Capítulo Treinta y uno.

Empujó dos veces más fuerte, en la tercera se arrojó contra la puerta hasta derribar toda barrera. Escuchó el crujir del madero y luego el ladrido de los perros. Anna se levantó de un montículo, sacudiendo su ropa impregnada por restos de la paja. No tardó en callar a los caninos, inclinándose hacia ellos para acariciarlos.

Ella lucía muy tranquila. Como si fuera normal que él derribara una puerta a la fuerza. Su respiración estaba agitada, mientras veía a su alrededor buscando el rostro de ese sujeto en la penumbra. Nuevamente caminó por todo el lugar, que sólo tenía las camas de los perros, heno y cosas viejas almacenadas en el rincón. Estaba tan enojado, que no pudo evitar un sonido de frustración en su boca.

—¿Todo bien? —preguntó Anna, tocando su hombro.

Él giró a verla, totalmente confundido.

—¿Qué pasa contigo? —preguntó atropellado—¿Por qué sales así a mitad de la noche?

—He pasado noches aquí, no es raro—dijo con firmeza—Es tranquilo.

¿Sí? ¿Y por qué él no podía sentir esa misma paz? ¿Por qué sentía cómo su corazón bombeaba con tal brío?

—Es peligroso, alguien podría venir y atacarte aquí—describió tomándola de los hombros—Es una imprudencia.

—Sí, ya veo—respondió mirando la puerta rota y el madero en el suelo partido a la mitad—¿Qué te pasa a ti? ¿Estás bien?

Quería decirle que no, pero eso cómo lo dejaría, como un maniático. Porque en realidad no sabía qué hacer con toda esa adrenalina, así que solo la abrazó, tratando de calmarse. Ella comprendió el mensaje, acariciando su cabeza.

—Vamos a la casa—propuso la rubia.

Él asintió, tomando su rostro con pesadez, caminando hacia la salida

—Acomodaré sus camas—le dijo Anna.

—Te ayudo.

—No, no quiero que ladren, podrían despertarlos—negó con firmeza, lo cual fue suficiente para que él esperara afuera.

Entonces tomó los tapetes de ambos perros y los volvió a dejar en su sitio. En esa esquina estaba Yoh escondido en un montículo, con el corazón igual de desembocado.

—Es lo mínimo que te mereces por saltarte mi ventana—dijo Anna con una pequeña sonrisa malvada.

—Ya… sólo llévalo a dormir—dijo hundiéndose más.

—Haces esto muy complicado, solo sal y dile que eres tú.

—Sí, claro, apuesto que le va a pedir prestada la escopeta a tu papá y me matará por dos razones.

Anna se jactó aun más de su temor, inclinándose a él.

—Él no es un asesino.

—Lo sé, es un buen hombre—dijo con melancolía—Bueno, ve a dormir, yo me quedo con mis amigos.

Movió su cabeza en forma negativa. No creía que huyera así como estaba vestido, aun así, no le agradaba del todo la idea de que pasara la noche ahí. Era frío casi al amanecer.

—¿Anna?...

Suspiró y se levantó para salir del granero. Tuvo que reconocer que esto era una situación rara. No se parecía nada a los primeros días en que salían. Los viajes en bote, las cenas, los encuentros pasionales. Ahora había mucha tensión entre ellos. Luego todos esos sentimientos que iban y venían a su antojo. Caminaron juntos en silencio a la casa, mas cuando llegaron a la habitación de huéspedes se sintió rara al entrar con él.

—¿Puedes quedarte a dormir?

—Creo que ya hicimos demasiado ruido con esto—dijo ella.

—Sólo es dormir—contestó él—Yo dije que respetaría la casa de tus padres.

Lo sabía y confiaba en que podían solo dormir abrazados. Pero cómo podían sólo recostarse en la misma cama como si nada.

—No me sentiría cómoda—admitió en voz tenue.

—¿Por qué?

—Porque te quiero—dijo firme—Así que si no sientes lo mismo que yo y no quieres que lleguemos al mismo punto, déjalo…

—¿Por qué todo siempre pende de una declaración?—dijo molesto.

Ella suspiró fastidiada.

—No vamos a tocar ese tema, ya nos quedó claro que queremos cosas diferentes—dijo, dándose la vuelta—Buenas noches, Hao.

