21. «Joven hospitalizada tras contemplar el pecho de Itachi Uchiha»

¿No te parece curioso? Nos pasamos la vida esperando el momento perfecto, al chico perfecto y el beso perfecto. Es empezar a ver a los hombres como algo más que simples roedores infectados por enfermedades y, de pronto, solo puedes pensar en qué pasará el día que pierdas la cabeza por uno. Luego te pasas buena parte de los años de instituto intentando llamar la atención de ese chico tan mono que va a tu clase de álgebra y, cuando por fin se da cuenta de tu existencia, no te sacas de la cabeza la imagen de sus labios sobre los tuyos.

Lees libros, ves películas y sueñas con un sinfín de posibilidades, pero deja que te diga una cosa: nada, y cuando digo nada quiero decir nada, se acerca ni por asomo a la sensación que te recorre el cuerpo cuando al fin llega el momento. ¿Las novelas románticas que tienes encima de la mesilla de noche? Exacto, ni por asomo te explican cómo es en realidad. Ryan Gosling en todo su esplendor no puede compararse con lo que sientes por el chico que te da tu primer beso.

Cualquier pensamiento, cualquier movimiento que tuviera planeado se desvanece en cuanto los labios de Itachi tocan los míos. Son todo lo que había imaginado y más, suaves, pero con la rugosidad exacta para que, al movernos, la sensación de fricción sea deliciosa. Cierro los ojos y siento que me acaricia una, dos veces y luego un par más hasta que estoy a punto de suplicar. Sus manos siguen sujetándome la cabeza y me da miedo moverme porque, si lo hago, podría cargarme este momento tan increíble, tan mágico, tan alucinante.

Y, de repente, sucede. Sus labios rozan los míos con algo más de presión y yo respondo al instante. No sé qué estoy haciendo, pero he visto suficientes películas como para hacerme una idea general. Nuestros labios se mueven al compás y es como si alguien estuviera lanzando cohetes debajo de mis párpados. Dios, qué sensación. ¿Por qué no lo hemos hecho antes? Itachi lleva meses aquí, podríamos haber empezado antes. La cantidad de tiempo que he perdido haciendo el imbécil cuando podría haberlo dedicado a morrearme con el tío que mejor besa de la historia de la humanidad.

Itachi no se aparta, así que me animo. Eso quiere decir que no lo estoy haciendo tan mal, ¿no? Deslizo una mano por su pecho y me detengo encima de su corazón. Late como un martillo neumático y la niña de trece años que llevo dentro grita de emoción porque sé que esto lo estoy provocando yo. Gime contra mi boca y es el mejor sonido que he oído en toda mi vida. Envalentonada por su respuesta, le rodeo el cuello con las manos y me aprieto contra él. Siento la necesidad imperiosa de eliminar el espacio que nos separa y él parece experimentar lo mismo. Nos besamos lentamente, con languidez, y él me atrae hacia su regazo. Me arde la piel cada vez que me toca y siento descargas de electricidad por todo el cuerpo. Es la sensación más alucinante del planeta.

Nos separamos, pero solo porque nos hemos quedado sin respiración. Qué absurdo, qué débiles somos los humanos que no podemos vivir sin aire. Estoy cabreada, no quisiera detenerme, pero los dos estamos resollando, así que supongo que debemos parar.

—Uf —resopla él.

Apoya su frente contra la mía y yo no puedo contener una sonrisa de oreja a oreja. Itachi, el chico que se lo ha montado con tantas chicas que prefiero no saberlo, ha disfrutado besándome.

—Lo sé —exhalo, tratando de oírme por encima del latido de mi corazón—. Ha sido... —empiezo.

—¿Increíble, alucinante, el momento más espectacular de mi vida?

Sonríe y yo lo imito.

—Seguramente más.

Si seguimos sonriendo, puede que nuestros carrillos no lo soporten. Me toco los labios, que todavía me hormiguean, y miro a Itachi totalmente pasmada. Soy incapaz de describir lo que siento. Es una mezcla entre el subidón de cuando acabas de bajarte de una montaña rusa y la satisfacción de comerte un bote entero de helado de fresa.

