Palabra: eternidad.
Entre Shouto e Izuku
Hope when you take that jump
You don't fear the fall
Hope when the water rises
You built a wall
Hope when the crowd screams out
They're screaming your name
Hope if everybody runs
You choose to stay
I Lived, One Republic
—¡Katsuki! Ayúdame con estas macetas.
—Claro.
Shouto está en la cocina, ayudándole a cuidar una olla a Inko Midoriya e Izuku está dormido en la alfombra. Maldito suertudo. Su madre no se atreve a despertarlo.
Así que Katsuki acaba cargando varias macetas de un lado a otro del jardín mientras Inko le dice que a esas plantas les falta un poco de sol y le dice exactamente qué son; Katsuki no pone demasiada atención. Es un día tranquilo. Llegaron por la mañana. Shouto no puede asomar la nariz porque el conjuro que le cambia el color de cabello y le oculta la cicatriz está a punto de terminarse y si quieren conseguir otro tienen que ir otra vez hasta la aldea de los hechiceros refugiados, a ver si Uraraka se apiada de ellos. Y sólo están allí porque Izuku insistió en visitar a su madre. Se supone que ni siquiera deberían pensar el Reino Todoroki.
Pero Katsuki no tiene el corazón de negarle nada. No después de arrastrarlo por semanas hasta la cabaña de Uraraka y de allí a la de Chiyo, que lo regaló como Katsuki no había visto antes. Pero le curó las manos y los brazos. Ahora Izuku, tirado en la alfombra de l sala, está lleno de cicatrices que a Katsuki le recuerdan a las rayas de un tigre. Las ha besado miles de veces, siempre que descubre a Izuku mirándolas por demasiado tiempo. Le ha repetido hasta el cansancio que esas cicatrices cuentan la historia de que sobrevivió a un hechicero de los Shie Hassaikai, a Shigaraki y que el báculo es suyo.
Pero a veces Izuku todavía se queda mirándolas sin decir nada.
—Sólo falta esta, Katsuki —le dice Inko y señala la última maceta. Katsuki se dirige hasta ella y la levanta. Por fin. Va llevándola hacia el otro lado cuando Inko agrega algo más—. ¿Sabes? Me sorprendió que vinieran.
Katsuki no sabe qué responder. No tiene demasiadas habilidades para la plática insustancial y no sabe a dónde planea llegar Inko. No tienen más de ocho horas en su casa.
Así que sólo hace un ruido y espera que pase por un asentimiento.
—Y el príncipe… También me sorprendió.
—Se supone que es inseguro que estemos aquí —dijo Katsuki—. Nos iremos si se acerca la guardia del rey o soldados —asegura, para mantenerla tranquila—. No vamos a causar ningún problema.
—¡Oh! No importa. —Inko sonríe—. Me alegra verlos. Y Shouto es muy amable.
Excesivamente servicial, además, piensa Katsuki. Inko pasó media mañana enseñándole a cocinar porque Shouto no sabe hace casi nada en lo que respecta a la vida doméstica —príncipe, al fin y al cabo—, pero aun así se ofreció a ayudar para hacer el pan que en ese momento está en el orden y la sopa que está en la estufa.
Katsuki deja la última maceta al lado de las otras.
—Katsuki. —Inko le pone una mano en el brazo y él no la aparta. El contacto siempre es difícil cuando no viene de las manos de Izuku y de Shouto, pero se esfuerza por no quitar el brazo, por dejar que Inko se acerque. Siempre lo intenta y él siempre la aparta—. Me alegra que estés feliz y que tú e Izuku no peleen más.
Se queda viéndola.
¿Qué quiere que le diga?
—Izuku siempre te admiró —sigue Inko—. Y como madre, siempre pensé que era una posibilidad que te quisiera demasiado y que tú… bueno.
Se queda callada un momento y mira al piso. Katsuki sabe a qué se refiere. Siempre fue amable con él, siempre le dio pan fresco para llevar a casa. Pero también siempre impidió que maltratara a Izuku; si ella estaba presente, mantenía a Izuku fuera de su alcance. No dudó nunca en regañarlo. En llevarlo agarrado de la oreja de regreso hasta su madre. Nunca dudó en proteger a su hijo.
—Lo siento —dice.
Esa disculpa le falta.
No puede olvidarse del fantasma de las lágrimas de Inko Midoriya cada vez que Izuku volvía llorando a casa por su culpa.
