Unos días atrás…
Aguasrápidas
Los rastreadores orcos volvieron una hora más tarde a informar a Jael.
– Señor, lo hemos encontrado.
El Legado dejó de lado los restos del gnomo al que había estado interrogando y se volvió hacia ellos.
– ¡Mostrádmelo!
Los orcos caminaron por la orilla Este del río, hacia el Sur y Jael les siguió el paso sin problema. Era el único legado por el que no tenían que aminorar la marcha. No vestía las típicas túnicas largas, llevaba una túnica corta, pantalones prácticos de viaje y, encima, una armadura ligera. Toda su vestimenta era utilitaria, pero de un perfecto color negro y con el símbolo sagrado sobre su pecho. Jael no era un legado de ciudad, ni de ejército. No era un burócrata ni un cobarde al abrigo de las líneas orcas. Jael era un cazador. Y esta caza en particular, era personal.
A apenas una milla, los orcos le señalaron el rastro de juncos tronchados saliendo del río. Se hicieron a un lado y Jael se adelantó para observarlo con detenimiento. Sus secuaces habían tenido, esta vez, cuidado de no pisarlo o modificar ninguna pista en él.
Jael detectó varios pares de pisadas que podían ser de elfo o humano y un par que pertenecían a un gnomo. Un olor le llamó la atención en uno de los juncos. Se acercó y lo olfateó. Pudo notar, todavía prendido, el tenue aroma, casi borrado ya, de un elfo. La criatura había rozado o se había agarrado a esa planta.
– ¿Les perseguimos? – preguntó uno de los orcos.
Esperaron a que él reflexionase. Habían aprendido que era un hombre que acertaba en sus decisiones, pero jamás las tomaba impulsivamente.
– No – dijo.
Jael se volvió hacia la dirección que había tomado su presa. Se habían dirigido hacia las llanuras de Eren: una inmensa zona salvaje deshabitada desde hacía décadas. Y habían tenido dos días para correr. Dos días que él había perdido persiguiendo río arriba a un barco moribundo. Jael miró al ástirax a su lado… El espectro había vuelto dentro de un gato, no dentro de algo que volase o capaz de destrozar con sus fauces, no… Un simple y estúpido gato. El espectro no podía oler elfos, solo sentía la magia. Aunque lo lanzase en persecución de ellos estaría ciego hasta que activasen un hechizo y esa presa ya le había demostrado que no le infravaloraban, no se arriesgarían a lanzar magia hasta estar muy lejos.
En esas condiciones, una persecución por una zona tan extensa era dejar demasiado a la suerte. Y a Jael no le gustaba dejar nada en manos de la suerte.
El Legado observó el otro lado del río, rememorando lo sucedido. Unos centenares de metros más abajo, estaba el meandro lleno de juncos donde el barco traidor había embarrancado por unos minutos. Si tan solo no hubiesen logrado sacarlo de ahí… Pero el timonel había demostrado a posteriori su extraordinaria habilidad al escorarlo para retardar su hundimiento. ¿Cómo era posible que un timonel de semejante habilidad embarrancarse su barco por accidente en un meandro? La respuesta fue obvia: porque, en realidad no había embarrancado, se habían detenido. ¿Por qué?
Sin decir una palabra, Jael echó a caminar de regreso hacia el embarcadero.
Usaron una humilde barca de remos para cruzar al otro lado. Los orcos no se atrevieron a protestar cuando les obligó a remar, pero pudo notar perfectamente lo incómodos que se sentían sobre el agua.
El fondo del meandro era de arena y poco profundo. Jael vadeó el río, a lo largo de la línea de juncos, hasta que pudo observar una irregularidad: un hueco en ellos algo más espaciado.
Apartó la vegetación, observando atentamente, y siguió el estrecho pasillo que le ofrecía. A los pocos pasos dejó de vadear agua, pisó sobre tierra y los juncos se abrieron en una pequeña área donde habían sido aplastados en un círculo que casi formaba un nido, probablemente por la presencia de dos personas.
