Capítulo 68
Por ti
El temblor se trasladaba desde sus pies hasta el último pelo de su cabeza y eso que permanecía recostada en su añorada cama, observando el techo de su habitación mientras Emily se divertía en la planta baja de su casa, sacando algunas sonrisas en ella al tiempo que trataba de controlar su estado anímico.
No podía evitarlo. Aquel nudo en su estómago conseguía provocarle incluso ganas de vomitar. Pero no podía caer.
Estaba allí por Emily y por Quinn. Tenía que ser fuerte y devolverle la confianza que tanto la rubia como Santana, habían depositado en ella para lograr ser una buena madre. Pero, sobre todo, sentía que dar aquel paso tras la charla que mantuvo con Mónica dos días antes de aquel sábado 14 de febrero, y que aún permanecía intacta en su mente, obligándola a tomar la mayor y más arriesgada decisión de toda su vida. Aún podía escuchar la voz de la mujer resonando en el despacho, abriéndole los ojos con total y absoluta claridad.
—¡Rachel! —se escuchó desde la planta baja—Tienes visita.
—Ya voy—respondía tratando de recuperar la postura, pensando en cómo eliminar la presión de su pecho, y sabedora de que su visita iba a conseguir que aumentase aquella tensión. Pero tenía un truco para conseguir calmar su estado; pensar en ella, en Quinn, e imaginar su sonrisa para saber que todo iba a ir bien.
Pero la rubia no estaba allí.
Quinn en ese instante, a esa misma hora, trataba de ignorar los comentarios subidos de tono que Puck dejaba escapar sin cesar. Y esquivando las miradas curiosas de Finn, al que hacía casi 5 años que no veía y que, para sorpresa de todos, había aceptado la invitación de Artie a la séptima reunión de los miembros originales del Glee Club que se estaba llevando a cabo en Lima, más concretamente en la sala del coro del instituto McKinley.
—¿Por qué estamos aquí? —preguntó Sam que era uno de los asiduos a aquella ya tradicional reunión—¿No vamos a cenar?
—La cuestión es; ¿Cómo has conseguido que nos dejen entrar un sábado en el instituto? —cuestionó Mercedes, dirigiendo su mirada hacia Artie.
—Yo solo cumplo órdenes—respondía el chico—. Y a tu pregunta—miró a Mercedes—, te diré que nos dejan entrar porque esta noche hay un baile de San Valentín en el gimnasio, y Puck, Tina y yo, nos hemos ofrecido a cantar un par de canciones. Como en los viejos tiempos.
—Esas adolescentes van a saber quién es Noah Puckerman—espetó el chico.
—Noah Puckerman, el inmaduro—interrumpía Finn—. Veo que sigues igual.
—Hey. Tengo 30 años, y estoy en la marina. Tengo más méritos que tú, pero eso no quita que siga sintiéndome joven—recriminó—. Por mucho que lo intentes, no impresionas con esa corbata.
—Soy un hombre de negocios. Mi armario está lleno de trajes de chaqueta y corbatas —se excusó—. Eso que tú nunca llegarás a utilizar a menos que sea alistándote en el ejército.
—Vendedor de coches, Finn. No hombre de negocios—ironizó—. Y yo al menos no soy un amargado que no para de mirar la hora para marcharse. Vamos tío, relájate.
—Gano 6.000 dólares al mes, cuando tú consigas algo así entonces tendrás derecho a burlarte de mí—volvía a responder Finn.
—¿Alguien me explica por qué Santana no está aquí? —Quinn ignoraba por completo la absurda disputa que mantenían Puck y Finn, y buscaba la respuesta de Brittany, que parecía ser la única que conocía el paradero de la latina.
—Está al llegar—respondía con tranquilidad.
—Pues espero que lo haga pronto, porque esto no estaba dentro de los planes.
—¿Tienes algo más importante que hacer? —cuestionó Mercedes.
—He venido solo para pasar el día, y no me gustaría estar toda la tarde aquí aguantando las hazañas amorosas de Puckerman—espetó con sarcasmo—. Que no me interesan en absoluto.
—Hey, eso ha dolido—respondía el chico.
—¡Te lo tienes merecido! —incidió Sam.
—Yo estoy con Quinn—habló Finn—¿Qué sentido tiene que estemos aquí? ¿No íbamos a cenar esta noche y ya está?
—Chicos—habló Artie—. Os he dicho que yo solo cumplo órdenes—aclaró—. Fue Santana quien me dijo que os citara aquí.
—¿Cuál es el motivo? —preguntó Tina.
—Pues no lo sé, no ha querido decírmelo —respondía de nuevo—. Solo me pidió que estuviésemos todos.
—No estamos todos—añadió Mercedes—. Faltan Blaine, Kurt y Mike.
—Y Rachel—recordó Finn, alertando a Quinn.
—Cierto—habló Sam—¿Alguien sabe algo de ellos?
—Kurt está en Paris—fue Finn quien respondía a la pregunta del rubio—. De Blaine no sé nada y de Rachel, pues supongo que seguirá en Nueva York.
—A Blaine le escribí un email—explicó Artie—, pero no me ha respondido. De Rachel pues no sé nada. De hecho, ni siquiera le escribí. Lleva tres años sin responder a ninguno de los emails.
