30

Debilidad

Alucinante.

Esa era la única palabra que rondó por mi mente cuando llegué al auditorio después de haber tenido la peor de las mañanas con el peor de los encuentros, y tras haber cruzado todo el instituto corriendo con mis zapatos de tacón. Estuve a punto de dislocarme el pie derecho por culpa de un estúpido tropiezo, por tal de no llegar más tarde de los cinco minutos que pasaban de la hora, para nada. Para absolutamente nada.

Solo tres alumnos estaban esperando a la hora acordada. De ahí que la escena me pareciera completamente alucinante. Obviamente, pensaba con sarcasmo.

Lo último que esperaba de aquel grupo de zarigüeyas, como los llamaba Sue, era que además de todo fueran impuntuales. Y lo eran sin duda. Es más, llegué a creer que ni siquiera harían acto de presencia, pero mis dudas quedaron solventadas gracias a Keegan, uno de los tres chicos que había tenido la decencia de cumplir con el horario establecido, y que me indicó que el resto llegaría para hacer las pruebas. Aunque no pudo prometerme que lo hicieran más pronto que tarde.

Lo único bueno de toda aquella situación era que iba a tener al menos algunos minutos para centrarme y organizar el trabajo, porque lógicamente, después de mi odisea con la dichosa falda y todo lo acontecido tras ello, mi cabeza estaba más descentrada que nunca.

Seguía con su mirada, con su rostro tenso y a la vez apenado paseándose por mi memoria, escuchando de sus labios esa dichosa sentencia que me regaló antes de marcharse, y que no lograba comprender por mucho empeño que le pusiese. Sí, tal vez era una idiota sin demasiadas luces, pero no era mi culpa. Era el estrés, el desconcierto y la confusión que me acusaban en aquellos días. El no saber cómo actuar o qué hacer ante su presencia. Y por supuesto, el seguir sin obtener respuestas claras a mis preguntas. Era ese cúmulo de situaciones lo que me hacía no comprender sus palabras. Yo solo deseaba recuperar mi ilusión, sentirme capaz y distraer mi mente llevando a aquel grupo de nuevo a conquistar un concurso nacional de coros. Pero el destino se empeñaba en evitar que así fuera. Y en aquel día más aún.

Quinn fue mi mayor y más desconcertante error, y eso que había cometido incontables a lo largo de mi vida. Ella logró que todos, absolutamente todos mis esquemas quedasen a la deriva. Y puedo jurar que no fue una locura de amor, como suelen llamarlo en las grandes historias románticas. Yo no amaba a Quinn más que a mi vida. Yo no estaba terriblemente enamorada de ella. Mi malestar no era por eso ni mucho menos. Era el hecho de saber que alguien en quien realmente confiaba y a quien abrí mi corazón, me fallase como lo hizo. Que jugara conmigo tal y como jugó. Eso es lo que realmente me provocaba aquella sensación agridulce de no querer volver a tenerla en mi vida, más allá de mis sentimientos.

Era consciente de que ella era la primera mujer, y hasta entonces la única, que había despertado en mí esos sentimientos, ese deseo que me llevó no solo a vivir una experiencia íntima con ella, sino a desear, a creer que realmente podríamos llegar a ser algo más que amigas. Pero no había enloquecido de amor, ni tampoco estaba despechada como podría aparentar. Simplemente decidí que tenía que hacer lo que ella misma me pidió, y daba la casualidad que un año después era ella quien parecía hacer todo lo posible por no dejarme que lo hiciera.

Apenas llevaba dos días en el instituto y ya sentía que todo el esfuerzo que había hecho durante un año se escapaba de mis manos. Y ni siquiera era consciente de lo que estaba por suceder. Es más, el siguiente golpe llegó apenas diez minutos después de mi enfrentamiento con ella en el despacho.

Decidí darles el beneficio de la duda a los tres chicos que fueron puntuales a la clase, y opté por esperar al resto tratando de evitar que el enfado acabase con mis ganas en aquel día. Así que tomé mis cosas y me subí al atril entre las butacas, sabiendo que desde allí tendría las mejores vistas, y una perfecta acústica de los chicos cuando hicieran las pruebas. Siempre me gustó ese lugar, me permitía tener el control de todo lo que sucedía en el escenario, y además la privacidad para que mis anotaciones no estuviesen a la vista de ellos. Lo que no sabía ni esperaba es que iba a estar acompañada para tal labor.

