Disclaimer: Star Wars no me pertenece.
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Interludio 6: El niño y la serpiente
Red Star Corp., 9:00 AM
Contempló la pista de aterrizaje desde los ventanales, respirando fuertemente. Estaba más sereno de lo que se habría imaginado que estaría. Había tomado su decisión y una vez que lo había hecho, parecía haberse quitado un peso de encima.
Debajo de todas sus capas, subyacía, sin embargo, un río de magma, apenas contenido bajo los túneles oscuros de su alma. Pero aquel río fluía muy hondo, en las profundidades, lo oía hervir y borbotear, haciendo un "runrún" desagradable que le retumbaba en ese punto entre el pecho y la boca del estómago. Ahí, donde dolía y daba ganas de vomitar.
Observó su móvil. Ni Anya ni Hux le habían escrito. El viernes se había despedido de ellos hasta la semana siguiente y ambos le habían dedicado un "que te vaya bien" sin ganas. Normal.
En circunstancias habituales, ya tendría algún mensaje estúpido de ambos, deseándole suerte y pidiéndole fotos de su viaje. En circunstancias normales, Kylo les compraría algún souvenir caro o algún producto de comida delicatesen típico de por allí. Siempre triunfaba con sus extravagantes y caros regalos y ello, unido a su capacidad de leer mentes y adivinar lo que más deseaba la gente, constituía una poderosa razón para hacerse apreciar, aunque fuera por el interés. Porque siempre gusta tener un amigo que atina EXACTAMENTE con el regalo, dándote justo lo que te gusta sin haber preguntado.
Esta vez ni siquiera se había planteado la idea de buscar regalos. Esta vez era todo distinto, porque su mente estaba ocupada por muchas otras cosas…
- Chico, ¿me estás oyendo?
En su cabeza, el "plop" que hizo la burbuja de sus pensamientos al reventar fue casi audible al regresar a la realidad. Se giró y vio a Robert tras él. Estaba muy cerca, posando su mano en su hombro, asaeteándolo con sus ojillos azul hielo, brillantes en su tez pálida, mate y ajada.
- ¿Te pasa algo? Llevo llamándote como medio minuto…
- No, todo bien.
- Pues no está bien – y Robert cambió su voz a uno severo – Tenemos visita y me debes una explicación.
- ¿Qué? – empezó a musitar Kylo. Por instinto, su membrana de poder se deslizó subrepticiamente hacia la de Robert, en busca de información extra. Y como siempre, había una pared de ladrillo. Inexpugnable.
- Ven conmigo.
El gesto de Robert era el mismo que el de un padre pillando a su hijo en falta, mirándolo de medio lado con gesto irritado.
- ¿Se puede saber qué pasa? ¿A dónde vamos?
- A la sala de vigilancia 4 – respondió Robert, caminando ante él, dándole la espalda.
El trayecto hacia allí fue incómodo. Robert se mantuvo en silencio, mientras Kylo, tras preguntarle varias veces qué ocurría, no obtuvo respuesta. Y el muchacho sabía que más le valía estarse callado.
Si Robert Snoke no quería dar respuestas, no las daba y punto. Y no se le rechistaba.
Una vez, cuando él volvió de clase, se encontró con que Robert había dado órdenes de dejarle sin cena. No consintió en abrirle la puerta del despacho cuando Kylo aporreó la madera en busca de respuestas e hizo oídos sordos a la pequeña explosión que provocó en su ordenador. A la mañana siguiente, Robert le recibió en la cocina, diciéndole que se había enterado de una pelea que él había provocado. "Y la próxima vez que cometas un desaguisado así sin razón aparente, te cierro las tarjetas de crédito y te largas de esta casa, ¿está claro?", había gritado Robert.
Kylo sabía que era muy capaz de hacerlo y había obedecido desde entonces. Porque Robert sabía hacerse respetar con argucias que ni él mismo esperaba. Pero luego llegaba ante él con promesas, con disculpas y ciertamente, acababa volcándose con él, pasando horas oyendo a Kylo hablar de robótica, aguantando las canciones de rock que solía poner a la hora de la comida mientras Robert suspiraba diciendo "bah, las mejores cuerdas son las de Dvorak". Y Kylo, aún así, se sentía satisfecho, porque nadie antes había hecho eso con él: escucharle, interesarse por él, obviando la parte de "monstruo."
Comenzó a sentirse nervioso. ¿Qué acababa de pasar? ¿Por qué no respondía Robert?
Visita… ¿A qué se referiría?
Se detuvo en seco en medio del pasillo.
Oh.
Eso.
Era eso.
Era ella.
Robert se giró hacia él lentamente, en el colmo del enfado.
- ¿Qué pasa? ¿Me vas a hacer esperar más?
Controlándose como pudo para no hiperventilar, negó con la cabeza y reanudaron la marcha. Cuando llegaron a la sala de control, Robert despidió con un gesto de cabeza a los tres trabajadores de allí, quedando ellos dos solos ante las decenas de imágenes de las cámaras de esa zona del recinto. Lentamente, Robert anduvo hacia una de las pantallas, cruzándose de brazos, mientras hablaba con parsimonia.
- ¿Me puedes explicar qué hace ella aquí?
Kylo, sintiéndose traspasado por una flecha helada, avanzó hacia donde él estaba y la vio, corriendo a lo largo del perímetro de los muros exteriores del complejo industrial. Estaba haciéndolo bien ocultándose de las cámaras principales de vigilancia, pero se le habían olvidado algunas… que estaban registrando su exploración. Observó cómo se agachaba, corría por el perímetro y buscaba alguna puerta o zona practicable. La vio trepar algunos muros, desistiendo cuando veía que eran demasiado para ella.
- No lo sé.
Entonces vieron cómo la chica, al intentar trepar un muro, cerraba sus ojos y empezaba a levitar hasta poder elevarse a la altura de la parte superior del muro… Aseguró su posición y dio un gran salto para parapetarse sobre el grueso del muro y así otear a su alrededor desde su altura.
La mirada de Robert ardía sobre la suya.
- ¿Y bien? ¿Seguro que no tienes nada que contarme?
Le empezaba a doler la mandíbula de tanto que la estaba apretando.
Robert se acercó a él aún más.
- Estoy esperando. ¿Por qué acabo de ver a esa republicana levitando AQUÍ? Porque oh, sí, la recuerdo. Nos cruzamos con ella el otro día, ¿verdad?
Kylo comenzó a caminar hacia la puerta con ademán resoluto.
- Voy a echarla de aquí – y cogió el picaporte.
- ¡QUIETO! – bramaron detrás de él.
Hubo una potentísima vibración en el manillar de la puerta, que hizo un clic inusual. Kylo tiró de ella, pero no se abría.
La puerta no se abría.
La puerta no se abría.
No se abría.
Se quedó mirando al vacío, a la puerta que estaba a unos centímetros de su cara. El silencio que se hizo tras él tenía esa cualidad del ruido blanco, un zumbido muy desagradable que le desconcentraba.
La puerta no se abría.
- Me has mentido, Kylo – siseó Robert a sus espaldas. Y era un siseo absolutamente letal, con una cualidad muy extraña.
Algo no cuadraba.
Ese tono de voz…
Algo en su pecho reverberó: era su ave de luz, que hacía tiempo que se había fortalecido y ahora era como un águila, de poderosas alas radiantes que batían mandándole energías a sus miembros. El animal aleteó en su pecho, haciéndose muy grande.
¿Por qué vienes ahora? No te necesito.
Pero agradeció su presencia. Le dio fuerzas, le armó para lo que venía. Porque de algún modo, aquella bestia sabía que iba a hacerle falta.
Se dio la vuelta y vio que Robert lo taladraba con la mirada. Ya no estaba cruzado de brazos, sino con las manos a ambos lados del cuerpo, en tensión como pocas veces antes le había visto.
- Me has mentido, Kylo.
Un agujero negro se abrió en el pecho del joven, empezando a comérselo desde dentro, haciendo que el águila de luz graznara, debatiéndose, aguantando el envite. Y pasó algo inexplicable: de pronto, su sigilo se hizo más fuerte, su barrera de poder más estable, de mayor alcance. Y oyó el ladrillo de la pared mental de Robert romperse.
Por fin desvelaba el misterio de ese timbre de voz. No era una voz hablada, sino que poseía ese eco o reverberación de cuando se escucha una voz mental. Como cuando hablaba con Rey.
Robert no había abierto la boca.
