Disclaimer: Nada me pertenece; hago esto solo por diversión. La historia le pertenece a M.N Téllez y los personajes son de Mizuki e Igarashi.


CAPITULO VIII

El día siguiente y otros muchos se continuaron las fiestas y regocijos; las danzas pastoriles, los cánticos, los himnos y banquetes se alternaban y sucedían. En fin, un convite espléndido y magnífico semejante al primero señaló el fin de aquella solemnidad. Terminadas las fiestas los cortesanos de las Luces comenzaron a volver a su amada patria; todos felicitaban a los esposos y se despedían deseándoles el pronto arribo a su felicísimo Reino. Vincent, el bien amado del Príncipe, partió también amando a su nueva hija y recibiendo de ella las mayores muestras de respeto y filial ternura. Las doncellas amigas de Candy se despidieron de ella dando y recibiendo joyas y muchos otros regalos y prometiendo continuar su comunicación por escrito. Los habitantes del Desierto y de las Luces volvieron también cada uno al lugar de su residencia. Sólo Rosemary había quedado en el Desierto, no acertando a separarse de sus hijas, y tenía gran placer en acompañar a Candy en los primeros días de su felicísimo nuevo estado. Sí, Candy era feliz: gozaba de incomparables delicias, era toda para su Amado, no pensaba sino en agradarle y complacerle, se adornaba para él y no perdía ocasión de presentarle nuevos obsequios. Elroy, en vez de estorbarle para esto, le ayudaba con todas sus fuerzas; amaba al Príncipe y a la incomparable Rosemary, y mostraba indecible gozo en servirla y en darle muestras de su fidelidad y de su respeto. ¿Y el Príncipe? ¡Oh!, el Príncipe estaba embriagado de amor. ¿Quién podrá explicar el exceso de su ternura para con su esposa? Paseando con ella por los bosques de la montaña, llevándola a su huerto y a su viña, o reposando a la sombra de su querido árbol, aspirando el aroma de las flores, gustando la dulzura de sus frutos, embriagándose con sus dulces recuerdos… En todas partes el Amado era para su amada y la amada para su Amado. El cariñoso Anthony colmaba de finezas y regalos no sólo a Candy, sino también a Elroy su esclava y a las pastoras sus amigas, las que habían permanecido en el monte de la Mirra acompañando a Candy y recibiendo las dulces instrucciones de Rosemary, que deseaba adiestrarlas en el orden y método que debían observar cuando se viera precisada a volver al Reino de las Luces. Siempre que la Señora les manifestaba estos pensamientos, Candy y las pastoras rompían a llorar. Rosemary las consolaba asegurándoles que a tiempo oportuno todas serían conducidas al Reino de las Luces, donde las reconocería por sus hijas y donde las pastoras serían también ventajosamente colocadas.

Un día que habían salido a dar un paseo de la manera que acostumbraban por aquellos amenos bosques, a su vuelta les entregó Albert una carta del Rey de las Luces: venía dirigida a Rosemary, y le decía que volviese ya a su morada porque anhelaba gozar de su dulce compañía y mirar su rostro y escuchar su voz. «—Porque tu voz —decía—, es dulce y tu rostro en gran manera hermoso y agraciado». Añadía que su obra estaba terminada y que si aún le quedaba que hacer alguna cosa, bien podía desde el Reino de las Luces dar sus órdenes y disponer cuanto gustase y que se haría cuanto ella dispusiese. A esta noticia todos prorrumpieron en llanto, pero la Señora les lizo ver que era forzoso obsequiar la justa y cariñosa voluntad del Rey. No hubo qué replicar y se trató de hacer los preparativos para la partida. El Príncipe dispuso que Albert acompañara a su augusta Madre, comisión que fue aceptada por él con sumo gozo, y antes quiso Rosemary ir a su antigua y preciosa morada, a donde condujo a las pastoras sus hijas, encargándoles que permaneciesen allí hasta nueva orden. Hecho esto, volvió al monte de la Mirra a despedirse del Príncipe y de Candy, despedida llena de ternura; aseguró a su hija que no la perdería de vista y que acudiría a su socorro siempre que ella lo pidiese, lo que podía hacer por medio de su precioso collar. En fin, la abrazó tiernamente, y acompañada de Albert partió para el Reino de las Luces.

Candy sintió sinceramente la ausencia de Rosemary y derramó tiernas lágrimas; pero se consolaba con la compañía de su esposo, y sobre todo con que se cumpliera la voluntad y gusto del Rey de las Luces; pero Elroy lloraba sin consuelo, pues no podía acostumbrarse a carecer de la compañía de la que tanto amaba y que tan dulce y bondadosa había sido para con ella. El Príncipe, con el objeto de consolar a Candy y Elroy, les propuso que le acompañasen en un viaje que debía hacer a un lugar llamado el campo de las Tres Minas, donde tenía que cumplir algunos encargos del Rey su Padre, y ellas aceptaron al punto por no carecer de su amada compañía.


Ya estoy de vuelta, una disculpa por el retraso en publicar este capítulo. Rosemary se ha ido, ¿qué nuevas aventuras le esperan a Candy ahora que ya es la esposa del Príncipe?

¡NOS VEMOS LA PRÓXIMA!