—Estará ocupada con su fulgurante carrera en Broadway—espetó Mercedes con sarcasmo—. Ya no recuerda quienes somos.
—¿Qué dices? —interrumpió Finn—. Claro que se acuerda de nosotros—la defendió.
—¿Te lo ha dicho a ti? —preguntó de nuevo la chica.
—Pues no, pero Rachel nunca olvidará sus principios. Estoy seguro de ello.
—Pues yo creo que sí se ha olvidado de nosotros—volvía a hablar Mercedes—. Lo hizo desde el primer instante en el que se fue. Nueva York le ha absorbido el cerebro, y la fama puede con ella.
—Estás siendo injusta—interrumpía de nuevo Finn—. Rachel ha tenido que trabajar muy duro para llegar donde está. Es lógico que tenga menos tiempo para nosotros, pero sé que sigue viniendo a Lima a ver a sus padres. E incluso ha visitado varias veces al profesor Schuester.
—¿Por qué la defiendes tanto? ¿Ya se te olvidó que te dejó por Weston?
—A mí no me dejó por nadie—se molestó—. Además, eso no es asunto tuyo.
La discusión entre Finn y Mercedes estaba provocando un verdadero duelo de titanes, seguido por las miradas del resto de chicos, y la atención extra que mostraba Quinn tras ver como Rachel era el objetivo de aquella disputa.
—Ya. No es asunto mío, es asunto de la prensa sensacionalista, al igual que sus fiestas nocturnas o su nueva afición a consumir cosas que no me atrevo ni a…
—¡Cállate! —exclamó furiosa Quinn—mantén tu estúpida boca cerrada.
—¿Qué?
—Que te calles, que no tienes ni idea de lo que hace Rachel con su vida. Así que deja de joder con esos malditos rumores.
El tono que había utilizado para callar a Mercedes, había sorprendido al grupo entero, que no esperaban una reacción así de Quinn.
—A mí no me grites—se defendió Mercedes.
—¿No sabes el daño que hacen esos rumores? Por culpa de gente como tú, muchas actrices, cantantes o lo que sea, tienen que apartarse del mundo y vivir en jaulas—espetó sin cambiar el gesto serio de su rostro—. Deberías tener un poco de respeto, sobre todo si no tienes ni idea de la verdad.
—¿Y tú si conoces su verdad? ¿Te lo ha contado a ti? Porque ella no se ha interesado por ninguno de nosotros.
—¿Y qué importa eso? ¿Por eso tienes que hacerle daño con esos comentarios? Te recuerdo que, gracias a ella, conseguiste ganar lo único que has ganado en tu vida—fue dura—. Respétala.
—Guau—interrumpía Puck—. Si me llegan a decir que ibas a defender a Berry así, no me lo habría creído jamás—bromeó—. Pero para ser honestos, tienes razón—miró a Mercedes—. Rachel tendrá sus razones y nosotros no podemos juzgarla, al fin y al cabo, cada uno tenemos nuestras vidas. Y no nos gusta que nadie se metiese en ella.
—Yo no me meto, yo solo digo lo que oigo.
—Precisamente ese es tu error. En vez de destruir esos rumores, los propagas. No te haces una idea de lo que duelen—intervino de nuevo Quinn realmente molesta.
—¿Acaso sabes tú si son o no ciertos?
—Pues claro que lo sé ¿Acaso ninguno de los que estamos aquí no recuerda a nuestra Rachel? ¿Quién se atreve a imaginar a una Rachel borracha o con otro tipo de problemas? —hizo una pausa—. Si pensáis así, es que no habéis conocido a la verdadera Rachel en vuestra vida. Y es una verdadera pena.
—¿Y tú sí? —cuestionó de nuevo Mercedes.
—Mejor que tú, seguro que sí—sentenció.
—Chicas, dejad de discutir—era Sam quien intermediaba entre las dos —. Es absurdo que discutamos por Rachel cuando ni siquiera está aquí.
—Quinn tiene razón—habló Britt que había permanecido en silencio durante toda la disputa—Rachel tendrá sus motivos para mantenerse al margen, pero no por eso debemos dejar que la injusticia se cebe con ella.
—¿Y lo dices tú? ¿Ya no te acuerdas de lo que te hizo en Nueva York? —Le replicó de nuevo Mercedes.
—Lo que me hizo o me dejó de hacer, es problema mío—respondía de nuevo Brittany, dejando en completo silencio a Mercedes y a Quinn, que sorprendentemente no esperaba una respuesta así de su amiga. Sobre todo, tras conocer su historia con la morena—. Así que, por favor, dejad de inventar sobre la vida de los demás y ocuparos de las vuestras. Estoy segura que tenéis cosas importantes en las que pensar.
—Gracias Britt—interrumpió Quinn—. Gracias por poner algo de coherencia aquí.
—Me gustaría saber que opinaría Rachel de todo esto—añadió Tina, que al igual que el resto del grupo, había permanecido en silencio.
