliviado y agradecido por todos los buenos cambios que su llegada había traído a aquel lugar en medio de la nada.
‒Vamos, quiero mirar de más cerca‒dijo Emma, pero se detuvo en el segundo paso dado y se giró ‒¿No vienes, Robin?
‒Ahora no, señora. Voy a ayudar en la recolección porque tenemos un gran pedido para esta tarde.
‒Si necesitan algo, estaré aquí durante las próximas horas‒avisó Regina, y al girarse para retomar su caminata con Emma, la voz de él la detuvo.
‒Patrona, señora‒él comenzó, un nudo formándose en su garganta mientras sus ojos brillaban por culpa de lo que parecían lágrimas ‒Gracias…Por la escuela. Estoy muy feliz por saber que mis hijos aprenderán a leer y a escribir, y que en el futuro, podrán escoger entre permanecer en el campo o partir en busca de una vida diferente en la gran ciudad.
‒No tiene nada que agradecer, Robin‒dijo Regina
‒Todos los niños del mundo merecen la oportunidad de aprender a leer y escribir, y en esta hacienda, ninguno de ellos crecerá sin ese derecho‒fue el turno de Emma de pronunciarse. Agradecido por su bondad, él asintió y se retiró.
El nuevo año había comenzado trayendo una montaña de cambios y emociones para Emma, Regina y todas las personas que tenían relación directa o indirectamente con ellas. Hacía dos meses y cuatro días que la escuela había comenzado a funcionar y, cumpliendo con su palabra, no hubo un solo niño que no fuera a las clases que la propia Emma impartía.
‒¿Qué son todos estos dulces? ¿Y aquellas cajas diseminadas por el salón?‒preguntó Regina, parada en la puerta de la cocina.
‒Con permiso, patrona…‒murmuró Ruby, casi chocando con ella
‒Querida, estás interrumpiendo el paso‒dijo Emma, atenta a las instrucciones de Eugenia.
‒¿Cómo?‒preguntó Regina. Sonriendo, balanceó la cabeza ‒¿Ya no pinto nada?
Sonriendo, Henry le dio un golpecito en el hombro.
‒Estás demasiado mimosa, mamá. Es mejor que te vayas acostumbrando‒saliendo por la puerta de atrás, él dejó escapar una alta carcajada.
Animada, Emma se acercó y le dio un beso en la mejilla.
‒Pues claro que aún pintas algo, mi amor
‒Con permiso, patrona‒mirando a Ruby con cara fea se apartó
‒¿No sabes eso de que si no ayudas no molestes?‒esa vez fue Elsa quien la provocó
Con los brazos cruzados, Regina se apoyó en la encimera de la cocina, admirando cómo todo el mundo iba y venía ocupado en la pequeña fiesta que Emma había prometido a los niños en caso de que ninguno faltara a la escuela y sacaran buenas notas en la tarea de casa. Se sintió reconfortada por dentro mirando esa escena. Antes de morir, su madre había dicho: "La familia lo es todo". Ella tenía razón.
Como era de esperar, la fiesta fue un gran éxito y los pequeños volvieron a casa felices y satisfechos después de una tarde inolvidable. Los criados, agradecidos por todos los cambios positivos a lo largo de los últimos años, trabajaban satisfechos, y las jornadas se volvían menos fatigosas. Parecía que Regina finalmente estaba dando continuidad al trabajo comenzado por los padres, y esa verdad hinchó su corazón.
‒Gracias‒ella se acercó a Emma, la abrazó y le dio un beso en su nuca ‒Me has transformado en la mujer que siempre deseé ser, pero que por poco es destruida cuando mis padres murieron.
Los ojos de Emma se cerraron. Adoraba la sensación del cálido aliento de la morena en su piel, y sabía que todos sus días a su lado serían maravillosos. ¿Quién dudaría de una mujer como Regina? Su presencia era muy fuerte. Bastaba estar cerca de ella para sentirse amada, deseada y tan segura que era imposible pensar que la vida a su lado pudiera salir mal. Emma la miró a los ojos antes de coger su mano y llevársela a los labios.
‒Gracias a ti por mostrarme y hacerme vivir el verdadero significado de la palabra Amor.
FIN
