Sé que tardé demasiado… Y no diré nada, sólo… Disfrútenlo.


Disclaimer: How To Train Your Dragon no me pertenece, obviamente. Es propiedad de Dreamworks Animation SKG y Cressida Cowell.

Nota: Este fic es continuación de los shot's escritos por esta servidora: La Ultima Del Clan y El Heredero De Un Reino Caído, así que, si no los han leído, los invito a hacerlo ya que ahí es donde comienza la historia ;)

Palabras: 8,032


Epílogo

"¿Cómo vas a volver a empezar en un Nuevo Mundo si traes contigo, en el barco, todos los problemas, frustraciones y desigualdades del Viejo Mundo?"–Cómo Sobrevivir a una Tempestad de Dragones, Cressida Cowell.

La brisa marina golpeaba sus rostros salpicándolos con agua salada de vez en cuando. Los gobernaba un silencio que era roto únicamente por el sonido de las olas impactando contra las rocas de la playa.

Con ayuda de esas mismas olas, un pequeño barco de madera se mecía en la costa, alejándose lentamente de ellos hacia el horizonte coloreado de naranja y rosa gracias los últimos rayos del Sol.

El olor de la madera quemándose en la pequeña hoguera frente a ellos los mantenía atados a la realidad en la que se encontraban; un par de pasos atrajeron su atención marcando el inicio de aquél evento en el cual ahora formaban parte.

El hombre tras ellos carraspeó en un intento de parecer fuerte al hablar.

Inhaló. Exhaló. Y las palabras comenzaron a fluir.

—Que las valkirias te den la bienvenida y te guíen por el gran campo de batalla de Odín…

Su voz resonó en el lugar incrustándose en el pecho de todos, obligándolos a encender en la hoguera las flechas que dentro de poco tendrían que usar. Uno a uno, se posicionaron con las miradas fijas en el barco y las manos aferradas sus arcos de madera.

—Que canten tu nombre con amor y furia para que lo escuchemos alzarse desde las profundidades del Valhalla…

Continuó el rubio a la par en que preparaba su propia flecha con una única imagen en su mente, la de aquél al que ahora despedían, firme y sereno regalándole una sonrisa cargada de confianza.

Nunca pensó que algo como eso fuera a ocurrir. A pesar de la situación que por tanto tiempo vivieron en el reino, jamás pensó que de entre todas las personas él tendría que morir. Y a pesar del tiempo que pasara, sabía perfectamente que no podría aceptarlo, comprenderlo ni superarlo nunca.

—…Y sepamos que has tomado el lugar que te corresponde en la mesa de los reyes.

¿Cómo vivir con algo como eso?

Era algo que ninguno de los presentes sabía con exactitud.

Ahora tenían paz, Berk era libre de nuevo. Su lucha, su sacrificio, la vida y la muerte… Nada de eso fue en vano.

Pero aun así dolía… Dolía demasiado. Todo aquello que decidieron ignorar, las emociones que habían estado conteniendo, todo eso al fin se había liberado abriendo las puertas a la cruel realidad, esa en la cual el peso de las pérdidas caía sobre todos, dejando en claro que a pesar de que eran libres, la vida de ninguno en Berk sería la misma.

En toda guerra hay pérdidas, es imposible que no sea así y eso es algo que todos sabían. Pero esta en particular dejó cicatrices tan profundas que les costaba creer que algún día se fueran a desvanecer.

No era posible, nunca lo sería. En especial cuando, justo ahora, se despedían de uno de los suyos.

—Porque ha caído un gran hombre…—recitó las últimas palabras sintiendo como lentamente el nudo en su garganta regresaba y las lágrimas luchaban por escapar—, un guerrero, un jefe tribal…

Su voz se rompió y a sus oídos llegó el primer sollozo de la persona que, hasta ese momento, se había mantenido firme frente a él.

Un padre…

La última flecha se encendió y fue colocada en posición sobre el arco ahora tenso en manos de quién, por decisión propia, sería el primero en disparar.

Un amigo.

Con el retumbar de un tambor formado por sus corazones, esa flecha surcó el aire deslizándose con gracia contra el viento, creando una estela brillante hasta incrustarse en la madera del barco.

A ella le siguieron todas las demás convirtiéndose en un espectáculo de luces que, si fuera en otras circunstancias, habría sido agradable observar.

Lentamente el barco fue envuelto por esa cálida capa roja, resplandeciendo en la oscuridad recién obtenida cuando la noche al fin cayó sobre ellos.

Nadie dijo nada, porque no había necesidad de hacerlo. Sus miradas simplemente se mantuvieron fijas en el horizonte donde la pequeña nave comenzaba a desaparecer llevándose con ella los sentimientos y recuerdos de todos.

—Lo logramos… papá—habló por primera vez el castaño con un sonoro suspiro.

El resto le regaló una mirada comprensiva al notar el temblor de su voz, sabían que, para él más que a ningún otro, la situación le resultaba complicada y dolorosa. Porque mientras para ellos Estoico Haddock fue su rey y amigo, para Hipo fue su padre. El padre al que tuvo que dejar atrás y cuya muerte estuvo sobre sus hombros durante los últimos años.

Lo más difícil fue que el funeral en el que participaban tan sólo era simbólico. No había un cuerpo, no había una tumba. Sólo recuerdos y objetos a los cuales dirigieron sus sentimientos y palabras de despedida.

Hasta el final, Drago Bludvist les causó mucho daño y quizá lo seguiría haciendo, los restos de la guerra jamás desaparecerían. Pero al menos podían decir adiós a los que se fueron, agradecerles su sacrificio y continuar viviendo por ellos.

Ese fue el motivo por el cual decidió hacer esto, quería despedirse de su padre de la forma correcta. Y qué mejor lugar que aquél en el cual ambos pasaron gratos momentos, ese donde fijaron la última brecha en su largo camino hacia la libertad.

La playa oculta que por años fue un secreto entre padre e hijo, el refugio de los fuertes guerreros que lucharon en la etapa final y ahora también el lugar del descanso eterno para el antiguo rey de Berk.

«El futuro de Berk depende de ti.»

—Recuperamos nuestro hogar—continuó diciendo ahora con una ligera sonrisa y los ojos llorosos—, así que ya puedes descansar. Cumplí mi promesa.

Sin poder evitarlo, unas rebeldes lágrimas surcaron su rostro y su sonrisa tembló amenazando con desaparecer, pero él no lo permitió. No quería romperse en ese momento, a pesar de los sentimientos que se acumulaban en su interior después de tanto tiempo aprisionados, no podía dejarse vencer por ellos.

