La guerra ha terminado y un nuevo gobierno ha sido instaurado en el Universo de One Piece, por ello, los sobrevivientes de la Antigua Era que combatió un favor de la libertad y la justicia a través de su oposición a la tiranía del pasado tienen una nueva oportunidad, los Juicios del Nuevo Mundo. Algunos se entregan de manera pacífica, pueden integrarse normalmente a la nueva sociedad.

Es así como cuentan sus historias y son juzgados bajo la franca bandera de la justicia y la verdad, entre ellos Ler, qué guarda tras de si más que una historia, y está decidida a contarla ...

Historia alternativa de amor en el universo de One Piece, con nuevos personajes, drama, lenguaje obsceno, escenas sexuales fuertes, tortura y de alto contenido violento. Pero que tras todo esto, sigue siendo de amor, ¿Te atreves a leer el guión de esta historia?


Acto II: Adolescencia (Infierno)

Escena 24: De como Luffy se pasó el orden del universo por el culo.

(La narración del recuerdo de Ler en este capítulo y el siguiente es en primera persona pues es la única que sabe lo que sucedió y por ende, no puede contener las ideas o memorias de nadie más)

-Le recuerdo que está bajo juramento y es de conocimiento público su participación en la Guerra de Marineford. Usted, se reencontró con Portgas D. Ace...

Una mueca se formó en mi rostro, sabía que el último comentario provocaría una respuesta como esa, por lo que murmuré en voz baja: - Eso fue antes...

- ¿Disculpe?- el juez que había hablado anteriormente se inclinó hacia adelante con el rostro serio, sin estar seguro de a qué me refería.

No entendería si le dijese que aquello había pasado apenas unas horas antes de que la guerra final estallara.

Aunque hubiesen muchas cosas que me habrían gustado decir para facilitar el proceso, que estaba alcanzando su clímax, tuve que guardarlas únicamente para mí, incapaz de decirlas en voz alta.

Luffy sabía que probablemente eran ciertas, pero también, que nadie las creería.

La historia aún era increíble y desconocida para la mayoría. Que la guerra hubiese terminado y con ello la injusticia y la prohibición para conocerla y darla a conocer acabara también, no aseguraba que todo fuese a cambiar de repente.

Los dioses no se habían equivocado al colocarse a sí mismos como superiores , y a los mortales, mucho más abajo de ellos. Nosotros seguimos siendo escépticos y críticos a lo que no podemos ver, hacer, a lo desconocido. Yo misma no creería si mi existencia no hubiese girado en torno a ellos desde...Siempre. Y a su vez, de conocerles, podría asumir demencia si el resto de la misma no dependiera de sus condiciones.

Por eso estaba aquí.

Un día decidí apostarlo todo por amor, por mi naturaleza mortal, porque era incapaz de decir adiós -y aún lo soy-. Decidí anteponer mi deber divino ante mi corazón humano y los dioses me castigaron trayéndome aquí.

Sé que Ace me habría reprendido por girar los ojos, pero algunas ironías en esta vida se merecen aunque sea un poco de oposición. Y los huérfanos del destino siempre fuimos rebeldes.

Pese a romper el ciclo a costa de lo que para mí, no era un precio -aunque ellos lo hubiesen puesto como tal- aún existía un crimen que debía ser juzgado.

Y los dioses, después de haberles hecho la vida imposible por casi 1000 años podrían haber elegido para mí el fin absoluto, o el sufrimiento eterno, cualquier cosa que para ellos justificar la atrocidad que hice -o hicimos- . Pero no.

Los dioses, con su sentido del humor y de "piedad" me dieron la opción de una fantasía de libertad, una oportunidad pequeña, una luz en mi túnel oscuro y abandonado.

Contrario a las reglas desde el principio de la humanidad, establecidas por los dioses y obedecidas por los humanos, mi vida y castigo estaban en manos de los mortales, por quién decidí abogar, y no de un tribunal divino, a quienes traicione.

Un giro en el guión demasiado delicado para mí destino.

Este tipo de cosas solo pueden pasar por la mente de seres que han vivido tanto tiempo como para que toda la historia les sea equiparable a una siesta.

