Capítulo 28

— ¿Disculpe? ¿Le sucede algo?

Estaba atónito, ¿realmente delante de sus carmines ojos estaba la mujer que fue amante de Gintoki? ¿Y ese niño de increíble parecido con el difunto? ¿Acaso era…?

— Ah, no. Por favor, adelante. — le dijo amablemente mientras le daba espacio para entrar.

— Muchas gracias — le dijo a la vez que tomaba de la mano a ese niño — ¡Vamos, Gin! No seas tímido — le decía con dulce voz.

"¿Gin…?" Sus sospechas eran cada vez más certeras.

No dijo nada sin embargo. Solos observó cómo entraban a la mansión y se acercaban al salón.

Kagura se hallaba de espaldas, seguía adornando el árbol de navidad.

— ¿Quién es, Sougo? — dijo, sin prestar atención a las personas que ya habían entrado.

— Mi Señora… Creo que debería darse la vuelta para conocer a sus visitas.

"¿Mi Señora?" ¿Qué bicho le picó? Ese lenguaje solo lo usaba para aparentar algo que no era, no cuando estaban solos, o eso creía ella. Claro está, no sabía que la visita ya se había hecho presente en la sala.

Se dio la media vuelta y no pudo evitar sorprenderse con aquella dama que estaba frente a sus ojos. Calzaba perfecto con la descripción de aquellas cartas y una foto tamaño carnet que había enviado Gintoki hace muchos años, pero que lamentablemente, al pasar el tiempo, se había perdido.

— ¿Tsukuyo…? — Fue lo primero que logró pronunciar. Su mente había conectado de inmediato con esas únicas y llamativas características. ¿Una rubia natural en Japón? Solo Tsukuyo podía serlo.

— Hola, ¿tú debes ser Kagura, cierto? — La saludó sonriente y se acercó levemente a ella — Sí, soy Tsukuyo, la amante Gintoki. Me contó mucho sobre ti, y al parecer, él también te contó sobre mí — no podía mostrarse más feliz. — Me alegra haber marcado su vida hasta el punto de contarle incluso a su propia esposa que tenía una amante. — Siguió hablando, como si nada. Como si le hubieran preguntado, sin embargo, Kagura seguía atónita.

Dirigió su vista enseguida al niño que tomaba de la mano, aparentaba tener entre 9 a 11 años.

Sougo, al notar que su esposa no podía salir de su espasmo, invitó a la rubia a tomar asiento, no era cortés dejar a las visitas de pie, menos a una tan importante como ella.

— Veo que ya se dio cuenta del parecido que tiene el niño con Gintoki — Soltó sin más, no podía perder el tiempo en impresiones después de todo, necesitaba explicar lo que ocurría, sin embargo, seguía esperando esa pregunta.

— Yo… sí… ciertamente, se parecen demasiado… — La bermellón mantenía la vista en el niño sin ocultar su sorpresivo rostro. — No quiero ser descortés, pero… ¿Qué está haciendo acá? — le preguntó finalmente. Tenía que reaccionar para poder saciar su sed de curiosidad. Era justamente la pregunta que la rubia quería escuchar.

— Que bueno que lo preguntes — sonreía, como si le ofrecieran la más dulce de las tartas hecha pregunta. — Me costó mucho encontrar la dirección de esta casa. Tuve que usar la guía telefónica, ¿sabes? Fue todo un alboroto. — ¿Por qué le hablaba con tanta confianza? — Vivir a las afueras de Tokio no debe ser fácil, Señorita Kagura.

— Bueno… realmente no es complicado… —le extrañaba mucho ese aire tan confianzudo que tenía la rubia — Sougo, ¿puedes traerle un té a la Señorita Tsukuyo, por favor?

Sougo se dirigía a la cocina para traer lo que la bermellón le había pedido, no obstante, la voz de Tsukuyo lo detuvo.

— No se preocupe, Señor Okita — ¿Acaso Gintoki también le había hablado de Sougo? El chico la miró y se quedó esperando alguna palabra, pareciera que la dama quisiera decir algo — No me quedaré mucho tiempo… Pero si lo desea puede traerle leche de fresa a mi hijo, le gusta mucho— Detuvo un poco su hablar y prosiguió sonriéndole amablemente al ojicarmín —Realmente usted es tan guapo como me contaba Gin.

— Muchas gracias, Señorita Tsukuyo —Hizo una leve reverencia, cordial y amena.

— Supongo que ya es pareja de la Señorita Kagura, ¿no?