—Me alegro de que también lo quieras, Katsuki —termina ella, finalmente—. Izuku te hace una mejor versión de ti mismo. El príncipe también. Tenía miedo cuando partieron la primera vez. Izuku insistió en que no iba a permitir que lo usaras como un saco de arena, pero una madre no puede hacer nada sino dudar. —Las palabras se le entierran hondo porque sabe que tiene razón. Pasó mucho tiempo martirizando a Izuku por no tener magia, quizá lo convenció de que nunca sería suficiente y, cuando le empezó a entrar el remordimiento y empezó a descubrir que Izuku era capaz de enfrentarse a él, lo único que pudo hacer fue dejarse arrastrar en una aventura para conseguir el báculo de Yagi y por fin permitir que Izuku tuviera una oportunidad de derrotarlo con magia, de competir en la misma liga que él—. Así que me alegra ver que eres diferente.
Inko sonríe y Katsuki lo único que puede hacer es mirarla, con los brazos caídos a sus costados.
—Lo siento —repite. Esas palabras siempre duelen en su orgullo, pero sabe que están bien. Sabe que tiene que decirlas.
Inko alza una mano y se la pone en la mejilla. Le aprieta, como si todavía fuera sólo un niño alzando las manos para conseguir un poco de pan dulce recién horneado.
—Mientras hagas feliz a Izuku, eres bienvenido aquí. —No puede evitar sentir la advertencia detrás de las palabras de Inko. «No le hagas daño», dice, entre líneas—. Tienes que protegerlo, ¿sabes? Y a Shouto también. —Katsuki asiente y ese gesto es una promesa que no puede poner en palabras.
—No volveré a… —Se le atora todo entre el corazón y la garganta. Allí pierde siempre muchas palabras—. No quiero hacerle daño a Izuku.
—Lo sé.
E Inko lo abraza.
Katsuki siempre ha huído activamente de los abrazos de la mayoría de la gente. Los de Izuku ya no le molestan, los de Shouto tampoco. Su madre, Mitsuki, nunca le ha dado opciones. Pero el resto es diferente. El contacto lo pone incómodo a la primera e intenta evitarlo.
Pero es Inko Midoriya, supone que por ella también puede hacer una excepción.
—Cuídalos, Katsuki —es su última advertencia antes de indicarle que lo siga hasta la casa, de vuelta.
En la cocina le dice a Shouto que la sopa ya está lista y que sólo tiene que descansar un poco hasta la hora de la cena. «Para que no se quemen la lengua», dice. Al pan todavía le queda un rato, así que le dice a Katsuki que lo saque del horno de piedra en cuanto esté listo. «¡Qué no se te queme!» y Katsuki frunce el ceño y le asegura que nunca ha dejado que los panes en esa casa se hagan cenizas. Lo cual es cierto.
Inko asiente satisfecha.
—Iré al mercado. Ustedes quédense aquí.
—Katsuki puede acompañarla —ofrece Shouto. Porque claro, él no puede andar paseando su cara por allí.
—¡Oh, no, querido, no es necesario! Descansen, hicieron un largo viaje. Volveré en un rato. Y entonces pueden ayudarme con los trastes de la cena.
No les queda de otra más que asentir.
Tiene razón. Se separaron de Aizawa, Yamada y Shinsou en las praderas, después de asegurarle que estaban vivos y enteros. Dos o tres miembros del grupo de Shigaraki habían huido por medio de los portales de las nubes negras y ni el caballero errante ni el bardo habían encontrado al príncipe perdido que buscaban, convencidos de que aún estaba vivo. Habían decidido seguirlos.
Pero Izuku estaba demasiado débil y necesitaba atención de una curandera o hechicera en los brazos, heridos y agotados; no podían seguir tras las huellas de nadie en ese momento. Así que Shouto y Katsuki consiguieron vendas y se dedicaron a cambiarlas cada día mientras se turnaban para ayudarle a caminar a Izuku. Hasta que consiguieron dos caballos en una aldea y entonces Shouto cabalgó con Izuku recargado en su pecho mientras Katsuki marcaba el paso y la ruta.
Se detuvieron en la Corte Primaveral por una noche, como era tradición. Y Mina sonrió al ver al príncipe y le enseñó un par de palabras en el dialecto de los salvajes, para poder decirle hola y adiós. Y él se sonrojó y Katsuki rodó los ojos con sus intentos de decir unas cuantas frases en su idioma.