Ni siquiera la escuché llegar. Solo el sonido de su carpeta sobre la mesa a escasos centímetros de la mía, me hizo reaccionar cuando ya estaba inmersa en preparar mis fichas con las cualidades de los componentes del coro. Supuse que mi desconcierto le hizo gracia, porque cuando la miré noté como desviaba la mirada hacia sus cosas y fruncía los labios. O tal vez no era gracia, sino algo de temor por mi reacción. Quinn se sentó a mi lado con tanta rectitud que dudé si era real o estaba viendo una aparición. Y no me miró. Abrió su carpeta tras aclararse la garganta, y comenzó a anotar cosas en las hojas que iban apareciendo. Yo seguía cuestionándola con la mirada, hasta que intuí que no haría efecto alguno en ella. Fue entonces cuando logré reaccionar.

—¿Qué…Qué haces? —balbuceé y ella me miró de soslayo segundos antes de volver la vista a su carpeta.

—Trabajar.

—¿Trabajar? —repetí sin darle tiempo a más— ¿Aquí?

—Trabajo aquí, ¿recuerdas? —masculló sin siquiera mirarme. Yo no tuve más remedio que guardar silencio para tratar de comprender qué diablos sucedía.

—¿Aquí? ¿Trabajas aquí, en el auditorio?

—Trabajo en el instituto.

—Ya, por supuesto que trabajas en el instituto, y como no tienes un lugar en el que estar tienes que venir justamente a donde estoy yo. ¿No?

—No alces la voz.

—¿Cómo que no quieres que alce la voz?

—Rachel —me cortó mirándome por primera vez—. Cálmate. ¿Ok? No tienes que montar un drama por todo.

—¿Un drama? —repliqué siendo consciente de cómo ciertamente, debía bajar el volumen de mi voz si no quería que los tres chicos del coro que habían acudido fuesen testigos de mi discusión con ella— ¿No tienes un jodido despacho en el que trabajar? —cuestioné conteniéndome las ganas por gritarle.

—Tengo que estar aquí.

—¿Aquí? ¿Por qué? —no me dio tiempo a recibir respuesta alguna. Cuando quise darme cuenta, Quinn me había tomado por el brazo obligándome a levantarme y a seguirla hasta uno de los laterales de las gradas de butacas, apartándome del grupo de los chicos que en ese instante comenzaban a acceder al escenario por el backstage. Ni siquiera sé cómo me dejé llevar hasta allí. Tal vez porque no me lo esperaba y ella siempre tenía el poder de hacer y deshacer a su antojo cuanto quisiera. La oscuridad del acceso lateral y las gradas nos permitieron estar lejos de las miradas curiosas de los chicos, algo que Quinn parecía tener bien estudiado.

—¿Qué haces? —logré preguntar cuando al fin se detenía en el acceso y me soltaba el brazo.

—Escúchame, tengo que trabajar aquí contigo, ¿entiendes?

—Pues no, no lo entiendo.

—¿No lo entiendes? Tengo que estar presente en algunas clases y más aún si es un casting para solista. Esos idiotas irán a quejarse a sus padres si no están de acuerdo con tus técnicas, y te aseguro que no te tienen demasiada estima como para aceptar cualquier cosa que les impongas. Si se quejan con sus padres y sus padres vienen a pedirme explicaciones, tengo que tener referencias de lo que hacéis o dejáis de hacer. ¿Entiendes? No voy a permitir que ninguno de esos malcriados me deje por mentirosa, ni a mí ni a ti.

—Como si no lo fueras…

—¡Rachel! —se acercó volviendo a tomar mi brazo, esta vez por la muñeca para evitar que pudiera apartarme de ella—. Esto no tiene nada que ver con lo nuestro. ¿Ok? Créeme, nada me gustaría más que no molestarte, pero tengo que estar ahí sentada. Tengo que ver y oír todo cuanto suceda para tomar notas. Nada más. No pienso hablar, ni hacer nada que pueda interrumpirte.