El hombre sonrió, repentinamente calmado. Y unas imágenes llegaron a la mente de Kylo, tan poderosas que su mente quedó llena por aquellas estampas, sin ser capaz de pensar en nada más. Entrelazándose con sus propios recuerdos, que salieron a flote como imanes desde el fondo de su memoria, atraídos por la potencia de los pensamientos de Robert. Dando sentido a lo que estaba a punto de ver en la mente de su tutor.
- ¿Sorprendido? Imagino. ¿Enfadado? Lo entiendo. No puedo culparte, chico: tienes tus razones. Pero no me merezco esto. No me lo merezco. No, después de todo lo que he hecho por ti. Siempre, siempre, lo he hecho todo por ti.
…
Octubre de 2011
Sus dedos pálidos y alargados se pasearon algo trémulos por las líneas suaves y estilizadas del aparato, acompañando con su temblor a la incredulidad del niño.
- ¿Un teléfono? ¿Para mí?
- Exacto, es todo tuyo – respondió Robert, muy sonriente, con los ojillos azules muy brillantes - Tienes una línea de teléfono para ti. Te la he puesto yo. Podrás hacer llamadas y conectarte a Internet. También he hecho que te instalen tus juegos favoritos, ésos a los que siempre juegas con Armitage.
Ben sopesó el aparato. Tenía el logo de la manzanita plateada, lo conocía bien. Aquel teléfono gritaba "Caro" por todos lados.
- ¿Qué modelo es?
- Es el IPhone 4s(*), lo último de lo último. Pocos tienen pantallas táctiles tan eficaces como éste. Verás cómo te gusta jugar a juegos con éste. Y además, tienes a Siri contigo.
El joven Solo alzó la mirada de la satinada pantalla.
- ¿Quién es Siri?
Robert le dirigió una sonrisa en su rostro destrozado por las quemaduras, haciendo que las zonas donde faltaba carne se distendieran horriblemente.
- Ahora verás – alzó un poco la voz, dirigiéndose al teléfono en manos de Ben – Siri, ¿qué tiempo hará hoy?
Automáticamente, una voz femenina salió de las entrañas del aparato.
- Hoy se esperan temperaturas de entre 12º y 18º grados. La humedad se situará en torno al 22%...
- Gracias, Siri.
Robert contempló a Ben como Papá Noel a un niño abriendo su regalo favorito. El chiquillo estaba estupefacto y había abierto su boca más de lo habitual. Lo cual, en alguien como él, era todo un logro en el campo de la expresión de emociones.
- Será tu asistente personal. Le podrás preguntar todo lo que quieras. Te ayudará con los deberes…
A la mente del niño llegó entonces una imagen de papá y mamá sentados a su lado, revisando las cuentas de su cuaderno.
Vio por el rabillo del ojo cómo Robert se agachaba a su lado.
- Es infalible. Como tus padres viajan mucho y no pueden estar contigo, Siri te ayudará. Le puedes pedir que te enseñe artículos de Wikipedia, o calculadora… lo que quieras. Así no tendrán que perder tiempo en explicarte. Y podrás hacer tú solo los deberes. Es un modo de hacerse mayor. Es un buen plan.
Por la retina de Ben había en ese momento una imagen de su padre arrancando una hoja de su cuaderno de cuentas en sucio, uno que solamente usaba en casa para hacer garabatos y apuntar ejercicios antes de pasarlos a limpio. Porque Ben tenía que llevarlo todo perfecto a clase.
Vio a papá haciendo pliegues en la hoja de las cuentas y colocándosela a modo de sombrero a él, haciendo después un canuto con un periódico y haciendo como que era un catalejo. Otra historia de piratas…
La imagen se diluyó en el vacío, mientras el chico quedaba deslumbrado por la viveza de los colores en pantalla y lo mágico que resultaba deslizar su dedo por los iconos y que éstos obedecieran al más ligero toque…
- Por supuesto, esto es un secreto, ¿no? – musitó Ben.
Robert encogió de hombros.
- Bueno, dudo que tus padres quieran que tengas un teléfono. A tu edad, pocos padres confían en los niños. Los niños son niños. Pero tú no eres cualquier niño – dijo dándole un toquecito en el esternón con su largo y huesudo dedo índice – Tú estás un paso más allá que los demás. Eres más maduro y sobre todo, más fuerte. Pero tus padres eligen no confiar en ti – se incorporó, apartándose de Ben y encogiéndose de hombros - En fin, les entiendo en parte…
- Yo no les entiendo – cortó Ben, ceñudo.
- Bueno, chico, es tu decisión. Creo que ya sabes lo que ocurrirá si se lo cuentas. Pero… - se acercó de nuevo a él y le rodeó con su brazo, hablando con tono de voz suave y almibarado – Si decides mantener el secreto, todo será mucho más divertido. Y yo confío tanto en ti, que sé que vas a cuidar muy bien de este móvil y que vas a saber hacer buen uso de él. ¿A que sí, chico? – concluyó posando sus manos en ambos hombros de Ben.
- Por supuesto, señor.
Robert puso los ojos en blanco.
- Ay, muchacho, cuántas veces te tengo que decir que no me llames señor…
…
- Sí, es un IPhone 4s.
- Ah, sí, ése. Está muy chulo.
- ¿Lo conoces?
Armitage entrecerró los ojos, sonrió como el presumido que era y metió muy teatralmente la pálida mano en su bolsillo, para sacar un teléfono móvil… igualito que el de Ben.
- A mí también me ha comprado uno mi padre.
Ben recibió la noticia poniendo los ojos en blanco.
- Claro, no ibas a quedarte tú atrás.
- Gilipollas, yo tengo el móvil desde antes que tú.
- Háztelo mirar, imbécil. Este móvil salió la semana pasada – replicó Ben, enarbolando su teléfono ante las narices de Armie – No me superas más que en unos cuantos días. No te flipes.
- Ni ti flipis, mimimihhh... – canturreó Armie, repitiendo sus frases con estúpido tono nasal y sacándole la lengua al final.
Ben le dio un empujón en el hombro que lo tiró para atrás.
- Sin cachondeos, ¡idiota! – espetó mientras esperaba a que Armie recuperase el equilibrio.
- Te vas a enterar, subnormal… - y el pelirrojo se guardó el móvil para cargar contra Ben…
Ambos niños se enzarzaron en un lío de piernas y brazos, medio en broma, medio en serio, llevándose algún que otro moratón real…
- Miradlos, ahí tenéis a los dos fantasmas frikis – dijo una voz cerca de ellos.
- Se estarán peleando por pillar la sombra – aventuró otra voz.
Ambos niños cesaron en su forcejeo (con Ben encima de Armie, asiendo al niño de los cuellos de su ya no tan impoluta camisa blanca, que se le había salido del pantalón) y contemplaron a los recién llegados: un grupo de unos cuatro o cinco niños y niñas que les miraban desdeñosamente.
- No les hagas caso – intervino una niña – Déjalos ahí y vayámonos a jugar. Que se queden aquí en la sombra, como los fantasmas. Vaya a ser que se pongan al sol y se quemen.
Ben y Armie fruncieron el gesto en un ceño casi idéntico.
Solían reunirse en aquel parquecillo, no muy lejos de las residencias de los Solo-Organa y de los Hux. Lógicamente, en los juegos de Ben y Armie nunca había nadie más invitado, pero ellos dos se bastaban a sí mismos. Habían desarrollado su propia dinámica de entretenimiento, hablando de videojuegos y trayéndose sus PSP a veces. Eso, cuando no maquinaban maldades…
Aquello, sumado a la prepotencia de Armitage y el hecho de que Ben era prácticamente un desconocido para los demás (nadie sabía de dónde salía ese niño que no iba a sus colegios y que siempre venía solo al parque) había provocado que los demás les hiciesen el vacío, aportando además el apelativo de "fantasmas paliduchos". Saltaba a la vista el contraste que las pieles de ambos chicos creaban con las del resto de niños y, como ambos se negaban a estar demasiado rato al sol, el ostracismo al que estaban sometidos se veía incrementado.
A Ben probablemente le podría sentar como una patada el hecho de sufrir aquellas actitudes cuando, además, esos ratos en el parque con Armie se los buscaba tras haber arriesgado el pellejo al escaparse de casa. No le costaba mucho bajar por la pared de su ventana, apoyado en el árbol de al lado y haciendo uso de sus poderes, para echar después a correr por el bosque (donde la casa se encontraba aislada) hasta llegar a la urbanización más próxima y de allí, pasar al parque donde lo esperaba Armie siempre. Pero el rechazo no le importaba, ya que prefería la compañía de Armie a la de esos otros idiotas.