¿Qué había dicho? ¿Cuánto era lo que sabía esta mujer? Los dos jóvenes se quedaron mirándola atónitos. ¿Por qué inmiscuirse así en asuntos tan íntimos? ¿Acaso se creía madre de esos dos? ¡Solo era una desconocida de la cual Gintoki se había enamorado! E incluso, habían tenido un hijo.

— ¡Ja, ja, ja! ¡Por favor! No me miren así. Gin siempre quiso verlos juntos, me hablaba bastante de la química que tenían ustedes dos, desde el primer día en que se conocieron. Realmente lamentó mucho haber aceptado el matrimonio por conveniencia, pero reglas son reglas. Gin era un hombre de palabra — Su mirada melancólica miraba con singular cariño tanto a Sougo como a Kagura. — No se preocupen, no le diré a nadie sobre su amorío, sé que les gustaría mantenerlo en secreto. Ah… Él me contó tanto de ustedes que siempre quise conocerlos, y compartir con ustedes como si fuera una madre.

El sonar del reloj hacía su Tic Tac como sonido ambiental y algunos gorriones cantában en los árboles cercanos a la mansión.

— Gintoki también me habló mucho de usted, Señorita Tsukuyo. Todos lamentamos su muerte…

— Kagura — le interrumpió — Necesito dejar las formalidades. No estamos bien, mi hijo y yo…

— ¿Eh? — ¿Le pediría dinero? ¿Manutención por parte de Gintoki? Si era así, ¿por qué no vino antes?

— Cuando Gintoki falleció, yo estaba embarazada de él, nunca le conté, realmente no alcancé. Solo tenía un mes de embarazo. Al enterarme que había muerto, mi sorpresa fue tan grande que por un momento pensé que podría perder a mi hijo. — miraba a su pequeño y acariciaba tiernamente su cabeza. — Él es lo único que me queda para recordarlo, realmente agradezco tanto que haya sacado un parecido tan perfecto de él. A veces pienso que es su reencarnación. — Sougo se quedó expectante a la historia de Tsukuyo y tomó una banquita para poder sentarse al lado de su amada. — Kagura, ¿sabes por qué estaba en el cuerpo médico militar?

— Realmente no, Gintoki nunca me habló de eso, solo decía que un día llegaste de la nada y quedó enamorado de ti inmediatamente. Realmente tienes una belleza extranjera. — La madre esbozó una pequeña sonrisa y cerró los ojos por unos segundos.

— Mi nombre es Tsukuyo Davis, mi madre es japonesa y mi padre es norteamericano. Fui una espía norteamericana en la Segunda Guerra Mundial.

Silencio, sólo silencio. ¿Cómo podrían tomar la noticia? Realmente no sabían cómo reaccionar. Tsukuyo, la amante de Gintoki y madre de su único hijo… ¿Fue una espía? ¿Una traidora? ¿Una falsa?

— No puede ser… — El murmuro de Kagura era leve, sin fuerza, ¿pero qué fuerzas se pueden tener cuando descubres y especulas que la amante de tu mayor figura paterna pudo acercarse a él solo por mero espionaje?

Sougo estaba en la misma posición que Kagura, pero mantenía su impresión a raya.

— ¿Qué es lo que quieres aquí? — Preguntó él, dejando de lado su rol de empleado y posicionándose de igual a igual con esa peculiar visita.

— Por favor, no me miren así… Si tienes dudas con respecto a mi inocencia… Gintoki lo sabía todo. Él sabía que yo era una espía y aun así nunca me dejó de lado… ciertamente… nunca lo traicioné…

— ¿Cómo dices…? — los dos jóvenes estaban pendientes de todo lo que ella decía. Sus semblantes cambiaron de desagrado a sorpresa.

— Por eso vine hasta acá. Cuando la guerra terminó, me escapé a Japón y desde ese entonces el ejército norteamericano me tomó por muerta. Me oculté bajo el nombre de Tsukky Yoshiwara, encontré un trabajo estable y pude criar bien a mi hijo. Nunca le entregué información a los Estados Unidos sobre lo que planeaba Japón…

Se quedaron callados un momento. Sougo se levantó y se dirigió a la cocina. De todas formas, la idea de traerle una taza de té a Tsukuyo era bastante buena para que contara su historia más relajada.

— Muchas gracias. — le dijo en cuanto llegó con el té, trayendo también uno para su esposa, y, ¿por qué no? él también quería compartir con ellas. Tsukuyo prosiguió — Ellos descubrieron que estoy viva…

— ¿Qué, cómo te enteraste?

