No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Alice Borchardt. Yo solo me divierto un poco.

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El lobo llegó sin ser llamado a los sueños de Edward. Día tras día, mes tras mes, año tras año, estaba encadenado por el hombre. Pero volvía en sueños, siempre recordado y querido.

Edward el lobo alzó la cabeza y leyó el viento que soplaba desde el glaciar sobre él. La primavera estaba en el aire.

El cielo era un cristalino estanque azul. Las montañas elevaban sus limpias cimas blancas. En el aire puro y bajo la clara luz, el lobo saboreó la mayor libertad de todas, la libertad para, sencillamente, ser. La libertad para existir sin pensamiento, previsión ni memoria, aquellos yugos que parecían pesar sobre cada momento de vigilia de los humanos desde el nacimiento hasta la muerte. En aquel mundo, el lobo se limitaba a ser, y cada momento de la vida era un deleite.

Bebió un poco de un arroyo de deshielo, estremeciéndose por el frío, y contempló el prado de montaña que se extendía ante él. Envalentonados por el aire cálido y la nieve fundiéndose, los rebaños de ovejas de montaña, cabras salvajes y uros subían de las tierras bajas para reclamar sus pastos de verano.

El lobo saltó con facilidad a lo alto de una roca plana. Se tumbó con la cabeza sobre las patas, mirando pasar a un pequeño rebaño de reses salvajes. Eran un grupo de aspecto endurecido, flacas y larguiruchas, algunas de color pardo, otras con manchas rojo oscuro sobre blanco. Todas tenían cuernos tan largos como el cuerpo del lobo.

Eran hembras, acompañadas de algunos terneros a mitad de crecimiento. Le miraron nerviosas al pasar, pero sin miedo. Ninguna estaba ni siquiera ligeramente intimidada. Ni él las subestimaba un ápice. Una cornada o una coz podía romper su cráneo o su columna, dejándole agonizante sobre la nieve ensangrentada. Aquellos enormes cuernos podían destripar al más fuerte de los lobos. No iban a ser presa fácil para nadie.

Una vaca sin ternero que la molestase se detuvo ante él, golpeando ligeramente el suelo con sus pezuñas, y después soltó un bufido que sonaba a burla. El lobo permaneció quieto, como si dormitase, pero los músculos de su vientre se tensaron un poco. No, no la elegiría como oponente.

La vaca siguió su camino, apartando despreocupada unas cuantas moscas con el rabo. Tras las vacas llegó un viejo toro de color oscuro, con una espesa melena algo más clara en el pecho y los hombros. Todavía era fuerte. Pero su hocico estaba gris por la edad.

Su cuerpo se tensó cuando vio al lobo descansando sobre la roca.

El lobo bajó las orejas, y después volvió a alzarlas. El toro siguió adelante, resoplando por la subida. Se detuvo junto al mismo arroyo del que el lobo había bebido antes, y metió el morro en el agua para saciar su sed. Después rascó el hielo de la orilla con la pezuña hasta desnudar la hierba muerta por el invierno, y empezó a comer.

Sobre la roca, el lobo sintió el sol de la primavera calentando su lomo. Bostezó lentamente y se sentó. Pudo oír pequeños ruidos entre las rocas. La manada le había visto moverse y se estaba acercando, El lobo gris saltó de su piedra y se acercó al toro. Sus ojos se encontraron.

Ven, decían los del toro, ven si quieres. Ven si lo deseas. Ya nos hemos encontrado antes, y siempre he vencido. Si lo hago esta vez, te pisotearé hasta que no queden más que restos ensangrentados. Si pierdo, que así sea.

El lobo gris emprendió su carrera. El toro bajó la cabeza con un soplido de furia y huyó. La manada surgió de entre las rocas en un semicírculo en torno al viejo toro. El toro era lento, pero parecía ganar velocidad a cada paso, dejando atrás a Edward con facilidad. La caza transcurría en silencio. El viejo toro no tenía aliento que malgastar, ni un rebaño de vacas que proteger. El único sonido era el retumbar de sus pezuñas, el susurro de las almohadillas de los lobos sobre la nieve, y la pesada respiración de los cazadores y la presa.

Demasiado lejos para verse afectados, los demás herbívoros del prado se limitaron a levantar las cabezas para contemplar el drama de la persecución. Las hembras jóvenes adelantaron fácilmente a Edward. Eran rápidas como galgos de carreras, y se acercaron a los flancos del toro, hiriéndolos con cruel eficacia. En unos momentos, la nieve quedó manchada por la sangre carmesí que caía de los cuartos traseros y los flancos del toro.

Edward empezó a quedarse atrás, y vio la estrategia del toro. Estaba corriendo hacia una pila de rocas cerca del centro del prado. Todavía estaban de color negro por la humedad del deshielo, y salpicadas de luminosos parches blancos aquí y allá. Cuando el toro llegó a las rocas, se dio la vuelta y corneó a sus perseguidores con increíble rapidez.

Las hembras se dispersaron, pero un joven macho recibió el golpe de lleno. Su columna se quebró, y el cuerpo ensangrentado cayó sobre la nieve a algunas yardas de distancia. Los demás lobos frenaron la marcha, pero Edward aumentó su velocidad, lanzándose a la carga. El toro bajó la cabeza y, por primera vez, bramó un desafío.

El impulso de Edward le elevó por encima de los demás lobos acobardados, justo hacia los cuernos del toro. Por el rabillo del ojo, Edward vio la punta del asta, moviéndose como un rayo para empalarle. Pero aplastó su cuerpo sobre la nieve en el último momento y el cuerno le pasó por encima del lomo. Saltó hacia la garganta del toro con todas las fuerzas de sus poderosos cuartos traseros. Un último bramido le ensordeció a todo lo demás... terminando en un gorgoteo cuando sus mandíbulas aplastaron la tráquea del toro.

Mantuvo la presa incluso cuando el animal se encabritó casi como un caballo en su agonía, golpeando después la nieve que salía despedida formando nubes en torno a cazador y cazado. El aliento se le escapaba entre los colmillos, y sus oídos captaron el mareante ruido de un hueso al romperse. Suyo o del toro, no lo sabía.

Una sensación de justicia embargó al lobo, incomprensible en términos humanos, como por qué vivimos o cómo vamos a morir.

Un esfuerzo de los pulmones. Un pulso en la garganta, procedente de arterias aisladas de sus colmillos por músculos y tendones, reflejó un latido que vacilaba, luchando... hasta que por fin se detuvo.

Edward el lobo se alzó, sacudiéndose, y aceptó el homenaje de su manada. Se apiñaron en torno a él, presionando su cuerpo y dándole besos de lobo en la cara y las mandíbulas. Su cuerpo le resultaba extraño, y luchó contra la inquietante sensación que le embargaba.

Quería volver, quedarse con sus compañeros, comer, dormir y cantar después a la luz azul de la luna. Se debatió, pero fue arrastrado más y más rápido.