Tener el móvil había sido un gran avance. Ahora podrían hablar por WhatsApp (**) para quedar en verse, mandarse fotos y compartir juegos. Y Ben había cogido la costumbre de llamar a Armie cada vez que tenía una riña con sus padres o se sentía enfadado con su tío Luke. Cuando Armitage descolgaba el teléfono y le empezaba a cansinear con sus estupideces, se enfadaba tanto, que se olvidaba de ese "otro" enfado y se le iba el tiempo en insultar al pelirrojo, para acabar bromeando con él. Colgaba el teléfono y se sorprendía un poco al darse cuenta de que estaba mucho más tranquilo. Al principio, no encontraba la relación, pero con el paso del tiempo aprendió a asociar unas cosas con otras.
Había luego otros momentos en que su enfado iba más allá y se le juntaba con una especie de frustración y sentimiento de vacío… Solamente tenía diez años y no sabía ponerle nombre a eso exactamente aún, pero sabía que en esas ocasiones, una llamada a Armie no conseguiría calmarlo del todo. Por eso, llamaba entonces a Robert…
Él lo entendía mejor que nadie, le decía las palabras adecuadas que necesitaba oír, lo calmaba con su voz pausada y quebrada y sobre todo, le apoyaba, le animaba a desahogarse.
- Todo esto por lo que estás pasando es normal – le decía Robert por el móvil - ¿Sabes qué? Como ya te dije, no conocí demasiado a tu abuelo, pero sí que me han llegado historias suyas de juventud por el señor Palpatine, de quien te he hablado en alguna ocasión. Decía que, de joven, tu abuelo era también un chico muy poderoso y que su maestro no le dejaba expandir su poder.
- ¿En serio? Igual que a mí…
- Efectivamente. El profesor Kenobi, que así se llamaba ese pobre ignorante, tenía miedo del potencial de tu abuelo…
- ¿Por qué? ¿Estaba asustado de que le matara?
- No, chico. Tenía miedo de que fuese mejor que él. A veces el alumno supera al maestro.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
- Ben, chico, es importante que distingas qué es lo que ocurre con tus padres y tu tío. Que sepas exactamente por qué te tienen miedo. Por eso, debes ahondar en sus mentes, desarrollar tu poder, leerlos bien para poder defenderte. Necesitas armas, necesitas protegerte. Porque su miedo les podría llevar a hacer algo que ellos no quieren en contra de ti.
- ¿Qué? ¿Qué podrían hacerme? ¿Qué sabes tú de eso?
- Chico, sé bastante sobre la mente humana… Soy muy viejo ya y he visto mucho… ¿Te lo cuento?
- Sí.
- Ese miedo que sienten ellos por ti (por lo que me dices tú que has observado) les puede llevar a actuar de modo extraño y a veces, peligroso, óyeme bien. El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento… y el sufrimiento a…
- ¿A qué?
- El sufrimiento les llevará a hacer algo horrible, Ben. Recuerda esto que te digo. Si ves que tus padres empiezan a sufrir de verdad (y no me refiero a una riña en casa o un simple castigo sin merienda) Me refiero al verdadero sufrimiento, empieza a tener mucho cuidado. Deberás protegerte.
- ¿Cómo haré eso? ¿Y cómo sabré que han llegado a ese momento?
- No te preocupes chico, lo sabrás. Una criatura muerta de miedo hace cosas impensables hasta ese instante. Podríamos decir que, cuando llegue ese momento, tus padres prácticamente dejarán de actuar como tales.
…
- ¿Qué estáis mirando, frikis?
- ¡Uuuuuh, qué miedo, los fantasmas nos van a echar una maldición!
- ¡Tened cuidado, no salgáis mucho al sol! ¡Vayáis a derretiros!
- Parecen las niñas de "El Resplandor"… (***) ¡Qué grima, tío!
- ¿Qué es eso del resplandor?
- Una peli vieja que vi con mi primo el otro día, de mucho miedo. Y salen dos niñas feísimas, tan feas como si a esos dos les pusiesen vestidos y lazos.
- ¡Jajajaja! ¡Los dos frikis con vestido! ¡Qué feooooos!
Ben y Armie se habían puesto de pie, de brazos caídos, el uno junto al otro, fulminando con la mirada al resto del grupo a unos metros enfrente de ellos, en silencio. Más allá, otro niño del grupo hostil, el más alejado, empezó a tirar de la manga de uno de los que estaban insultando.
- Eh, tíos, dejadlos ya… - y añadió en voz baja, de modo que solamente Ben pudo oírle – Recuerda el día en que la barbacoa de la señora Darklighter salió ardiendo… (****)
- Que le den – siseó el otro chico al que habían tironeado de la manga – Lárgate tú, cagado. Que eres un cagado.
El niño retrocedió, hasta salir corriendo y perdiéndose el final de la contienda.
- Repetidlo una vez más, cabrón – escupió Armitage con su peor acento nasal – Lo de los vestidos y lo de los fantasmas.
- Se nota que no le importas un pimiento a tu padre – respondió el chaval de en medio del grupo, el que parecía más valiente y más mayor, de unos doce años – Si no, te habría lavado ya la boca con estropajo unas poquitas veces. No sabes más que insultar. Pijo de mierda.
- A mi padre lo dejas en paz, desgraciado. Y te vas a tragar tus insultos… – siseó Armie, adelantándose un paso, pero el brazo de Ben se interpuso.
- Esto se ha acabado, Jansen (*****) – dijo Ben con voz fría. A pesar de no tratarse con ellos, los conocía, ya que Armie se había encargado de ponerle en antecedentes sobre varios niños. Y además, claro, estaban sus magníficas habilidades mentales – Y ahora, dejadnos en paz.
La fría acritud que emanaba del aura de Ben pareció servir para que el resto del grupo se alejara al fin.
- Me habría encantado reventarles las narices – siseó Armie, sin cambiar de posición junto a Ben.
- A mí también, pero prefiero hacerlo sólo si voy a salir impune.
- ¿Qué es "impune"?
Ben le dirigió una mirada de soslayo de suficiencia que, con el paso de los años, Armitage aprendería a odiar.
- Significa que queda sin castigar. Ésa es la clave. Yo no tiro un balón si me van a devolver la pelota con otro trallazo peor.
Ambos niños volvieron a mirar al grupo, que volvía a su juego de pelota.
- Los odio – musitó Armie.
- Ya somos dos – siseó Ben.
En ese momento, uno de los toboganes junto a los que estaban correteando los niños del grupo retembló, haciendo que el metal zumbara, hasta caer al suelo de arena con un gran estrépito. La enorme estructura, a su paso, golpeó a uno de los niños en el costado, derribándolo al suelo y aprisionándolo bajo el metal con un aullido de dolor.
El revuelo que se armó fue considerable… Entre todos, los niños lograron retirar en parte la estructura que había caído sobre la pierna del niño, que parecía magullada. Ya no había padres delante, como años atrás, pero sí algunos adultos en aquel parquecillo acompañando a algunos pequeñines que también jugaban esa tarde, que se apresuraron en venir a ayudar…
Lejos de allí, observándoles en la distancia, Ben y Armie volvieron a su banco a la sombra y sus PSP, ajenos a la ansiedad del compacto grupo de unos metros más allá… Aquella anécdota le iba a encantar a Robert cuando se la contaran al día siguiente, que habían quedado para merendar en casa del señor millonario.
Y, recreándose en el buen resultado de su travesura, ambos sonrieron cruelmente.
…
Se tapó bien con el edredón, pues aquella noche hacía más frío de lo normal. De hecho, hacía más frío que hacía cinco minutos…
De mala gana, se levantó de la cama, comprobó que el radiador estaba encendido colocando la mano encima y volvió a acostarse, frunciendo el ceño.
Sí, hacía mucho frío.
Y en el fondo de la habitación, en la esquina entre el armario y la estantería grande, había una zona en sombras, donde algo se movía.
Se incorporó levemente, escrutando la oscuridad. Cogió el móvil, poniéndolo en modo linterna y dirigiendo el haz resueltamente hacia el rincón. Nada.
Debido a la intensa luz, en la esquina opuesta del cuarto se provocó otra zona de oscuridad por contraste, muy densa… Ben, con el haz de luz aún dirigido a la otra esquina, miró hacia esa zona. No cabía duda: fuera lo que fuese, se había cambiado a esa otra esquina. Oía el ruido de algo revolverse suavemente. Agachado, reptando, arrastrándose. Observándole.