— De vez en cuando llamo a mis familiares que viven allá. Mi madre es japonesa, pero ha sido perdonada solo porque mi padre es un veterano de guerra. Sin embargo, yo no cumplí con mi misión y les pedí a mis padres si podían ocultar el hecho de que estoy viva.

Hace unas semanas atrás me llamaron asustados y preocupados. El ejército descubrió que estoy viva por culpa de los registros en las llamadas telefónicas. Ahora me están buscando, seguramente ya están en Tokio y necesito ocultarme cuanto antes… Sin embargo… — miró a su hijo con dolor en sus ojos y luego dirigió su mirada a los dos jóvenes frente suyo — No puedo escapar con él, no quiero que nada malo le pase… Por eso… Necesito pedirles un favor.

— ¿No será…? — Sougo estaba especulando, pero sabía que no se alejaba de la realidad. Tsukuyo se levantó de su asiento e hizo una reverencia ante Kagura.

— ¡Por favor, cuida de mi hijo Gin! — comenzó a llorar desconsoladamente. Sabía que si la encontraban con su hijo, no durarían en matarlos a los dos. — Te lo ruego, Kagura, dale un lugar para vivir, dale una infancia digna… No quiero que huya por mi culpa, por haber traicionado a mi patria por amor.

Era tan injusto. ¿Por qué expresar el amor tan abiertamente debería tener consecuencias? ¿Por qué Tsukuyo debería estar muerta cuando sólo amó con cada poro de su piel, con cada suspiro que emanaba de su pecho? Amo tanto que sola sacó a su hijo adelante, sin ayuda de nadie, de nada, y escondiéndose a la vez del ejército norteamericano. ¡Tsukuyo no era una traidora, era una heroína que sacaba fuerzas del amor!

Y Sougo se sentía identificado con Tsukuyo.

— Kagura… — el joven miró con preocupación a su amada, la decisión final la tomaba ella.

— Tsukuyo… nosotros no…

— ¡Por favor! — dejó de inclinarse y decidió arrodillarse en el suelo, ocultando su cara, humillándose por su hijo. — ¡Él lo necesita!

El niño se acercó a ella y la abrazó mientras seguía en el suelo.

— Mami… Mami… Puedo ir a cualquier lado contigo, mami. Estaremos bien, ¿sí? Yo te protegeré, mami.

"¡Te quiero, hermana Mitsuba, quiero estar siempre a tu lado!"

Sougo sintió latir su corazón con fuerza. ¿Realmente ese niño vería a su madre morir si iba con ella? Era tan duro ver morir a la persona que tanto quieres….

— Kagura… por favor… — Sougo estaba del lado de Tsukuyo, no podía evitar reflejarse en ese niño. ¡Él le daría la oportunidad que Gintoki le dio! ¡Claro que sí! Sería su forma de pagarle. ¿Qué mejor que devolverle la mano con su propio hijo? Ya se lo estaba imaginando, mostrándole los mejores libros, enseñándole la mejor música. ¡Le compraría chocolates y ropa nueva! ¡Estaba seguro que él y Kagura lo querrían como si fuera sangre de su sangre!

— Tsukuyo, no es necesario que hagas esto. Por favor, levántate. — la chica la ayudó a pararse y le ofreció uno de sus pañuelos para secar sus lágrimas. — Es bastante duro, en realidad… — se tomó una pausa y luego siguió. — Voy a cuidar de tu hijo.

— Gracias a Dios, Kagura… Eres una mujer con un corazón gigante… — la rubia abrazó con fuerza a la bermellón y Sougo se sentía feliz de que Kagura haya aceptado aquella proposición.

La mujer de ojos color amatista se acercó a su hijo, y entre llantos lo abrazó, de alguna manera sentía que nunca más lo volvería a ver.

— Mi niño… Por favor, pórtate bien ¿sí? Mamá se irá por un tiempo. Volveré cuando todo se haya solucionado, te lo prometo.

— Sí, mami — decía con suma inocencia, pretendiendo entender lo que ocurría. Su madre se iría, pero dijo que volvería ¿no? Él estaba seguro de aquello.

— Te amo, Gin… —empapaba la espalda del niño con sus incesantes lágrimas, deseando que todo fuera diferente, que ojalá no tuviera que dejarlo en la custodia de la viuda de su amante, pero no había otra alternativa. Ella no quería que nada malo le ocurriera a la única luz de sus ojos.

