Capítulo 36 El desfiladero

Gilgamesh comenzó a correr entre los árboles muertos del camino, alejándose cada vez más de los guardias de la puerta del desfiladero. Los árboles se volvían más espesos y la tiniebla invadió cada espacio del bosque, hasta que la luz era casi nula.

Doce horas eran más que suficientes para él como para llegar al otro lado como fuese. La fatiga le causaba un dolor punzante en el estómago y el aire llegaba lento a sus pulmones. Llegó un momento en que se detuvo a descansar, colocando sus manos sobre las rodillas, sintiendo la espalda adolorida y las pantorrillas palpitantes. Debía seguir, correr y correr, lejos, intentar salir del desfiladero. No permitiría algo tan ridículo como perderse para siempre en aquel lugar después de haber arriesgado tanto.

Gilgamesh alzó la cabeza y soltó un grito bestial desde el fondo de su pecho. Liberar toda esa tensión era algo aliviador, incluso le hizo sonreír. Miró a su alrededor y encontró rocas, árboles moribundos y un pequeño riachuelo. Torció el gesto y recordó cómo Enkidu se agachaba a beber agua como si fuese un antílope en el borde de las piscinas ornamentales del palacio. Se acercó al afluente y se sentó para llevar una mano y tomar algo de agua.

Nunca se creyó a sí mismo bebiendo agua de vertiente y no de una copa de oro.

Súbitamente, recordó su viaje por el bosque de cedros y pensó en comer algo. Buscó alrededor algo que comer, pero sólo encontró hojas secas y arbustos nudosos.

Cerró los ojos.

Se concentró lo suficiente. Ahora estaba consciente del tiempo, ya que tenía las doce horas marcadas en una especie de reloj interno. Al ser consciente del tiempo, también lo fue de sí mismo.

Después de unos momentos, un pequeño halo dorado apareció al lado de su cabeza. Liberó el aire de sus pulmones y miró de reojo el portal. Sonrió de medio lado y lo mentalizó.

Un racimo de uvas comenzó a salir del centro y él las tomó en sus manos con ávida alegría. Rio ante su logro y descendió la mirada a sus manos, para borrar todo rastro de su sonrisa.

La fruta se marchitó a una velocidad increíble, quedando polvo entre sus manos. Lo mismo ocurrió con una copa de vino que emergió del mismo portal: el líquido se evaporó y una borra de color oscuro se formó al fondo del vaso. Enojado, arrojó la copa lejos y no tuvo más remedio que seguir corriendo, consciente de las horas que transcurrían en aquel maldito desfiladero.

Sus pensamientos se habían desvanecido, simplemente corría y corría, con el norte como salida. Su alrededor era una mancha borrosa, no prestaba atención del todo, sin embargo…

Una figura fantasmal le hizo tropezar y caer estrepitosamente. Se colocó de pie lo más rápido que pudo y se puso en guardia.

Miró un instante hacia esa dirección y habló con determinación:

—¿Qué eres?

La figura abrió los ojos y brillaron en la oscuridad.

—¿Ya me has olvidado?

Su voz era conocida. Gilgamesh sintió un vacío en el estómago al reconocerla. Retrocedió unos pasos e hizo aparecer una espada.

—¿Enkidu? —preguntó, con voz ronca.

La figura salió de la oscuridad y sonrió tan apaciblemente que el corazón le latió fuerte en el pecho. Apuntó la espada y entornó los ojos.

—Tú no eres Enkidu, no caeré en algo tan estúpido como una ilusión.

De pronto la expresión de la aparición se desfiguró en una de odio, de asco.

—¿Planeas deshacerte de mi recuerdo? ¿Planeas acaso obviar toda la devoción que te proporcioné? ¿Vas a abandonarme en el fondo de tu mente? No has cambiando nada Gilgamesh. Confié en ti, creé un corazón por ti, entregué mi cuerpo y alma y tú ¿Cómo me pagas?: con miseria, con abandono. Maldito.

Una gota de sudor frío rodó por la mejilla de Gilgamesh. La acidez de la bilis subió a su garganta y sonrió con arrogancia.

—No tienes mi perdón y jamás lo tendrás. No te daré el placer de hablar conmigo.

Dicho esto, Gilgamesh se largó a correr nuevamente.

La figura lo siguió, transformándose en rayos y cadenas. El rey intentó ignorarla hasta que se interpuso en su camino. El cabello enmarañado y los ojos inyectados en sangre le restaron toda la belleza que Enkidu tenía.

—¿Acaso no vas a responderme, maldito rey de Uruk? ¿Eres tan poca cosa que me dejarás con las dudas, muerto en el reino de Ereshkigal? Contéstame, dame al menos un signo de que realmente te importa.

—¡CÁLLATE! —gritó Gilgamesh, abriendo un portal con el movimiento apresurado de una de sus manos y lanzando unas cuantas armas—, si es necesario te mataré.

Las hojas metálicas atravesaron al fantasma sin hacerle daño alguno. Las flechas y las hachas se perdieron en la oscuridad. Aquel falso Enkidu sonrió de manera maliciosa y se llevó una mano a su rostro.

—Vaya, vaya, ¿Has caído en desesperación? Eres más débil de lo que creí. Debí acabar contigo aquel día en que nos vimos por primera vez. Tan estúpido te veías en tu armadura de oro, tan prepotente, tan…

La figura guardó silencio. Supo el poder que tenía sobre Gilgamesh y eso le hizo regocijarse de placer.

