La historia es una adaptación del libro Until It Fades de K. A. Tucker y los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. Si tienes la oportunidad te recomiendo que leas el libro original.
ATENCION: Este capitulo contiene lemmon, si no te gusta puedes saltearlo.
Capitulo 27
Estoy gratamente sorprendida de descubrir que el chalet de Sid Durrand en el Poconos es una cabaña rústica decorada con detalles granate, en lugar de la mansión opulenta que me imaginé en nuestra media hora de viaje en el coche. También es enorme: tiene dos pisos y está extensamente rodeada de exuberantes árboles en una propiedad privada que debe ser del tamaño de varias hectáreas.
Estaciono al lado de la camioneta de Donovan, notando que es el único otro vehículo aparcado aquí. Emmett no especificó quién más vendría esta noche, pero dado que le parecía bien que Brenna viniera, supongo que no hay planes para una reunión furibunda del equipo de hockey.
La puerta principal se abre y Emmett llena la puerta, viéndose muy cómodo para un tipo con muletas. —¿No tuviste problemas en hallarla?
—Ninguno. —El camino sin salida hizo fácil el no perderse—. Este lugar es… —Mis ojos espían el brillo de las ondulaciones del sol en el agua y los dejo caer más allá de la cabaña, hasta el lago que hay detrás—. Gracias por invitarme. —Levanto mi bolsita de lona sobre el hombro.
Emmett frunce el ceño, buscando con la vista. —¿Dónde está Brenna?
—¡Oh! —Me dirijo por el camino de piedra, admirando las enredaderas de color verde amarillento tejiendo a través de las grietas, hasta que estoy de pie delante de él—. La dejé con mis padres por esta noche.
Su cara se ilumina con sorpresa y comprensión. —Bueno. Bien… —Brisa mentolada acaricia mi rostro con su firme suspiro, y su mirada flota sobre mi boca. Pero no se inclina hacia delante para besarme— Pasa. Deja que te muestre todo.
En el interior, gruesas vigas de cedro corren a lo largo del techo alto, y los troncos forman las paredes, haciendo que el espacio se sienta oscuro en comparación con el exterior brillante del atardecer. Directo delante de nosotros se encuentra una sala de estar de dos pisos, con una escalera de cedro que sube hasta el segundo piso. En todas partes que miro es de madera, hasta los pisos son de tablones.
—Sid quería mantener este lugar discreto y relajado —explica, siguiendo mis ojos mientras admiro los desgastados sofás de cuero de color borgoña, el viejo televisor de tubo en la esquina, las cortinas de los años ochenta que cubren las ventanas.
—Creo que es genial.
—No he estado aquí en más de un año. Obviamente no llegué cuando él tuvo el equipo aquí el mes pasado. —La tristeza llena su cara. La noche del accidente.
—Don me llevó por el camino, donde sucedió. Esa fue mi primera vez en volver. —Hace una larga pausa—. Las flores siguen ahí y alguien puso una linda cruz en el árbol. —Se aclara la garganta—. Aunque no sé cuánto tiempo durará ese árbol.
—Sí, he oído a algunas personas hablando de que tal vez hay que cortarlo. —He evitado ese tramo de Old Cannery en su mayor parte, yendo por un camino más concurrido que añade cinco minutos más a mi viaje al trabajo. La única vez que lo tomé, más por costumbre que por intención, me quedé inquieta el resto del día.
El silencio se cuelga durante un largo momento mientras Emmett se pierde en sus pensamientos, hasta que finalmente lo alcanzo y aprieto su mano. —Muéstrame el resto del lugar.
Me conduce a través de un comedor y un despacho, similarmente rústicos, y a la cocina. —En realidad esta es la única habitación que ha sido renovada.
Mis ojos miran los armarios de color crema y al igual combinando con los azulejos, una estufa de tamaño industrial como en la que cocina Harry; y finalmente aterrizan en Donovan, sentado en la isla, con una taza de café en la mano.
—¿Por qué no dejas tu bolso? —Emmett señala hacia un pasillo al otro lado—. Estaré allí en un segundo.
Me dirijo a la habitación de madera, sonriendo con deleite por las cortinas de color chocolate y marrón que bordean las tres ventanas, un completo contraste con la polvorienta colcha de flores de color rosa que cubre una cama tamaño King
Hay un pequeño escritorio colocado contra una de las ventanas. Pongo mi bolso de lona al lado de él mientras admiro la vista del lago, ligeramente debajo de nosotros. Un muelle largo y extenso se extiende, donde un barco y dos kayaks están amarrados.
Suena un golpe; la muleta de Emmett golpeó la puerta en su camino hacia la habitación.
Y mi corazón salta un latido cuando me doy vuelta para dejarle entrar, como si no lo hubiera dejado en la cocina hace unos minutos, como si recién ahora lo estuviera viendo.
¿Alguna vez me acostumbraré a esto?