Se alzó y le dio las gracias a la pareja, esperanzada de que ellos cuidarían del niño y se retiró rápidamente. Necesitaba salir de ese lugar en cuanto antes. Estaba segura que ya habían dado con su ubicación.

Sougo miró al niño y no pudo evitar pensar en Gintoki. ¡Realmente era su viva imagen! Así que así era cuando era solo un niño.

— ¿Quieres unas galletas? — le preguntó dulcemente. Él quería ser el tutor de ese niño y quería tratarlo con la mayor cortesía y cariño del mundo.

— Sí — algo corto, pero conciso. Su voz era tierna y un poco aguda.

Kagura miraba detenidamente a ese niño mientras Sougo iba por unas galletas.

Si bien le parecía que el pequeño era una dulzura comparado con otros niños a los que había conocido, y que tenía el corazón blando especialmente cuando unos ojitos tan inocentes como aquellos la miraban tan detenidamente, no podía evitar pensar que quizás esto estropearía su plan.

"¿Cómo podríamos tener un niño en la casa en esta situación?" Pensaba. Tenía que haber alguna forma de poner a ese pequeño a salvo. A salvo de los estadounidenses y a salvo de sus cruentos escenarios. ¡No podían doparlo como a la servidumbre, eso sería descabellado!

— Aquí tienes, Gin — había llegado el castaño con las galletas y se las había dado al niño con una sonrisa. Sonrisa que pronto fue borrada al ver la cara de preocupación de Kagura.

— ¿Ocurre algo, Kagura?

— Sougo… ¿podemos hablar un momento?

El castaño asintió y se dirigieron a la cocina. ¿Qué era lo que su amada quería decirle con tanta privacidad?

—No podemos tener a ese niño — dijo sin pelos en la lengua

¿Que no podían? ¿Estaba de broma? ¡No podía dejar que el hijo de Gintoki se quedara con cualquier persona que no fueran ellos! ¡Él quería saldar su deuda con su tutor!

— ¿Cómo…? ¿De qué estás hablando, Kagura? ¡Tenemos que cuidarlo, es el hijo del jefe!

— ¡Lo sé, pero aterriza, Sougo! ¡¿Acaso crees que el niño crecería sano en un ambiente liderado por dos asesinos?!

Se había dejado llevar por la emoción del momento. Él amaba tanto a Kagura que el solo pensar que cuidarían a un niño juntos le hacía mucha ilusión.

— Kagura… Ese niño… necesita un hogar…

— Y este no es el hogar adecuado para él. ¿Qué quieres? ¿Cuidarlo y que en medio de la noche escuche los gritos de nuestras víctimas, o que crezca sano en un lugar donde hay gente que podrá enseñarle valores? ¿En serio quieres cuidar al hijo de Gintoki en esa posición?

Sougo la miraba fijamente, no sabía qué decir. Sentía cierta impotencia, ¡Quería tener al hijo de Gintoki! Pero Kagura tenía razón. El ambiente en donde vivían no era el más idóneo para tener un niño.

— ¿Qué pretendes hacer con él entonces? — le preguntaba desafiante. Si no tenía ninguna solución que ofrecerle, no pensaba dejar a ese niño en la calle.

— Se lo llevaremos a Shinpachi. Es la persona más confiable que tengo, estoy segura que él lo cuidará bien.

— ¡Es imposible, Kagura! — Su mano había palmeado el mesón de la cocina. — Si vamos donde Shinpachi tendremos que explicarle el por qué no nos podemos hacer cargo de él.

— ¡Sougo, escúchame! Shinpachi es el primo de Gin, se llevaran bien, llevan la misma sangre. ¡Es mejor que él se haga cargo! Además, le echaremos la culpa a la empresa de todo esto. Él sabe que las ventas han bajado y tengo que estar completamente dedicada al negocio.

Sougo comenzó a comprender, aunque no quisiera. Se acercó a la puerta de la cocina y la abrió un poco. Aún podía ver a ese pequeño con cabellera plateada, sentado en el sillón rojo y comiendo sus galletas, mirando hacia todos lados, conociendo la mansión.

— Tiene casi once años, no le será difícil vivir acá, tampoco para nosotros.

— Es la edad más curiosa, Sougo, ¿crees que no se levantará a media noche para ver cómo trituras carne humana para dársela a los cerdos?

Se quedó pensando un rato. Ciertamente no había escapatoria. Kagura tenía razón, aunque su sentimentalismo estuviera a flor de piel, lo mejor en estos casos era usar el sentido común —aunque les quedara poco—.

