Epilogo.
El tesoro.
El sonido burbujeante de la cafetera se había convertido en música para sus oídos. El agua llegaba a su punto de ebullición y comenzaba a evaporarse desde la válvula inferior hasta la superior, dónde tras pasar por el filtro, se convertía en un delicioso y aromático café. Inundando de aquel inconfundible olor toda la casa.
Rachel adoraba el sonido de su cafetera italiana, aunque le extrañó que fuese el mismo el que la despertaba aquella soleada mañana.
—¡Quinn! —balbuceó al descubrir como siempre que la rubia ya no estaba a su lado en la cama—Quinn, ¿estás preparando café? —susurró cuando sintió como un fuerte zumbido comenzaba a apoderarse de su cabeza, y todo a su alrededor se movía—¿Qué está pasando? ¡Quinn! —volvía a exclamar tras levantarse de la cama y ver como en su habitación no había nada. De hecho, aquella no era su habitación. No tenía idea de dónde estaba—¡Quinn! ¡Emily! ¿Dónde estáis? —alzaba la voz tratando de recibir respuesta, pero no las recibía. Solo cuando acertó a acercarse al enorme ventanal de su derecha, pudo descubrir lo que estaba sucediendo.
Los rascacielos de Nueva York aparecían ante ella y una enorme ola se acercaba de manera catastrófica, y con una velocidad endiablaba hacia su apartamento. Destruyendo edificios, inundando Central Park y todo lo que encontraba a su paso.
El pánico se adueñó de todo su cuerpo, mientras veía como los coches eran arrastrados por la marea. Y sin pensarlo, corrió hacia la puerta de la habitación para poder salir de allí y encontrar a su hija y a Quinn. Pero aquella puerta no cedía. El pomo entre sus manos quemaba y el dolor se hacía imposible de soportar mientras la ansiedad conseguía paralizarla, y observar la inmensa ola que ya a punto estaba de llegar a su casa, a su vida, a destruir todo su mundo.
—¡Emily!—gritó dejándose caer, presa del horror que estaba presenciando—¡Quinn!
—¿Qué? —cuestionó la rubia dejándose caer sobre la cama.
—¡Quinn!—volvía a gritar Rachel, esta vez con los ojos abiertos como platos.
—¿Qué sucede, cielo? —preguntó extrañada—¿Qué te pasa?
—¿Qué? ¿Cómo que qué me pasa? ¿Dónde está Em? ¿Dónde está la ola? —preguntó confusa.
—¿Qué? —se interesó de nuevo Quinn, que ya observaba como la morena se sentaba en la cama y miraba a cada lado con el pánico instalado en su rostro—¿Has tenido una pesadilla?
—¿Dónde está Em? —volvía a cuestionar con rabia—¿Una pesadilla?
—Hey, relájate—trató de calmarla al ver como el temblor se había apoderado de la morena—. Emily está bien. Has tenido una pesadilla, Rachel.
—¿Una pesadilla? —volvía a repetir abandonando la cama—¿Una maldita pesadilla? Pero si he visto ¡Oh dios! —se lamentó—. Una jodida pesadilla—balbuceó desconcertada.
—Sí. Así que relájate y vuelve a dormir—susurró con una leve sonrisa.
—No quiero volver a dormir—espetó malhumorada al tiempo que se introducía en el baño—¿Dónde diablos estabas? —exclamó desde el interior del mismo—Dos años, Quinn. Llevas 730 días sin despertar a mi lado. Podrías cambiar eso de una vez ¿No crees?
—Lo siento, cielo—se acercó a la puerta—. Te juro que hoy iba a despertar a tu lado, pero mira la playa que tenemos ahí…—lanzó una mirada a las puertas de cristal que daban directamente a la paradisíaca playa del Carmen—. Me desperté y no pude evitar asomarme a la terraza para ver amanecer.
—¿Y por qué no me has avisado? —cuestionaba al tiempo que abría la puerta de golpe y se enfrentaba a la divertida mirada de su chica—. Yo también quería ver el amanecer—espetó con gesto infantil.
—Estabas preciosa dormida—se excusó—. No quise molestarte.