—Pues quizás puedas preguntárselo tú misma—murmuró Finn provocando la atención de todos—. Mirad—señaló hacia la salida, donde una cabizbaja Rachel hacía acto de presencia bajo el umbral de la puerta, y sorprendía al grupo por completo. Pero más aún a Quinn, que sintió como su corazón daba un vuelco tan grande que tuvo que tomar asiento en una de las sillas para evitar caerse.
No tenía idea de qué estaba haciendo allí. De hecho, lo último que supo de ella gracias a Mónica fue que iba a pasar el fin de semana trabajando.
—Hola—saludó Rachel rompiendo el silencio que reinaba en la sala. Nadie, absolutamente nadie acertaba a responder. Solo se miraban incrédulos hasta que lo más inverosímil que podría suceder, ocurría delante de todos ellos.
Era Britt la primera en abandonar su lugar junto al piano y se acercaba a la morena, a quien saludó con un cariñoso abrazo que consiguió emocionarla. Y con ella, también a Quinn.
—Me alegro de verte, Rachel—susurró Britt.
—Yo también Britt, yo también me alegro de verte—respondía visiblemente emocionada, segundos antes de lanzar una mirada al resto del grupo—. Y aunque no os lo creáis, también me alegro de veros a vosotros.
Fue Finn el siguiente en acercarse a ella. Y tras varios segundos mirándose, frente a frente, se saludaron de la misma forma que lo había hecho Britt, entregándose un cálido y sincero abrazo.
El paso de los años y las nuevas experiencias vividas, consiguieron que el rencor que había existido entre los dos quedase en un segundo plano. Y los buenos momentos que habían compartido en la adolescencia tuviese una mayor repercusión en aquel instante.
El intento de Puck por acercarse a la chica fue destruido por ella misma, que con un pequeño gesto le pidió que permaneciese sentado en la silla que ya ocupaba.
—Finn, Britt ¿Podéis sentaros? Me gustaría comentarios algo, y quiero que estéis todos frente a mí.
Ambos aceptaron su petición, y ocuparon distintas sillas que como antaño, seguían distribuidas en aquella sala de coro.
Rachel tragó saliva al adentrarse por completo en la sala, y observar cómo Quinn no apartaba su mirada de ella. Llena de dudas, de no saber si podía saludarla o simplemente, debía permanecer donde estaba. Le bastó recibir una leve sonrisa para saber que no debía abandonar su lugar, y ser testigo de lo que, al parecer, estaba a punto de suceder.
Los nervios se hacían más y más agudos en Rachel conforme avanzaba hacia el grupo, que expectantes la observaban caminar despacio, indecisa y con una mueca de temor en su rostro. Respiraba con rapidez, tratando que aquel aire que entraba en sus pulmones consiguiese llenar de oxígeno su cerebro, y las palabras saliesen de forma coherente de sus labios.
—Supongo que estaréis preguntándoos qué diablos hago aquí, si no he sido invitada—habló con la voz temblorosa, colocándose frente a sus amigos—. Pero lo cierto es que si he recibido invitación.
—Rachel yo no te escribí porque…
—Shhh—interrumpió—. No, no te preocupes Artie—sonó con dulzura—. Soy yo la que nunca te respondió, y por eso estoy aquí. Para explicaros el motivo.
El chico asintió y guardó silencio tras la petición de la morena que, de nuevo, comenzaba a mostrar su nerviosismo, y a lanzar miradas cómplices hacia Quinn, que, a su vez, trataba de entender que estaba sucediendo y porqué Rachel estaba allí, y no en el teatro.
—Le pedí a Santana que os reuniera aquí, porque no creo que pueda asistir a la cena que tenéis preparada para esta noche—comenzó a hablar—. Por eso os pido disculpa si os estoy haciendo perder vuestro valioso tiempo. Pero de veras necesito hablar con vosotros y explicaros la razón por la que estoy aquí. Por la que he estado ausente durante tantos años y he dañado a alguno de vosotros—miró hacia Britt al tiempo que volvía a llenar sus pulmones con el aire denso de aquella sala de ensayo—. Mi vida ha sido una completa locura desde que salí de este instituto, y creo que lo más sensato es volver a la cordura en éste mismo lugar que tanto me ha dado. Con la gente que, de verdad, un día creyó en mí—miró a Quinn—. Sois vosotros los que una vez me despedisteis en la estación de tren, y yo no he sabido agradeceros tanto apoyo. De hecho, todo lo que hice fue destruir esa confianza que me entregasteis—tomó un respiro—. Lo siento—se disculpó—. Siento muchísimo haberos defraudado. Si lo he hecho, siento haber dejado a un lado vuestro apoyo y no haber sabido valorar vuestra amistad. No, no estoy aquí para hacer borrón y haceros creer que nada ha sucedido, porque sé que algunos estáis dolidos conmigo—miró a Mercedes, que no pudo evitar bajar la mirada y esquivarla—. Si estoy aquí es para pediros disculpas y para confesaros el motivo que me ha obligado a manteneros lejos de mí.
Quinn palidecía. Aquellas palabras de Rachel, más la sorpresa de verla allí, estaban dejándola completamente petrificada. Sin llegar a creer que aquello fuese real, y que Rachel estaba a punto de mostrarse por completo delante de aquellos chicos que una vez fueron sus amigos. Y que, en ese instante, según los comentarios de algunos, parecían odiarla.