Dirigió el haz hacia aquella esquina y de nuevo se encontró con la pared pelada, junto al mueble de la tele, donde guardaba sus videojuegos.
El ruido cambió de sitio, en la esquina en penumbras junto al cabecero de su cama, a su derecha.
El corazón empezó a latirle un poco más rápido. Se arrastraba, había golpeado con una pezuña la mesa de noche (había oído algo chocar contra la superficie de madera)
Dirigió su poder hacia aquella esquina, dirigiendo el móvil rápidamente hacia allí. Comprobó que la mesita de noche, la lamparita y su reloj de pulsera estaban flotando a medio metro del suelo, pero aparte de eso, no había nada más.
Gruñó con fastidio.
Y es que no tenía miedo, sino curiosidad.
Ya llevaba sintiendo aquella presencia unos años, desde que dejó de abrazarse a su oso de peluche Ewok durante las noches. El viejo peluche dormía ahora sepultado en un rincón del armario…
- ¿Qué quieres? – preguntó con voz ronca – Dímelo o me largo al cuarto de mis padres, a que les molestes a ellos. Y entonces verás si se arma o no.
- Inténtalo chico. Podría ser divertido – contestaron desde las tinieblas, a medio metro de su cama. Era una voz susurrante, serena, con una calidad de gorjeante en el tono que le heló la sangre en las venas, pero pudo sobreponerse.
Apagó la linterna y la criatura gorjeante se movió un poco más, tironeando de su edredón.
- ¿Qué quieres? No me has respondido. Y deja de jugar con mis cosas. Quiero que vuelvan al suelo.
Desde luego, le estaba echando narices… Seguro que Armie se lo haría en los pantalones si le estuviese pasando a él.
Claro está, no había necesidad de contarle esta aventurita…
- Solamente quiero acompañarte – dijo la voz, mientras se oyó un suave "plom" ala derecha de Ben. El niño dirigió la linterna del móvil hacia su mesita de noche, que por fin había vuelto al suelo, al igual que su lámpara de noche y su reloj. Todo correcto.
Y más allá, donde no llegaba el haz de luz, a los pies de su cama, el edredón crujía con el movimiento de la criatura. Decidió apagar el móvil para que se acercase más.
- Te oigo perfectamente. ¿Hace falta el numerito de acercarte en plan fantasma cutre? Quédate donde estás si tienes huevos y no me vengas con jueguecitos.
Hubo una risa ahogada, que sonó ya más cerca de la mesita de noche.
- Me gustas. Hemos hecho bien en venir.
- ¿Hemos? ¿Quién más hay?
- Yo soy muchos. Todos estamos contigo ahora.
Ben notaba que su respiración se iba normalizando. Jugueteó con su móvil entre los dedos, notando que sus manos aún dejaban humedad sobre la superficie satinada.
- Sabemos que te sientes solo. Venimos a ayudarte.
El chico alzó la cabeza. Se acababa de dar cuenta de que ya no hacía frío en la sala. Era un fresquito agradable, casi.
- ¿Te gusta más así?
- Sí, estoy más cómodo.
- Bien. Así estaremos.
- ¿Os vais a quedar mucho rato?
La voz se oyó repentinamente a su izquierda.
- Todo el que quieras. Estaremos hasta que dejes de necesitarnos.
- ¿Y cuándo va a ser eso?
- Cuando te bastes a ti mismo frente a las tinieblas. Hasta que sean parte de ti.
Ben contuvo la respiración.
- Nos hemos enterado de que te estás haciendo más fuerte. Percibimos tus ansias de mejorar. Queremos hacerte crecer.
- Sabéis mucho de mí.
- Te hemos observado. Queremos quedarnos contigo.
La voz sonaba ahora en su oído, aterciopelada, susurrante, cálida.
Las tinieblas eran ahora mucho más densas que antes, pero formaban un anillo de temperatura agradable, que lo envolvió mucho mejor que su edredón.
- Cuenta con nosotros, Kylo.
- Te ayudaremos, Kylo.
- Estamos contigo, Kylo.
Extraño, la misma voz le llegaba desde varios puntos del cuarto: desde la esquina de la papelera, desde la mesita de noche, desde dos palmos por encima de su cabeza…
- ¿Por qué me llamáis Kylo? Otras veces os he oído de noche y siempre me llamáis así.
Hubo una leve risa junto a su oreja derecha.
- Si te duermes, te lo explicaremos – y la voz sonaba juguetona, traviesa.
Inmediatamente le empezaron a pesar los párpados. Sintió como si estuviera hecho una bola dentro de una piscina de cojines mullidos y envolventes y suspirando, cerró los ojos al fin.
…
A la mañana siguiente, se armó de un valor inusitado y, sin un ápice de vergüenza porque le tachara de loco, se escapó a casa de Robert para contarle su experiencia nocturna… El millonario pasaba de vez en cuando algunos fines de semana en una pequeña casa de campo que tenía a las afueras de la zona donde vivían los Solo-Organa. Cómo sus padres no sabían que él estaba por allí, tan cerca, era un misterio. Si se enterasen de que Snoke vivía a tan escasa distancia, les daría un pasmo, pero claro, Ben no iba a contárselo.
Y para el niño, que había crecido correteando por aquellos bosques en derredor de la apartada casa de sus padres, era siempre pan comido atravesar el espacio de arboleda y caminos rurales entre ambas residencias para ir a hablar con su amigo. El cual, durante toda la explicación de Ben, estuvo escuchando en silencio, con toda la atención del mundo, lo cual el chiquillo agradeció muchísimo.
- ¿Y bien? – inquirió el niño - ¿Qué te parece? ¿Cuánto crees que tardarían en meterme en un manicomio?
La risa cascada de Robert lo reconfortó misteriosamente.
- Ben, ¿qué es lo que te digo muy a menudo?
- No sé, hay muchas cosas que me repites.
A Ben le gustaba hablar con Robert porque él no le regañaba por estupideces. Si hubiera dicho delante de sus padres aquella última frase, se habría ganado una bofetada.
Robert apoyó los codos sobre sus rodillas, mirando a Ben fijamente.
- "Más sabe el diablo por viejo que por diablo". Hijo, he visto muchas cosas en este mundo y he conocido a mucha gente. Y déjame ponerte, una vez más, el ejemplo de tu abuelo. Oh, habría deseado coincidir mucho más con él… Una pena.
- ¿Qué tiene que ver mi abuelo con esto?
- Paciencia… Verás, aparte de a tu abuelo, he conocido algunas personas con tus habilidades en mis viajes por el mundo. Todas ellas hablaban de eso, de la oscuridad que se les acercaba. Es un momento clave en toda persona poseedora de habilidades.
- ¿Momento clave? Pero si lleva pasándome unos años… ¿Cómo sé que es el momento clave?
- No lo sé, chico. Tal vez tú estás teniendo varias oportunidades y las estás dejando pasar… Yo pensaba que tu tío te habría hablado de esto…
(Por supuesto, Ben tenía a Robert al corriente del hecho de que su tío tenía sus mismas habilidades y que estaba intentando entrenarlo)
Ben frunció el ceño.
- No, nunca me ha dicho nada. Él sólo dice que hay que contener a la oscuridad. No dijo nada de que la oscuridad te viniera a ver por las noches.
- Caramba, qué raro… Al final va a resultar que estoy yo mejor informado de vuestras cosas que vosotros, la gente con habilidades especiales…
Ben se encogió de hombros.
- No me extrañaría. Mi tío no se entera de nada. Y de lo que se entera, no me cuenta ni mu – se cruzó de brazos – Estoy harto de que no me explique las cosas que realmente importan.
La mano huesuda de Robert se posó cariñosamente sobre la rodilla de Ben y el chico notó su tacto, frío y casi pegajoso como el de una serpiente.
- Lo siento mucho, Ben. De verdad.
- No es nada, tú no tienes la culpa.
Robert suspiró.
- ¿Y bien? – insistió el niño - ¿Qué más sabes de la oscuridad?
- Pues… Me contaron poco más, pero por lo que sé de la experiencia de tu abuelo y esas otras personas con poderes, todo se reducía al mismo consejo.
- ¿Cuál?
El rostro de Robert era solemne, severo.
- Deja a las sombras entrar.
…
Verano de 2012
Cerró la maleta lentamente y la incorporó, diciendo a su padre sin girarse:
- No hace falta que me ayudes a cogerla. Tiene ruedas.