—En primer lugar…—logré reaccionar a pesar de la extrema cercanía que mantenía conmigo, y que tanta desestabilidad me provocaba. Era mirarla a los ojos, sentir su perfume tan cerca y comenzar a temblar como una adolescente cuando ve a su ídolo— ¿Puedes soltarme, por favor? —sugerí y ella aceptó rápidamente mi petición. Podría jurar que se sintió ofendida, pero no me importó en absoluto— Y segundo, no hay nada que tenga que ver con lo nuestro porque entre tú y yo no hay nada, ¿recuerdas?

—Rachel, no seas…

—¿Dramática? ¿Vas a volver a decir que soy dramática?

—No. Lo que quiero es que por favor te olvides de lo que pasó, y que me trates como a una compañera de trabajo. O quizás como a un ser humano, nada más.

—Dios… ¿Qué diablos tienes en la cabeza? —le pregunté forzando una sonrisa repleta de sarcasmo— Eres tú la que no me dejas en paz. Eres tú la que después de un año vuelves para joderme la…

—Basta —volvió a enfrentarse, esta vez con decisión. Tanta que el temblor regresó a mis piernas—. ¿Qué quieres que haga para que me trates como una persona normal? ¿Qué tengo que hacer para que no me odies?

—Llegas tarde para pedirme algo así.

—¿Perdón? ¿Tengo que pedirte perdón por hacer lo que debía hacer? Perfecto, Rachel. Yo te pido perdón una y mil veces si es necesario, pero no puedo hacer nada más. No puedo volver atrás y hacer las cosas de otra manera que nos doliera menos. Podemos vernos fuera de aquí, podemos vernos en cualquier lugar y te dejaré que me grites cuanto quieras, que me insultes incluso y me recrimines todo lo que quieras si eso te ayuda a desahogarte. Pero por favor, no hagas que todo esto que estamos haciendo por nuestro bien termine en las manos de esos que están ahí esperándote, o que llegue a oídos de Sue, porque te aseguro que será mucho peor.

No lo pude soportar más. Y no, no porque tuviera razón con su discurso. No porque supiera que mi actitud era por haber estado durante tanto tiempo callándome lo que sentía, lo que quería decirle y gritarle. No lo pude soportar más porque si seguía allí, acorralada por su cuerpo, por su aliento, por sus ojos, no sería capaz de actuar con racionalidad. Tenía que apartarme de ella y eso fue lo que hice tras esquivarla, e incomprensiblemente regresar a mi asiento en el atril, sin mediar palabra alguna, y por supuesto sin volver a mirarla.

Tuve que tomar varias bocanadas de aire para templar mi voz, sobre todo porque el grupo al completo ya esperaba impaciente en el escenario. Quinn apenas tardó un par de segundos en retomar su asiento junto a mí. Y lo hizo sin mirarme tampoco.

Tenía que demostrar que no era una estúpida melodramática, como ella pensaba que era. Tenía que demostrarle que en aquel año que ella se apartó de mi mundo, yo había madurado y era toda una mujer capaz de hacer mi trabajo, aunque por dentro los nervios me estuviesen matando. Iba a ignorarla por completo, costase lo que costase.

—Bien. Veo que, por fin, a pesar de los 15 minutos que llevamos de retraso, habéis decidido que podemos empezar la audición —me dirigí a ellos. Me costó, pero pude lograr que mi voz saliese firme—. Puesto que solo tenemos 45 minutos, vamos a hacer las pruebas para solista a dúo. Quiero que os marchéis al backstage y regreséis al escenario conforme yo os vaya nombrando. Como está siendo todo bastante precipitado, y es probable que no os haya dado tiempo a preparar alguna canción, he decidido que todos cantareis a capella la misma, que no es otra que la llevasteis a las regionales. ¿De acuerdo?

—No —respondió la única que parecía tener potestad para hablar. Dylan.

—¿Cómo qué no? ¿Por qué no estás de acuerdo?