Itachi me sujeta la cara y sus ojos se clavan en mi pulgar, con el que aún me estoy acariciando el labio inferior. Su mirada se oscurece y otra vez se inclina sobre mí. Siento que me derrito por dentro y me dispongo para el segundo asalto, aunque esta vez estoy más preparada.

Alguien llama a la puerta y nos separamos de un salto. Itachi maldice entre dientes y se sienta en una silla, mientras yo me entretengo guardándolo todo otra vez en el botiquín. Coge una revista al azar del montón que tengo en la habitación y justo en ese momento mi madre asoma la cabeza por la puerta y nos sonríe. Tiene los ojos rojos; es evidente que la discusión con mi padre no ha terminado bien. Normalmente, intenta que esta situación no le afecte demasiado, pero a veces las cosas se descontrolan y hoy parece que es una de esas ocasiones.

—Hola, chicos. Cariño, ¿puedo hablar un segundo contigo? —pregunta, y nos pide perdón con la mirada.

—Ah, claro —murmuro, y sé que esto no va a acabar bien.

Itachi me aprieta la mano cuando paso junto a él y el gesto, aunque discreto, me anima.

Salimos al pasillo y, de pronto, tengo la sensación de que el aire aquí fuera es más frío, así que me cruzo de brazos. Llámalo premonición o como quieras, pero sé que algo va muy, pero que muy mal. Mis padres siempre nos evitan a Shikamaru y a mí después de una de sus peleas.

—¿Qué pasa? —pregunto, mientras mi madre camina delante de mí.

La miro y me digo que el atuendo de pija que lleva ha vivido tiempos mejores. La camisa está arrugada, los pantalones tienen multitud de líneas marcadas y se ha puesto las pulseras de cualquier manera. No parece mi madre. Tiene la expresión rota y el aspecto de la mujer que una vez perdió la esperanza de poder salvar su matrimonio. El sentimiento de pérdida se convirtió en indiferencia y luego en aturdimiento. Los últimos cuatro años he vivido con la versión ausente de mi madre, así que no es culpa mía si no sé muy bien qué hacer.

—Tu padre y yo...

Deja de pasearse y me mira, como si intentara encontrar las palabras correctas para decirme lo que ya sé. Quiero decirle que no pasa nada, que lo entiendo. Sé que mis padres se odian, que posiblemente mi padre tenga una aventura con alguien y que mi madre es más o menos adicta a los antidepresivos. ¿Qué más podría decirme?

—Últimamente hemos tenido más problemas de lo normal y hemos decidido que necesitamos darnos un tiempo.

Ya, un tiempo. Son demasiado cabezotas para reconocer lo tóxicos que son el uno para el otro, que estarían mucho mejor si fueran cada uno por su lado, pero eso es imposible. Mi padre necesita el dinero de mi madre y mi madre necesita la seguridad del matrimonio. Nada la alejaría más de sus amigas del club de campo que un divorcio.

—¿Te vas? —pregunto, y me arropo con los brazos.

Está sucediendo, al final ha sucedido.

—Sí, me voy a casa de tus abuelos por la mañana. Tengo que hablar con mi padre, aclarar algunas cosas. Es mejor así, cariño, créeme. Necesito tiempo.

Debería sentirme un poco peor ahora que mi propia madre me ha abandonado, pero lo cierto es que la culpa es de los dos. Cambiaron, pasaron de mí, así que tampoco es culpa mía si me da un poco igual, ¿no?

—Vale.

Es lo que digo al cabo de un rato y ella parece sorprendida. No sé qué esperaba. ¿Pretende que le grite, que llore o algo por el estilo?

—Tu padre estará aquí y Shikamaru también. Si necesitas hablar con alguien...

—Tranquila, mamá —la interrumpo y sonrío tímidamente—. Estoy bien. Hasta ahora me las he arreglado, ¿verdad? Será mejor que te acuestes, se te ve cansada.