—Lo hiciste bien—habló ahora Bocón llegando a su lado, al parecer su lucha interna había sido descubierta—, todos lo hicieron muy bien… Y estoy seguro de que tus padres estarían orgullosos—declaró sonriente regalándole un apretón a su hombro.

—Gracias, Bocón—respondió encarándolo, limpiando con rapidez las lágrimas que humedecían sus mejillas—. Me alegra tenerte a mi lado.

—Siempre será así—se apresuró a añadir el rubio palmeándolo con suavidad—. Sueles meterte en muchos problemas y hay que asegurarse de que salgas vivo de ellos—bromeó.

La mirada del herrero viajó con rapidez hacia la joven rubia que ahora caminaba en su dirección con paso decidido.

—Aunque quizá ya tengas a alguien que lo haga—comprendió sonriéndole ambos cuando la guerrera los alcanzó.

Hipo, al notarla, entrelazó su mano con la de ella acercándola a su cuerpo. Tenerlos a ambos a su lado le ayudaba a deshacerse de todos los sentimientos que insistían en tomar el control de su ser.

—Siempre es bueno tener un apoyo extra—declaró entonces con la mirada fija en su mentor y la mano unida a la de su pareja, agradeciéndoles en silencio por todo lo que habían hecho y seguían haciendo por él.

«Recuerda, un jefe protege a los suyos.»

Eso era lo que le había dicho su padre antes de morir, unas palabras cuyo significado comprendió con el paso del tiempo y que lo siguieron durante todo su viaje.

Lo que su padre no le dijo fue que para lograrlo necesitaría a más personas, compañeros que lo protegieran de la misma forma en la que él lo haría por ellos. Personas que continuaban a su lado y que, esperaba, nunca se marcharan pues sin ellos estar ahí justo ahora no sería posible.

— ¿Hipo?—llamó la rubia aferrándose a su mano y buscando su mirada cuando lo notó perdido en sus pensamientos de nuevo.

—Todo está bien, Astrid—respondió después de un momento, suspirando con soltura de una forma que jamás creyó posible.

Cerró los ojos embriagándose de la paz y el calor que de alguna manera el distante barco en llamas le brindaba. Sólo entonces la brumosa imagen de la vida de su padre extinguiéndose en sus brazos comenzó a desvanecerse y el frio espacio vacío que dejó en su lugar al fin volvió a llenarse.

Berk era libre, realmente lo habían conseguido.

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TRES MESES ATRÁS

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Un frio intenso atravesándolo, voces lejanas e irreconocibles y luego un sentimiento de soledad que se desvanecía en cuanto aparecía un tacto gentil contra su piel. Eso era lo que sentía a diario y hoy no era la excepción.

Pero esta vez, cuando la mano ajena rozó la suya, supo perfectamente a quién pertenecía.

Era ella, siempre había sido ella. Su corazón se lo decía.

Quizá fue por eso que, a diferencia de las veces anteriores, esta vez tuvo la fuerza suficiente para responderle. Primero con un ligero apretón a la mano que descansaba junto a la suya y luego, entrelazando sus dedos, anunció su despertar parpadeando con torpeza.

Sus ojos se abrieron… y el azul más brillante le dio la bienvenida.

—Hola—la escuchó susurrar, su voz tan cálida como la primera vez.

—Ho-la—logró responderle, notando como las lágrimas empañaban ese azul.

Y justo como la primera vez, se transmitieron con la mirada todas esas emociones que habían estado conteniendo en sus corazones. No se necesitó ninguna palabra, tan sólo sus manos unidas.

—Te extrañé…—musitó la rubia con una sonrisa tan fugaz y sincera que calentó su corazón.

No esperó más y alzó su mano libre para acariciarle la mejilla rosada; acunó su rostro con delicadeza y la atrajo hacia él.

Sus respiraciones se mezclaron y el corazón les latió con el mismo ritmo cuando, sin pensarlo demasiado, unieron sus labios en un beso tierno y necesitado. Un beso que se volvió más profundo cuando las manos de ambos estuvieron en el rostro del contrario.

Se separaron poco después, jadeantes y sonrojados por la falta de oxígeno.

Permanecieron en silencio por un par de segundos sin apartar los ojos del otro hasta que la pequeña y agradable burbuja en la que se encontraban explotó gracias a las exclamaciones de varios intrusos.

—Esto… lo cambia… ¡Todo!

Con el calor aumentando en sus mejillas y el pulso saltando descontrolado, ambos se giraron hacia la puerta donde el par de amigos los observaban emocionados.

—Chicos, hola—saludó el castaño cuando recuperó el aliento y se dejó caer contra la pila de almohadas contra la que había estado acostado minutos atrás.

Antes de que pudiera decir otra cosa, los dos rubios se lanzaron a abrazar a la pareja.

— ¡Estoy tan feliz por ustedes!—gimoteó Brutacio ocultando el rostro contra el hombro de Hipo.

— ¡Me alegra que al fin despertaras!—ahora fue Patapez quien lloriqueó estrechándolos con tanta fuerza, que les ocasionó dolor en las heridas—. Lo siento—dijo apenado acabando con el abrazo.

—Descuida—calmó Hipo volviendo a acomodarse contra las almohadas con Astrid sentada en el borde de la cama—. Me alegra verlos a salvo y…—tragó con fuerza, sus ojos abriéndose con sorpresa—, ¡Thor santísimo! Brutacio, ¡¿perdiste un ojo?!

Su rostro palideció al notar el parche que el chico utilizaba.

—Sí—confesó este con cierto pesar y el cuerpo encorvado—, ahora seré un pirata.

— ¡Claro que no!—lo contradijo Patapez frunciendo el ceño—. Sólo fue un rasguño. Usa ese parche por exagerado—explicó y le arrancó la prenda del rostro dejando al descubierto el pequeño corte que atravesaba su ceja izquierda y parte del parpado.

—Gracias, dioses—suspiró Hipo apoyando la cabeza contra el hombro de Astrid; su momento de alivio se desmoronó poco después cuando una nueva preocupación se hizo presente—. ¿Y Brutilda?

—Oh, ella…—volvió a hablar Brutacio bajando la mirada, por un momento incluso pareció querer llorar—, no lo logró.

— ¡BRUTACIO!—ahora fue Astrid quien lo regañó golpeándolo con fuerza en el brazo—. ¡Deja de hacer esas bromas!—ella había despertado días atrás, así que no podría engañarla; un pequeño fallo en los planes del gemelo—. Ella está bien, Hipo—agregó para calmarlo.

—Sí—dijo entonces el rubio menor frotándose el hombro con el ceño fruncido—, fue a visitar a alguien más. ¿Cómo dijo que se llamaba? ¿Matón? No, ese no era, ¿Parlatán?