—Hace unas semanas mantuve una conversación con alguien que cambió mi punto de vista, y mi actitud frente al mundo que me está tocando vivir. Y por eso hoy estoy aquí. Éste probablemente sea uno de los pasos más importantes que voy a dar, tanto que incluso tengo ganas de vomitar por culpa de los nervios—bajó la mirada avergonzada—. Pero debo darlo, por mí misma y por la gente que me quiere—volvía a mirar a Quinn—. Estoy aquí por ella—la señaló—, por Santana, y por Emily—susurró llenado de curiosidad a sus compañeros.
Quinn se lamentó y no pudo evitar alzar la voz—Rachel no es necesario que…
—Shhh—la silenció—. Quinn, esto entra dentro de mi terapia—aclaró—. Lo voy a hacer.
—Oh dios—balbuceó tras recordar las palabras de Santana, las mismas que le habían obligado a pedirle aquella tregua en su relación, y que hacían referencia a un último plan para poder contarle la verdad acerca de los paparazis.
—¿Qué tiene que ver Quinn y Santana contigo? —preguntó Puck.
—Quinn a aparecido en mi vida, de nuevo, y me ha abierto los ojos que ya tenía cerrados—volvía a hablar Rachel—. Ella me ha regalado una nueva ilusión por la que luchar, y Santana me está ayudando de manera profesional—aclaró—. Es mi psicóloga.
—¿Quién es Emily? —interrumpía Tina a pesar de las miradas confusas que se regalaban entre todos.
—El amor de mi vida—fue directa—. Emily es el mayor regalo que he podido recibir y el motivo por el que tuve que apartarme de todo y de todos. Y por supuesto, nada tiene que ver con el alcohol o la fama—miró de nuevo a Mercedes—. Emily llegó a mi vida hace dos años y fue entonces cuando tuve que romper con el mundo—tragó saliva—. Por su bien y por el mío. Las razones son muchas, y demasiado complicadas para explicarlas y que las entendáis aquí y ahora, por eso prefiero que simplemente la conozcáis, y juzguéis por vosotros mismos si merece la pena o no apartarse del mundo.
Quinn negaba una y otra vez, pero a la vez, sentía como una emoción comenzaba a invadirla. Y supo que era admiración, orgullo por lo que Rachel estaba haciendo en aquel instante. Mucho más cuando fue testigo de lo que estaba a punto de suceder.
Rachel no esperó a recibir respuesta alguna de ninguno de los chicos cuando alzó la voz y lanzó una mirada hacia la puerta.
—¡Emily, cariño! ¡ven!
La expectación de todo el grupo podía verse en los gestos confusos e incrédulos que mostraban tras escucharla llamar a aquella chica que desconocían, y que, hacia acto de presencia en la sala acompañada por Santana, que sujetaba con fuerzas la pequeña mano de la niña y sonreía con satisfacción.
—Oh dios—susurró Quinn al ver a la pequeña entrar, y descubrir como la primera de aquellas miradas que lanzaba al improvisado público, iba dirigida hacia ella, creando una enorme sonrisa en su pequeño rostro.
—Ella es Emily—volvía a hablar Rachel al tiempo que tomaba a la pequeña de la mano, y Santana le dejaba un leve roce en el hombro como gesto de apoyo—. Emily Charlotte Berry—añadió ante el asombro de todos—. Es mi hija. Nació hace apenas dos años y es la razón por la que perdí toda conexión con vosotros—aclaró—. Porque he necesitado que su vida sea completamente privada, y no quería exponeros. No quería que tuvieseis que mentir por mí si llegaba el momento de hacerlo, y temía por ella—miró a la pequeña, que para su sorpresa seguía observando a Quinn, deseosa de poder acudir a ella y jugar como siempre hacía con la rubia antes de que su separación se hiciese presente.
Rachel sabia cuánto su hija echaba de menos a Quinn, tanto o incluso más que ella. Y sin dudarlo, la incitó a que se adelantara hacia la chica.
Nadie daba crédito al cariñoso abrazo que se entregaron Quinn y Emily, que, tras aquello, optaba por sentarse en las rodillas de la rubia y prestarle atención a ella, ignorando al resto por completo.
—Ella es la razón por la que dejé de ser la Rachel Berry que ustedes conocíais. Y ella es la razón por la que ahora estoy aquí—sentenció sin dudas.
—¿Tu hija? —cuestionó Puck aun sin dar crédito, como ningunos de los que allí escuchaban la confesión.
—Sí, Puck. Ella es mi hija y sé que probablemente no entendáis el motivo, o penséis que es una excusa para justificar mi actitud con vosotros. Pero no es así. Necesitaba darle toda la privacidad posible, y para ello tenía que sacrificar mi vida pública.
—¿Y por qué cambias de opinión ahora? —cuestionó Mercedes—¿Ya no te importa su privacidad?
