Hermione no supo cómo actuar. Le envió una nota de disculpa a la mortífaga pero no recibió respuesta. Estaba segura de que ni siquiera la leyó; al fin y al cabo lo mismo había hecho ella la semana anterior… Solo una vez se la cruzó por los pasillos. Antes de que le diera tiempo a acercarse, Bellatrix creó una especie de campo de fuerza que le impidió aproximarse e incluso hablarle. No conocía ese maleficio. "Seguro que se lo enseñó Voldemort, igual es uno de los del cuaderno" pensó Hermione con sorna.
Quería disculparse, ya no sabía si con sinceridad o para que la ayudara a recuperar a sus padres. Pero la realidad era que la echaba de menos. Sus bromas, sus ideas estúpidas, sus citas para degustar comida basura o allanar hoteles de cinco estrellas… Pero no se le ocurría cómo. Cada vez que intentaba acercarse a ella lo único que lograba era cabrearla más. No creía tener tanta influencia en su humor, no podía estar tan enfadada solo porque la había traicionado una sangre sucia…
Esa semana leyó en El Profeta que el dilema de dejar a la infame mortífaga en libertad seguía candente. Supuso que su mal humor se debía a eso. O a los alumnos, las clases, el agobio de aquel lugar que odiaba… Probablemente todo sumaba. Lo único claro es que necesitaba que la perdonara y no tenía ni idea de cómo. Hasta que se encontró con alguien en la sala de profesores.
-¡Mir! ¿Qué tal, cómo estás?
-Bien, Hermione, igual que estas dos semanas en las que no he sabido nada de ti.
El tono de la francesa no reflejaba rencor, pero supo que lo había. No la había llamado "Herms" y ni siquiera había levantado la vista de los exámenes que estaba corrigiendo. Hasta ese año Mirelle y ella eran mejores amigas, hablaban y tomaban el té juntas casi todos los días. Era verdad que estaba descuidando su amistad. Y no era justo para su compañera que la había ayudado en todo momento. Hermione se dio cuenta que acusaba a Bellatrix de ser cruel y utilizar a la gente pero ella misma estaba cogiendo esos vicios. Bueno, empezaría la ronda de disculpas:
- Siento mucho…
-Hermione, tengo mucho trabajo. Dime qué necesitas.
Su tono seguía sin ser cortante, se mantenía neutro, pero Mirelle siempre había sido cariñosa y alegre. Verla así se le hacía muy extraño. Y no le gustaba nada.
-Mir, eres mi mejor amiga, yo…
-Me prometiste que no le harías daño –la interrumpió mirándola por fin-. Hiciste lo que debías, por supuesto, pero ya sabías en lo que te metías.
La gryffindor abrió y cerró la boca varias veces. La descolocó darse cuenta de que Mirelle no estaba enfadada porque la hubiese ignorado, sino porque había perjudicado a Bellatrix. Carecía de sentido negarlo. Le expuso su punto de vista, cómo todas sus vivencias pasadas la habían vuelto desconfiada y que estaba arrepentida. Mirelle estuvo largos segundos sin comentar nada, pero finalmente asintió.
-No sabes cómo disculparte, ¿verdad?
-No… -reconoció Hermione- Tú la conoces mejor…
-Demuéstrale que sí confías en ella.
-¡Lo he intentado! Pero no lee mis mensajes, ni…
"Con palabras no, con hechos" murmuró la francesa acercándole el periódico. Hermione contempló el ejemplar de El Profeta. Era otra de las noticias de que las víctimas de Voldemort no se sentían seguras con la decisión del Ministerio de exonerar a Bellatrix. Había varias entrevistas en las que los ciudadanos decían que necesitaban pruebas de que realmente hubiese cambiado. Hermione no entendió qué podía hacer ella. Mirelle, que había vuelto a su trabajo, murmuró: "Eres la chica dorada, la gente te valora". Le costó pocos segundos entenderlo. Si ella concedía la entrevista que tantas veces había rechazado y contaba que Bellatrix era una gran compañera seguro que convencería a muchos. Era buena idea, la mejor hasta el momento.
-¡Mil gracias, Mir, eres la mejor! –exclamó con renovada ilusión- Te prometo que a partir de mañana volveremos a tomar el té todos los días, te lo compensaré. Me perdonas, ¿por favor? –preguntó intentando imitar la expresión de cachorrito inocente de Bellatrix.