Esto no es real, susurró una voz en su mente. Es sólo un recuerdo.

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Despertó como humano, su cuerpo aplastado sobre una cama en la villa que había alquilado en Roma. A través de la puerta, pudo ver a los criados encendiendo antorchas en el jardín.

Se sentó sobre el lecho, metiéndose los dedos por el oscuro y rebelde cabello. Matrona entró en el cuarto. No llevaba lámpara ni vela, podía ver en la oscuridad tan bien como él. Le miró, y el brillo de sus ojos reflejó la luz de las antorchas del jardín.

—Es hora de que te levantes —dijo—. Báñate y vístete para la fiesta.

Edward se puso en pie.

—Matrona, ¿quién es el más fuerte?

—Tú lo eres.

—¿Se atrevería alguien a desafiarme?

—Nadie —dijo Matrona—. Creo que Emmett es quien más se acerca, pero sólo te llega al hombro. Tú eres el más viejo, el más sabio, el más fiero, el mejor.

—Debo casarme con la mujer.

—Tú eres el líder —respondió ella torvamente—. A veces un líder paga por su grandeza siendo el primero en morir.

—Esto no es la muerte.

—No seas idiota, oh, líder. La chica apesta a intriga. Mira a sus amigos, primero, tiene el respaldo del Papa...

—¿Cómo sabes todo eso?

Matrona soltó una risita.

—Tanya —dijo—. Esa flacucha trapacera estaba enfadada con Esme y sólo quería un oído amistoso que escuchase sus quejas. Nunca se le ocurriría cotillear, pero estaba ansiosa de dar información. Casi tanto como yo lo estaba de escucharla.

Edward empezó a acercarse al baño, quitándose la ropa mientras caminaba. Matrona no prestó atención, le había visto desnudo muchas veces.

—El Papa redactó el contrato matrimonial— dijo Edward, sumergiéndose en la piscina.

—Sí —le respondió Matrona cuando salió a la superficie—. La chica desdeñó a sus propios parientes. Tanya estaba algo sorprendida por ello, pero a mí me pareció un claro signo de inteligencia, no sonaban mucho mejor que las cosas que encuentras creciendo junto al agua estancada.

—Son escoria —dijo él mientras se frotaba la cara y el cuerpo con una áspera esponja.

—Sí, y ella es íntima amiga de Esme, la amante del Papa. Y por lo que sé, Tony, el hijo predilecto de Esme, va a ser su chambelán. Estás rodeado.

Edward salió del agua y empezó a secarse. Reflexionó, con el ceño fruncido.

—¿Y qué hay de ese franco, el tal Conde Sam, que va a venir esta noche?

—Puede que sea el peor de todos. Tiene reputación de servir fielmente a los intereses de Aro El Grande, pero por lo demás carece de principios y es absolutamente despiadado.

—¿Y por qué iba a estar tan interesado en mi matrimonio?

—Ese Aro El Grande —sugirió Matrona— va a ser un rey muy poderoso. Es rápido poniendo a sus nobles en vereda.

—Y yo obedeceré.

—Un poco demasiado rápido, quizá. Nuestra fortaleza es única, y bien defendida resulta inexpugnable.

Edward empezó a vestirse. Calzones blancos de lino, calzas de algodón bordado, camisa y, para coronarlo todo, una dalmática de seda blanca con oro en las mangas, el cuello y el dobladillo.

—Mirad, ya viene el novio —se burló Matrona—. Veamos si puede hacer que la novia corra.

—Eres una perra salaz y grosera.

—Gracias por el cumplido —dijo ella—. ¿Crees que es virgen?

—Estoy casi seguro. No creo que vendiese algo tan valioso como su inocencia por un precio que no fuese muy elevado.

—Tu fortaleza —dijo Matrona.

Edward se estaba peinando.

—Yo opino —siguió diciendo Matrona— que podría defenderla frente a Aro El Grande.

—Tú y Emmett, y ninguno de los dos sabe nada de la fuerza de un ejército.

—Tú eres el líder —dijo Matrona—. Vigila tu espalda: los lobos no son traicioneros, pero los hombres sí.

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Momentos después, Edward estaba inspeccionando el salón de banquetes.

Era enorme, diseñado para impresionar a los visitantes con la riqueza y la importancia de su anfitrión. Pero tenía un aire ligeramente descuidado, las elaboradas pinturas de las paredes estaban desvaídas, y se habían desprendido en algunos puntos, mostrando manchas blancas de yeso. Las lámparas de bronce suspendidas del techo carecían de lustre, y parecían no haber sido limpiadas en años. El terciopelo púrpura de los lechos estaba raído y gastado, mostrando algunas calvas ocasionales. Pero Edward consideró que todo parecería lo bastante magnífico a la luz de las lámparas.

Unos pocos criados se afanaban por la estancia, cubriendo las viejas mesas con ricas telas de damasco. De los baños llegaban los gritos de la gente de Edward. Él suspiró al darse cuenta por la mezcla de voces de que hombre y mujeres se estaban bañando juntos.

—Hombres y mujeres juntos —susurró un criado a otro—. Sucios bárbaros...

—Sonríe cuando digas eso —le dijo Edward cuando pasó junto a él.

El baño estaba lleno de vapor. La gente de Edward gritaba, chapoteaba y jugaba en el agua con frenético abandono. Matrona había agarrado a Emmett, y sujetaba su pelo en una firme presa.

Edward pensó en lanzar un aullido, su forma habitual de reclamar la atención de la manada, pero decidió no hacerlo. Responderían de la forma acostumbrada y asustarían a los criados.

Dio una palmada. Matrona soltó a Emmett, que salió del agua, boqueando. Los demás le prestaron atención.

—Tengo algo que deciros.

—Ya lo suponíamos —dijo Matrona.

Vestida parecía robusta. Desnuda, resultaba voluptuosa. Emmett la miró anhelante y se acercó a ella.

—Estos romanos son gente educada, más que los francos, y quiero que os portéis correctamente en mi fiesta nupcial —explicó Edward con severidad—. Los criados han visto que os bañáis juntos y piensan que tenéis una moral relajada.

Jasper, que tenía la forma y el tamaño de un oso y estaba cubiertos de un suave y húmedo pelo castaño, se rascó la cabeza y preguntó:

—¿Qué es una moral relajada?

Matrona rompió a reír y se resbaló, hundiéndose. Emergió cegada y escupiendo agua. Emmett se lanzó sobre ella, agarrando tanto como pudo, y volvió a hundirla.

Edward gruñó.

Emmett soltó a Matrona.

—Moral relajada significa sexo en abundancia —dijo Gianna en tono gazmoño.

Flotaba en el agua como una pequeña ballena.

—Podemos tener todo el sexo que queramos —replicó Jasper indignado—. Somos humanos, ¿no? ¿Verdad que ellos lo hacen todo el tiempo? —apeló a Edward—. ¡Díselo!