Con eso terminó de arruinarle la noche. O lo que restaba de ella, es que no podía pensar que era una idiotez todo eso. ¿Por qué demonios Anna quería una declaración de amor tan instantánea? Había parejas que salían por años y entonces sucedía. El amor no se daba de la noche a la mañana, aunque si era sincero… muchas veces lo dudó. Y lo dudó cuando estaba con ella, por el modo en que lo hacía sentir, en la manera en que la extrañaba. Pero ya había pasado tiempo. ¿La seguía añorando tanto como antes? No sabía.

Durmió muy poco, pero no pudo dormir más. Se sentía como un vil estúpido por ir y actuar como un tonto. Le entregaría los documentos a Kyoyama y luego revisaría los detalles en el despacho, firmarían el acuerdo y se iría. Ya. Tenía suficiente de ese ambiente raro. Así que se bañó y cambió apenas amaneció. Salió de su habitación y dejó la maleta en su coche, cuando notó el ruido en la cocina.

Tal vez pedir un café a la madre de Anna, no estaba mal.

Sin embargo, cuando entró por la puerta, se sorprendió al ver que en realidad era Anna quien estaba cocinando. Llevaba el cabello recogido con un listón a tono de su camisa de cuadros, que le quedaba enorme y tenía arremangada en ambos lados. Estaba riendo, mientras alguien, en la barra leía algo desde el computador.

Cuando cerró la puerta, ellos se dieron cuenta de su presencia.

—Señor Asakura—le saludó el hombre de buen humor.

—Señor Grey—respondió escéptico—¿Tú cocinando? —dijo mirando a Anna.

—Es idea de Suzette. Nos repartimos los días para preparar el desayuno—respondió la rubia, acercándole una taza de café— Hoy es mi día.

—Por ejemplo, ayer nos tocó lavar los trastes de la cena—añadió Yoh—Hoy le toca a Justin y Christine.

Vaya, su hermana era todo un torbellino de ideas, aunque con mucha gente al mismo tiempo, comprendía el porqué de la operación.

— Pero como usted mismo lo mencionó, Anna es pésima cocinera—agregó con gracia.

—Jodes con eso—se quejó la rubia—No pensé que se pegara el panqueque en el techo.

Algo en eso le pareció gracioso y su mal humor se disipó, imaginando el desastre en la cocina.

—¿Es en serio? —preguntó Hao, conteniendo la pequeña risa—¿Por qué harías algo como eso?

—Porque lo vio en la tele—contestó Yoh, haciendo sonrojar a Anna—¡Es la verdad, tú me lo dijiste!

—¡Y tú no sabes guardar un secreto!—dijo señalándolo con la espátula.

Entonces comenzó a reír, cuando a él también lo amenazó con la espátula.

—Basta, idiotas, no soy su bufón—les advirtió a ambos—Sígueme leyendo.

—¿Y qué está leyendo? —preguntó interesado Hao, asomándose al computador.

—Recetas de cocina—contestó su hermano—No quiere dejarnos mal, la última vez tuvimos que llevarlos al comedor del pueblo, porque se nos quemaron los huevos. Lo peor es que nos acabamos las dos canastas. No imaginas la cara de su madre….

—Creo que ya me la imagino—dijo enviándole una mirada burlona.

Notó en Anna un sonrojo mayor, mientras se giraba molesta a la nevera, sacando arándanos azules de la nevera y más frutos rojos. Pero era inevitable no burlarse de ella. Era magnifica en muchas cosas, sabía que no era buena en la cocina, pero no sabía que se le daba tan mal los brunch.

—¿Y cuál es el delicioso menú de hoy?

—Waffles con pequeñas chispas de chocolate, los compramos en el súper mercado ayer, ya están hechos—dijo con alegría—Nada más se calientan y listo. Luego…—dijo bajando el cursor, acomodando sus lentes—Queremos hacer huevo en los moldes de metal, son como pastelillos pero con huevo, vegetales y queso adentro—dijo señalando el fondo de la barra—Fruta, algo de yogurt con miel… ¿Aun vamos a hacer los panques de avena?

—Papá no come si no hay pan en la mesa—resolvió, dejándole un batido color morado frente a él.

Ella siguió buscando en la despensa cosas para preparar el desayuno. Él no tardó en coger el vaso grande y beberlo de la pajilla, mientras seguía con la lista de cosas.

—¿No es demasiado?

—Lo que salga bien es ganancia—le respondió Yoh, luego vio su rostro—Lo sé, no se ve muy bien, pero no sabe mal, es betabel con frutos rojos.