Permaneció quieto, observando detenidamente los detalles y, a los pocos segundos, lo vio: unas manchas de un marrón oscuro en las cañas tronchadas sobre el suelo. Tomó uno de los juncos y olfateó las marcas: era sangre. ¡Sangre de elfo! Cortó con precisión los tallos para hacerse con los fragmentos que estaban manchados de sangre. Los metió en una bolsa y la ató a conciencia a su cinturón. Ojalá aquel elfo todavía estuviese vivo.
Cuando volvieron al embarcadero, Jael vio que los orcos ya habían capturado y se habían divertido con varios habitantes más, rebeldes o no. Habían ahorcado sus cuerpos mutilados como advertencia. Pero el alcalde de Aguasrápidas fue llevado hasta Jael intacto a la vista de todo el pueblo, como había ordenado.
– No, señor, no soy un traidor…
– Lo sé – dijo Jael y le hizo una señal al orco que lo agarraba.
El gnomo chillo y pataleó mientras lo inmobilizaban, y siguió gorgoteando y tratando de gritar mientras se desangraba. Dejaron su cuerpo tirado allí. El segundo al mando estaba pálido como la muerte. Jael lo miró.
– Ahora estás al mando aquí. No nos decepciones.
Sin más interés en temas políticos, se metió en su barco. Tenía algo importante que hacer.
Se dirigió directo a su camarote, cerró la puerta tras él y la aseguró. Solo entonces abrió el cofre con sus pertenencias.
Mucha de la información sobre Eren se había perdido. Era difícil rescatar mapas que tuviesen precisión, y aquellos eran antiguos. Muchos de los puntos de interés marcados en ellos no existían ya o solo eran ruinas. Pero aún así, aquellos mapas le daban más información que otros más modernos. Seleccionó uno donde se podía ver Aguasrápidas y las llanuras de Eren. Lo desplegó sobre el suelo y colocó pesos en sus bordes para que no volviese a enrollarse.
Tomó uno de los pedazos de junco manchado de sangre y lo depositó sobre el mapa. Solo entonces sacó de dentro del baúl la corona de metal negro. Era de diseño simple, sin adornos apenas, pero con lo que parecía un intrincado ojo tallado en su parte central. En el momento en que se la colocó sobre la frente y la magia que la albergaba se activó, el ástirax empezó a bufar al otro lado de la puerta. Se oyeron golpes y arañazos sobre ella. El espectro se estaba volviendo loco ante la presencia de magia y no poder atacarla.
Jael tomó el pedazo de junco, asegurándose de que su piel, estuviese estuviese en contacto con la sangre del elfo y posó la mano sobre el mapa. Recitó el encantamiento y el junco en su mano empezó a arder con llamas negras.
La oscuridad se hizo en la mente de Jael y se sintió arrastrado hacia la sombra infinita. Unos instantes después, volvió la visión. Estaba sobrevolando las llanuras siguiendo un rastro que casi podía oler. Las colinas, afloraciones rocosas y bosquecillos pasaban bajo él a gran velocidad. Su visión se detuvo en un punto concreto. No podía ver a su presa, pero sí donde estaba… Ahora solo faltaba situarla en una representación. Jael deslizó el dedo sobre el mapa y permitió que la visión se proyectase hacia su mano y la guiase. Su dedo se detuvo en un punto del mapa. El Legado abrió los ojos y marcó el punto con una cruz en carboncillo.
Se habían movido mucho y muy rápido. Debían haber descansado muy poco. ¿A dónde iban con esa determinación? Jael trazó una línea recta entre Aguasrápidas y el punto marcado y la proyectó hacia el Este. No había nada de interés ante ellos hasta llegar a las montaña Kaladrum: el frente enano.
¿Qué buscaban allí?
Jael se quitó la corona y sacudió las cenizas en su mano. La suerte había querido que el elfo sobreviviese a esas heridas, quizás debería empezar a considerarla como grata compañera a veces.