—Quinn, es la primera vez en dos años que tenemos vacaciones juntas. Se supone que esto es como nuestra luna de miel. Además, estaba teniendo una horrible pesadilla en la que una ola inundaba Nueva York. Tendrías que haberme despertado.
—¿Cómo va a ser nuestra luna de miel si no nos hemos casado? —interrumpía ignorando la explicación de la pesadilla—. De hecho, ni siquiera me has pedido que me case contigo.
—Da igual, estamos aquí ¿Qué menos que veamos el amanecer juntas? —recriminó—¿Sabes qué? Mejor me voy con Em. Ella me trata mejor que tú.
—Ok, pero no vayas a su habitación—avisó—. Emily está en la playa—señaló hacia las puertas de cristales.
—¿En la playa? —masculló girándose de nuevo hacia ella.
—Sí, en la playa.
— ¿Sola? ¿Estás loca? —volvía a recriminarle acercándose a la pequeña entrada que permitía llegar a la playa—¿Cómo la dejas sola?
—Estaba con ella, por eso no he amanecido contigo—volvía a responder sonriente—. Se despertó y vino a buscarme.
—No, Quinn, no puedes dejarla a solas en la playa. Aún es pequeña y... ¿Qué hace allí? —cuestionó al descubrir a la pequeña jugando con algo que había en mitad de la desértica playa, casi a la orilla de la misma.
—Jugar —susurró Quinn tratando de contener la sonrisa que ya se dibujaba en su rostro.
—¿Jugar? ¿Con qué? Quinn, estás loca. No puedes dejar que Emily esté sola en un lugar así —salió al exterior.
—Relájate Rachel. No pasa nada. Esta playa es privada.
—Privada y un cuerno—exclamó a punto de provocar la risotada en Quinn, que la perseguía decidida tras sus pasos—¡No vuelvas a hacer algo así!
—¿Qué he hecho? —se quejó incitándola aún más.
—Dejar a Emily sola en un lugar.
—Ok… Pero insisto, relájate y…
—¿Qué es eso que hay allí? —la interrumpió sin apartar la mirada de su hija, que agachada, parecía darle pequeños golpes a algo en la arena.
—Pues no tengo ni idea—fingió—. Vamos a verlo.
Ni lo dudó. Rachel incluso se olvidó que vestía su pijama más sexy mientras recorría los metros que la separaban de su hija en aquella playa. Quinn seguía sus pasos un poco más alejada.
—Em ¿Qué haces ahí? —cuestionó al llegar donde estaba la pequeña, que rápidamente se giraba hacia ella y le explicaba con gestos que trataba de jugar —¿Qué es eso? —miró tras ella—¿Qué diablos es eso, Quinn? Em ven, no te acerques.
—Parece una caja—murmuró la rubia acercándose al objeto con el que jugaba la pequeña—. Es un cofre.
—¿Un cofre? ¿Qué dices? ¿Estás loca?
—Rachel es un cofre—volvía a responder tras observar la caja desde cerca —Oh Dios, es un cofre.
—¿Cómo va a ser un cofre?
—Rachel, estamos en un lugar estratégico.
—¿De qué hablas, Quinn? Estamos en México…
—Sí, ¿y quienes llegaron aquí en el siglo XVI? Exacto, los españoles — le dijo procurando sonar contundente. El gesto confuso de Rachel se lo ponía realmente complicado —. Los españoles venían en barcos, y probablemente llevaban monedas y tesoros en estos cofres.
—¿De qué estás hablando, Quinn? —masculló completamente confusa.
—Había piratas ingleses, holandeses que seguían sus rutas y abordaban los barcos. Y se quedaban con cofres como éste.
—¿Estás riéndote de mí? —masculló lanzando una mirada a su alrededor, y Quinn contuvo la risotada.
—No, claro que no ¿Y si es un tesoro?
—¿Cómo va a ser un…? ¡oh dios! —susurró al comprobarlo por ella misma—¿Qué hace eso ahí? —lanzó una mirada a su alrededor—. Será de alguien vamos a avisar a los vigilantes
—No, ni hablar. Vamos a abrirlo—interrumpió Quinn provocando el entusiasmo en la pequeña.