—¿Por qué no mejor un café? —preguntó el castaño, levantando su taza—No puedo concebir a un hombre sin cafeína. Casi está en nuestro ADN—dijo cogiendo la cafetera para servirle en una taza—Es fuerte y tiene buen sabor, pruébalo.

Él le sonrió casi con pena.

—Lo siento, es que… según el doctor no debo tomar café por el momento—dijo en tono más bajo—Tengo anemia, entonces dice que en mi caso, me limita la absorción del hierro. Por eso tomo los batidos que me prepara Anna. Aunque no me guste mucho, pero el kiwi y el betabel son buenos para eso—mencionó con un ánimo más renovado.

No supo por qué algo en su estómago se revolvió.

—¿Y… cómo llegó a esa condición, señor Grey?

Observó que mordió su labio inferior y miraba la pantalla de la computadora, como si aquello le diera las respuestas que necesitaba decir. Quizá era una imprudencia preguntar.

—Pobreza extrema—dijo Anna, colocando una caja de vegetales sobre la barra.

—¡Anna! —dijo bastante apenado—Lo siento…. Ella es….

—Mandona y muy directa—resumió él, mirándola tranquila—Nada de lo que me impresione, señor Grey. Sin embargo, déjeme decirle algo, la pobreza no es algo de lo cual estar apenado—dijo recogiendo las mangas de su camisa—Yo mismo, antes de poder comer caviar y todos esos pescados extravagantes... para mí, incluso una manzana—le dijo tomado la fruta del platón—Era un manjar en tiempos en los que no tenía ni para comer. Y vaya que sufrí mucho tiempo con hambre.

—Imagino…—dijo bajando su mirada.

Extrañamente se sentía raro hablando de eso con él. En especial con él. Juraría que al verlo de nuevo, más en presencia de Anna, iría a soltarle un puñetazo en la quijada. Pero nada de eso le nació. En cambio, estaba ahí, sentado en un banco al lado del hombre que le hacía competencia. Sin rencillas, sin el más mínimo atisbo de maldad.

—Una de mis causas sociales es donar a un programa de hambruna. En especial para los niños—le platicó Hao con una extraña melancolía—Pero los adultos también necesitan ese apoyo. A un niño, a veces le permiten robar comida, saliendo ileso…

—A veces…—dijo con una pequeña sonrisa.

—A los adultos no les va nada bien.

—No, creo que les va un poco mal—admitió con un gran suspiro—Llegas a comer lo primero que encuentras y a veces no es algo que sirva.

Ambos callaron, recordando sus propias memorias. Mientras esa presión seguía en su pecho, casi sincrónico. Anna los contempló en silencio, seleccionando todos los vegetales que usaría. El silencio fue prolongado, pero nada incómodo. Era apacible, hasta dulce.

—Me encantaría dejarlos sentados ahí, coqueteando entre ustedes, pero necesito manos—dijo ella con una sonrisa traviesa.

Al ver en su rostro el sonrojo en ambos, sabía que no estaba tan equivocada al decir que si no fueran desconocidos, habría una extraña muestra fraternal.

—No permito que nadie dude de mi hombría.

—¡Ay! Así es ella, mejor ni intentarlo, sale peor—dijo su hermano, palmeando su hombro—¿Lista para enharinarte la cara? —dijo parándose, corriendo hasta ella para tomar un poco de harina del molde.

—¡No! ¡Ni te atrevas! —le advirtió la rubia, siendo atacada por sus manos en la cara—¡No!

Hasta él tenía que reconocer que verla toda desaliñada era algo ultra raro, mas al verla toda llena de polvo blanco. Sin embargo, era fácil que ella se enojara y golpeara al sujeto, mientras le tronaba un huevo en la cabeza.

—¡Anna! ¡Me acabo de bañar!

—Anna nada, a trabajar—le ordenó, quitándoselo de encima.

—¿Ve? No conviene enfrentarla ni con comida—dijo Yoh, caminando hacia el fregadero.

—Es lo que veo.

—¿Tú también quieres uno? —le dijo la rubia.

—Soy el invitado, yo no debería hacer nada, pero te ayudaré—dijo tomando el cuchillo para comenzar a rebanar los vegetales.

La siguiente hora pasó rápido. Cuando los niños comenzaron a pedir su desayuno, se sorprendió del control que ejercía su amigo en comparación de ella, que era la tía. Al parecer, los niños aún no podían percibir su aura imponente. Pero sí percibían el carácter afable del sujeto.

