Holaaa
Como estan! Les dejo un nuevo cap. Les cuento que ya nos estamos acercando al final. Comiencen a hacer sus apuestas jajaja
Que lo disfruten!
CONFRONTACION
Sus ojos son un par de espejos de mi propia frustración, están opacos como nunca antes los había visto. Las sombras que rodean sus pupilas traspasan mi delgado escudo y lo destrozan sin piedad.
Reconozco la decepción en ellos, el dolor escondido y la repugante sensación de traición que reflejan con cada segundo que transcurre sin que él diga nada. No lo culpo en realidad ¿cómo podría? Tiene todo el derecho para sentirse utilizado, engañado y ¿por qué no? Furioso también.
Es natural que él me mire de esa forma.
Me encojo sobre el sofá porque sé que es la misma mirada que reconoceré en todas las personas que me rodean.
No obstante ello intento mantener la espalda erguida ante él. No se supone que sea el momento para echarme a llorar de nuevo, menos con él porque estoy segura que, sin importar lo que ha ocurrido, Shippo va a apelar a su lado noble y terminará consolándome.
-Necesitaba saber cómo estás—dice por fin, terminando con la insoportable atmósfera silenciosa que nos había rodeado desde que llegó, ansioso, preguntando por mí.
Su primera frase parece convencer a Hojo de que Shippo no explotará ahí mismo, por lo que, me echa una última mirada y se encamina en silencio hacia la cocina, donde la abuela Kaede permanece también.
-Gracias—murmuro sinceramente, renuente a decirle que me encuentro bien, ésa sería una mentira y estoy cansada de ellas.
Shippo asiente y nos volvemos a sumergir en el mismo incómodo mutismo. –Lo siento, Shippo—exclamo tras unos tortuosos segundos—No quería que tu amistad con Kohaku…-no puedo continuar, las palabras se ahogan en mi garganta.
Él sigue callado, y por primera vez desde que lo conozco preferiría que comenzara alguno de sus discursos optimistas. Pero no lo hace, Shippo aprieta los labios en una fina línea que evidencia su enfado.
Ello aumenta el peso sobre mis hombros: Shippo no me ha perdonado y quizás no lo haga, si ha acudido hasta aquí debió ser porque su sentido del deber lo conmina. Shippo es demasiado noble.
Me muerdo un labio porque pese a todo necesito oír de él lo que ha ocurrido luego de que Hojo me trajera al departamento.
-Shippo…
-Mizuki quería…
Hablamos al mismo tiempo. Él esboza algo parecido a una sonrisa avergonzada que se apaga al instante, pronto recupera el gesto duro.
-Mizuki quería venir—retoma, inhala profundo antes de continuar—Pero le dije que no querrías ver a nadie.
¿Desde cuando Shippo maduró tanto? Me hace sentir una niña tonta e infantil. A lo mejor Sesshomaru siempre tuvo la razón y no soy capaz de ver las cosas con claridad, me guío por la purpurina que mi mente acostumbra a sembrarle a las cosas.
-Gracias—vuelvo a musitar clavando los ojos en el té caliente dentro de la taza. Todavía no lo toco y Shippo ha dejado su taza de lado.
-¿Lo saben tus padres?
Niego con la cabeza.
¿Cómo iba a decírselos? Estaba claro que tenía que hacerlo en algún punto porque irremediablemente van a enterarse, sin embargo, abordar el asunto con ellos me avergüenza demasiado para poder soportarlo.
Apenas ha amanecido además, tan solo me ha dado tiempo de llorar y cambiarme de ropa; Shippo, por otro lado, sigue vestido como fue a la despedida de soletera.
Tiemblo inconscientemente ante la temible perspectiva: tengo tanto que arreglar y tan poco valor para hacerlo que la balanza resulta cruelmente injusta.
Me muerdo los labios con fuerza mientras junto todo el coraje necesario para hacer la pregunta que me escoce en la garganta como hierro caliente.
-¿Cómo…cómo está Kohaku?—su nombre se ha perdido en un murmullo.
Shippo aparta la mirada de mí, clavándola en un punto incierto en el salón.
Pasa un largo momento en silencio que creo que ya no dirá más.
-Molesto—dice al fin, su voz se ha tornado grave, ajena a su normal tono alegre.
Inconscientemente Shippo se lleva una mano a su labio partido, la herida es apenas una línea que le surca el belfo inferior y lo abulta ligeramente donde recibió el golpe.
Me hundo en el sillón pegando las rodillas al pecho automáticamente, procurando que los pedazos de mí no se desperdiguen por todas partes. Aprieto la taza entre las manos hasta quemarme con el calor que traspasa la cerámica.
-No quiere hablar conmigo —agrega apretando los puños con tanta fuerza que los nudillos empalidecen—Miroku está con él.