—Esa palabra no existe—se quejó Patapez con un suspiro—. Está con Patán.

— ¿Brutilda y mi primo?—cuestionó el castaño habiendo recuperado el color y la respiración, no creyendo que algo como aquello fuera posible—, ¿cuánto tiempo estuve inconsciente?

*O*O*O*

Se sentó con cuidado y recargó la espalda contra las almohadas que ella le ayudó a acomodar.

— Gracias—le sonrió viendo como ella se encogía de hombros para después sentarse en la silla junto a su cama.

—No es nada—fue su respuesta, tan tranquila como siempre—, debe ser cansado estar todo el día en la misma posición.

—También es aburrido—agregó él con cierto toque divertido, sonrojándose poco después cuando un sentimiento fugaz atravesó su mente—. Aunque cuando me visitas deja de serlo—murmuró aprovechando la distracción de la rubia.

— ¿Qué has dicho?

El joven Jogerson saltó en su lugar, temiendo haber arruinado la agradable atmosfera que los envolvía.

—Ah, qué, ah…—tartamudeó nervioso tratando de encontrar una excusa creíble y, tras pensarlo un poco, encontró una que parecía perfecta—. ¿Cómo sigue Hipo?

La gemela suspiró y se estiró sobre su asiento, dejando caer la cabeza contra el respaldo en una postura que resultaba un tanto divertida de ver.

—La última vez que lo vi seguía dormido—reveló poco después con la mirada fija en el techo de piedra y madera—. Astrid no le quita la mirada de encima, no le importan sus propias heridas. Hemos tenido que obligarla a dormir en varias ocasiones—explicó esta vez con un poco de desesperación retomando su anterior postura recta para poder encararlo—, Bocón ha estado a punto de atarla a la cama.

—No puedes culparla—se atrevió a defender riendo por lo bajo—, se preocupa por él. Ambos estuvieron a punto de morir.

—Lo sé, lo sé—concedió Brutilda apresurada—, de no ser por ellos no estaríamos aquí ahora. Y la verdad es que la entiendo, yo me preocupé porque Brutacio casi pierde un ojo y…—confesó bajando la mirada cuando sintió un ligero calor apoderándose de sus mejillas debido a lo que estaba por decir—, también me preocupé por ti…

Patán tragó con tanta fuerza que a ella le fue posible escucharlo y eso aumentó su sonrojo.

— ¿P-por… por mí?

— ¡Claro!—exclamó la rubia levantándose pero conservando el rostro lejos de su visión; se sentía tan avergonzada como nunca antes lo había estado y no entendía por qué—. Cuando me enteré que estabas herido yo… me asusté. Es raro porque apenas conozco tu nombre, ¡pero me asusté!

—Creo… creo que fue igual para mí—logró pronunciar entonces el azabache igualmente abochornado—. Me preocupé cuando Eret me contó que ustedes se las apañaron solos mientras Hipo iba tras Drago, en especial cuando me dijo que resultaron heridos.

Finalmente Brutilda alzó la mirada conectándola con la de él, dejando al descubierto el color de sus mejillas.

—Sólo fueron un par de cortes que dejarán grandiosas cicatrices—bromeó con voz temblorosa para calmar a su descontrolado corazón.

Dicho eso, un silencio profundo se apoderó de ambos. No resultaba incomodo, pero tampoco llegaba a ser completamente agradable.

—Bueno… yo…—carraspeó la chica tropezando con la silla cuando comenzó a retroceder hacia la puerta—. Debo ver que Brutacio se cambie las vendas—se excusó con voz apresurada—, también debo cambiar las mías—rió señalando sus brazos vendados.

—Está bien, nos vemos luego—concedió él conteniendo una sonrisa al verla tan fuera de sí.

La rubia asintió animada recargándose contra el marco de la puerta abierta, observando por última vez la habitación y al chico sobre la cama. Exhaló sutilmente, dejando que el calor en sus mejillas se desvaneciera poco a poco para después recobrar el porte relajado y aguerrido que la caracterizaba.

—Recupérate pronto—dijo entonces regalándole una sonrisa traviesa y se giró con tal rapidez que estuvo a punto de tropezar—. Sería una lástima que permanezcas tanto tiempo en esa cama… estás muy papacito como para eso.

Con un último y fugaz vistazo, salió a toda prisa de la habitación dejando atrás a un muy sonrojado y confundido Patán, que luchaba silenciosamente por controlar su corazón.

—Tú no pierdes el tiempo—la nueva voz lo hizo saltar en su sitio con dolor.

Frunció el ceño al verlo entrar sereno y con una burlesca sonrisa en el rostro.

—Déjame en paz…—le dijo gruñón y desvió la mirada cuando Eret se sentó en la silla que antes Brutilda había ocupado—. ¿Por qué viniste? ¿No deberías estar con Kaira?

—Ella está bien—respondió tranquilo dejando atrás la burla—, al fin pudo comer un poco. Odio admitirlo, pero ha tenido mucha suerte de seguir con vida. Aunque…

— ¿Qué?—cuestionó el otro azabache sintiendo como la preocupación se apoderaba de él lentamente.

El mayor pareció meditar la respuesta por un segundo y, tras un sonoro suspiro agotado, reveló aquello que sin duda no era bueno para ninguno.

—El rey Magnus acaba de llegar.

— ¿Ella lo sabe?—interrogó tragando con fuerza cada vez más preocupado.

—Por eso estoy aquí—asintió con una tranquilidad antinatural, estirándose en su sitio con los brazos cruzados—. En cualquier momento se escucharán sus gritos.

Como una afirmación a sus palabras, la aguda y ronca voz de la pelirroja llegó haciendo eco por todo el corredor.

— ¿No deberíamos ayudarla?

—Nop—declaró Eret cerrando los ojos con una ligera sonrisa apareciendo en su rostro—, ella puede sola.

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Los días pasaron y todo pareció mejorar tanto para ellos como para el reino, en especial cuando se enteraron que su salvador y heredero al fin había despertado.

Pero, por alguna razón, él no se sentía completamente satisfecho.

—Bocón se enojará cuando vea que nos levantamos de la cama—comentó Astrid con cierto toque divertido tras sentarse en una de las almenas de la torre en la que ahora se encontraban, dejando a su lado las muletas con las que se había ayudado a caminar—, en especial por ti.

—Lidiaremos con eso después—tranquilizó Hipo recargándose contra la roca tallada de otra almena, justo a su lado—. Por ahora sólo quiero respirar aire fresco.