Ella abre la boca, pero se calla. Está ausente, como siempre, y ni siquiera es capaz de sentir sus propias emociones, por no hablar de transmitírmelas. Asiente, da media vuelta y baja las escaleras hacia su habitación. La sigo con la mirada y me pregunto si volverá algún día.

Itachi entiende que no quiera hablar de lo que ha pasado con mi madre, sea lo que sea. De hecho, no quiero que ese recuerdo enturbie el de nuestro primer beso. Me tumbo en la cama, con la espalda contra su pecho, y él me abraza hasta que consigo relajarme. Me encanta que esté aquí, que siempre sepa qué hacer, y también me da miedo pensar qué pasará cuando ya no esté conmigo.

—Itachi —lo llamo en la oscuridad.

—¿Mmm? —murmura él contra mi cuello, y siento mariposas en el estómago al notar el movimiento de sus labios sobre mi piel.

—Tú no me dejarás, ¿verdad?

Se queda callado un momento y temo haber formulado la pregunta equivocada. Es demasiado pronto para preguntar algo así. No sé en qué estaba pensando. Vale, puede que la marcha precipitada de mi madre me haya puesto un poco nerviosa, pero ¿por qué lo he hecho? Ya puestos, me marco un Taylor Swift y empiezo a trabajar cuanto antes en nuestro disco de separación.

Debo decir en su favor que no se aparta ni un milímetro de mí. Me acaricia el cuello con la cara y su brazo se cierra con fuerza alrededor de mi cintura. Casi puedo ver lo que le pasa por la cabeza. Seguro que piensa que soy de esas chicas que leen demasiado en un beso y enseguida esbozan un plan para los próximos diez años. Me preparo para recibir el golpe, para que me diga que ya no está tan seguro de lo nuestro, que quizá necesitamos darnos un tiempo como mis padres.

—No tengo elección, bizcochito. No podría dejarte ni aunque quisiera. Ya lo intenté y no funcionó. Tendrás que apechugar conmigo.

Sella la promesa con un beso justo debajo de la oreja que me acelera la respiración al instante.

¿Acaso tiene un libro tipo Cómo ser el chico perfecto para dummies? ¿Cómo es posible que cada vez que me espero lo peor Itachi diga algo y las aguas vuelvan a su cauce?

El corazón me está bailando un tango contra las costillas. Saboreo el momento y me dejo envolver por la sensación de seguridad que desprenden sus palabras. Me gustaría decir algo, lo que sea, para que sepa lo mucho que significa para mí, pero me quedo muda, como siempre que intento expresar mis sentimientos. Puedo insultarlo a demanda y durante toda la noche si hace falta, pero tú pídeme que le diga cómo me siento y soy incapaz de pronunciar ni una palabra. Así pues, hago lo único que se me ocurre: cojo el móvil y busco una canción que le transmita lo que significa para mí.

Respiro hondo y pongo una canción que siempre me hace pensar en Itachi, «Just a Kiss» de Lady Antebellum. Él sonríe de nuevo contra mi cuello y sé que ha entendido lo que quería decirle. Es lo mejor que tenemos.

Al final, Itachi tiene que irse a casa. Su móvil no para de sonar, creo que sus padres están intentando localizarlo. Estábamos tan acaramelados que casi nos hemos olvidado del encontronazo con Sasuke, pero ahora que se va empiezo a preocuparme. No quiero que se meta en problemas porque lo que ha pasado ha sido culpa mía, bueno, mía y de Sasuke. Itachi solo intentaba protegerme, pero, supongo que cuando vean lo que le ha hecho a su hermano, se llevará la peor parte. Espero que Sai haya obrado un milagro y Sasuke tenga mejor pinta que cuando nos hemos ido.

Me vuelve a besar, un beso de despedida en la puerta aprovechando que lo acompaño hasta la salida. Es breve y muy dulce, pero contiene tantas emociones que lo prefiero a un morreo. Me siento medio tentada a tirarle de la chaqueta, arrastrarlo otra vez dentro de la habitación y no dejar que se marche. Pero el pobre se tiene que ir a casa, ¿no?