Una efímera honda de alivio, diminuta e inservible, se cuela por mi sistema al escuchar que Kohaku no está solo, es más, está acompañado de un hombre maduro que además lo ama como hermano sobre todas las cosas.
Miroku no permitirá que haga una tontería como la vez del choque en auto.
Me atrevo a echarle una mirada a Shippo dado que sigue sin mirarme, su rostro atribulado me provoca una estocada en el pecho, reconozco esa mirada llena de contradicción en sus ojos jade: está tratando de no enfocar su furia hacia mí. Kohaku significa mucho para él, es su mejor amigo, su "hermano de otra madre". Haberle mentido y destruido su amistad debe estar carcomiéndolo tanto como a mí lo hace haber utilizado nuestro vínculo fraterno para encubrir mis propios engaños.
Estoy segura que incluso él se siente culpable.
-Shippo…en serio no quise que nada de esto pasara—admito sorbiendo por la nariz para que las lágrimas se queden donde están: en el interior—Dejé la carga sobe ti para que Kohaku no se enterara de nada—tiemblo—Lo sien…
-¿Por qué lo hiciste?—me interrumpe, su tono es una exigencia pura.
Clavo los ojos de vuelta al brebaje.
-Tenía miedo de perder tu amistad también—admito con un hilo de voz, luchando por controlar los hipeos.
-No me refiero a eso—resopla conteniendo su enfado todavía-¡¿Por qué aceptaste casarte con Kohaku sabiendo que no lo amas?!
Doy un respingo alzando la cara de golpe, los ojos de Shippo me atraviesan con doloroso reproche, sigue apretando los puños ahora vibrantes.
Apenas tengo aliento para responderle.
-Yo lo…
-¡No digas eso, Rin!—me corta abruptamente, sus manos se liberan por fín, empero al no encontrar nada en qué descargarse decide mesarse el cabello—No digas eso porque no es verdad y…¡lo detesto! ¡Detesto que las personas se mientan a sí mismas!
La fuerza de sus palabras es como una lluvia de agujas.
Me muerdo los labios hasta que siento el sabor metálico manar de ellos, la ironía me sacude de inmediato porque me he lastimado.
Pero no dejo que aquél recuerdo me vuelva a tirar, debo mantenerme fuerte, juntar todo el valor que pueda y encarar las consecuencias de mis propias mentiras.
Nos envuelve el silencio por tercera ocasión, el ambiente está agrio y me cuesta trabajo respirar.
-¡No sé que te hizo ese sujeto, Rin! Pero si tú amas a ese tipo…—gruñe, volviendo la mirada de nuevo a otro punto. No quiere verme—Si lo amas a él…-resopla conforme su furia va apaciguándose—Díselo a Kohaku—musita por lo bajo, mirando sus zapatos.
Sus ojos verdes se opacan de nuevo, Shippo deja flojos los brazos sobre sus rodillas.
Ladeo el rostro manteniendo el llanto controlado pese a que las lágrimas pugnan por salir con la misma fuerza con la que las palabras de Shippo me sacuden.
-¿Sabes?—su voz suena grave pese a que ha dejado correr una sonrisa irónica en sus labios, el gesto no le llega a sus pupilas verdes que de pronto han adquirido un color más oscuro—Cuando estábamos en preparatoria yo estaba enamorado de ti—se encoje de hombros con pesadez—Pero tú siempre estabas pensando en Kohaku, se volvió mi rival y con el tiempo nos hicimos mejores amigos—suspira apretando los labios—Tú eres mi amiga, Rin—alza el rostro y lo vuelve a mí, esta vez sus pupilas parecen afables—Y quiero lo mejor para mis dos mejores amigos.
Siempre lo he dicho y jamás me atrevería a negarlo: Shippo es demasiado generoso para existir.
La atribulación se arremolina en mi corazón a escucharlo, aunque pronto se evapora ante la honestidad que reflejan sus intenciones.
-Shippo…-me deslizo por el sofá hasta él. El rubio no opone resistencia cuando lo abrazo con fuerza.
-Sigo molesto, Rin—me avisa sujetándome suavemente de los hombros para apartarme—Lo que le hiciste a Kohaku…
-Lo sé—interrumpo, alejándome nuevamente. Comprendo el significado real de sus palabras: quiso decirme que todavía no me perdona.
Oigo otro suspiro pesado antes de que se ponga de pie; volvemos a quedarnos callados aunque el ambiente ya no se siente tan hostil entre nosotros, de hecho, me atrevo a decir que la presencia del rubio me ha aliviado un poco el alma.
Es el efecto Shippo, de él y de sus palabras que siempre se convierten en una especie de aliciente para continuar.
-Debo irme —anuncia tallándose las manos contra el pantalón—Le diré a Mizuki que te pondrás bien.
Asiento sin ganas de contradecirlo.