Emmett se deslizó de nuevo hacia Matrona. Edward inspiró profundamente. Se estaba enfureciendo.

—No quería cambiar —dijo— para no estropear mis galas nupciales. Pero si me irritáis, lo haré. Y entonces veremos si os mostráis tan irrespetuosos.

Hubo un absoluto silencio.

—Muy bien —siguió diciendo Edward—. Éstas son las reglas: no os hurguéis la nariz ni os rasquéis las pelotas en la mesa. Ambos hábitos son repulsivos.

—¡Después nos dirás que no nos emborrachemos! —protestó Jasper.

—Os conozco demasiado bien para eso, pero no quiero que meéis bajo la mesa ni en los rincones. Las noches son cálidas aquí. Salid fuera, y haced lo mismo si queréis vomitar. Si se lo preguntáis a alguien y dice que sí, llevadla a un dormitorio. Tenemos muchos. Nada de rodar por el suelo bajo las mesas.

—¿Y si dice que sí a más de uno? —ronroneó Matrona.

—Entonces todos esperarán su turno. No habrá peleas para ver quién es el primero. Y, por último, pero no menos importante, nada de aullidos. Y ningún cambio de piel bajo ninguna circunstancia. Creo que esto cubre la mayoría de las cosas que pueden ocurrir esta noche. En cuanto al resto, usad vuestro sentido común.

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Edward estaba en lo cierto. El gran comedor resultaba mucho más atractivo a la luz de las lámparas que a la del día.

Las llamas amarillas proyectaban un resplandor de elegancia sobre las mesas cubiertas de tela, las gastadas cortinas y las pinturas estropeadas.

El Conde Sam fue el primero en llegar. Era un hombre corpulento, sólido como una roca. Tenía unos labios finos, casi invisibles, y una nariz ganchuda. Sus ojos hundidos tenían una mirada dura. No sólo parecía capaz de condenar a muerte a un hombre, sino de hacerlo ante a su esposa y sus hijos sin que se le alterase un cabello.

Edward se inclinó profundamente. Los ojos de Sam barrieron la habitación de un vistazo, y después se clavaron en lo más valioso: la pesada vajilla de plata sobre las mesas. La gente de Edward estaba reclinada en lechos junto a las mesas. Estaban limpios, peinados, sobrios y portándose lo mejor que podían.

El Conde Sam le ignoró, sus ojos y su mente absortos en la plata.

—¿Es tuya, o la has alquilado para la ocasión? —preguntó.

—¿La villa? —repuso Edward inocentemente.

El conde le miró a los ojos.

—Por favor —dijo—, no te hagas el tonto.

—Es mía —contestó Edward—. Soy un hombre rico. Mis saludos a su majestad Aro, rey de los francos. Soy su más obediente, humilde y leal siervo.

Sam se aclaró la garganta. Edward cogió una pesada copa de la mesa. La plata era tan pura que podía hacerse una marca con la uña. Se la entregó al conde. Sam mordió suavemente la base y la sopesó en su mano, con una mirada de aprobación.

—Eres un hombre generoso.

—Y si presentas mis cumplidos al rey, verás que puedo serlo todavía más.

Sam hizo saltar la copa en el aire, sintiendo su peso.

—Entiendo que quieres remarcar tu lealtad.

—Por completo. No tengo ejército, y no quiero encontrarme con uno franco llamando a mi puerta.

—Un hombre como a mí me gustan —dijo Sam—. Me aseguraré de hablar bien de ti al rey.

Una agitación entre los criados les interrumpió. Isabella salió de su litera, y rodeada por su guardia personal, empezó a caminar por el amplio sendero hacia el triclinio.

Por calculadora que sea, pensó Edward, no puede imaginar el aspecto que tiene ahora mismo.

Estaba hermosa. La brisa nocturna ceñía su largo vestido de seda a su cuerpo virginal. No andaba con la mirada baja, como quizá debería hacerlo una doncella, sino con la cabeza erguida. Su joven rostro era bello como una flor sobre la suave columna de su cuello, con las delicadas facciones enmarcadas por un fino velo de encaje. Su pelo color medianoche estaba coronado de flores.

Joven, en la cúspide de su feminidad, avanzó hacia él, con expresión enigmática a la luz de las antorchas. Cuando llegó a la puerta del triclinio, extendió su mano hacia Edward. Él se llevó a los labios su perfumada suavidad y le besó los dedos.

—Saludos, mi dama. ¿Compartirás mi lecho?

Algo cambió en los ojos de ella, demostrando que había captado el doble sentido de la pregunta. El lobo en Edward se agitó, nervioso.

Es peligrosa, le dijo al hombre tan claramente como si hubiese hablado.

Después se fue, y Edward, el hombre, se dijo que no fuese necio.

¿Cómo podía aquella chica frágil y como una flor ser un peligro para él?

Isabella se dejó llevar del brazo hasta un lugar de honor sobre un lecho elevado. Se reclinó cerca de Edward. Aquello fue una señal para que todos los demás ocupasen su lugar.

El lecho de Edward e Isabella estaba sobre una tarima frente a la puerta y el jardín iluminado con antorchas. Los demás invitados ocupaban dos grandes lechos semicirculares, uno frente al otro. Como en el palacio de Carlisle, una pequeña banda de músicos se colocó en el centro del espacio entre las mesas, empezando a tocar suavemente.

El Conde Sam estaba examinando el servicio con interés. Como la copa de vino, los platos frente a él eran también de pesada plata. Edward decidió que el conde iba a ser un invitado muy caro. Una arruga apareció en el entrecejo de Edward.

En la mesa resplandecían los platos y copas de plata para los invitados, junto con fuentes de fruta tardía y cántaros de vino tinto y vino blanco frío. Pero no había comida.

Todos miraron expectantes a la pareja.

—¿Cómo lo has organizado? —le preguntó Isabella.

—Encargué que trajesen la comida —susurró Edward—. Espero que los camareros no estén borrachos en la cocina.

—Da una palmada —murmuró Matrona sotto voce desde la mesa más cercana a Edward.

Él obedeció. Los camareros entraron en el triclinio con los aperitivos, mientras otros se dedicaban a servir el vino. Isabella miró los entrantes. No se parecían a nada que hubiese visto antes, pero decidió que si había podido comer ratones aquello no sería un desafío tan grande.

Los encontró suaves, con un indicio de salchicha de hígado entre sus ancestros. El banquete era bastante lúgubre. La gente de Edward a la derecha parecía arreglada, sobria y acobardada. Esme, Tony y los demás romanos, a la izquierda, tenían un aspecto rígido, sobrio y desaprobador. Sólo Sam parecía relajado, como si estuviese calculando el valor total de la vajilla de plata.

Edward pensó que parecía un hombre convencido de haber encontrado algo bueno. Suspiró.