—Me importa más su bienestar y el mío—respondía con firmeza—. Me han hecho ver que escondida no voy a ser completamente feliz, ni ella lo será—volvía a mirar a Quinn y a su hija—.Y no puedo consentir que ella sea infeliz. Y yo no puedo permitirme el lujo de perder la única oportunidad que tengo de sentirme completa, con el amor que siempre he soñado y que, por fortuna, he encontrado en alguien a quien no pienso dejar escapar.
Volvían las miradas entre las dos, pero esta vez, acompañadas por la sonrisa de Santana que, sin dudas, delataba su estado de satisfacción tras ver lo conseguido con la morena.
—No os pido que me volváis a aceptar en vuestras vidas. Solo solo quiero que sepáis mi verdad, nada más.
—Rachel—habló Finn—. Creo que soy el menos indicado para hablar, pero sinceramente, no creo que tengas que hacer todo esto—se levantó de la silla—. Todos aquí somos adultos, todos tenemos nuestras vidas y nuestros problemas. Y yo, personalmente, entiendo tu decisión, porque yo habría hecho exactamente lo mismo. Y creo que todos aquí también lo habríamos hecho, pero hay algo que no entiendo ¿Cómo te atreves a privarnos de esa preciosidad? —miró a la pequeña, provocando la sonrisa en Rachel y en prácticamente todo el grupo. Excepto en Mercedes, que aun parecía no asimilar como la morena había conseguido callarla justo después de que lo hiciera Quinn con aquella reprimenda.
—Bueno, ahora puedes conocerla mejor—respondía Rachel tratando de evitar la emoción que la inundaba.
—De eso no te quepa duda—balbuceó Finn, que sin pensarlo se acercó a Quinn y bajó hasta quedar a la altura de la pequeña—. Hola preciosa, mi nombre es Finn Hudson. Espero que tu mamá te haya hablado de mí y, sobre todo, que hayan sido cosas buenas—bromeó lanzando una nueva mirada hacia Rachel, que de nuevo volvía a bajar la mirada y era consciente de cómo había llegado el momento de dar una nueva explicación. O como Santana lo llamaba, un pequeño inciso—. Sabes que queremos mucho a tu mamá ¿Verdad? —volvía a hablarle a la pequeña, y justo cuando Rachel estuvo a punto de volver a hablar, Emily asentía y realizaba un gesto con su mano. Una indicación que tanto ella como Quinn ya conocían, pero que sorprendió al resto.
Un abrazo a sí misma y su dedo índice señalando a Rachel. Un te quiero en lenguaje de signos que provocó la incertidumbre en Finn.
—Es muda—susurró Rachel procurando ser lo más breve y concisa, a pesar de que su lesión nada tenía que ver con aquella definición. Y de nuevo las miradas incrédulas y llenas de confusión se sucedían entre sus amigos, llenando de tensión el ambiente, y dejando sin palabras a la gran mayoría. Excepto a Britt, que abandonando su asiento se colocó junto a Finn y buscó la atención de la pequeña.
—Eres muy guapa—habló Britt, pero lo hizo acompañando las palabras con el tan preciado lenguaje de signos, y sorprendiendo al resto de sus amigos, que desconocían la capacidad de la chica para expresarse de aquella forma.
—¿Has visto lo que te dice Britt? —cuestionó Quinn, que no pudo evitar emocionarse al ver como su amiga, la que supuestamente tenía más razones para no querer ver a Rachel, era la única que la defendía y que hacía de todo aquello algo normal. Al igual que Finn.
Su reacción, sus gestos con la pequeña y con Rachel, eran dignos de admiración tras conocer la historia que ambos tuvieron, y que no acabó de la mejor manera posible.
—Rachel—Sam se acercó a la morena—. Yo personalmente nunca me he sentido rechazado por ti, ni tengo ningún tipo de problema, ni te guardo rencor por nada. Así que, por mi parte, esto que ha sucedido aquí es una anécdota que voy a guardar para siempre, y que contaré a mis nietos—sonreía con dulzura—. Podré decirles que conocí a la hija de una super estrella de Broadway.
—Gracias Sam—respondía emocionada, entregándole un abrazo que el chico aceptó con cariño.
—Yo opino lo mismo que él—habló Puck acercándose—. Para mí seguirás siendo la judía más sexy del Mckinley—bromeó—. Porque sigues siendo judía ¿No?
—Por supuesto—respondía con una sonrisa que destruía los pocos nervios que ya quedaban en su cuerpo, y saludándolo a él también con un cariñoso abrazo—. Me alegro de verte, Puck.
—Yo también—respondía el chico—. Aunque me temo que me marcho ya—lanzó una mirada a su alrededor—¿Vendrás esta noche? Vamos a cantar en la fiesta de San Valentín.
—No, no lo sé. Depende de ella—miró a Emily, que, junto a Quinn, ya hacía las delicias de Finn, Britt, Santana, Artie y Tina. Solo Mercedes seguía mostrándose reticente, y abandonó la improvisada reunión varios minutos después, aprovechando la salida de Puck.
El resto se mantuvieron durante algunos minutos más hablando, comentando algunas anécdotas de sus vidas y que conseguían provocar un estado de tranquilidad en la morena que jamás esperó. Aunque aún no había llevado a cabo el plan al completo. Le faltaba solucionar el conflicto que mantenía con la única persona que había sido capaz de conseguir que aceptara la terapia de Santana. La única que, en aquel grupo aún no la había saludado con uno de aquellos abrazos que sus compañeros si acertaron a regalarle.