—Porque nadie quiere ser solista excepto yo —respondió cruzándose de brazos al frente del resto de chicos, que se mostraban como meros espectadores de la conversación. Pude notarlo, aunque no le presté demasiada atención. Quinn se removió inquieta en su asiento. A ella le caía igual de mal que a mí, sin duda.

—Eso es algo que tengo que decidir yo, y por eso estamos aquí. Quiero escucharos a todos y cada uno de vosotros cantar en solitario, y después ya veremos quien merece o no ser solista.

—Pues va a ser que no —volvió a responderme y mis piernas reaccionaron con mi orgullo. Me levanté de la silla y me dispuse a bajar un par de escalones para acércame más a ellos, y evitar que la presencia de Quinn siguiese cohibiéndome.

Aquel era mi lugar. Yo era la directora del coro y no iba a permitir que nadie más hiciera o deshiciera a su antojo. No me daba la gana que así fuera.

—Vamos a ver… Creo que no me has entendido bien.

—Sí señorita Berry, sí que le he entendido —me replicó con sarcasmo—. Ninguno de mis compañeros quiere ser solista. ¿Verdad? —lanzó la mirada a su alrededor, y todos la esquivaron guardando silencio— ¿Ves? Si no hay quien compita contra mí, ¿qué sentido tiene toda esta pantomima?

—¿Quién te crees que eres? —ni lo pensé. Cuando quise darme cuenta había bajado los escasos escalones que me separaban de ella, y me acerqué sin temor alguno— ¿Crees que vas a disponer a tu antojo cuando te apetezca?

—Yo solo estoy siendo clara con lo que…

—Aquí mando yo —la interrumpí con firmeza—. Ni tú ni nadie me va a decir lo que tengo que hacer, y lo que voy a hacer es escucharos cantar uno por uno. Así que deja de comportarte como una niña malcriada y haz lo que te pido.

—¿Me vas a obligar?

—Tal vez tenga que hacerlo. No tienes ni idea de con quien estás hablando, y mucho menos sabes lo que sé de ti. Así que si quieres que ninguno de tus compañeros sepa lo que tratas de esconder…

—Señorita Berry —su voz. Era su voz la que me interrumpió desde el atril. Todo el grupo la miró y yo tuve que hacerlo también. Quinn se había levantado, y con el gesto tenso volvió a hablarnos—. ¿Hay algún problema con la señorita Harnet? Si ella no quiere cantar, le pido que la deje marcharse. Yo informaré debidamente a sus padres y a la directora Sylvester de su actitud, y ellos se encargarán de tomar la decisión acertada para ella. No debe perder el tiempo en discusiones. Y si los demás no quieren hacer la prueba, pues haré exactamente lo mismo con sus padres. Supongo que tiene potestad para cancelar el coro si ve que los alumnos no ponen de su parte, y por supuesto la directora sabrá en todo momento quienes son los culpables de…

—Yo, yo canto —la interrumpió uno de los chicos.

—Yo también —lo acompañó Gareth, que había permanecido apartado del resto desde el principio. Y fue hablar él, y el resto comenzar a asentir acatando mis órdenes. Todos menos Dylan, que tras mirar a cada uno de sus compañeros no tuvo más opción que tragarse el orgullo, y hacer lo que yo quería que hiciera. Uno a uno fue alejándose hasta perderse en el backstage, dejándome a solas en el escenario. Y a ella allí, en el atril.

Ni siquiera sé cómo llegué a controlarme. Lo único que me apetecía en aquel instante era subir las escaleras y gritarle. Gritarle como nunca lo había hecho, y tal vez darle una bofetada. Bueno, eso solo ocurrió en mi mente, porque yo jamás me atrevería a hacerle algo así. Pero si me enfadó mucho, muchísimo. No solo no había vuelto a incumplir su palabra de permanecer en silencio mientras escuchaba y veía, sino que además logró llevarse el respeto de los alumnos, y quitarme la potestad a mí de ordenar y hacer que me respetaran. Ella con su voz, con su palabrería de intelectual. Ella y su capacidad para inducir miedo sin siquiera alzar la voz. Ella, la misma que me miraba con recelo cuando ascendí hacia el atril de nuevo, y esperaba que me desgañitara con ella recriminándole lo que había hecho.