Han, que le contemplaba apoyado en el marco de la puerta con las manos en las caderas, las alzó, encogiéndose de hombros.
- Muy bien fortachón, tú mismo, escaleras abajo, todas para ti – y se apartó, haciendo una leve reverencia a su paso. Ben odiaba a su padre en esos momentos de oscura ironía.
Se parecía TANTO a él en eso…
Y lo odiaba. Odiaba tener aquella maldita genética Solo en sus venas, reconocerse en sus agrias ironías, en su arrogancia, en su hosquedad.
Hizo flotar su maleta a un palmo del suelo. "Seguro que a él no le..."
- Por cierto… - oyó decir a sus espaldas, interrumpiendo sus pensamientos. Se paró en el rellano - ¿No le has dado las gracias a tu madre? Fue ella quien presionó para que fueras a este campamento de ciencias.
Se giró, clavándole los ojos oscuros.
- Tú no querías que fuera, ¿verdad? No me lo merezco.
Han entrecerró los ojos, arqueando las cejas y desencajando la mandíbula.
- Punto para el telépata.
Odiaba que su padre usara su brutal sarcasmo contra él. Pero desde que él había empezado a usar sus habilidades para desenmascarar sus secretos e intenciones, Han, sabiéndose en desventaja, ya no se cortaba a la hora de contestarle a su hijo.
Había dejado de tratarle como a un niño.
Y Ben había entablado una especie de guerra en la que pensaba salir victorioso sí o sí.
Llegó al recibidor, donde lo esperaba su madre. Estaba más tensa de lo que jamás le había recordado. Llevaba su preciosa melena castaña suelta, sujeta apenas con un par de pasadores a los lados. Siempre llevaba ese peinado cuando estaba por casa y secretamente, a Ben siempre le había gustado más verla así que con los elaborados moños y recogidos que solía llevar en sus reuniones y actos oficiales.
- Pórtate bien, hijo. Disfruta y pásatelo bien, ¿vale? Aprenderás cosas muy interesantes – le dijo, poniéndole las manos sobre los hombros - Cuéntanos qué tal te va.
Ben leyó en su mente las ganas tremendas que tenía ella de abrazarlo, cómo vibraba su poder junto a él. Una pena que ella jamás hubiera querido desarrollar sus habilidades tanto como las de tío Luke. El tío decía siempre que si quisiera, ella podría ser igual de poderosa que él.
- Sé que me lees, Ben. Pero no voy a hacerlo si tú no quieres. No te tocaré si tú no estás a gusto.
Y Ben no se iba a mover, él lo sabía bien. A sus espaldas, notó clavada la mirada de su padre. "Serás capaz de irte sin darle un beso ni siquiera a tu madre, pequeño descastado…", le oyó pensar.
- Adiós, mamá – musitó él.
El conflicto en su madre era desgarrador, sus ojos marrones eran pozos brillantes de ansiedad y melancolía. Por fin, la burbuja de tensión explotó y ella se agachó rápidamente hacia él, rozando su mentón con su frente. Un gesto rápido, lleno de miedo.
Olía a lavanda.
La maleta, que había estado flotando todo el rato, cayó al suelo haciendo que las ruedas crujieran. La sujetó con manos trémulas del mango y salió por la puerta casi tropezando, andando rápido hasta el taxi que ya esperaba en la puerta para llevarlo a la estación de autobuses. El conductor le cogió el equipaje mientras él se metía en el coche y sacaba los cascos, mientras que por el rabillo del ojo veía a su madre salir a la puerta del porche, aún abierta… La figura de su padre se entreveía en las sombras de la casa.
El taxi aceleró demasiado despacio, haciendo sus dos figuras en el retrovisor cada vez más pequeñas con lentitud horrorosa.
Que desaparezcan ya.
Que desaparezcan ya.
Y por fin, desaparecieron. Y sólo entonces se dejó llenar un poco de la curiosidad por aquel campamento. Al fin y al cabo, iba a estudiar lo que le gustaba… Su madre había escogido bien el sitio al que apuntarle. Quizás no estaría tan mal y podría demostrar lo que valía delante de otros niños mediocres.
Y así fue como, entre pensamientos no tan sombríos como se habría podido pensar, Ben abandonó aquella casa por última vez bajo el apellido Solo.
…
- Oh, vaya contratiempo…
- ¡Y que lo digas! Resulta que mi tío tiene amigos en el campamento éste. Pertenecen a nosequé asociación de cuando estaba en el instituto, y ha aprovechado que quería venir a verme para traer materiales y recursos para el campamento.
- Algo así como una donación, ¿no?
- Sí, algo así. Una mierda, vamos.
Robert sonrió al notar el creciente fastidio en la voz del joven Solo. Jamás le corregía si soltaba tacos, menos cuando había otras personas delante.
- Bueno, será una visita corta. Tendrás que aguantarlo.
- Ya, pero es que encima ha venido con mi padre. Y con Arthur, el de mantenimiento.
- ¡Ooooh, chico, eso sí que es un inconveniente! ¿Qué hace ahí tu padre? ¿No se iba con tu tío Lando a un negocio al otro lado del estado?
- Y yo qué sé… Eso pensaba, pero no. Se ha plantado hoy aquí, creyendo que me iba a hacer ilusión o algo y me tiene frito… ¿Sabes lo que me ha dicho cuando le he visto?
- No, cuéntamelo, anda…
- Me dice "yo también me alegro de verte, chico." Y con qué mala leche me lo ha dicho.
Al otro lado de la línea, Robert chasqueó la lengua.
- Vaya mal padre. Lleva sin verte más de una semana... y menudo saludo. Le habrás contestado como se merecía, ¿no? Recuerda lo que siempre te digo: hazte fuerte.
- Iba a responderle, pero se me ha adelantado mi tío el valiente. San Luke Skywalker. Qué tirria le tengo.
- ¿Y qué te ha dicho?
- Ha dicho "Han, no son maneras de hablarle al muchacho. Y tú, sobrino, te tengo dicho que cuides esos modales."
- Como si fuera tu padre… Qué osado, intentando quitarle su papel…
- Bah. Le he respondido y le he dado lo suyo.
- Oh, estupendo…
- Le he dicho: "déjalo, tío Luke. Desde que le pego tiritos con mi telepatía me las devuelve todas. No me duele."
Robert debía tener puesto el "manos libres", porque desde el otro lado se oyeron palmadas.
- ¡Magnífico, chico! ¡Qué buena puntería! Oh, me sorprendes para mejor día a día…
Ben compuso la sombra de una sonrisa.
- ¿De verdad?
La voz de Robert era almibarada, anhelante y fría a la vez cuando dijo estas frases:
- Oh, créeme muchacho. No hagas caso a tus padres. A mí me pareces un chico fantástico y estoy deseando ver en qué acaba todo este potencial dentro unos años. Vas a convertirte en un hombre extraordinario.
…
- ¡Y una mierda! ¡Se te ha ido la olla! ¡Y una mierda voy a ir ahí!
- ¡Ben, deja ese lenguaje de una vez! ¡No me hagas usar lo que no quiero!
- ¡Pues hazlo! ¡Hazlo de una puñetera vez y desahógate, porque sé que lo estás deseando!
Luke, aún dominado por el estupor, contempló fuera de sí al niño ante él. Ben estaba lívido de rabia, más pálido que nunca, pero con aquel brillo de furia intenso en su mirada. Estaba tenso por completo, denotando en su lenguaje corporal la enorme fuerza que estaba usando para gritarle todo aquello.
¿Y le estaba diciendo que se desahogara? ¿Que probase a pararle los pies?
Le estaba tentando.
Maldición, aquél era el último paso.
Tentar a alguien a liberar su rabia era algo que solamente unos pocos pedían de verdad antes de perderse en el odio.
- ¡Vamos, pégame como tú sabes! – gritó Ben como un desaforado - ¡Hazme flotar hasta dar vueltas y vomitar hasta la primera papilla! ¡Vamos, cobarde, lucha conmigo y ponme en mi lugar!
El niño comenzó a andar en círculos, rodeándole, mientras Luke se sentía física y mentalmente incapaz de responder. Necesitó de cada pizca de su concentración para no saltar y provocar una desgracia frente a su propio sobrino, pero el niño le estaba apretando las cuerdas a base de bien.
- ¡Sí, ponme en mi lugar! – masculló Ben, con el rostro desfigurado por la rabia - ¡Es el recado que te ha dado mi padre, porque él es un inútil que no sabe hablarme! ¡Me tiene miedo y quiere que tú te encargues de mí! ¡Hazlo ya y así les libras a todos de mí! ¡Del monstruito!