Quinn permanecía junto a Emily. No se había separado de ella en ningún momento, ni siquiera cuando poco a poco, los chicos fueron abandonando la sala y en ella ya solo quedaban Britt, Santana, Tina y ellas dos junto a la pequeña.
—¿De verdad le has estado ayudando? —Era Britt quien le preguntaba a Santana.
—Sí, me ha ayudado y espero que siga haciéndolo—intervenía Rachel—. Esto solo es el principio.
—Tendrás que empezar a pagarme—espetó tratando de sonar con una dureza que ya nadie creía en la latina.
—Pagaré lo que sea necesario.
—Me encanta que hayas hecho algo así—volvía a hablar Brittany—. Veo que estás tomando las riendas de tu vida, y empiezas a pensar un poco más en los demás. Vamos a tener que hablar más a menudo—sonreía tras regalarle un guiño de ojos que tanto Rachel como Quinn pudieron percibir.
—Ok—habló Tina—. Creo que va siendo hora de marcharse.
—Sí, vamos —espetó Britt—. Esta noche se presenta interesante.
—Estoy contigo—respondía Santana con una traviesa sonrisa.
—Santana ¿Tienes mi carpeta? —fue Rachel quien interrumpía la inminente salida de las chicas de la sala, y esperó a que la latina le entregase la carpeta en cuestión que había dejado sobre el piano en el mismo momento en el que llegó—. Gracias—respondía con el gesto serio—¿Te importa…?
—No, en absoluto—respondía la latina—. Vamos Em, vamos a jugar un rato en el campo de césped—espetó dirigiéndose a la pequeña, y provocando la curiosidad en Quinn, que veía como Rachel incitaba a su hija a que siguiese los pasos de Santana—¿Le decimos a Britt y a Tina que nos acompañen?
Emily se limitó a asentir, y tanto Britt como Tina aceptaron la petición de abandonar la sala del coro con ellas dos, quizás sabedoras de que algo estaba sucediendo o iba a suceder entre Quinn y Rachel. Al menos eso era lo que parecía dejar entrever la morena.
—¿Puedes quedarte cinco minutos? —Rachel se dirigió a Quinn, que aun trataba de entender que pretendían hacer las demás.
—Eh claro—balbuceó.
—Ok Em, cielo—miró a su pequeña—. Ve con Santana. Enseguida voy yo y jugamos ¿De acuerdo?
Volvía a asentir, y era la señal que Santana necesitaba para tomarla de la mano e invitar a Brittany y Tina a que las acompañasen en su pequeña aventura por el Mckinley.
No tardaron en abandonar la sala ante la atenta mirada de Rachel. Pero no la de Quinn, que junto al piano la observaba exclusivamente a ella. Sabía que algo estaba por suceder, y por la expresión seria que mostraba Rachel, no era demasiado alentador. Al menos a primera vista.
Hubo un silencio tras aquel primer encuentro de sus miradas completamente a solas, en un lugar en el que nunca imaginaron que volverían a encontrarse, y mucho menos, a mirarse con todos aquellos sentimientos que las envolvían.
—Eres increíble, Rachel—fue Quinn la primera en hablar—¿Eres consciente de lo que has hecho?
—He hecho lo que mi psicóloga me aconsejó—se excusó—. Nada más, yo solo quiero ser una buena madre. Si ella dice que dando un paso así, tendré la suficiente confianza como para enfrentarme a cualquier problema, sin duda lo hago. Confiar en quien siempre he confiado y mostrarme como lo que soy, una madre orgullosa de su hija.
—No te haces una idea de lo orgullosa que estoy de ti en este momento—susurró Quinn con dulzura—. Pero también me da miedo.
—¿Miedo? ¿Por qué, Quinn?
—Por ti—respondía rápidamente—Tengo miedo de que todo esto pueda volverse en tu contra. Que te arrepientas y…
—No me voy a arrepentir—fue rotunda—Quinn, todo esto no ha sido algo improvisado. Santana me lo propuso hace ya casi dos semanas, y desde entonces, no he parado de pensar en ello. Y por supuesto tenía mis dudas.
—¿Y qué es lo que te ha hecho eliminar esas dudas?
—Ella, Emily—aclaró—. Quiero ser la mejor madre. Quiero que esté orgullosa de mí y tengo que empezar con pasos como éste.
—Pues no sabes cuánto me alegra escucharte decir eso—habló Quinn—. Quiero que sepas que puedes contar con mi apoyo para siempre. Estaré a tu lado siempre que me necesites.
—No creo que eso sea tan sencillo—interrumpió—. Tú también tienes que aclarar tus dudas.
—¿Mis dudas?
—El tiempo.
Se lamentó. Quinn bajó la mirada y volvía a sentir aquella presión en el pecho que le dificultaba la respiración, y que se acentuaba cada vez que recordaba aquella excusa absurda de obtener tiempo para asimilar su nueva vida.