—¿Nos vemos mañana? —pregunta cuando ya se va, y yo asiento.

Lo necesito, siempre, pero mañana creo que será él quien me necesite a mí. Ya no puede ignorar los problemas que tiene con Sasuke y lo único que puedo hacer yo es ayudarle en todo lo que necesite.

Asiento y lo sigo con la mirada mientras se aleja y, cuando desaparece de mi vista, siento como si me estrujaran el corazón. Es horrible, ya lo echo de menos. Me siento tan unida a él que no puedo evitar estar asustada. Toda la gente a la que me he acercado en el pasado ha acabado abandonándome de una forma u otra. Mis padres, mi mejor amiga, Sasuke e incluso mi hermano, aunque ahora tengo la suerte de tenerlo de vuelta. Sin embargo, si fuera Itachi el que me abandonara, no sé si sería capaz de superarlo.

Antes de meterme en la cama, le mando un mensaje a Ino y le digo que hemos llegado sanos y salvos y que Itachi se ha tranquilizado. Contesta enseguida y me dice que Sasuke no ha necesitado ir a Urgencias y que Itachi, al parecer, se ha controlado porque no le ha roto nada. Sai lo ha acompañado a casa y le ha dicho al sheriff Uchiha que solo ha sido un rifirrafe durante la fiesta, que debería ver al otro chico. Sacudo la cabeza cuando lo leo, como si el sheriff Uchiha fomentara la violencia. Además, en cuanto vea los nudillos vendados de Itachi, no tardará en atar cabos y ese momento sí me da miedo.

Me cuesta dormir. Ha sido un día muy intenso, o, mejor dicho, una noche. Dos chicos se han peleado por mí, he recibido mi primer beso y mi madre me ha dicho que se va. No podría inventármelo, aunque quisiera.

Después de pasarme buena parte de la noche dando vueltas, consigo quedarme dormida, pero me despierta el sonido de un motor y unas ruedas derrapando. Corro hasta la ventana y veo el coche de mi madre alejándose calle abajo. Se ha ido, así, sin más. Ni siquiera se ha molestado en despedirse.

Me pongo las pilas a pesar de que es sábado, lo cual significa que en condiciones normales no me levantaría hasta tarde, pero hoy no puedo dormir y eso es señal de que algo no va bien. Me siento especialmente resolutiva, así que decido hacer algo que llevo tiempo posponiendo. No me queda otra si quiero asegurarme de que Itachi y yo no volvamos a tener problemas como el de ayer.

Me visto, cojo el móvil y el bolso y salgo de mi habitación. No hay nadie levantado, así que pillo una barrita de cereales y salgo a la calle. De camino a casa de los Uchiha, me desvío del camino para comprar un pastelito de arándanos en el Senju's, su favorito. Aparecer con una ofrenda de paz seguro que me ayuda a salir indemne de la conversación. Físicamente, sé que no volverá a hacerme daño; emocionalmente, quizá me queden cicatrices para el resto de mi vida.

Llamo al timbre y es Mikoto la que me abre la puerta. Sonríe, pero no es el gesto contagioso de siempre. Se le nota que está seria y puedo imaginar por qué. Me pongo en su lugar y no puedo evitar sentirme culpable. Quiere a Itachi como si fuera su propio hijo y le debe de resultar muy difícil tener que elegir entre Sasuke y él. Los quiere por igual y yo soy la culpable de dividirlos como si fueran las aguas del mar Rojo.

—Sabía que te tendríamos pronto por aquí —me saluda con cariño y me deja entrar.

—Quería saber si va todo bien, después de lo de anoche. Sasuke no tenía muy buena pinta, así que he pensado en traerle su pastel favorito.

Levanto la caja en alto como si fuera la prueba de que vengo en son de paz.

—Bueno, ayer mis hijos no tuvieron su mejor momento. Supongo que al menos me alegro de que no nos mintieran. Lo siento, Sakura, te pido perdón por el comportamiento de mi hijo.