¿Encantador de perros? ¿De niños? ¿Y de rubias? Porque a pesar de que le agradaba, y mucho, no podía pasar por alto el modo en que Anna parecía estar en confianza con él. Molestándolo un poco.

—Austin, no ensucies a Maisie—le advirtió Anna.

—Tranquila, yo me encargo—dijo Yoh tomando a la niña, para colocarla en una silla—Robert, no tires la leche a la alfombra—dijo horrorizado, limpiando el líquido.

Tres niños de entre cinco años y dos, comiendo en la mesa solos. ¿Dónde estaban sus padres?

—Es domingo—le explicó Anna, limpiando la boca de su sobrina—Todos se levantan tarde.

—Y el que prepara el desayuno, siempre termina cuidando niños—añadió Yoh.

—Niños—comentó Hao, volviéndose a una silla más alejado—Mi kryptonita.

Por una parte, no negaba que verlos estresados era cómico. En especial porque los dos estaban sucios por la preparación del desayuno y sus juegos tontos. La verdad no comprendía el deseo de Anna por tener niños, si a leguas se veía que no podía controlarlos. Necesitaba mucho de la ayuda de su amigo. ¿Estaría él en esa posición de seguir saliendo?

Desvió su mirada al café sobrante en la taza. Querer a Anna era quererla en todo el amplio sentido de la palabra. Y para ser francos, era algo para lo que no se sentía listo. Se abrumaba siquiera al pensarlo. Pero la quería. Estaba tan en su mundo que apenas sintió cómo le tiraban un waffle con chocolate en la cara.

—Maisie—objetó Anna.

—Hako—dijo la niña divertida.

Grey comenzó a reír, pero luego le tendió una servilleta, mientras recogía el waffle. Sabía que no debía enojarse, pero no podía evitarlo. Por algo no le gustaban los niños.

—Tiene dos años…

—¡Hako! ¡Yoyo! —dijo agitando sus manos a ellos.

Tanto Yoh como Anna miraron a la niña que reía divertida. Claro que cómo podrían quitarle de su mente la idea de un nombre. Era más fácil con Austin y Robert, que tenían cinco y cuatro años. Pero Maisie era aún muy pequeña.

—¿Yoyo? —preguntó confundido el castaño.

—Tal vez quiere jugar—excusó de inmediato Yoh—Voy a sacar los muffins del horno.

—También acomoda la fruta.

—Sí, Jefa.

Entre órdenes e instrucciones, ese par diluyó el tema con facilidad. Sin embargo, su intuición le dictaba que no debía dejarlo pasar. No obstante, cuando el resto de la familia bajó, minutos después, nada de eso ocupó su mente. Más de uno comentó su asombro por el desayuno, al menos hasta que probaron la piedra que prepararon de muffins. Hubo bromas, comentarios constructivos, las felicitaciones se las llevó él, que cuidó a la perfección los huevos.

—Señor Asakura, siento lo de Maissie.

—Descuide, es… una niña—dijo él, viendo al par, tratando de cuidar a los niños ahora en la sala.

—Espero que esté listo para firmar contrato—añadió el padre de Anna.

Pasaron al despacho, donde con Justin, estuvieron acordando las últimas condicionantes. Descorcharon una botella y luego, brindaron por el nuevo acuerdo comercial. No quedaba más por hacer ahí, así que lo mejor sería despedirse.

—¿Por qué no te vas con Anna? —sugirió Ethan al verlo salir con todo el paquete de documentos.

—¿No la llevarás tú? —preguntó extrañado.

—Quería pasar a ver a los padres de mi novia—dijo admirando su vehículo—Tú vienes solo, no creo que tengas inconveniente.

Era demasiado confianzudo para sugerirlo, sin embargo, no estaba tan equivocado. Volvió a la casa, donde vio a Anna platicar con su hermana.

—Lo voy a molestar para que te lleve a su cuarto de juegos—dijo la última.

Anna se sonrojó, después advirtió su presencia. Al menos ya no tendría que esperar tiempo, porque ya se había bañado y arreglado.

—Ethan me dijo que no podrá llevarte, ¿quieres irte conmigo?

—¿Ahora?

Miró su reloj, ya había gastado mucho tiempo en el limbo. Tenía demasiados pendientes en la oficina, así que su afirmativa fue contundente. No sabía qué tanto cambiaba eso sus planes, pero al ver el modo en que observaba a su hermano de lejos, sabía que no estaba tan dispuesta.

—No puedo esperarte más de veinte minutos—le dijo firme.

—Bien.