Dicho aquello último, mi amigo se enfila hacia la puerta sin dirigirme otra mirada, abre la puerta y apenas cruza el dintel vuelvo a sentirme brutalmente sola.
¿Qué se supone que deba hacer? La pregunta flota en el ambiente apesadumbrado que rodea el departamento, está claro que debo dar explicaciones y sobre todo, pedir disculpas; sin embargo ¿luego qué?
"Esperar la decisión de Kohaku", me digo entonces.
El corazón se me encoge en contra de mis pensamientos, me exige que pondere con seriedad lo que me ha dicho Shippo.
Pero ya no quiero seguir haciéndole caso, la única vez que permití que me nublara el raciocinio terminé rota, recibiendo palabras crueles y tratos hostiles que desembocaron, con ayuda de mi inmadurez, en una cadena interminable de malas decisiones.
-Habla con él, querida.
La voz de la abuela Kaede me sobresalta; al volverme a un costado la veo recargar los codos en el espaldar del sofá, me dedica una sonrisa apenas perceptible pero la única que he recibido desde ayer por la noche.
-¿Con quién?—pregunto tontamente.
-Con tus padres—ironiza logrando que paladee un sabor amargo en los labios—Quiero decir que sí deberías hablar con ellos…o puedo hacerlo por ti—se ofrece con un encogimiento de hombros tan sincero que no puedo hacer otra cosa que agradecerlo.
-Gracias.
-Todo va a estar bien, no es tan grave, muchacha—agrega pasando una mano por mi cabeza, acariciándola afectivamente—Solo debes hablar con el hombre con el que realmente quieras estar.
Aprieto los labios al tiempo que mis brazos vuelan a mi torso, encerrándome en un abrazo de impotencia.
-Ya sabes: el que amas. Lo sabes ¿no?
Asiento en silencio, incapacitada para fingir ante mi abuela, aunque de todas formas no iba a engañarla a ella.
-Solo hay una persona en el mundo que es capaz de hacernos feliz realmente—dice con un suspiro que me sabe a recuerdos. De pronto me acuerdo de las muestras de cariño entre Miroku y Sango y sobre todo, de la mirada cargada de fascinación de Tsuyu cuando se le colgó a Amari, también de las palabras de mi primo menor, la inmediata analogía sobre cómo se dio cuenta que estaba enamorado de la castaña: porque lo hace feliz.
La sencillez del argumento me abruma porque me parece demasiado simplista, como si quien lo afirmase no estuviera enterado de lo que conlleva ese pequeño gran detalle. Ser feliz no es tan sencillo.
Por lo que, no debe ser esa la opción por la cual deba inclinar la balanza, mis mentiras me habían costado caro ¿no es así? Entonces debía arréglarlo en lugar de buscar egoístamente mi propia realización.
De todas formas no estaba segura de encontrarla donde parecía estar (o con quien parecía estar), nadie me aseguraba que Sesshomaru no estuviera solamente encaprichado a marcar su territorio como cualquier macho con el ego quebrado. Ni sus acciones inesperadas ni tampoco sus palabras que, pese a que me atormentaban, también me llenaban el pecho con la misma sensación de calidez a la que no puedo darle nombre.
Aprieto los labios, estrechando las rodillas contra el pecho.
-Se trata de hacer lo correcto.
-Si tú crees que lo correcto te hará feliz…-deja el comentario en suspenso mientras se encamina de vuelta a la cocina.
Hojo, a quien no noté hasta ahora, chasquea la lengua.
-Oh, tu dices eso porque no te has enamorado, Hojo—dice la abuela Kaede soltando una carcajada despreocupada.
Mi primo afila la mirada con desdén, cruzándose de brazos en el proceso; luego, me lanza una mirada que me recuerda que Hojo es capaz de mantener un gesto estoico pero aburrido al mismo tiempo.
Además, el brillo en sus ojos me revela que otra vez está callándose la barbaridad que quiera decirme.
-Dilo.
-No me habrías escuchado antes y tampoco lo harás ahora—replica frunciendo los labios con indiferencia.
-A las mujeres nos gusta hacer estupideces—musito dándole toda la razón al respecto.
Puede que nunca vaya a enterarme de la opinión de Hojo al respecto, ya que, como todos los que me rodean, no saben nada más que retazos de nuestra historia, de Sesshomaru y mía, el resto deben ser especulaciones suyas o simples revelaciones de las que yo no me doy cuenta.
De hecho, seguramente no podré estar segura de bastantes circunstancias jamás, lo único que ahora mismo tengo claro es que hacer lo correcto va a costarme mucho más de lo que había previsto.
Sin embargo, Kohaku se lo merece.
Y yo lo merezco.
Las manos me tiemblan en cuanto alzo una de ellas para tocar a la puerta; como los intentos anteriores se queda suspendida en la intención.