La rubia no dijo nada más y él se dio la libertad de suspirar, alejando cualquier otro pensamiento de su mente y concentrando su vista en la ciudad Hooligan que, a pesar de estar llena de escombros, se erguía frente a ellos con honor.

—No puedo creer que lo hayamos logrado—confesó, sintiendo como la brisa fresca rosaba sus mejillas y agitaba su cabello.

—Créelo, Berk es libre de nuevo—aseguró Astrid sonriéndole con orgullo para después desviar su mirada hacia la ciudad—. Aunque aún hay mucho por hacer—añadió poco después, el orgullo pasó a ser pesar y luego a seguridad—. Pero contigo como rey, estoy segura de que todos saldrán adelante.

Un nuevo suspiro escapó de los labios del castaño, esta vez tratándose de uno cargado de confusión e inseguridad.

—Sobre eso…—carraspeó bajando el rostro para ocultarlo con su cabello—. No estoy seguro de poder ser rey.

— ¿Te estás arrepintiendo?—cuestionó la rubia con sorpresa y, de haber podido, se habría levantado para encararlo con total autoridad—. Hipo…

— ¿Qué? No, ¡claro que no!—dijo rápidamente alzando de nuevo el rostro para observarla—, es sólo que…—exhaló revolviendo su cabello con desesperación—. No creo estar listo aún. Es decir, ¿cómo se supone que seré un buen rey si no puedo dejar atrás el pasado? Pensé que al vencer a Drago me sentiría mejor, ya sabes, más completo—su mirada y la de ella permanecieron conectadas por un largo tiempo—; sí estoy aliviado y feliz de que recuperamos la paz, pero…

—Lo que perdimos jamás regresará.

—Lo sé y no estoy seguro de poder superar esa parte—musitó sintiendo como su voz se rompía al final.

Se apoyó con más fuerza al muro de piedra, ignorando el dolor de las heridas que le exigían descansar.

—Ni siquiera pude acabar con él, Astrid—confesó entonces con cierto rencor, un sentimiento que iba dirigido a él mismo—. Lo odié por tanto tiempo, una parte de mí realmente quería matarlo—sus manos se cerraron con fuerza sobre la roca gris—, ¿entonces por qué no pude? ¿Por qué al final decidí no hacerlo?

Una gruesa lágrima resbaló por su mejilla hasta caer sobre sus puños, obligándolos a aflojarse lentamente.

Con cuidado, Astrid se levantó de su sitio y tomó lugar a su lado, recargando su cuerpo contra la almena para poder estar a su altura y encararlo.

Deslizó su mano sobre la superficie y, cuando encontró la de él, se aferró a ella con seguridad, acariciando sus nudillos con calma y cariño.

—Cuando despertaste en la Fortaleza luego de lo que ocurrió—comenzó a relatar fijando su mirada en las manos de ambos—, lo primero que hiciste fue construir una pierna con la cual levantarte por tu cuenta—recordó sonriente.

Hipo tragó con fuerza, enternecido y confundido en partes iguales.

—Le hiciste a mi hermana un regalo para demostrarle lo valiosa que era su vida—continuó, esta vez alzando su rostro para observarlo—. Me forjaste un hacha para defenderme y constantemente te aseguraste de que estuviera afilada—rió suavemente, sintiendo como sus mejillas comenzaban a sonrojarse—. Nos diste a todos armaduras para protegernos en la batalla…

El agarre de sus manos se intensificó y sus miradas resplandecieron bajo la luz de las estrellas sobre ellos. Un ligero suspiro escapó de los labios de ella, esos que ahora le dedicaban una sonrisa cariñosa.

—Desde que despertaste has estado dibujando planos para ayudar con la reconstrucción—señaló para finalizar su punto—. ¿A caso no lo ves, Hipo?—el castaño no respondió—. Tus manos no fueron hechas para matar… Sino para salvar. Eso es lo que tú eres y lo que Berk necesita.

Una nueva lágrima escapó de los ojos del castaño, una pequeña gota salada que la guerrera se encargó de secar, acariciando con suavidad su mejilla helada.

—No eres tu padre, Hipo—agregó poco después, conociendo perfectamente el origen de sus dudas—, pero eso no te hace un mal rey. Eres una mejor versión de él, sólo que aún no lo has notado—acunó su rostro con delicadeza y amplió su sonrisa cuando él imitó su gesto—. Yo lo sé, Berk lo sabe… Así que hazlo tú también.

—Gracias, My Lady—susurró finalmente, apoyando su frente contra la de ella—, siempre sabes cómo animarme. Gracias por estar a mi lado cuando lo necesito.

—No es nada—negó ella tranquila y feliz por ayudarlo—, tú haces lo mismo por mi… Después de todo, siempre seremos Hipo y Astrid, ¿recuerdas?

El castaño sonrió para después sujetarla con cuidado por la cintura, permitiendo que ella se apoyara contra su pecho y le rodeara el cuello con sus brazos.

Siempre…

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ACTUALIDAD

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Con cada paso que daban, con cada persona que lograba levantarse nuevamente, con cada nuevo día que llegaba a cubrirlos de luz; Berk logró prosperar, avanzando hacia ese futuro que Hipo estaba seguro que podrían alcanzar.

El mañana donde Berk finalmente resurgiría y las cenizas de la guerra se desvanecerían permitiendo que una nueva vida diera comienzo para todos.

Era consciente de que muchos no llegarían a ese día, también sabía que había heridas que jamás iban a sanar y el recuerdo de aquellos que se quedaron atrás perduraría para siempre en la historia de Berk y en sus corazones. Pero como su padre le había dicho una vez, debían continuar adelante y vivir por aquellos que ya no podían hacerlo.

Para que eso fuera posible, primero debían sanar todo lo que sí se podía; en especial él.

No podrían volver a ser el reino de antes si no dejaban atrás el dolor y los pecados que los ataban al pasado. No podrían vivir y ser felices si no se deshacían de esas cadenas.

Afortunadamente lo estaban logrando y, justo como les prometió cuando se recuperó, cuando Berk volviera a surgir y todos estuvieran listos para aceptarlo, se convertiría en su rey…

Los guiaría a ese mañana lleno de luz, paz y libertad.

— ¿Estás segura de esto?—cuestionó cuando la vio caminar con dificultad por el muelle, reusándose a recibir ayuda—. Aún es demasiado pronto, no te has recuperado por completo.

—Estaré bien—aseguró la pelirroja irguiéndose lo más que pudo con una mano contra su abdomen, sintiendo las vendas ocultas bajo la holgada blusa blanca que vestía—. Siempre desee viajar por el mundo y ser libre; ahora que ya no pertenezco a ningún lugar, puedo hacerlo sin problemas.