- ¡Ben, no tires por ahí o…! – dijo Luke alzando torpemente una mano y empezando a ser consciente de que, tal vez, su amenaza de llevarlo a un centro de salud mental quizás no había sido lo más adecuado.
- ¡Cállate! – bramó Ben - ¡No tienes ni puta idea! ¡No sabéis nada! ¡No voy a permitir que me metáis en un manicomio para niños! ¿Pensáis tenerme sedado todo el día? ¡Ni hablar! ¡Me niego! ¡Y una mierda!
No, decididamente no había sido buena idea. Pero tenía tanto miedo por su sobrino, por su hermana y su cuñado… ¿Qué otra opción les quedaría?
Y pasó lo que Luke se estaba temiendo: el mobiliario de la habitación comenzó a temblar, así como las manos de Ben, quien ya francamente no podía controlarse.
Había pasado el límite.
- ¡Ben, no!
- ¡DEJADME EN PAZ TODOS! ¡TE ODIO! ¡VETE A LA MIERDA! ¡A LA MIERDA TODOS! ¡OS ODIO!
Mesas, sillas, estantes y libros salieron volando por los aires, comprimiéndose hacia las paredes con un estruendo brutal, que hizo que todo se estrellara contra los muros, rompiéndolos a su paso. Los cristales de las ventanas estallaron, así como el jarroncito de flores que había en aquella sala de visitas, llenando todo de trozos de cristal y restos de tallos y flores húmedos. Al saltar la lamparita, se provocó un cortocircuito que fundió todo el cableado que había tras las paredes, llegando al pasillo y fundiendo los halógenos de la planta. Al lado se oyó el murmullo y gritos de sorpresa de los chicos que estaban en el taller de robótica, que vieron cómo sus máquinas explotaban una detrás de otra.
Se creó un caos tremendo, una humareda muy oscura que hizo que los monitores tuvieran que evacuarlos pronto al pasillo, mientras los ocupantes de las otras habitaciones salían angustiados al pasillo entre el ruido de explosiones y la confusión reinante.
Y los estallidos proseguían, prolongándose en oleadas que surgían todas de aquella salita donde los Skywalker–Solo discutían.
…
En cuanto oyó la explosión, algo en las tripas de Han le indicó que su hijo estaba por medio… Se levantó de un salto del sofá donde estaba sentado, en la sala de los monitores, tomando un té, cuando les sorprendió el ruido de las explosiones.
- ¡Dios santo! ¿Pero qué pasa?
- ¡Un incendio! ¡Chicos, el pabellón de robótica está en llamas!
Los monitores se asomaron a las ventanas para comprobar que, efectivamente, el aula de robótica y el invernadero estaban ya ardiendo…
- ¡Los dormitorios de los niños! ¡Hay que ir para allá!
- ¡Avisad a Emergencias!
- ¡Se está extendiendo rápido! – gritó una monitora - ¡Hay que sacar a los niños ya!
- ¡Voy con vosotros! – aulló Han, poniéndose en movimiento rápidamente y siguiéndola.
Salieron al pasillo, donde ya había monitores corriendo con grupos de niños y preadolescentes asustados, con las caras tiznadas por el humo. Algunos alumnos mayores estaban intentando ayudar también, haciendo recuento de los niños… Han escaneó las cabecitas que pasaban a toda velocidad entre él y la joven monitora, con la angustia cercenándole los intestinos
- ¡Espera! – le gritó a un monitor que pasaba a su lado, cogiéndolo del brazo e interrumpiendo su carrera - ¿Has visto a mi chico? Se llama Ben…
El joven, casi sin aliento, balbució algo, negando con la cabeza. Hubo otra explosión lejana.
- Lo siento, ¿quién dice?
- Mi niño… Se llama Ben, es muy alto para su edad, moreno, pálido, ¿le has visto? – y había un brillo casi histérico en los ojos de Han.
- No señor, lo siento, pero…
¡BOOOOOOMMMM!
…
- ¡Ben, no! ¡Escúchame! – por fin, consciente del desastre que había provocado, Luke pareció despertar y corrió hacia su sobrino. Para sujetarle los brazos, para darle un bofetón, para retenerlo de alguna manera, para impedirle que siguiera haciendo eso.
Para pedirle perdón.
Porque el miedo en sus ojos ya no se podía comparar al que veía en los de Ben.
Un chiquillo asustado hasta la última fibra de su ser. Angustiado, preso, rabioso. Con los intestinos estrujados por una rabia visceral, los ojos arrasados en lágrimas y un corazón que se había vuelto negro por la soledad, el abandono y la incomprensión.
No debía haberle dicho eso.
No tenía que haber tirado la toalla.
Pero aquél era uno de esos momentos en la vida de los que uno acaba arrepintiéndose por el resto de su existencia, haciéndola más miserable y lo peor, arrastrando a otros en su dolor. Segundos que se hacen eternos por las consecuencias que conllevan y la marca a fuego que dejan en el alma.
Cuando quiso acercarse al niño, el joven alzó la mano para hacer que una parte del techo de la habitación cayera sobre él con un horroroso estruendo. Antes de que los escombros y el polvo terminaran de posarse, el niño salió de la habitación en ruinas, con los gritos de fondo como banda sonora a su desesperación.
Y corría, corría a ciegas por los pasillos, sin oír los estallidos que seguía provocando a su paso: cristales, puertas, ventanas y estanterías salían volando, arrasando paredes y levantando las baldosas del suelo, haciendo asomar tuberías y cables que soltaban chispazos y prendían rápidamente.
Meterlo en un correccional… Aislarlo de todos definitivamente… Matarlo a sedantes y medicamentos para idiotizarle de por vida… Anulando su voluntad, atándolo a una camilla donde jamás podría volver a ver la luz del sol.
¿Y sus padres habían estado de acuerdo con aquella monstruosidad?
En su mente se dibujó el cansado y ojeroso rostro de su madre, con los ojos enrojecidos por las lágrimas, y el ceño fruncido de su padre. Últimamente tenía más arrugas que de costumbre, pero hasta ese momento no se había dado cuenta.
Estaban cansados de él. No sabían cómo hablarle, cómo tratarle.
No saben ser padres.
Robert tenía razón.
Quieren librarse de mí.
Quieren encerrarme.
No saben controlarme.
No me entienden.
Me odian.
Chocaba con gente que huía despavorida, sin llegar a veces a saber quién empujaba a quién en mitad de su alocada carrera. Oyó gritos de sus compañeros de campamento, mientras las voces de los monitores les intentaban guiar a la salida en grupos. Ahora olía a quemado con intensidad y una nube de humo le empezó a hacer arder los ojos.
Pero a él no le importaba. Él no le importaba a nadie, así que era justo, ¿no?
Que el mundo se fuera a la porra. Él quería ser libre y no le habían dejado.
Dobló una esquina hacia el pabellón donde estaba el aula que había sido su favorita esas dos semanas, aunque no hubiera querido reconocerlo: el aula de robótica, donde había diseñado su primer cohete y había sido el único de la clase capaz de hacerlo volar. Se había sentido realmente orgulloso de ver cómo el suyo despegaba, mientras que los de los demás niños y niñas sufrían fallos técnicos de diverso calibre. Él era más trabajador que nadie.
Pero eso nunca podrían verlo si lo ataban a una cama con tiras de cuero y le sorbían los sesos con un tubo que le sustituyera la sangre por horchata, sepultado de por vida entre cuatro paredes blancas. Lo había visto en las películas de la tele.
Y una mierda iban a hacer eso con él.
Y una mierda.
Otra explosión, esta vez en las cocinas.
El infierno se hizo más grande, más extenso, más letal.
…
- ¡Arthur! ¡Arthur, aquí!
Las vigas se alzaron lentamente y salieron despedidas hacia la otra pared opuesta, revelando la maltrecha figura de Luke, llena de polvo y hollín, ensangrentada por varias zonas.
El menudo Arthur corrió hacia él, dispuesto a auxiliarlo.
- ¡No, no, déjame a mí! Tú vete a buscar a Ben, ¿me oyes? – y cogió a Arthur de los hombros – Por lo que más quieras, busca a Ben. O a Han… ¡Avisa a Han! ¡Hay que parar al niño!
Arthur asintió y le ayudó a levantarse, obviando los gemidos lastimeros de Luke, quien tenía la pierna izquierda seriamente dañada y rasguños en la cara. El profesor también sufría un dolor muy agudo en el torso (tal vez alguna costilla se había ido a paseo) pero no era momento de pararse a pensar en aquello.