— Kagura… ¿Shinpachi lo aceptará?

— Es prácticamente su sobrino, se sentirá feliz de saber que podrá cuidar del hijo de Gintoki. — La bermellón se acercó al castaño y acarició levemente su mejilla. — Tranquilo, Sougo. Él lo cuidará mejor que nosotros, te lo garantizo.

Sougo tomó la mano de Kagura y la acarició con sutileza. Sonrió tristemente y depositó en ella un casto beso.

Se miraron a los ojos con esa conexión que siempre habían tenido. Ya sabían qué hacer.

25 de diciembre de 1952

10:30 horas.

— ¡Kagura! Que visita más inesperada.

Shinpachi había abierto la puerta de su humilde casa mientras una compañía que la bermellón no se esperaba estaba detrás de él con una sonrisa de oreja a oreja.

— Al parecer tienes visitas, Shinpachi.

El joven de anteojos reía por Soyo a la vez que Sougo venía detrás de Kagura, estaba estacionando el auto y se dirigía a la puerta saludando a Shinpachi, y junto con él, el pequeño hijo de Gintoki.

El pelinegro se dio cuenta de esto. "¿Y ese niño…?" pensó y observó a Kagura con muchas preguntas en su mente.

— Shinpachi… — comenzó a hablar la bermellón — Necesito pedirte un favor.

Los inesperados visitantes de Shimura ya estaban sentados en la sala de estar mientras él les ofrecía alguna taza de té y al niño que estaba con ellos le ofrecía un vaso de leche.

Se sentó en un cómodo sillón al lado de Soyo y comenzó a mirar a la pareja con detenimiento. "¿De dónde salió ese niño?" Pensaba. "Por qué se parece tanto a Gintoki… Gin nunca tuvo hijos… ¿o sí?"

Ensimismado en sus pensamientos, la única voz que logró sacarlo de su trance fue la de Kagura.

— Sé que tienes muchas preguntas. Puedo contestarlas todas, tenemos mucho tiempo.

El joven solo la observaba. No sabía por dónde empezar, no sabía qué preguntar. Realmente todo esto lo estaba tomando por sorpresa.

Observó a Soyo de soslayo, desentendida, tampoco sabía que pasaba. No podía explicarse nada y todas las posibles respuestas que se planteaba en su cerebro le eran inverosímiles.

— Kagura… — comenzó hablando la chica — ¿Ese niño…?

La bermellón los vio a los dos y acarició la cabellera plateada del más pequeño.

— Es el hijo de Gin — sonrió — es bastante parecido a él, ¿no es así?

Los ojos de los dos jóvenes delante de ella no podían reflejar más impresión de la que ya tenían. ¡Es que era imposible reflejar más! Shinpachi se levantó de su asiento y señaló al pequeño niño delante sus ojos.

— ¡Cómo es posible, Gintoki nunca tuvo hijos contigo!

— ¡No te alteres! —le había interrumpido Kagura, tratando de tomar la compostura en todo esto.

— Con ella no, pero sí con Tsukuyo. — Sougo se mantenía sereno, su templanza siempre era lo que más le caracterizaba.

— ¿Tsukuyo…?

— Tome asiento, por favor — le dijo el castaño para tomar un sorbo de su té y continuar — Tsukuyo era una enfermera del cuerpo militar. Antes de que Gintoki falleciera, ella había quedado embarazada de él.

— ¿Qué…? ¡Espere un momento, señor Okita! — Shinpachi estaba alarmado, no era una noticia que esperaba. Sentía que había muchas cosas que asimilar en tan poco tiempo. — ¿Me va a decir que ese niño que está ahí es producto de una aventura?

— Nada de eso, Shinpachi — aclaró la pelirroja con firmeza — Gintoki amó a Tsukuyo con todo su corazón. Decir que es producto de una aventura es una falacia.

Shinpachi estaba anonadado. Su amiga estaba defendiendo esto como si fuera algo normal, ¿él también debería verlo como algo normal?

— Señor Shimura — prosiguió Sougo — Yo sé que esto no es fácil de digerir, a nosotros también nos tomó por sorpresa, y eso que nosotros sabíamos que Gintoki tenía una amante. — Shinpachi le miraba expectante — sin embargo, tenemos un favor que pedirle.

— Los escucho…

— Tsukuyo, su madre… — la joven de cabellos bermellón estaba un poco indecisa si decirle aquello a su amigo — Nos dejó a cargo del pequeño. Ella era una espía norteamericana, la están persiguiendo por todo Japón.