Isabella se reclinó rígidamente a su lado. Podía haber estado al otro extremo de la sala. Los aperitivos fueron despachados, y Sam pareció satisfecho de sus cálculos. Entonces empezó a examinar a Isabella, tasándola. Esme y Tony se encontraban a su lado.

—Es muy bella —dijo el conde ominosamente.

Un criado empezó a servir un vino blanco, muy caro pero casi repulsivamente dulce. Tony sonrió:

—He observado que resulta fácil de mirar.

—No me interesan mucho las mujeres bellas —gruñó Sam—. Suelen ser profundamente estúpidas, egoístas y vanidosas. Alguien con ese carácter es una fuente de problemas viviente.

—No creo que la estupidez, la vanidad o el egoísmo sean defectos de Isabella —repuso Tony—. Ninguna de esas características está desarrollada en su naturaleza.

—Entonces, ¿qué defecto tiene?

—Ninguno —intervino Esme, indignada y quizá un poco culpable.

—Tonterías. Hay algo que falla en ella. Una chica tan atractiva, de sangre real, debería haberse casado hace mucho tiempo.

—Creo —dijo Tony en tono melifluo— que su familia era muy pobre, y su madre una mujer muy devota que no estaba dispuesta a quedarse sin su compañía.

—¡Sandeces! —susurró Sam—. Su belleza atraerá a los amantes como una llama a las polillas. Ese idiota de Edward va a tener problemas.

—Ella rechazará a sus pretendientes con dulces sonrisas y educadas negativas —replicó Tony—. Además, parece que Edward es capaz de mantener el orden en su propia casa.

—Es rico, pero ella le arruinará. Gastará su fortuna en ropas y joyas.

—Tonterías —dijo Esme—. Esta muchacha no tiene la menor inclinación a la codicia. Más bien al revés. Es sencilla en sus gustos y moderada en sus hábitos.

—Hmmm... Virtuosa, discreta, sencilla... ¿Cuál es el problema, entonces? ¿Acaso es estéril?

Esme se incorporó en el lecho, mirado indignada al conde.

—¿Qué? Es una novia virgen y lo sabes muy bien. Las que son como ella suelen ser tan fecundas como un valle bien regado en mayo. Es un hecho sabido que...

Tony dio una patada a su madre en el tobillo.

—Calla, Madre. Te estás dejando llevar de la forma más ofensiva.

Sam empezó a reír. Esme cerró la boca con un audible chasquido.

—Tiene algún defecto —murmuró Sam de nuevo—, o es un desperdicio dejársela a ese Edward.

—No tiene defectos —repuso Tony suavemente.

Sam rió de nuevo.

—¿Es estúpida?

Esme tomó un sorbo de vino, con las mejillas encendidas. Tony bufó.

—¿Qué consideras más peligroso: la estupidez o la inteligencia?

Sam probó el vino espeso y dulzón.

—Vaya, es un asco.

—Tiene un cierto gusto pretencioso —comentó Esme.

—Ciertamente —corroboró el conde—. Sería un éxito en la corte franca. Me pregunto si la generosidad de Edward se extenderá a un par de ánforas para el rey.

—Seguro —dijo Tony—. Si no te las da, la hermosa dama Isabella lo hará.

—¿Eres su chambelán?

—Sí.

—En respuesta a tu pregunta, creo que la estupidez es más peligrosa. La gente estúpida es más propensa a no querer enfrentarse a los hechos, a fortificarse tras algún oscuro punto de la ley o de sus propias y tontas consideraciones sobre lo que resulta apropiado. O lo que es peor, se niega a tomar una decisión hasta que se encuentra frente al desastre. Pero la inteligencia puede ser persuadida para tratar con el mundo a un cierto nivel de realidad.

—Ella es inteligente —dijo Tony.

—Es obvio. Ha sido lo bastante inteligente como para nombrarte su chambelán. Y ambos sabéis que lo que consigues a cambio de nada es...

—Es nada. —Tony terminó la frase por él.

En su lecho, Isabella permanecía rígida al lado de Edward. Sus sentidos de lobo eran agudamente conscientes de su cálida masa junto a ella. Sentía el sano calor de su cuerpo en el aire. Podía olerle, pomada, debía de ser su cabello; jabón y ropa blanqueada al sol, sus galas nupciales; un tenue olor a humo de leña, debía de haber estado comprobando la comida en las cocinas. Estaban tumbados en paralelo, cara a cara.

—¿Cómo va la comida?

—¿Cómo lo has sabido?

—El carbón —contestó ella.

—Hmmmm... Repulsivamente ostentosa, pero no sabe nada mal.

—Muy bien —dijo Isabella.

—He tenido que contener al cocinero. Quería echarle vino a todo. Ha usado azafrán y pimienta como para teñir de amarillo la mitad de Roma y quemar el estómago de dos tercios de sus habitantes. Y con un buen viento, podrías oler la canela y el clavo desde Atenas. Si lo que cocina tiene pelo, plumas o colmillos, se lo quita después de prepararlo. Hay un magnífico pavo real blanco ahí dentro. Creo que está muerto, pero no estoy seguro. También hay un jabalí que sería bastante amenazador si no tuviese una manzana en la boca, un faisán hecho de alcachofas, y una gran alcachofa hecha de carne de faisán. Nada parece lo que es ni sabe como se supone que debería saber. Todo esto está costándome un brazo y una pierna, por no mencionar la mano y el pie que les pondré encima. Espero que tus amigos romanos estén contentos.

Isabella empezó a reír sin poderlo remediar.

—¿El cocinero también es alquilado, como la villa?

—Oh. Sí. Gracias a Dios que no tengo que llevármelo de vuelta a las montañas. Allí arriba comemos platos más sencillos.

De nuevo el olor a humo de leña. Parecía parte de su piel. Ella pudo verle junto a una pequeña hoguera al amanecer, los rayos de luz atravesando el humo que se elevaba. Un caballo pifiaba no muy lejos. El aire era frío.

En su corazón, Isabella supo que estaba soñando de nuevo. Como había hecho cuando Eleazar le puso una cadena en el cuello, como al tocar la ropa y las joyas. La diferencia era que no quería que aquel sueño terminase. Él tenía un pie apoyado sobre una trampa de roble. Llevaba una sencilla túnica verde, calzas marrones y botas. Sostenía un pichel de cuero en la mano, una copa de despedida.

Bebió y se lamió los labios apreciativamente. Después se volvió hacia ella:

—¿Cabalgarás conmigo, mi dama?

Isabella se acercó a él.

—Sí, oh, sí —musitó.

Unos hombres pasaron a su lado, apenas visibles entre el humo. Guiaban dos caballos — un bayo rojo sangre y un corcel berberisco gris como el acero— y varios sabuesos que tiraban de sus traíllas. Los ojos de Edward se posaron sobre ella. La poseyeron, la devoraron. Ella le pertenecía. Él atacaría al mismo diablo si el Señor de los Infiernos intentase arrebatársela.