No le di ese gusto. Me limité a mirarla con el mayor desagrado posible, y volví a centrarme en mis hojas, mostrándole una indiferencia que ella no respetó.

—Lo siento —musitó cuando vio que no estaba dispuesta a recriminarle nada. Ni siquiera la miré—. He tenido que intervenir porque he visto que estabas a punto de hacer mención de algo que es privado —añadió desconcertándome—. Si los chicos vienen a hablar conmigo, tengo que guardar secreto profesional… Y que tú hayas escuchado una conversación de ese calibre escondida en mi archivador, no te da derecho para que lo utilices a tu favor.

Lo confieso. Llegué a sentir vergüenza tras escucharla hablarme con apenas un susurro de aquello. Y llegué a sentir esa vergüenza porque aún seguía sin asimilar que supiera que había estado casi media hora encerrada en su propio despacho con ella allí, sabiéndolo. Admito que el orgullo, tal vez la situación, me llevó a amenazar a Dylan de aquella forma utilizando lo que había escuchado de su supuesto chico, Gareth, pero ni por asomo pensaba exponerla de aquella manera. Es más, ni siquiera sabía si escondía algo que los demás no sabían. Simplemente me dejé llevar por mi capacidad interpretativa para tratar de atemorizarla y que me hiciera caso, o al menos que dejase que los demás pudieran hacerlo. Pero Quinn estuvo ágil y rápida, y no la culpo por creer que sería capaz de utilizar mi privilegiada información para mi beneficio personal. Por eso ni siquiera me atreví a replicarle absolutamente nada. Dejé que me soltara su pequeño sermón, y seguí centrándome en mi trabajo. Cuando el silencio se instaló entre nosotras, y tuve frente a mí la lista con los nombres, di por comenzada la audición para solista del coro.

No tengo ni idea de cómo lo habían hecho. Tal vez debí ver sus actuaciones antes de enfrentarme al reto, pero escuchando como cantaban los seis primeros alumnos que fui nombrando, me resultaba imposible creer que hubiesen llegado a las nacionales. Y no solo me lo cuestioné yo, también lo hizo Quinn, aunque no se atrevió a decírmelo, por supuesto. De hecho, no mencionó palabra alguna, solo sus gestos, su mirada desviándose hacia el lado opuesto cada vez que alguno de los chicos cantaba como un pollo acatarrado. Tan desastroso estaba siendo el casting, que incluso llegué a olvidarme de que estaba enfadada con ella y no quería hablarle. O tal vez era porque realmente necesitaba saber que no era problema mío, ni de mi oído musical.

—¿De verdad que están clasificados para las Nacionales? —susurré sin siquiera mirarla, justo cuando el séptimo de los componentes se marchaba hacia el backstage.

—Pues sí. Incomprensiblemente, pero sí.

—Pues no lo entiendo.

—Créeme, yo tampoco.

—¡Gareth y Melanie! —grité para que ambos hicieran acto de presencia sobre el escenario. Apenas un par de segundos después, los vimos aparecer y colocarse dispuestos para cantar.

Yo tomé aire y recé porque el suplicio no fuese demasiada tortura, pero para mi sorpresa, y puedo asegurar que también para la de Quinn, lo que esperaba que iba a pasar no sucedió. De hecho, no solo no fue mal, sino que fue muchísimo mejor de lo que podría llegar a esperar en un principio. Sobre todo, la chica, aunque admito que Gareth me sorprendió muchísimo.

—Ellos pueden salvarte —la escuché decir sin perder de vista las notas finales que dejaba escapar el chico—. Si el resto lo hace como ellos, lo tendrás más sencillo.

