La amistad entre Enkidu y Ereshkigal se fue fortaleciendo hasta que un día, Enkidu volvió a reír. Ereshkigal quedó muy sorprendida al ver cómo su rostro se iluminaba al recordar una anécdota divertida con Gilgamesh, ya que Ereshkigal no solía escuchar la risa de nadie. Enkidu cayó en la cuenta rápidamente y su alegría se esfumó como si una nube negra tapara el sol.
Recordó que esa misma mañana, él intentó rememorar cierta pesadilla que olvidó apenas despertó, que le dejó el recuerdo de una lágrima en su rostro.
—Azul—Ereshkigal tocó uno de sus brazos y se acercó a él con cautela—, rememorar tus alegrías no hace más que hacerte bien. No está mal.
—No es eso—objetó Enkidu—, creo que…
Dicho esto, Enkidu se levantó del lugar, dejando a Ereshkigal a solas con Lirio.
Se internó en el palacio, sombrío. Caminó por los enormes pasillos desolados, oscuros y fríos. El ambiente era completamente depresivo, sin esperanzas de ningún tipo. Le costaba trabajo creer que alguien como Ereshkigal vivía con alegría en aquel lugar tan lúgubre. Se detuvo dando vuelta a una esquina y apoyó su mano sobre la pared.
Recordó cuando Gilgamesh y él rieron sin parar producto de una broma que ambos hicieron a un miembro del consejo, como dos adolescentes descarrilados: consistía en anunciarle una nueva consorte y luego de embriagarlo, le presentaban la supuesta concubina la que resultaba ser una oveja esquilada vestida de bailarina. Aquella inocente guasa era una de las cosas más divertidas que hizo con Gilgamesh, con la única intención de divertirse. Contar aquello a Ereshkigal le revolvió el estómago.
Caminó hasta encontrarse con un salón que parecía ser un lugar de encuentro social y fiestas, pero completamente desolado, sin risas ni tintineos de copas llenas de vino. Se sentó en uno de los taburetes y ocultó su rostro tras las manos.
"De todas formas, ese día tarde o temprano llegaría" se dijo Enkidu "algún día tenía que morir, no hace falta seguir lamentándose"
Sí. Sabía perfectamente por qué se lamentaba.
—Enkidu—Ereshkigal apareció por la misma esquina que llegó Enkidu y se sentó frente a él— ¿Superarás algún día tu pena? Jamás descansarás en paz si sigues así.
—No lo sé. Creo que dejé asuntos pendientes muy importantes, es eso lo que no me deja descansar.
—Ya nada puedes hacer por ellos, Enkidu. Olvídate de lo que no hiciste y regocíjate con tus alegrías porque algún día de estos Gilgamesh podría superarte.
Aunque Enkidu quería de cierta manera que Gilgamesh lo olvidara para arrojarse al mar del olvido, no se atrevía a admitir que le aterrorizaba la idea, sería como morir una segunda vez.
—Ereshkigal—Enkidu se acomodó y la miró a los ojos— ¿Te has dado cuenta de que todo esto depende de ti? Si quisieras que Gilgamesh me viese una última vez o incluso, permaneciéramos la eternidad juntos, es cosa que enjaules su alma junto a ti y lo traigas a este palacio, ¿Cómo quieres que no sufra si sé que no lo harás?
Ereshkigal se quedó de piedra. Nunca nadie le hablaba así de directo, menos alguien que ella consideraba su amigo. Entornó los ojos y miró sus manos.
—No creas que no lo he pensado, Azul. He comenzado a quererte lo suficiente como para concederte un deseo en esta existencia, pero algo me inquieta. Si Gilgamesh es un semidiós, seguramente para él estarán destinados los pastos del paraíso con vida eterna. Yo no puedo hacer nada en ese caso, no es un simple mortal y puede que jamás cruce la séptima puerta.
—¿Acaso él no podría venir hasta la séptima puerta y vernos ahí?
Ereshkigal meditó.
—Sí, probablemente, sin embargo, depende completamente de Gilgamesh y tú sabes cómo es él.
Enkidu volvió a ensombrecerse y descendió la cabeza.