Isabella se detuvo cuando llegó tan cerca de Edward que no pudo aproximarse más. Su aliento humeaba ligeramente en el aire frío. El calor que despedía su cuerpo le acariciaba.

Tocó su mano, la que sostenía el pichel.

—¿Cerveza? —preguntó.

—No, vino.

—Dame un poco.

Él le acercó el pichel a los labios, y Isabella bebió.

El aroma era embriagador, ligeramente cálido y dulce, pero con la acidez de las manzanas verdes. Ella suspiró. El brazo libre del hombre rodeó su cintura.

—Cabalgaremos hacia las montañas. Conozco un lugar por encima de las nubes, que domina el mundo entero. Nos detendremos allí y nos deleitaremos. —Inclinó la cabeza y empezó a besar las gotas de vino que quedaban en sus labios, una a una, muy suavemente.

Ella suspiró de nuevo, despacio y con los ojos cerrados. Al borde del letargo, se sueña con caer. Isabella se desplomó, despertando por el susto. Edward se rió.

—¿Tan aburrido soy, que hago que te duermas?

—No —dijo ella, ruborizándose violentamente.

Él enarcó las cejas.

—Ah. Incómoda.

Isabella cambió de postura sobre los cojines. El vestido se tensó sobre su muslo, tirando por un momento de la tela que cubría su pecho y su estómago. Edward inspiró profundamente. Sus fosas nasales se abrieron como las de un semental nervioso. Apartó la mirada bruscamente, y cuando volvió a mirarla, había algo nuevo en sus ojos. Alargó la mano y alzó el collar que llevaba ella en torno a la garganta.

Isabella le vio de nuevo como debía de haber sido en su primera juventud, durmiendo despreocupadamente sobre la piedra calentada por el sol, con una hermosa mujer a su lado que se peinaba el largo cabello.

La visión se desvaneció mientras la mano del hombre bajaba suavemente en lo que era casi, pero no del todo, una caricia en público. Isabella recordó los insultos de Eleazar.

—Dicen —balbuceó— que no estoy bien dotada.

—Una flagrante mentira —respondió él—. Eres soberbia en todos los aspectos, fresca como las primeras flores salvajes que florecen a través de la nieve invernal; pura como el aire de la montaña que sopla en los pasos; fragante y deliciosa como el heno recién segado en una cálida tarde de otoño.

Su contacto seguía pareciendo casual. No lo era. Sus dedos estaban calientes. Se movían suavemente hacia arriba, tocando su hombro, después la piel de su nuca. Isabella era muy sensible allí, no sabía por qué, quizá algo de la loba. En cualquier caso, se estremeció ligeramente al sentirlo y sus rodillas se aflojaron. Se ruborizó, con las mejillas ardiendo.

Sintió que sus labios y —sí— otra parte empezaban a hincharse. Avergonzada por mostrar su pasión tan abiertamente, bajó la cabeza. Tony observaba atentamente.

—Parece que está dispuesto a comérsela viva —le dijo a su madre.

—Sí, y ella parece encantada de ser el plato principal de su próximo festín. Espero que ambos sepan lo que están haciendo.

—Créeme, Madre, no lo saben —suspiró Tony.

—Hermosa —dijo Edward. Su mano siguió subiendo, acariciando su pelo—. Sencillamente hermosa.

Isabella se dio cuenta de que tenía la frente casi apoyada en su hombro. Él estaba más cerca. Intentando romper el hechizo, dijo irónicamente:

—Eres un experto.

Edward le acarició la mejilla, después el mentón, y levantó su cabeza. Unos momentos antes, habían estado sentados a varios pies de distancia, pero ahora su cara estaba sólo a unas pulgadas de la de ella.

—Hermosa, exquisita doncella —susurró—. No tienes la menor idea de lo buenas que son mis credenciales como experto. —Le dio un casto beso de hermano en la frente y se apartó.

Isabella exhaló un suspiro de alivio.

—¿Tan inoportuno te parezco?

—No —respondió ella suavemente—. Creo que mi mente está corrompida por una locura sensual que nunca había sentido antes. Me siento culpable y asustada de que otros puedan verlo.

—Ah —dijo Edward. Se llevó la mano a la frente en un burlón ademán de profunda tristeza—. ¿Qué? ¿Hay una mancha de vergüenza en tu corazón?

—No —dijo ella—. Mi corazón está estupendamente, y también el resto de mi cuerpo. Son los chismorreos de la aristocracia romana lo que temo, no creerías lo rápido y lejos que puede viajar una historia en boca de las mujeres. "Oh, tendrías que haberles visto —imitó—. Ella no podía esperar a sentir la boca de él sobre la suya. Y él... no era mejor, desvistiéndola con los ojos delante de los invitados... intentando ocultar sus caricias furtivas con el disfraz de la cortesía... repulsivo, querida. Y en un matrimonio como el suyo, donde el decoro debería ser absoluto".

Esme y Tony les observaban desde su mesa.

—Sepan o no lo que están haciendo —dijo Esme—, bueno... el hombre es fuego, la mujer estopa, llega el deseo y sopla. Y aquí está soplando como el viento, hijo mío.

Tony suspiró.

—¿Has tomado precauciones?

—Por supuesto. —Esme hizo un gesto con la mano, casi volcando una urna de plata decorada con uvas, púrpura y blancas.

¿Cera? pensó Tony, sin estar seguro. Fuera lo que fuese, aquello no eran uvas.

—¿Los mercenarios? —preguntó—. ¿Dónde están?

—Rodeando la villa. Para el caso de algún... accidente.

La música se hizo más y más alta. Cuando el camarero intentó llenar de nuevo la copa de Tony, él la cubrió con la mano y meneó la cabeza. El nivel de ruido en la habitación iba en aumento. Una jarra circulaba disimuladamente entre los músicos, que tocaban ligeramente desafinados.

Isabella observó con alarma que bastante invitados empezaban a tener los ojos vidriosos. Edward observó con alarma que Emmett había conseguido cruzar la habitación y estaba compartiendo el lecho de Tanya, innegablemente la mujer más atractiva de la fiesta después de la novia.

¡Oh, no! pensó. Los hombres pueden pensar lo que quieran de la castidad de los bárbaros y los lobos, pero Emmett está siempre al acecho.

—¿Compraste tú el vino? —le preguntó Isabella.

—No, ¿por qué?

—No sé lo que le han echado.

—¿Qué? ¿Lo que le han echado? ¿Quieres decir algo al vino? ¿A qué te refieres?

—Opio, ajenjo, cicuta... esas cosas.

—¡Cristo! ¿Dónde está esa maldita comida? Quizá, si conseguimos que coman algo...