—Ojalá que así sea. Será complicado tapar el desastre de sietes voces con dos— respondí aún sin ser consciente de cómo nuestra conversación empezaba a ser tranquila, normal entre dos compañeras de trabajo sin resquicio alguno de disputa o malos entendidos. Supuse que Quinn aprovechó aquel momento para lograr la comodidad que yo no estaba dispuesta a darle, porque cuando quise darme cuenta se había cruzado de brazos apoyándose sobre la mesa, y su mano derecha rozaba tímidamente mi brazo, como quien no quiere la cosa, sin apenas percatarse de ello. Yo sí, por supuesto. Yo sí noté como sus dedos rozaban mi manga mientras jugueteaba con un anillo que llevaba puesto. E incomprensiblemente no lo evité. Me quedé allí, en la misma posición para que el roce no se destruyese, disfrutándolo y a la vez maldiciéndolo. Esperando pacientemente a ver qué haría cuando se diese cuenta de lo que estaba haciendo. Si es que ya no lo había hecho, por supuesto.

Para mi sorpresa, pasados un par de minutos, el gesto no solo no se detuvo, sino que cuando di la orden para que la siguiente pareja acudiese a cantar, sus dedos se aventuraron a jugar con un pequeño hilo que sobresalía de mi manga. Dos segundos después de descubrirlo, mi escasa concentración se esfumó, me abandonó, me dejó a la deriva por completo. Y no por el dichoso hilo. Quinn se olvidó de él y dejó que su dedo, y luego prácticamente toda su mano se posara sobre mi antebrazo. No pude evitarlo. No pude mantener la compostura y hacer como que no me había dado cuenta, porque era imposible. Miré la mano y luego la miré a ella, que seguía atenta al escenario, escuchando a Tommy y Gina. Supuse que notó mi mirada cuestionándola, y fue entonces cuando se dignó a mirarme. Confusa, increíble pero cierto. Su gesto me hizo comprender que no se había percatado de lo que estaba haciendo, y no lo hizo hasta que yo volví a desviar mi mirada hacia el brazo. Fue entonces cuando retiró su mano tan rápido que tuvo que deshacer el cruce de brazos sobre la mesa, y reincorporarse con su postura forzada, esa en la que la espalda permanecía más recta que la propia silla.

—Lo siento —susurró con apenas un hilo de voz, casi sin atreverse a mirarme.

No lo sé, pero tampoco fue mi intención la de intimidarla tanto como parecía haberlo hecho con mi mirada. Ni siquiera me atreví a recriminarle lo que había hecho. Al fin y al cabo, solo era un simple gesto que demostraba que estaba cómoda. Y, por lo que veía, ni siquiera se había dado cuenta que lo hacía. Por lo que simplemente regresé la mirada al frente y volví al casting. Un casting que iba a continuar con mi peor y más acérrima enemiga en el coro. Las siguientes de la lista eran Dylan y Anna, y aunque yo aún seguía dándole vueltas a lo que acababa de suceder con Quinn, no dudé en dedicarle toda mi atención a aquella engreída y desquiciante adolescente que tantos quebraderos de cabeza me tenían preparados.

—Muy bien señorita Harnet, es tu turno. Es hora de que me demuestres por qué tienes que ser la solista del coro, y no alguno de sus compañeros.

—¿Canto o me vas a dar el sermón? —me replicó con su insolencia. Inevitablemente, mi mirada volvió a cruzarse con la de Quinn, que parecía tener exactamente los mismos pensamientos que yo.

—Adelante —le dije sin perder la firmeza. Obviamente, no tenía ni idea de lo que estaba a punto de suceder. Y a juzgar por la cara de Quinn ella tampoco lo sabía.

El principio fue normal, algo que podría hacer perfectamente con una voz templada y dulce como la de Dylan, y con un oído musical aceptable. Pero lo que vino después de la primera estrofa llegó a dejarme sin habla. De hecho, llegó un momento en el que creí que estaba riéndose de mí, que estaba haciendo un playback o que alguien tras el telón cantaba mientras ella fingía hacerlo, al más puro estilo Milli Vanilli. Boquiabierta. Así me dejó, y a Quinn también. Llegamos a mirarnos en varias ocasiones hasta que logré reaccionar.

—¿Tú la habías escuchado cantar? —le susurré y ella lo negó.

—No, no he estado muy pendiente del coro. De hecho, ni siquiera he visto alguno de sus ensayos.

—Oh dios… Esa chica canta mejor que yo —solté casi sin pensar.

—No, es cierto que canta bien, pero no se acerca ni por asomo a ti.