Pero ha ido mejorando. No tardará en hablar la lengua de los salvajes con el mismo acento de Izuku, las palabras más lentas, como en la lengua común del norte.
Llegaron al Campamento de los hechiceros refugiados y Shouto le dejó una ofrenda a Nana Shimura en el templo de la entrada. Cuando Katsuki preguntó por qué, el príncipe respondió que la diosa los había protegido y que estaría por siempre agradecido con ella por ello. Katsuki bufó, pero no dijo nada. Después de que Chiyo lo curara y le dijera que no podía abusar del poder del báculo si no podía controlarlo, Izuku fue a ponerse de rodillas ante su imagen y a prometerle que sería un héroe digno del báculo. Katsuki volvió a bufar y le soltó que ya lo era.
Él no le prometió nada a Nana Shimura.
No cree en ella como diosa. Pero si realmente se convirtió en una tras su muerte, espera que esté viéndolos en ese momento.
Luego Izuku dijo que quería ir a ver a su madre e insistió en que quería llevar a Shouto, así que Uraraka les dio el conjuro que el príncipe usa cuando quiere ocultar su identidad. Un sencillo collar que hace que la gente que lo mire vea su cabello completamente negro con un flequillo que le cubre la cicatriz. «¡No es eterno!», advirtió Uraraka. «¡No lo desperdicien!».
Dan vueltas por la casa de Inko Midoriya hasta que oyen el ruido de Izuku levantándose en el tapete de la sala.
—¡¿Tan cansado estabas que apenas si pudiste saludar a tu mamá antes de caer rendido?! —le recrimina Katsuki, con las manos en la cintura—. ¡¿Quién te enseñó esos modales?!
Izuku se talla los ojos y se levanta solo lo suficiente para jalarlo y hacerle ver que lo quiere tirado a su lado o encima; Katsuki no entiende. Pero cuando lo tiene encima lo agarra por la cintura para hacerlo rotar, dejarlo en la alfombra y ponerse encima de él. Izuku atrapa sus muñecas y Katsuki lo deja. Está bien. Está bien si es él.
Izuku se inclina para besarlo y Katsuki bufa antes de que sus labios choquen.
Shouto, en el fondo, se ríe. Se acerca. Se pone en cuclillas cerca de la cabeza de Katsuki y, mientras Izuku sigue besándolo, la mano de Shouto roza su cuello.
Katsuki gime.
En otro momento le daría vergüenza oír lo que sale de sus labios, pero cuando Shouto e Izuku lo tienen atrapado nada importa. Todo se vuelve un juego por desesperarlo, por recorrer cada centímetro de su piel. Con los dedos, con los labios, con más piel. Izuku se pone a horcajadas sobre sus muslos y lo ayuda a incorporarse, para que quede sentado. Eso es todo lo que Shouto necesita para rodear su cintura con sus brazos, acomodarse detrás de él, rozar con sus labios su cuello.
Ni siquiera necesita preguntar.
—Princesa… —dice y su voz sale más desesperada de lo que le gustaría. Negará por siempre que pierde la cabeza por estar entre Izuku y Shouto, así—. Por favor.
Shouto muerde. Katsuki siente sus dientes, su lengua, no puede concentrarse en nada más, pero Izuku lo besa como si quisiera matarlo instantáneamente. Sus labios están atacando los suyos, no tiene ni un segundo de respiro. Los dedos de Shouto se clavan en su cintura, como si quisiera rodearla con sus dos manos. Y las de Izuku recorren su pecho, aunque sería más correcto decir que lo arañan; su piel va a acabar roja, llena de las marcas de sus uñas.
Izuku se separa un poco y le pone una mano en la barbilla. Por estar sentado encima de sus piernas le saca unos cuántos centímetros. Lo hace mirar para arriba, enfrentarse a sus ojos verdes, brillantes, llenos de luz. Izuku sonríe.
—Me gusta tu cara así —le dice.
—¿Así cómo, idiota? —pregunta Katsuki. Frunce el ceño, infanta fingir que todo lo que está pasando no le afecta. Fracasa.
—Desesperada —murmura Shouto en su oreja y le clava todavía más las uñas en la cintura.
Izuku abre la sonrisa, se distrae apenas un momento y Katsuki aprovecha para atacar sus dedos, tan cerca de sus labios. Atrapa uno entre sus dientes y pide permiso con la mirada. Izuku se pone rojo, color de un jitomate, pero asiente.