Mirelle la miró con el ceño fruncido. Pero pronto suspiró y asintió. Hermione la abrazó y le dijo que iba a usar la chimenea de McGonagall para ir a las Oficinas del Profeta. "Muy bien", murmuró la francesa, "Una cosa, Herms: si la fastidias otra vez, será la última". Lo dijo con una sonrisa y con su habitual tono despreocupado. Pero la chica notó que encerraba una absoluta sinceridad. Asintió con cierto temor y salió a toda prisa.
Rita Skeeter se mostró muy dispuesta a colaborar. No fue ninguna sorpresa: seguía temiendo que Hermione cumpliera su amenaza de delatar su condición de animaga no registrada. Y además una entrevista con la chica dorada hablando sobre la lugarteniente de Lord Voldemort era oro puro. Así que accedió de buen grado y le permitió revisar el texto una vez terminado. Hermione no mintió: contó que era buena compañera, que la había ayudado en varias ocasiones, que los alumnos la adoraban y que obtenía las mejores valoraciones en las evaluaciones. Solo censuró dos preguntas: "¿Pero tú consideras que realmente ha cambiado?" y "¿Crees que se arrepiente de sus actos?". No veía necesidad de mentir a todo el país.
A la mañana siguiente una lechuza le entregó un ejemplar. Lo leyó y quedó satisfecha. Supuso que a Bellatrix le gustaría y rezó porque fuese suficiente. Más valía, porque estaba segura de que perdería a muchos de sus amigos a causa de aquello.
-Espero que al menos me quede Harry –pensó con tristeza.
Por supuesto la primera reacción sería rabia por limpiar la imagen de la asesina de Sirius. Pero cuando se calmaba, Harry solía ser compresivo con ella… O en eso confiaba. Para asegurar, le mandó una carta diciéndole que tenía novedades y necesitaba explicárselo. Esa misma tarde, recibió una nota breve, solo tres palabras: "Estamos en paz". No era de Harry. Era de Bellatrix.
¿Qué quería decir con eso? Vale, que la perdonaba por su desconfianza estaba claro. Y que no retomaban su relación también. Pero respecto a sus padres, ¿iba a seguir buscando el cuaderno? ¿Realizaría la poción en caso de encontrarlo?
-Joder, por qué tiene que ser todo tan difícil… -maldijo agotada.
A pesar del cansancio, había quedado con Mirelle para tomar el té y no le iba a fallar. Así que se recompuso y se dirigió al despacho de la profesora de Encantamientos.
-¡Hola, Herms! –exclamó la francesa- He conseguido los pastelitos que te gustan.
-Creo que es la primera cosa buena que me sucede esta semana –murmuró la chica dejándose caer en el sofá.
La francesa sonrió. Sirvió el té y los dulces y la dejó desahogarse. Hermione le detalló sus problemas sin apenas omisiones. Y por primera vez en semanas se sintió más liberada; el simple hecho de compartirlo aliviaba el peso sobre su espalda. Su amiga la escuchó con interés y no la interrumpió. Cuando terminó, Mirelle comentó respecto al asunto que preocupaba más a la joven:
-Yo creo que sí te ayudara. Seguro que sigue buscando el cuaderno, nunca se rinde con esas cosas. Y estoy segura de que si da con él, al menos lo intentará. Claro que mejor no hacerse ilusiones porque es muy difícil que todo salga bien, pero… Oye, ¡alguna vez algo tendrá que funcionar!
Hermione sonrió y le dio las gracias. Sintió como la esperanza renacía en ella: Mirelle era muy discreta, jamás revelaría lo que otra persona le había confesado. Pero hablaba con Bellatrix a diario, así que igual había compartido con ella sus planes. Sabía que Mirelle no jugaría con sus ilusiones ni le daría esperanzas en vano. Ya más animada, pasaron a conversar sobre temas menos profundos. Al despedirse, Hermione la abrazó y susurró:
-Muchas gracias, Mir. Me alegra mucho tenerte a ti como amiga. Y gracias por tu ayuda con Bellatrix, aunque ya no vuelva a hablarme…
-¿Por qué? Invítala a cenar o algo y seguro que se le pasa. Solo le quedan tres meses de estar aquí y está bastante animada.