—Quinn, ¿la estás escuchando? —cuestioné de nuevo sin perder de vista el espectáculo a capella que nos estaba regalando Dylan con una versión alucinante de Pompeya. La insoportable de Dylan.

—Sí, y es genial. Pero no tiene nada que ver contigo, no te supera en nada.

—Es un decir…

—Como quieras llamarlo. Lo que está claro es que me temo que vas a tener que nombrarla solista. Con ella es más fácil ganar las Nacionales.

—Eso aún no está decidido —musité segundos antes de alzar mi mano para detener la actuación—. ¡Ok! Muchas gracias señorita Harnet —añadí permitiendo que pudiese oírme—. Con eso es suficiente.

—¿Qué? ¿Ni siquiera me vas a dejar terminar mi parte?

—No es necesario, ya te he escuchado.

—No es justo —se quejó—. Has dejado que todos canten menos yo —recriminó de nuevo—. Espero que esté tomando nota de cómo me trata diferente porque le caigo mal —se dirigió hacia Quinn, que simplemente la ignoró.

—Por favor —intervine de nuevo—. No es una injusticia, es solo que apenas nos quedan cinco minutos, y aún hay cuatro compañeros que tienen que hacer su prueba. Perdiste tiempo al empezar la clase, así que para ser justos tengo que quitarte ese tiempo a ti. Ya he escuchado lo suficiente de ti como para saber lo que tenía que saber.

—¿Y qué es lo que tenía que saber? ¿Qué soy la mejor cantante del grupo?

—Por favor señorita Harnet, dejé paso a sus compañeros —repetí sin prestarle la más mínima atención a sus provocaciones, y mucho menos a sus gestos. De hecho, estaba tan molesta que no volvió a decir nada más, y se marchó del escenario con una actitud repleta de soberbia que no hizo otra cosa más que provocarme risa.

A Quinn no. A ella no pareció haberle hecho gracia nuestra conversación, porque desde ese instante hasta que acabaron los cuatro últimos alumnos, todos ellos superando con creces mis expectativas musicales, no dijo nada más. Se limitó a ser testigo de la audición y tomar algunas notas que yo no lograba descifrar en sus hojas hasta que sonó el timbre que daba por finalizado la jornada escolar.

Yo me limité a despedirme del grupo indicándoles que en la siguiente clase sabrían mis conclusiones, y justo cuando ya nos quedábamos prácticamente a solas en el auditorio, volvió a dirigirse a mí. Sorprendiéndome, de nuevo.

—Rachel… A sabiendas de que puedas gritarme o enfadarte aún más conmigo, tengo que decirte que lo que haces no es lo más adecuado.

Ni siquiera le respondí. Simplemente la miré y esperé a que se explicara mientras terminaba de recoger mis cosas.

—Esa chica es el problema del coro, no hay más que verlo…Y a la vez es la solución, al menos por como canta. Si la tratas diferente, no va a hacer otra cosa más que…

—¿Quién la está tratando diferente? Me he dirigido a todos con respeto y de igual manera.

—Ni siquiera la has dejado que acabe de cantar.

—En primer lugar, ella perdió tiempo al principio. Lo injusto habría sido quitarle ese tiempo a los demás. Y segundo… No era necesario que continuase. Ya sé lo que es capaz de hacer y con eso me basta. Además, creo que dejaste claro que no te ibas a meter en mi manera de trabajar, ¿no es cierto?

—Rachel —musitó bajando la mirada—. Discúlpame, solo quería…

—Deja que yo haga mi trabajo, y tú simplemente has el tuyo —la interrumpí tratando de no sonar muy dura. De hecho, lo dije con la mayor complicidad que podría tener en aquella situación. Y ella lo entendió y lo aceptó sin más.

—Es lo que hago. Mañana Dylan vendrá a mi despacho a decir que sufre acoso o cualquier cosa de esa solo porque no la has tratado como a las demás, y no podré negarlo después de haber estado presente.

—¿Me estás diciendo que le estoy haciendo bullying?

—No, pero que lo puede utilizar en tu contra, sí.

—¿Quiénes se supone que son? ¿Qué se supone que tiene que hacer un profesor con estos chicos? ¿Aceptar todas y cada una de las condiciones que ellos ponen para que no los culpen de algo que no es cierto?