—No es necesario... —protesto, pero ella levanta una mano en alto para que me calle.

—Como ya te dije, sé que Sasuke ha cometido muchos errores. Lo que te ha hecho pasar no es propio del hijo que he criado, pero también estoy orgullosa porque sé que Itachi te hace feliz. Me alegro de que escogieras bien. Sasuke aún tiene que madurar mucho antes de encontrar a la chica adecuada.

Sacude la cabeza, como si quisiera resaltar lo decepcionada que se siente. Tengo un nudo en la garganta, no tengo nada que decir, pero al mismo tiempo siento que debo defender a Sasuke.

—Es un buen chico. Sé que últimamente no lo parece, pero ha sido mi amigo durante mucho tiempo. Me protegía a su manera, y aunque ya no me gusta del mismo modo, es un tío genial, Mikoto. Lo sé, y por eso... me gustaba tanto. El chico de antes sigue ahí, escondido, y quiero ayudarle a traerlo de vuelta.

Acabo el discurso y siento que se me cierra la garganta. Mikoto pone una mano sobre la mía y me la aprieta. Quiero liberarla de esta tristeza y por eso estoy más decidida que nunca a ayudar a Sasuke. Su madre se merece lo mejor y no pienso permitir que sufra por culpa de un absurdo drama de instituto. Es una persona maravillosa, lo más parecido a una madre que tengo.

Después de hablar con Mikoto, subo en silencio a la habitación de Sasuke. Mikoto me ha dicho que Itachi no se levantará hasta dentro de una hora más o menos, lo cual es un alivio. No me gusta hacer cosas a sus espaldas, pero no creo que esto le haga mucha gracia y yo necesito hablar con Sasuke. Llamo a la puerta y oigo una música amortiguada. Sasuke está despierto. Cuando abre la puerta, me mira sorprendido y su mano se queda inmóvil en el pomo. Retrocede un poco y abre la boca. Las secuelas de anoche aún son visibles, los moretones parecen aún más evidentes después de la ducha que parece que acaba de darse. Contengo la respiración cuando veo la piel cárdena encima del ojo derecho, la sangre reseca en el labio superior y la nariz vendada.

—Hola.

Esbozo una media sonrisa y él sigue mirándome, inmóvil. Me siento un poco violenta, así que le ofrezco la caja con el pastel. Él sigue sin apartar los ojos de mí y no se da cuenta de mi gesto hasta que hablo.

—Te he traído esto. Es tu preferido, ¿no?

—¿Eh?

Vale, poco a poco. Reprimo el impulso de mirar por encima del hombro hacia la puerta de Itachi. Sé que no debería estar tan preocupada por su reacción, al fin y al cabo, esto no es más que un encuentro inocente, pero no sé por qué me siento como si no le estuviera siendo leal.

—El pastel, Sasuke, he pensado que te apetecería.

Sacude la cabeza como si por fin me hubiera entendido y me coge la caja de las manos. Murmura un «gracias» que apenas oigo y abre la puerta del todo para que pueda entrar. Su habitación es lo contrario de la de Itachi. Está limpia y ordenada, las paredes son blancas y con detalles en azul. Hay una cama, ya hecha, con un sencillo edredón azul y una mesa de estudio con una pila de libros encima. De las paredes cuelgan antiguos uniformes de béisbol enmarcados. Hay un televisor montado a los pies de la cama y, encima de este, la única cosa en común con la habitación de su hermanastro: la colección de DVD más grande a este lado del Atlántico.

—Lo siento, Sakura, no sabes cuánto lo siento —me dice en plena agonía mientras yo observo su habitación.

El momento es surrealista. Siempre había querido estar aquí, a solas con él, pero, ahora que por fin lo he conseguido, me muero de ganas de salir corriendo hacia la habitación de enfrente.

Me doy la vuelta hacia él y veo que tiene los ojos vidriosos. Está sentado en el borde de la cama, con la cabeza entre las rodillas. Respiro hondo, me siento a su lado y le empujo el hombro con el mío.