El aliento me ha abandonado y ni siquiera soy capaz de procesar muy bien mis pensamientos; todas las ideas que tuve de camino aquí se han quedado estancadas en una espesa bruma.
Tengo miedo.
Mucho miedo.
La vergüenza me aplasta con su poderosa fuerza y me sumerge en este mar de inseguridad que no ha hecho nada más que complicar lo que sea que voy a hacer.
Repaso mentalmente lo que haré primero: pedir disculpas. Una vez tachado aquello de mi lista, solo quedará esperar la sentencia definitiva.
Lo que ello sea que implique.
Me he dejado el celular en casa porque no quiero que ninguna llamada de Sesshomaru vaya a arruinar mis planes, tampoco quiero que el teléfono suene mientras trato de enmendarme.
Juego con mis manos sintiéndome como Mizuki en ese preciso momento: tímida e indefensa, aunque con mucha más culpa por mis actos de los que mi amiga morena podría alguna vez tener.
Me muerdo los labios heridos y vuelvo a alzar la mano.
Esta mañana, cuando salí de casa, el corredor me pareció curiosamente más asfixiante, el camino hacia las escaleras del edificio sumamente angostas, como si pudiesen cerrarse de un momento a otro y tragarme hacia un mundo de total oscuridad.
El bochornoso calor me golpeó la cara, sin embargo, fui incapaz de sentir su calidez.
Las personas a mi alrededor eran ajenas, distantes en sus propios mundos, ninguna me prestaba atención realmente pese a que yo tenía la impresión de que me miraban acusadoramente, señalándome mis faltas con dedos invisibles.
Imputaciones que llegarían tarde o temprano de las personas cercanas a mí, de aquellas que realmente me importaba. Las mismas a las que les fallé.
Boqueo un par de ocasiones antes de apretar el timbre.
Uno…dos…tres…Miroku abre la puerta.
No le sorprende verme, lo puedo notar en su gesto apático que al reconocerme se endurece hasta convertirse en la misma acusación con la que me miró ser besada por su tío en el hospital. Aquella tarde cuando le mentí descaradamente mientras Kohaku permanecía inconsciente en una cama de hospital.
No dice nada, se mantiene impertérrito entre el acceso al departamento de Kohaku y yo. Sus ojos negros parecen atravesarme con una sorprendente frialdad que nunca esperé ver en alguien como Miroku, su ceño fruncido con algo parecido a la repulsión y a la superioridad me marea.
-Yo…-balbuceo buscando desesperadamente fuerzas para hablar—Tengo que…hablar con él—evito seguir mirándolo, enfocando mi atención en el jugueteo nervioso de mis dedos.
Miroku comprende de inmediato a quien me refiero ¿A quién más si no, Rin?
El hermano de Kohaku inhala hondo dejándome el paso para que acceda al departamento, tardo unos instantes en aceptar que ha dejado que entre: realmente creí que tendría que suplicarle para que me permitiese verlo.
El interior del apartamento está fresco, provoca que me recorra un escalofrío por la espalda; permanezco a unos cuantos pasos de la entrada sin saber muy bien qué hacer a continuación. ¿Debería correr por el departamento gritando el nombre de Kohaku, gimiendo y suplicando su perdón?
No es necesario que me mueva, aunque ni siquiera soy capaz, porque Miroku se echa a andar; controlo el temblor de mis labios cuando pasa a mi lado.
-Esas son tus cosas—me avisa al pasarme de largo. Su tono ha sido de total desprecio.
Giro el rostro a mi costado: mis dos maletas, seguramente llenas con mi ropa, están apostadas en un rincón.
La garganta se me anuda.
Oigo murmullos apagados desde el dormitorio, una voz femenina escandalizada y luego, otros susurros que llaman a la sensatez.
Mi corazón llena el silencio del sitio con sus latidos desenfrenados; reconozco el temblor de mis rodillas cuando escucho pasos que se acercan por el pasillo.
Retengo el aliento con una bocanada al ver salir a Miroku acompañado de su madre, aprieto las manos contra mi vientre al sentir su mirada cargada de reproche.
Kikyo se detiene frente a mí lo suficiente para que parezca que quiere decirme algo, sin embargo, aprieta los labios en una fina línea que endurece sus, normalmente, dulces facciones.
No la culpo, soy quien ha herido a su hijo pequeño.
Me pasa de largo cuando Miroku le rodea los hombros con un brazo para instarla a caminar.
-¿Quién te ha hecho llorar, Rin? ¿Mi tío te dejó?
Su tono de voz, frío y burlesco, me pasma en mi lugar. Me había enfocado tanto en Kikyo que no me percaté del momento en que Kohaku llegó hasta el salón.
Carraspeo tratando de aliviar el nudo en mi garganta, aprieto más las manos y los nervios se me disparan con oleadas de pánico.