Los comensales, incluyendo a la gente de Edward, parecían excepcionalmente desinhibidos. Emmett estaba susurrando algo al oído de Tanya, que escuchaba con los ojos bajos. Gianna estaba reclinada junto a Jasper y Billy. Llevaba un vestido dorado, una elección desafortunada, parecía un sol en miniatura, al reflejar el tejido la luz de las lámparas. Alguien la pellizcó, y ella se levantó en el aire con un chillido. El lecho en el que estaba hizo un ruido chirriante, crujiendo y torciéndose amenazadoramente. Billy y Jasper se las arreglaron para parecer inocentes.

—Creo que esa cama es muy vieja —dijo Isabella para ayudar.

Edward se pasó la mano por la cara.

—¿Dónde está esa...

En aquel momento, una trompeta sonó torpemente en la puerta del comedor, y el cocinero y los criados entraron con la comida. El primer plato era evidentemente un jabalí. Sus colmillos tenían un color dorado y el resto de su cuerpo parecía cubierto por un brillante esmalte blanco, adornado con imágenes de distintas hierbas culinarias.

—¿Qué es eso? —preguntó Isabella cuando pasó junto a ella.

—Que me condene si lo sé —contestó Edward.

El jabalí blanco dio tres vueltas a la mesa en forma de herradura, mientras la desafinada trompeta seguía sonando como una oveja enferma. Por fin, Tanya, que había caído dormida con la cabeza apoyada en el brazo de Emmett, despertó. Miró a su alrededor, mientras parpadeaba de vuelta a la consciencia. La trompeta hizo un ruido particularmente horrible.

—Jesús —se quejó Tanya— Que alguien mate a esa cosa y acabe con su miseria.

Los demás invitados aprobaron entusiásticamente aquella sugerencia, y la trompeta enmudeció. Edward consiguió detener el avance del jabalí el tiempo suficiente para trincharlo. Resultó ser una compleja sorpresa de carnes, compuesta de ternera y cerdo, con bolsas de hinojo, queso e hígado. Los invitados cayeron sobre él, ayudados en su glotonería por una salsa de pasas endulzada con posos de vino.

El pavo real blanco entró a continuación, transportada por nada menos que cuatro criados. El trompeta no pudo resistir la tentación, y el pavo llegó a la mesa justo cuando el instrumento emitía seis o quizá siete sonidos parecidos a fuertes ventosidades. Tanya pareció ofendida, y el resto de los invitados lo consideró hilarante.

Tanya golpeó la mesa con su copa:

—Haced callar a ese idiota —gritó—. Meted un cagajón en ese cuerno y acabad con él. Más vino para todos. Estoy tan seca como el desierto de Arabia.

Las jarras de vino empezaron a circular. Edward contempló el pavo real que descansaba con todas sus plumas sobre una pesada fuente de plata, con la cabeza metida tímidamente bajo un ala. Los cuatro cocineros se plantaron orgullosos ante Edward.

—Oh, qué lástima —susurró Isabella—. Es tan bonito que no puede saber muy bien. Nos hubiese ido mejor con pollo asado.

Edward exhaló un elocuente suspiro y dio al ave un pinchazo de prueba con el cuchillo de trinchar. El pavo sacó la cabeza del ala y miró a Edward con ojos relucientes, no parecía contento. Los cuatro cocineros se quedaron atónitos, y empezaron de inmediato a culparse unos a otros:

— Creí que tú te ocupabas de prepararlo —se repetían mutuamente.

Después empezaron a hacer aspavientos e intercambiar acusaciones en vulgar latín callejero. El pavo miró perversamente a Edward y lanzó el estrecho pico contra su ojo izquierdo. Edward se agachó justo a tiempo. Pudo sentir cómo el pico le rozaba el pelo. El ave se dio la vuelta, mostrándoles una clara visión de su parte trasera. Después desplegó su cola, lanzó un grito increíble y saltó al suelo. Salió del triclinio con paso majestuoso y todo el aire confiado de un conquistador, seguida por el aplauso de los invitados.

Edward se volvió hacia los cocineros, que seguían discutiendo:

—¡Silencio! —Su voz sonó como un bloque de piedra chocando contra otro. Los cocineros se callaron de inmediato—. Traed el resto de la comida, y servidla antes de que el buen sentido y la razón de mis invitados queden anulados por la bebida. Y no quiero más ruidos groseros e indignos de ese maldito cuerno. Mientras tanto, os agradezco la nueva experiencia, nunca me habían servido un plato que intentase trincharme a mí. No me traigáis nada más que salte de la fuente y huya cuando intente comérmelo.

Los cocineros asintieron y se escabulleron rápidamente. El resto de la comida llegó enseguida. Estaba claro que, aparte del pavo que ahora se paseaba cerca del estanque, con sus plumas desplegadas y resplandecientes a la luz de la luna, el cocinero se había esmerado.

La alcachofa gigante resultó estar hecha de espinacas, acompañadas con tocino, aceite de oliva y huevos duros. Estaba deliciosa. La siguió un puercoespín hecho de verdaderas alcachofas rellenas de miga de pan, queso y una mezcla de hierbas frescas y oscuras aceitunas picantes. Los platos de pollo eran perfectos: capón tierno en almendras, con una crema de almendras y salvia; aves ahumadas de carne rosa en una oscura salsa de vino, otras maceradas en vino tinto y envueltas en un jamón curado en sal, acompañadas de rajas de melón, o pechugas de pollo maceradas en vino blanco y sazonadas con azafrán y estragón, con un caldo abundante en pasta con carne siciliana, todo ello seguido de, en caso de que alguien siguiese con hambre, al menos una docena de lechoncillos aromatizados con salvia e hinojo.

Los vinos fueron la coronación de una velada rica en esplendor; había uno blanco delicado como una flor, con una suave fragancia a albahaca; otro tinto, de suave textura y lleno de los complejos aromas del humo ascendiendo entre las parras mientras los vendimiadores se alimentaban de caracoles, de largas noches en oscuras bodegas, reposando mientras un viento que parecía surgir de los helados Dolomitas desnudaba las viñas de una última escarcha de primavera, dejando las pequeñas uvas verdes con el toque ácido justo para la vendimia, un gusto que resonaba en la lengua como el orgiástico momento final de la unión amorosa.

Isabella brindó por Edward con el vino blanco sobre muestras de los platos de pollo. El brindó por ella con el rojo sobre un lechón cocinado en manzanas, acompañado de jugo de naranjas de Iberia.

Los invitados que habían bebido demasiado estaban en brazos de Morfeo. Unos pocos, inspirados por Baco, salieron en pos del pavo real. Un pequeño grupo perseguía al ave alrededor del estanque. El pavo era lento, pero sus perseguidores lo eran todavía más, moviéndose inseguros sobre sus piernas por el vino tomado con la cena. Se turnaron cayendo al estanque y debiendo ser pescados por sus compañeros. En tales ocasiones, solían hacer una pausa para beber un poco más, sólo para no coger frío.