—Puedes pertenecer aquí—insistió Hipo sin disminuir su inseguridad—, todos necesitamos un lugar al cual regresar.

Kaira rió suavemente, embriagándose del olor salino que la brisa arrancaba del océano.

—Lo agradezco—dijo entonces, apartando un par de mechones de cabello que cubrían su rostro gracias al viento—. Pero necesito hacer esto—agregó con un porte más serio—; aunque Berk es libre de nuevo, algunas ratas siguen sueltas.

Era verdad.

Varios seguidores de Drago escaparon en cuanto se dieron cuenta de que iban a perder la guerra, entre ellos estaban los Cazadores y, a pesar de que no los habían visto desde entonces, sin duda eran un problema que debía ser resuelto.

—Le prometí a Mala que los ayudaría—confesó la pelirroja con determinación—. Esa fue la condición cuando solicité su ayuda, aunque fue fácil convencerlos cuando les dije que los Grimborn estaban implicados.

—Los Defensores del Ala—murmuró Astrid recordando a la guerrera rubia de porte elegante que los ayudó meses atrás—, ¿sabías que están relacionados con los Burglars?

—Sí—le contestó sin darle mucha importancia—, por eso atravesé el archipiélago para encontrarlos. Sé que tienes muchas dudas—agregó poco después sujetando las manos de su más reciente amiga—, y estoy segura de que Mala las aclarará en su debido momento.

Aun sin estar muy convencida, Astrid asintió a sus palabras.

—Por ahora concéntrense en lo que tienen enfrente—sentenció la mayor dándoles un cálido apretón de hombros para después unir sus manos, logrando hacerlos sonrojar—. Disfruten de la victoria… y dejen que los demás nos encarguemos del resto.

—Kaira…—intentó decir Hipo nuevamente, preocupado por el bienestar físico y mental de su amiga, pues le parecía difícil creer que pudiera mostrarse tan fuerte y segura luego de todo lo ocurrido—. Ten cuidado, ¿de acuerdo?—pidió rindiéndose al fin—. Y si necesitas ayuda no dudes en decírnoslo.

La pelirroja rió suavemente, dándoles un rápido abrazo para después comenzar a alejarse con lentitud y el porte más firme que le era posible en ese momento.

Cuando estuvo sobre la cubierta de su barco, se giró para observarlos una última vez.

—Gracias por creer en mí—confesó con una sinceridad nunca antes vista en ella y, por un segundo, el resplandor que captaron en sus ojos fue identificado como lágrimas.

—Gracias a ti por ayudarnos—respondió Hipo alzando su mano libre para despedirla.

—No lo habríamos logrado sin ti—concordó Astrid, imitando al castaño sin separar sus manos entrelazadas.

Kaira sabía que esas palabras significaban mucho más de lo que aparentaban y que, por primera vez en toda su vida, realmente había sido útil para alguien más.

Por primera vez sintió que había hecho algo bien.

Al fin había encontrado un significado para su vida… Y, más importante aún, al fin podría vivirla con libertad.

—Hasta pronto—se despidió con una sonrisa, agitando suavemente su mano cuando el barco se liberó del muelle para comenzar a alejarse.

Lentamente y en silencio, el Speed Stinger navegó rumbo al horizonte dejando atrás a la joven pareja que, en ningún momento, apartaron la vista él.

Cuando el Sol comenzó su descenso por el cielo despejado, el navío y su amiga ya habían desaparecido. Sólo entonces estuvieron listos para marcharse.

— ¿Astrid?—la llamó el castaño tras un largo silencio, deteniéndose a su lado frente a la escultura en construcción que muy pronto decoraría la plaza principal de la Ciudad Hooligan—. ¿Está todo bien?

— Sí—susurró ella con la mirada perdida en la roca blanca que estaba siendo trabajada por varios artesanos—, es sólo que…—suspiró, aferrándose nuevamente a la cálida mano que el castaño le ofrecía—. Estoy lista… Es hora de dejarla ir.

No se necesitó nada más para entender lo que pretendía.

Ambos lo habían decidido.

Así como Hipo lo hizo al despedirse de su padre la noche anterior, ella también debía cerrar esa última herida…

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Ver el estado actual del lugar que por años fue su hogar dejó en ella un sentimiento de amargura que no supo controlar. Su cuerpo temblaba con cada paso que daban y mientras más se adentraban a la fortaleza en ruinas, más presión sentía en el corazón.

Agradeció en silencio que ninguno, ni siquiera Hipo, le dirigieran la palabra en ese momento porque no podría pronunciar ninguna respuesta sin derrumbarse en el intento. Trataba de controlar su respiración, conteniendo al mismo tiempo las lágrimas que se acumulaban en sus ojos.

La Fortaleza Burglar siempre había irradiado luz y paz a pesar de haber sido el hogar de un grupo de guerreros entrenados para matar. A ella siempre le había maravillado la vista que le ofrecía la imponente construcción; los campos verdes, el olor del pasto y los árboles cubiertos por el rocío matutino. Incluso el ruido de las espadas siendo afiladas o chocando entre sí le habían resultado reconfortantes durante su estancia ahí.

Oculto en ese valle rodeado de bosque y montañas, lejos de la vista de cualquiera, ese lugar había estado lleno de vida y movimiento. Pero con la llegada de la guerra todo cambió y esa vida se extinguió envolviéndola con él en la soledad y el silencio.

Al principio pensó que no podría salir de ese abismo, pensó que jamás vería la Fortaleza rebosante de calidez y ruido. Nunca lo dijo, pero cuando Hipo despertó esa mañana hace casi tres años atrás, cuando sus ojos se conectaron con los de él, bastó con ver su brillo esmeralda para recobrar la esperanza y desde entonces un poco de ese calor que tanto añoraba regresó no sólo a su hogar, sino a su corazón.

Si tan sólo hubiera logrado proteger eso.

Porque con la destrucción de la Fortaleza, una parte de ella también lo hizo. La única cosa que aun la unía a su clan y mantenía viva su memoria se volvió cenizas frente a sus ojos. Y aunque el tiempo y la compañía le habían enseñado a seguir adelante a pesar de lo que había perdido, ver aquello le recordó que el clan Burglar ya no existía… Le recordó que Thorey ya no existía.

Le dolió y lo seguiría haciendo, pero así como Hipo, ella necesitaba despedirse para poder continuar avanzando ahora que su meta se había cumplido.

Necesitaba decirle a su hermana que lo habían logrado, necesitaba decirle que todo estaría bien a partir de ahora… Necesitaba contarle que al fin había encontrado su verdadero propósito, su verdadera misión…

Deseaba poder agradecerle todo lo que hizo por ella, no sólo por salvarla hace trece años, sino por ayudarle a elegir qué camino tomar. Porque fue ese camino el que la guio hacia Hipo. Fue ese camino el que la convirtió en quien es ahora.