-¿Señorita Ler?


Poseidón, mi antiguo señor y Dios guía me esperaba sentado en la cama de mi habitación. Vestido elegantemente con un traje color blanco que hacía resaltar sus ojos azules, lucia tan hermoso e indescriptible como la primera vez en la primera de mis vidas. Me pregunté en ese momento si no es que venía a despedirse en la última.

- Va a ser que no- dijo suavemente. Lo escuché con tal claridad como sabía, el escuchaba mis pensamientos. Ya me estaba acostumbrado a la idea de dejarle ver al mundo todo de mi, aquello me era indiferente. - vengo a ayudarte.

" Por haber cometido el peor de los pecados, abandonando tus deberes y a tus amos, serás juzgada por el motivo de tu traición."

Mortales.

Hice una mueca mientras continuaba caminando. Si pierdo, gano o lo que fuese a ocurrir no me importa demasiado, estoy segura de que nunca tendré paz, pero el tormento que me ha perseguido por siglos ha acabado. Para mí y para mis hermanos.

Ganamos la guerra.

Finalmente hemos acabado con lo que nunca debió iniciar. Aunque tristemente hayamos perdido mucho en el camino...Especialmente a uno de nosotros que nunca podría volver.

Y aquella había sido la decisión más difícil de mi vida.

Vivir para siempre repitiendo la misma historia y volverlo a ver, o morir en aquel instante para ser capaz de cerrar todas las puertas y crear un único futuro posible.

Quiero creer que hice lo correcto, pero es algo que mis juzgadores decidirán cuando termine el juicio.

- ¿No violaría eso las reglas del trato?- pregunté acercándome, no demasiado, pues la vibra de un dios siempre era demasiado fuerte para un cuerpo humano como el mío. Uno débil, cansado, uno que no había terminado de sanar.

- Solo si intervengo en el juicio directamente- explicó el, esta vez, dirigiendo su mirada a mi vestido. Todos eran blancos, parte del trato también, elegidos por Plutón- pero mi ayuda será contarte una historia para dormir.

Frunci el ceño y respiré con fuerza.

La misticidad, después de tanto, no era de mi agrado aunque pudiese servirme de ayuda.

- Agradezco tu...Ayuda, pero ¿Eso de que me serviria?

- Siempre un encanto...- con una sonrisa, el dios se acomodó en la cama, dejándome un espacio que evidentemente esperaba que ocupase. Me negué- eres igual a tu madre.

Inmediatamente captó mi atención.

Entrecerre los ojos. No era el dios del engaño como Hades, pero aún seguía siendo un manipulador.

- ¿Mi madre?

- Por eso estoy aquí, voy a contarte una historia para que puedas dormir- repitió- acerca de la mortal que fue amada por un dios y que murió dando a luz a su hija. Esa mujer fue la más hermosa de aquella era, humilde, además, y por eso se casó con otro humano para no crear envidia entre las diosas. Desafortunadamente incluso a nosotros se nos va el destino de las manos y ella, que creció brillando en el reino de la eterna sonrisa, murió con la más grande de todas, feliz porque daría a luz a su última hija aunque esta se pasaría la vida llorando.

Era consiente de que mucho dioses me consideraban como "la del reino de la eterna sonrisa que caminó bajo el llanto eterno".

- ¿Porque me cuentas esto ahora?- por la mirada en sus ojos, reflejando la tristeza que solo el océano podía igualar en la peor de sus tormentas, lo entendí todo.

- Porque parte de tu destino es mi culpa. Te odie desde ese día por tener los ojos de ella, pero no eras ella. Yo era parte de tu destino y tú, indudablemente, eras parte del mío, pero no quería que fueses tú.

- Pero...¿Porqué?- mi sorpresa fue desplazada por la confusión, una que el parecía comprender a la perfección, por lo que me dio una media sonrisa que provocó un sentimiento extraño en mi corazón- podrías haberla encontrado en otra vida, esperar a que reencarnase, verla en el paraíso...

- Para ella era imposible, y tú sabes que lo es, pero no porque.

- No realmente...

