La reina de tus caprichos
La enfermera se vistió y se fue, dejándome vía libre para salir, aún sobrecogida por lo que acababa de contemplar. Aquel par eran novios y, sin embargo, la forma en que se trataron en su encuentro... me resultaba tan contradictoria. Pero al finalizar, no me quedaba duda del afecto mutuo que se tenían.
Volví a pensar en nosotros en mi camino de regreso. No podía negar que la escena, en cierta forma, me había excitado y despertado un deseo mayor por estar contigo y entregarme por completo, aunque, en absoluto, quería que, en nuestra intimidad, nos tratáramos de aquel modo.
Me gustaba que siempre actuaras con natural elegancia, sin rebajar a nadie, provocando el auténtico respeto en los demás. Tras tu presentación en sociedad, para anular mi compromiso con Neal y a pesar de los iniciales recelos que habías despertado entre los hombres de negocios más veteranos, te habías ganado su sincera admiración y confianza. Sí, adoraba la forma en que me tratabas y esperaba que aquello no degenerara.
Caminaba pensando en lo que te añoraba y las inmensas ganas de besarte que tenía, lamentando que aún nos faltaran varias horas de trabajo, cuando choqué contra un fuerte muro, que resultó ser tu pecho.
- ¡Candy! –exclamaste, alegre y sorprendido. Parecía que no era la única que andaba distraída. Me abrazaste de inmediato, con una de tus hermosas sonrisas, apartándonos para entrar por una de las puertas del pasillo, a resguardo de miradas indiscretas– ¡Venía pensando en ti! –Rozaste nuestras narices sin dejar de abrazarme-, te echaba de menos, princesa.
- Y yo a ti, mi príncipe –Te sonrojaste, apartándome ligeramente.
- Ya te dije que no me llamaras así, Candy… -Sonreíste pesaroso, rascándote la cabeza.
- Creí que me lo habías dicho por qué estabas molesto conmigo.
- Y yo creí que no lo habías oído –dijiste cazándome.
- Bueno, me hice la despistada –Te saqué mi lengua- ¿Pero por qué no quieres que te llame así? Al fin y al cabo resultaste ser mi Príncipe de la Colina.
- Ya te lo dije, me da grima… Parece que tenga que ser como uno de esos caballeros de los cuentos de hadas, que siempre salvan a las damiselas en apuros… No soy ningún héroe, Candy, ni infalible… tan solo soy un hombre –Me mirabas con inmenso amor mientras acariciabas con tu mano mi mejilla-, eso sí, un hombre que está loco por ti –Te acercaste buscando mis labios, apresándolos, suave y lentamente, entre los tuyos, recordándolos, reconociéndolos, cobijándome y haciéndome olvidar al resto del mundo.
- Pero Albert –Logré susurrar entre suaves besos-, si eso es lo que llevas haciendo desde que nos conocimos –Esa afirmación resultaba graciosa, viniendo de ti-, te has pasado la vida protegiéndome y salvándome ¿No te das cuenta? Puede que te dé grima pero para mí siempre serás mi príncipe –Continué besándote, adicta.
- Bueno, pero ciertamente, tú no eres ninguna damisela ¿No? –bromeaste, acercándome más a tu cuerpo mientras con un brazo cerrabas del todo la puerta tras nosotros.
- ¡Albert! ¡Serás tonto! –Te empujé, floja, con una mueca, mientras te reías–. Bueno, supongo que nunca lograré serlo –acabé resignada.
– Candy, tan solo bromeaba. No he conocido dama que pueda compararse a ti. Jamás dudes de ti misma ni quieras ser alguien que no eres, no lo necesitas –Volviste a acercarme a tu cuerpo para besarme con más intensidad-. Debería… irme… me están… esperando… en la cocina –Te interrumpías y retomabas tus besos, tomando mi nuca–... de veras… tengo que… irme, … nos vemos… después –Te forzaste a separarte, reabriendo la puerta para salir, pero mis manos se negaban a liberarte.