—No. Evidentemente no es eso lo que te estoy diciendo.

—Pues es lo que parece.

—Rachel, solo te pido que tengas un poco de cabeza con ellos. Me parece muy bien que hayas decidido quitarle tiempo porque ella misma lo perdió, pero deberías habérselo dicho al principio.

—¿Cambiaría algo? Mira Quinn, si algo he aprendido en todo este tiempo es que a las personas que se las come la soberbia, hay que traerlas al suelo a golpe de palos. Tal vez sea la mejor cantante del coro, pero no por eso va a tener prioridad en todo. Para mí son todos iguales. ¿Recuerdas lo que el profesor Shuester nos enseñó? El equipo es el que gana, no el solista.

—Sí, por supuesto que lo recuerdo. Y también recuerdo como todos, absolutamente todos dependíamos de ti para ganar las Nacionales. Y el profesor Shuester supo incitarte para que fueses la perfecta capitana, no a la que todos temen y odian. Él logró sacar lo mejor de ti, y tú tienes que hacer lo mismo con ella.

Tragué saliva. Volvía la Quinn que sentenciaba las discusiones con sus palabras y su tono de voz. La Quinn que te conquistaba halagándote disimuladamente, dejando caer esos detalles que te hacían sentir orgullosa y a la vez vulnerable ante ella. Tan vulnerable que mis piernas volvieron a temblar. Estar a solas con ella no fue una buena idea, y menos aún en un lugar como aquel, en el que tantos recuerdos nos golpeaban sin cesar.

—Lo haré a mi manera— mascullé mostrándome con firmeza.

—Muy bien… —murmuró segundos antes de girarse para apartarse de mí y abandonar el auditorio. Curiosamente, y en contra de mi voluntad yo no se lo permití.

—¿Ya ni siquiera confías en mi capacidad y mi talento? ¿Ni siquiera en eso me decías la verdad?

Silencio. Un silencio absoluto tras ver cómo se detenía y volvía a mirarme. Silencio absoluto que se rompía con su mirada apenada. Incomprensible para mí, pero habitual en ella desde que se apartó de mí.

—Tu triunfo es mi triunfo —habló al fin—. No hay nada que desee más que salgas de aquí como mereces salir.

—¿Cuándo vas a dejar de esquivarme? ¿Cuándo vas a ser clara y honesta conmigo de una vez? —volví a interrogarla sin percatarme como en ese instante dejamos de estar a solas. La voz de un chico que accedía por el acceso lateral del patio de butacas nos interrumpió. Era Keegan, uno de los componentes del coro.

—Señorita Berry —se dirigió a mí portando entre sus manos lo que yo ya empezaba a maldecir—. Me han pedido que le entregue esto para usted —añadió ofreciéndome la dichosa flor. La rosa azul de cada día.

—¿Quién te lo ha dado?

—Un mensajero que estaba esperándola en el pasillo, pero la directora no le ha permitido el paso al auditorio y se tenía que marchar. Me ha pedido que se lo entregue.

—¿No te ha dicho de quién era?

—Pues no. Lo siento.

—Está bien. Gracias.

—De nada. Espero que la disfrute —sonrió con amabilidad, pero mi desconcierto no me permitió seguirle la corriente—. Adiós —se despidió ante mi mutismo. Mutismo que alargué tras alzar la mirada y ver como Quinn seguía inmóvil junto al atril, mirándome mientras se aferraba a su carpeta.

Ninguna de las dos dijimos nada. Nos miramos por algunos segundos, o tal vez minutos no lo sé, hasta que ella decidió que había llegado el momento de marcharse y dejarme allí, sin la respuesta a unas preguntas que nunca se dignaba a contestarme. La seguí con la mirada hasta que la perdí de vista, y entonces, solo entonces le presté atención a la flor que ya tenía entre mis manos. A la rosa y a la tarjeta que, como las otras, venía a perfectamente colocada en su tallo.

Otro mensaje más. Otro jeroglífico indescifrable para mi pobre y confuso cerebro.

Canta esta canción y estaré ahí a tu lado.