Kikyo se vuelve a su hijo, dubitativa, aunque Miroku la vuelve a instar a andar hasta que ambos cruzan el umbral; es él quien luego se detiene antes de cerrar la puerta.
-¿Estás seguro, hermano?
Mis ojos siguen clavados en mis manos así que no veo lo que debe ser un asentimiento por parte de Kohaku, porque la puerta se cierra dejándonos solos.
El silencio se instala entre nosotros ahora que descubro que no tengo idea de cómo comenzar.
-¿Y bien?—habla él todavía con dureza—Yo no te hice llorar así ¿cierto?
Automáticamente me llevo una mano debajo de los ojos, palpando la hinchazón producto de la noche en vela y el incansable llanto. La ducha fría no pudo contra la sensación arenosa en mis ojos ni el maquillaje cubrir la escoriación rojiza de mis párpados.
Tras ese eterno segundo de vergüenza por mi aspecto macilento, me atrevo a alzar los ojos a Kohaku, él, repatingado contra el muro, le da un trago a su cerveza.
Ya no lleva puesta la escayola.
Quiero preguntarle por qué se ha quitado el yeso si aún no era el momento pero me detiene la certeza de que no creerá mi preocupación.
Sus ojos negros me atraviesan como un arma de filo dentado, me cala hondo en el pecho su reproche y la furia de la que todavía no se deshace.
Espera a que hable pero no me acuerdo ni del tono de mi voz, además sigo avergonzada.
-¿Quién te trajo? ¿Mí tío o tu primo sodomita?- Kohaku se despega de la pared terminándose el resto de su cerveza y dejando luego la botella vacía sobre el sofá—Tal vez el imbécil de Shippo.
La mención de Sesshomaru me encoge el corazón pese a que me otorga el primer camino para iniciar el proceso; paso por alto el insulto hacia Hojo (seguramente es en su contra) porque no estoy en posición de indignarme (y además no entiendo la connotación de la ofensa elegida). Tampoco quiero hablar de Shippo porque luego de las disculpas y explicaciones tengo planeado convencer a Kohaku que el rubio no tuvo nada que ver.
-Kohaku…-su nombre apenas es audible en mi voz. Cierro los ojos para darme un poco de valor—Lo siento.
-Si viniste hasta aquí al menos ten el coraje para decírmelo de frente—replica con una fuerza que logra que se me encojan los hombros- A menos claro vengas a devolver el anillo, en ese caso puedes quedártelo—agrega con ácido puro en las palabras—Ahorrémosle el anillo a Sesshomaru ya que de todas formas compartí a la novia—su burla, irónica y amarga, se clava en mi pecho como un millar de afilados clavos.
Alzo el rostro de inmediato sabiendo que los colores me abandonan el rostro.
Está de pie todavía, cruza los brazos fuertemente contra el pecho mientras me mira; su gesto, siempre neutro, ahora es un ceño fruncido casi imperceptiblemente que ensombrece su mirada, sumergiéndola en un reproche tan intenso que casi puedo jurar que es odio.
-Tienes razón—admito apretando las manos—Lo siento, Kohaku. No…no quise…
-Que me enterara que te revolcabas con mi tío.
-¡No!—gimo, los labios me tiemblan junto con mis piernas—Era solo sexo—me excuso aunque de inmediato me doy cuenta que ha sonado bastante mal y que me he hundido todavía más.
Kohaku no cambia en absoluto su gesto que ahora reconozco que es de contención. Aprovecho ese momento para darme cuenta de las ojeras que surcan debajo de sus ojos, la irritación en sus orbes y que la forma en que aprieta la mandíbula no es solamente debido a la ira.
-Si lo que quieres es que te libere del compromiso: está hecho. Vete, Rin—ordena.
Inconscientemente me abrazo a mí misma, apretándome porque de nuevo me asalta la estúpida idea de que me romperé en pedazos.
-Y si vas a llorar y gimotear mi nombre, prefiero que me lo evites—prosigue, implacable.
-No es lo que piensas—suplico dando un paso hacia él—Por favor, escúchame: Shippo no tuvo nada que ver, yo le pedí que no te lo dijera porque ya no había nada entre Sesshomaru y…
-Me enferma la devoción con la que dices su nombre, Rin—gruñe deshaciendo el cruce de brazos, ahora sus puños están cerrados, pálidos en los nudillos—Además, el idiota de Shippo puede defenderse solo. ¿Estás aquí por eso?
-¡No!—me apresuro hacia él buscando tocarlo—Quiero explicarte…
-¡Explícame entonces por qué te revolcabas con mi tío!—grita. Va dando varios pasos mientras habla, mismos que yo retrocedo, asustada por su repentina explosión. El aliento se me escapa y de pronto estoy contra la pared, el pecho se me agita frenéticamente y me duele la garganta.