Espero que no.
Espero sentir esta misma impresión cada vez que entra en una habitación.
—¿Por qué es esa mirada? —Una sonrisa astuta toca su boca en tanto él se acerca cojeando a mi lado de la habitación para sentarse.
—No hay razón. Me encanta esta habitación, es acogedora y… — Mis palabras se deslizan mientras agarra el dobladillo de mi vestido amarillo limón, uno básico de verano, y me tira suavemente para guiarme hacia él. La parte trasera abierta de este vestido no permite un sujetador, y sus ojos azul agua marina parecen haber captado eso, mirando fijamente mi pecho antes de levantarla para encontrarse con mi mirada.
—¿Dónde está Donovan? —susurro, consciente de la puerta abierta.
Sus manos se posan en la parte de atrás de mis muslos. —Se ha ido. No volverá hasta mañana.
—¿Viene alguien más esta noche?
—No. —Sus manos afirman el agarre, pero permanecen donde están, todavía en un lugar semi-apropiado—. ¿Qué quieres hacer? Podemos bajar al lago o sentarnos en el pórtico cerrado… —Su voz se agrieta con la última palabra cuando me meto en la cama. Me acomodo tranquilamente en su regazo, deslizando un brazo alrededor de su hombro. Apoyándome, presiono mis labios contra los suyos.
Un brazo fuerte rodea mi cuerpo para mantenerme firme, su piel calienta mi espalda desnuda, en tanto su mano se asienta en mi nuca.
—Bueno, de todos modos, odio la naturaleza.
Una risa brusca se me escapa, pero él la silencia un momento después, besándome profundo, un gemido bajo y gutural resonando en su pecho. —O podríamos hacer esto toda la noche —sugiere, deslizando su mano libre hasta la parte trasera de mis rodillas para acercar más mis piernas, hasta que estoy prácticamente acunada dentro de sus brazos y, él se endurece contra mi cadera.
He sentido un reloj tic tac desde que entré en la calzada, contando estas breves horas de privacidad ininterrumpida con Emmett. De una forma extraña, es liberador no tener que preocuparse por un niño, no tener que considerar mis responsabilidades, y de repente siento la abrumadora necesidad de dejarme llevar por completo.
De encontrar esa chispa salvaje y descuidada que debería estar allí en algún lugar.
—Creo que podríamos hacer justo esto toda la noche. —Juego con la unión de sus labios con mi lengua.
Sus ojos son penetrantes mientras buscan en los míos el significado detrás de mis palabras. O, quizás, para asegurarse de que lo entendió.
Tiro de su camisa y eleva los brazos en respuesta, permitiéndome quitársela, mientras mis dedos resbalan sobre sus músculos tensos con admiración. Él se ríe entre dientes de mi fuerte suspiro mientras miro con descaro su pecho, memorizando con mi mano las curvas. —No puedo evitarlo —ronroneo, sintiendo el calor de mis mejillas—. Eres simplemente irreal.
—¿Es lo que crees? —Su lengua se desliza sobre la curva de mi cuello y, yo jadeo ligeramente—. He perdido cerca de cuatro kilos y medio de músculo en el último mes. Espera a que vuelva a entrenar en circuito completo.
Es agradable escucharlo hablando positivamente de su futuro, pero no lo menciono, feliz de empaparme en la sensación de su boca mientras viaja a lo largo de mi clavícula, dejando un rastro de humedad.
Con un suspiro, empuja las correas de mi vestido por encima de mis hombros para caer y exponer mi pecho para su boca, apoyando mi cuerpo hacia atrás lo suficiente como para poder chupar un pezón.
Un latido bajo y firme crece en el pozo de mi vientre mientras dejo caer la cabeza. Su mano recorre mis piernas desnudas, deslizándose entre mis muslos, frotando con su pulgar mis bragas de algodón. Una maldición suave se desliza contra mi pecho como una caricia, enviando escalofríos hasta mi corazón, y luego su puño se agolpa, deslizando mi vestido por mis piernas, por mi cuerpo. Rápidamente le siguen mis bragas.
De pronto se detiene, y con un suspiro, tira de la sobrecama, librando la colcha, descubriendo unas sábanas blancas debajo.
—¿Me ayudas? —susurra, extendiendo la mano para desabrochar su cinturón.
Mi aliento se acelera con mi asentimiento. Esto está sucediendo.
Alzándome en su regazo con aparente poco esfuerzo, se levanta para equilibrarse con su pierna buena. Sus manos tiemblan con su cremallera, desabrochando sus pantalones cortos que caen al piso.
Alcanzando y tirando de sus calzoncillos, caen al piso. Mi aliento se detiene en mi garganta mientras veo a Emmett desnudo por primera vez.