Emmett estaba lanzando los más elaborados cumplidos a Tanya, cuyo marido Ben estaba presente, y sobrio. Cada vez que Emmett empezaba a besar el hombro blanco y pecoso de su mujer, Ben se ponía a jugar ostentosamente con el puño de su daga. Tanya estaba totalmente borracha, no podía hablar y reía constantemente. Tony y Esme estaban absolutamente sobrios, al igual que Matrona. Los tres dirigían torvas miradas a Edward y Isabella.

La pareja de homenajeados no estaba precisamente sobria. Habían alcanzado ese extático estado de alegría en el que todas las mujeres son hermosas y todos los hombres apuestos, donde las luces son más brillantes, la música procede del coro celestial, y todas nuestras inhibiciones son como telarañas para una mano despreocupada.

En las profundidades del alma de Isabella, la loba estaba preocupada, pero la mente de la mujer la desoía. La mujer estaba borracha, pero sólo en parte a causa del vino. El deseo ardía en ella como nunca lo había hecho antes.

Ah, lo que sentía estaba más allá del mero deseo.

Era una abrumadora necesidad que no sólo consumía sus temores, sino que incluso reducía el sentido común y la razón a pálidas y polvorientas cenizas.

Ella debía tener a aquel hombre.

Cuando él la miró como el gran depredador gris mira a un ciervo, la mujer comprendió que Edward estaba atrapado en la misma loca hoguera que ella. Cerca de su lecho había uno donde descansaban Gianna, Billy, Jasper y algunos más. En su mayoría estaban inconscientes, pero Gianna, un montículo dorado a la luz de las velas, intentaba salir, presumiblemente a causa de los restos del vino en su vejiga. El lecho crujió fuertemente y cayó al suelo. Edward puso los ojos en blanco.

—Espero que no fuese una antigüedad valiosa —dijo Isabella.

—No tiene importancia —repuso él mientras la ayudaba a levantarse—. Cuando el dueño de la villa venga para cobrarme por los daños, el mueble se habrá transformado en una estimada herencia perteneciente a su familia desde los días de los Césares, que no puede ser reemplazada por simples metales preciosos en forma de monedas. Pero, en fin, dirá, en estos tiempos degenerados, el vil metal debe compensar la belleza, la antigüedad y el orgullo familiar. Se contentará con algo, preferiblemente no plebeyo cobre o plata mercantil, sino aristocrático oro.

—Mmmh... —murmuró Isabella al darse cuenta de que estaba siendo guiada fuera de la sala de banquetes, hacia una habitación vacía.

Se detuvo, resistiéndose durante un momento.

—No hay nada malo —dijo él—. Estamos casados.

La loba miró a Isabella desde su oscuridad primordial. Parecía preocupada. Su lado humano había enturbiado su mente con drogas o alcohol. Algo iba mal, como había ido la noche del banquete con el Papa.

Edward puso un brazo sobre su hombro, guiándola. Lejos de los braseros del salón, ella podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Él corrió una cortina, y el ruido de las anillas repiqueteó en los oídos de Isabella. Estaban en una habitación iluminada sólo por una vela en un candil.

Edward cerró la cortina con una mano y atrajo a la mujer hacia sí con la otra. El beso no bromeaba. La lengua del hombre exploró su boca, sus brazos y manos la ciñeron a su cuerpo, las caderas pegadas. Sus senos se incendiaron al moverse contra un pecho que parecía guarnecido de acero. Al fin, él la soltó y Isabella boqueó buscando aire. Pero el cosquilleo de intranquilidad seguía agitando su mente.

—Ven, bebe algo de esto —jadeó Edward acercándola a su cuerpo.

Isabella vio un cántaro y una copa de plata sobre la mesa.

—Son piezas muy valiosas —dijo Edward, señalándolas con un gesto—, y realmente antiguas. Se dice que Livia, la hermana de César Augusto, las mandó hacer para su amante favorito y sirvió de modelo para la figura femenina.

Las figuras grabadas en el cántaro mostraban a un hombre desnudando a una mujer, besando sus pechos mientras dejaba que la túnica resbalase por sus caderas. La copa tenía un círculo de rubíes, un fuego rojo oscuro ardiendo en la habitación en sombras.

El relieve al pie de la copa mostraba a las dos figuras en pleno abrazo amoroso. Estaban unidas, pero ella se inclinaba un poco hacia atrás. Las manos del hombre la acariciaban, y el rostro de ella mostraba los inicios del éxtasis.

Isabella y la loba contemplaron aquella culminación del deseo. La habitación giraba como si estuviesen cayendo. El mensaje enviado por la loba era de profunda inquietud: Esto no acabará como deseas.

Pero los brazos de Edward estaban en torno a ella, y su deseo crecía de nuevo, más fuerte por el breve descanso. Aquel beso fue menos intenso, pero las manos de él buscaron y encontraron lugares que respondían a sus caricias con espasmos de placer. Cuando le hubo provocado algunos jadeos, la liberó y llenó la copa.

—Bebe —susurró.

—No sé... ¿Acaso quieres que la novia quede inconsciente? He bebido mucho vino.

—No —respondió él. Su voz era amable, hipnótica y a la vez embriagadora—. Es el vino del deseo. Hidromiel de primavera. En primavera, las abejas se alimentan de amapolas blancas llevadas por los vientos de marzo, flores salvajes que salpican prados todavía cubiertos de nieve. El vino del amor, servido sólo a los amantes.

Isabella bebió.

El hidromiel era una indescriptiblemente dulce esencia de la primavera, un líquido que se disolvía en su lengua, un cosquilleo que empezaba en su corazón y llegaba hasta las puntas de sus dedos. Sus temores se adormecieron. Su consciencia estaba abrumada por el deseo, y no tenía espacio para nada más.

Él la besó de nuevo, y ella sintió el gusto del hidromiel en sus labios. Edward le hizo levantar la barbilla con un dedo.

—¿De quién eres?

—Tuya.

—Quítate el vestido.

Ella lo hizo, sacándoselo por la cabeza y arrojándolo a un lado.

Nunca llegaremos al dormitorio, pensó. Pero a quién le importa.

Él la besó de nuevo.

El cuerpo de Isabella estaba casi entumecido por el placer en algunos lugares, y cuando los dedos del hombre los acariciaron a través de su camisa de lino, ella se sintió como si estallase en llamas. Le deseaba de forma insoportable, simplemente insoportable. Moriría si él no la poseyese.

—¿Harás cualquier cosa que yo te diga?

—Sí.

—La camisa.

En un momento, la camisa cayó al suelo. Isabella todavía llevaba otra, sin mangas, así como el strophium en su pecho y una prenda de lino en las ingles. Él metió la mano bajo su camisa e hizo caer la tela que llevaba entre las piernas. Después movió la mano hacia arriba, levantándole la camisa.

Se quedó contemplando el suave y rizado delta de Venus, y ella se ruborizó. Edward pudo sentir el calor contra su piel. Él le subió un poco más la camisa y soltó el strophium, que cayó al suelo. Entonces dejó que la camisa volviese a su sitio y le acarició el cuerpo a través del sedoso tejido.