Alzo las manos instintivamente para ganar algo de espacio.
-¡¿Pensabas en él cuando estábas aquí?!—me sujeta una muñeca apartándola bruscamente de entre nosotros, la empotra contra la pared ejerciendo presión suficiente para dejarme una marca parecida a la que me colorea el brazo, ahí donde su mano me sostuvo ayer.
-Por eso no querías acostarte conmigo—gruñe sujetando mi otra mano, temblorosa y débil, la eleva por encima de mi cabeza. La fuerza que imprime es mucho menor, casi nula: está usando su brazo en recuperación.
Hacer este tipo de esfuerzos puede lastimar sus huesos de nuevo, pese a que a él no parece importarle.
Me aprieto contra el muro rehuyendo la tosca cercanía. Kohaku nunca se había comportado de esa forma, nunca había sido violento conmigo.
-No—alcanzo a balbucir—Te…equivocas, Kohaku. Yo no quería porque…
¿Y qué vas a decir, Rin? me pregunto. Estoy escuchando la verdad de boca de Kohaku y esa simple deducción es la que me hace sentir miserable.
-¿Más mentiras, Rin?—esboza media sonrisa malévola y amarga que no le llega hasta los ojos— ¡No querías acostarte conmigo porque no soy Sesshomaru!—escupe el nombre.
-Era solo sexo—apresuro mis palabras, gimiendo—Terminamos antes de que tú y yo…de que tú y yo…nos comprometiéramos.
-Entonces supongo que la mirada de Miroku está tan afectada que confunde las cosas—el tono socarrón me aguijonea el pecho.
Al instante se me escapa el oxígeno.
-Te lo dijo—musito.
Kohaku aprieta los labios, en aquella cercanía es imposible no darme cuenta cuando sus ojos se ensombrecen nuevamente. Por primera vez veo a Kohaku vacilar, esbozar un gesto apesadumbrado.
-La misma tarde que te vió salir de su oficina en el hospital—avisa retrocediendo un paso, liberándome también.
La muñeca me punza donde estuvo contenida su fuerza pero no me quejo.
-¿Por qué no me dijiste nada?—inquiero débilmente. Es rídiculo que Kohaku no fuera a creerle a su hermano. ¡Vamos, hablamos de Miroku Taisho!
-Él no estaba seguro de nada y tú me dijiste que me amabas—replica con simpleza.
El pecho se me encoge.
-Lo siento—musito sin poder aguantar más las lágrimas. Sorbo por la nariz para evitar que el llanto sea copioso, sin embargo, no albergo muchas esperanzas de lograrlo.
Kohaku mueve distraídamente su mano convaleciente.
-Te lastimarás de nuevo, déjame ayudarte—me fuerzo a despegar la espalda de la pared pero no llego a acercarme lo suficiente, Kohaku me sujeta la muñeca de nuevo, esta vez con su malo sana.
-¿Lastimarme?—vuelve su furiosa mirada a mí-¿Quieres saber lo que es?—la pregunta es retórica porque al instante el dolor me punza por todo el brazo. Gimo al instante tratando de zafarme de su poderoso agarre, la presión que imprime es tanta que logra que quiera escapar.
Kohaku tira de vuelta y yo me estrello contra su cuerpo sin posibilidad de escapar.
Me besa.
Sus labios son exigentes contra los míos, febriles y acelerados. Muerde mi labio inferior, hincando los dientes en la herida que yo sola me causé unas horas antes; me quejo tratando de escabullirme.
-Eso hiciste, Rin—gruñe contra mi boca aliviando la opresión contra mi muñeca, no obstante, las punzadas siguen asaltándome debajo de la piel.
-Si crees que soy un solo un hombre idiota controlado por sus emociones, está bien. Después de lo que ha ocurrido sería inútil tratar de convencerte de estar a mi lado—susurra contra mi oído, pegándome a su cuerpo hasta que puedo sentir los latidos acelerados de su corazón.
La garganta se me anuda conforme la posibilidad de hacer lo correcto escapa de mis manos, se evapora entre mis dedos sin posibilidad de detenerla.
No puedo permitir que mis acciones arrastren a Kohaku sin posibilidad de enmendarlo.
Su mano va perdiendo fuerza, se desliza por mi cintura mientras sus labios lo hacen por mi mentón. Luego, simplemente hace amago de apartarse.
-¡No!—la negativa sale por sí sola. Me aferro a su camisa para detenerlo-¡Déjame compensártelo! Si me aceptas de nuevo puedo hacerte feliz, trataré cada día de hacerlo.
El miedo estalla en mi cuerpo porque no puedo perder a Kohaku de esa forma, no luego de todo lo que hice.
-Por favor—suplico. Kohaku clava la mirada en mi otra mano que empuña mi blusa a la altura del corazón.