Gilgamesh negó incontables veces y susurró, apretando los dientes:

—Vete. Vete lejos.

—No puedo irme Gilgamesh. Estoy encerrado en este mundo sin ningún sentido—contestó la figura—. ¿De verdad vas a olvidarme?

El falso Enkidu se sentó sobre la raíz de un árbol y descendió la mirada. Se llevó las manos a su rostro y entornó los ojos.

Gilgamesh se alejó de aquella criatura, pero sus manos comenzaron a sudar y su cuello se tensó al punto del dolor. Con cierto recelo, se acercó a la visión y sintió el aroma suave y envolvente de Enkidu. Guiado por el hechizo malicioso, levantó una mano para acariciar sus cabellos, pero el dejo de razón le hizo detenerse.

—Tú no eres Enkidu—dijo, retirando su mano— ¡Qué asquerosa artimaña para retenerme en este tiradero!

La criatura alzó la mirada y la fijó en sus ojos. El poder de su aura hizo que Gilgamesh se tornara nervioso.

—Yo dejé de ser desde el momento en que tu corazón decidió olvidarme.

—No es cierto—susurró Gilgamesh, luchando por la cordura.

La visión se incorporó para acercarse a Gilgamesh y su mano suave y perfecta se deslizó hacia el descuidado rostro del rey.

—Gilgamesh—comenzó nuevamente—. Indudablemente me has traicionado. No puedo perdonarte—la figura alzó su rostro para conectar sus miradas.

Gilgamesh sonrió al ver esos ojos y su sonrisa dio paso a una risa y luego a una risotada. Empujó al espectro y lo que parecía ser Enkidu; cayó al suelo con un gemido igual a su voz.

No dijo más y continuó corriendo para salir de ese maldito lugar.

Gilgamesh corrió por varias horas. Corrió hasta creer que se desgarrarían sus músculos, con el temor de no atravesar el desfiladero en las doce horas asignadas. El eco del bosque le devolvía las pisadas hasta sus oídos, revelando la soledad que lo rodeaba. La oscuridad era densa y una niebla blanquecina merodeaba fantasmalmente entre los árboles muertos. La flora decadente y la espesura sin fin y deprimente de los laterales eran desalentadoras.

De vez en cuando, el espectro de Enkidu observaba a Gilgamesh desde las sombras, con la cabellera al viento, con la usual túnica deslizándose a través de su cuerpo delgado. Cuando el rey se detenía a descansar unos segundos, la aparición se sentaba en alguna piedra a contemplarlo. En todo el transcurso, Gilgamesh hizo como si no existiera.

Perdió la noción del tiempo. Por un momento creyó que se quedaría encerrado en aquel lugar para siempre, no obstante, no detenía su carrera en ningún momento hasta que cayó de rodillas al suelo y apoyó sus manos en él, agitado, sudado y cansado. Sintió las gotas de sudor caer sobre sus manos y la frente, recorriéndolo con un suave cosquilleo que llegaba hasta su mentón.

Gilgamesh alzó la vista y vio sus pies. El espectro se agachó y lo miró desde su altura. Le ofreció la mano, pero el rey desistió. Se incorporó y retomó la marcha como si nada, cuando el fantasma tomó el antebrazo de Gilgamesh con fuerzas.

—Quédate conmigo, Gil. Podemos volver a renacer en este lugar. Haremos de este desfiladero un lugar fértil y pleno. Cosecharemos juntos y formaremos un reino entre los Montes Gemelos y quitaremos su nefasta fama—dijo el falso Enkidu, con una voz terriblemente suave y tentadora.

El rey se volteó a verlo y se detuvo en sus ojos sin brillo. Una brisa fresca despeinó su cabello y volteó la cabeza al final del camino, vislumbrado un pequeño rayo de luz. Se alegró por haber logrado su plan e intentó zafarse del espíritu, sin ponerle atención, pero el falso Enkidu lo tenía bien sujeto.

—No me dejes por favor—volvió a hablar, con un temblor en su voz—. Desapareceré en cuanto dejes el desfiladero.

—Desaparece entonces—dijo Gilgamesh, sin mirarle—, porque tu recuerdo también desaparecerá de mi mente.

El falso Enkidu lo soltó y entornó los ojos al mirarlo de reojo.

—Jamás volverás a verme. No podrás entrar al reino de Ereshkigal y los dioses te castigarán nuevamente con tu propia miseria. Ten cuidado con lo que deseas, porque puede volverse en tu contra.

El fantasma hablaba con sinceridad, aunque fuese una vil copia. Gilgamesh asintió por inercia y corrió hacia la luz, hasta que finalmente el desfiladero comenzó a abrirse y los arboles dejaron su aspecto espectral para dar paso a una extensión de increíble vitalidad.

El falso Enkidu observó como Gilgamesh escapó de sus manos y cruzó las propias.

—Olvidarme, vas a olvidarme—repetía. Negó con suavidad y volvió a hablar: —Nunca enfrentarás tus miedos, Gil.

El espectro dio media vuelta y Enkidu, en el palacio de Ereshkigal, despertó con una lágrima en su mejilla, olvidando la pesadilla que le agobió minutos atrás.