-Bien. Existen reglas que ni siquiera nosotros podemos romper y ella rompió la más grande de todas. El día en que tú naciste cometió el peor pecado...Ni siquiera yo lo pude esconder, o reparar...Hay algo que se le entrega a los humanos y que los hace envidia de los dioses, el regalo más preciado que este mundo les ha dado el destino, quién es el principio y el fin de todas las cosas.

Creí por un momento que ella había cometido traición, algo similar a lo mío, pues yo había sido juzgada por el mismo pecado y aquella era la razón de estar aquí. Pero en mi mente, con el poco conocimiento que tenía acerca de lo ocurrido ese día, no cabía ningún escenario en el que mi desconocida madre fuese una traidora.

- Porque no lo fue, Leriana- el se adelantó a mis preguntas, atento a mis pensamientos, atravesandome completamente- tu madre eligió morir ese día para salvar tu vida.

Abrí mi boca y la cerré inmediatamente, confundida.

¿Porque haría eso?

-Solo una de las dos sobreviviría, por lo que ella decidió quitarse la suya para que nadie pudiese cuestionar su decisión... Contigo serían 5 niñas, ¿Salvar a una dejando huérfana a las demás? Estaba claro. Plutón siempre dijo que eras la niña de la madre muerta porque tú madre murió antes de que tu nacieras.

Solo podía pensar una cosa...Oh dios...o destino mío.

-Ella se quitó la vida para dartela a ti, porque si, el regalo más preciado otorgado a los humanos es su vida, su mortalidad. Por ello el homicida recibe su castigo al arrebatarle ese tesoro a alguien más, pero no hay peor pecador que aquel que se deshace del mismo por su cuenta...El máximo castigo para quien decide acabar con su vida es la inexistencia, su alma desaparece por completo- mientras yo caía en la cama por el impacto de sus palabras, el se ponía de pie y caminaba hasta la ventana.

¿Habrá sido el quién me dió sabiduría? Porque su don me había permitido recibir toda la iluminación de una existencia errónea por siglos enteros en apenas un segundo.

Todos los muros a mi al rededor, construidos en una guerra casi eterna, cayeron. Y aún así, quise preguntar.

- ¿Julián? - me encontré a mi misma con la voz quebrada y dudosa, buscando su mirada. El se volteó levemente hacia mi, indicándome que me escuchaba. Seguramente el ya sabía la pregunta que me hacía por dentro, pero quería escucharla en voz alta- ¿Como morí?

- Según la historia, fuiste brutalmente asesinada por tus enemigos de reinos vecinos al intentar detener la invasión a tu reino- contestó el con simpleza- y según tu, pues debido a su traición el pacto se rompió y ya no tenían nuestra ayuda y protección. No debiamos intervenir.

- Y sin embargo, ustedes aparecieron...- afirmé, con la mente llena de imágenes de los recuerdos de aquel día- porque esa historia no es la real.

- No- confirmó el. La luna le dió en el rostro cuando se apoyó en las rejas de la ventana semi abierta- Cuando un pacto se rompe, los dioses dejan de tener contacto con los mortales. Por eso actualmente somos ajenos a la humanidad en general. Ellos solo nos conocen hasta que mueren porque entonces, tenemos que ejecutar las leyes del destino, las cuales incluyen que ante una traición, la condena será no tener elección, por lo que el alma muerta vaga eternamente sin que los orientemos al paraíso, el infierno o a una nueva oportunidad, en otra vida.


- Maldita perra- Plutón estaba molesto, sus ojos chispeaban por la rabia que contenía dentro de sí, pero debía ser sincero consigo mismo en aquel momento.

La humana había ganado.

- No puedo entender si es muy inteligente, o muy estúpida- admitió Poseidón, mirando hacia abajo al cuerpo pálido, frío e inerte de su guardiana, rodeada de sangre en un templo destruido y abandonado- pero si en verdad lo planeó como pensamos, tendré que admitir que respeto su valentía.

Urano permaneció en silencio mientras miraba en otra dirección, pero manteniendo en su mente el concepto de valentía, habló:

- Hay otra persona que tiene más méritos para hacerse dueño de esa palabra.