-¿Tú crees? –preguntó la chica con dudas- Jamás aceptará cenar conmigo…
-Bah, ya se nos ocurrirá algo –murmuró la francesa cogiendo el material para su siguiente clase-. Mañana nos vemos, Herms, que vaya bien la tarde.
La chica asintió y se marchó sin dejar de darle vueltas a sus palabras.
A la mañana siguiente recibió otra buena noticia: Harry le respondió citándola el sábado por la mañana en Grimmauld Place para que le explicara su "vehemente declaración de amor hacia la asesina de mi padrino". Si bien se notaba el enfado, su amigo sabía que Bellatrix la salvó de Greyback y conocía pequeños detalles como que la ayudó en su clase de vuelo. Por eso le concedía la audiencia. Dedicó el resto del día a pensar en cómo relatar la historia del cuaderno sin hacer referencia a Voldemort.
Desde primera hora su entrevista estaba en boca de todos, el Profeta batió records de venta. Por las noticias que leyó y lo que le contaron sus compañeros, Hermione se enteró de que su propaganda había funcionado: si la chica dorada se ponía de parte de la mortífaga, muchos de los indecisos aceptaron darle una oportunidad. La gente realmente apreciaba a la hija de muggles que le salvó la vida a Harry Potter (varias veces) y que lo sacrificó todo por ganar la guerra. Su opinión era más valiosa de lo que ella misma pensaba. Eso la animó un poco. Por supuesto seguía habiendo gente en contra, pero no eran grupos organizados que fueran a causar problemas serios. El propio Shackelbolt le escribió para darle las gracias y la invitó al Ministerio. Ella quemó la carta, desde luego no lo hacía por él…
Cuando llegó el sábado, utilizó la chimenea de McGonagall y se personó en Grimmauld Place. Ginny estaba de gira mundial con su equipo de quidditch, así que tenían la casa para ellos solos. Hermione observó que Harry había empezado a pintar las paredes para modificar el aire lúgubre y amenazante que tenía esa casa. Se sentaron en el salón y la chica comenzó su relato. Le refirió lo que sabía de la poción pero se mantuvo en la primera versión de la bruja: el cuaderno era suyo y no contenía nada peligroso. Harry no dudó de la primera parte, pero sí de la segunda.
-A mí también me han pedido mucho que hable sobre ella, Hermione –confesó Harry-. Y no quiero hacerlo, pero creo que cualquiera sabrá cuál es mi opinión sobre dejarla libre…
-Lo entiendo perfectamente, pero han dejado libre a Lucius y no ha pasado nada, está ayudando en el Ministerio y…
-Lucius no mató a Sirius.
Hermione cerró los ojos: siempre volvían al mismo punto. No quería mostrarlo, pero le daba miedo que su amigo hablara en público. Si habían perdonado a Bellatrix por sus palabras, el público –que era como un rebaño de trolls- no tendría problema en volver a cambiar de opinión por Harry. Resultaba descorazonador ver cómo funcionaba la sociedad. Viendo su hastío y dándose cuenta de que llevaban más de una hora de debate, Harry decidió que necesitaban una pausa.
-¿Qué te parece si me ayudas a seleccionar qué libros tiramos?
-¡Pero cómo vas a tirar libros! –exclamó la chica horrorizada.
-Solo los que ya no estén vigentes o sean peligrosos, Mione, ya sabes cómo son los Black.
-Ah bueno, entonces es un buen plan –aceptó la chica sonriente.
Se levantaron y fueron a la biblioteca. Harry había hecho una clasificación previa de algunos volúmenes que se hallaban desperdigados por el suelo y varias mesas. Había seleccionado los más peligrosos –los que atacaban- y los que versaban sobre hechizos anticuados y los había colocado en el montón de "quemar". Pero hasta ahí había llegado su labor. Para Hermione fue mejor que su cumpleaños: estableció un método de organización y selección y su amigo le permitió quedarse los que quisiera. Pasaron horas distraídos con eso mientras conversaban sobre sus trabajos. Por la tarde, Hermione observó las estanterías perfectamente ordenadas y comentó:
-Toda esta zona ya está, ¿qué son los libros de esta mesita? No estaban antes aquí.