—Quinn ¿No vas a decirme la verdad? —Rachel no pudo evitar cuestionarla tras ver como el silencio volvía a apoderarse de la rubia—¿Ni siquiera después de ver cómo me he mostrado con Em, vas a dejar de creer que me estás perjudicando?
—¿Qué? —balbuceó sorprendida—¿Por qué dices eso?
—Quinn, no soy estúpida. Y ya no es necesario que mantengas ese silencio sobre lo que te sucede. Sé toda la verdad.
—¿Cómo qué…? ¿qué verdad? —cuestionó aturdida.
—Todo, Quinn. Todo.
—Pero…
—Fotos, rumores, absolutamente todo, Quinn—aclaró.
—Oh dios, Rachel—se lamentó—. Yo lo siento. Siento que todo eso haya ocurrido y que ¡dios! ¿Ves? ¿Entiendes ahora por qué tenía que alejarme? Yo no quería perjudicarte, cielo. Yo no quería que nada de eso saliese a la luz o que siguieran persiguiéndote por mi culpa
—Quinn—interrumpió molesta—. Me has pedido durante todo este tiempo que confíe en ti. Sin embargo, eres tú quien no ha confiado en mí. Quien no me ha contado lo que estaba sucediendo a mis espaldas, sabiendo lo importante que era.
—Rachel, yo quería decírtelo, lo juro. De hecho, me estaba volviendo loca, pero todo el mundo me decía que no era lo adecuado.
—¿Todo el mundo? ¿Quién es todo el mundo?
—Kevin, él me enseñó esas fotos y me dijo que esos rumores podrían destruir las posibilidades que tenías para hacerte respetar en Broadway. Y Santana, Santana me dijo que, si conocías esos rumores y sabias de esas imágenes, podrías sufrir un retroceso en tu terapia. Yo, yo no podía arriesgarme a algo así, Rachel. Yo puedo cargar con la culpa de que pierdas una oportunidad de hacer algo en Broadway, pero no podía permitir que Emily saliese perjudicada por algo así. No podía Rachel, no podía aceptar que algo así sucediera.
—¿Sabes quién me lo ha dicho?
—Pues no, no tengo ni idea.
—Kevin.
—¿¡Qué!?—cuestionó aturdida—Pero si él me dijo que…
—Tuve una reunión con él hace una semana y terminé confesándole que me había enamorado de ti—comenzó a relatar—. Su respuesta me sorprendió tanto que supe que algo sucedía, que había algo que estabais ocultándome.
—¿Qué te dijo?
—Pues me dijo que él respetaba mi decisión, y que le parecías una buena chica. Algo que me resultó extraño—añadió—. Pero entonces comenzó a pedirme que me centrara en el trabajo, que le dedicase todo el tiempo que fuese necesario para poder hacer algo grande, y que una vez que el musical triunfase, podría vivir sin temor alguno. Y fue cuando supe que había algo más. No sé por qué, pero lo sabía—hizo una pequeña pausa—. Y entonces llegó el jueves. Cuando tuve la reunión con Mónica supe que ella había hablado con Kevin, porque su discurso acerca del musical fue exactamente el mismo. Y de nuevo, ella me hizo referencia a la palabra tiempo. Al igual que él, al igual que tú—susurró—. Solo tuve que volver a llamarlo y citarme de nuevo con él para sacarle la información.
—Oh dios—se lamentó.
—Fue fácil mentirle y hacerle creer que ya sabía todo. Apenas tardó un par de minutos en volver a mostrarse tal y como era, en volver a gritar y a decirme que, si seguía así contigo, y exponiendo la vida de Em, acabaría con todas las opciones de ser alguien importante. Que no podía seguir estando a tu lado y que respetara tu decisión de alejarte.
—¿Te dijo eso? Hipócrita de…
—Shhh—interrumpió—. Todo lo que digas de él, ya se lo dije yo.
—Rachel —volvía a hablar con algo de súplica en su voz—. Yo te juro que pensaba que era lo mejor.
—Quinn, tengo que ser sincera contigo. Agradezco que te hayas preocupado por mí como lo has hecho, pero deberías habérmelo dicho. Tendrías que haber confiado en mí y no llegar a esta situación.
—No sé cómo disculparme contigo, Rachel. Te juro que ahora mismo haría lo que fuese necesario para redimirme.
—No necesito nada, solo te pido que tengas esto presente en tu vida y que, si algún día sucede algo parecido, no dudes en contármelo ¿De acuerdo?
—Por supuesto.
—Bien —susurró tomando una gran bocanada de aire—. Ahora quiero que eches un vistazo a esa carpeta—señaló hacia el piano, donde permanecía el archivador.
—¿Qué es?
—Soy consciente de todo lo que está por suceder. Sé que esto puede que no tenga un buen final y quiero que seas la primera en saberlo—explicó—. Vamos ábrela.
Apenas tardó un par de segundos en aceptar la petición de la morena y abrir la carpeta, para observar cómo varias hojas aparecían ante ella.
—¿Qué es esto?
—Contrato de venta—espetó—. Voy a ofrecerle la producción completa del musical a Kristen Watson.
—¿Qué? —espetó confusa—¿Qué dices?
—No tengo ni idea de lo que va a suceder cuando todo se sepa, Quinn. No tengo ni idea de si esa mujer querrá trabajar junto a mí, y no pienso dejaros en la estacada.