-¿Crees que quiero eso?—se zafa de golpe-¿Realmente piensas que con abrir las piernas como lo hiciste con Sesshomaru vas a arreglarlo?—ha malinterpretado mis palabras.
Su gruñido furioso me provoca el enésimo sobresalto. Boqueo.
-No...Yo no…
-¡¿Eso crees que quiero?!—la ira ha vuelto, su mueca de sonrisa amarga se ensancha; me sujeta del brazo y me arrastra detrás de él.
Reconozco el camino hacia el dormitorio y no puedo hacer sino tembelequear.
-¿No me vas a detener, Rin?—suelta un risotada sin atisbo de felicidad. No me gusta que diga mi nombre con tanto rencor de por medio y tampoco encuentro mi voz para responder—Bien porque ya no quiero discutir, ni siquiera me da asco pensar en ti.
Llegamos a la habitación, me suelta y se vuelve a mí de golpe.
-Quítate la ropa—ordena. El cuerpo me vibra por completo, la sangre abandona mi rostro y puedo percibir una pequeña vocecita en mi cabeza que me indica que la humillación no es necesaria.
Gimoteo al levantar las manos hacia los botones de la blusa, cediendo ante la idea de que este tipo de entrega podía ser el primer paso para resarcir el daño que he causado.
Saco el primer botón de su lugar y trémulamente voy por el siguiente, las manos me tiemblan sin control al descubrir que no deseo que Kohaku me mire desnuda.
-Basta—ordena de pronto, rehuyendo el verme-No quiero acostarme contigo si no voy a tener lo mismo que él.
Lo miro sin comprender pero agradecida, en lo profundo, por que haya cambiado de parecer.
-¿Lo mismo?—balbuceo.
— ¡Lo ves como si fuera el jodido Santo Grial!—se mesa los cabellos con una mano y luego se inclina hacia mí-Si voy a tenerte en mi cama será porque tú me deseas como yo a ti: completa—agrega entre dientes—¡No quiero las sobras de nadie ni mucho menos una ramera por esposa!
No puedo responder, el pecho me escoce con tanta fuerza ante el yugo hiriente de sus palabras que es en lo único que puedo pensar.
-Ahora vete.
-Kohaku…
-¡Lárgate!—me sujeta del brazo llevándome de vuelta por donde llegamos, una vez en el salón abre la puerta y me empuja fuera del departamento.
Cuando la puerta se cierra con un portazo, descubro que estoy sola.
Subo el último peldaño haciendo un esfuerzo sobrehumano ahora que oficialmente todas mis fuerzas se han agotado. Luego del encuentro con Kohaku, de tener que salir en silencio de su casa no tuve fuerzas sino para empujar las piernas de vuelta a casa. Apenas crucé una mirada fugaz con Kikyo y Miroku, aunque la mujer subió de vuelta en cuanto me vio salir del edificio. El hermano mayor de Kohaku me miró mientras me alejaba.
Enfrentarme a su familia había sido tan vergonzoso como imaginé aunque haber intentado explicarle a Kohaku fue, de lejos, mucho peor.
Su rechazo y frialdad me dolían demasiado.
No quería perder nuestro vínculo.
Arrastré los pies por el corredor, preguntándome cómo lo habría pasado Sesshomaru con su familia, cómo habría lidiado con la humillación y los reclamos.
-Idiota—me digo. No se supone que deba importarme.
Me recargo en el muro cuando resintiendo un vértigo de debilidad que me roba el oxígeno, luego alzo el rostro a tiempo para encontrarme con él. Sesshomaru está sentado en el pasillo, justo al lado de la puerta de mí (nuestro) departamento. Va vestido también como anoche y a juzgar por su posición, debe llevar bastante tiempo ahí.
Me insulto mentalmente por no haberme interesado en buscar el audi de Hojo estacionado abajo: quizás con él cerca podría pasar de Sesshomaru sin tener que recurrir a más dolor.
Él siente mi mirada porque se vuelve a mí, se levanta y yo, pese a haber pretendido devolverme sobre mis pasos, me venzo. Las piernas ya no me soportan ni tampoco mi propia tortura: me siento incapaz de sostenerme en pie.
Sesshomaru se acerca rápidamente por el pasillo hasta donde me acurruco contra el muro, gimoteando bajito ahora que ya no puedo controlar el dolor que me provoca haber lastimado a Kohaku.
-No—ordeno débilmente, dando un manotazo al aire cuando Sesshomaru se inclina para levantarme en brazos.
Me sujeta la mano al vuelo.
-¿Él te hizo esto?—gruñe sosteniendo mi brazo frente a sus ojos. Me vuelvo a él lentamente, sin fuerzas, y veo lo que él: los cardenales morados que pintan mi piel donde Kohaku me retuvo.