- Ahora que recuerdas, dime, ¿Sabías que iba a resultar de esa forma?

Asentí mientras me miraba las muñecas y el tatuaje viejo que había en ellas. Ante mis ojos y sobre mi piel estaban en llamas, sangrando salvajemente, doliendo sin piedad.

- Me adelante porque sabía que tendrían que aparecer ante mí para imponerme dicho castigo...

- Exacto.

-Por eso tú...Tu no querías hablarme de mi madre- comprendí levantando la cabeza- querías que supiese la verdad a través de ella... pero hay algo que no planee.

El volvió a violar mi privacidad mental.

- Definitivamente. A diferencia de ella, tu estas aqui.

-¿Porqué?

- Pues...Tu eres la más inteligente de lo tres, no voy a negarte eso, aunque tus emociones te ganaron al creer que la ejecución de ese plan podría tener un buen resultado. Pero el más valiente, indudablemente, fue otro.

- Luffy- dije con mis ojos picando por las lágrimas que se habían acumulado en ellos. El asintió- ¿Cómo?...Dijiste que las reglas son...

- ¿Inviolables? Si. Pero el universo es perfecto en su equilibrio y como el pecado es igual a castigo, la entrega tiene su recompensa. Por eso el chico de Plutón no encontró a ninguno. Tú decidiste morir, tu hermano decidió vivir. Mientras tú hacías el trato en una línea, el luchaba hasta la muerte en otra. Y a la muerte del mismo, por su valor, tuvo su recompensa.

- Los héroes van al paraíso- concluí, conocedora de la historia, pero al parecer, era muy diferente a la que conocía porque el negó con la cabeza.

- Los héroes tienen la opción de elegir. Con su muerte, el merecía el paraíso después de haber luchado hasta el final y salvar las vidas que hoy conoces por cierto apellido en la actualidad, pero en cambio pidió otra cosa.

Lo suponía, aún así, pregunté- ¿Que cosa?

- Volver a verlos.

Me mantuve en silencio con una mano en el pecho, recordando la última vez que había estado en el campo de batalla junto a Luffy. El cansancio por ver el mismo escenario una y otra vez, sin saber que venía siendo arrastrado desde hace muchísimas vidas, el miedo de volverse a equivocar, pero la valentía para ir hasta lo siguiente, hasta el final.

- La razón por la que Ace pudo escapar y tú pudiste volver fue porque el sacrificio de un héroe siempre pesara más que el error cometido por un pecador. Aunque tú castigo era desaparecer y el de Ace no volver al mundo terrenal, la recompensa de Luffy fue concederle la petición de que se quedaran.

Para sorpresa de el y del orden de las cosas, pues los dioses carecían de dichas emociones, me eché a reír. El parecía no entender nada porque de mi boca brotaron palabras que no pensé y el no pudo leer.

- Solo Luffy puede pasarse las malditas reglas del universo por el culo sin siquiera saber que existen- en una carcajada, me deshice lentamente a la vista de Julián que finalmente lo entendió y formó en su rostro una expresión parecida a la diversión- Ace y yo pudimos dar grandes pasos, pero Luffy se lo saltó todo. ¡Todo!

El, solo el.

El hijo del Rey del país de los que ríen.

El Rey de la eterna sonrisa.

Monkey D. Luffy.

¿Es lo correcto?

Recobrando la compostura, mire al dios sonreírme con franqueza y asentir a la pregunta en mi cabeza.

Supongo que escogí bien aunque aquello me rompiese en mil pedazos.


Después de todo, aquella no era la primera vez que un dios me ayudaba. Y si Julián había aparecido frente a mí la noche anterior es porque tenía conocimiento de eso y le daba igual que se enterasen que me había ayudado.

Plutón había trasgredido sus propias reglas para darme una especie de regalo, que más bien era una elección, o castigo. El aún era un misterio para mí.

El me había hecho la pregunta que Poseidón respondió.

Un poco antes de la guerra, Plutón me dió la oportunidad de cambiarlo todo y por ello los jueces jamás entenderían como fui capaz de ver a Ace una vez más.