La edad madura es aquella en la que todavía se es joven,

pero con mucho más esfuerzo.

Jean-Louis Barrault


El coche se detuvo fuera de una pequeña casa de piedra, un campanario del mismo material levantándose a su lado como indicador de la iglesia que allí había.

- ¡Madame Nicoletta, el padre! – Gritó una anciana, sin embargo, la duquesa no le hizo caso, haciéndola a un lado para poder entrar al humilde hogar del párroco del pueblito de Limousin, en medio del camino entre Nontron y Saint-Pardoux-la-Rivière.

No hizo mucho caso al joven sacerdote que corría de un lado hacia el otro mientras el doctor del lugar intentaba hacerlo callar para poder tomar el pulso del hombre más viejo, el anciano párroco gruñendo desde su camastro mientras trataba de alejar a una mujer que insistía en tocarle la frente para ver si tenía fiebre.

- ¡Déjenlo en paz! – Ordenó Nicoletta, su ceño fruncido al máximo mientras todos se apartaban sin rechistar, permitiéndole ella paso a la dueña de las tierras que rodeaban al pequeño pueblo.

- Niña, no era necesario que vinieras hasta aquí. – Dijo el sacerdote, tocándose la amplia barriga con una mano arrugada, su rostro cubierto de una espesa y blanca barba luciendo cansado. – Ya es mi hora y dios me está llamando a su lado.

- Padre ¡Ya deje su farsa de lado! ¡Siempre exagera! Ahora deje que el doctor Vaillant lo revise. – El doctor la miró agradecido, Nicoletta llevándose una mano al rostro para alisar su ceño.

- ¡Eres una insolente! No me respetas ni por la memoria de tu abuela, mocosa.

- No meta a mi abuela en esto. – Se hizo a un lado para que el doctor se le acercase. - ¡Fuera todos! – Los demás ocupantes de la pequeña habitación se apresuraron a salir, pues, aunque la duquesa fuese pequeña en tamaño, tenía una voz que podía resonar hasta en la última piedra de Limousin.

Sin más, tomó una silla cercana al camastro del sacerdote para poder sentarse a su lado y tomarle una mano mientras el médico se acomodaba las gafas y se acercaba con su estetoscopio al anciano.

- Si este tipo encuentra algo mal en mí, que el sepulturero prepare mi tumba con la frase en mi lápida "fue culpa del doctor". – La mujer quiso reír, pero solo frunció el ceño, negando suavemente.

- Nunca cambia.

- Y su salud tampoco, nos enterrará a todos y seguirá diciendo que se va a morir. – Dijo el médico Vaillant. – Está más sano que cualquiera de mis otros pacientes, padre Alessio.

- Claro, entonces la presión en mi pecho está tarde la estaba inventando.

- Fue porque no tiene edad para ponerse a correr con los niños de la escuela, claramente, si insiste en comportarse como un niño pequeño, se cansará y su corazón no podrá resistir ese esfuerzo.

- ¿Qué quiere decir, doctor? – Preguntó Nicoletta.

- Pues, como reza el viejo adagio, zapatero a tus zapatos. – El sacerdote frunció el ceño, su boca curvándose hacia abajo. – Dedíquese a lo que sabe hacer y no se esfuerce de más, no creo que el padre Juvenal quiera quedarse sin su mentor tan pronto.

- Muchas gracias, doctor, permítame pagarle. – La duquesa se levantó de su asiento, buscando en le pequeño monedero que siempre traía prendido de su cintura para darle un par de francos al médico, prometiendo pasar al día siguiente por su consulta para revisar la cantidad de medicamentos que tenía y poder abastecerlo con nuevos.

El sacerdote se mantuvo en silencio hasta que la joven mujer volvió a sentarse a su lado.

- Tu abuela era tan insufrible como tú.

- Viniendo de usted, lo tomaré como un halago en vez de un insulto. – Los labios del hombre mayor se curvaron en una sonrisa, la duquesa mirando a su alrededor, observando con fascinación la simpleza con la que vivía el clérigo.

- ¿Y quién se supone que eres está vez? ¿Nicoletta, Oscar o mi pequeña Olive?

- Nicoletta. – Contestó sin dilación.

- Ya veo, la italiana está loca, aunque es agradable, de cierto modo me recuerda a cuando eras una niña.

- …

- ¿André y Julie te acompañaron?

- Se supone que yo ya estaba acá para recibirlos, además que vinieron unos invitados.

- ¿Invitados? A ti no te agradan los desconocidos.

- No lo son, son amigos de Julie y viven cerca de mi casa en París.

- Bien, aunque tienes suerte de que a la gente de aquí no les parezca extraño que te pasees con una máscara mientras tienes un rostro digno de cualquier pintura de la Madonna.

- Me da lo mismo, sabe muy bien que no puedo arriesgar a que Julie se de cuenta de que su padre y su tía son la misma persona, además, no puedo dejar mis territorios sin administrar, en dos meses más tendré que ir a Montmorency para ver como están las cosas allá.

- ¿Y Préaux?

- Allá ya fui. – Suspiró suavemente.

- De acuerdo. – Se acomodó en la cama, cerrando los ojos. – Creo que es hora de que descanse.

- Lo mismo pienso, yo iré a alojarme a la pensión de Louis, es mucho más cómodo que quedarme a la intemperie, pediré una también para mi cochero.

- Entonces, buenas noches, mañana nos veremos. – Por toda respuesta, Nicoletta le besó la frente, apagando la vela que permanecía encendida en el velador para que el sacerdote pudiese descansar un poco.


- ¿Puedo hacer algo que muero por hacer? – Susurró Alain cerca del rostro de Julie, admirando sus facciones a pesar de las penumbras que inundaban el pasillo antes del apartamento de la joven.

- Si es lo que yo también deseo, adelante. – Concedió, sintiendo como el aliento del hombre chocaba con sus labios antes de tomarlos en un beso delicado, las finas manos de la pelirroja enredándose en el pelo negro del capitán.

- Si sigo con esto, su virtud se verá seriamente comprometida, Madeimoselle. – Sopló antes de volver a besarla, está vez con pasión y deseo, mordisqueando los labios de la muchacha, separándose de ella de mala gana. – Buenas noches, Julie.

- ¡Espere! – Pidió con suavidad, tirando de él para darle un casto beso, sin ninguna doble intención, Alain gruñendo en voz baja. – Buenas noches, Alain. – Dijo sin más, dándose la vuelta para entrar en su apartamento y dirigirse a su habitación sin girarse a mirar al hombre que parecía más choqueado de lo que creía.