—No estoy enfadada contigo. Entiendo por qué actuaste así y quiero que sepas que no estoy enfadada.

Le tiemblan los hombros y se le escapa un gruñido de pura frustración.

—¡Es que no me puedo creer que te haya hecho daño! Yo solo quiero que seas feliz y mira lo que te hago. Voy y te doy un puñetazo.

Me mira y el dolor que transmiten sus ojos me llega a lo más hondo.

—Y soy feliz, Sasuke. Soy feliz con Itachi y necesito que lo sepas.

Él sacude la cabeza y me sonríe con amargura.

—Es lo que me merezco, ¿verdad? Te dejé escapar y, de todos los tíos con los que podías acabar, vas y eliges a Itachi. El que nunca hace nada malo, ¿verdad?

Ahí está otra vez la rabia que siente hacia su hermano. Es lo que tengo que eliminar, pero no va a ser fácil.

—Itachi nunca me ha pedido que lo escoja a él en lugar de a ti. Entiendo que te sientas así, pero su intención nunca ha sido hacerte daño. Compartís la sangre, nunca te lastimaría a propósito. En cuanto a mí, creo que Itachi siempre ha estado ahí. Incluso cuando me hacía bullying y mi vida era un infierno, en cierto modo conseguía que me sintiera especial. Sentía que había alguien a quien le importaba, un elemento constante en mi vida. Siempre podía contar con él, aunque se dedicara a hacerme caer en charcos de barro. Supongo que malinterpreté lo que sentía por ti. —Se le escapa una mueca al oír mis palabras y yo me apresuro a corregirlas—. Me gustabas, Sasuke, de verdad que sí, pero con Itachi las líneas no estaban tan claras. En algún momento, no sé cuándo, me di cuenta de que no importa lo que haga, es en él en quien confío. Sé que puedo contar con él, que nunca me abandonará.

—Eso es lo que yo hice mal, ¿verdad? No confías en mí por cómo te traté cuando Karin y yo empezamos a salir.

Sacudo una mano como tratando de quitarle importancia a sus palabras.

—Eso está superado. Sí, entonces me dolió y quería saber por qué actuabas así, pero ahora lo comprendo. Tú eras el deportista más popular del instituto y ella, la chica más guapa. Tenía sentido que estuvierais juntos. Conmigo habrías tenido muchos problemas y entiendo que quisieras evitarlo.

Me escucha en silencio, por eso sé que he dado en el clavo. En cierto modo, me siento mejor ahora que sé que me rechazó por una cuestión de reputación y no por mí misma.

Sasuke respira hondo antes de responder a mi conclusión.

—Pensé que Karin acabaría gustándome. Quiero decir que era tu mejor amiga, ¿no? Supuse que sería como tú y que además así podría estar cerca de ti. Cuando te borró de su vida y encima de la forma como lo hizo, me cabreé con ella y conmigo mismo. Me comporté como un débil, me preocupaba tanto mi reputación que ni se me ocurrió la posibilidad de cortar con ella. Por primera vez en mi vida, era yo el que lo tenía todo, no Itachi. Ya sé que te hacía bullying, pero...

—No pasa nada, Sasuke, está superado. —Intento reconfortarlo, pero él no me hace caso.

—Deberías odiarme. No tengo derecho a estar celoso de Itachi después de cómo te he tratado, pero ¡joder, lo estoy! Ni siquiera tiene que ver con él, sino conmigo mismo y con lo imbécil que he sido. Te mereces algo mejor, pero me cuesta mucho dejarte ir. Quiero que me mires como antes, Sakura. Por favor, dame una oportunidad.

Estoy tan estupefacta que me quedo callada. ¿De verdad acaba de decir lo que creo que ha dicho? He venido a limar asperezas entre Itachi y él, no a escuchar una declaración de amor. Esto no va a acabar bien.

—No... no puedo. Lo siento —respondo, aturdida.