Se despidió de la familia, mientras la vio subir a su habitación.

Tan pronto abrió la habitación, encontró que estaba sentado junto a la ventana, con el cabello recién mojado. No necesitó decir nada, él le sonrió con un gesto de tristeza.

—¿Debería saltar por la ventana y ahorrarte esto?

—Tú saltas por la ventana y yo voy y te arrastro de los cabellos al auto de tu hermano.

Él rió, ella se dirigió al escritorio y anotó algo en una hoja de papel. Luego se sentó a su lado.

—Ven conmigo.

Suspiró negando con la cabeza. Era una de esas charlas que tenían la misma línea negativa, similares a las que tenía con Hao sobre sus perspectivas de relación. Pero a diferencia de ésas, en esta estaba dispuesta a ceder.

—Entonces toma, si no lo quieres hacer ahora, no lo hagas—dijo firme, tomando su mano para dejar un papel—Hazlo cuando te sientas listo y búscame, yo estaré ahí si me necesitas.

—¿Pero cómo?...

Apretó sus labios, soltando un pequeño suspiro.

—Porque tú lo extrañas, así como él te extraña. Sólo que no lo sabe.

Entonces fue algo simultáneo, la forma en que se miraron y sus ojos se cristalizaron, unieron sus frentes.

—Corté algo del jardín para ti—susurró lento, mientras se paraba del banco y buscaba debajo de la cama.

Era una rosa roja, de tallo pequeño, hojas abiertas.

—Sé que es nada, comparado a lo que tú has hecho por mí—dijo apenado—Lo peor es que no la compré, sino que la robé de tu jardín.

Ella sonrió por la broma y la tomó de su mano.

—Parece que no has parado de robar cosas—bromeó ella.

—No deberías confiar en un embustero como yo—dijo sonriendo.

—Por suerte, no me robaste el corazón.

Él bajó la mirada, mientras la abrazaba con ternura.

—Tú corazón ya lo tiene alguien más—susurró a su oído—Y es un buen hombre.

Hundió su nariz en su pecho, apenas cubierto por los botones inferiores. Qué manía tenía como para vestir de esa manera. Sin embargo, no dijo nada, sólo se relajó en sus brazos, sintiendo los latidos de su corazón.

—Anna, te están esperando—dijo Justin, por fuera.

Se separaron, a sabiendas que tenían que hacerlo. Anna buscó su bolso y bajó con Yoh siguiéndola por detrás. Su padre y madre hablaban con Hao, mientras él estaba recargado en su coche, esperando a que la rubia terminara de despedirse. Entonces intercambió una breve mirada con Hao.

Su gemelo se acercó y le tendió la mano.

—Buena suerte, señor Grey.

—Igualmente, señor Asakura—dijo devolviendo el gesto con familiaridad.

Era raro lo que sentía con ese sujeto. Pero juraba, que no tenía nada que ver con atracción sexual o algo por ese estilo. Ambos caminaron hacia el vehículo, él subió al lado del piloto, mientras él abría la puerta para Anna. Se miraron sin saber si decir algo más, al final sólo se sonrieron antes de que ella subiera al auto.

Pocos segundos después, el auto desapareció totalmente de su vista. La actividad estaba igual en la casa, y juraba que se sentía con toda la confianza del mundo con la familia, pero de algún modo peculiar sentía que la suya se acaba de ir, lejos de él. Dolía, a pesar de que sabía que eso pasaría, que nada de eso sería su entorno habitual, ni ella…. Ni él.

Continuará


Hola! Qué gusto saludarlos, espero que hayan tenido un muy bonito día. La vedad es que esto es un poco anormal, pero aun así, no dejamos de festejar. Al menos el ánimo no decayó y por eso me puse a escribir un rato en la tarde. Wow… espero que este capitulo les guste, siento que ya querían un reencuentro más directo jaja pero admito que tardaré unos capítulos más en eso. Porque si bien recuerdo Yoh y Hao se separaron casi siendo niños, es decir que en toda su vida, Hao ni siquiera lo conoce, mas que lo negativo. Entonces echarlos al mismo corral, como dicen por aquí, se me hizo algo precipitado sin el amor correcto. Pero no sé, díganme, qué piensan qué esperan de todo esto.

Les agradezco un monton que se tomen el tiempo de comentar, siempre son bienvenidas sus opiniones y comentarios. Además, son mi pequeña chispa de alegría para mi inspiración. Gracias por leer, aquí seguimos dándole al asunto.