—Sí, sé como es él. Prefiero no tener esperanzas.
—Querido Enkidu—Ereshkigal alzó una preciosa mano femenina y tomó el mentón de Enkidu para acariciarlo fugazmente—, prometo que, si Gilgamesh viene a mis dominios, te dejaré verlo, pero todos tarde o temprano deben ir al mar del olvido.
—Al menos podríamos ir juntos—dijo con tristeza Enkidu.
—Es la idea más romántica que he escuchado en mucho tiempo.
Enkidu curvó las cejas. Se sonrojó por lo que acababa de decir y esbozó una suave y dulce sonrisa.
—Gracias Ereshkigal. Eres la diosa más piadosa de todas, a pesar de tu oscuro reinado. Resultó que tienes un corazón grande y bondadoso.
—No todos piensan lo mismo de mí. Admito que con mis almas favoritas vuelco mi amabilidad, pero hay millones de otras que no encuentran descanso y piedad.
—Está bien que no des abasto a todo un reino espectral. Me siento privilegiado de estar aquí contigo.
Ereshkigal dudó un momento, pero se acercó a abrazar a Enkidu por primera vez. Tomó por sorpresa a Enkidu, quien demoró en contestar el abrazo.
—Tú no deberías estar aquí—dijo Ereshkigal con cierto dejo de melancolía—, deberías estar con los dioses, con tu madre. El castigo que te han otorgado es desmesurado. No habrá otro igual a ti, desaprovecharon la oportunidad de reivindicarte como el arma de los dioses, viviendo en paz con Gilgamesh y con ellos, aprendiendo a madurar. Incluso podrían convivir con Ishtar; por mucho que la odie, al final de cuentas no es una mujer completamente mala. Está gobernada por el placer, por simplemente obtener todo lo que quiere.
Al escuchar el nombre de Ishtar, Enkidu acidificó su expresión.
—Ishtar es una corrupta. Por culpa de ella he perdido todo lo que tenía.
—Sé que ocurrió con ella. Todos los dioses se hallaban en ese concilio infernal, menos yo, pero observé todo desde mi espejo.
—¿Espejo? —repitió Enkidu, curioso.
—Oh, creo que jamás te he contado de él—Ereshkigal se acomodó y comenzó—. Como Gilgamesh tiene sus tesoros, yo también tengo los propios. Es un espejo que me permite ver a lo lejos lo que yo quiera ver. Lo han confeccionado los mejores artesanos del paraíso, ya que como estoy condenada a vivir reclusa, no me entero del todo qué ocurre en el mundo de los vivos y las decisiones de los dioses. Me encuentro espiando constantemente las vidas que más me interesan, como una chismosa.
—No te trates así a ti misma—reprochó Enkidu—, al menos tienes una forma de saber lo que nadie te quiere decir.
Ereshkigal permaneció un momento, considerando una idea en su cabeza.
—Enkidu, ven conmigo a ver mi espejo.
Enkidu se levantó y siguió a Ereshkigal por los pasillos. Llegaron a una especie de recámara que daba a todo el reino, el cual estaba cubierto por una espesa neblina morada. Ereshkigal lo llamó a su lado y pasó su mano por la superficie del espejo de plata.
—Mira—indicó.
Una imagen difusa se formó ante ellos. Un jardín lleno de frutas y flores maravillosas se dibujaba lentamente, donde el sol reinaba alto en el cielo. Enkidu quedó hechizado con tal escena cuando de pronto vio al fondo de unos árboles, una figura sentada con la vista gacha. El cabello rubio caído ocultaba sus ojos y su ropa malograda lo hacía ver como un sucio vagabundo entre tanta belleza.
—Estos son los jardines del paraíso. Aunque no lo creas, a los pies de aquel reino hermoso se encuentra una playa, cuyas aguas son las aguas del olvido. Es uno de los lugares más peligrosos y sólo una persona no inmortal en toda esta existencia puede tocar las aguas malditas. Es un barquero que…
Enkidu no puso atención al relato, sólo se quedó observando al hombre que parecía derrotado.
—Es…
—Sí, es él.
Enkidu abrió los ojos de par en par y su corazón dio un vuelco.