Fue Thorey quien creyó en ella y la impulsó a llegar hasta el final.

Así que por todo eso y más, debía agradecerle y decirle adiós de la forma correcta. Y era por eso que estaba ahí ahora.

Se aferró con fuerza al bolso que colgaba de su hombro, ese que contenía las últimas pertenencias de la líder guerrera. Con cada paso que daba, el sable enfundado chocaba contra su espalda como un recordatorio del pasado al cual pertenecía.

El suelo cubierto de cenizas y escombros crujía bajo sus pies exigiéndole que se detuviera, pero ella no lo hizo, continuó adelante como siempre lo había hecho hasta llegar a su destino y ahí, frente a los restos de lo que antes fue un puente de madera, se irguió liberando con un sonoro suspiro todo lo que había estado conteniendo.

—Ha cambiado—susurró luchando con el nudo en su garganta.

El lago que tanto le había encantado ahora estaba cubierto de helechos y restos de madera que flotaban en el agua cristalina. En el pasado fue el hogar de salmones a los cuales disfrutaba alimentar de pequeña, pero ahora ni siquiera ellos estaban ahí y no quería acercarse para averiguar qué les había ocurrido.

—Lo limpiaremos—propuso rápidamente Hipo haciéndole una señal a sus compañeros que, nada dudosos, se aproximaron al lago para comenzar con lo pedido—. También podemos reconstruir el lugar si así lo deseas—añadió con suavidad conectando su mirada con la de ella por primera vez en todo ese tiempo.

—No—negó con simpleza formando una débil sonrisa—, la Fortaleza ya no es necesaria… Y los Burglars tampoco.

Esa era la verdad y más que dolerles, los aliviaba. Después de todo ya no había necesidad de seguir luchando.

Quizá algunos dirán que ninguna paz es eterna, que siempre habrá alguien que quiera causarle daño a otros y que, por ese mismo motivo, siempre habrá alguien que necesite ser protegido. Tal vez sea cierto, pero en ese momento, después de todo lo que habían pasado, enfundar las espadas era lo mejor que podían hacer.

Eso era lo que Astrid estaba haciendo, aunque tal vez el resto del clan no lo habría hecho.

—Está listo—anunció Patapez atrayendo la atención de la pareja que rápidamente desvió la mirada hacia el lago.

Los escombros que lo ensuciaban se habían ido y en su lugar ahora flotaba un pequeño bote de madera con la insignia Burglar ondeando en una vela.

— ¿Lista?—preguntó el castaño regalándole un suave apretón de manos.

Ella asintió y, con un nuevo suspiro, se apartó de él para reanudar su marcha nuevamente.

Se arrodilló en la orilla y comenzó a buscar en el interior del bolso con manos temblorosas. En cuestión de minutos, el pequeño bote ya se encontraba navegando cargado de objetos en su diminuta cubierta.

Enumero cada cosa con la mirada, detallando sus formas para grabarlas por última vez en su mente.

Un collar de un dragón alrededor de una espada.

Un cinturón con la insignia del clan.

Un viejo pergamino enrollado.

Y una carta escrita por ella.

Exhaló cerrando los ojos y se puso nuevamente de pie sacudiendo el pasto seco y la tierra que se adhirió a sus pantalones. Con paso firme retrocedió hasta donde el resto la esperaba en silencio.

« ¿Cuál es la misión de los Burglars?»

Esa vieja pregunta resonó en su mente cuando tomó el arco que Hipo le ofrecía, a su lado una pequeña fogata comenzó a arder y con ella viejas imágenes volvieron a surgir.

—Protege y defiende a los que no se pueden proteger solos—musitó la respuesta con la mirada perdida en las llamas crepitantes—. Esa es la misión de los Burglars.

Acercó la punta de la flecha al fuego, concentrándose en como esta se volvía roja hasta ser envuelta por las llamas y, tras ponerla en posición sobre el arco, avanzó un par de pasos dejando al resto atrás.

Suspiró suavemente y conectó sus ojos con el bote que continuaba flotando en el centro del lago, ahí donde antes estuvo un puente.

—El fuego de la guerra que te envolvió se ha extinguido—comenzó a recitar, la presión aumentando en su pecho y sus ojos nublándose por las lágrimas—, permitiéndote alzarte con tu espada y marchar hacia un nuevo campo de batalla, ese en el que Odín te espera con su ejército…

Tragó con fuerza para deshacerse del nudo que se formaba nuevamente en su garganta, sintiendo como al mismo tiempo un par de lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas.

—Sigue, guerrera, tu camino. Así como nosotros seguiremos el nuestro a espera de que algún día nos volvamos a encontrar…

Imágenes de la azabache se reprodujeron en su mente como una película que conocía de memoria pero que, aun así, no dejaba de maravillarla. Una historia que no quería ver concluir.

«Lo mejor que puedes hacer es vivir por ellos. Sigue su ejemplo: lucha, defiéndete y nunca te rindas»

Sus padres, prometió vivir por ellos y ser valiente. Fue difícil pero había logrado cumplirlo y ahora pretendía hacer lo mismo por Thorey, pues a ella también le había hecho una promesa.

—Porque es aquí y ahora que veo a mi padre, a mi madre… A mis hermanos y hermanas…—continuó tras inhalar en busca de control—. Ellos me invitan a formar parte de las paredes del Valhalla, donde los valientes, como tú, vivirán por siempre.

El arco se tensó, la flecha voló y tanto sus palabras como sus recuerdos ardieron junto al bote cubierto por un centelleante manto rojo.

Unos ligeros sollozos escaparon de su garganta mezclándose con el suave crepitar del fuego que consumía tanto al bote como a los restos del puente, iluminando el pequeño lago con sus colores dorados y rojos. El nudo en su garganta y la presión en su pecho luchaban por escapar, esta vez no podría evitar que ocurriera, esta vez no quería contenerse.

Necesitaba dejarlo salir. Necesitaba, por primera vez en mucho tiempo, dejar de mostrarse fuerte ante todos.

—Astrid…

La voz de Hipo la hizo girar el rostro en su dirección, notando que ahora sólo estaban ellos dos, posiblemente el resto decidió alejarse un rato para darles privacidad.

—Estoy bien—logró pronunciar limpiando las lágrimas que mojaban sus mejillas.

Suspiró con fuerza, sintiendo como poco a poco el peso que llevaba encima se desvanecía y sus hombros, que por mucho tiempo permanecieron tensos, finalmente se relajaron cuando su mano se conectó con la del castaño.