- Albert… te voy… a echar… mucho… de menos –No quería dejarte ir. Mi cuerpo, encendido, te reclamaba y, habernos reencontrado, me dejaba más torturada. Además, olías deliciosamente a orégano y tomillo, aroma preso de la comida-. Quédate solo… un poquito más…
Gruñiste entre besos ante mis ruegos- No puedo... En serio… Si me quedo algo más… no sé qué podría pasar –Nos separaste del todo, saliendo al pasillo, marchando raudo tras un breve beso-. ¡Ah! Luego tengo una sorpresa para ti –dijiste gritando, ya casi en el otro extremo del pasillo–, espero que te guste –Desapareciste por la esquina.
¿Una sorpresa? Ese día no iba a ganar para ellas, pensé. Girando yo la siguiente esquina, en mi propio camino, me topé con dos jóvenes soldados interponiéndose a mi paso- ¡Perdón! ¿Me dejáis pasar? Tengo que ir a acabar unos dormitorios… -Recordé.
- Bueno, cuando acabes, nosotros también tenemos unas camas que podrías arreglar –Rieron.
- ¿Qué? –Me espanté.
- Sí, las podrías arreglar colocándote encima de ellas ¡Ja ja ja!
- ¿Qué? ¡Dejadme pasar ahora mismo! –Me encaré.
- ¡Uy! ¡Menudo carácter! –saltó uno–. Estas son las mejores ¡Seguro que debajo de las sábanas también eres peleona! –Estaba estupefacta ¿Pero qué demonios se habían creído aquel par? De pronto, uno de ellos me intentó agarrar por un brazo, pero con rápidos reflejos logré esquivarlo y colarme por su lado, sin embargo, de su compañero no logré zafarme.
- ¿A dónde te crees que vas preciosa? ¿Tan pronto nos quieres dejar?
- ¡Suéltame! –Le pegué una patada en la espinilla con todas mis fuerzas esperando sorprenderlo. No conté con que me lanzaría a brazos de su compañero- ¡Nooooo! ¡Déjame! ¡Déjame! –Me revolví, intentando recordar las lecciones de Glory. Respiré para serenarme y recuperar la calma, cuando noté un demoledor bofetón, del resentido, que me dejó la cara cruzada y a mi misma casi sin sentido.
- ¡Así aprenderás tu lugar, bruja! Ven Joseph, entremos en esta bodega… Vamos a divertirnos un rato –Levantó mi aturdida cara por la barbilla-. Ya verás, muñeca ¡Ja ja ja! Cuando acabemos contigo, hasta nos darás las gracias –Se me revolvió el estómago tan solo de pensar que pudiera ponerme una mano encima y tomando suficiente impulso, sacando fuerzas de la repulsión, le pateé sus partes con todas mis fuerzas, doblándolo de rodillas ante mí. Su compañero, que seguía agarrándome, no reaccionaba aún. Aprovechando la oportunidad, pateé su cara con la rodilla de mi otra pierna. Notando la flojera del que me sostenía, por la sorpresa, logré escabullirme.
Con auténtico terror, me lancé a correr, mientras su compañero seguía aturdido en el suelo, por mis dos certeros golpes, él otro consiguió darme alcance, atrapándome y lanzándome, sin miramientos, contra una mesa, chocando con mi cadera y consiguiendo derribarme del dolor.
Cuando ya me creía perdida, aún sin lograr levantar cabeza, escuché lo que parecían una tanda de golpes sordos y entonces te oí, encontrándote, nebuloso, con la mirada- ¡No vuelvas a ponerle una mano encima!
Me sentía mareada, con ganas de vomitar y la cabeza dándome vueltas por la bofetada, que tomaba intensidad con un punzante dolor intermitente que cubría la mitad de mi cara, acompañado de un zumbido en mi oído. Medio borroso, creí ver que una sombra se lanzaba sobre ti- ¡Albert! ¡Cuidado! ¡Detrás de ti!
Continuará…