…
Lenguas doradas, lenguas negras, lenguas rojizas con bordes azulados que tragaban todo y lo devolvían negro y humeante.
Figuras borrosas pasaban corriendo a su lado, gritando y chocando con él. Pero seguía corriendo, aullando de dolor, provocando más explosiones, sin dejar que el infierno se lo comiera a él.
Él era el infierno.
Él era una desgracia andante.
Monstruo.
Y entonces oyó una voz que le susurraba, fría y tranquilizadora.
Kylo, Kylo, no temas. Podrás sobrevivir.
Atravesó el aula de química recreativa y se agachó junto a una de las columnas de salida, percatándose de que esa zona estaba más tranquila y el incendio aún no había llegado… Eso sí, el olor a humo, a quemado, estaba presente en todo el recinto.
Tomó aire, notando entonces el peso de su teléfono móvil en el bolsillo…
- ¡Robert! – llamó en cuanto le oyó contestar - ¡Robert! ¡Quiero irme de aquí!
- Por todos los demonios, chico, ¿qué te pasa?
En dos segundos, Ben le explicó la situación y Robert parecía extrañamente tranquilo cuando le respondió. Su calma era casi molesta para Ben.
- Muchacho, tienes que salir de ahí. Ya – siseó al cabo de unos segundos.
- ¿No puedes venir a recogerme? ¡Estás en el pueblo de al lado! ¡Ven en coche y me recoges! Te pilla cerca.
Efectivamente, por casualidad, Robert estaba pasando unos días en el hotel balneario del pueblo cercano a la zona forestal donde se ubicaba el campamento de ciencias de Ben. Consecuentemente, el muchacho había seguido poniendo en práctica su costumbre de escaparse del recinto, aprovechando sus poderes, corriendo por el bosque para reunirse con Robert en una gasolinera que había cerca de allí, para conversar o tomar un refresco. No todas las clases o talleres que se impartían eran de su agrado y sinceramente, prefería invertir su tiempo en ocupaciones mucho más provechosas, como una buena charla con su buen amigo el millonario accionista.
- No, Ben, no puedo ir. Tu tío podría detectar mi presencia y no podría defenderme de él. ¿Y si intenta hacerme algo como a ti?
- ¡Ni hablar! ¡Yo cuidaría de que no te hiciese nada!
Hubo una pausa, tras la que Robert habló con voz quebrada.
- Oh, Ben... ¿es cierto... lo que acabo de oír? En serio… ¿En serio… tú… harías eso por un pobre anciano?
- Desde luego que sí. ¡Pero por favor, ven pronto!
- He dicho que no.
La voz de Robert había vuelto a cambiar. Era siseante, acerada, fría.
- No me hagas repetir mis explicaciones otra vez. Ya te he dicho por qué no puede ser. Tendremos que vernos afuera. En el cruce con la Interestatal 55, en la gasolinera de siempre. Tienes que venir tú solo. Cuida de que no te vea tu padre, porque te estará buscando seguro.
Mientras tanto, Ben se incorporó y se puso en movimiento de nuevo, saliendo del pabellón de madera y bordeándolo.
- No sé si podré...
- Tú verás lo que haces. Puede enfadarse mucho si ve que te escapas. O no…
Ben se detuvo en seco.
- ¿A qué te refieres?
De nuevo, Robert mostró otra voz. Almibarada, sugerente y revestida de esa fría lógica con la que los adultos desarman a los niños.
- A que si fuera tu padre de verdad, ya te habría encontrado.
Un relámpago de pavor surcó el esternón del niño. Tal vez era un poco de flato, pero la oscuridad lo ahogó un poco. Presionando lo justo en su tráquea.
- Venga ya. Mi padre estará histérico buscándome.
- ¿En serio, Ben? ¿Eso piensas todavía, después de todo lo que te han hecho pasar? ¿Y dónde está, si puede saberse? Un padre lo puede todo… Y aquí estás tú, llorando a moco tendido como un niño pequeño buscando mi ayuda.
Ben apretó los labios antes de replicar.
- No soy un niño.
Otra vez la voz de Robert era fría y severa.
- Entonces demuéstrame de qué pasta estás hecho y sal de ese antro de una maldita vez.
…
- Casi todos los niños están ya evacuados, pero deberíamos comprobar de nuevo… - alegó el director del campamento.
- ¡Voy con ustedes! ¡Mi hijo no está!
- No, señor Solo, quédese aquí. Irá el personal del centro…
La alta figura de Solo se irguió sobre el menudo director, con un rictus de furia.
- ¡Ni hablar! ¡Es mi hijo el que sigue ahí dentro, encerrado o tal vez perdido...!
El hombre le puso las manos sobre los hombros y se secó el sudor de la sien con la manga de la sudadera.
- Escuche, siento mucho de verdad que su hijo no esté entre los niños que tenemos reunidos… Ya he enviado a dos monitores más a buscar y vamos a enviar a otro grupo más… Por favor, quédese aquí y…
Han retrocedió, saliendo del grupúsculo de profesores y monitores acalorados que se había concentrado en torno a ellos. El hombre pareció serenarse, alzando los brazos para ayudarse a sí mismo a respirar hondo.
- Está bien, está bien… - dijo caminando hacia atrás, levantando las manos en señal conciliatoria… Y cuando ya no miraban los demás, dio un salto lateral a una puerta cercana y salió a escape por allí.
- ¡Señor Solo, señor Solo! Dios santo, ¡vayan a por él! ¡El resto, cuidad de los niños!
Mientras, Han corría ya lejos, derrapando por las esquinas cercanas… En una de éstas, chocó con Luke, que venía ayudado por Arthur. Habían estado ayudando a evacuar niños y hasta Luke había usado sus poderes para sacar a algunos niños encerrados en un dormitorio…
- ¡Han! ¿Estás bien?
- ¡Luke! ¿Qué te ha pasado?
El dolor en la mirada de Skywalker atravesó a Han como una daga.
- Ha sido él… - musitó el hombre de ojos azules – Yo… intenté hablarle, pero…
- Shhhh, ya hablaremos, no pasa nada… Mírate, estás hecho picón, necesitas ayuda – farfulló Han poniéndole las manos en los hombros y haciendo muecas ante la cantidad de sangre que veía y la palidez de su amigo – Vete con Arthur fuera, yo le buscaré. ¿Alguna idea?
- No, sé que ha ido al aula de química, en la zona cercana a la puerta de entrada, pero le he perdido el rastro hace un rato…
- Vale, suficiente. ¡Idos los dos ya!
Un último apretón en sus hombros y Han abandonó a Luke y Arthur.
- ¡Espera Han! ¡Yo…! ¡Espera!
Pero Han ya se alejaba corriendo como un poseso, de camino a las zonas más peligrosas, ya devoradas por las llamas. Lo último que le oyó decir fueron estas palabras, pronunciadas en gritos desgarrados:
- ¡Ben! ¿Dónde estás? ¿Alguien ha visto a mi chico? ¡Ben! ¡Beeeeen!
…
Corrió frenéticamente en paralelo a las paredes de los pabellones, sorteando escombros y cristales que habían salido despedidos por los aires. El calor era insufrible y apenas se dio cuenta de que estaba medio ahogado. Entre toses, volvió a coger su teléfono.
- ¡Robert, ya estoy llegando a la puerta de salida! ¡Salgo enseguida!
- Bien, chico, date prisa. Estoy saliendo ya para encontrarme contigo.
El niño bordeó un pabellón ennegrecido y por fin vislumbró la reja de entrada al otro lado del espacio abierto que contenía el parking de visitantes y un caminito flanqueado por arbustos y cuidados parterres de flores. Ya había anochecido y a la luz del incendio, las plantas parecían retorcerse a través de la atmósfera saturada de calor, como sabedoras del desastre que se acercaba a ellas. Se dispuso a echar a correr para salvar la última distancia que le daría la libertad, pero entonces se dio casi de bruces con un nutrido grupo acompañados por los monitores, que permanecían en un apretado montón mientras algunos lloraban y observaban el incendio. Trastrabillando hacia atrás, se ocultó tras un pequeño cobertizo donde se guardaban los contenedores de reciclaje y material de limpieza del lugar, al que aún no había llegado el fuego. Si corría desde allí, no podría evitar ser visto. Otra opción sería dar la vuelta y tomar la otra entrada de servicio, que usaban los repartidores cuando traían suministros y que había utilizado para escapar en más de una ocasión.