—Sólo, quiero estar así un poco más—susurró atrayéndolo en un abrazo que, sin duda, lo sorprendió.

Se aferró a su espalda y ocultó el rostro contra su hombro, embriagándose con su aroma, estrechándolo con fuerza para fundirse en su calor cuando este correspondió su afecto.

—Lo hiciste muy bien.

Le escuchó decir recargando la mejilla contra su cabeza, ¿en qué momento había crecido tanto? ¿En qué momento dejó de ser el débil e indefenso chico que rescató esa noche?

¿En qué momento había cambiado ella?

—Lo has hecho muy bien, Astrid—repitió el castaño ahora acariciando su cabello.

No necesitó más para saber a lo que se refería. Simplemente asintió contra su hombro sin dejar de abrazarlo, sintiendo como este besaba su cabeza con cariño.

—Quiero hacer algo más antes de irnos—murmuró después de un rato, apartándose un poco para poder conectar sus miradas.

Hipo asintió tranquilo rompiendo con el abrazo y, comprendiendo su petición silenciosa, tomó su mano para caminar juntos hacia su nuevo destino.

Se arrodilló frente al tronco talado y cubierto de hollín. Al observarlo a su mente regresaron las imágenes del frondoso sauce meciéndose con el viendo que hacía volar las flores y hojas que colgaban de sus ramas.

Recordó su suave perfume y la sombra fresca que les ofrecía en verano, imaginando el rose de sus alargadas hojas sobre sus hombros mientras veía el efecto del cambio de las estaciones en él.

Ese había sido el sauce del Gran Líder, su eterno descanso. Pero también había sido el lugar favorito de Thorey; el lugar donde, por primera vez, la guerrera se mostró más humana frente a ella al permitirse llorar.

Era el lugar en el que, sin duda, ella también debía descansar.

—Thorey—suspiró fijando la mirada en el tronco quemado y en las pequeñas flores que comenzaban a crecer a su alrededor—, yo… quiero despedirme—dijo entonces jugando nerviosa con sus manos, sintiendo a Hipo de pie tras ella y en silencio—. Cumplí mi misión, ya no hay necesidad de seguir luchando. Los Burglars finalmente pueden descansar… ya puedes descansar.

Su voz tembló y un par de lágrimas resbalaron por sus mejillas. Pero ella en ningún momento dudó y, por el contrario, sonrió suavemente confiada y segura en la decisión que había tomado.

—Tengo una nueva misión ahora—declaró viendo de reojo al castaño que se removió nervioso pero sonriente—, he encontrado una nueva razón de vivir—inhaló con fuerza armándose de valor para decir aquello que por tanto tiempo había contenido—. Amo a Hipo Haddock y quiero ser feliz a su lado.

La cálida mano del castaño se posó sobre su hombro regalándole un ligero apretón, no tuvo que girarse para saber que sonreía, ni tuvo que escuchar sus palabras para saber que él sentía lo mismo. Simplemente sujetó su mano con firmeza para después continuar.

—Sé lo que todos dirían si estuvieran aquí—habló con calma—. También sé que va contra las reglas, que no es propio de un Burglar. Pero no me importa, mi camino como Burglar terminó… Ahora sólo quiero ser yo, quiero ser Astrid Hofferson y nada más.

Apartó su mano de la de Hipo para después tomar el sable envainado que descansaba a su lado.

—Gracias por cuidarme todos estos años, por enseñarme todo lo que sé, por tus entrenamientos y tus regaños—susurró, sus ojos nuevamente nublados por las lágrimas—. Gracias por defenderme ante el resto.

Lentamente el sable se deslizó fuera de su funda alzándose frente a ella, reflejando su rostro lloroso por última vez cuando esta se puso de pie.

—Pero sobre todo… gracias por salvarme ese día. No estaría aquí y no sería quien soy ahora de no ser por ti.

Exhaló para tratar de controlar su corazón y, con una sonrisa formándose en sus labios, blandió el sable por última vez. Sus manos firmes se aferraron a la empuñadura, fundiéndose con ella cuando el arma descendió hacia su destino y no la soltaron hasta que estuvo incrustada en ese viejo tronco.

—Gracias por no abandonarme—repitió con suavidad sonriendo a pesar de las lágrimas que resbalaban por sus mejillas.

Alzó el rostro al cielo para permitirse sentir los cálidos rayos del sol contra su piel.

— ¿Pudiste verme?—preguntó al viento con los ojos cerrados—, al fin logré alcanzarte…

Fijó de nuevo la mirada en la espada clavada y dejó a su lado la vaina vacía.

La espada de Thorey, esa que por tanto tiempo se negó a utilizar pero que al final les salvó la vida. De alguna forma fue como si a través de ella su hermana los hubiera protegido, pero ya no había necesidad de que eso continuara…

—Llegaré más lejos, justo como te lo prometí, así que continúa observándome—declaró sonriente para después retroceder al encuentro del castaño.

Unió su mano con la de él y, tras susurrar un adiós, emprendieron la marcha hacia donde el resto del grupo los esperaba para partir.

Con cada paso que daba aquello que la ataba a ese lugar se debilitaba. Esa cadena que por tanto tiempo la mantuvo unida a la Fortaleza y a los Burglars al fin se rompió para darle su libertad.

Observó por última vez sobre su hombro la pequeña colina, sorprendiéndose cuando creyó distinguir la silueta de una joven azabache, sentada bajo la sombra de un frondoso sauce, mientras afilaba un sable con la destreza y naturalidad de un guerrero. Fue un momento fugaz, pero por un segundo le pareció verla sonreír en su dirección antes de que, con un parpadeo, la ilusión se desvaneciera.

— ¿Todo bien?—escuchó a Hipo preguntar cuando la sintió detenerse.

—Todo está bien—aseguró ella tranquila, aferrándose a su agarre para continuar avanzando a su lado y ampliando su sonrisa cuando creyó escuchar al viento susurrar una suave respuesta a su despedida.

La guerrera se quedaba, pero Astrid Hofferson continuaría adelante. Era su turno de vivir y ser feliz…

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"Es curioso cómo, a veces, las historias terminan como empiezan, completando un círculo."–Cómo Sobrevivir a una Tempestad de Dragones, Cressida Cowell.

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TRES AÑOS DESPUÉS

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Inhaló con fuerza mientras se ajustaba la capa sobre los hombros. Hoy era un día importante, el segundo más importante de su vida y es por ello que todo debía ser perfecto.

—No entiendo por qué luces tan nervioso—habló una voz desde la puerta obligándolo a girarse para encarar al intruso que conocía a la perfección—. Todo irá bien, así que relájate.