—¿Estás borracha?

—Sí.

—¿Eres virgen?

—Sí —contestó ella con un suspiro.

—¿Sabes lo que es el órgano de un hombre?

Ella asintió y vio que Edward había extendido su manto y su túnica sobre la larga mesa.

—Muy bien —dijo él—. ¿Entiendes lo que estoy a punto de hacer con el mío?

—Ohooo.

—A estas alturas, lo tomaré como un sí.

Sus manos habían seguido explorando. Mientras él le hablaba, Isabella se sintió perdida en un jardín de extrañas delicias, salvo que él estaba cogiendo las flores.

Poco a poco, aquella parte de su ser, el espíritu que susurraba acerca del pasado remoto y a veces del impreciso futuro, envió un mensaje a su mente.

Ella estaba con él, metidos hasta las rodillas en un lago de montaña. El lago era un lugar de salvaje belleza, bordeado de pinos, helechos y rosas. Unas cascadas caían desde una elevada roca salpicada de liquen y musgo gris verdoso. La humedad de la espuma en su base mojaba sus labios y se condensaba en sus pestañas.

Sus cuerpos estaban unidos profundamente, casi hasta el dolor. Ella estaba siendo poseída por el hombre que la rodeaba con sus brazos. El cuerpo de él estaba húmedo. Llevaba una corona de hierbas acuáticas con flores amarillas. Sus hombros y brazos estaban cubiertos por una red de aromáticas flores blancas.

¿Qué es? se preguntó ella.

Recordaba las historias de doncellas seducidas por dioses que exigían adoración además de amor, y una absoluta posesión del espíritu, así como del cuerpo. ¿No era ella una de tales doncellas, y él una especie de dios? ¿Cómo soporta la carne mortal el fuego divino?

Él se movió, y oleadas de placer enloquecedor recorrieron el cuerpo de Isabella. Él se movió de nuevo. Los pensamientos se borraron, y también los recuerdos. Todo se disolvió en el poder de lo que la carne estaba haciendo a la carne.

Ella volvió a la habitación a oscuras, descansando en los brazos de Edward.

¿Había sido un recuerdo? ¿Un sueño? ¿El futuro? No importaba, no era real, pero aquello iba a serlo. Él le quitó la camisa, dejándola desnuda.

—¿Sabes lo que estoy a punto de hacer? —repitió.

—Sí—contestó ella. Su cuerpo entero se estremeció. Libre de ropas, abrió las piernas para recibirle—. Creo que moriré si no lo haces —dijo ingenuamente.

—Muy bien —replicó Edward, subiéndola sobre la mesa.

El cuchillo brilló en el aire, sobre su hombro. En las profundidades del alma de Isabella, la loba rugió un aviso. El deseo murió.

Su mano izquierda atrapó la muñeca del hombre del cuchillo, que intentó liberarse. Pero ella no era una mujer mortal. El hombre pareció sorprendido por un momento ante el dolor que le estaba infligiendo Isabella. Entonces bajó el brazo, y usando el hombro de Edward como punto de apoyo, logró soltarse.

Edward apartó a Isabella de un empujón, y se dio la vuelta, golpeando con la velocidad de una serpiente. El cuchillo del asesino abrió un tajo en su hombro.

Tony apartó la cortina, una antorcha en una mano y una espada corta romana en la otra. Clavó su arma bajo la paletilla del atacante, paralizando su brazo derecho. Pero Edward vio el estilete en su mano izquierda, apuntado a su corazón. Se adelantó y, agarrando al asesino por el hombro y la mandíbula, le torció violentamente la cabeza hacia la derecha. El cuello del intruso se rompió, haciendo un ruido húmedo.

Como una rama verde, pensó Isabella.

Al empujarla Edward, su cabeza había golpeado la mesa, quedando aturdida por un momento. La loba intentó tomarla, pero la antorcha en la mano de Tony lo impidió. Miró cómo se desplomaba el asesino, muerto antes de que su cabeza golpease el suelo.

—Maldita sea, le has matado —dijo Tony.

—No tenía elección —contestó Edward, señalando el mortal estilete.

Isabella se levantó, apoyándose en una mano mientras se buscaba alguna herida en la cabeza con la otra. Esme entró corriendo en la habitación. Se agarró a la cortina para apoyarse, pero la desgarró. Edward impidió que cayese, devolviéndola a una posición erguida.

Ella miró al asesino.

—¡Dios mío! —exclamó—. Es Aaron.

—Le conoces —dijo Edward, muy, muy suavemente.

En aquella suavidad se agazapaba una infinita amenaza. Tony replicó arrojando su manto a Isabella:

—¡Mujer, estás desnuda! ¡Cúbrete!

Isabella se envolvió en el manto, empezando a recoger sus ropas del suelo. Los pocos invitados que permanecían sobrios se congregaron en la puerta.

—Madre conoce a muchas personas —explicó Tony a Edward—. Algunas son incluso respetables... otras no.

Isabella se escurrió a otra habitación. Estaba muy oscura, pero ella podía ver lo bastante para darse cuenta de que se trataba de un pequeño almacén. Un ventanuco barrado dejaba pasar el frío aire de la noche. Recordó una historia de la Biblia. En el Génesis, una vez perdida la gracia de Dios, la desnudez iba acompañada de la vergüenza. Era cierto.

Ella había gozado de su desnudez junto a Edward. Se había sentido vestida, reluciente por el deseo, sus miedos e inhibiciones disueltos por el contacto del hombre.

La loba guardó silencio, contemplando la vasta extensión de estrellas a través del ventanuco, una rociada de luz a través del negro y muerto cielo. Recordó al gran gris y el puro viento de las montañas. Recordó las heladas facciones de Edward... su mueca de calavera cuando desnudó sus dientes e hizo caer a su enemigo.

Aunque la idea de amarle podía resultar atractiva para su cuerpo caliente y trémulo, la noche, la loba y su frío razonamiento humano le dijeron que confiarle su secreto sería una locura. Le había visto matar a un hombre con sus manos desnudas. Edward no lideraba a su banda de rufianes por ningún derecho humano o divino, sino porque era el más fuerte y podía acallar las revueltas con el puño y la espada. Ellos le respetaban no porque fuera el mejor, sino porque era el peor de entre ellos. Tarde o temprano, la loba tendría que luchar por su vida.

Ya no sentía deseo. Sólo el frío y penetrante viento a través de la ventana, y vergüenza, profunda vergüenza y vulnerabilidad por su desnudez, tan desnuda y sola se encontraba.

De pronto oyó un grito de mujer al otro lado de la puerta.

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Solo nos queda un capítulo! Este está bastante largo… el último está aún más largo jajajaja En un rato más lo subiré… Hoy terminamos esta historia.

No olviden dejar un comentario.

¡Nos leemos pronto!