-Ah, los que me he ido encontrando en otras habitaciones –explicó el chico-. No creí que a Sirius le gustase tanto leer, guardaba libros hasta debajo del colchón.
"¿En serio?" preguntó la chica sorprendida. Ella fue buena amiga de Sirius y hablaron bastante. Aunque era muy culto e instruido como correspondía a su estatus, nunca le tuvo por un gran lector. Mucho menos le consideró de los que se acostaban con ellos (ella era la presidenta de ese club y distinguía a los miembros). Pero Harry se lo confirmó:
-Sí, ese de la esquina –murmuró distraído mientras seguía rellenando estanterías.
Hermione cogió el libro en cuestión: "Guía definitiva de razas de dragones". Algo en ese título hizo saltar un resorte en su cerebro. Lo abrió y pasó las páginas del principio. Había una dedicatoria escrita en una caligrafía elegante pero algo infantil que le era epidérmicamente familiar. Aun sintiendo que estaba violando la intimidad de un muerto, la leyó:
Así puedes elegir cuáles prefieres criar cuando tengamos nuestra montaña.
Te quiero, maldito idiota.
Trixie.
"Mierda…", pensó la chica, "¡Mierda, mierda!". Le temblaron las manos sin tener claro qué hacer. Al contrario de lo que creía Bellatrix, Sirius no había quemado todo lo que ella le regaló. Había guardado ese libro durante décadas. Se notaba que fue una edición cara, de coleccionista; pero el tiempo y más probablemente el uso, lo habían desgastado. Aún así las imágenes que lo ilustraban seguían siendo soberbias. El animago había anotado cosas en los márgenes: cuáles eran sus favoritos, cuáles creía que le gustarían más a Bellatrix, cuáles serían más fáciles de criar… Lo hojeó hasta que algo resbaló de entre las páginas.
-Harry…
-Dime –murmuró el chico que seguía a lo suyo.
-Ya te lo dije una vez, pero yo no creo que Bellatrix quisiese matar a Sirius. Creo que le lanzó un hechizo aturdidor pero tuvo la mala suerte de que el velo estaba detrás.
Hubo unos segundos de silencio. Era evidente que el moreno rememoraba esa escena casi a diario. Harry dejó los libros que tenía entre manos y la miró.
-Puede que tengas razón en que no le lanzó un avada. Pero aunque no quisiera matarlo con ese conjuro, solo estaba jugando con su comida. Le odiaba desde que eran niños y siempre deseó matarle.
-Si no fuese así… ¿Te replantearías lo de que la dejen libre?
-Hermione, lo siento –declaró el chico con firmeza-, sé que a ti te ha ayudado y me alegro. Pero no hay nada que pueda hacer que cambie de…
Su amiga le tendió una fotografía antigua. Él la aceptó. Era mágica y los protagonistas se movían en bucle: un chico moreno –extremadamente atractivo- abrazaba por la espalda a una chica morena -extremadamente atractiva-, él la besaba en la mejilla y ambos sonreían con lo que parecía absoluta felicidad. No tendrían más de dieciséis años, pero su aspecto algo gótico y alocado sugería que mejor no meterse con ellos. Al fondo se distinguía un paisaje nevado completamente desierto. Por el plano ligeramente aberrante se podía deducir que se habían hecho ellos mismos la foto.
Harry la contempló durante casi un minuto sin decir nada. Por supuesto reconoció a su padrino, aunque en ninguna imagen (ni siquiera con los merodeadores) lo había visto tan feliz.
-¿Quién es la chica? –preguntó- Parece su hermana pero Sirius no tenía hermanas.
Hermione le miró con incredulidad. No supo si no lo veía o no quería verlo.
-Es… es su prima –susurró sin necesidad de aclarar cuál de las tres-. Tiene la misma sonrisa que ahora, pero los ojos ya no le brillan así. Ahí se la ve…
"Feliz" susurró Harry. Su amiga asintió con tristeza. "Creo que por eso te salvó de morir, por honrar la memoria de Sirius" murmuró la sabelotodo. Él no fue capaz de responder, simplemente siguió contemplando la imagen. Después de aquello ninguno tuvo ánimos para seguir ordenando.