—Kaira—saludó forzando una sonrisa a pesar de su preocupación—, ¿cuándo llegaste?

—Hace un rato—confesó encogiéndose de hombros y entrando a la habitación—, primero fui con Astrid.

—Me gustaría decir que me siento traicionado, pero en realidad me alegra que ustedes se lleven tan bien—reveló esta vez con una sonrisa más sincera.

La suave risa de la pelirroja llenó el espacio trayendo consigo un ambiente más relajado que hizo sucumbir a Hipo con facilidad.

—Me alegra que estés de vuelta.

—No me lo perdería por nada del mundo—exclamó ella entusiasta, golpeándolo suavemente en el hombro—. Esa joyita que tienes vale la pena—añadió con una cálida sonrisa que resplandeció en su mirada.

Los ojos del castaño se llenaron de lágrimas cargadas de alegría ante la imagen que ahora se presentaba en su mente, una imagen que lo acompañaría por el resto de su vida.

La imagen de ese ser que era su vida entera.

—Anda, se hará tarde—codeó su amiga trayéndolo de regreso a la realidad—. Además, deberías estar ayudando a Astrid—regañó.

—Lo sé, lo sé—intentó defenderse inútilmente mientras avanzaba a empujones hacia la puerta abierta—. Tenía que resolver unos asuntos primero.

—No creo que esos asuntos sean más importantes que…

La voz de Kaira se detuvo cuando se toparon con la joven rubia a mitad del corredor obligándolos a detener su marcha antes de que todos terminaran en el suelo.

—Ya…—comenzó a decir la recién llegada, perdiéndose en la mirada de aquél que estaba frente a ella—. Ya estamos listas.

No hubo necesidad de decir nada más.

En cuestión de segundos Hipo Haddock se encontraba abrazando a su esposa y al bebé en brazos de esta, sintiendo como su calor se fundía con el de ellas.

—Supongo que los esperaré allá—mencionó la pelirroja a sabiendas de que sería ignorada y comenzó a retroceder con una brillante sonrisa en los labios—. No tarden mucho.

Pero ellos seguían ignorándola.

— ¡Y no perturben a esa joyita!—exclamó en la distancia haciéndolos reír finalmente.

Cuando el eco de su voz se desvaneció, la pareja se sumió nuevamente en su burbuja. Esa en la que sólo existían ellos dos, o más bien tres, porque esa pequeña era el fruto de su amor, de su lucha y de su vida.

—Llegó la hora—apremió el castaño depositando un beso en la frente de ambas—. Es momento de que te conozcan—susurró a la menor acariciando sus suaves cabellos castaños.

Con una última mirada, Hipo y Astrid caminaron juntos por el corredor, siguiendo el camino iluminado que los guiaba hacia el exterior donde el eco de las voces de aquellos que los esperaban fluía con el viento.

Ya no miraban atrás, el pasado sólo era eso y ellos finalmente podían avanzar hacia el futuro.

Su padre había tenido razón después de todo…

No había mejor regalo que el amor.

« ¡La heredera ha llegado!, Zephyr Asha Haddock Hofferson»

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Finalmente el reino cubierto de cenizas y cicatrices volvió a surgir; después de todo, donde una historia termina…

Una nueva va a comenzar.


Datos curiosos:

Asha significa es un nombre indio con múltiples significados. Significa esperanza en sánscrito, vivo en swahili y feliz en hebreo. También se relaciona con el fresno, un árbol de gran importancia espiritual para los nórdicos y celtas.

Es el nombre perfecto para la hija de Hipo y Astrid, ¿no creen? Aunque no lo iba a ser originalmente, y tampoco Zephyr. ¿Adivinan cuál iba a ser su nombre?

La frase "Tus manos no fueron hechas para matar… Sino para salvar." y toda esa parte de la escena en general, está inspirada en una esena (y la misma frase) de Fullmetal Alchemist Brotherhood, es una escena de mis favoritas (igual que el anime) y realmente sentí que encajaba perfecto con la situación emocional que Hipo estaba atravesando.

La escena inicial no iba a ser el funeral de Estoico, en realidad el epílogo iba a iniciar con una Zephyr anciana terminando de contarles esta historia a sus nietos. Claro que al principio se iba a desconocer quién era hasta cierto punto de la narración. Después todo iba a continuar tal cual resultó.

Música de inspiración:

Funeral de Estoico: Stoick's Ship (HTTYD2-John Powell): watch?v=L8CPM1_0t0M

Funeral de Thorey: EOS 3 (Nanatsu no Taizai): watch?v=Kvtx-LHvrIU

Despedida de Thorey y presentación de Zephyr: One Love (Nanatsu no Taizai): watch?v=BNqe8mXGg2g

Epílogo en general: Tell me (Fate Grand Order-Milet): watch?v=BOOOXNIHlUI


Realmente lamento mucho la tardanza, no fue mi intensión demorar tanto en traerles el epílogo (que como notaron es muy largo).

También lamento haberlos hecho creer que Hipo y Astrid murieron, bueno, en realidad no lo lamento mucho. Lo hice con toda la intensión de hacerlos sufrir un poco.

En fin…

No puedo creer que hemos llegado al final después de cuatro largos años escribiendo esta historia.

Muchas gracias a todos los que creyeron en mí y apoyaron este proyecto. Esta fue la historia que impulsó mi vida de escritora más allá de lo que tenía contemplado. Realmente no creí que llegaría tan lejos. Sé que tuve mis fallos, sé que muchos se quedaron a mitad del camino y otros más que se unieron hace poco a esta aventura. Y se los agradeceré eternamente a todos.

¡Pero hey! Esto no termina aquí…

Aún tengo planes para esta historia.

Pronto comenzaré a reescribirla, justo como hice con los one-shots, para que se una a La Caída de un Reino (disponible sólo en Wattpad).

También sigue pendiente el tan deseado Spin-off de nuestra guerrera Thorey.

Y…

Sé que quedaron algunos cabos sueltos con este final y que muchas preguntas rondan por sus mentes. Pero, si quieren, puedo responderlas todas en una pequeña colección al estilo "después de la historia".

Preguntas cómo ¿Cuál es esa relación entre los Defensores y los Burglars? ¿Por qué el rey Magnus visitó a Kaira? ¿Cómo es que sobrevivió Dagur al ataque de Drago? ¡Y también algunas escenas que descarté para el epilogo! Como… La coronación y boda Hiccstrid.

¿Les agrada la idea? Ustedes deciden, se los debo.

Bueno, no me queda más que decir por última vez…

A todos los que leyeron hoy y siempre… GRACIAS