—¿Qué? ¡No! ni hablar ¿A saber que tiene eso dentro y de quién es?
—Rachel, estamos en la Riviera Maya ¿Sabes cuántos barcos españoles fueron atacados por piratas? Muchísimos—insistió—. A lo mejor este cofre estaba en uno de esos barcos y la marea lo ha traído hasta aquí.
—No, Quinn. Si esto es una de tus bromas, no me está haciendo gracia—interrumpía incrédula.
—Yo no estoy bromeando—respondía la rubia, que ya se esmeraba en buscar la forma de abrir aquel cofre.
—Quinn, deja eso, vamos ¿Estás loca? ¿Cómo va a ser un tesoro? Eso será cualquier… Qué se yo, a lo mejor tiene algo peligroso dentro. O bichos o animales...
—¿Cómo va a tener bichos si está cerrado? Vamos ven, acércate. Mira se abre por aquí.
—Quinn, por favor—espetó con algo de temor mientras se acercaba lentamente a la caja en cuestión—. Em, quédate a mi lado ¿Eh?
—¿Quieres relajarte, Rachel? —volvía a hablar la rubia que, sin dudas, conseguía abrir una pequeña cerradura que mantenía la caja cerrada—Ok, la voy a abrir—avisó segundos antes de hacerlo ante la temerosa mirada de Rachel, y la divertida y cómplice sonrisa que mostraba Emily junto a su madre.
—¿Qué hay dentro? —preguntó Rachel tras ver como Quinn ya alzaba la tapa por completo.
—Pues hay un sobre—dijo procurando mostrarse sorprendida.
—¿Un sobre? ¿Nada más?
—Nada más. No hay monedas de oro ni joyas—espetó desilusionada—. Em, no hemos tenido suerte.
La pequeña dio varios pasos hasta acercarse a la rubia y le arrebató el sobre para entregárselo a su madre, obligándola a que fuese ella quien lo abriese, y que a punto estuvo de lanzarlo al suelo, si no llega a ser por la rápida intervención de Quinn.
—A lo mejor es un mapa donde está escondido el tesoro—habló de nuevo Quinn.
—¿De verdad piensas que…?
—No lo sé. Ábrelo y léelo.
—No, toma—trató de devolverle el sobre—. Léelo tú. No quiero que me metan en prisión por quedarme con algo que pertenezca a alguna civilización perdida.
—No seas tonta—inquirió la rubia acercándose—. Léelo, nadie lo sabrá. Será un secreto entre tú, Em y yo ¿Verdad, hormiguita? —miró a la pequeña, que asentía rápidamente con una enorme sonrisa—Vamos, léelo de una vez.
Tragó saliva. Rachel no tenía ni idea de lo que estaba sucediendo, y ni de por qué aquel sobre se movía tanto en entre sus manos. Quizás por los nervios que volvían a acusarla en mitad de aquella playa a orillas del mar Caribe.
—Ábrelo—susurró Quinn y Rachel se decidió a hacerlo.
Lentamente, como si aquello fuese el tesoro más preciado del mundo, sacó una pequeña nota del interior que permanecía doblada, y la leyó con la curiosidad inundando su rostro.
Es probable que el amanecer nunca nos encuentre juntas en la cama.
—¿Qué diablos es esto? —cuestionó tras leer la nota y desviando la mirada hacia Quinn, que con una traviesa sonrisa ya la observaba—. Oh dios ¿Es una de tus bromas? —espetó furiosa—Joder Quinn ¿Me has hecho creer que era un tesoro? ¿De verdad? —recriminó girándose y alejándose con paso rápido hacia la habitación. Levantando la arena con cada zancada llena de rabia que daba.
—Hey, espera Rachel—la persiguió—. Hay algo más.
—Déjame en paz, Quinn—espetó sin detenerse—¿Cuántas van? ¿Cuántas bromas más me vas a gastar? Por amor de Dios, aún trato de superar el trauma que me provocaste cuando me hiciste creer que el Sr. Shepard era un fantasma, o cuando me dijiste hace dos meses que Barbra Streisand iba a verme en el teatro ¿No te cansas de reírte de mí?