El colchón salta mientras se reclina sobre la cama, con la ropa colgando de su pie enyesado. —No siempre estaré tan indefenso — promete con un leve tono de amargura en su voz, mientras que me agacho para retirarlos con cuidado. Recuerdo lo frustrada que estaba con mi muñeca, y eso fue solo un esguince.
—No me importa, en absoluto —ronroneo. La sensación de sus ojos recorriendo mi cuerpo mientras estoy frente a él es casi demasiado. Pero se apodera de mis caderas y me mantiene inmóvil, presionando sus labios contra las débiles líneas blancas en mi hueso pélvico. Estrías con que Brenna adornó mi cuerpo. Es la primera vez que un hombre me ha visto desnuda desde que la tuve.
Cuando me suelta, veo su cuerpo flexionarse maravillosamente en tanto se para para acomodarse completamente en la cama, con las piernas estiradas ligeramente.
Esperando que me una a él.
Simplemente lo observo por un largo momento, adorando su forma perfecta y el ser humano dentro.
Casi murió.
Casi lo perdí, sin llegar a conocerlo. Sin tener estos momentos con él. No creo que ninguno de los dos pretenda que las cosas se muevan tan rápido después: yo, subiendo a la cama para admirar su cuerpo, primero con las manos y luego con la boca; él, rogándome que tome un condón de la bolsa de viaje apoyada en la mesita de noche mientras me posiciono con cuidado sobre sus caderas.
Él, guiándose a sí mismo dentro de mí con un gemido bajo y gutural que siento justo donde estamos unidos.
Yo, perdiéndome en mi cuerpo mientras mis muslos se tensan y mis caderas ruedan, deseando nada más que oírlo llamar mi nombre, sentir su liberación, saber que me adora.
Dándome cuenta de que ya me he enamorado de él.
—Vamos… —Los músculos abdominales de Emmett se tensan en tanto se levanta, con sus ojos pegados a la pantalla de televisión previamente escondida detrás de las puertas del armario. Es el partido de la final de la Copa Stanley y tengo que aceptar que estar desnuda en la cama junto a él mientras grita a los jugadores es simplemente parte del trato.
Lo aceptaré con mucho gusto.
Así que admiro tranquilamente las curvas de su espalda y recojo una rebanada de pizza que pusimos en el horno, mientras tomamos un descanso después de tres horas de familiarizarnos con el cuerpo del otro. Ahora sé que es sensiblemente cosquilloso alrededor del ombligo, apenas capaz de soportar que lo toquen allí. Descubrí que la cicatriz de dieciocho centímetros en su antebrazo es de una hoja de patín durante una colisión. He besado cada uno de los seis huesos que se ha roto, aparte de los que aún están protegidos por su yeso. Así es en realidad cómo aprendí uno de mis hechos más favoritos de Emmett; que no importa cuán recientemente tuvo su liberación, besarlo a lo largo de su clavícula instantáneamente lo pone duro.
Ya lo he confirmado dos veces esta noche, solo para estar segura.
Voy a sentir los efectos en los próximos días.
Emmett gime y cae hacia atrás en la cama mientras L.A. marca un tanto contra Toronto, haciéndolo dos a uno. —No te preocupes. Aún queda un periodo.
—¿Dónde está su defensa esta noche? —Cuando no respondo, se vuelve para mirarme—. No sabes de qué hablo, ¿no?
Saboreo una aceituna verde muy picante. —En realidad no, no.
Sus ojos se pasean sobre mis senos y mi estómago un momento antes de regresar. —No te importa que vea el juego, ¿verdad?
—No. —Sonrío, recogiendo otra aceituna, que se resbala de mis dedos antes de llegar a mi boca, aterrizando justo debajo de mi ombligo.
Me río mientras Emmett gira su cuerpo, libre de sábanas y se estira, recogiendo el aro de aceituna con la lengua para comerlo. —Son buenas aceitunas. —Lame la mancha de grasa en mi piel. Su aliento caliente es una burla, mi cuerpo le suplica en silencio que lleve su atención más abajo mientras veo que su longitud comienza a hincharse. Considero muy brevemente cómo reaccionaría si lo tomo en mi boca, mientras que un juego tan crucial está en marcha. ¿Le molestaría?
Me salvó de averiguarlo cuando las sábanas se deslizan hacia abajo y su boca está en mí.
Permanezco acostada en la cama y escucho el silencio absoluto de la noche, sincronizando mi respiración con la de Emmett mientras veo su pecho ancho levantarse y caer lentamente.
Maravillándome con la vida que recorre esos miembros largos y fuertes con los que me enredé, que alimenta el corazón amable y la mente encantadora de la que estoy enamorada.
Preguntándome cómo es posible sentirse tan unida a otro ser humano.
Tal vez no es él quién está atrapado en todo esto. Quizá sea yo quién se encuentre bajo un hechizo. Porque nunca soñé que pudiera sentir esto por alguien.
Y aqui tenemos un gran acercamiento de nuestra pareja, espero que lo hayan disfrutado mucho
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