Katsuki termina haciendo dos cosas al mismo tiempo. Agarra la cintura de Izuku y lo hace acercarse más, pegarse más a su piel y chupa uno de sus dedos sin dejar de mirarlo hasta que el otro no puede soportarlo y aparta la mano y vuelve a besarlo. Katsuki alza la cabeza, buscando sus labios de manera ávida.
Antes de alcanzarlos Shouto le muerde el lóbulo de la oreja.
Y Katsuki gime otra vez.
Shouto parece determinado a encontrar todos esos pequeños gestos que lo hacen perder la cabeza y causan que de sus labios salgan todos aquellos ruidos tan vergonzosos —que en realidad no le importan si solo los oyen Izuku y Shouto—. Katsuki sabe que siguen vestidos únicamente porque están en la sala de Inko Midoriya y ella podría llegar en cualquier momento.
—Kacchan…
Siente el aliento de Izuku directo sobre su cara.
—Usa mi nombre.
«Suena diferente cuando usas mi nombre».
—Kach… Katsuki… —corrige a tiempo.
Y lo besa.
Katsuki tiene la sensación de que Shouto suelta una risa corta detrás de él.
—Es fácil, ¿sabes? —El príncipe pasa su lengua por el cuello de Katsuki y él siente que va a explotar por dentro y tiembla como si tuviera escalofríos, pero en realidad toda su piel arde, especialmente allí donde Shouto e Izuku tocan—. Desesperarte.
Y no puede contestarle porque Izuku tiene su boca atrapada con las suya.
«Carajo, princesa…». Se le quedan atrapadas las palabras en el beso y no le importa en lo más absoluto.
Está justo donde quiere estar.
Entre Izuku y Shouto. Todo un mundo a sus pies, una eternidad por delante. El destino siempre lo estuvo llevando a ese momento, con ellos dos.
Y entre beso y beso, Shouto hace una pregunta.
—¿Qué haremos ahora?
—No sé —responde Katsuki—. ¿Quieres conocer la Corte Otoñal, princesa?
Izuku pone un dedo sobre sus labios, evitando que siga hablando.
—Tenemos tiempo.
Sí, piensa Katsuki. El idiota tiene razón. Tienen tiempo. No van corriendo huyendo de alguien que los persigue, no buscan a nadie. Así que sólo sonríe de lado y se rinde a los brazos de ambos.
Notas finales:
1) Siento muchas cosas. Este último capítulo en realidad es más un epílogo, pero cierra todo lo que estuvo cocinándose desde el principio: un tiempo donde Shouto, Izuku y Katsuki estuvieran tranquilos, donde pudieran simplemente ser. Con sus destinos todos entrelazados, pero ser. Y en que Inko tuviera un momento estelar y ESTE es su momento estelar. Es irónico que sea a Kacchan a quien le toque narrar uno de los capítulos más tranquilos de la historia, pero quería terminar con él. Es mi bebé.
2) Por supuesto que traigo proyectos nuevos, verán activo mi perfil durante julio con varias cosas. Sí, entre esas cosas traigo más universos alternos high fantasy porque son la cosa más increíble del planeta. Cosas para el cumpleaños de Izuku, cosas para la Twin Stars Week (bakudeku, en traducción), fics habrá.
3) Este es el long fic más largo que he escrito en mucho tiempo. Básicamente el más largo que he escrito desde el primero (el cual quiero extirparme, porque fue el primero y es muy malo). Tiene el tamaño de Harry Potter y la Cámara Secreta y es apenas un poco más largo que Persuasión de Jane Austen. A veces eso pone las cosas en perspectiva de cuánto escribí. Y no sé, sólo quería compartírselos, para ver si yo me lo acabo de creer.
4) Si leyeron todo, muchísimas gracias por llegar hasta aquí. A todos los que comentaron, por aquí o por mis redes. A todos los que me hicieron saber que estaban leyendo. A todos los que me aguantaron mientras escribí durante dos meses de mi vida. GRACIAS. También a todos los que leyeron anónimamente (me encantaría que comentaran, aunque fuera un hola, para saber que están allí). Gracias por acompañarme. En serio, gracias. Hubo un momento que esta historia se me hizo muy cuesta arriba porque sentí que estaba abarcando mucho más de lo que podía, pero ya me demostré a mí que no, que pude. Aquí está. Yo parí esta historia. Es mía.
5) Si les gusta escribir y les gusta BNHA, hagan fandom en español. Y de nuevo, ¡gracias!
Andrea Poulain
a 28 de junio de 2020
Estado de México