—¡Hey! —exclamó segundos antes de abalanzarse sobre ella y dejarla caer en la arena, dejándola inmóvil bajo su cuerpo—. Lo de Barbra era verdad—se excusó aún sonriente—. Mónica me lo dijo.
—¿Qué más da? Ahora me has hecho creer que había un tesoro en mitad de la playa. He quedado como una estúpida delante de mi hija—respondía tratando de escaparse, pero la presión que ejercía Quinn con sus piernas, era suficiente para mantenerla retenida sobre la arena.
—Hay algo más en ese sobre, Rachel—susurró—. Léelo por favor.
—¿Qué? —miró el sobre—¿Aún quieres reírte más de mí?
—No, léelo por favor—suplicó con dulzura.
Rachel solo necesitó mirarla segundos antes de volver a observar el sobre y escrutar su interior, para comprobar cómo era cierto, y un sobre más pequeño aparecía en él.
—¿Otro?
—Ábrelo—volvía a susurrar tras realizar una pequeña señal a Emily, que justo a su espalda, esperaba impaciente a que su madre leyese la siguiente nota. Algo que no tardó en suceder.
Pero te aseguro que la noche me verá a tu lado, para siempre.
¿Quieres casarte conmigo?
Fueron rápidos, casi como la velocidad de la luz. Los ojos de Rachel se desviaron hacia los de Quinn tras leer aquella cuestión escrita en el papel, y sintió como todo su cuerpo se estremecía al descubrir la ternura en su rostro. Pero con un resquicio de temor tras haber formulado aquella pregunta.
—Quinn —susurró tratando de asimilar lo que sucedía, pero en ese instante la mano de su pequeña aparecía entre ellas portando una pequeña cajita de color azul—¿Qué es eso? —balbuceó.
Quinn se adelantó y tomó la cajita ante la sonrisa de Emily para abrirla, y mostrarle a la morena el tesoro al que había hecho referencia minutos antes.
—Una pedida de matrimonio no está completa sin el anillo de compromiso—susurró Quinn con la voz temblorosa—. Llevamos dos años juntas y ya sé que puede que pienses que es un poco precipitado. Pero nos entendemos a la perfección. Me encanta dormir cada noche a tu lado, aunque nunca amanezcamos juntas. Me encanta que nos riamos juntas, y discutamos porque Superman ha vuelto a morder tu almohada favorita. Me encanta saber que tengo a alguien esperándome en casa, y que me escribas mensajes de textos cursis estando en la otra habitación. Me encanta que te enfades conmigo porque uso tus jerséis, y te desordene el armario con mi caos. Me encanta que me mires cuando me quedo dormida mientras vemos una película, y no sabes que yo también te miro. Rachel, podría estar todo el día dándote motivos por los que me encantaría pasar el resto de mi vida a tu lado, pero es probable que rompa a llorar y no pueda continuar. De la única manera que puedo resumirlo, es diciéndote que eres el amor de mi vida. Has vuelto a recuperar tus sueños y yo quiero vivirlos contigo—susurró—. Estamos en el paraíso, tenemos a una testigo de excepción—miró a la pequeña—. Y el anillo. Solo falta tu respuesta —tragó saliva—¿Y bien? ¿Qué me dices, Rachel Berry? ¿Quieres casarte conmigo?
No sabía cómo lo estaba consiguiendo, pero Rachel mantenía sus lágrimas perfectamente camufladas en los ojos. Probablemente porque no quería perder detalle de lo que estaba sucediendo frente a ella, y las lágrimas podrían evitarle contemplar los ojos de su chica, visiblemente emocionados y con los nervios adueñándose de ella en espera de aquella respuesta.
—¿Qué dice ella? —cuestionó mirando a su hija—¿Crees que debo aceptar o no?
La niña sonreía y con un simpático gesto de sus manos, le respondió.
"Sí, por supuesto"
—¿Lo has visto? —Rachel volvía a mirar a Quinn tras la respuesta de su hija.
—Ha dicho que sí—balbuceó emocionada.
Rachel no pudo contener las lágrimas y tras varios segundos en los que sus labios formaban la más grande de las sonrisas que jamás había esbozado, la miró directamente a los ojos y respondió.
Sí, quiero.
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