—Un momento, un momento —interrumpía—¿Me estás diciendo que te vas a deshacer del musical? ¿Qué nos vas a vender?
—Solo voy a aseguraros el futuro. Conmigo no está en buenas manos, y ella os hará grandes. Os hará triunfar y…
—¡Es tú proyecto! —exclamó molesta—. No puedes hacernos esto. No puedes marcharte, Rachel.
—Quinn, les he creado ilusión con la colaboración de Kristen y no voy a quitárselas ahora. Además, no pienso vivir escondida de nuevo. No pienso volver a meter a Emily en una burbuja y andar de incognito por la ciudad.
—No, no Rachel—sollozó siendo consciente de que no podía revocar aquella excusa bajo ningún concepto.
—No llores, Quinn—tragó saliva—. El lunes tengo una cita con la señora Watson y le contaré mi historia completa. Desde que tengo una hija hasta que estoy enamorada de una mujer, y dependiendo de su respuesta, seguiré con vosotros o abandonaré Broadway. Está decidido.
—Mierda ¡mierda!—golpeó con furia el piano—. Esto es una jodida mierda ¡Odio este mundo! —exclamó con lágrimas en los ojos—. Lo siento Rachel. Todo es culpa mía y te juro que no… Dios, lo siento—se lamentaba una y otra vez—. Lo siento. No, no me merezco nada, no merezco estar a tu lado ni todo lo que me has dado, Rachel. Lo siento, lo siento —balbuceó con dificultad, tratando de evitar que el llanto superase en volumen a su voz—. Lo siento.
—No hay nada que sentir, Quinn—susurró acercándose para acariciar su hombro—. Me has dado lo que más necesitaba. Me has hecho ver que lo verdaderamente importante ya estaba en mi vida. Y si ellos no me quieren así, pues será porque no me merecen—trató de sonar convincente, evitando que el nudo de su garganta también terminara por afectarle en el habla—. No puedo hacer nada más. Solo ser fuerte para Em y darle lo que necesita. Ese es mi objetivo ahora.
—Rachel—volvía a susurrar con pena—. Yo no puedo vivir pensando que por mi culpa.
—Mira la siguiente hoja, por favor—interrumpía rápidamente.
—Pero…
—Mírala por favor —suplicó, y aquella suplica surgió efecto en Quinn, que con el temblor acusando sus manos y los suspiros del llanto que trataba de contener en su voz, volvía a dirigir su mirada hacia la carpeta, y descubría la hoja a la que hacía referencia la morena.
—¿Un curriculum vitae? —cuestionó confusa.
—Voy a necesitar ayuda para rellenarlo. Es probable que tenga que buscar trabajo en otro lugar y bueno… Nunca tuve que rellenar uno de esos.
—Rachel…
—¿Tú puedes ayudarme? —cuestionó esperanzada—. Puede que no vuelva a pisar un teatro, pero supongo que podré trabajar en otra cosa… Televisión, cine o sirviendo hamburguesas, da igual. Pero voy a necesitar ayuda con eso, y no conozco a nadie mejor que tú para que me asesore. Y esté a mi lado.
Quinn desviaba la mirada entre el papel y los ojos de la morena, y trataba de asimilar que todo aquello estaba sucediendo de verdad. Que Rachel daba por perdida la última oportunidad de poder disfrutar de su sueño, y que todo había sido por su culpa, por aparecer de aquella forma en la vida de la que, sin duda, iba a ser el gran amor de su vida. Aunque en ese instante ni siquiera supiese si estaban juntas.
—¿De verdad quieres que yo esté a tu lado? ¿Después de todo? —volvía a sollozar—¿De mentirte, de no confiar en ti y destruir la gran oportunidad de tu vida? Porque yo no me siento capaz. Me siento culpable de todo, y dudo que pueda con este cargo de conciencia por el resto de mi vida.
—Bueno, aún tienes tu tiempo para pensarlo—respondía Rachel con la desilusión reflejada en su rostro—. Te dije que te iba a esperar lo que fuese necesario. Y para mí y para Emily, eres más importante que cualquier musical.
—¿Soy más importante que tus sueños? —cuestionó con apenas un hilo de voz.
—Quinn, el tiempo que tardes en tomar la decisión que creas oportuna tomar, y que mejor te haga sentir contigo misma, quiero que tengas algo presente. Que siempre recuerdes cuando no encuentres una solución —susurró acariciando su mejilla y secando las lágrimas que ya caían por ellas—. Esta Rachel Berry que ves aquí está intentando ser la misma Rachel Berry que cantaba en ésta sala. La misma que apostaba por nuestra amistad. La misma que siempre te admiró—hizo una pausa—. Quiero ser esa Rachel Berry que tú querías que regresara, y que yo misma en añorado durante estos años. Quiero volver a ser yo y demostrarle a mi hija que se merece una madre como yo—sollozó—. Y por eso quiero que lo sepas, quiero que lo tengas presente—hizo una breve pausa—. Quinn—susurró con la voz temblorosa—Rachel Berry va a volver, y lo hará gracias a ti. Lo haré por ti.