-Solo me mostró lo que le hicimos—murmuro—Lo que le hice.
Sesshomaru me mira fijamente, aprieta los labios en una mueca de descontento y hace amago de pasar un brazo debajo de mis rodillas. Me vuelvo a debatir rehuyendo su contacto, pegándome más a la pared, palpando la superficie.
-Si yo te mostrara lo que tú me hiciste…-me apoyo para ponerme de pie, renuente a seguir siendo débil frente a él-…tendría que apuñalarte en el pecho.
Se incorpora también pero no responde a mi sutil ataque, que en realidad, no es más que una analogía de lo que ocurrió cuando mi paraíso se quebró tan abruptamente. Cuando pude ver a Sesshomaru tal cual era. Cuando lo que descubrí me destrozó por completo.
-Yo seré quien hable con él a partir de ahora—interpone el brazo frente a mí para evitar que siga caminando.
-Kohaku será mi esposo—sentencio alzando el mentón, todavía sin mirarlo porque si lo hiciera, sus ojos me hipnotizarían nuevamente—Y algún día también será el padre de los hijos que tenga—agrego forzándome a que la voz no se me quiebre—Dos cosas que tú eres incapaz de ser.
Su brazo pierde fuerza, se desliza por el muro hasta dejarme suficiente espacio para dejarme pasar. Reconozco que fue un golpe bajo pero estoy harta de él y sus acciones que solo me confunden.
-No es a él a quien quieres contigo, niña. Y yo te quiero de vuelta.
-¡Y tú siempre obtienes lo que quieres!—ironizo pasándolo de largo, esperando sinceramente que no se le ocurra seguirme—Obtuviste que tu familia te odiara, que yo arruinara mi compromiso con Kohaku y mi amistad con mis mejores amigos—inhalo hondo ya sin valor para seguir enumerando.
-No me interesa nada de eso—sentencia.
Me detengo, furiosa.
-¡Por supuesto que no!—al volverme descubro que las palabras me arden en los labios, se agalopan para salir-¡Tú solo piensas en ti! ¡No te importa haber arruinado mi vida!
-No hables como si todo hubiese sido culpa mía. Jamás te obligué a nada, mucho menos a enamorarte de mí.
-¡Y sigues haciéndolo!—me muerdo los labios, quiero gritar, quiero patalear, quiero berrear hasta que me quede sin voz— ¡Eres incapaz de disculparte! Eres arrogante, orgulloso, cruel y un total cretino.
-Y tú una niña infantil e inmadura—gruñe dando los pasos que nos separan, me sostiene por los hombros. Su tacto me arde—Siempre estás en mi mente, invadiéndola con tus recuerdos—reclama sacudiéndome suavemente—No puedo dejar de pensarte y ¡me tiene harto!
-¡Entonces déjame tranquila!—me debato en vano.
-¿Crees que es muy simple?
-Lo fue antes—recrimino sintiéndome débil de nuevo. ¡Maldición! No debí ni siquiera dejar que se acercara tanto.
-Era lo correcto.
-¿Herirme era lo correcto?—su cinismo es increíble.
Él me ignora.
-No enamorarme era lo correcto.
Mi corazón explota en ese mismo instante, me recuerda los juegos pirotécnicos que bullían en mi pecho cuando Sesshomaru llegaba hasta a mí con su sonrisa altanera y sus insinuaciones descaradas.
Se inclina buscando mis labios, apenas llega a rozarlos pero yo ya he cerrado los ojos, sintiendo el doloroso peso de la culpa y el remordimiento aplastarme…y al mismo tiempo las manos de Sesshomaru sacarme de ese abismo con la promesa de un solo beso.
-Y no voy a detenerme ni por ti, tu familia, la mía…—amenaza contra mis labios, robándose mi aliento—Ni por ningún Taisho.
Las lágrimas escapan al escuchar su promesa, gimoteo al reconocer que mi balanza entre lo correcto y mis deseos egoístas comienza a romperse ante el peso de una de las opciones.
¡No, Rin!
Sesshomaru acaricia mi rostro con sus pulgares, enjugando las lágrimas, luego, apoya su frente contra la mía.
Odio mis piernas porque sean de algodón.
Odio mi estómago por revolotear como un montón de mariposas.
Odio mi egoísmo por disfrutar de este momento.
Odio a Sesshomaru Taisho y sobre todo, odio amarlo.
¿Qué opinan de la reacción de Kohaku? Estuvo bien, se paso o fue muy dócil? XD
¿Sesshomaru merece sufrir mucho? ¿Habrá final feliz? Ahhh, todas estas preguntas no nos dejan dormir por las noches jajaja
Habrá más drama pero será necesario para explicar algunas cosas como por ejemplo el por que Sesshomaru actúa asi, de modo que paciencia porfis :3
Nos leemos en el próximo!
Que esten bien