Estaba aún considerando sus opciones cuando oyó a su padre gritar.
- ¿Dónde estás? ¿Dónde estás?
A través de los cristales destrozados, se oía a Solo aún a pesar del estruendo y el niño se giró un instante hacia el pabellón de donde salía la voz. Vio entonces su alta silueta, moviéndose erráticamente entre el humo de una de las estancias.
- ¿Qué pasa ahora Ben? Háblame – se oyó desde el móvil.
El niño permaneció unos instantes en silencio, abstraído en su propio desconcierto y se volvió a acercar el dispositivo a la oreja.
- Mi padre está ahí dentro.
Hubo una pausa al otro lado de la línea, en la que oyó a Robert respirar pesadamente.
- Ah, ¿sí?
Entonces vio cómo Han de pronto se agachaba junto a un mueble, abría la alacena y sacaba de allí a un chiquillo de unos seis años, con la cara y ropas completamente tiznadas y que lloraba a moco tendido.
Una rabia peor que la que lo había asolado cuando derribó el techo de la habitación sobre su tío lo asoló en ese momento.
- ¿Qué pasa, Ben?
- Mi padre ha vuelto a buscar a un niño y lo está sacando de ahí.
- ¿Y por qué no te está buscando a ti? ¿Le oyes gritar tu nombre? ¿Te ha llamado por teléfono?
- No…
Estupefacto, Ben se retiró el teléfono de la oreja, contemplando la pantalla, como buscando algún icono de llamada perdida… Pero no había nada. Dentro de sus tripas, el fantasma de la incredulidad seguía batallando por hacerse oír, pero la amargura le venció.
- Así que se ha ido a proteger a otros niños – dijo Robert con voz angustiada – Lo siento mucho de verdad. No te mereces esto, Ben.
Y su padre dejaba al niño en el suelo, le cogía de la mano y echaba a correr desesperadamente para esquivar los escombros, protegiendo con su altura al niño si salpicaban chispas. Ben, con el corazón en la garganta, lo vio atravesar un pasillo, esquivando vigas de madera a medio derruir. El niño corría detrás de él y sinceramente, le estaba yendo mejor a él gracias a su corta estatura.
- Se ha olvidado de mí.
- Ben, tu padre se ha portado muy mal, ¿lo sabes?
- Sí.
Los dientes empezaron a rechinarle y la mandíbula le dolía de tanto apretarla. Con los ojos arrasados en lágrimas, apenas podía sostener el móvil por el temblor que lo sacudió.
- Tu padre no se merece que te importe, que te preocupes por él – insistió Robert - Míralo, Ben. ¿qué está haciendo? Míralo, chico. Recuerda lo que te dije… "Una criatura muerta de miedo hace cosas impensables hasta ese instante. Podríamos decir que, cuando llegue ese momento, tus padres prácticamente dejarán de actuar como tales."
Su voz cambió hasta convertirse en un repentino latigazo de gritos acerados.
- ¡Está salvando a otro niño, ni siquiera ha pronunciado tu nombre! ¡No te mereces un padre así!
- Ellos son más importantes que yo.
Su alta figura, dando la mano a aquel crío llorica…
- No me hace caso. No le importo. Me odia.
El pecho se le vació de aire en un tremendo espasmo y fue rellenado por una inmensa bola oscura y fría que tiró de él hacia abajo, hacia abajo…
El frío confortable.
Una manta de noche fresca y que le daba la bienvenida.
Allí no había reproches. Podía sentirse furioso si quería. Desahogarse.
Era como gritar en una llanura sin eco y sentirse liberado, aunque tuviera la garganta constreñida en aquel grito silencioso.
La noche lo abrazó.
Un estallido derrumbó otra viga del techo de aquella sala donde veía a Han correr con el niño y el fuego destrozó los cristales en una nueva explosión que cubrió todo de humo y horror.
Ben retrocedió y sin ver nada más que el rojo y el negro, echó a correr, saliendo por fin del recinto, reventando la valla de protección, internándose en el bosque, aullando de dolor, dejando tras de sí aquel lugar.
Un aullido inhumano.
Un descenso a los infiernos.
…
Corría, corría como nunca había corrido, trastrabillando con los arbustos, las piedras, sin fijarse si lo que pisaba era gravilla, césped o rocas. Estrujaba el móvil entre sus dedos, sin haber colgado la llamada, de modo que creyó oír la voz de Robert. ¿O era que ya se estaba acercando al sitio del encuentro y podía oír sus pensamientos?
Eso estaba bien. Le costaba mucho sintonizar con la mente de Robert y por una vez, oír lo que él pensaba era bueno. Sería que se estaba haciendo más poderoso.
- Eso es, chico. Ven a mí. Tú puedes hacerlo. Búscame.
- No sé llegar.
- ¡Sí que puedes! Antes has demostrado que eras fuerte. Has hecho lo que tenías que hacer. ¿Vas a decirme que te da miedo correr por el bosque?
- No, señor.
- No me llames señor. Soy tu amigo y quiero ayudarte a escapar. Los amigos hacemos eso. Por eso quiero que te hagas fuerte.
- Sí.
Ben colgó, activó la linterna del móvil y siguió corriendo a través de las ramas y arbustos, a través de densas tinieblas. El pecho le iba a estallar, pero no se sentiría en paz hasta que no llegase con Robert. No tuvo ni un solo pensamiento hacia su madre. Para qué… Ella iba a llorar mucho, eso estaba claro, pero a él ya no le importaba.
La oscuridad le arañaba la cara, las piernas y los brazos en forma de arbustos espinosos. La oscuridad estaba llena de fantasmas y demonios que cabalgaban en el aire junto a él, juraría que los estaba viendo. Aullaban de modo infernal, no sabía si para asustarle o jaleando su huida, dándole nuevas fuerzas. El horror dominaba sus sentidos y tuvo que pararse varias veces, sin aliento, presa de una rabia que daba paso al pánico, dejándose caer al suelo un instante, hecho un ovillo, encogiéndose en la hierba con las estrellas por paraguas en aquella huida a las tinieblas.
La esfera oscura que había anidado en su pecho tomaba raíces, se expandía por sus venas, le imbuía de nuevas fuerzas. La notaba a su alrededor. El dolor daba paso a algo nuevo. Él era uno con la oscuridad, con la energía del ambiente.
Y su alma se hacía más fuerte, más fuerte.
…
Para cuando llegó al cruce, Ben ya no lloraba. Las lágrimas habían caído por el camino y ya no le quedaban más. Corrió hacia Robert, gritando entre jadeos de ira y el anciano le dio su primer abrazo para recibirle.
Iba a ser también el último, pero eso el joven Kylo aún no lo sabía.
…
(*) El Iphone 4s era el último grito en móviles… allá por el año 2011, que es cuando está situado este interludio, justamente unas semanas después del lanzamiento del móvil.
(**) WhatsApp: ya allá por 2011 esta app hacía furor en los móviles más avanzados de la época, además de la introducción de Siri.
(***) Las niñas de "El Resplandor" – estas niñas forman parte de una famosísima escena de la conocida peli de Stanley Kubrick, basada en la novela homónima de terror de Stephen King. Os la recomiendo, es un clásico.
(****) la barbacoa de los Darklighter – ya en alguna ocasión he mencionado a estudiantes del Republicano con estos apellidos. Muy probablemente coincidieron de pequeños en fiestas de padres, pero probablemente no se acuerdan bien.
(*****) Jansen, apellido de un piloto rebelde de "Una nueva esperanza".
N.A.: Bueno, pues aquí está por fin la versión íntegra de lo que sucedió la fatídica noche en que Han Solo murió. Y sí, Robert estaba cerca. Y sí, lo que hemos visto aquí han sido recuerdos mezclados de Kylo y de Robert (no he querido especificar de quién es cada cual, porque me parece que quedaba ya suficientemente claro y además, prefiero que saquéis conclusiones por vuestra cuenta)
Originalmente este capi y el próximo eran uno solo, pero he metido un corte por tema extensión (era una burrada y datos suficientes como para reventarle la cabeza a uno) Además, ya veréis que en el próximo hay un cambio brutal de escenarios, muy rápidos y liosos.
Avances para el próximo episodio: ¿Cómo le habrá sentado a Kylo este regreso al pasado? Pero... esperad, aún hay más recuerdos sellados, más secretos que aún no habían visto la luz hasta ahora. Agarraos que vienen curvas.
