Capítulo Sexto: Intrigas en Galgados

Misión 3

Lluvia de Albóndigas

[Cedric, Mikken, Graven, Walkyria y Zachary]

Frederic contemplaba a su subordinado con cierta lástima. Una sonrisa condescendiente decorada sus hermosas facciones, y sus fríos ojos azules parecían el más profundo e insondable de los abismos. Fritz era un peón competente. Sus recursos y contactos con Empresas Providence le habían sido de gran utilidad, y aunque su zalamería le resultaba algo excesiva, era bueno tener un lacayo eficiente y consciente de su posición.

No obstante, no eran recursos ni contactos lo que necesitaba en esta fase de su plan maestro, por lo que, habiendo cumplido ya su función de asegurarle ciertas adquisiciones y sobornar a Los Pollos, ya no tenía ningún uso para él. Había prometido a su queridísima hermana y a los aventureros que la escoltaban que se aseguraría de que se hiciese justicia, pero no podía permitirse correr riesgos.

En conclusión, el bueno de Fritz debía ser silenciado. Era una lástima, pero si algo caracteriza a los peones, es que son sacrificables. Y una cabeza de turco es una cabeza de turco.

El más sombrío de los Daorland dejó salir un último suspiro, y por fin se dignó a dirigirle la palabra al horondo burgués, que se encontraba apresado por dos de los soldados que el bueno del Arconte Supremo Gaul le había proporcionado.

—Es una lástima, Fritz, de verdad. Pero eres un hombre de negocios, así que comprenderás que, cuando se producen pérdidas, alguien tiene que ser despedido —tras decir eso, dirigió su mirada a la estatua de hielo escarlata que decoraba su salón; un regalo de la espada legendaria del Príncipe de Goldar—. Y por culpa de tu incompetencia, he perdido efectivos.

—Pero, señor, os he servido fielmente durante años. He hecho todo cuanto estaba en mi mano para apoyaros, he invertido millones de escudos de oro en vuestra empresa… ¿Y ahora me hacéis esto?

Frederic rio amargamente.

—Sí, mi buen amigo, tienes razón. Has sacrificado mucho por mi bien, por el bien de Galgados. Es por ello por lo que estoy convencido de que no tendrás ningún inconveniente en sacrificar una última cosa.

—Pero…

Fritz no tuvo tiempo para pronunciar su frase antes de que su cabeza rodase por el suelo.

—Limpiadlo, no quiero que se estropee la moqueta —dijo finalmente el heredero al trono galense antes de retirarse a sus aposentos.