—¿Te lo pensarás al menos? Podríamos hacer que fuera real, Saku, estaríamos genial juntos, estoy seguro.

—Es Sakura.

—¿Qué?

—Que me llames Sakura, solo Itachi me llama Saku.

Se hace el silencio entre los dos. Así tengo tiempo de organizarme e intentar tranquilizarme. Me levanto y me doy la vuelta hacia él.

—Itachi y yo estamos juntos, y si alguna vez dejamos de estarlo, será porque me deje él a mí. No tengo intención de alejarme de él, Sasuke. Espero que lo entiendas y respetes mi decisión.

Está un poco serio, pero asiente. No sé si he conseguido algo viniendo a verle, pero al menos he dicho lo que quería y eso es todo lo que puedo hacer. Si después de esto sigue comportándose como un gilipollas, entonces no tendré más remedio que dejarlo en manos de Itachi.

Salgo a toda prisa de la habitación, empezaba a agobiarme en ese espacio tan cerrado. Bajo las escaleras y me quedo petrificada. Itachi está en la cocina, sin camiseta, vestido únicamente con unos calzoncillos y bebiendo zumo de naranja directamente del cartón.

Lo contemplo boquiabierta y él me sonríe. Juro por lo más sagrado que esto lo tenía planeado. Sigue bebiendo lentamente y yo me quedo hipnotizada por el movimiento de los músculos de su cuello. Y eso que no he empezado con el pecho.

«Joven hospitalizada tras contemplar el pecho de Itachi Uchiha.» Sería un gran titular.

—¿Cómo está hoy mi doctor Phil particular? —pregunta cuando considera que ha terminado de torturarme.

Estamos en lados opuestos de la isleta de la cocina y yo soy incapaz de conseguir que me funcione el cerebro. Me siento como si estuviera sumida en una especie de estupor provocado por el deseo. Está claro que, después de esto, Itachi tendrá munición al menos hasta que yo cumpla los ochenta.

—¿Ni calva ni gorda? —replico.

Él se ríe, entorna los ojos y se le marcan los hoyuelos.

—Supongo que el cara a cara con Sasuke ha ido bien, entonces.

Le pone el tapón al cartón del zumo y lo vuelve a meter en la nevera sin marcarlo. Si fuera cualquier otro, me parecería asqueroso, pero ahora mismo estoy demasiado ocupada haciéndole un agujero en la espalda con la mirada. ¡También se le contraen esos músculos!

—No exactamente, pero hemos llegado a un acuerdo amistoso.

—Supongo que eso es bueno. Si le vuelvo a pegar, mi padre me hará pasar una noche en el calabozo con la banda de moteros del pueblo al completo.

La idea le arranca un escalofrío y yo me río. Y así, sin más, recuperamos la habilidad para pincharnos mutuamente.

—Entonces ¿no estás enfadado? —pregunto un tanto indecisa.

No parece que lo esté, pero, aunque así fuera, nunca me lo haría pagar a mí.

—No podría estar enfadado contigo, Saku. Sé por qué querías hablar con él, sé que quieres arreglar la relación entre mi hermano y yo, pero eso es problema mío, ¿vale? Te agradezco lo que intentas hacer, pero deja de preocuparte, ¿de acuerdo?

Yo asiento. Me coge de la mano y nuestros dedos se entrelazan. Nos miramos en silencio, sonriendo como idiotas hasta que me doy cuenta de que aún sigue medio desnudo. Me pongo colorada y él se da cuenta. Se ríe, rodea la isleta y me atrae hacia su cuerpo. Se inclina sobre mí y me susurra al oído:

—¿Quieres pasar el día conmigo?

Respondo que sí con la cabeza.

—Genial, dame un momento para que me vista y nos vamos.

Le hago un puchero y él se ríe al ver mi cara de decepción ante la posibilidad de que se vista. Me planta un beso en la boca que me deja muda y se dirige hacia la puerta, no sin antes añadir:

—Pronto, preciosa, muy pronto.

No hace falta que te diga que estoy más colorada que la nariz de Rudolph.