— ¿Qué…?

— Por favor, Shinpachi. Nosotros no podemos tener a este niño. — soltó Kagura sin más, no quería seguir alargando el tema.

— ¿Me estas pidiendo que…? ¿Te volviste loca? ¿Por qué yo? — no quería aceptar la responsabilidad, ni siquiera conocía a esa tal Tsukuyo. Soyo lo miraba anonadada, ese amable chico que había conocido estaba negando a un niño que no tenía la culpa de nada.

— Tú eres su tío, Shinpachi. Tiene tu sangre, ¡sé que lo cuidarás mejor que nosotros!

— Lo dejaron a tu cargo, Kagura — trataba de defenderse.

— ¡Lo sé! Pero ya sabes cómo está la empresa, no puedo hacerme cargo de un niño si tengo que estar la mayoría de mi tiempo en ese lugar.

— Kagura, si puedes, yo confío en…

— ¡Shinpachi! — lo había interrumpido mientras lo miraba con un rostro serio y a la vez preocupado.

El joven la miró a los ojos. ¿Qué era aquello que veía? ¿Había una razón más para no hacerse cargo de ese niño? La conocía desde que empezó a salir con su primo, sabía leer lo que podían decir sus ojos, y decían algo que con sus palabras no coincidía, pero no sabía que era.

— ¿Hay otra razón? — inquirió.

— Solo esa — respondió Sougo, ¿por qué había respondido por ella? Esa mirada que le estaba ofreciendo su amiga seguía intacta y solo algo podía leer en ella: "Entiéndelo, y por favor, no sigas preguntando".

Shinpachi se rindió. No podía hacer nada más.

A fin de cuentas, el joven aceptó al niño en su casa, después de todo, no le haría mal cuidar de su sobrino.

Le daría lo necesario, salud, educación y cariño. Si bien no estaba de acuerdo con que ese niño haya sido producto del amor entre Gintoki y su amante, no podía negar que Gintoki siempre fue bueno con él. Gracias a él es que Shinpachi había podido adquirir un puesto en la empresa Sakata, siendo el único que lo reconocía como un familiar siendo que no poseían el mismo apellido.

2 de Enero de 1953

En unos días más volverían los demás empleados a la mansión Sakata. ¿Esto era motivo de provecho para los recién casados? ¡Claro que sí! Sin embargo, su mente divagaba entre la empresa y el hijo de Gintoki.

Kagura se había sentido mal por la actitud de Sougo, él realmente quería tener a ese niño, pero lo que más divagaba por su mente desde la última noche en la que recibieron un invitado, era el actuar dubitativo frente a un nuevo asesinato.

"¿Por qué no lo mató enseguida…?" Se preguntaba. Le parecía extraño que el hombre que había asesinado a tantos durante la guerra se posicionara dudoso frente a un joven que ni importancia tenía. ¿Qué fue lo que lo hizo dudar?

— Sougo… —le llamó con un hilo de voz mientras estaba sentada en el sillón rojo.

— ¿Qué ocurre, Kagura? — había aparecido con un paño y una taza, seguramente la estaba limpiando.

— Tu… ¿Por qué no mataste al hijo de los Sakamoto enseguida?

— Ya te lo dije, Kagura… El peso del matrimonio se ha cernido sobre mí como una tonelada de ladrillos. — Se acercó a ella y se arrodilló tomando sus manos — Quiero una vida plena contigo, quiero saber que nuestros días no están contados, Kagura.

— ¿Cómo…? — La chica no podía entender a donde quería llegar su esposo.

— No quiero estar en constante intriga, no quiero pensar que en algún momento de nuestras vidas pueda llegar la policía a nuestra puerta.

— Pero Sougo… el plan… — No puede ser, su marido estaba derrumbando un plan casi perfecto, ¿por qué justo ahora?

— Antes no me importaba matar gente por ti, de hecho, todavía puedo hacerlo con gusto, pero… Kagura… — Tomó una pausa y empezó a acariciar las mejillas de su amada. — Me ha costado tanto tenerte que me da miedo pensar que si seguimos haciendo esto pueda perderte para siempre.

— Sougo, a mí también me dolería perderte.

— Entonces… — tomó una pausa, le costaba decirle esto. — Por favor, dejemos este plan, por nosotros.

Quizá el hijo de Gintoki no arruinaría sus planes, pero posiblemente su esposo sí.